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Semana 35: Día 245: Buscando mi lugar

Ayer tuve mi última sesión de terapia por un tiempo. No volví a terapia porque quería, sino por insistencia de la psicóloga de nuestra terapia de pareja. Creía que había cosas que resolver a nivel personal. Yo siempre repetí como un loro que para estar bien en pareja primero había que estar bien uno mismo, y como la analista era persistente, le hice caso.

Así volví a hacer análisis con Ana, mi psicóloga durante una década. Yo me di el alta a mediados de julio de 2010, cuando estaba empezando Semana 52. Me sentía tan confiado en lo que estaba por hacer y en los cambios que se venían, que sentí que ese era el momento. Dos años después volví, y me pareció que lo más prudente era volver con ella para no tener que empezar de cero a contar toda mi vida. Quería ganar tiempo, y no estaba del todo convencido de que esta nueva terapia me iba a servir de mucho. Pero nunca está de más pensar y autoanalizarse, y con el correr de las semanas me di cuenta que tenía muchas cosas por desmenuzar de mi personalidad que no estaba viendo.

Quizá mi sesión más significativa en toda mi vida fue la de ayer. Llegué y le dije a Ana que iba a empezar de atrás para adelante. Primero que no iba a seguir yendo, porque iba a querer cuidar mi dinero. ¿Por qué? Porque me había mudado y estaba buscando departamento. Entrar en un contrato nuevo, con comisiones, depósitos, gastos, etc., me significa desembolsar muchísimo dinero. Además, siendo que ahora estoy solo, no puedo depender de nadie más que de mí mismo. Bueno, como poder, podría, pero no es mi intención.

Así fui yendo hacia atrás, y pasé por la última pelea y la separación con Vicky. Cómo terminé pasando lo mismo que pasé en mis relaciones anteriores. Y  como siempre, yo había empezado ilusionado con que todo iba a ser diferente. Pero claro que fue diferente, el gran problema era que yo era el mismo. No cambié yo, por eso las cosas terminaron iguales. ¿Entonces el cambio tiene que nacer de mí? Sí, no puedo echarle la culpa a la mala suerte.

En las constantes de mis relaciones encontré que mi gran problema es que todo pasa a ser muy teatral, y que yo estoy intentando sostener un personaje: el novio perfecto, atento, el que da consejos, el que se desvive por el otro, el que resigna lo suyo por la pareja… ¿Cuántas veces propuse casamiento? Montones. ¿Cuántas veces me mudé o planifiqué una vida bajo el mismo techo? Siempre. Y nunca se daba o todo se terminaba desmoronando. Sentí cada cosa que dije, fue auténtico… pero siempre era parte del personaje que estaba interpretando: no era mi voz, sino que yo decía lo que creía que el otro necesitaba escuchar de mí.

Es todo una confusión, porque va a parecer que nunca me quise casar. No lo veo así, pero muchas veces, sobre todo en cuestiones de la vida cotidiana, hice cosas de las que me arrepentía al instante. Me dejaba llevar, me metía en el personaje, y me lo terminaba creyendo. Ojo, esto no se refiere puntualmente a mi última relación, sino a todas. ¿Cómo puede ser que estuviese constantemente haciendo cosas que no quería? Como un actor en un teatro, yo buscaba la aclamación del público. No puedo decir que alguna vez la haya encontrado, pero a pesar de que algo no funcionaba, seguía haciéndolo.

Quiero creer que la próxima vez, ahora que me conozco un poco más, sí va a ser diferente. No porque yo necesite cambiar, sino porque necesito ser yo mismo, y no lo que los demás esperan que sea. Pero para empezar, primero necesito encontrar mi lugar. Y ahora estoy viviendo de prestado, con mis cosas guardadas en una baulera. Estoy buscando departamento, y me estoy concentrando en zonas cercanas al tren Mitre, que va a Tigre. ¿Por qué ese capricho? Porque quiero que me quede cómodo para ir a entrenar con los Puma Runners, en Acassuso. Correr es lo que hoy me hace feliz, y es el camino a través del cual quiero pasar este duelo. Y no querría instalarme en un lugar que me dificulte ir a mi grupo. Casualmente todos los barrios atravesados por esta línea de ferrocarril tiene alquileres más caros, y lo que sea a dueño directo (que no paga comisiones inmobiliarias) es poco o inalcanzable.

Hoy mi vida es una gran incógnita. Espero resolverla pronto. Todavía no encontré mi lugar en la vida, pero tampoco hay que creer que me estoy refiriendo a un espacio físico…

Semana 35: Día 244: Adiós Colegiales

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Estos dos últimos días fueron de muchos cambios, pero no de esos que terminan y te dejan asentado, sino de los que recién empiezan y no sabés a dónde te van a llevar.

