Archivo del sitio

Semana 34: Día 238: Contagiando endorfinas

Si tuviese que enumerar todos los errores que cometí en mi vida, se les secarían los ojos antes de poder terminar de leer. Soy demasiado perfeccionista, pero también soy un inconformista (lo cual no es lo mismo). Me meto constantemente en esa trampa de esforzarme sin llegar nunca a los resultados deseados. Además muchas veces actúo inconscientemente, sin medir las consecuencias, y he herido a mucha gente. Soy impulsivo, lo que puede convertirse en ser temperamental. Tampoco sé decir que no, y eso me ha metido en montones de problemas. A veces la gente me cuenta cosas y por dentro tengo un reloj interno que me dice “Te cierra el correo y si no salís en los próximos 5 minutos, no llegás”, pero por respeto o pudor no me animo a decir nada.

Esto podría ser la punta del iceberg, tengo montones de cosas que me mortifican, que prometo cambiar, y que siguen ahí, satelitando mi cabeza. Pero (afortunadamente hay un pero), tengo una cosa de la que sentirme orgulloso, que es correr y escribir. Esta actividad, que se convirtió en una sola, la pueden ver día a día en el blog. En este año me tomé la libertad de no desesperarme si no actualizaba, cosa que antes realmente me angustiaba. Como Semana 52 se convirtió en algo absolutamente cotidiano para mí, elegí que no se vuelva un lastre. Y aunque la gran mayoría de las veces no logro el nivel que deseo (por eso de ser un perfeccionista-inconformista), reconozco que esto que hago le sirve a mucha gente, quizá más que a mí.

Aunque me la doy de humilde (quizá lo sea), me encuentro con que alguna vez pude ser una buena influencia para alguien. Hoy me escribía en el Facebook Nicolás, un amigo con quien en realidad solo me unía un vínculo laboral. Nunca supe que un día iba a seguir el blog y que lo iba a incentivar a empezar a correr, al punto de que hoy hace, por su cuenta, 8 km de toque, y el fin de semana se le va a animar a los 10 km de las Fiestas Mayas. Me causó gracia su comentario de que no quería seguir explayándose con lo que lo había ayudado Semana 52 porque seguramente me lo decían todo el tiempo. Y si bien me lo habrán mencionado unas 10 veces en estos 2 años y medio, me encantaría saber de cada una de las personas a las que les contagié el germen del running y la vida sana.

Nunca, jamás, me imaginé que podía inspirar a alguien. Pero en serio, jamás de los jamases. Por eso del perfeccionismo-inconformismo, nunca me sentí apto para nada. Solo me gustaba escribir, pero también me resultaba un poco tortuoso, así que intentaba contener las ansias de la redacción o reservármelo para mí mismo. Un día empecé a correr, mezcla del hermoso ejemplo que me dio mi papá, la admiración que sentía por mi hermano Matías, la necesidad de rehabilitar mi tobillo fracturado, y… ganas. Un día me di cuenta que corría seguido, y aprendí solo que sostener un entrenamiento en el tiempo (aunque fuese por cuenta propia) me rendía sus frutos. Años después aprendí lo que se podía progresar entrenando en un grupo de running, y sin saber bien en qué me estaba metiendo se me ocurrió, en julio de 2010, empezar a bloguear un año de entrenamiento mucho más comprometido de lo que había hecho en mi vida.

