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Semana 19: Día 133: Fondo de 35 km

Hoy hice un fondo de 35 km. Como muchos recordarán, hace pocos días hice uno de 25. La diferencia sustancial entre el de hoy y el de la semana pasada son 10 km.

Y siguiendo en el terreno de las obviedades, si tuviese que encarar un entrenamiento o una carrera de 10 km, me parecería poca cosa. Haría velocidad, no necesitaría de una hidratación excesiva (a menos que hiciese mucho calor) y al terminar me sentiría perfecto. Pero si esa distancia viene después de correr 25 km… ya parece que nos estamos enfrentando a una montaña imposible de escalar.

No pude salir temprano, que era lo ideal. Tenía terapia por la mañana y quería terminar un trabajo que me viene sobrevolando como un cóndor al acecho… Mi idea era salir a las 5 de la tarde, porque con la colación que siempre hago a las 4, me daba tiempo de hacer un poco de digestión y poder usar esa energía. Pero los compromisos se extendieron y terminé saliendo a las 18 hs. No estuvo tan mal, había un sol muy agradable, pero coincidía con el fin de la jornada laboral, y encima en viernes… así que todo el mundo estaba caminando por las veredas y automóviles y colectivos atestaban las calles.

Como la distancia no era para menospreciar (nunca corrí 35 km de calle en lo que va del año), decidí ir tranquilo y dedicarle unas tres horas y media a resolver el asunto. Como quería ir cómodo, decidí entrenar con el baticinturón, con dos caramañolas de agua que podía rellenar en la canilla de la Reserva Ecológica. Claro, la Reserva cierra 18:30 así que era imposible que yo hiciera 12 km en media hora, pero cuando salí todavía no lo sabía.

Así que con déficit de agua, tres gomitas y un gran puñado de pasas de uva, salí. Mantuve un ritmo de 5:15, que es bastante más abajo de lo que suelo correr cuando entreno en los Puma Runners (pero claro, en esas clases sé que difícilmente superemos loas 18 km, en muy raras ocasiones alcanzamos los 20 km. Luego de esquivar a 2 millones de personas y 500 mil autos, me saqué la remera y fui en cuero hasta la Reserva. Cruzando la Avenida Madero casi me pisan, pero bueno, fue “casi”. Aprendí una cosa, que no tiene mucho sentido salir con lentes de sol a las 6 de la tarde, porque el sol está bajando y cuando se esconde detrás de los edificios, no sirven para nada más que para impedir que la brisa refresque los ojos (así que estoy cada dos por tres secándome la transpiración). Desde ese momento, llevé los anteojos en la mano.

Cuando llegué a la Reserva me moría por ir al baño, pero la puerta estaba entreabierta, lo suficiente como para que los recién llegados como yo se den cuenta que está cerrado, y que los que todavía andan adentro del predio puedan salir. No me dejaron pasar al baño en ninguna de las dos entradas, así que tuve que recurrir a la bochornosa situación de encontrar un lugar alejado donde responder el llamado de la naturaleza.

Como no tenía Reserva Ecológica, con sus circuitos de tierra donde entrenar, estaba en la difícil situación de encontrar un camino alternativo… y para peor… ¡no podía llenar mis caramañolas con agua! Fui racionando el líquido, y no me costó: al no correr bajo el potente sol del mediodía, transpiré menos, y sentí mucha menos sed. Así que, de momento, estaba a salvo… pero no del todo.

Decidí hacer el mismo recorrido que hacen las carreras de 10 km, que continúan por la Costanera hacia el sur, pasando por AFIP, el cuartel de bomberos, etc. La cuestión es que mientras más al sur iba, menos turístico y más marginal se volvía. Se notaba por la iluminación, el estado de las veredas, y el despliegue de los carritos que venden chori. El último de todos es un puesto montado como viene, sin baño, con cumbia a todo lo que da. Cualquiera podría descontextualizar esto y creer que me desagradó correr por ahí. Nada más lejos de la realidad. Solo marqué lo que vi, siempre me quedo con el glamour de la Reserva Ecológica, y no hace falta ir muy lejos para ver “otro” país. No me sentí inseguro ni mucho menos.

Hice lo que mejor me salió: corrí hasta que el reloj me marcó 17,5 km, y ahí di media vuelta y volví sobre mis pasos. Funcionó bien esta vez, porque 3 horas y media corriendo es MUCHO tiempo. Ir intentando encontrar el mejor recorrido y luego recordarlo para volver a pasar fue una linda forma de mantener la mente ocupada. También ayudó que se me descargara por completo el iPod, así que conecté la radio desde el celular y me escuché el programa entero de Radio Metro, desde las 18 hasta las 21.

Algo pasa mentalmente en los fondos largos. Obviamente me costó un poco más este que el de 25 km, pero ya venía preparado a que no iba a terminar donde siempre. Siempre los últimos 2 km son los más agónicos, y esta vez no fueron la excepción. Poco importó cuánto corrí, sino el momento en que yo “decidí” estar agotado de tanto correr.

Me recorrí las parrillitas de Costanera Sur hasta que encontré uno que NO VENDíA Eco de los Andes (es hora de que Coca-Cola haga un agua mineral que no sea de bajo contenido en sodio). Me cobraron $10 por la botellita de 500 cc (podría haberla pagado $1000). Eso me permitió estar hidratado (y con agua fría) para el resto del fondo. Siempre llevo un poco de cambio para estas emergencias, y me alegro mucho de haber insistido a pesar de que nunca necesité de dinero.

Al final creo que este fondo fue más un desafío mental que físico. Me sentí cansado (de hecho, me estoy muriendo por ir a la cama), pero lo que más me costó fue ordenar los pajaritos en la cabeza. De todos modos, creo que los tengo bastante entrenados.

Me encantó correr esos 35 km (le puse 3 horas y 17 minutos). Me siento unos pasitos más cerca de llegar a los 100 km en 10 horas y media. Pero para eso habrá que hacer más entrenamientos como este… y superarlos en distancia. Mucho.

Semana 19: Día 132: Correr o morir

Este año lo dediqué a mucha lectura de temática atlética. Fue casualidad, un poco influenciado por Vicky, pero empecé con “Nacidos para correr”, de Christopher McDougall, seguí con “La huella de los héroes”, de Arcadi Alibés y ahora estoy con “Correr o morir”, de Killian Journet. Y resultó ser una especie de viaje con un hilo que es el del superhombre.

¿Cómo?

“Nacidos para correr” es el pasaje del autor de ser un atleta amateur que vivía lesionado y a quien los médicos le recomendaban dejar de correr, a convertirse en ultramaratonista, nada menos que corriendo con los tarahumara. Este pueblo de México desvela a científicos y deportólogos, ya que son corredores por excelencia, incluso las mujeres y los ancianos, y no necesitan de zapatillas Nike con cámara de aire y chip pedómetro, ellos corren todo el tiempo, con sus sandalias hechas con un cordón y pedazos de rueda de auto. Al ponerlos a competir en ultramaratones, los que estaban más alejados de la civilización y mantenían sus costumbres alimenticias lograron resultados sorprendentes, mientras que los más “contaminados” por nuestra cultura eran deportistas comunes y corrientes. Tan extraordinariamente aislados y tímidos eran que en una carrera un tarahumara llegó primero a la línea de la meta, y cuando se encontró con la cinta no la atravesó corriendo, sino que se agachó para pasar por debajo.

En el libro McDougall se recupera de esas lesiones que nunca se terminan de curar y se cruza con Caballo Blanco, el mítico corredor ermitaño que dejó todo para irse al Cañón del Cobre a convivir con los tarahumara y aprender sus secretos. Caballo decide dejar de llevar corredores de este pueblo a otros países para que compitan, y organizar una carrera en el mismo terreno árido que les sirve de hogar. Consigue el apoyo de un puñado de atletas de elite (entre los que se encuentra Scott Jurek, ultramaratonista vegano), esa raza que a mí me sorprende más que los tarahumaras porque son capaces de alcoholizarse, vomitar las tripas, y correr una carrera al día siguiente.

Todo el libro está narrado desde la óptica de McDougall, un corredor “como nosotros”, que pone su máximo esfuerzo para llegar a la meta. No es de elite, de hecho está bastante lejos de serlo, y por eso es fácil identificarse con él.

Después pasé a “La huella de los héroes”, de Arcadi Alibés, un periodista catalán que se aficionó a los 42 km de la maratón y, al momento de escribir su libro, lleva más de 120. Un día se le ocurrió participar de todas las maratones en las ciudades que hayan sido olímpicas. Así es que su libro está dividido en capítulos, contando la historia de cada uno de los juegos olímpicos, anécdotas y muchos datos que me prometí robarle algún día para el blog. La segunda mitad de cada reseña histórica es su propia experiencia corriendo en esa ciudad en la actualidad. Y si bien entre sus experiencias hay maratones por debajo de las 3 horas (algo realmente espectacular), un día decidió dejar de lado la obsesión por vencer al reloj y empezó a disfrutar de cada competencia, promediando entre 3 horas y media y 5 horas por carrera. También nos encontramos con un corredor que sufre, que a veces las cosas no le salen como las había planifcado, y alguna vez hasta debe caminar o renunciar.

Y luego de tanta humildad y experiencia de dos redactores en la madurez de su vida, pasé a “Correr o morir”, un título bastante soberbio y extremo, si me preguntan. No deja de ser una obra fascinante, lo que pasa es que Kilian Jornet es un corredor de elite (uno muy joven, 23 años al momento de escribirlo), entonces tiene la obsesión por vencer a sus contrincantes a flor de piel. Se deja ver algo de placer por hacer deporte, y sigue siendo bastante apasionante leer cómo piensa alguien que vive casi exclusivamente para el deporte. Pero sí, suena medio alienígena para mí. La parte que más me gustó (no habiéndolo terminado) es cuando Kilian se fractura la pierna y en base a su tozudez se termina rehabilitando. Pero fue recién cuando demostró signos de humanidad que me pude identificar con él. El resto del libro es literalmente su título, “correr o morir”. Y creo que hay muchas más cosas antes de morir. Eso no significa que meterse en la carrera de un atleta de elite no se intrigante…

Semana 19: Día 131: La enseñanza del día

“Es difícil enfrentar la debilidad, porque tenemos miedo de nuestro limitador, que dice: “Puedes ir así de lejos, no más allá.”
Pero nuestro verdadero limitador es nuestro rechazo a enfrentar nuestros defectos. Abrirte a tus debilidades te libera, porque ganas el poder de vencerlas, averiguar sus causas, y hacer algo al respecto.
No puedes curar una enfermedad que te niegas a diagnosticar”
– Chris McCormack

Semana 19: Día 130: Entre corredores nos entendemos

“No sos normal…”.

“¿Estás bien…?”.

“Me parece que estás haciendo demasiado ejercicio”.

“Mirá que no comer carne no es normal”.

“Correr una maratón no es normal… Un poquito para controlar el peso está bien… pero más que eso… es ridículo lo que hacés”.

“Si hay ascensor, ¿por qué subís por las escaleras? No tiene sentido”.

Estas son algunas de las frases a las que me estoy empezando a acostumbrar. Tanto por parte de amigos, compañeros de trabajo y familia.

Así empezaba el mail de una amiga corredora, justo cuando estaba a punto de comenzar el ritual de escribir el post del blog (me dio letra sobre un tema que es bastante habitual). Ella no es vegetariana, si bien hacía remo de más chica, empezó a correr hace relativamente poco, y ya desde nuestros mismos cromosomas podemos confirmar que somos dos personas muy diferentes. Pero tenemos mucha desmotivación en común. A mí también me han visto “demasiado” flaco, se han horrorizado cuando dije que corrí un ultratrail de montaña de 100 km, y hasta me han llegado a decir que por correr me iba a crecer el corazón y me iba a morir. Pero sigo acá, vivito y coleando (no saben cómo agarro las esquinas mientras entreno).

Cuanto uno más se adentra al mundo del running, más nos metemos en el “tupper” del mundo del running. Priorizamos un buen entrenamiento, comer sano… en lugar de salir a comer picada con fernet después del trabajo.

Quienes no corren no entienden a los corredores. Es así.

En el caso de comidas familiares, notás la evidente sobreabundancia de comida en el plato propio “para que vuelvas a tu peso normal… no estás bien”.

Solo el haber dejado de comer carne, café y leche me aisló significativamente de parte del mundo. Genero miradas de… “no está bien”, gritos de familia, etc.

Este breve breve mensaje es para aquellos que no llegamos a ser veganos como Martín, pero tratamos de que la alimentación nos acompañe con las corridas y la vida. Creo definitivamente, que si uno mismo está feliz, uno es normal y hace lo que debe hacer para cada momento y etapa de la vida…

Así terminaba su e-mail (vamos a proteger su identidad para que su familia la siga mirando mal cuando come).

Mi intento de respuesta fue el siguiente: A la gente le asustan los cambios. Pero en tu caso sos excepcional, salís de la norma, y todo tu esfuerzo tiene consecuencias físicamente… se exteriorizan tus cambios. Pero hay que ver quién te trata de ridícula o de exagerada, seguramente alguien que no se anima a salir del molde, que no sabe que la felicidad no está en comerse cinco facturas. Quizá pasa por ahí, porque encontraste el placer en otro lado. Mientras los otros se entrenan para que la panza les crezca y les entren seis facturas en lugar de cinco, vos vas sumando kilómetros. ¡Por suerte te juntás con gente que sí te entiende!

Entre corredores nos entendemos.

Semana 19: Día 129: Corazón de deportista

Estoy haciéndome estudios para conseguir un apto médico, y para también tener una referencia de cómo vengo asimilando el veganismo. Por ahora no hay síntomas, pero ¿quién sabe lo que pasa adentro del cuerpo?

El ecocardiograma dio todo bien, la técnica que manejaba el aparato me felicitó y me dijo que tenía un corazón muy sano. Luego vino el electrocardiograma, que imprimieron en una hoga laaaaaaaarga y finita, la hicieron un rollito y me lo dieron en un sobre. Para mí era todo lo mismo.

Pero hoy, el técnico que me iba a hacer la ergometría, la miró detenidamente. Sin levantar la vista me dijo “¿Hacés actividad física?”. Le dije que sí, que hacía ultramaratones. “Sí, tenés la marca registrada de los corredores”, respondió. Aparentemente, esas líneas que suben y bajan dicen mucho más de lo que imaginamos. De hecho, me dijo que tenía un bloqueo de rama izquierda. Era la primera vez que escuchaba el término (de hecho, cuando terminamos el estudio, le pedí prestada una lapicera y anoté en mi agenda el término, para recordarlo después).

Un bloqueo de rama izquierda es  un defecto en el sistema de conducción eléctrica del corazón caracterizada por un retraso de la conducción eléctrica por la rama izquierda del haz de His y, por ende, un retraso en la activación del ventrículo izquierdo del corazón. Como resultado, el ventrículo izquierdo se contrae después que lo hace el  derecho. En palabras más fáciles de entender, es como si apretásemos el interruptor de la luz y la lamparita se encendiera un segundo después. ¿Me tengo que preocupar? Aparentemente no. Es un defecto de fábrica, sobre el que no puedo hacer nada. Wikipedia recomienda:
Cuidado médico: los pacientes con un bloqueo de rama izquierda requieren una evaluación cardíaca completa y quienes se acompañan con pérdida de la conciencia puede que requieran un marcapasos artificial.
Cuidados quirúrgicos: en algunos pacientes con bloqueo de rama izquierda con un QRS marcadamente prolongado y con insuficiencia cardíaca pueden recibir mayores beneficios con la colocación de un marcapasos, el cual provee contracciones ventriculares rítmicas.

Pero el técnico que me atendió me dijo que no me representaba ningún riesgo. No tenía síntomas, simplemente eso estaba ahí, pero no me molestaba en lo más mínimo. Al parecer tiene que ver con esa “repolarización” que me diagnosticaron hace un año, pero hasta que no vea a la médica que me mandó a hacer los estudios, no voy a entender del todo qué significa esto (sinceramente, no entiendo nada).

La ergometría es un electrocardiograma realizado durante un esfuerzo controlado. A diferencia de las otras veces en que lo hice, no fue en una bici, sino en una cinta con una ligera inclinación. Quienes hayan visto las fotos de mi progreso personal en el primer año de Semana 52 sabrán que visto un pecho velludo, lo cual hace que los electodos adhesigos no se peguen bien. Si a eso le sumamos que transpiro como un marrano, peor todavía. Al final del estudio estaba corriendo sosteniéndome los electrodos con la mano, como una señorita que va dando saltos mientras intenta que no se le salga volando el corpiño.

Mientras corría, las gotas de sudor iban saltando para todas partes, mientras el pobre técnico intentaba volver a pegarme la cinta al pecho. “Soy de transpirar mucho”, le dije. “Ya me di cuenta”, me respondió, mientras se secaba la palma de la mano con una servilleta.

El 14 de febrero, día de los enamorados, voy a ver a mi nutricionista y, casualmente, a la doctora que me va a hacer su interpretación del estudio. Pero, de momento, parece que está todo bien encaminado con mi maquinaria interna…

Semana 19: Día 128: Fondo de 25 km

Hoy me tocó hacer un fondo de 25 km, luego de haber hecho 17 km en el entrenamiento de ayer. Me llamó la atención que entre los dos suman la distancia de una maratón, pero siendo que descansé 24 hs entre uno y otro, no es el mismo esfuerzo.

Para hacer estos entrenamientos adquirí una técnica, que me pareció oportuno detallar.

Primero, tener comida en el estómago. Todavíano entiendo a los que corren en ayunas, pero bueno, hay de todo en la viña del Señor. En mi caso, me hice un desayuno con cereales, pasas de uva, leche de soja y un vaso de agua. Dejé que la comida se asentase paveando en internet y adelantando algo de trabajo. Unos minutos antes de salir fui al baño, en un vano intento de que no me den ganas mientras corría, y tomé 500 cc de agua.

Por comodidad estoy entrenando con el baticinturón, en donde llevo dos caramañolas de 250 cc cada una. Tener medio litro de agua para un entreno de más de dos horas es muy poco, por eso tomo justo antes de salir. Además, por la distancia sabía que iba a llegar a una canilla casi a la mitad, y así reabastecerme. Pero me estoy adelantando.

En un compartimiento del cinturón me puse pasas de uva, actualicé el listado de canciones del iTunes (o sea, eliminé todos los temas que me pasaba adelantando), me encinté en donde me roza el pantalón y siempre me termina irritando, me puse vaselina ahí abajo, un par de anteojos de sol, y a la calle.

El día fue ideal. Soleado pero fresco. Arranqué a buen ritmo, a sabiendas de que me iba a ir acomodando de acuerdo al esfuerzo. Los domingos a la mañana son de poco tráfico, ideales para correr en la ciudad. Llegué a Avenida del Libertador, una muy buena calle para entrenar al costado de la bicisenda, mientras iba espiando la distancia en el reloj con GPS. Me saqué la remera porque últimamente me amigué con el sol, y además odio cuando empieza a mojarse de transpiración y a pesar. Hacia el kilómetro 4, ya casi llegando a Dorrego, tomé mis primeros sorbos de agua. Ya sentía ganas de ir al baño, y me preguntaba por qué si había ido en casa.

Me gusta mirar a otros corredores cuando entrenan en dirección opuesta y ver sus remeras. A veces se me hace que se puede dividir a los que recién empiezan de los más experimentados por esta prenda. Cuando es una musculosa de una carrera, me gusta cerciorarme de que la corrí. Siempre veo las de la Maratón de la Ciudad de Buenos Aires, a veces la de la media maratón, y otra que se repite mucho es la de la San Silvestre. NUNCA veo remeras viejas, de hace más de dos años. Usualmente son muy recientes. No sé por qué.

Hice una “parada técnica” detrás de la Facultad de Derecho (no me pregunten dónde) y seguí rumbo a Retiro. Todo este circuito, aún en los días de mucho tráfico, rara vez son interrumpido por semáforos o los autos. En realmente el mejor camino para hacer un fondo.

Luego de pasar por el Monumento a los Ingleses, encaré hacia la terminal de Buquebus, de ahí a la Reserva Ecológica (ya casi sin agua propia), canilla, segunda parada técnica, y a correr por las calles de tierra hasta llegar a los 12,5 km. Ese era el indicio de que tenía que dar media vuelta y volver a casa, para completar los 25 km.

El regreso fue tranquilo. Me sentía muy bien, así que sabía que podía doblar el esfuerzo que había hecho hasta ese momento. Mi complicación fueron las pasas de uva. Al sacarls del compartimiento del Baticinturón se me caían y desperdicié muchas. No me gusta tirar comida, menos una tan valiosa en un fondo largo como unas pasas.

Ya se acercaba el mediodía, así que más y más gente se amontonaba en las veredas (caminantes y ciclistas sumados). Antes de llegar al Centro Municipal de Exposiciones hice mi tercera parada técnica, y ahí me pregunté si no estaba tomando demasiada agua…

Seguí avanzando por Avenida del Libertador, piqué en la subida de José Hernández y no sé qué cálculo erróneo hice, porque me tuve que pasar de casa dos cuadras para que el GPS me diera 25 km clavados. Llegué con lo justo de hidratación, y me puse la camiseta una cuadra antes de llegar al edificio, para no espantar a los vecinos.

En casa me esperaban unas riquísimas manzanas asadas que había hecho Vicky, para coronar el esfuerzo de un domingo de entrenamiento.

Mientras corría era consciente de que esto era un cuarto de la Ultra Buenos Aires, que tengo que correr en dos meses. Hoy terminé en 2 horas 10 minutos, un ritmo demasiado rápido para intentar llegar a 100 km. Por ahora tengo más intrigas que certezas, pero este entrenamiento en solitario no es muy distinto del que estuve haciendo estas últimas semanas. Cuando tenga que llegar a 30 km (o pasarlo) supongo que iré más adentro todavía de la Reserva Ecológica.

Y así se resume un día de entreno. A eso hay que rellenarle cada pisada, cada respiración, cada pensamiento que va dando vueltas en la cabeza y acercándome cada vez más a la llegada. Es una burdísima descripción de algo hermoso, pero como todo no se puede explicar, hay que vivirlo…

Semana 19: Día 127: El Día de la Marmota

Probablemente hayas visto la película “Hechizo en el tiempo”, que fue cómo el señor que traduce el nombre de las películas decidió titular a “Groundhog Day” (1993), o “El Día de la Marmota”. Pero seguro hay toda una generación que no la vio o la considera demasiado vieja (bueno, después de todo, “Tiempos Violentos” ya la consideran un clásico, ¿no?).

La premisa es simple: Phil, un meteorólogo egocéntrico tiene que viajar a Punxsutawney, un pueblito donde una marmota tocaya despierta luego de hibernar. Si despierta y lo primero que ve es su sombra, el invierno va a seguir unas semanas más. Si no, se adelante la primavera. Este animal no solo compite con Phil por su nombre sino por su profesión, ya que también predice el clima. Ir a filmar la nota lo fastidia mucho, pasa muy mal el día (el agua de la ducha sale helada, lo acosa un pesado ex-compañero del colegio, mete el pie en un pozo lleno de agua y una tormenta que él no pudo prever le impide volver a casa. Pero claro, como la marmota Phil no ve su sombra, el invierno sigue… solo que el meteorólogo Phil despierta al día siguiente y todavía es 2 de febrero. Revive todo ese tedioso día, incluso con la tormenta de nieve que le impide viajar y lo obliga a quedarse a dormir en Punxsutawney. Y despierta y es 2 de febrero. Y pasa nuevamente por todo, y al día siguiente es 2 de febrero, y después es 2 de febrero, y así, eternamente.

Hay debates de cuántos días muestra la película en los que Phil revive el Día de la Marmota. Hay quienes dicen 8 meses, otros 10 años, otros 34. Pero nuestro trágico protagonista se pregunta por qué no revivió su mejor día, que fue uno en la playa, en la que hizo el amor con una hermosa mujer. Siendo que hoy es el 2 de febrero… ¿qué pasaría si mañana tenemos que repetirlo?

Mi día de hoy fue bastante bueno. Tuve un entrenamiento intenso a la mañana en el que me sentí muy bien. Vicky me sorprendió con un pastel de papa vegano, y por la tarde vimos “Life of Pi” (Una Aventura Extraordinaria), una película que nos encantó (yo ya había leído la novela original, que me resultó fascinante). Así que podría repetir mi 2 de febrero, pero no sé si 10 años. Probablemente eligiría volver a vivir el día en que corrí mi primera maratón, o también mi intento por correr la Ultra Buenos Aires el año pasado. Probaría nuevas técnicas para ver cuánto me puedo acercar a los 100 km. Tengo la esperanza, también, de que el mejor día de mi vida esté por venir. El mensaje de “El Día de la Marmota”, me parece, es que no existen días buenos o malos, sino que somos nosotros los que podemos transformar un 2 de febrero en el peor o el mejor de nuestra vida. Potencialmente podría ser… está todo en nuestra interpretación y en nuestra motivación para mejorarlo.

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