El lunes por la noche, después de un período de enfriamiento, decidimos separarnos con Vicky. Esto era algo que, visto a la distancia, se veía venir. Pero puertas adentro. Hacia afuera, muchos se sorprendieron, y aunque yo buscaba departamento y trataba de averiguar dónde dejar todas mis cosas, algunos decían “¿Es definitivo? ¡Seguro se van a arreglar!”. Hace casi dos años, al princpio de nuestra relación y al poco tiempo de que volví de hacer el Camino del Inca, nos habíamos separado, y cuando hice un post alusivo, Vicky se enojó mucho. Esta vez tuve la deferencia de dejar pasar un par de días, preocuparme por establecerme en algún lado, pero no podía dejar de hacerlo. Me guardo los motivos porque sí son personales, pero yo sé que es definitivo.

Las mudanzas son traumáticas, y en mi caso todavía no se terminó. Empecé guardando mis cosas el martes adentro de cajas. Hice un recorrido estratégico: empecé por la habitación, territorio de Vicky, seguí por la zona neutral del baño, pasillo, living, cocina, y terminé en mi estudio. Así pude evitar roces y tener que cruzarnos en situaciones incómodas. A veces no es tan sencillo definir qué es tuyo y qué del otro, siempre hay cosas que son de uso común. Mi criterio fue llevarme las cosas que realmente usaba, como mi shampoo, sin importar quién lo compró. Pero no creo haber sido del todo justo. Me quise llevar libros, por ejemplo “Nacidos para correr”, que lo compramos en España. Ella consideró que le pertenecía y se lo devolví. Acto seguido, en lugar de repartir los individuales mitad para cada uno, me los llevé todos porque los había pagado yo.

Las separaciones y peleas sacan lo peor de cada uno. Probablemente yo no haya sido la excepción. Pero intento no ser duro conmigo mismo, porque embalé y guardé mis cosas sin tener un lugar a dónde ir. De hecho, todavía no lo tengo. Mucha gente me ofreció su casa para dormir y poder trabajar, pero nadie podía ofrecerme lo que realmente necesitaba: un lugar donde llevar mis 15 cajas, muebles, ropa, etc., porque el espacio necesario era mucho. Mientras descartaba avisos en internet, el tiempo pasaba y sentía la presión de irme. Lo resolví el martes a la medianoche (porque las separaciones me pegan así, trasnochador), con lo único que se me ocurrió: contratar una baulera donde llevar toda mi vida material, así me armaba una mochila de ropa y llevaba la compu a la casa de mi hermano Lucas, donde ahora estoy parando.

Ayer contraté un flete, en el mismo día (me considero afortunado), y en poquito más de dos horas teníamos todo guardado en una jaula, que tiene un candado del cual solo yo tengo la llave. Quise sacarle una foto para recordar qué objetos me definían, pero salió oscura y confusa (¿como mi presente?). Me sorprendió la cantidad de libros y revistas que tengo. Debían ser 10 cajas, pero grandes, como de 30 cm de alto. De esas que te pulverizan la espalda cuando las querés levantar. Mientras veía mis cosas ahí, en esa jaula, me acordaba de esos programas del cable como “¿Quién da má$?”, donde abren bauleras sin dueño (seguramente porque se atrasaron en el alquiler), las subastan, abren para ver qué compraron, y después las venden, intentando generar ganancia. Pensaba en mis cómics, en mis muñecos de He-Man originales, y sentía que dejaba una enorme fortuna ahí. Pero en el depósito me aseguraron que esas crueldades solo ocurren en Estados Unidos.

Me gustaría decir que ahora estoy mejor, pero la verdad es que tengo un quilombo impresionante. Me saqué la presión de dónde llevar mis cosas, pero por ejemplo no me aparté ropa para salir, solo para correr. Y ayer, en mi primera noche de no vivir más en el departamento de Colegiales, salí a cenar… así que de camino, con mi remera corrida y desgastada de la Adventure Race Tandil y mis pantalones de joggin, tuve que comprarme algo medianamente elegante. Porque tampoco quiero ir a dar pena por ahí.

Eso, odio dar pena. Odio eso de tener que blanquear que me separé y que la gente se preocupe por mí. Pero también agradezco mucho haberme sentido contenido y que tantos me ofrezcan ayuda. Es una incógnita dónde voy a vivir, me gustaría que sea en algún lugar donde me quede cómodo ir a entrenar a Acassuso. Ni siquiera descarto mudarme a zona norte. Pero en los dos días de búsqueda, solo vi un departamento, en Palermo, enorme y muy barato. Esa combinación equivale a un lugar que se cae a pedazos. Así que esto recién empieza…

Semana 35: Día 241: La llegada de las Fiestas Mayas 2013

En esta carrera multitudinaria que se corrió ayer, me preocupaba la foto de la llegada. Porque somos tantos, que era muy probable que nos tapemos entre todos. En la San Silvestre, por ejemplo, no se ve mi llegada porque una cámara en una grúa tapa mi momento triunfal.

