Archivo del sitio

Semana 3: Día 21: La maratón en chancletas

Ya he dicho que no me gusta decir malas palabras (a menos que me golpee el dedo con un martillo, pero como no se me da hacer arreglos en casa, no pasa muy a menudo). Quizá me resulte más difícil escribirlas, pero los argentinos tenemos esa cualidad de transformar un insulto en una virtud.

Hecha esta aclaración, quisiera plasmar en el blog la historia de un verdadero hijo de puta. Se trata de Keith Levasseur, un atleta que ingresó al libro Guinness de los récords al ser el maratonista que más rápido terminó una maratón en chancletas. Probablemente sea el único.

Lo curioso, si es que la cosa puede volverse más bizarra, es que hizo un tiempo espectacular: quedó por debajo de las 2 horas 47 minutos. De 3024 inscriptos en la Maratón de Baltimore quedó en el puesto 29. Mientras corría, un par de competidores le dijeron que estaba loco, pero la gran mayoría lo apoyó, y cuando pasaba, los espectadores decían: “¡Ahí viene el tipo de las sandalias!”.

Lavasseur es un verdadero atleta, que venía de hace rato coqueteando con la idea de terminar los 42 km con este inusual calzado. Su marca máxima habían sido 22 km y medio, por lo que no sabía cómo le iba a ir en la carrera. Sí sabía que su meta era quedar por debajo de las 3 horas, y como durante la competencia se sentía cómodo, le puso ritmo. Lo más difícil fueron las bajadas, y las tiras de las ojotas le terminaron por lastimar un poco la piel. Por normas del Guinness tenía que terminar la maratón corriendo todo el tiempo con las chancletas, y si se le salía una tenía que volver al punto exacto donde la había perdido, colocársela y después seguir. Pero esto no pasó.

Después de estos 15 minutos de fama internacional, Lavasseur sufrió las consecuencias al día siguiente, con fuertes dolores en los cuádriceps y en los pies por la inexistente amortiguación con la que corrió. Cuando le preguntaron si lo volvería a intentar juró y recontra juró que no, y que si alguien intentaba romper su récord, él se iba a limitar a felicitar al hijo de puta que intente hacer algo así.

Semana 3: Día 20: ¿En dónde estaba hace un año?

Hoy se me ocurrió ir hacia atrás, exactamente un año, y ver qué estaba escribiendo en el blog el 18 de octubre de 2011. Me encontré con un post interesante:

Semana 3: Día 18: ¿Cuáles son tus objetivos?

Esta pregunta me la hago constantemente, y se la suelo hacer a otros corredores con los que me cruzo. ¿Cuáles son tus objetivos? Me parece imposible ir a la deriva sin tener una meta definida.

Hace una década empecé terapia. No tenía trabajo, ni sabía qué estudiar, y me angustiaba tremendamente ser mantenido por mis padres sin tener un norte. En la primera sesión con mi psicóloga le dije que no tenía rumbo, ni un lugar en mi casa ni en la vida. Me alivia mucho ver qué diferente son las cosas ahora. Después de haber encontrado una profesión, haber egresado y haber descubierto el running, me di cuenta de algo muy importante: había encontrado algo que me apasionaba.

Recibirme se convirtió en un objetivo muy importante. Dejó de ser algo absolutamente lejano, porque a medida que avanzaba, cada vez faltaba menos para obtener el título. Lejos de ponerme contento, al principio me dio pena haber desperdiciado tantos años de mi vida. La facultad me parecía eterna, y no me veía atravesando durante tanto tiempo todo ese esfuerzo. Hoy me doy cuenta de que con esa estructura mental, tampoco podía tener una actividad como el running en mi vida. Es increíble cómo el atletismo calza a la perfección con otros aspectos del día a día.

Cuando encontré mi profesión, todo resultó mucho más fácil de lo que creía. Le puse todas mis pilas, y aunque habían pasado muchos años desde que había terminado el secundario, la facu era una escalada de pequeños objetivos a resolver. El destino final, obviamente, era terminar la carrera, pero intenté hacerla lo mejor posible. Al recibirme tuve el inmenso honor de terminar con el promedio más alto. No me consideraba mejor que nadie, simplemente me dediqué a eso que me apasionaba.