¿Y qué me imaginaba entonces? Que iba a correr más y mejor. Que iba a mejorar mi físico, y en algún rincón de mis más bajos instintos, fantaseé con que mi autoestima y mi imagen se iban a ver favorecidas. Pero eran sentimientos superficiales y egoístas. No pensé todo lo que iba a aprender de mí mismo, la motivación que iba a encontrar. Y mucho menos pensé que, cada tanto, alguien se iba a contagiar de todo esto, se iba a calzar un par de zapatillas e iba a salir a correr. Juro que cada vez que alguien me cuenta que Semana 52 le provocó algo en su vida, me emociono un par de casilleros antes de llegar a las lágrimas. Porque una de las cosas que yo buscaba demostrar con esto era que un tipo común y corriente podía dar un vuelco y aspirar a más. Y yo era el tipo más común y corriente con el que te podías cruzar por la calle. Antes de Semana 52 no tenía nada que me hiciera sentir especial. Y ahora tengo muchísimo. Supongo que por eso me cebé y me pasé de ese primer año. El día en que completé los 365 días de deporte y vida sana, fui al supermercado y agarré la caja de galletitas oreos bañadas en chocolate, me di cuenta que no podía parar. La volví a dejar en la góndola y me compré unas manzanas.

Me gustaría que todos compartiesen con otros esos cambios. Uno nunca se da cuenta que todos tienen la capacidad de ser una buena influencia, incluso si no se lo proponen. Esto es un plus: animarte a vivir mejor, y que otros se contagien de tu click. Y así vayan contagiando a otras personas. Porque yo sé que no inventé nada, que un día decidí poner en práctica todas esas cosas que había copiado de otros. Así nos vamos multiplicando y generando entre nosotros algo que es únicamente positivo.

Por eso, Nico, no, no me lo dicen todo el tiempo ni me pudrí de escucharlo. Correr me encanta y me hace feliz, pero que otros encuentren su felicidad inspirados en este blog, es lo mejor que me pasó en la vida.

Semana 34: Día 236: Próximos desafíos

Estoy con abstinencia de carreras. Ya lo habrán notado cuando, hace un par de días, me colé en la Maratón River (pero sin hacer uso de sus recursos, solo aproveché su circuito y las calles cortadas).

El próximo desafío que tenía en vista eran los 42 km de la Maratón Internacional de la Bandera, en Rosario, que correremos nuevamente en equipo con Vicky. Van a ser unas mini-vacaciones, pero intentando hacer la mítica competencia a la sombra del monumento a la bandera. Hasta buscamos restaurantes veganos en las cercanías. Solo nos queda definir si vamos en micro o en avión (temo que un paro nos deje varados, tanto en Retiro como en Aeroparque). Nuestra experiencia del año pasado fue magnífica, y la ciudad es encantadora, así que el domingo 30 de junio estaremos ahí, una vez más.

El tema es que, para mí, falta mucho. Así que me puse ansioso y empecé a blanquear mi abstinencia. Entonces me sugirieron dos carreras: La Anniversary Race, subtitulada como “Aventura en las Canteras”. Se corre el domingo 2 de junio, son 21 km en Piedras Blancas, Entre Ríos, y la inscripción cierra este viernes, así que tenemos que apurarnos. Esta vez, si voy, sería sin Vicky, una experiencia que hace mucho no hago. Obviamente que me siento raro, con cierto temor, pero por otro lado es lógico que si vamos a grupos diferentes, no siempre coincidan nuestros viajes. El único problema sería no poder conseguir con quién ir. No estoy como para embarcarme en una travesía solo. Correr sí, me la banco en soledad. Viajar y dormir solari ya me cuesta un poco más.

Si esta falla, tengo la Salvaje Cross en Azcuénaga, San Andrés de Giles, el sábado 8 de junio. Si bien la distancia de 15 km no representa mucho desafío para mí, el principal atractivo es que es nocturna. Extraño meter las patas en agua, embarrarme, correr sobre durmientes de las vías de un tren, atravesar pastizales, trepar alambrados… la ciudad me sigue gustando, pero por algún motivo necesito ensuciarme un poco.

Y recién el 18 de agosto está la Ultramaratón de Yaboty, en el Soberbio, Misiones. Ese es otro desafío lindo que queremos repetir con Vicky en equipo. Son 90 km non stop. En 2011 fue nuestra primera ultra, y nos quedó un recuerdo espectacular. Así que hacia ahí vamos.

Queda la gran incógnita de qué voy a hacer para el cierre del año en Semana 52. Posiblemente Yaboty sea LA carrera porque es la más cercana en fecha, y no estoy encontrando nada para fines de mes o septiembre. El 30 de noviembre se haría la Patagonia Run Spring, y quiero repetir los 100 km que tanto me costaron. No espero que esta vez sean más fáciles, pero seguro voy a estar mejor preparado. Igual no me quiero adelantar, porque eso ya correspondería al cuarto (y último) año de este blog…

Semana 34: Día 235: Una mala idea

Ok, se me ocurrió que era una buena idea llevarme la computadora a la habitación. No tengo una notebook, sino una iMac, que viene a ser un monitor bastante grande con su teclado y dos discos externos (si tienen algo bueno las Macs es que ya no tienen gabinete, además de que no hacen ruido ni tienen virus).

El día de ayer tuvo sus momentos frustrantes. Aunque se tomaron la molestia de ponerle carteles electrónicos a las estaciones de tren, no siempre respetan el supuesto horario de los próximos servicios. Cuando vi que la siguiente formación pasaba en 12 minutos y al segundo lo cambiaban a 28, sabía que había perdido la oportunidad de entrenar con mi grupo. Así que me volví a casa con un poco de frustración y corrí por el barrio con Vicky. Eso no estuvo mal, de hecho fue lo mejor del día.

Entonces me pareció muy inteligente llevarme una mesita junto a la cama y ponerme al día con el trabajo sin tener que aislarme del resto de la casa, como pasa habitualmente. De hecho estaba listo para actualizar el blog. Pero eso que pareció una buena idea terminó teniendo un efecto conocido. Así como uso la televisión como somnífero, el estar cómodamente entre mis almohadas y mirando el monitor de la computadora hizo que a los pocos minutos me faltaran las fuerzas. El brazo del mouse dejó de responder, los ojos empezaron a pesarme más y más, y el cerebro dejó de emitir órdenes para pasar a un estado de reposo conocido como “desmayo”.

Ya me di cuenta que la idea de llevarme la computadora a la habitación o comprarme una notebook para trabajar desde la cama no va a prosperar.

La incomodidad de estar sentado en una silla, al final, resultó ser algo positivo, porque me permite más horas de sueño frente a la computadora. Claro que quizá eso no es lo que estoy necesitando…

Semana 34: Día 233: Los 10 km (más o menos) de la Maratón River

maraton_river_2013

No me gusta el fútbol. O sea sí, me pierdo cuando la Selección Nacional juega algún mundial, pero es una vez cada 4 años, así que me apasiono con la misma frecuencia que tenemos un año bisiesto. Da la casualidad de que Colegiales está muy cerca de Núñez, el barrio de River, y que hoy se celebró una carrera de 10 km competitiva y 3 km participativa.

No es lo único casual en esta crónica. En el día de ayer dejé a mi novia encerrada en la casa, sin tener acceso a la cocina ni a su juego de llaves, que le hubiese permitido salir a comprar víveres. Por esto abandoné mi entrenamiento por la mitad y me volví corriendo (no literalmente, sino en remís) para poder abrirle. Me quedé con las ganas de seguir entrenando, ya que cualquier vestigio de lesión en mi tibial ha desaparecido por completo. Resolví levantarme hoy temprano (pero sin despertador), desayunar, meterme unas pasas de uva, un par de caramañolas con agua, y partir hacia la gris y fría mañana.

Tomé un camino alternativo, en lugar de bajar directamente hacia Avenida del Libertador y encarar hacia el lado de Retiro, me quise perder por las bicisendas y aprovechar que había poco tráfico. Me perdí literalmente porque de pronto no sabía dónde estaba. No soy bueno orientándome, ni siquiera en las cercanías de mi barrio, pero me las arreglé para aparecer en la Avenida Santa Fe, por debajo de las vías del tren. Tomé Intentente Bullrich, hice una parada técnica en el baño del Jumbo, y corrí pegado a la mezquita. La intuición me iba llevando para ese lado, y yo quería correr por terreno blando. Fui por Avenida del Libertador y al cruzarla extrañé correr en una carrera. Con nostalgia pensé en las maratones (las de 42K) y otras competencias de calle donde se cortaba el tráfico y podría ir por el asfalto. Como corredor, pocas cosas me hacen sentir tan libre. Una reivindicación para el ser humano por sobre las máquinas (automovilísticas).