Por suerte, en las Fiestas Mayas, una cámara elevada (y sin grúas al frente), captó el instante en que cruzamos la meta con Nico. Fue un momento muy emocionante, porque le venía gritando que podía, y juntos cruzamos en un maravilloso sprint. Después podríamos haberle puesto la música de “Carrozas de Fuego” mientras nos fundíamos en un afectuoso abrazo. Los corredores sabrán entender la emoción que se siente estando ahí, en la meta.

Nos encuentran a la izquierda de la pantalla.

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Semana 35: Día 240: Los 10 km de las Fiestas Mayas

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Entre todos los errores que tengo, el que arrastro desde hace más tiempo y el que más detesto es el de la subestimación. No me refiero a ser subestimado, sino cuando yo lo hago. Hubo una época en que no hacía deporte, mi dieta se basaba en pan con mayoliva, y me deleitaba casi todos los días con palitos salados. Y en esos tiempos empecé a correr por mi cuenta, y me costaba un montón. Hacía tres o cuatro kilómetros y estaba muy satisfecho y orgulloso de mí mismo. La primera vez que alcancé los 10 kilómetros por mi cuenta, me quedaron los pies destrozados. Estaba feliz, pero sentí que había encontrado mi límite, y que me era imposible hacer más.

Y después me olvidé de todo esto. Empecé a sumar distancias, a fortalecer las piernas, a bajar de peso y a ganar experiencia. Con eso vino la subestimación, y no corría carreras de 10K. Es más, me burlaba de ellas, pensaba qué tontería era organizar una competencia tan corta, solo para sacarle plata a los atletas que recién empiezan… ¿por qué no hacen una de 42 y se dejan de embromar? Sí, esas cosas pensaba, lo cual me hace un tipo bastante odioso. Pero al menos no las decía en voz alta.

Solo participaba de carreras “cortas” (lo pongo entre comillas) si obtenía la inscripción gratis por algún auspicio, o si quería acompañar a alguien, y casi siempre probaba velocidad. Por supuesto que no las disfrutaba, me la pasaba todo el tiempo presionándome al máximo, al punto en que tenía los cuádriceps en llamas y los pulmones a punto de explotar. Así me perdía el paisaje y todo lo que una carrera tiene, además de correr.

Admito todo esto porque hoy participé de las Fiestas Mayas, y lo hice con Nico, un amigo que está haciéndose de abajo en el mundo del running. Él solo se ha ido preparando, y hoy corría su primera carrera de 10 kilómetros. Y me acordé de lo difícil que fue para mí llegar a esa distancia, y como él me hace en parte responsable por su motivación por correr, decidí acompañarlo, aunque sea unos kilómetros. Por suerte no me tuve que colar: ayer fui al Club de Corredores, y todavía quedaban cupos. Así que pude hacer las cosas por derecha, como corresponde.

De cabezón que soy, decidí ir hasta la largada corriendo. Desde casa, por Pampa derecho, terminaron siendo 4 kilómetros. Me sirvió para entrar en calor; la mañana estaba fresca, y llegué acalorado, con todo el abrigo en las manos. En el camino, como me pasa en todos los trotes matinales, paré detrás de un árbol para realizar una “parada técnica”. Dejé mis cosas en el guardarropas (me dieron el número 365, que después del 52 es uno de los que más me gustan) y fui a encontrarme con Nico. En la plaza que está frente al Club de Corredores, antes de que él llegara, hice mi segunda parada técnica. La mañana es así para mí.

Por supuesto que la carrera empezó puntual. No sé cuántos éramos, quise contarlos a todos pero no me dieron los dedos de las manos. Mi cálculo era que estábamos por encima de los 5 mil, quizá 10 mil. Quisimos avanzar para salir lo más cerca posible del arco, y fuimos a los codazos, patadas y mordiscones hasta que la masa de gente se volvió impenetrable e indivisible. El contador llegó a cero y largamos. Primero caminando, después dando trotecitos muy cortos, y cuando la gente se empezó a abrir, pudimos correr normalmente.

Mientras hacíamos nuestros primeros metros, le sacaba charla a Nico. Cuántas carreras había hecho, cómo se venía sintiendo. Quería ir a su ritmo, pero nunca me doy cuenta si yo sigo al otro o si el otro me sigue a mí. La cantidad de gente era infernal. Pasamos a Emilse, la “mujer araña” (un personaje presente en la gran mayoría de las competencias de la Ciudad), y enfilamos derecho por Figueroa Alcorta. Una cosa que me sorprendió, que por los comentarios de otros corredores era novedad, fue que pusieron pacers, o sea gente que marca el ritmo y se rodea de un pelotón que quiere mantener una velocidad constante. Nos pasó el de 5 minutos el kilómetro, e intentamos seguirlo, pero como le estaba dando mucha charla a Nico, sentía que no llegaba, y la idea no era esforzarlo por demás. Así que nos acomodamos en unos 5:20 y fuimos manteniendo.

Cuando cruzamos Dorrego, ya veíamos a los punteros que estaban volviendo. “No te preocupes, son de otro planeta”, le dije. Correr por esas calles, totalmente vedadas para los seres humanos en condiciones normales, es muy gratificante para mí. Seguimos hasta el planetario y dimos un incómodo giro de 180 grados para retomar. Como auspiciaba Jumbo, doblamos frente al Hipódromo de Palermo y nos acercamos a media cuadra del hipermercado. Después volvimos por Dorrego para retomar Figueroa Alcorta. Nico le ponía mucha garra, pero sin volverse loco, y manteniéndose en una velocidad cómoda. Entramos a los lagos de Palermo e hicimos la tercera parada técnica para mí. Afortunadamente fue la última (de la mañana).

Salimos a Figueroa Alcorta, y de ahí era derecho hasta llegar a la meta. Al principio no dije nada, pero solo veía cómo la velocidad que marcaba mi reloj iba en aumento. Cuando sabés que te falta poco, sin querer empezás a apretar. Estaba faltando un kilómetro y veníamos muy cerca de los 5 el kilómetro. Yo le iba cantando “vamos que faltan 600 metros…”, “vamos que faltan 400…”. “No puedo, voy a recuperar”, me dijo. “¡Recuperás en la meta!”, le grité. Ya teníamos el arco de llegada a la vista y le dije “Ahora levantá más los talones del piso”. Vi que respondía y le dije “Abrí la zancada”. Y pegamos un sprint espectacular hasta cruzar la línea de llegada. Llegamos por debajo de los 55 minutos, manteniendo la velocidad de Nico en las carreras anteriores que hizo (que eran de 8 kilómetros o menos).

Fue una alegría muy grande compartir esa carrera. Entregamos el chip, nos agarramos un Gatorade y una banana, y salimos. Me sorprendió que no dieran medalla, y aunque tuve un principio de ofendimiento, después me enteré que las Fiestas Mayas nunca entregan medallas de finisher, sino que la consigna es darle a los corredores chocolate caliente con churros. Siempre se hizo el 25 de mayo, pero como ayer hubo un multitudinario acto político, me imagino que no quisieron que se solaparan.

Como vengo de un período de abstinencia de running, me pareció una buena idea volver a casa corriendo a un ritmo suave, como para regenerar. Elongamos, nos despedimos, y cuando recuperé mis cosas del guardarropas, fui trotando tranquilo para volver por La Pampa. Esta carrera no fue cara, y la verdad es que le encontré un sentido a correr por las calles de Buenos Aires, aunque no sea un “desafío” a nivel físico. Las carreras no tienen por qué servir solo para romper marcas. También pueden servir para compartir la experiencia con amigos y disfrutar de otra perspectiva de la Ciudad.

Les dejo algunas fotos que fui sacando en el recorrido. Son muy malas porque la suma de celular más trote más carrera da igual a imágenes movidas y mal iluminadas, pero sirve para darse una idea del recorrido, y la cantidad de gente que vino a hacer sus 10K de nuevo… o por primera vez.

Semana 35: Día 239: Siguiendo un impulso

Hoy fue un día largo. Visité a mi amigo Javi en el hospital (tiene un apéndice menos), merendé con el resto de los chicos cuando las enfermeras nos echaron y al final cené con mi hermano Santi y su familia, que incluye una nueva sobrina.

Pero el día empezó entrenando en Acassuso, capeando el frío que yo sabía iba a aflojar. Al final hacía un sol hermoso, y metí unos dignos 21 km. Tengo a mi amigo Nicolás que mañana, domingo, va a correr las Fiestas Mayas. Y se me ocurrió acompañarlo en sus primeros 10k. Pero después del entrenamiento me empecé a preguntar “¿Por qué tengo que colarme?”. Gracias al teléfono que me permite navegar en internet, busqué el teléfono del Club de Corredores, confirmé que todavía quedaban cupos y me fui para allá, en un tren atestado de ruidosos hinchas de River.

Y así, decidido a último momento, terminé inscribiéndome, con remera y todo. No voy a tener que cometer el bochornoso acto de buscar en qué lugar meterme y también me va a permitir cruzar la meta.

Mañana, la crónica.

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