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Semana 26: Día 182: Otro fondo de 50 km

Después de correr 70 km está la constante duda de qué impacto tuvo sobre el cuerpo. Si es cierta la máxima que dice que por cada kilómetro corrido el cuerpo necesita un día para recuperarse, entonces estamos al horno. No soy una persona conservadora en cuanto a lo atlético, si no tendría que estar muy preocupado.

En el día de ayer me tocó correr 50 km, y como tantas veces me cayó medio de sorpresa. Mi única preparación, después de tantas dietas pre-maratones, fue no consumir fibras el día previo. Intenté tomar toda el agua que pude, desayunar temprano, persignarme y salir.

Era jueves santo, un día semi-feriado, pero al ser el primero de un finde mega-largo (¡SEIS DÍAS!) había muy poca gente en la calle. Mi intención era salir lo más temprano posible, tipo 6 de la mañana, pero me acosté a las 2, culpa de tantos compromisos laborales asumidos. Temía que eso me influyese negativamente ante un fondo tan bestial, así que decidí dormir un poquito más y terminé saliendo de casa a las 7:45.

La última vez que corrí 50 km me fui de casa hasta el puerto de Tigre, ida y vuelta. Eso es 98,5% asfalto, y mis rodillas lo sintieron, en especial en los ligamentos externos. Cuando tocaron 70 km, para ser un poco más conservador que de costumbre, me fui para la Reserva Ecológica, buscando todo el pasto posible. Me funcionó, así que ayer decidí repetir la experiencia.

En el trayecto hay hormigón, asfalto, cemento, y muy poca tierra. Pero en cuanto me crucé con un cachito de pasto (en las plazas o junto a la bicisenda, por Retiro), me metí de cabeza (no literalmente). Llevaba mi mochila hidratadora nueva, tomando bebida y comiendo de vez en cuando unos pretzels. Me intrigaba el impacto que iba a tener en mis piernas el no haber descansado tanto. El reloj me marcaba un ritmo constante de 5:40 el kilómetro.

Me sentí bien todo el trayecto, y entré a la Reserva descansado y relajado. Entonces, sonó el teléfono. Dudé en atender: era por trabajo. Me detuve y atendí. Del otro lado había bronca, reclamos por trabajos atrasados. Intenté justificarme sin mucho éxito. “La semana que viene nos vamos a juntar a hablar, porque yo así no puedo seguir trabajando”, me dijeron del otro lado. Unas horas después, ya en casa y recién almorzado, me dirían “No quiero seguir trabajando con vos”, que a un empleado le significaría una indemnización, pero cero pesos a un trabajador freelance, más allá de que tuviese una relación laboral de seis años. Pero eso sería después. Ahora estaba en la Reserva, masticando frustración y bajándola con un poco de bronca. ¿Qué hacer, con 12 km encima, presión y mala onda? Correr.

A pesar del parate de varios minutos, volví al camino de tierra casi desierto. Pocos atletas se habían acercado al lugar. Quizá porque estaban de vacaciones, o quizá porque creían que estaba cerrado (hasta yo dudé). Seguí avanzando a buen ritmo, casi como intentando recuperar el tiempo perdido por esa llamada. Temí por mis piernas, e intenté bajar la velocidad. No quería hacer más rápido que 5:30, pero a veces me encontraba que estaba bajando demasiado el ritmo.

Un gel cada 10 km, mucha agua, y disfrutar del paseo. Las rodillas no dolieron, pero me preocupaban los gemelos. Sin embargo, nada pasó. Crucé el fantasmagórico umbral de los 30 km sin sentir el muro. El sol del jueves estaba alto, brillante y fuerte. Salí de la Reserva a los 37 km, para estar en 50 cerquita de casa. Me preocupaba volver al asfalto y que las piernas se resintiesen, pero milagrosamente nada pasó. Faltando 5 km para llegar a la meta mi ritmo empezó a hacerse más lento, con un tranco que por momentos se acomodaba en los 6:05. No me preocupé… ¡había dormido poco más de 4 horas! Llegué a casa cansado, pero entero y feliz. Cuando entré, Vicky me mandó a comprar pan. Me dio gracia, antes correr 30 km me dejaba en cama por varios días, y ahora estaba camino a la panadería, usándolo de regenerativo.

Creo que hay algo en el entrenamiento constante que me está ayudando. Hay mucha experiencia, que me juega a favor, y gracias a eso me hidrato y alimento correctamente. Pero pude hacer 50 km habiendo dormido poco (la noche anterior fue incluso peor) y encaré esta distancia habiendo hecho 70 km en la misma semana. Y ahí estaba, entero. De hecho ahora, mientras escribo estas líneas, me siento fantástico y con muchas ganas de volver a correr. Quizá uno llega a un punto en que el cuerpo empieza a recuperarse más rápido. O uno se insensibiliza y por dentro se está desmoronando en pedazos. Ojalá sea la primera opción.

Queda poquito más que una semana para Marcos Paz, la hora de la verdad. Ahora me voy a buscar un trabajo flexible en los Clasificados, permiso.

Semana 26: Día 180: Mañana, 50 km

¿Se puede correr un fondo largo después de una semana de mucho laburo y stress? ¿Se la banca el cuerpo correr 50 km con 5 horas de sueño? Mañana les confirmo.

Igual sepan que ante la mínima molestia, camino. A esta altura del camino, solo me permito romperme el día de la carrera…

Semana 26: Día 178: El reposo

2013-03-24 10.47.10

Después del brutal entrenamiento al que me sometí ayer, recibí varias felicitaciones, como si en lugar de haber entrenado hubiese corrido una carrera. En el blog, por mail, mensaje de texto, whatsapp. Coincidió que varios me decían que me faltaba muy poco, que tenía la Ultra Buenos Aires en el bolsillo. Y yo, que soy un falso modesto, no podía dejar de pensar “¿No se dan cuenta que todavía me faltan 30 km para llegar a los 100… y que eso ni siquiera va a ser la mitad de la Espartatlón?”.

No sé qué clase de mecanismo de defensa es el que se activa para rechazar elogios y tirarse abajo. No tiene que ver con la falta de confianza. Quizá sea una forma de intentar ser realista y no creérsela. Estoy leyendo el MARAVILLOSO libro de Scott Jurek, “Eat & Run”, en el que cuenta su vida, y por fin me cruzo con un ultramaratonista súper campeón que, además, es un ejemplo de humildad. Esa experiencia es muy gratificante y enriquecedora. Podría ser que me haya enganchado porque ama correr y es vegano, pero lo que me compró fue que abre su autobiografía con una pésima experiencia de carrera, en la que todo el mundo estaba convencido de que iba a ganarle a todos y romper el récord, y él no podía más y quería abandonar a toda costa.

En estos días donde me estoy recuperando de correr un fondo bestial, aprovecho para reflexionar. Me han dicho, con mucho acierto, que lo que me falta es un trayecto netamente mental. Casi como si hubiese quedado demostrado que al cuerpo se lo puede exigir. Ya está entrenado y se va regenerando. Pero necesito estar tranquilo, focalizado en el objetivo, porque lo que queda es puro huevo. Mientras que en la maratón el muro es cruzar los 30 km y llegar a la meta en el 42, pasar los 70 y alcanzar los 100 es un ejercicio mental más complicado que hacer logaritmos en base 2. Es una mezcla entre relajarse y seguir esforzando el físico al límite.

No sé si voy a llegar a los 100. Tampoco sé si considerar este fondo de 70 km como un triunfo. Nunca me planteé seriamente correr esa distancia, y cuando la hice me sentí mejor de lo que me esperaba. Me di cuenta de todo lo que hice mal el año pasado, cuando abandoné vomitando en el km 77. Ya había caminado la mitad del trayecto, con una bronca y una frustración muy grande (pero con una contención de familia y amigos como no tuve en toda mi vida). Ayer, cuando me faltaban 1000 metros para terminar el entrenamiento, me dejé llevar, abrí la zancada y empecé a correr a toda velocidad (al menos, a la que podía en ese momento). Por eso podría suponer que si repito las circunstancias de ayer en la Ultra Buenos Aires, voy a tener un restito para tirarme a los 30 km que me van a quedar.

En fin, esta debe ser la etapa más dura de un entreno, en el que la intensidad baja y lo que predomina es descansar. La cabeza no solo es la gran responsable de que el cuerpo llegue a su límite (y lo pase), sino que es la parte del cuerpo que de alguna forma se niega a detenerse. Puedo hacer reposo con el cuerpo, pero ¿cómo hago que mi cabeza baje dos cambios? Se escuchan sugerencias.

Semana 26: Día 177: Un fondo de 70 km

2013-03-24 11.05.13

– Conejo, ¿hoy hago algo? Me siento bien, aunque siento una molestia en la ingle, no sé si no es de un rozamiento.

Estas fueron las palabras que le dije a mi entrenador Germán, vía whatsapp, un día después de haber corrido 50 km, desde casa (Colegiales) ida y vuelta a Tigre. No voy a negar que ese entreno me destruyó. Por lo que no me esperaba su respuesta:

– Nop. Hoy nop. ¿Estás mejor? Mi idea era 70 el domingo. Pero ahora queda en cómo estás vos.

Releí el mensaje. ¿Había escrito 70? Sí, no sabían dudas. ¿Qué pasó con los 60? ¿Nos los salteamos? Tuve un rapto de sinceridad:

– Uh, me subiste la apuesta mal.

Le confesé mi cagazo, lisa y llanamente.

– Es lo último – me dijo. – Después bajamos volumen hasta la carrera. Es tu momento, Casanova.

Valía caminar. No valía romperme. Hice mi grito espartano, y los dos días que siguieron me dediqué a cargarme de hidratos de carbono y a no cansarme. Vicky tuvo la gentileza de regalarme una mochila hidratadora nueva, junto con una bolsa súper moderna, de esas que no se vuelcan ni aunque hagamos la vertical.

Puse el despertador a las 5 de la mañana y aunque me acosté temprano (antes de la medianoche, para mí, es temprano) me desperté de un salto cuando el celular empezó a sonar. Me levanté medio zombi y me puse a preparar las cosas: el agua, los geles, los pretzels, una banana, la ropa, vaselina en los pezones, cintura y partes pudendas, y el pantaloncito y las calzas que me regaló Vicky (noto que he estado ligando muchas cosas últimamente).

Tuve que hacer una parada obligada en el baño, más mi propia torpeza que me impedía cerrar la bolsa hidratadora, por lo que no terminé saliendo a las 6 de la mañana como quería, sino 6:45. Arranqué cuando empezaba a clarear con el reloj de Vicky, porque el mío solo no iba a durar los 70 km.

Tenía bastante miedo porque no sabía si iba a llegar. Pero Germán me había habilitado a caminar para alcanzar esta meta. “Podés caminar”, me dijo, “la idea es que planifiques antes lo que vas a hacer. Vale todo menos quedar tololo”. Me quedé con esas palabras, y me prometí cuidarme, no matarme, y si hacía falta, detener la marcha.

Del fondo de 50 km del jueves me había quedado una molestia en los costados de ambas rodillas, más los cuádriceps un poco duros. Mi profesor de Pilates me dijo que eso se debió a correr tanto sobre asfalto, y me recomendó que intente ir sobre tierra o pasto. Por eso es que decidí ni ir hacia el Tigre en esta oportunidad, porque la Avenida del Libertador es puro cemento. Mi destino fue la Reserva Ecológica, con su circuito de 8 km repetido hasta que me diesen esos 70 km.

Las calles de un domingo a la mañana, como es de suponer, están completamente vacías. Mientras corría veía a los encargados de los edificios sacar las mangueras para empezar a baldear. También vi a los pibes que volvían de bailar, y en los lagos de Palermo todavía estaban las chicas trans parando a los últimos autos que buscaban pasarla bien. Tuve que hacer tiempo en este circuito, porque la Reserva abría recién a las 8 de la mañana.

Más allá de cierta rigidez en las piernas, me sentí bien. Las rodillas molestaban un poco, pero era mínimo. Cuando ya tenía unos 11 km, con el sol ya iluminando alto, las chicas se fueron a su casa y yo me fui hacia el lado de Retiro.

La idea de ir a la Reserva, si bien tenía que ver con el tipo de suelo, obedecía a la necesidad de tener agua de sobra. La mochila hidratadora carga hasta 2 litros, y eso puede durar unos 40 km. O sea que me iba a quedar muy corto. Pero en este lugar tienen canillas, además de baños, así que me iba a venir bien en lo que calculaba que iban a ser 7 horas corriendo.

Cuando había hecho 25 km me pasé a mi reloj y guardé el de Vicky. Ella estaba acercándose, y nos contactábamos por celular. Además de ser mi radio, que me acompañó casi todo el trayecto, era mi bitácora, e iba actualizando mínimamente mi estado en el Twitter del blog (@semana52).

Cuando pasé los 30 km, que es cuando siempre toco el muro, y no sentí nada, fue la primera vez que pensé que podía terminar todo ese entrenamiento. La mente es bastante caprichosa, y puedo estar muriéndome a los 15 km si tengo que correr 20, pero si el objetivo está en los 50, esos 20 km se pasan como si nada. Hoy no fue la excepción, y mientras avanzaba me daba cuenta de que no me cansaba tanto como el jueves. Siempre sufro en los 5 km finales, haga la distancia que haga. Creo que si tengo que correr una carrera de 5 km, voy a sufrir de principio a fin.

Vicky llegó a la Reserva y me alcanzó el Voltaren, el analgésico y desinflamatorio con el que me embadurné las rodillas. También traía Gatorade, geles, gomitas, y de vez en cuando me alcanzaba una botella con agua para mojarme. Tuvimos la inteligencia de no intentar correr juntos. Como este lugar tiene múltiples circuitos, ella hacía la suya, yo la mía, y Vicky tomaba un atajo para asistirme si yo necesitaba algo.

Aunque había un poco de barro por las recientes e inesperadas lluvias, el sol estaba alto, fuerte, así que varias veces me mojé la cabeza. Creo que lo de correr en piso de tierra me ayudó mucho, porque aunque sentía las piernas un poco resentidas, todo estuvo bajo control. No me acalambré ni estuve al borde del colapso como cuando hice 50 km. De hecho, ¡me sentí muy bien! Mantuve ritmos de 5:30 durante casi todo el recorrido, a veces más, a veces menos, pero nunca me caí. En mi cabeza hacía cuentas para saber a qué velocidad podía correr en la Ultra Buenos Aires, especulando con estar holgado para poder bajar la intensidad sobre el final.

Realmente fue un entrenamiento magnífico, sin sobresaltos. Hasta pude acelerar sobre el final. La batería del celular no aguantó, como tampoco mi agua. De hecho tuve que llenar la bolsa en la canilla, y mi consumo terminó siendo de 5 litros de agua, 1 litro de Gatorade, un paquete chico de pretzels, varios puñados de pasas de uva y seis geles. Todo eso en 6 horas con 48 minutos, que fue lo que me tomó completar los 70 km. Vicky, además de asistirme espléndidamente, tuvo una brillante idea: no completar el fondo corriendo a casa. Esos últimos 12 km sobre asfalto me hubiesen destruido. Terminé de correr dentro de la Reserva, y aunque las plantas de los pies me dolían, caminamos hasta Retiro, unos 5 km, y usamos eso como regenerativo.

Sinceramente no tenía ni idea de cómo me iba a sentir. Me sorprendió estar tan entero y no tener necesidad de caminar. Además logré estar bastante abajo de los 6 minutos por kilómetro, lo que me da muchas esperanzas para la Ultra Buenos Aires. Todavía me van a faltar 30 km para poder completarla, pero hoy me sentí más cerca que nunca.

No pude evitar pensar, mientras hacía esa distancia, en las veces en que corría en Educación Física durante la secundaria, y cómo lo odiaba. Dábamos vueltas a la manzana y yo trotaba la cuadra donde el profesor podía vernos, para caminar las tres en que él no nos veía. Siempre me sentí bastante inútil, y creo que ni siquiera llegábamos a correr 2 km. Soy el más sorprendido de todos de estar entrenando estas distancias bestiales. Comprobé que no se nace corredor, ni hay que tener un talento especial. Simplemente tenés que trabajar duro y tener paciencia. Hay gente, como mi entrenador Germán, o mi amada Vicky, que me tienen más fe de la que me tengo yo. Ni siquiera sé si voy a poder terminar los 100 km dentro de dos semanas, pero al menos puedo reconocer de antemano que todo el trayecto que recorrí hasta llegar a esta carrera ha sido un aprendizaje increíble, y nunca me voy a arrepentir de haberlo intentado.

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