Archivo del sitio

Semana 17: Día 119: Salir de casa

Hace un mes retomé análisis. A diferencia de mi período previo de una década analizándome, esta vez no es por un tiempo indefinido, sino por temas puntuales. La psicóloga prefiere no hablar de una terapia, sino de entrevistas que decidimos “sesión a sesión”.

Y me resultó bastante movilizador. Por un lado, porque retomé con la misma profesional, y fue interesante llenar el bache de lo que fueron mis dos años de vida desde que empecé con el blog (cuando me di el alta) y hoy, 121 semanas después. Progresé, pero me di cuenta que hay cosas que se mantienen fijas, esa matriz con la que nos armamos (y que nos armamos).

Entre las cosas que me sorprendí diciendo es que nunca salgo de casa. De hecho, cuando empecé a analizarme en el año 2000, sufría de una gran depresión por no saber qué hacer de mi vida. Sin perspectiva laboral ni académica, me quedaba todo el día en casa, en foros de internet, chateando por el ICQ (la prehistoria de la internet, más o menos) y haciendo dibujitos con el Paint (el Photoshop recién caería en mis manos tres años después). Solo salía los viernes, que me juntaba con mi grupo de amigos. Ansiaba muchísimo ese momento, y nuestras reuniones eran absolutamente inocentes: charlar hasta que se hacía de día, tomando Coca-Cola, comiendo papas fritas. Ellos fueron quienes vieron mi mutación al vegetarianismo, al desprecio por las gaseosas y a correr. Hoy siguen siendo mis grandes amigos, aunque nos veamos pocas veces al año.

Y mientras mi psicóloga me preguntaba por mi vida social, recordé ese grupo al que hoy casi no veo, y pensé en mis amigos con los que hoy me junto un poco más seguido, pero tampoco los veo con mucha frecuencia, con suerte una vez al mes. Así que mi círculo más íntimo, caí en la conclusión, es mi grupo de running. Al verlos tres veces por semana, son con quienes más comparto mi vida, aunque en un 75% tenga solo relación con entrenar.

Analizándolo más profundamente, me di cuenta algo que, en el fondo, me dio un poco de pánico. Si no fuese por el entrenamiento, prácticamente no saldría de mi casa. Trabajo en mi computadora, al resguardo del mundo exterior. Pago las cuentas por homebanking. Después de estar 14 horas diarias sentado frente a la computadora, quizá Vicky entienda que de vez en cuando me desespere por ir al supermercado a aprovisionar la heladera. Una casa abastecida evita tener que salir.

Así es que el running se convirtió en mi contacto con el mundo exterior. Es lo que me permite tratarme con seres humanos. Y eso me llevó a preguntarme, ¿es de ahora esto? ¿O siempre fui así? Me dio la impresión de que es parte de mi matriz, que viví toda mi vida encerrado en mí mismo, y de alguna forma correr me salva tres veces por semana.

Quizá el entrenamiento fue una necesidad subconsciente de cortar con ese encierro. Y nunca me fue fácil conocer gente y mostrarme tal cual soy. Casi diría que en el grupo de entrenamiento no llegaron a conocerme hasta que no abrí esa ventanita de mi vida con el blog. Y me di cuenta que me creé esa presión del tipo que se supera y tiene que mejorar constantemente. El antídoto contra la subestimación: esforzarme por ser el mejor. Pero solo para que los demás lo crean.

Si me preguntan por qué paso tanto tiempo en mi casa y por qué salir a la calle puede ser una batalla de fuerza de voluntad, no tengo idea. Porque sé que salir a correr me hace feliz. ¿Por qué resulta difícil hacer eso que nos llena? Es evidente que es más fácil cortar todo tipo de contacto y encerrarte en tu cubículo (por más deprimente que eso pueda sonar) a abrir la puerta y enfrentarse al mundo. En el fondo creo que se le da menos crédito a quien le cuesta horrores hacer las cosas (e igual las hace), que a quien le sale todo de taquito y sin pensar.

Dicho todo esto, sigo haciendo el trabajo arqueológico de mi alma con terapia. Es al menos una excusa más para abandonar la comodidad y cruzar la puerta de casa.

Semana 17: Día 118: Ultra Buenos Aires 2013

Como que ya no hay vuelta atrás…

Ese capricho de correr la Espartatlón derivó en que inventáramos a último momento una ultramaratón, llamada “Ultra Buenos Aires“. Fue en Marcos Paz, el año pasado, y tuvo el increíble récord de ser una carrera con un solo inscripto y nadie llegando a la meta.

Pero la gesta dejó pensando a Fede Lausi, coordinador del grupo Salvaje, y esta vez decidió incluir a la Ultra Buenos Aires a su calendario de carreras. En base a sugerencias mías y a la inmensa experiencia que tiene él, acordamos hacer tres distancias: 25 km (beginner ultra), 50 km (half ultra) y 100 km (ultramaratón). La fecha, el 7 de abril. Es ideal porque me recupero a tiempo de los 26 km de Tandil (el 17 de marzo) y después hago relajado los 63 km de la Patagonia Run (el 14 de abril).

Recién acabamos de oficializarlo. Todavía no sabemos costos de inscripción, la idea es que sea muy bajo, como para cubrir costos y nada más. El año pasado soñaba con que esto se convirtiese en una tradición anual, y ahora lo veo como algo muy posible.

Así que si estás leyendo esto y tenés curiosidad por lo que se siente hacer una ultramaratón, o si querés compartir conmigo mi sueño de inscribirme en la Espartatlón (o sea, llegar a correr 100 km en 10 horas y media)… ¿por qué no te inscribís? Después, cuando la Ultra Buenos Aires tenga 1000 inscriptos y la veas promocionada hasta en la sopa, vas a poder decir “yo fui uno de los primeros en correrla, allá cuando era súper amateur…”.

Semana 17: Día 117: El Maravilloso Mago de Oz

¿No leíste el Mago de Oz? ¿Tampoco viste la película ni la serie de TV y no querés que te arruinen el final? Entonces este es un post que vas a querer saltearte.

Por esas cosas de la vida me tocó traducir el cómic de esta clásica aventura. Me sirvió para interiorizarme un poco más, y aprendí cosas absolutamente insospechadas, como que L. Frank Baum, su autor, publicó el primer libro en el año 1900. Fueron TRECE volúmenes pero solo el primero es el más conocido, ese que fue adaptado por Hollywood en 1939 con Judy Garland como Dorothy. Algo que muchos no saben es que los zapatitos de rubí no eran de rubí, sino que eran de plata. Para aprovechar la novedad del Technicolor decidieron cambiarlo para la pantalla grande y que fuesen de un rojo furioso. No es la única modificación, hay una mucho más importante, y es que en aquellos años se creía que la fantasía no enganchaba a la gente, por lo que decidieron que todo terminase en un sueño, y que los fantásticos personajes que Dorothy imagina son en realidad personas de su vida real (Hunk, peón en la granja y potencial interés romántico de la niña, es el Espantapájaros).

¿Y a qué viene todo esto? Muchos se han roto los sesos pensando en qué paralelismos quiso hacer Baum con su historia. El camino de baldosas amarillas, para algunos, es la falsa promesa del oro (Dorothy va desde Kansas, estado agrícola endeudado, hasta Oz, que también significa onza, la unidad de medida del precioso metal). También podríamos trazar un paralelismo entre los países del norte y del sur, con brujas buenas, y los del este y oeste, con brujas malas. Como Dorothy y compañía van de “abajo” al “centro” (donde queda la Ciudad Esmeralda de Oz) y al final van al “norte”, el camino derecho es el de la bondad, y desviarse de ese camino (al este o al oeste) es desviarse a la maldad. En fin, hay tantas interpretaciones como gente que lea la obra.

Pero en mi caso, al tener que sentarme un fin de semana a traducir una adaptación a la historieta en 8 capítulos, me encontré con un mensaje muy fuerte y, de alguna forma, muy motivador. Hay un deseo que moviliza a los personajes: Dorothy quiere volver a casa, el Espantapájaros quiere un cerebro, el Leñador de Hojalata quiere un corazón y el León Cobarde quiere valor. Si bien son cuatro deseos distintos, básicamente es lo que todos pretendemos durante nuestra vida: tener nuestro lugar, adquirir sabudiría, aprender a amar y tener coraje. Y lo más llamativo es que este grupo hace un peregrinaje y en el camino van adquiriendo todo lo que necesitan. ¡Y no se dan cuenta! Dorothy recibe los zapatos mágicos de la bruja, que al final usa para volver a casa chocando los talones; el Espantapájaros es una esponja que aprende todo y, a pesar de que se considera muy torpe, siempre está dispuesto a tirar sugerencias; el Leñador de Hojalata ya tiene sentimientos, solo que no quiere demostrarlos por miedo a llorar y oxidarse; y el León ruge todo el tiempo para asustar a sus enemigos, a los que él les tiene más miedo todavía… ¿y no es acaso lo que hace cualquier bravucón? Fingir ser fuerte y amenazador, solo para mantener a raya aquello que lo asusta.

Cuando todos llegan a Oz, resulta que el mago es un chanta que no puede darles lo que les promete, así que termina engañándolos (como cualquier “mago”): les hace creer que les entrega aquello que ellos ya tienen. Y es todo lo que necesitan.

La analogía del camino es fuertísima. Dorothy y compañía caminan noche y día, viviendo aventuras, aprendiendo a resolverlas, y a medida que avanzan tienen más experiencia y más recursos para llegar más lejos todavía o más rápido. Es lo que nos da la experiencia, después de todo: atajos. El Maravilloso Mago de Oz es un libro que viene a confirmar justamente eso, que lo que importa no es lo que nos espera al final del camino, sino todo lo que obtenemos mientras lo recorremos. Todos queremos la “recompensa” que nos espera en la meta, pero la verdad es que cuando llegamos ya hace rato que aprendimos todo lo que nos hacía falta.

Semana 17: Día 116: Próximos desafíos

SUD_9194

Si bien la Espartatlón es la meta máxima (podríamos llamarla “la posta”), en el medio hay que ir cumpliendo objetivos secundarios. Cualquiera que se haya lanzado a una carrera sin prepararse sabe que sea una maratón o 5 km, nos puede costar caro.

Los 100 km de la Ultra Buenos Aires es lo que ahora me quita el sueño. Entreno, entreno y entreno, las piernas las tengo duras, pero de a poco se van acostumbrando. Tengo la mira puesta en la primera semana de abril, para después ir corriendo a la primera computadora que encuentre y mandar la ficha de inscripción (siempre y cuando, por supuesto, llegue a la meta en menos de 10 horas y media). Unas semanas antes vamos a participar con Vicky de la Adventure Race Tandil. Es la carrera en la que nos enamoramos hace 2 años, y casi que coincide con nuestro aniversario, así que iremos a vencer a las sierras en pareja, tomados de la mano, arrojando flores a nuestro paso y dando saltitos como dos tarados. Nos vamos a divertir.

Después de la Ultra volvemos a la categoría “cuentas pendientes” y la voy a acompañar a Vicky a hacer la Patagonia Run. Con la hora extra que le agregaron ella hubiese llegado perfectamente el año pasado, pero bueno, en aquel entonces le prometí que la íbamos a hacer juntos, y en lugar de ir a los saltitos y tomados de la mano iré con un rebenque, a ver si aprende lo que es bueno.

Ya más avanzado el año, el 18 de agosto, viene la ultra de Yaboty, la que sin dudas nos entusiasma más de todas. Principalmente porque sabemos que no vamos a pasar frío. También la vamos a hacer en pareja, y la diferencia de nuestra primera ultratrail juntos es que en esta oportunidad son 90 km seguidos en la selva, y no 70 un día y 30 el siguiente como fue en 2011.

Y quién te dice que antes de viajar a Europa, si logro inscribirme en la Espartatlón, no haga una Media Maratón de la Ciudad de Buenos Aires. Estaría bueno. Estoy descubriendo que me gusta mucho correr en la ciudad.

Esos son los objetivos que tengo en mente. Puede que se sume alguno que no tengo presente ahora, pero me quiero tomar cada carrera como una preparación física y mental para la exigencia de correr 246 km en 36 horas. Ese es el plan hoy, en enero. Veremos qué nos depara el destino…

Semana 17: Día 115: Correr no es un deporte para chicos lindos

Ayer, mientras buscaba una imagen para ilustrar el post sobre lo “difícil” que es correr, por casualidad me encontré con un texto muy interesante. Es una cita de un libro que no está editado en castellano, y que tuve que traducir por mis propios medios.

Estas frases resonaban hoy en mi cabeza mientras estaba entrenando. Empecé a tener dolor de espalda, en la zona lumbar, y no encuentro motivo para ello, más que el estar sentado o tener un colchón que necesita ser cambiado con urgencia. Estuve corriendo un montón, solo descansé el viernes, pero me siento fantástico. Seguro, los cuádriceps piden pista, pero está todo bajo control.

Sin embargo, mientras corría, el dolor en la espalda menguaba. Distinto era cuando hice una serie de sentadillas; si no tenía la espalda recta y no hacía fuerza solo flexionando las piernas, me dolía. Pero al salir disparado en una progresión de 300 metros todo se desvanecía. Yo era consciente de esto, y de todas las otras cosas que van pasando por mi cuerpo, como los pies con ampollas secas que se van desprendiendo, uñas moradas, mocos que cuelgan y que largo resoplando sonoramente. Marcelo, compañero de Puma Runners, me decía “Es la edad, Martán”. Y yo me sentía cada vez menos glamoroso.

Ahí se empezó a colar esta cita en mis pensamientos…

“Correr no es un deporte para chicos lindos… Se trata del sudor en el pelo y las ampollas en los pies. Es la saliva congelada en la barbilla y la náusea en las tripas. Se trata de dolor punzante en las pantorrillas y calambres en la medianoche que son lo suficientemente fuertes como para despertar a los muertos. Se trata de salir por la puerta y correr cuando el resto del mundo está soñando con tener la pasión que necesitas para vivir cada día. Se trata de estar en una calle solitaria y corriendo como un campeón incluso cuando no hay un alma a la vista para animarte. Correr es acerca de tener el deseo de entrenar y perseverar hasta que cada fibra en tus piernas, tu mente y tu corazón se convierten en acero. Y cuando por fin te has forjado con suficiente fuerza, te habrás convertido en el mejor corredor que puedas ser. Y eso es todo lo que puedes pedir”. (Paul Maurer, “The Gift – A Runner’s Story”)

Semana 17: Día 114: Correr no es fácil

Correr no es fácil.

Primero que nada, hay que juntar fuerzas (muchas) para salir de casa, o para dejar de hacer lo que uno está haciendo, que es quedarse quieto, bajo la sombra, protegido de las inclemencias del clima.

Hay que estar vestido apropiadamente. Se sabe que no se puede correr a las 12 del mediodía en San Juan con campera y pantalón largo, así como no se puede escalar el Cerro Colorado en San Martín de los Andes en pantalón corto y musculosa, a las 5 de la mañana, en abril (o en cualquier época del año).

Hay que estar bien alimentado y bien hidratado. Quizá en distancias cortas uno crea que no hace falta ingerir nada, pero lo cierto es que corremos gracias a lo último que comimos. Y correr una maratón sin agua ni comer nada durante… bueno, te quiero ver.

Hay que afrontar que nadie nos puede ayudar, que cada paso lo damos por voluntad propia y que nuestro cerebro es el que se tiene que organizar y mandar los impulsos eléctricos a las piernas. Podemos aceptar consejos, pero en última instancia es nuestra responsabilidad decidir qué pie va adelante de cuál, en qué momento aceleramos, cómo respiramos y a qué nos aferramos para llegar. Todo el peso de esas decisiones recae en uno mismo.

Y no son solo las cosas que hay que hacer, sino las que nos pasan.

La respiración se acelera, nos agitamos y el corazón se acelera. Cualquier cosa nos puede doler, estemos muy bien preparados o no. El pecho, los cuádriceps, los pies. Músculos que ni sabíamos que existían. Cosas tan triviales como un pantalón demasiado ajustado nos puede provocar una irritación, y quienes no amedrentan y siguen corriendo corren el riesgo de perder una uña. O más.

Correr implica enfrentarse a familia y amigos que quizá te feliciten pero no te van a entender. Si te esforzás y mejorás tu cuerpo va a cambiar, puede que llegues a sentirte mejor físicamente pero te van a preguntar si estás enfermo. Van a recomendarte que comas como si no lo estuvieses haciendo. Te van a decir que te estás matando o que vas a terminar haciéndote daño. Vas a darte cuenta de que la motivación no es fácil de encontrar fuera de tus propios pensamientos.

Una nariz tapada puede convertir un entrenamiento o una carrera en una actividad penosa. Más de una vez te vas a encontrar en la obligación de escupir, perdiendo cualquier clase de decoro. Y no solo eso, alguna vez vas a necesitar acomodarte la ropa interior, vas a transpirar, a mancharte la ropa a toser mientras bebés y, en algunos casos, hasta podés llegar a lastimarte y sangrar. Si buscabas glamour en correr, te vas a desilusionar.

Esta actividad tampoco es gratis, el desgaste del calzado te va a obligar a cambiarlo a medida que quieras progresar. Las carreras se pagan, al igual que un grupo de entrenamiento o un buen corredor. Los viajes a hermosos lugares para correr no son baratos, como tampoco lo son el hospedaje ni el equipo que eventualmente puedas llegar a necesitar.

Vas a encontrar tu límite. Y va a estar mucho antes de lo que tu orgullo te va a permitir. Eso te va a llevar a darte cuenta que sos un ser humano, frágil, sin superpoderes. Vas a tener que aprender a ser humilde, a saber cuándo renunciar. Alguna vez puede que pagues caro tu terquedad y te lesiones, llevando la dificultad de correr a un nuevo nivel. No hay nada más frustrante que estar mentalizado para esforzarte y hacer actividad física, y que tu cuerpo no te lo permita. Vas a empezar a habituarte a esa palabra… “frustración”.

Vas a pensar que no llegás. Te vas a preguntar qué hacés acá. Vas a arrepentirte de tu estrategia en medio de la carrera. Dos días después vas a estar pensando qué diferente hubiesen sido las cosas si no hubieses hecho esto o si en realidad hubieses hecho aquello. Vas a aprender lo difícil que es correr cuando tu propia voz, en el fondo de tu cabeza, está dudando y te dice que quizás sea mejor aflojar o abandonar.

Correr no es fácil. Hay que superar todo esto, cada vez. Pero si fuese sencillo, ¿dónde estaría la satisfacción de hacerlo?

Semana 17: Día 113: Entrenando bajo la lluvia

Me encanta correr bajo la lluvia. El motivo principal es que puedo hacerlo más libremente. Hay un mal que sufrimos los corredores, que tenemos que tolerarlo cada verano, y es el de los paseantes, que deciden salir a la calle porque la temperatura supera los 20 grados. Por supuesto que están en todo su derecho, y si queremos entrenar los tenemos que esquivar… ¡porque es lo que corresponde!

Los días en que llueve las veredas se despejan. No hay nada que se interponga en tu camino más que chapotear en los charcos. Por supuesto que no es lo mismo disfrutar del agua cuando hace frío que cuando hace calor. Un claro ejemplo pasó esta semana, entre el miércoles (diluvio) y hoy, sábado (diluvio, segunda parte). La experiencia previa fue más que agradable, con un calorcito muy ameno, a pesar de que era de noche. Dimos dos vueltas al Hipódromo y los simpáticos conductores nos salpicaron con agua de la calle en cinco ocasiones.

Hoy la cosa fue distinta. Había un poco más de viento y el termómetro andaba por debajo de los 20 grados. Así que lo padecimos un poquito más, pero en los momentos en los que estábamos quietos. Si te encontrás corriendo, entrás en calor. Es matemática pura.

Con el correr de los años adquirí algunas costumbres. Por ejemplo, llevo un pañuelo buff en mi muñeca para secarme la transpiración. Sí, incluso cuando está lloviendo. Descubrí que es bueno andar con algo así al alcance de la mano, porque cuando empezó a diluviar me lo puse en la cabeza. Aunque mis compañeros de los Puma Runners se reían porque parecía que estaba haciendo un chiste (llovía a baldazos) tengo que recordarles que ando siempre con el pelo rapado, y la mayor parte del calor corporal se escapa por la cabeza. Así que con ese pañuelo no sufro tanto el frío, protejo mis orejas, y estoy lo bastante calentito como para no congelarme.

A veces la lluvia se mete en los ojos y molesta. Hoy corrí con lentes de sol, pero solo porque me los encontré tirados en el piso y era más cómodo llevarlos puestos que en la mano. Ya había hecho algo parecido en La Misión, pero vistiendo anteojos con cristales transparentes. Mantiene el agua fuera de los ojos y permite correr más cómodo, que a fin de cuentas es el objetivo.

Hay que mantenerse caliente. Por eso es importante abrigarse cuanto antes, no quedarse demasiado tiempo quieto, y evitar mojarse innecesariamente. Aunque es divertido chapotear y meter los pies en las esquinas inundadas, me parece preferible saltar un charco si la opción existe. Toda esa agua impide que el pie recupere calor rápidamente, además de que suma peso (y, en consecuencia, nos obliga a usar más energía para correr). Las capas de lluvia son livianas y como son impermeables no dejan entrar el agua, pero tampoco dejan salir el calor corporal. Eso los hace un excelente abrigo.

Hubo días en que no me esperaba la lluvia y me la tuve que bancar a la vuelta. Pero en general intento llevar una muda extra. Poder sacarse la ropa mojada y ponerse seca es impagable. Alguna vez fui lo bastante vivo como para llevarme medias extra (pero suelo olvidar este detalle).

Y lo más importante, salir a enfrentar la lluvia es una declaración de principios. Es decir que no hay excusas para quedarse en casa lagarteando. Hay cosas más importantes que mojarse un poco. Después de todo, no cancelan las carreras por mal tiempo, y está bueno acostumbrarnos todo lo que podamos a un clima adverso… de esa forma, habrá una cosa menos que nos agarrará desprevenidos.

A %d blogueros les gusta esto: