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Semana 25: Día 173: Los 26 km de la Adventure Race Tandil 2013

2013-03-17 11.56.48

Mientras corríamos por las calles de ripio y atravesábamos los mismos campos a la sombra de esos árboles que recordaba, hablábamos con Vicky de que el Club de Corredores no quería modificar la Adventure Race. Siendo más precisos: no les convenía modificar el recorrido.

Es la vieja fórmula de “Si no está roto, no lo arregles”. Cuando tuvieron que cambiar la ruta por un campo privado que había cambiado de dueño, pidieron disculpas mil veces, como si fuese un terrible pecado. Pero en esta edición tuvimos que tomar otro camino que nos llevó hasta una trepada en una sierra, y realmente lo apreciamos mucho. A pesar de que no nos gusta cuando las cosas cambian, a veces lo necesitamos.

Correr en equipo con Vicky es siempre una experiencia gratificante. Para mí, al menos, que estoy pendiente de ella, midiendo su velocidad, charlando, cuidándonos mutuamente. Cuando la apuro y le digo “Vamos, maldita marica” la petisa putea, pero es parte de la química. Nos amamos y disfrutamos mucho de compartir la pasión del running.

Nos propusimos, con esta carrera, dejar atrás el mal trago del día anterior. Y nos salió. Corrimos, nos divertimos, y le dimos una mano (aunque fuese muy pequeñita) a algunos compañeros que corrían en Tandil por primera vez, o que directamente hacían su primera carrera. Además pusimos nuestra mente en Jeremías, el chiquito de Tucumán que da pelea contra la leucemia. Lo apadrinamos mentalmente, y aprovechamos la carrera para hablar de él y que nos dé fuerzas cuando las nuestras flaqueaban. Cruzamos la meta a las 3 horas y 57 minutos, lo que significó unos 15 minutos menos para la mejor marca de Vicky. Recibimos nuestras medallas, y la mía se irá en una encomienda a la provincia de Tucumán, con destino al tercer integrante de este equipo de corredores.

Participar de Tandil fue una grata experiencia. El día amenazó con estar muy fresco, pero el sol nos calentó y pudimos transpirar a nuestras anchas. La organización, como siempre, fue muy correcta, y agradezco que este año no hayan repetido la tontería de regalar cerveza antes de la Adventure Race y al momento de la llegada. Sigo sin almuerzo vegano (siempre el bendito paty).

Como buen turista, me dediqué a sacar fotos del recorrido. No son representativas de la carrera, sí pueden ser tomadas como el punto de vista de un corredor, inmerso en ese mar de gente y rocas.

Semana 25: Día 170: Tandil por Jeremías

Juanca es un asiduo lector de este blog. Casi diría que es de los de la “primera hora”. Y hace un tiempo se sumó a un proyecto en el que me tuve que sumar también. En su blog Espera por la vida, lo describe como “un proyecto creado en la provincia de Tucumán por María de los Angeles Musumeci quien eligió el atletismo para llevar el mensaje de la Donación en Vida. Acompañamos a quienes padecen enfermedades en su difícil camino, llevando en nuestro corazón y en nuestros pensamientos a todos los príncipes y princesas que lo forman. Corremos por ellos con las esperanzas puestas en que nuestras energías y nuestro amor les ayuden en este momento tan difícil que enfrentan.

Aquí acumulamos kilómetros corridos en las cientos de competencias en las que participamos. Cada kilómetro representa un enorme abrazo, nuestro mejor pensamiento, un pedazo de corazón, para todos los pequeños y pequeñas que la vida los puso ante una circunstancia tan cruel. Tu kilómetro vale mucho porque difunde la obra de María de los Ángeles y  la princesita o el príncipe que portas en tu carrera recibe tu esfuerzo con inmensa alegría y emoción. Hagamos lo que nos gusta, correr, y que nuestras zapatillas nos permitan llevar a estos pequeños guerreros y guerreras de la vida”.

Sin saber bien cómo funcionaba, me ofrecí a colaborar. Juanca decidió que corramos con Vicky por Jeremías, y entre los dos, hoy domingo, sumamos 52 km (un número especial para mí). Pero no sé mucho de este principito. Solo vi su foto, a medio disfrazar del Hombre Araña, y pude entender que había una conexión. Recién caigo de que está en Tucumán, y que visitarlo sería difícil. Por eso le pregunté a Juanca qué teníamos que hacer. ¿Visitarlo? ¿Llamarlo? ¿Enviarle un regalo? Juanca respondió “El hecho de correr pensando en Jere, llevarlo en esta vuelta fantástica que han dado fue lo importante. A Jeremías le contaremos lo que han corrido y estará feliz”.

Suena raro, pero este mensaje lo leí en el celular mientras atravesábamos los caminos de la Adventure Race de Tandil. Le conté a Vicky sobre Jeremías y que solo teníamos que correr pensando en él. Fue nuestro motor, nuestra motivación. Pensar en ese chiquito, ilusionado con una proeza que pasaba lejos de casa, nos llenaba el tanque de la motivación. Queríamos que sepa que cuando estábamos cansados y que nos faltaban las fuerzas, él nos ayudó y nos dio ánimo.

Por supuesto que a mí esto no me alcanza. Me encantaría conocerlo, aunque sea enviarle unos cómics del Hombre Araña, y algún recuerdo de la carrera. Porque aunque estuvimos Vicky y yo haciendo equipo, codo a codo, Jeremías fue el tercero de nuestro grupo. Y aunque estaba lejos, corrió con nosotros.

Vamos a seguir sumando kilómetros por él y por todos los niños que luchan por vivir.

Semana 24: Día 165: Adiós a nuestra protectora

cat-heaven

“Ustedes tienen mala suerte con los gatos”, me dijo, hace unos cuantos años, un veterinario. Habíamos adoptado un gatito que falleció a las pocas semanas de haberlo traído a casa. Era muy chiquitito y se me trepaba a los hombros, clavando sus uñitas desde mis pantalones hasta arriba. Un día empezó a tambalearse, fuimos de urgencia a que lo revisen, lo internamos y no sobrevivió la noche.

Después adoptamos a otro en la calle, y a pesar de que lo prometían desparasitados, era un muestrario de bichos. Cuando tosió un gusano, en mi inocencia le dije al veterinario que debía ser una buena señal, que los estaba expulsando. No, todo lo contrario, me dijo. Quería decir que había pasado a sus intestinos.

A pesar de todo, pudimos curar al gatito y fue mi compañía, hasta que me separé de mi novia de aquel entonces y en la separación de bienes tuve que entregarlo. Fue una dura despedida, que solo confirmaba mi mala suerte gatuna.

Entonces llegó Max Aguirre, un gatito que compré por Mercado Libre, un macho desparasitado. Solo que no estaba desparasitado, ni era macho. “¿Está seguro?”, le pregunté al nuevo veterinario. “Hasta donde yo sé, es hembra”, me respondió. Catalina Max Aguirre pasó a ser su nombre completo, un poco más acorde a su sexo. Le hicimos mil tratamientos, mezclándole pastillas pulverizadas en queso crema, inyectándole líquidos en la boca con una jeringa y hasta pinchándola con algún remedio. Pasó las mil y una, por eso nunca terminé de curarle su conjuntivitis crónica. No quería volver a someterla a tratamientos, los había padecido toda su infancia, así que su característica pasó a ser que un ojito estaba más cerrado, y le lloraba de vez en cuando. Con paciencia, se lo limpiaba de vez en cuando.

Catalina me acompañó en invierno, dándome calor, y siempre le gustó tirarse al sol. Una vez desapareció y no la podía encontrar por ninguna parte. Imprimí y pegué carteles por todo el edificio, y resultó que se había asustado del técnico del cable y se había escondido adentro del sillón. No maulló ni hizo ningún ruido hasta varias horas después. Recuerdo esa desesperación como si fuese ayer, y la alegría cuando apareció.

Nos mudamos con Cata al departamento que alquilamos con Vicky, hace un año y medio. Le costó adaptarse a un nuevo ambiente, pero lo superó. Cuando llegó Oso Rulo, nuestro nuevo perro, no quiso saber nada, pero después se encariñó y lo adoptó. Jugaban juntos, lo lamía para limpiarlo, y lo consolaba si él lloraba (como cuando lo bañábamos). Éramos una familia de cuatro.

Hoy me desperté y estaba la puerta de la cocina abierta. No cierra bien a menos que le pongamos llave, y a veces se me pasa. Hice el desayuno, caminamos con Vicky y el perro hasta el tren, y volví a casa a trabajar. Tenía que ir a Barracas, y decidí hacerlo ida y vuelta corriendo, un entrenamiento de 30 km. El ritual antes de salir de casa era encerrar al perro y a la gata en la cocina, para evitar sus travesuras. Rulo estaba, pero Osa Rula (como rebautizamos a Catalina) no aparecía por ningún lado. No estaba durmiendo en nuestra cama, donde siempre hizo de estufa cuando no prendían la loza radiante. Tampoco estaba entre las cortinas del ventanal. Me fijé atrás de la puerta del baño, tampoco. Abajo de los muebles de la cocina, en el baño, atrás del puff, escondida detrás de la tele. Nada. Ni rastro.

Me angustié. Pensé que no podía correr si no aparecía. Me acordé de la puerta abierta a la mañana, así que bajé a hablar con el encargado. Sabía que habían visto un gatito deambulando por el edificio y que se había caído por el hueco del ascensor. Se me heló la sangre. Ya habían pedido que venga el técnico para entrar y revisar a ver dónde estaba. Llamé a Vicky por teléfono, no pude evitar contarle, y se largó a llorar. Teníamos un pésimo presentimiento, pero no queríamos perder la fe. No fui a Barracas, me quedé sentado, haciendo tiempo, esperando a que aparezca el técnico. Cuando llegó, revisó el primer ascensor y nada. Bajó al segundo, que está en la cochera del segundo subsuelo, y ahí estaba la pobrecita Osa Rula, durmiendo el sueño eterno.

Cuando la vi sin vida empecé a temblar. Lloraba y pensaba en que la estaba viendo así, por última vez. Me la dieron en una bolsa, y el portero me ofreció su pala y me llevó a un sector donde poder enterrarla. Tengo manos de diseñador gráfico, así que me costó mucho hacer el pozo. Vinieron los encargados del edificio y me dieron una mano. No quise meterla adentro de la bolsa de consorcio, como si fuese basura o como si me asquease. La saqué y la puse en la tierra, cubriéndola con la bolsa y echándole de nuevo la tierra encima. Agarré una piedra, le rayé “Osa Rula” encima y lo usé de improvisada lápida.

Con Vicky lloramos todo el día. Se fue nuestra amiga, la hermana del perro, con quien jugaba. Todavía la veo con el rabillo del ojo, y cuando enfoco es otra cosa. Cada vez que tomo el ascensor se me hace un nudo en la garganta, y sospecho que me va a durar mucho tiempo. Me tomé un taxi a Barracas, finalmente, porque no tenía ánimo para correr, ni siquiera para ir y venir en colectivo. Simplemente hay días en donde no existe motivación que te haga ponerte en movimiento. Cancelamos pilates y nos quedamos en casa, atendiendo al perro que da vueltas todo el tiempo, buscando algo que ya no está.

Siempre me molestó que se haya decidido que los animales no tenían alma. Nadie me va a negar que tienen corazón, y que aman incondicionalmente. Hace muchos años, después de que había muerto mi primer gatito, nos pusimos a joder con la tabla Ouija. No teníamos nada mejor que hacer. Fue una experiencia escalofriante y movilizadora. Me costará convencer a los incrédulos que la copa se movía y que deletreaba palabras muy concretas. Quizá con muchísimo entrenamiento alguien puede fingir lo que dice, pero tendría que practicar todos los días para hacerlo tan verosímil y engañar al resto. En esa sesión me quise sacar la duda, y le pregunté al espíritu presente si los animales tenían alma. “No”, me respondió. “Son espíritus protectores”. Le preguntamos de qué nos protegían, y la tabla respondió “Del mal”. Saquen las conclusiones que quieran, pero a mí esa respuesta me satisfizo. Yo creo que protegemos a nuestras mascotas, y ellos también lo hacen con nosotros, a nivel emocional.

Hoy se fue una amiga, un cuarto de nuestra familia, nuestra protectora. Nosotros nos quedamos acá, soñando que sea posible, de algún modo, que un día podamos volver a verla.

Semana 24: Día 164: A cinco semanas de la Patagonia Run

Continuando con mi repaso por las inminentes carreras que se avecinan, cierra todo con la Patagonia Run, una cuenta pendiente de Vicky y, de alguna manera, mía también.

Quizá no sea lo ideal encarar un trail de montaña a una semana de correr 100 km (la Ultra Buenos Aires, en Marcos Paz). Cuando lo intenté el año pasado quedé muy entero, así que no siento que me vaya a romper. Por otro lado, la Patagonia Run me va resultar tan exigente como yo lo desee. En los 100 km que corrí en 2012 me torcí el tobillo y me caí montones de veces, desesperado por cumplir con el reloj. Ahora son 63 km, codo a codo con Vicky, y me siento más experimentado y capaz.

Alguno recordará que esta distancia es la que intentó hacer el año pasado Vicky, y en el último puesto de control no la dejaron continuar porque se había pasado del tiempo límite. Hoy se comprueba qué injusta fue aquella decisión, porque extendieron el horario de la carrera. Con este nuevo itinerario, hubiese llegado sin problemas. Ahora nos queda salir a enfrentar a la Cordillera en San Martín de los Andes y demostrar que los sueños no se cancelan, solo se posponen.

Esta distancia me va a permitir arrancar casi de día, y no estar deambulando cuatro horas en total oscuridad. Quiero disfrutar del paisaje, como pudo hacer Vicky, y acompañarla para darle ánimo y que cruce la meta. También me gustaría llegar más entero que cuando hice los 100, más relajado y sin estar al borde de la hipotermia. Este es un trail durísimo, que lo vamos a tomar con calma (pero con responsabilidad), acompañándonos mutuamente.

¿Y hasta cuándo mantendremos esta seguidilla de carreras? Hay tantas que quiero hacer… La del Tren de las Nubes, la de la Muralla China, la de Río de Janeiro… pero son todos sueños que vienen después de la Espartatlón. Ya habrá tiempo para el resto…

Semana 24: Día 163: A cuatro semanas de la Ultra Buenos Aires

Faltan cuatro semanas para correr la Ultra Buenos Aires. Escribo estas líneas cerca de la medianoche, y podría decirse que en exactamente 28 días voy a estar de regreso en mi casa, con la duda resuelta de si pude correr los 100 kilómetros en 10 horas y media o no.

Hace unas semanas no me tenía fe. Cuando corrí los 50 km, recuperé toda la confianza y me sentí muy bien encaminado. Ahora, que entre el trabajo y la priorización de la Adventure Race Tandil dejé de lado los fondos largos, me volví a preocupar. No sé con qué me encontraré el 7 de abril a partir de las 6 de la mañana, pero lo tendré que ir a averiguar a Marcos Paz.

Estos días que pasaron me encontré con mucha gente que la va a correr. Me da esperanzas de que esto se convierta en una tradición anual, independientemente de mi desafío personal. Ayer hablaba con mi papá, que me confirmó que va a venir a verme, y en el caso de terminar la ultra, vamos a empezar a planificar el viaje a Grecia en septiembre. Sin Vicky, y con la incógnita de si mi mamá se sumaría o no, me emociona mucho pensar en que él me acompañe del otro lado del océano a participar de la carrera más difícil de mi vida. Por ahora hay muchas incógnitas.

Lo que sí sé es que hay un montón de gente que me va a acompañar. Y mucha que viene a la Ultra Buenos Aires porque le resulta un desafío interesante. Me siento hermanado con todos, los que corren y los que vienen a dar aliento. Quisiera que ya sea 7 de abril, pero también quisiera que faltase mucho más y tuviese más tiempo de entrenar. Todo no se puede, es una cosa o la otra… y me conformo con sacarme de encima este examen autoimpuesto.

Miro el calendario, constantemente. Sé a lo que me enfrento, lo que hay en juego, y lo que más me intriga es qué hacer con el blog en caso de no llegar. ¿Tendrá sentido seguir escribiendo otro año hasta averiguar si puedo llegar a los 100 kilómetros en ese tiempo? Es una duda que me carcome, ralmente estoy pensándolo constantemente.

Por ahora, todo sigue encaminado. Va a ser una carrera modesta y austera, pero divertida, hecha por gente que le apasiona correr y que no busca “salvarse” con esto. O sí. Quizá sí queremos salvarnos, pero no económicamente. Hay una necesidad que no es material, sino espiritual, que nos lleva a embarcarnos en este emprendimiento. Y sospecho que los proyectos que surgen así son los que más perduran.

Semana 24: Día 162: A una semana de Tandil

tandil_2009

Se vienen fechas interesantes. Por un lado, en una semana vamos a estar nuevamente en Tandil. Y el 16 vamos a cumplir dos años con Vicky. Tenemos cosas planeadas para esa fecha, ojalá que los fotógrafos estén atentos.

Como ya mencioné muchas veces, Tandil es una tradición en los Puma Runners. Fue mi segunda carrera, en marzo de 2009, en la que corrí las dos últimas postas junto a mi prima Vero. Me encantó, y al año siguiente la quise hacer completa y el esfuerzo me dejó una semana en cama, dolorido y con fiebre. ¡Pero quién me quitó lo bailado!

Sin ánimos de mandarme la parte, Tandil (o “La ex-Merrell”, como le decimos) no me resulta un desafío. Es una competencia muy linda, con un paisaje muy lindo, y una carrera que no debe ser subestimada por nadie (ni siquiera por mí, como estoy haciendo ahora). No sé, me interesa más meterme en competencias nuevas, o reintentar aquellas en las que no pude llegar a la meta (como la Ultra Buenos Aires, o La Misión). Acá se juegan otras cosas. Tandil se convirtió, para mí, en una tradición. Es otra categoría. Hay que ir, compartirla con amigos y disfrutarla. Es lo bastante cerca como para que el traslado no sea un trauma, pero lo suficientemente lejos como para no sentirte en la ciudad, haciendo cuestas en el asfalto.

Este año voy a correr en equipo con Vicky, y aunque ella me va a putear porque le digo que se apure, sé que la vamos a pasar muy bien. Cumplimos  2 años de novios, después de todo, y pareciera que hoy nos queremos más y nos llevamos mejor que en esas primeras e idílicas semanas de cualquier pareja.

Lo único que lamento es que la complejidad de esta carrera (que la tiene) hizo que los fondos largos que venía haciendo quedaran de lado para entrenar cuestas y potencia de piernas. Hubiese preferido seguir creciendo y superar la barrera de los 50 km. Pero en las últimas semanas el entrenador lo prefirió así. Tengo que confesar, además, que con mi socio de vacaciones, estuve trabajando tanto que tampoco me hubiese dado tiempo de correr 4 horas seguidas, un día de semana. Podría decirse que tuve suerte. Dios no cierra una puerta sin abrir una ventana, me parece que dicen, y aunque hubiese preferido los fondos, me vi en la obligación de entrenar lo que me dijeron que entrene. Ni más, ni menos. Sin sobreentrenarme, sin correr fatigado por largas jornadas frente a la computadora. Tuve el tiempo suficiente para solo hacer lo que debía.

Después de Tandil me van a quedar 3 semanas, exactas, hasta la Ultra Buenos Aires. No pienso matarme el próximo finde, sino divertirme, ir tranquilo, y guardarme para los 100 km del 7 de abril. No falta nada…

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