Probablemente fui madurando, y eso hizo que empezar a correr tuviese cada vez más sentido. La diferencia, no estaría mal mencionarlo, es que los estudios superiores tienen un fin; más allá de licenciaturas, posgrados y maestrías, el objetivo es terminar, de la forma que sea. En mi vida de atleta no encuentro un final (todavía). Cada carrera se ha convertido en un nuevo examen, en el que busco rendir de la mejor forma, para los cuales me preparo lo mejor que puedo. Y no pude con mi genio, así que me puse metas, como fue hacer mi primera maratón, hacerla en menos de 3 horas y media, la espartalón, y para algún día todas las instancias de la Misión, el Iron Man, correr en el Desierto del Sahara y en la Muralla China.

Esos (y aumentar de masa muscular) son mis objetivos, los que tengo en claro ahora. Aunque probablemente, al ir cumpliéndolos, irán apareciendo nuevos. Antes, la noción de que algo era casi imposible era un motivo suficiente para no intentarlo. Ahora es todo lo contrario; cuando algo es difícil se vuelve más tentador intentar conquistarlo.

Quizá otras personas carezcan de objetivos o no tengan uno que los motive lo suficiente. No existe correr por correr, y hacerlo solo para bajar la panza puede derivar en impaciencia y frustración. Creo que si uno se lo plantea como un modo de vida, una forma de encontrarse, conocerse, superarse, se termina transformando en algo más duradero, y que retroalimenta al deportista. Pero seguramente haya miles de motivos y millones de objetivos posibles, como carreras y corredores existen.

Lo que me gustó fue leer con qué soñaba hace 52 semanas, y qué tan cerca (o tan lejos) estoy de eso. Nunca fue mi intención armar un blog para ver cuentas pendientes e ir tachando, pero el proyecto se ha extendido tanto, que ahora puedo darme el lujo de compararme a mí mismo con el hombre que era tiempo atrás. Todavía me interesa hacer la maratón de la Muralla China…

Y ya que estamos… ¿qué pasó hace dos años? Mientras despotricaba contra las gaseosas, asegurándome de que Coca Cola nunca me auspicie, salía al aire en FM Blue, en el extinto programa Lado B. Hay audio que lo prueba y todo.

Semana 3: Día 19: Cita con la nutricionista

Hoy tuve mi cita con la nutricionista, luego de dos meses y medio. ¿Cómo me fue? Creo que lo voy a llamar un “empate”.

Por un lado, bajé de peso. El último mes entrené muy poco, me fui tres semanas a Europa, y comí en forma un poco desordenada (aunque intenté siempre hacer las seis comidas). Por fortuna no aumenté grasa, sino que perdí 200 gramos. Ni subí ni quedé igual. Eso puedo agradecérselo a las largas caminatas, un ejercicio desestimado por muchos, pero que tiene beneficios notables.

El tema es que perdí un kilo y medio de músculo, probablemente en las piernas. Es increíble lo desproporcionado que es el cuerpo humano: toma tanto esfuerzo ganar masa muscular, y es tan fácil perderla… Pero no me preocupa, porque ahora que empecé Pilates y de a poco voy a volver a mi ritmo de entrenamiento previo, sé que esos niveles van a volver a subir.

Entre las circunferencias que se redujeron está la cintura: perdí 1,6 cm, algo que sospeché cuando le tuve que ajustar un agujerito más al cinturón. Desde que volví de viaje, mucha gente me dijo que estaba más flaco (uno me dijo que estaba más gordo, y lo decía en serio, pero la ciencia se encargó de desmentirlo). Es raro porque a menos que haya un cambio muy repentino y brusco, uno generalmente no lo nota. Será por eso de andar tanto tiempo viéndose al espejo (el árbol que no deja ver el bosque). Yo hasta creía que en esta medición me iba a dar que había subido de peso. Pero no.

Mi índice de masa corporal (un dato estadístico en el que el peso en kilogramos, dividido la talla en metros elevado al cuadrado, da un valor que se usa para saber en dónde está cada uno. BAJO PESO (IMC <18.5) confiere bajo riesgo de desarrollar comorbilidades (las enfermedades cardíacas y metabólicas ya citadas) pero también significa mayor riesgo de otras enfermedades como cáncer.

  • NORMAL (IMC 18.5-24.9) confiere riesgo promedio de comorbilidades.
  • SOBREPESO (IMC 25-29.9) el riesgo está levemente aumentado.
  • OBESIDAD es cuando el IMC >30 y se la clasifica a su vez en:
  • CLASE I (IMC 30-34.9) confiere riesgo moderado.
  • CLASE II (IMC 35-39.9) confiere riesgo severo.
  • CLASE III (IMC >40) el riesgo es muy severo.

Mi medición me dio 20,54 Kg/m2 Algunos ponen en 20 el límite mínimo de lo “normal”, aunque el oficial es 18,5. Así que sí, soy normalito.

Ahora toca reencausar la alimentación y armar una dieta vegana. E ir probando a ver qué pasa.

Semana 3: Día 18: ¡Empecé pilates!

Dicen que luego de que te atropelle un auto, no nay nada mejor que empezar pilates. No, no dicen eso, pero podrían…

Hoy me apareció un dolor completamente nuevo. La cadera me empezó a molestar, tanto si me tocaba como si hacía algunos movimientos. No como para alarmarse. Supongo que ahí es donde impacté con el auto. Además apareció un pequeño morado en el costado del ojo derecho, debajo de la ceja que duele si me la toco (o sea, debería dejar de tocármela). En ese contexto de mariconeo, me preguntaba si era justo el día para empezar pilates. Encima, llovía…

Por suerte empecé por Vicky, queme recomendó esta disciplina desde el momento en que ella empezó, hace unos meses. El gimnasio queda a 2 cuadras de casa, lo que terminó de cerrar el trato.

Mis idesa de estas rutinas eran muy diferente a lo que terminé haciendo. Me imaginaba a señoras cincuentonas tiradas en colchonetas, o sentadas en pelotas gigantes. Las hacía meditando, buscando la paz interior o algo así. Pero nada que ver. El método Pilates es un sistema de entrenamiento físico y mental creado por Joseph Hubertus Pilates, que lo ideó basándose en su conocimiento de distintas especialidades como gimnasia, traumatología y yoga. AL  principio fue llamado Contrología (Contrology) debido a que recalcaba el uso de la mente para controlar el cuerpo, pero buscando el equilibrio y la unidad entre ambos. El método se centra en el desarrollo de los músculos internos para mantener el equilibrio corporal y dar estabilidad y firmeza a la columna vertebral, por lo que es muy usado como terapia en rehabilitación y para, por ejemplo, prevenir y curar el dolor de espalda. Con Vicky buscábamos un buen complemento para el running, y como ella comprobó que es muy útil, me tocó a mí empezar.

La verdad es que no me podía plantear la posibilidad de ir. No por prejuicio ni nada de eso, sino por falta de tiempo. Vivir con los minutos contados, cumpliendo con todo el mundo, hace que el tiempo libre escasee. Pero decidí darme un espacio para mí, y con La Misión cada vez más cerca, me pareció que podía organizarme para estar desocupado dos veces por semana. Mi imagen de Pilates (más allá de que Vicky me contó varias veces lo que hacían) era de un grupo de señoras tiradas en una colchoneta, con su pelota inflable gigante. Cuando entré en la sala de ejercitación no encontré nada de eso. En su lugar había unas camas llamadas reformer, sobre la que se desliza una plataforma mediante unos rieles, similar a los remos de los gimnasios tradicionales. Estas máquinas también fueron inventadas por Joseph Pilates, y contiene distintos resortes que indican el nivel de dificultad.

De más está decir que esa fantasía mía de las señoras desapareció rápidamente. ¡Usar esos aparatos es muy complicado! Parte del objetivo es lograr coordinación y estabilidad, algo que para un principiante es muy difícil. Pero la versatilidad que tienen los reformers es increíble. Se puede entrenar cualquier parte del cuerpo, ya sea bíceps, tríceps, cuádriceps, gemelos, aductores… Dependiendo en qué posición se coloque uno y la orientación del esfuerzo, el trabajo cambia totalmente.

Al tener instructor, uno tiene una mejor noción de lo que está haciendo (igual, temblaba tanto y me costaba tanto coordinar, que no parecía que supiese lo que estaba haciendo. Extrañaba mucho hacer musculación, y probablemente con Pilates pueda llenar ese vacío y darme algo que necesito: coordinación, relajación y elongación. Para ser una primera clase, salí muy contento, sintiendo un gran trabajo en todo el cuerpo, en especial en las abdominales. Mi idea era ir durante dos meses, justo el tiempo que tengo para La Misión. Pero, ¿quién sabe? En una de esas se convierta en una de esas cosas que se incorporan a la rutina durante muchos, muchos anõs…

Semana 3: Día 17: Atropellado por un auto

Estoy en perfectas condiciones físicas. Hecha esta aclaración, paso a relatar cómo me atropelló un automóvil mientras entrenaba el día de hoy.

Estábamos con dudas sobre el pronóstico. Se suponía que iba a llover, algunos decían que aguantaba hasta el martes. Pasara lo que pasara, con Vicky queríamos ir a entrenar, ya que en dos meses corremos La Misión… ¿y qué mejor forma de prepararse ante cualquier “imprevisto” que corriendo en condiciones adversas?

Salimos de casa a las 7 y cinco de la tarde. No en punto, como solemos. ¿Por qué? Porque tuve que ir al baño sobre la hora. Esas pequeñas cosas, decisiones que parecen irrelevantes, forman parte de una cadena que después te pone frente a un automovilista imprudente. Si hubiese ido antes a hacer mis asuntos higiénicos, este post hablaría de algo completamente distinto.

Fuimos caminando a la estación de tren. Son varias cuadras, pero nos gusta el ejercicio. Llovía, así que nos pusimos nuestras capas (amarillo patito). En el andén se acumulaba gente, pero pasaban los minutos y el servicio en dirección a Tigre no llegaba. En el whatsapp de los Puma Runners empezaban las confirmaciones de que pese al clima, corríamos. Vi que Mariano, quien vive por la zona, estaba en camino. Tiene auto, y me pareció que no perdía nada con preguntarle si nos llevaba. Si hubiese venido el tren, o si hubiésemos salido antes, no hubiese terminado contra el capot de un auto. Me resulta increíble cómo una cadena de hechos te llevan hasta el instante del impacto.

Después de esperarlo unos minutos sobre Avenida Libertador, nos encontramos con Mariano y partimos rumbo a Acassuso. El tránsito estaba cerrado, así que tomamos un atajo y agarramos la autopista. Llegamos bastante tarde, pero con ese clima era de esperarse. Bajamos en el punto de encuentro, el resto del grupo ya había partido a hacer el circuito de 3,6 km. Largué raudamente, para no retrasarme. La lluvia amainaba, pero el suelo empezaba a embarrarse. De vez en cuando llovía más fuerte, y aflojaba. Corrí a buen ritmo, con mis zapatillas que compré para La Misión, pensando que con esa noche calurosa y lluviosa ayudaba a “ablandarlas”.

Me crucé con compañeros que estaban volviendo. Nos saludamos, mientras en el iPod que me regaló Vicky sonaba música electrónica. Venía pensando (y ahora resulta irónico) en que Germán, nuestro entrenador, no quiere que corramos con auriculares, porque dice que no escuchamos a nuestro cuerpo como deberíamos. Por eso, cuando estoy “conectado”, intento prestar mucha atención a mí mismo y a mi entorno.

Venía tranquilo, con un calzado que empezaba a acumular barro en la suela. Quería llegar, me faltaba muy poco. Venía narrando el supuesto post de esta noche en mi cabeza. Esos pequeños retrasos en salir, o cambiar la ruta habitual para llegar al entrenamiento, hasta intentar apurarme para no atrasarme, todas esas cosas me fueron llevando inevitablemente hasta ese preciso instante en el que crucé la calle.

Tenía el semáforo en verde. Los autos que doblaban de mi izquierda frenaban porque tenían luz roja. Un auto blanco que venía por mi derecha, en cambio, no frenaba. Dobló y supuse, ingenuamente, que eventualmente me iba a dejar pasar, porque veníamos frente a frente (yo corría por el boulevard, él conducía en la calle paralela, hasta que decidió girar para atropellarme). Lo vi acercarse y doblar sin detener la marcha. Yo no me detuve, casi no tuve tiempo de reaccionar. Puse mi mano, sin poder creer lo que estaba pasando. El auto jamás se detuvo, solo lo frenó el semáforo. El conductor inconsciente solo tenía como referencia la luz roja, si yo hubiese cruzado mal y él hubiese tenido verde, nunca hubiese frenado.

Pasé por encima del capot, que estaba todo mojado, y quizá eso me permitió resbalar por arriba con mi metro ochenta. Como decía, no frenó, así que si hubiese quedado abajo, mínimo me hubiese partido las piernas. Pero la física quiso que él no me pasara por encima, sino que sea yo, y terminé cayendo al asfalto, primero con la pierna derecha, luego con el hombro, y finalmente con la cara. No fue un gran golpe, pero lo primero que sentí fue mucha bronca. No estaba camuflado ni soy invisible. Me levanté agarrándome el ojo derecho, donde sentí el golpe. Una corredora vino a asistirme. Nunca reparé en que era una compañera del grupo. Le di una patada al costado del auto, y quedó marcada la huella de barro de mis Quechua. Tuve la prudencia de no pegarle de puntín, sino de lleno. Lo último que me faltaba era fracturarme un dedo.

El conductor tardó unos segundos en salir del auto, llegué a pensar que no se iba a bajar. Supuse que quería ver si le había dañado la chapa. Cuando se asomó le grité si no me había visto, y con una despreocupación insultante me respondió “Y no… no te ví”, como diciendo que le acababa de preguntar algo obvio. Me pareció que tenía dos opciones, insultarlo y, eventualmente, cagarlo a trompadas, o darme media vuelta e irme. Decidí caminar hasta la base y no pensar en el asunto.

El resultado fue un raspón en la ceja derecha que sangró muy poco. Hay una pequeña hinchazón, y posiblemente el choque haya sido muy poco espectacular. Lorena, mi compañera, quien vio todo (porque pasó a sus pies, prácticamente) volvió más tarde con la patente memorizada. Me dijo que después de que me fui se quedó charlando con el conductor, que estaba consternado. Le reiteró que no me vio y le dijo que me pida mil disculpas. Por sugerencia de mi entrenador no seguí corriendo. La lluvia empezaba a hacerse más copiosa, y tenía bronca y hambre. El brazo derecho, con el correr de las horas, me empezó a doler más. Pero no va a pasar de esto.

Es lamentable que sin importar lo cuidadoso que uno sea, esté tan expuesto a la distracción de los conductores. Dejando Grecia de lado, los países que visitamos hace poquito en Europa son completamente diferentes. Basta que un peatón esté acercándose al cordón para que los autos frenen. Acá viven con los segundos contados, acelerando con la luz amarilla, intentando ganarle a todos. Y solemos colaborar hasta en nuestra forma de contar un choque, al que erróneamente llamamos “accidente” (que un salame esté mirando si le gana la semáforo en vez de fijarse si viene alguien corriendo está bastante lejos de ser un accidente). “Al menos voy a sacar un post de todo esto”, pensaba, mientras volvía en auto para casa…

A %d blogueros les gusta esto: