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Semana 28: Día 196: La previa de la Patagonia Run

Nos estamos preparando para una nueva aventura. Ya estamos en la cama, cenados, esperando descansar hasta que nos levantemos a las 5 de la mañana para llenar el camel y desayunar.
Hoy tuvimos la charla técnica. Ver las indicaciones del recorrido, las advertencias y las fotos renovaron mis ganas de correr. Todo esto se vio potenciado cuando proyectaron un video con imágenes del año pasado. Ahí le confesé a Vicky que me moría por correr.  Encima aparecí yo, un segundo, tomando un vaso caliente de algo en la oscura madrugada. Se me veía optimista, contento (como Vicky empezó a decir que era yo, a los gritos, me giré a una pareja que tenía al lado y les dije “soy famoso”).
No he vuelto a correr desde los 100 km del domingo, pero me siento excelentemente bien. La única secuela que persiste es que el sol de Marcos Paz me destrozó. Tuvo un efecto residual, pero ahora tengo el labio inferior partido (me pica y me duele intermitentemente) y la piel de la frente se me empezó a descascarar. Más allá de que parezco un monstruo, estoy fantástico.
Así que los dejo para no robarle más horas al sueño. Con Vicky tenemos mucho entusiasmo y queremos disfrutar de esta experiencia…

Semana 28: Día 195: Comer en San Martín de los Andes

Hemos llegado a la fría ciudad desde donde vamos a salir el sábado, como parte de la Patagonia Run.
El viaje fue sencillo porque soy un vegano previsor: me compré unas tartas veganas y con mi agua, una barra Egran y unos cereales tiré las 21 horas del viaje. De las bandejas de entrada y plato principal solo pude comer el pancito. Si no me hubiese preparado, hubiese muerto de hambre. Ni siquiera había agua, solo 7 Up y Coca Cola.
Comer en San Martín de los Andes no fue sencillo. Primero, casi todos los locales son de ropa de esquí, equipos de esquí, cursos de esquí y expediciones de esquí. También hay tiendas de productos autóctonos, chocolaterías y hoteles. Lo que queda son restaurantes, donde abunda la trucha, el salmón y el ciervo. Los veganos estamos complicados.
Busqué en internet y encontré un par de locales vegetarianos que en el mundo real no estaban. Encontré, sin embargo, que en casi todos hay ñoquis, quizás las únicas pastas frescas que no tienen huevo. En donde cenamos esta noche pude comer papas al natural con arroz blanco.
Tendremos que seguir investigando, pero de momento estas son las mejores opciones veganas pre carrera. Y si no, ya sé que el día de mañana me pongo acá un restaurante vegano y me lleno de guita…

Semana 28: Día 194: Camino a San Martín de los Andes

Estoy en un micro, acabamos de ver la nueva versión de El Hombre Araña (dudo que en versión original) y me la estoy jugando con esto de actualizar el blog desde el teléfono. Si lo están leyendo es que todo salió bien.
Mi recuperación de la Ultra Buenos Aires me hizo decidir a correr la Patagonia Run. No estoy al 100%, pero imaginé que iba a estar peor. Así que… ¿por qué no seguir adelante? Con calma y atención, puedo hacerla y disfrutarla. Además, para mí será una forma de seguir probando en dónde están mis límites. Hoy recordaba todo el evento del domingo pasado con Juandy, mi fiel asistente de ultramaratones, y me di cuenta de que cuando crucé la meta no estaba agonizando ni al borde del desmayo. De hecho hice un sprint final y después seguí caminando y charlando de pie.
Así que, ahí voy, rumbo a una nueva ultra, a seguir explorando hasta dónde puedo llegar…

Semana 28: Día 193: Desprenderse de lo material

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Quizá este empiece a ser uno de los últimos posts relacionados con la Ultra Buenos Aires. Este es medio periférico, pero bueno, perdón a quien el tema le haya empezado a saturar (creo que podría tirar un mes de blog con esto, pero no quiero abusar). Algo que suele atraernos de las carreras es lo que viene en el kit del corredor. ¿Qué tal es la remera? ¿Viene con algo de regalo? ¿Hay medalla de finisher? En la Ultra había poco, de hecho se promocionó como un evento no competitivo, de muy bajo costo, pero si hubiesen regalado una remera dry-fit y unas medallas, quizá la concurrencia hubiese sido mayor. Esto es puramente especulativo, pero suele interesarnos lo material por encima de la experiencia.

Antes de que crean que me quiero vender como una persona súper espiritual a la que no le interesan los objetos, debo confesar que soy un acumulador. Guardo hasta los dorsales arrugados y manchados de las carreras, todavía con los broches de aguja oxidados, colgando de sus puntas. Tengo una vitrina con todas mis medallas, y hasta hace poco mis zapatillas guardadas. Colecciono estatuitas de superhéroes que ya no sé ni dónde guardar, no me gusta tirar nada, y tengo cajas de “recuerdos” que nunca he vuelto a mirar. No me importa la plata, pero sí tengo que reconocer que soy bastante materialista.

Sin embargo, soy más nostálgico que otra cosa. Me da lástima tirar recuerdos a la basura, pero porque asocio los momentos a los objetos. Ni siquiera borro los mails viejos. Así y todo, reconozco que no hay que apegarse a lo material.

Aprendí que regalar es mucho más valioso que recibir. Como empezó a ser costumbre en los Puma Runners, a fin de año regalé remeras de carreras a otros compañeros. En lugar de elegir las que menos me gustaban, fui por las que realmente apreciaba. No me pude desprender de las de la maratón de la Ciudad (ténganme paciencia, necesito tiempo), pero así cedí la de mi primera Merrell, las de la Energizer que me parecía la más linda, la de la Salvaje Night Race, y la de mis primeros 100 km en montaña, en la Patagonia Run de 2012. Sabiendo que a Vicky le gustaba una de mis remeras o que estaba fascinada con un silbato que me había comprado en Europa, elegí estos eventos para hacerle creer que se los iba a dar a otro para terminar pasándoselos a ella.

Y llegó este lamentable hecho que nos pegó hondo a todos. El Servicio Meteorológico dio su habitual alerta por tormentas (que al ser tan frecuentes, aprendimos a ignorar), y a la mañana siguiente el noticiero daba cuenta de todos los autos que se había llevado la corriente, los pasos bajo nivel inundados, las casas sin luz. Subestimé la noticia como cualquiera, y creo que pasó un día entero hasta que me enteré de que en la ciudad de La Plata la habían pasado muy pero muy mal.

Afortunadamente esto despertó la generosidad en muchísima gente, y en nuestro edificio empezaron a juntar material para donar a los damnificados. No lo quise pensar mucho, y le propuse a Vicky regalar nuestras zapatillas (las que no estábamos usando). Probablemente no sirvan para correr porque su suela perdió elasticidad, o porque ya se empezaron a desgastar, pero ¿cómo no le iban a servir a alguien que necesitase abrigo, o simplemente poder caminar sin mojarse los pies? Vicky tenía un par en desuso, y yo tenía una pila de recuerdos de los que desprenderme.

Estaban las Puma Faas con las que corrí la mejor maratón de mi vida. También las Asics con las que corrí en Grecia, entre Atenas y Maratón. Como si fuera poco, las Nightfox, que estaban desgastadas por dentro pero que todavía conservaban su malla metálica interna que permitía escurrir mejor el agua. Y como broche de oro, las Quechua con las que hice 110 km en La Misión 2012. Todas esas zapatillas representaban pedacitos de mi historia como atleta, y les tenía mucho apego. Pero aquel sábado en que un voluntario las llevó a La Plata para poder ayudar, se convirtieron en otra cosa. Una ayuda, por mínima que fuese. Ahora ya sabemos que en La Plata no necesitan más ropa, sino agua, elementos de limpieza y comida.

Como dije en otra oportunidad, se puede ayudar con muy poco… Y los recuerdos materiales… bueno, son reemplazables. Las oportunidades de ayudar, no las podemos dejar pasar.

Semana 28: Día 192: Secuelas de la Ultra Buenos Aires

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Me imagino que mi papá nunca se imaginó que, a los 35 años, me iba a estar poniendo las zapatillas de nuevo. Pero cuando terminé los 100 km de la Ultra Buenos Aires, me tuvo que ayudar a cambiarme. Siendo que alcancé esa marca en llano por primera vez, es lógico que las piernas estuviese entumecidas. Todavía podía mantenerme en pie, pero sin dudas me hacía falta ayuda.

Embarrado como estaba y con el sol que empezaba a ocultarse, me tenía que cambiar. Me saqué la remera mojada, me alcanzaron un pantalón largo, y a duras penas me descalcé. Mi papá se acercó y me puso las medias, una actividad que probablemente no haya hecho en los últimos 30 años. Mientras levantaba mi pierna izquierda, mi gemelo se contrajo y un relámpago de dolor subió hasta el cerebro. Pegué un alarido y la sencilla tarea de vestirme se convirtió en tratarme un calambre. La pierna derecha fue exactamente igual: descalzarme, mi papá asistiéndome, y el músculo contrayéndose de golpe en un fogonazo de dolor.

Probablemente hayan sido los únicos calambres que sentí en la Ultra Buenos Aires, y por suerte ocurrieron luego de haber terminado. Lo bueno nunca es gratis, dice Bucay, y era lógico que un esfuerzo sostenido por tanto tiempo iba a tener consecuencias. Los gemelos me duelen bastante poco, comparado con las molestias que siento ahora en el tibial izquierdo. El canto del pie derecho también hace que me cueste caminar, y mis cuádriceps están rígidos y no colaboran cuando quiero levantarme de la silla.

Pero claro, esto no es nada comparado al dolor en mis bíceps (no me imaginaba que me iban a molestar), la tensión que siento en la nuca y los dolores en las abdominales (en especial la sección que está a los extremos, que van de la ingle a las costillas). Otra cosa que no preví fue que me quemé la cara con el sol, se me resecaron los labios (¡lo que me impide besar a Vicky!) y como la nariz me goteó durante gran parte de la Ultra, se me lastimó y se formó una cascarita.

El dolor es pasajero, la gloria es eterna. Ahora me toca reposo, y todas estas molestias no empañan la serenidad y alegría que siento. Digamos que si ese es el precio por salir a conquistar mis límites, me resulta que es bastante barato. En algún momento todo va a pasar y voy a volver a estar afinado. Hoy intenté caminar un poco para recuperarme. Si no fuese por ese dolor en el canto del pie derecho, caminaría absolutamente normal (aunque mucho más lento que de costumbre).

Otra consecuencia bastante esperable fue mi peso. Aunque me paré sobra la balanza después de ir al baño, comer y tomar, encontré que había perdido 3 kilos. Parte puede ser pérdida de líquido, pero también puede haber tenido que ver con la pérdida de masa muscular y de grasa. Me miro en el espejo y me noto los pómulos más marcados. Esto lo noté en alguna maratón, pero se iba durante el día. A más de un día de haber terminado, mi cara sigue huesuda. ¡Si a alguien le queda alguna duda, estoy comiendo mucho, dándole prioridad a los hidratos!

A pesar de que estoy entero y con mucho entusiasmo, no me veo preparado para correr este sábado los 63 km de la Patagonia Run. La decisión final la tomaré en los próximos días, pero me parece que no va a variar. Es una distancia exigente… realizable, pero es imposible que la pueda hacer al 100%, incluso cuando mi intención fue siempre hacer un trail caminando. Tenía ganas de compartir la aventura con Vicky… creo que se lo debía, y realmente me encanta correr en equipo con ella. Es organizada, divertida y me valora mucho (excepto cuando le digo que se apure en las subidas). Mi deseo era que pudiese terminar la distancia que el año pasado no pudo hacer, por un límite de tiempo que este año se flexibilizó. Por eso creo que esta vez lo va a poder hacer, aunque no me tenga a mí a su lado. Puede que sea la secuela más dura de la Ultra Buenos Aires, pero como dije, lo bueno en la vida nunca es gratis…

Semana 28: Día 191: Los 100 km de la Ultra Buenos Aires

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Esta historia empieza a mediados de 2008. Yo había empezado en un grupo de entrenamiento, los LionX, y después de un par de meses de entrenar con cierta regularidad, llegó la hora de probarse en una carrera. Esta fue la Merrell Adventure Race Pinamar. Me enganché en una posta, e hice los 7 km que me correspondían (el último tramo). Al cruzar la meta Germán, nuestro entrenador, se me acercó y me dio un abrazo. Yo no entendí por qué me felicitaba, si lo que había hecho me parecía bastante poco. Tenía compañeros que habían corrido 27 km, y ellos me parecían más dignos de felicitación que yo. Germán nunca olvidó este detalle, y esta anécdota cobró otra importancia en el día de hoy. Les pido que no se olviden de esto, porque va a tener un poco más de sentido hacia el final del post.

Un día decidí empezar con Semana 52, un blog con un objetivo anual, que era entrenar diariamente y mejorar mi alimentación. Germán me acompañó y pasé de haber tenido una de esas Merrells de 27 km como marca máxima, a correr maratones. De hecho, cerré el año corriendo 42 km en Atenas, estilo “guerrilla”. Ya en ese entonces estaba saliendo con Vicky, quien se había quedado en Buenos Aires. Fue ella la que me habló de la Espartatlón, carrera que si bien conocía, nunca le había prestado mucha atención. Ella, sin quererlo, me metió la idea de enfrentarme a esta durísima prueba de 246 km en 36 horas, uniendo Atenas con Esparta.

Para inscribirse en esta legendaria competencia hay que reunir algunos requisitos. El que me parecía más sencillo era correr 100 km en menos de 10 horas y media. O sea, era el más sencillo, sin que eso signifique que era fácil. Un teléfono descompuesto entre un argentino y un griego hablando en inglés hizo que me durmiera y que, cuando las cosas se aclararon, me diese cuenta de que no estaba inscripto en la Espartatlón 2012. Como último recurso, le propuse a Germán organizar una carrera nosotros, de 100 km, para así reunir los requisitos. De esta manera nació la Ultra Buenos Aires. Fede Lausi, de Salvaje Eventos, aceptó darnos una mano con la fiscalización y propuso hacerlo en Marcos Paz. La competencia, que me tenía a mí como único participante, no salió bien en el sentido de que no llegué (hice 77 km, cometiendo muchos errores por inexperiencia). Pero fue algo muy hermoso y movilizador para mí, porque estaba mi familia y mis amigos apoyándome. En una de las situaciones más emotivas, un par de kilómetros antes de abandonar, se aparecieron unos cuantos a correr a mi lado, algunos con jean y zapatillas de lona. Me quedó el gustito amargo de no haber podido cumplir mi sueño, pero el gustazo de haberme sentido tan querido.

Los sueños no se cancelan, sino que se posponen, me dijo alguien en el blog. Me pareció que tenía razón, así que decidimos repetir la experiencia de la Ultra Buenos Aires. Al principio estaba en duda de si Salvaje iba a poder organizar por todos los compromisos previos con sus propios eventos, pero los planetas se alinearon, y Fede Lausi puso la fecha del 7 de abril para correrla. Le sugerí poner varias distancias para que se enganchen no solo corredores de elite, sino cualquiera con ganas de probarse en largas distancias, y así se decidió que tenga un circuito de 25 km, en el que se podía pasar una, dos o cuatro veces, dependiendo de la distancia a la que uno se hubiese inscripto.

Marzo fue un mes muy malo para mí. Caí en una gran depresión por motivos personales, y eso me afectó mucho mi entrenamiento. Corrí 50 km muy lastimosos, que me hicieron olvidar de la Espartatlón, ya que ni siquiera me parecía que podía alcanzar los 100. Pero seguí haciéndole caso a Germán, entrenando las distancias que me sugería, y cuando me tocó hacer 70 km, Vicky me ayudó con la logística… y llegué muy entero. Ahí me pareció que podía llegar.

Pero la tensión no se fue. De hecho, se pasó a mis piernas, y dos días antes de la Ultra los gemelos me dolían terriblemente. El sábado me dio diarrea, me salió una llaga en el labio, y el dolor se pasó a mis tibiales y rodillas. Pensé en abandonar, pero me acordé de Robertito, el nene mendocino con leucemia por el que íbamos a correr. Si él la peleaba todos los días, ¿qué ejemplo le podía dar si renunciaba antes de tiempo?

La salida fue desde la estancia La Mariucha. Originalmente salíamos a las 7, pero unos cuantos rezagados nos demoraron hasta las 7:30. Los de 100 km éramos como siete corredores. Entre los de 25 y 50 superábamos los cincuenta inscriptos. El recorrido eran caminos rurales, y tenía forma de ocho, para que hubiese hidratación en la largada/llegada, al igual que en el km 6,5. Como estaba en el centro, lo volvíamos a pasar en el km 20. La bebida consistía en Powerade en el arco de salida y después agua.

Salí segundo, atrás de Martín Paternó, ídolo cordobés. Mantenía un ritmo imposible de alcanzar. No lo vi en la largada a Germán y me preocupó, pero supuse que solo se había retrasado.

El camino estaba bien marcado, aunque con cansancio encima no veía las flechas. Empecé intentando mantener un ritmo de 5:30 el km. Si podía hacer la mitad así, el resto se podía hacer en 6:30 y así cumplir la marca de las 10 horas y media con holgura. Me preocupaban muchos mis dolores previos, y no estaba seguro de poder correr sin acalambrarme. Pero apreté los dientes y seguí.

Venía escoltado por mis amigos Juandy y El Colo, ambos en bici. Además, mi hermano Matías venía con su auto (igual que el año pasado) y tenía de copiloto a mi papá. Ellos se encargaban de que tuviese comida y agua constantemente. Las ultramaratones son competencias de comer y beber en el que hay lindos paisajes y se hace actividad física.

La primera vuelta de 25 km no tuvo mayores inconvenientes. Casi todo era camino rural, con poco o nada de barro, más un tramo de unos 4 km en asfalto. Como cada vez que salgo a correr al principio del día, hacía mucho pis, muy transparente. Okey, todo bien, es una señal de que los riñones funcionan bien.

Mi sorpresa llegó cuando alcancé el km 21, en el que empezaba la parte crosscountry. Yo imaginé que solo íbamos a cortar camino por campo, pero además de cruzar una cerca de alambre por encima, teníamos que sortear mucho barro y correr por tierra poceada por vacas. Al principio me pareció que iba a jugar en contra de mi objetivo de llegar en menos de 10 horas y media, pero entendí que este tramo iba a hacer el camino menos aburrido.

La meta estaba en un tambo, así que en los últimos metros tuve que esquivar a unas cuantas vacas. Me intimidaban bastante, porque pesan más o menos igual que un auto compacto. Por suerte, cuando me acerqué corriendo se hicieron a un lado. Crucé el arco de llegada a las 2 horas 19 minutos. Ahí, no había nadie para recibirme. Busqué con la vista a Germán, y no lo vi. Dudaba de que hubiese ido y eso me angustiaba mucho.

Empezando la segunda vuelta, llegó mi mamá y mi amigo Javi. Se subieron al auto de Matías y mi papá y me acompañaron esos otros 25 km. Me sentía cansado pero entero. A diferencia del año anterior, fui mucho más conservador con mi ritmo, oscilando entre 5:30 y 5:40 el kilómetro. Juandy intentaba mantener el ritmo, y se sorprendía de lo que le costaba alcanzarnos cuando frenábamos.

En el km 30 me empezó a doler el canto del pie derecho, así que me tomé un calmante sublingual. Como siempre, apreté los dientes y seguí. Por suerte no “toqué el muro”, aunque el ritmo me parecía que bajaba de vez en cuando. Aproveché el asfalto de la colectora para aumentar la velocidad y especular con eso para después. Llegué a la parte de crosscountry (donde ni el auto ni las bicis me podían acompañar), trepé el alambrado y cuando llegué al primer barrial me fui de boca al piso. Las manos me quedaron hundidas, al igual que las rodillas y las zapatillas. Lancé mi característico “¡La puta que me parió!”, me levanté y seguí corriendo.

En la meta, que crucé a las 4 horas 21 minutos, me esperaban mis amigos y mi familia. Pero Germán, mi entrenador, no estaba. No dejaba de pensar en que necesitaba que estuviese ahí, acompañándome en ese día tan importante.

Aproveché para ponerme medias limpias y sacarme las embarradas. Me embadurné con Voltaren, tomé agua y salí.A los pocos kilómetros me crucé con Paternó, el puntero, que estaba sentado en el piso. Le pregunté qué le pasaba y resultó que tenía mal su tobillo. Quise ayudarlo y lo mandé de vuelta a la meta con el auto de mi hermano. Me pareció que no se podía dejar a nadie tirado, y que yo era capaz de arreglármelas solo unos kilómetros. Así pasé a la delantera, pero con la conciencia tranquila.

Esta tercera vuelta, sin dudas, fue un desastre. Estando solo, me di cuenta de que mi pis tenía el color Tang de naranja, incluso cuando estaba tomando puramente agua cada 15 minutos. Estaba agotado y me empecé a hacer la idea de que no iba a llegar. Tomar constantemente agua no me ayudaba, y de pronto las ganas de orinar se repetían y solo salían cinco gotitas oscuras.

Intenté relajarme y beber, pero la situación era frustrante. Se me ocurrió, ya que contaba con un equipo que me cuidaba, de llamar por teléfono a Romina, mi nutricionista. Le pregunté si podía ser hiponatremia, un trastorno causado por tomar agua baja en sodio, algo que puede ser fatal para un atleta. Era plausible. Su consejo: abandonar la carrera y ver a un médico. Le confesé que estaba buscando una excusa para abandonar… y que por eso no quería hacerlo. Me dijo que no tome más agua, solo Powerade, y que la mantenga al tanto.

Ajustamos la estrategia y el auto de mi hermano salió disparado a buscar más bebidas isotónicas. Estaba asustado, porque el pis (que salía en gotitas) era muy turbio y las ganas de orinar me impedían correr. Caminé, maldecí, y pensé en la posibilidad de abandonar la carrera por motivos médicos. Pero de alguna forma decidí seguir avanzando y beber mucho, mucho Gatorade y Powerade. Milagrosamente me volvieron las fuerzas y mantuve un ritmo bastante bueno. Haber frenado había causado que mi ritmo bajase estrepitosamente, pero cuando alcancé nuevamente la colectora de la ruta, aproveché el asfalto para aumentar la velocidad.

Cuando llegué a la parte de crosscountry, habiendo acumulado 70 km (mi marca más reciente), me pareció que podía terminar la carrera. Tenía buen tiempo, encontré con Mak, mi compañero de los LionX que estaba terminando sus 50 km. Me dio mucho aliento y lo pasé. Cuando levanté la pierna izquierda para trepar el alambrado, me dio un terrible tirón en la nalga. Pensé que no iba a poder seguir, así que me tomé otro calmante. Pero por suerte los músculos se fueron aflojando y pude seguir.

Crucé la meta en 7 horas 28 minutos. Busqué con la vista a Germán, mi entrenador, y no lo vi. Aunque no estaba, no perdía las esperanzas de que se asomase de atrás de un árbol. Cuando me crucé con Mak no tuve el coraje de preguntarle si había venido, por miedo a que me confirme que se había quedado. Estaba confiado en terminar, sentía que tenía la carrera en el bolsillo, pero el triunfo iba a tener un gusto amargo. De todos modos, no podía asegurarme de poder terminar aún.

Antes de salir le pedí a Vicky que se suba al auto de Matías y corriese conmigo esos últimos 4 km crosscountry. Debería aclarar aquí que Matías se iba a quedar la mitad de la carrera, para volverse a casa y cumplir su rol de padre y esposo. Pero se dio cuenta de que lo necesitaba, y que sin él se hubiesen dificultado mucho las cosas. Yo sospechaba que no se iba a querer volver.

Esta última vuelta, teniendo 3 horas de margen, la podía hacer en un ritmo de 7 minutos el kilómetro. Empezaba a entrar en terreno desconocido, siendo que mi única referencia eran los pésimos 77 km que hice en Marcos Paz el año pasado. Juandy iba y venía con su bici, consciente de la importancia de que tomase bebidas isotónicas todo el tiempo. Mi papá y Vicky, copilotos de mi hermano, me alcanzaban también bebida, comida y Voltaren para cada dolor nuevo. Tuve las molestias más inusuales de mi vida. Por ejemplo, en un momento se me acalambró el cuello, debajo de la mandíbula, y la lengua me quedó dura. ¿Cómo puede ser tan traumático hacer algo tan maravilloso como hacer actividad física?

Mi papá, viéndome sufrir esos últimos kilómetros, me dijo “Tengo ganas de bajarme y correr con vos”. Le dije que bueno, que venga, así que compartimos un recontra emotivo trote entre padre e hijo.

Llegamos a la ruta y, como las vueltas anteriores, aceleré. Me preguntaron si no estaba yendo demasiado rápido, y confesé que necesitaba ese margen. No estaba seguro de cuánto me iba a tomar la parte de crosscountry, que parecía un pantano. Yo, mientras tanto, hacía cinco gotitas de pis cada 10 minutos, y puteaba.

Vicky se bajó del auto faltando 4 km, lista para encarar conmigo la parte más complicada de la carrera. Una pareja de amigos que estaba terminando la tercera vuelta de los 100 km me alentó y me aseguró que llegaba cómodo. No quise cantar victoria. En el maldito alambrado nos esperaba Mak, quien en lugar de ayudarnos a pasar por arriba lo levantó y cruzamos en cuatro patas (igual me dio un tirón en las piernas terrible). Él nos guió por el terreno dificultoso, esquivando el barro y las partes más complicadas. ¡Cuantos atajos que conocía! Me hubiese hecho una carrera muy distinta si yo los hubiese captado. Como un padre, Mak nos cuidaba y decía “cuidado con la rama”, “miren al suelo”, “vengan por acá”, “no hables, guardá fuerzas”. Como si fuera poco, además me daba aliento.

Vicky me decía que no afloje, que atrás venían las chicas y que me iban a alcanzar. Es un chiste interno, el modo en que lo presionaba su mejor amigo a Scott Jurek (mi ídolo, ultramaratonista vegano). Cruzamos nuevamente por el tambo, las vacas, y más amigos (El Colo, la Morocha, Julio) se acercaban para correr conmigo los últimos metros. Sentía que se me salían las lágrimas al ver tanta muestra de cariño.

Mak, que se comportó como todo un caballero, frenó faltando 10 metros para la llegada, así la cruzaba yo solo. Por instinto, apenas crucé, fui derecho a abrazar a mi mamá y me largué a llorar. Ni siquiera me detuve a mirar el reloj, que marcaba que mis 100 km se terminaron en 10 horas 14 minutos, holgado para pode clasificar para la Espartatlón. Empecé a abrazar y a besar a todos los que estaban ahí para verme, y entre tantas caras apareció Germán, mi entrenador. La alegría de ver que sí había estado (resultó que no nos habíamos cruzado las dos vueltas anteriores) me emocionó tanto que nos fundimos en un abrazo y también lloré sobre su hombro. Mucho cambió en estos cinco años en que me abrazó después de esos 7 km de Pinamar y los 100 km que acababa de terminar. Hubo mucho trabajo, mucho crecimiento, y pasamos de ser profesor y alumno a ser amigos.

Vicky me decía que me amaba, que estaba orgullosa de mí, y también lloré con ella. Es la primera vez que me emociono tanto con una carrera. Realmente fue muy difícil para mí, y en todo momento me sentí contenido por mi familia y mis amigos. Que todos ellos se hayan venido desde tan lejos a correr o a venir a alentarme. Sufrí mucho. Dudé bastante. Pero el estar tan contenido por todo ese afecto, hace que todas esas cosas negativas pasen a un plano muy secundario. Hice fuerza por mí, por Vicky, por mi familia y amigos, y por Robertito. Y todo eso dio sus frutos. Poco importó si salí primero (de hecho, fui el único que logró terminar los 100 km). Lo que para mí vale es que, aunque la ultramaratón es una actividad muy solitaria, yo la terminé gracias al trabajo en equipo.

Ahora dejo el espacio para la demagogia, porque tengo que agradecer a todos los que me ayudaron a cumplir mi sueño. A Vicky, por confiar en mí y estar siempre a mi lado. A Germán, mi entrenador… por los mismos motivos (pero sin el tinte romántico). A Romina, por sus consejos y por tranquilizarme en un momento desesperante de la carrera. A mis papás y mis hermanos Lucas y Santiago, representados en el imprescindible Matías. A Juandy y el Colo, que se bancaron casi 100 km de bici y terminaron hechos una piltrafa. A Javi, que vino a verme aunque era su cumpleaños (¡un grosso!). A la morocha y Julio, por acompañarme y sacar unas fotos espectaculares. A los chicos de los LionX que pudieron acercarse: el Gato, Gloria, Vane, Lean, y en especial a nuestro patrono protector Mak. Todos ellos son parte de la elite espartana. A Fede Lausi, que se sumó a mi sueño y me dio una mano enorme para hacerlo realidad. La Ultra Buenos Aires es ahora toda suya. A todos los voluntarios y corredores que me dieron aliento y ofrecieron su ayuda en todo momento. A todos los que no pudieron venir e igual se preocuparon por el resultado de la carrera y me contactaron por teléfono, whatsapp o mensaje de texto (demasiados para nombrarlos a todos). Y a todos los lectores de este blog que no dudaron de mí ni un instante. Gracias, de corazón.

Semana 28: Día 190: Correr por Robertito

“Robertito es un luchador con todas las letras. Lucha contra su leucemia, por ahora con el tratamiento con quimio está muy bien. Pasaron momentos muy duros”.

Con estas palabras, María de los Ángeles, quien coordina Espera por la vida (Tucumán), me describía al principito que me va a acompañar espiritualmente en la Ultra Buenos Aires de mañana. A veces no tomamos conciencia de que nuestros esfuerzos físicos, aunque sean carreras intimidantes y de mucho desgaste, no se comparan en nada a lo que la pelean chiquitos que sufren estas horribles enfermedades.

En Tandil corrimos pensando en Jeremías, y esta vez Robertito, de Mendoza, es parte de mi equipo, y lo tendré en mente cuando me falten las fuerzas y tenga que depender solo de mi fuerza de voluntad. Por ahora no necesita un transplante, pero no se puede descartar. Aunque ya está todo coordinado para que corramos juntos (yo con el cuerpo, él con el corazón), me sigue pareciendo que es poco. Sé que le van a contar sobre la carrera, sobre alguien que, aunque esté lejos, pensaba en él… pero me sigo pensando en que podría hacer más.

Por eso me comprometí con María de los Ángeles a mandarle algo de la carrera. Se lo debo a Jere, que nos acompañó en Tandil, a quien le voy a mandar historietas del Hombre Araña y la medalla de Finisher. En este año, en el prototipo de la Ultra Buenos Aires, no hay premiación, así que me las ingeniaré para enviarle otra cosa. El ritmo frenético de estas últimas semanas me impidió acercarme a mandar la encomienda a Retiro, pero ya con los 100 km finalizados y antes de partir hacia San Martín de los Andes me voy a hacer ese momento.

A veces podemos ayudar mucho haciendo muy poco. A veces podemos hacer más. Encontré que teniendo presente a estos pequeños guerreros que la pelean día a día, sin marginarlos ni hacer como que no existen, se puede hacer una pequeña diferencia.

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