Iba pensando en esto, lo juro, mientras corría por uno de los laterales de plaza Holanda. Fui girando, instintivamente, y al llegar a Figueroa Alcorta me percaté de que la policía cortaba el tránsito. A lo lejos, debajo del puente de las vías del tren, vi varias camisetas blancas que iban y venían. Encaré hacia ahí. Al principio pensé que era un grupo de entrenamiento… pero eso de cortar la calle era poco usual. Entonces supuse que era un precalentamiento para una carrera. Me acordé de mi ídolo, Dean Karnazes, que solía correr 100 km y terminar justo antes de la largada de una maratón… para ahí seguir rodeado de gente. Yo, que no me considero ni a la altura de la suela de Karnazes, acababa de correr 8 km, así que bien podía engancharme extraoficialmente en una carrera de calle y divertirme un poco.

Cuando alcancé a estos corredores me di cuenta de que estaban en medio de la competencia. Lo que pasaba era que se trataba de los más rezagados, que a esta altura entregaban toda la energía que les quedaba. Muchas eran chicas, de todas las edades. La remera, blanca y con detalles rojos, me gustó mucho (una de las más lindas que he visto, yo que no estoy influenciado por el fútbol), y soy medio corto de vista, porque me costó darme cuenta de que hacía referencia al club River Plate.

En un principio iba por la vereda, porque me daba vergüenza colarme. Lo hice una sola vez, en mi primera media maratón, y me hicieron ver entonces que estaba mal usar recursos de gente que pagó su inscripción, y mucho más hacerme con una medalla que no me correspondía. Me acordaba de todo esto mientras me debatía entre aprovechar ese asfalto libre de automóviles… me resulta tan gratificante correr por ahí, pasar por debajo de ese puente… Cuando vi el cartel que indicaba 4 km hice un paso disimulado y me enganché. Tenía mi atuendo de corredor (hoy hizo frío), y para mí era demasiado evidente que yo no formaba parte de esa carrera. Hasta intenté bajar mi ritmo para no desentonar con toda la gente que me rodeaba. Ahí venía Emilse, la “Mujer Araña”, que corre a su ritmo, lento pero constante, y dando gritos y saludando a todo el mundo.

El recorrido era muy lindo, y me encantaba estar entre tanta gente. La carrera nos llevó adentro de los Lagos de Palermo, y como la calle es libre, muchísima gente que no estaba inscripta en esta competencia iba a un costado… yo no inventé nada, éramos muchos yendo a la par. Pasé junto a un puesto de hidratación, por el kilómetro 5, y me pareció indigno tomar agua, así que negué la asistencia y seguí. Cada vez nos acercábamos más a la cancha de River, y obviamente que si llegaba a la meta me iba a hacer al costado. Pero yo no tenía ni siquiera idea de cuánto era la distancia total. El cálculo me daba que iba a ser unos 8 kilómetros, porque ya podía ver el arco de llegada… y mientras me acercaba a la cancha, escuché que me gritaron “¡Martíiiin!”. Me frené y vi a Silvia, la mejor amiga de Vicky, que iba con su novio y sus hermanos caminando. Acababan de terminar la carrera. Cuando me saludaron me preguntan “¿Sos de River?”. Ahí confesé que no, que me había enganchado de casualidad. “Tenés que entrar a la cancha, está buenísimo”. No tenía idea, faltaban como unos 200 metros para llegar hasta la puerta de entrada. Silvia le sacó su número dorsal a su hermano y me lo abrochó en el pecho. Me negué un poco, pero me insistieron.

Partí hacia el Monumental, custodiado por 20 patovicas, cada uno del tamaño de un ropero mediano. Pasé infiltrado y aunque no me gusta el fútbol y es un fanatismo que no entiendo, entrar a la cancha fue muy emocionante. Mientras corría los primeros metros escuchaba a la gente gritar emocionada, alentar a su equipo, y de algún modo sentirse parte de todo eso. Llegamos al circuito de atletismo que rodea el césped de juego, y muchos se paraban para sacarse fotos. Arriba, el cartel electrónico mostraba a los corredores, y solo tenías que levantar la vista para verte en pantalla gigante.

Tengo que hacer una confesión. Además de que no me gusta el fútbol también soy un amargo que no va a recitales. Así que esta era la primera vez en mi vida que entraba a la cancha de River. Creo que de muy chiquito, como en el jardín de infantes, fui a la de Banfield, y mi recuerdo es que era monstruosamente gigante. Por eso, cuando entré al Monumental, me pareció muy chiquita. Tengo una teoría, además de la comparación con mi recuerdo infantil, y es que al estar acostumbrado a correr distancias grandes, el área que separa un arco del otro me pareció corto. Pero esta debería ser la cancha más grande de Argentina (digo, desde mi total ignorancia), así que no deben haber campos de juego más grandes que eso. Acabo de dejar en evidencia toda mi ignorancia futbolística.

Salí del Monumental, con algunas fotos rápidas y mal sacadas con mi celular, y crucé el arco de llegada, que estaba ahí nomás. No me animé a hacerme a un costado. No tenía chip, así que esquivé a los asistentes que los quitaban con su pinza. Me podrían haber dado una medalla, pero me pareció incorrecto llevarme una, así que pasé disimuladamente, y por suerte nadie vino corriendo a dármela.

La salida era un mercado persa. Estaba atestado de gente. Unos cuantos vendedores ofrecían de todo, desde ropa hasta comida, pasando por recuerdos como mates tallados y souvenirs. Supongo que esto también pasa a la salida de los recitales. Acabo de dejar en evidencia toda mi ignorancia recitalística.

Había completado un poco más de 12 kilómetros, y mi objetivo para esa mañana era hacer 20. Me puso muy contento cómo todas esas casualidades me fueron llevando hasta esa carrera, y cómo cruzarme con una amiga, a la que ni siquiera había visto, me ayudó a entrar y darle una vuelta a la cancha de River. Cosas que ni me imaginaba cuando me levanté esta mañana.

Volví sobre Figueroa Alcorta, doblé en La Pampa y rodeé el club de golf. Así fui llegando por circuitos más conocidos y tradicionales, hasta llegar a casa. Fue un día peculiar e inesperado. Y lo mejor era que ni siquiera eran las 11 de la mañana… todavía me quedaba mucho por delante.

Semana 33: Día 226: Comidas adictivas

Se está acercando el fin de la Feria del Libro, lo cual es una excelente noticia para mí. Por un lado, voy a poder recuperar mi ritmo normal de vida, con mis propios horarios. Eso se traduce en que finalmente podré entrenar tanto como quiero, en esta etapa de recuepración. Por el otro, nuevamente voy a comer alimentos más sanos. Es inevitable, estando en un stand durante tantas horas, recurrir a comidas que son puro carbohidratos. En mi caso, si bien me llevé manzanas y bananas, las frutas se me arruinan. No siempre puedo llevarme otra cosa que no sean cereales, o alguna de esas galletitas veganas que estoy descubriendo (con muchos hidratos de carbono, pero poca grasa).

Mi amigo Rodolfo Falcón administra un blog y un grupo de Facebook llamado “Eligiendo Caminos”, dedicado a la salud, tanto física como mental. Algunas veces debatimos (siempre estando de acuerdo) sobre las ventajas del vegetarianismo y el deporte. Una de sus entradas más recientes está relacionado con las comidas adictivas, que me pareció pertinente compartir:

Alimentos que no puedes parar de comer

Si cada vez que entras a un local de comida rápida, sentis que no podes dejar de comer, tal vez te sea útil saber que no sos la única persona a la que le sucede. Hay alimentos que generan que la gente coma en forma compulsiva.
Entre los alimentos que producen este efecto, figuran aquellos que incluyen la combinación de grasas, sal y azúcar. Así lo explica el Dr. David Kesller, autor de “El fin de la alimentación excesiva” que se dedicó a investigar a quienes comen en forma compulsiva para explicar el poder de la comida. “Comer alimentos con alto contenido de azúcar, grasa y sal nos lleva a querer comer más alimentos con alto contenido de azúcar, grasa y sal”.

Pero, ¿qué alimentos nos llevan a seguir comiendo, aún cuando ya no tenemos más apetito?

La comida “chatarra”:

Un estudio del Instituto de Investigación The Scripps, publicado en Nature Neuroscience, demostró que  la comida rápida tiene propiedades “adictivas”, ya que, al igual que sucede con las drogas, es extremadamente difícil detenerse y dejar de comer. Esto ocurre con la comida que tiene un alto contenido calórico y de grasas, como el tocino y las salchichas, por ejemplo, que generan que las personas coman en exceso.
Según este estudio, el consumo sin límites de alimentos que producen placer provoca, como en las adicciones, respuestas de los neuroadaptadores en el circuito de recompensas del cerebro, desencadenando el desarrollo de la alimentación compulsiva.
Entre los neuroadaptores que se analizaron se encuentra el receptor D2, un neurotransmisor que es liberado por el cerebro con las experiencias que producen placer, como las drogas, el sexo y, también, la comida.

Los carbohidratos:

Según explica la Asociación Americana del Corazón, los carbohidratos aumentan los niveles de insulina, lo que disminuye el azúcar en sangre. Esto provoca el deseo de ingerir más alimentos y, en algunas personas, más carbohidratos, para obtener una fuente rápida de energía. La insulina es una hormona que es utilizada por el cuerpo para convertir el azúcar, el almidón y otros compuestos en energía.
A su vez, algunos estudios explican la conexión entre la mente, el humor y la comida debido a la disminución de la serotonina en el cerebro. Para los expertos, las personas que tienen antojo de carbohidratos poseen niveles bajos de serotonina, que ayuda a reducir los sentimientos de miedo, ansiedad y estrés, mejora el humor y favorece la relajación.

El chocolate:Al parecer, tiene los mismos efectos de la comida chatarra. En el libro “La seducción de la comida”, su autor, el Dr. Neal Barnard, explica que el chocolate estimula la misma parte del cerebro que las drogas. Además, el chocolate contiene ciertos ingredientes que son estimulantes, como la cafeína, la teobromina –que se extra del cacao y se utiliza también en ciertas medicinas- y la Feniletilamina –una amina aromática, semejante a las anfetaminas.

El queso:

Tiene un ingrediente en común con el chocolate: la feniletilamina. Los médicos Donald F. Klein y Michael Lebowitz, del Instituto Psiquiátrico del Estado de Nueva York, atribuyen la feniletilamina al amor, explicando que las personas enamoradas tienen grandes cantidades de este componente en su cerebro. Por otra parte, un estudio de los Laboratorios Wellcome encontró que  la leche de vaca, que se utiliza para fabricar el queso, contiene morfina en pequeñas cantidades y no en todos los casos (dependiendo de la dieta del animal) y caseína, que podrían causar la adicción a este alimento.

No todas las personas sienten la misma atracción hacia los mismos platos. Incluso entre aquellos que reconocen comer permanentemente en forma compulsiva, hay quienes se inclinan hacia las comidas saladas y quienes prefieren los platos dulces.
No obstante, conocer los alimentos que pueden producir adicción o comer en forma compulsiva puede ser de mucha ayuda, ya que al saber que nos resultará difícil detenernos, es probable que nos convenga elegir otra alternativa que no nos produzca ese efecto. ¿O acaso alguna vez viste a alguien comiendo lechuga o tomate sin parar?

A %d blogueros les gusta esto: