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Semana 16: Día 112: Preparándome para los 100 km

Como saben los lectores que siguen este blog desde hace tiempo, empecé Semna 52 con el único objetivo de averiguar qué pasaría con mi cuerpo si me tomaba el entrenamiento en serio. O sea, si comía como correspondía y corría todo lo que tenía que correr. De más está decir que los cambios en mi cabeza y en mi físico fueron intensos y llegaron más pronto de lo que me imaginaba.

Para coronar ese año, me fui a correr a Grecia. Puro capricho. 42 km entre Atenas y Maratón, yo solo. Todavía se me quiebra la voz cuando cuento lo que fue esta experiencia para mí.

Ya en ese momento, mientras me distraía leyendo los carteles en griego y me acalambraba y puteaba por no tener agua a mano, pensaba en que el siguiente objetivo para mi vida sería correr los 246 km de la Espartatlón. En mi cebamiento pensé que lo podría hacer en otras 52 semanas, pero un tontísimo teléfono descompuesto con la organización me dejó bastante afuera, ya que tenía que correr 100 km en 10 horas y media para pre-clasificar. Nunca aceptaron que se confundieron y me hicieron creer que podía prescindir de ese requisito, pero poquitos días antes del cierre de las inscripciones, con los cupos cubiertos y lista de espera, improvisé junto a Germán y Fede Lausi (de Salvaje Eventos) una carrera a la que llamé “Ultra Buenos Aires” (un festival de música me acaba de registrar el nombre, pero lo seguiré usando). Estaba agotadísimo por haber corrido 100 km en montaña un mes antes, no tenía experiencia y fallé en la estrategia. Hice 77 km hasta que no pude más. Lo que me sorprende todavía es que desde el km 30 sentía que el cuerpo no me daba.

Fue duro aplazar el objetivo un año más, pero lógico. Ahora contaba con algo invaluable: experiencia. No me voy a poder olvidar lo que se siente correr horas y horas, estar agotado, y hasta sé lo que es comer e hidratarse MAL. Pagué las consecuencias, y quiero creer que ahora me va a ir mejor.

Decidí que la nueva Ultra Buenos Aires tenía que ser unos meses antes del cierre de la inscripción de la Espartatlón, como para darme tiempo a reintentarlo si algo sale mal (por ejemplo, si me engripo, cosa que podría pasar). Pero también necesitaba organizarlo en una época que no me muera de frío (como me pasó en mayo pasado) ni de calor, además de que necesitaba volver a entrenar fondos largos. Fines de marzo me pareció prudencial, aunque ahora la fecha que pisa fuerte es primera semana de abril.

Los tiempos no dan para hacer una carrera abierta, aunque después de evaluar costos de logística, hidratación y fiscalización, si los números cierran quisiera que se sume quien quiera. La actividad del corredor es bastante solitaria (yo siempre competí contra mí mismo), así que el sentirse acompañado es un plus muy grande.

Estoy entrenando duro y parejo, y esta semana creo que voy a alcanzar los 80 km, sumando lo que corrí entre lunes y jueves. Y todavía me queda el sábado. Sinceramente, me siento espectacular. Salir a correr durante dos horas y media es la mejor forma de alcanzar la paz espiritual. No me siento cansado ni que me esté exigiendo, y estoy encarando esta aventura con una dieta netamente vegana. Sigo en pie, más entero que nunca. Hoy me hice el primer estudio del corazón (de tres) que son necesarios para tener un apto médico, y la cardióloga me felicitó por mi funcionamiento cardiovascular. Me mostró en la pantalla lo bien que se abrían las válvulas y cómo el músculo se notaba fuerte. Le tuve que creer, solo veía manchas grises, como cuando intentaba adivinar lo que estaba pasando en el canal codificado.

Probablemente en este mes ya defina todo para esta nueva Ultra Buenos Aires. Intento no imaginarme cruzando la meta. Es el verdadero objetivo, obviamente, pero hoy estoy pensando en atravesar esa muralla de los 77 km, y hacerlo mucho más entero. Ese será el segundo paso en mi camino a la línea de llegada (el primero ya lo estoy dando, que es entrenar en forma responsable). Esta vez, sin la presión del tiempo y con el importantísimo aporte de la experiencia, debería llegar. ¡Este blog no puede seguir indefinidamente!

Semana 16: Día 111: La Goofy Race

goofy_race

Quizá recuerden a Vanessa, una compañera de los Puma Runners que hizo una emotiva crónica de la RunnerFest en la que corrió con su abuela en silla de ruedas (la nona, no ella). Cuando veo que se va a encarar en alguna locura, le digo “¡Haceme la crónica para el blog!” y, debo admitir, que cumple.

Esta chica que corre es un clarísimo ejemplo de perseverancia. Recuerdo cómo sufrió la Adventure Race de Tandil, en marzo del año pasado, al punto de que todos nos preocupamos. Ella nos tapó la boca a todos pocos meses después, corriendo sola la Maratón de Rosario. Siempre subiendo la apuesta, con actitud positiva. Y su afán por buscar nuevos límites la llevó a ir a correr a Estados Unidos, más precisamente a Disney. Ahí se corrían dos carreras, una de 21 km (el primer día) y otra de 42 km (el segundo día). Por supuesto que cada una tenía una medalla de finisher si cruzabas la meta, pero había una tercera medalla, que traía la estampa de Goofy, y al recibían los que se bancaban hacer ambas competencias.

Vane fue con la decisión absolutamente resuelta de traerse a casa la medalla de Tribilín, y esta es su crónica…

Este año las vacaciones fueron distintas… en lugar de viajar a la playa, o a un nuevo destino, decidí viajar para correr el Goofy Challenge en Disney. Esta es una carrera que se compone por dos competencias distintas: en primer lugar se debe correr media maratón el primer día (21 km), y al  siguiente  una maratón completa (42 km), para poder conseguir el trofeo.

El viaje fue planeado en julio, ya que en ese mes suelen agotarse los cupos , y al momento de planificar mi hermana me pregunto (tímidamente) si yo quería compañía. Fue por eso que la anoté en el “chear squad” (el equipo de porristas, para llamarlo de alguna manera), así ella podía estar alentándome en los lugares más significativos del recorrido (con la comodidad del transporte, y submarinos calientes durante la espera).

Al llegar enero viajamos para Orlando. Tras meses de planear el viaje e estudiar incontables veces el recorrido (innecesariamente, ya verán por qué), finalmente habíamos llegado. El día designado para retirar los kits (donde nos entregaban el número y la remera para la carrera) nos informaron que tendríamos dos días de calor récord para la región, y nos aconsejaron tomar los recaudos necesarios. Afortunadamente había estado entrenando en el verano, así que no parecía un inconveniente. Asimismo, la otra noticia importante que dieron era que el servicio de buses que nos llevarían a la largada de la carrera partía de los hoteles entre las 3 y las 3:30 de la mañana (debo confesar, que en esta instancia mi hermana me miró con una cara de poca felicidad).

El primer día de carrera me acerqué a la salida. Había mas de 50.000 participantes para la media maratón, por lo cual nos hicieron largar en distintas etapas. En mi caso el corral asignado era el D (llegaban hasta la letra H).  Esperé con paciencia a mi hora de largada. Para amenizar la espera, la organización tenia preparados fuegos artificiales para cada largada, haciendo que cada una fuese singular. Personajes de películas que te deseaban suerte, y un desfile de voluntarios que ayudaban a que el evento fuese perfecto. El recorrido de ese día era Epcot – Magic Kingdom – Epcot. Con muchos nervios avanzábamos con cada grupo a la línea de inicio.  Media hora después de la primer largada había llegado mi momento.

Empecé corriendo a buen ritmo, más allá de la cantidad de gente, y tuve que esquivar a algunas personas que se detenían en el centro del circuito a caminar y a tomar fotos. Sin embargo, después de un rato, me gustó la idea, y me saqué fotos en los lugares icónicos de Disney y con sus personajes que se estaban a los costados del camino. El recorrido no paraba de sorprendernos, tanto por la vista, como los protagonistas de sus películas, y los disfraces de los otros corredores. Los constantes aplausos de los familiares  y voluntarios hacían que la carrera fuera más liviana y simple. El punto medio de este primer día fue el famoso castillo de Magic Kingdom, y a la salida vi a mi hermana esperando pacientemente a que pasara para alentarme con un cartel que decía “Vamooooooooss Vane!!!!”.

En la llegada nos entregaron la primera medalla, y un pack de alimentos para ayudar a regenerarnos y descansar mejor para el día siguiente. Al finalizar y volver al hotel, fui directo al costado de la pileta a comer más carbohidratos y prepararme para la maratón que quedaba por delante.

El domingo llegó con más frío que el sábado. Nuevamente nos despertamos a las 2 de la mañana y nos dirigimos hacia la largada. Había menos corredores, 35.000 aproximadamente, pero aun así el número superaba ampliamente a cualquier maratón en la que alguna vez había participado. Para la espera en el corral llevé un sweater ya que descubrí que el día anterior, tras ver varias personas en la largada con pijamas, entre otros disfraces y ropa, que Disney junta toda la ropa que los corredores deja en la largada y a lo largo de la carrera y lo dona a distintas caridades.

Comencé los 42 km de la misma manera que había empezado la media maratín. En esta instancia debíamos pasar por todos los parques en el recorrido: Epcot – Magic Kingdom – Animal Kingdom – ESPN Complex – Hollywood Studios – Epcot. En cada punto pasábamos por los lugares más característicos, y nos esperaban los personajes de Disney y los acompañantes de los corredores alentándonos. Entre parque y parque nos hacían correr por distintos caminos, y en varios lugares circulábamos por las calles internas de Disney, lo cual nos dejaba ver el “backstage” de cada centro.

La organización no dejaba de sorprenderme, y el aliento de los espectadores hacía que la distancia disminuyera. Cada 3 km aproximadamente había distintos disc jockeys que pasaban música, y los personajes bailaban y armaban shows acompañando. Incluso alrededor del kilómetro 32 pasaban el tema de Gangnam Style, y varios participanes empezamos a avanzar haciendo el característico pasito de la canción (hacer esto no es muy recomendable a esa altura de la carrera).

La llegada fue excelente: terminamos los últimos kilómetros rodeando las distintas ciudades de Epcot, y tras pasar por varios coros que cantaban en los metros finales, alcanzamos la línea de llegada, donde los aplausos no paraban. Crucé la linea de la meta, y me entregaron la medalla de la maratón y la del Goofy Race (ya que había completado ambas carreras). Con mucha alegría me tiré al piso para elongar y descansar.

Me llevé una gran experiencia, una carrera masiva, extremadamente bien organizada, donde todos los corredores eran solidarios con los otros y los ayudaban y apoyaban cuando les quedaba poca fuerza; un circuito único, fotos… también únicas para un evento deportivo, además del orgullo de haber podido culminar la carrera. Ya voy a seguir eligiendo destinos para viajar, donde también pueda combinar maratones y otras carreras. Esto hace siempre único al viaje, deja un recuerdo excelente, y da una perspectiva diferente de cada lugar.

Semana 16: Día 110: Lluvia, ven a mí

Hace rato que dejamos de creerle al pronóstico del tiempo. Desde que en Buenos Aires cayó un granizo infernal que causó enormes daños a la carrocería de muchos automóviles, el Servicio Meteorológico Nacional emite un alerta cada vez que hay una ligera llovizna. Esto logró un efecto adverso: ya nadie se asusta, y nadie les cree.

Con esta desconfianza, no es de extrañar que ya ni siquiera le demos importancia al pronóstico. Probablemente hayan anunciado que hoy iba a llover. En mi cabeza está la imagen del desayuno, mientras apuraba mis cereales con jugo de naranja, de que el noticiero decía que íbamos a tener solcitos contentos con anteojos de sol durante el resto de la semana. Y a medida que pasaban las horas el cielo se iba a oscureciendo. Vicky, que sabe muchas cosas pero en especial de esto, me dijo “Esas nubes son de frío”.

Fuimos al entreno de los Puma Runners, convencidos de que íbamos a tener ese clima soleado que nos prometieron. Porque si no podés confiar en un medio periodístico, ¿en quién confiamos?

Y ahí estábamos, equipados con nuestra musculosa, pantaloncito corto y la mochila con hidratación y algo para comer. A medida que se acercaba la hora de empezar a entrenar, el cielo se volvía más negro y empezaba a levantarse un viento frío. La lluvia no se hizo esperar, primero con grandes gotones esporádicos, después con una intensa tormenta. Germán, nuestro entrenador, nos preguntó si queríamos salir y darle una vuelta al Hipódromo. Dijimos que sí, casi sin dudarlo.

Creo que habitualmente, ante un clima como el que se avecinaba, hubiésemos reculado y nos hubiésemos quedado en casa, viendo alguna película o mirando por el balcón cómo se oscurecía todo. Pero después de estar en la montaña, con ventisca, y luego de caminar horas, empapados por la lluvia, esto nos parecía una pavada. Y nada mejor que estar mojados en un día de calor. Ni siquiera el agua que empezaba a acumularse en enormes charcos o lo que nos salpicaban los salvajes conductores nos amedrentaba. Sí, en verano cualquiera se hace el guapo, pero esas cientos de personas caminando o ejercitándose (y que nos impiden el paso) hoy se quedaron en casa. Solo unos pocos valientes estaban haciéndole frente a la tormenta y entrenando como si fuese un día como cualquier otro.

Y con Vicky somos de la política de que hay que entrenar en cualquier clima, porque las carreras pueden sorprenderte y hay que estar preparado para todo. Nosotros, felices con otro día de entrenamiento, mucho más divertido que lo habitual…

Semana 16: Día 109: Cosas que me hacen feliz

“Hermoso fondo de 20 km al rayo del sol, sin remera y con mi música en el iPod. Es todo lo que necesito para ser feliz. Eso y plata”.

Esa pavada twiteé yo hoy al mediodía, creyendo que se iba a notar que el remate era un chiste. Pero resultó que hubo quienes pensaron que hablaba en serio.

La verdad es que la plata no me importa. Cuando me deben no reclamo (a mis amigos, puedo ser implacable con mis clientes), no me importa el tema, excepto cuando no puedo pagar mis cuentas. Creo que los temas que realmente son importantes en mi vida no se resuelven o mejoran con el dinero.

Pero correr… eso sí que me hace feliz. Hoy, como parte del entrenamiento para correr los 100 km en 10 horas y media, mi entrenador Germán me dijo de hacer un fondo de 20 km. Como la mañana me estaba quedando libre, me puse el baticinturón con dos caramañolas, tomé agua (para salir ya hidratado) y me las piqué para la planta baja, donde salí a enfrentar a la ciudad. Cuando abandoné la sombra de los edificios de las 8:30 de la mañana, me saqué la remera y seguí corriendo en cuero (así tomo algo de color).

Mientras corría al rayo del sol, me sentía poderoso. Como que podía hacer cualquier cosa que me propusiese. Me acordaba de mi último fondo fuera de los entrenamientos de los Puma Runners, y lo mal que me sentí. Ahora sigo congestionado, pero hice 10 km de ida solo escuchando el iPod, controlando la respiración, y disfrutando del paseo. Cuando alcancé esa marca, di media vuelta y volví sobre mis pasos. Me recompensé haber llegado hasta ahí con unos tragos de agua y más pavimento bajo mis pies.

Entiendo a quienes disfrutan más de las carreras de aventura. Yo mismo voy contentísimo por todo el país participando en ellas, ya sea en Tandil, Villa La Angostura o Misiones. Pero no sé por qué la Ciudad de Buenos Aires me llama. Será porque me gusta estar en contacto con esta urbe y pasear entre sus calles y monumentos. Ojo, puedo llegar a odiarla, en especial a sus conductores, pero cada vez que me toca un fondo largo recorro Avenida del Libertador e improviso algún camino nuevo.

Correr me hace inmensamente feliz, y todo lo que trae aparejado esta actividad. El progreso físico es algo que todavía me asombra, como si un cuerpo saludable y cómo cuidarlo estuviese adentro de todos nosotros y solo fuese cuestión rebuscar. Me da felicidad cruzar la meta, en ese instante de agonía luego del sprint. Es una sensación incomparable. También me llena de alegría hacerlo en pareja.

Me hace feliz serle útil a alguien, ya sea con el blog o con mis amigos. Cuando alguien me dice que Semana 52 le inspiró para correr, me invade un orgullo que se me mezcla con la vergüenza. Las veces que vi a un compañero tirado en una carrera y lo pude ayudar también me llena de orgullo.

La felicidad no está en el dinero, pero ayuda, dicen. Hay ciertas cosas fuera del ámbito del running que me sacan el capitalista de adentro. Haber ido agrandando la colección de los muñecos de He-Man fue algo que me dio una satisfacción enorme. Me encanta también tirarme a ver una película con Vicky y el perro husmeando entre los dos. Me hace feliz verla feliz, escucharla riéndose, ser testigo de sus carreras y sentirla emocionada cruzando la meta.

Calculo que me haría muy bien hacer los 100 km en 10 horas y media para después correr los 246 km de La Espartatlón, pero cuando el año pasado no pude hacerlo y tuve que abandonar, igual fui muy feliz. Porque mis amigos y mi familia estaban ahí, y me ayudaron a rendir al 100%. Ahí me di cuenta de que, aunque ame cruzar la meta, me importa más estar acompañado que cruzarla solo.

Semana 16: Día 108: Nueva técnica de velocidad

No, no inventé nada. Pero aprendí algo nuevo, que es algo que me pone muy contento.

Relacionado con el post de ayer en el que hablaba de la velocidad versus la técnica, resulta que estos dos conceptos no se contraponen, sino que se complementan. Cuando empecé a entrenar por mi cuenta y alcancé los 10 km, me encontré con una muralla que no podía traspasar. Tenía dolor en los tendones de Aquiles, me salieron ampollas, y me sentía abatido. Contento, sí, pero molido a trompadas. Igual estaba muy arriba, rebalsaba de endorfinas, hasta que mi hermano (que entrenaba en un grupo de running) me dijo “Para progresar tenés que hacer otras cosas además de buscar distancia, como hacer cambios de ritmo”.

Eso me destruyó. Porque me estaba enterando de que correr era mucho más complicado de lo que me había imaginado. No alcanzaba con tener tozudez, hacía falta algo que no podía aprender solo: la técnica. Desmoralizado, me olvidé por bastante tiempo de correr y buscar superarme en velocidad y distancia.

El destino quiso que empezara a entrenar en el mismo grupo en el que había corrido mi hermano. Empecé por cualquier otro lado, pero terminé ahí, tomando la posta de aquel Casanova. Y aprendí a qué se refería con ese “hacer otras cosas”. En realidad, aprendí técnicas de carrera. Las fui aplicando, y al cabo de unos meses pasé ese umbral (aparentemente) imposible de los 10 kilómetros. Iba y venía como un yo-yo, abandonando y volviendo a entrenar. Pero cada vez que volvía encontraba esa pasión de la autosuperación, y mi meta siempre era volver al estado en el que estaba cuando había abandonado.

Con el correr de los años aprendí el fino arte de la constancia y la paciencia. Eso me ayudó a sostener el entrenamiento en el tiempo, y así ver progresos que jamás me hubiese imaginado mientras me trituraba los pies intentando llegar a 10 km yo solo. Hice mi primeros 21 km, mi primera carrera de aventura de 27 km, mi primera maratón y mi primera ultra. Aprendí a tener humildad y saber abandonar una competencia, aunque un tiempo antes había aprendido a escuchar a mi cuerpo (y a hacerle caso). Lo bueno es que nunca dejé de aprender, y tan solo el sábado me enseñaron una técnica para correr que todavía no domino del todo, pero que me cambió mucho mi forma de ver a esta disciplina.

Estábamos haciendo progresiones al costado del río, y nuestro entrenador Germán nos hizo notar cómo durante nuestra zancada a veces tocábamos la pierna con el otro pie, lo que podía dejar una marca de barro (por ejemplo). Esta mancha indicaba a qué altura se cruzaban los pies, y mientras más arriba fuese, mejor. Nunca me había fijado en ese detalle, pero recordaba que siempre me quedaba un zurco de tierra seca unos pocos centímetros por arriba del tobillo. ¿Subir más todavía? Jamás lo había intentado. En las progresiones que hicimos el sábado, me forcé por levantar los pies cuando la pierna se contraía, y a estirarlos lo más posible después. El movimiento no se sentía natural, porque era la primera vez que lo hacía.

Me significaba mayor esfuerzo, y en consecuencia más cansancio. Le pregunté a Germán para qué servía, y entre otras cosas me contestó que era una forma de fortalecer la zancada con vistas a una carrera de montaña. Quizá no me iba a servir para una carrera de calle porque estaba consumiendo más energía, pero de pronto me sentí más veloz. Hoy lunes tuvimos un nuevo entrenamiento, y en las progresiones junto al Hipódromo de San Isidro volví a probarlo, esta vez prestándole mucha atención al GPS. Y mientras en otras ocasiones alcanzaba una velocidad de 4 minutos el kilómetro, hoy llegué a menos de 3:30. ¿Podía haber tanta diferencia solo con subir más los pies? Lo volví a intentar, y el reloj me marcó 2:55.

¿Cuánto tiempo podría aguantar ese paso? En broma le decía a Marcelo, mi compañero de carreras, que a ese ritmo podíamos ganar una maratón. Difícilmente lo pueda sostener 42 km (probablemente no pueda aguantarlo 500 metros), pero me asombró cómo un sutil cambio de técnica puede afectar la velocidad de manera tan drástica. Es solo una maravillosa comprobación de que todavía me quedan muchas cosas por aprender.

Semana 16: Día 107: Velocidad vs. Técnica

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Christopher McDougall, autor del libro Nacidos para correr, tenía muchos problemas para correr por sus dolores de pie, además de que tenía sobrepeso y una alimentación poco adecuada. Su obsesión por entender cómo era posible que exista gente que corría cientos de kilómetros de un tirón sin lesionarse jamás, lo llevó a investigar a los tarahumaras y a conocer un mundo totalmente nuevo.

Así fue que terminó conociendo a Eric Orton, quien se convertiría en su entrenador. Pero mientras había historia de hombres comunes que lograban proezas extraordinarias (o lo habían hecho en el pasado, como el marino Mensen Ernst que desembarcó en 1832 luego de meses de no ver tierra y corrió desde París a Moscú durante 14 días), él seguía empeorando. Entonces, ¿en qué fallaba?. “Eres como todo el mundo”, le dijo Eric Orton. “No tienes idea de lo que estás haciendo”.

“Lo que Eric busca son principios básicos de ingeniería”, dice McDougall en su libro. “Está convencido de que el próximo gran avance en lo que ejercicio se refiere no tendrá que ver con sistemas de entrenamiento o tecnología sino con la técnica: aquel atleta que logre dejar a un lado las lesiones será aquel que logra dejar a un lado la competencia”.

Orton había leído un artículo que McDougall había escrito sobre la tribu de corredores tarahumara. Lo que hacen ellos, le pareció al entrenador, es puro arte corporal. “Nadie más en todo el planeta ha conseguido hacer de la autopropulsión una virtud a ese nivel”. Como parte del entrenamiento, le puso un monitor de ritmo cardíaco para que corrija uno de los errores más comunes que cometen los corredores: el ritmo. “La mayoría de nosotros presta a la velocidad tan poca atención como se la presta al estilo”, escribió. Citando al fisiólogo del ejercicio y triatleta Ken Mierke, agregó “Casi todos los corredores hacen las carreras lentas demasiado rápido, y las rápidas demasiado lentas. Así que no están entrenando sus cuerpos más que para quemar azúcar, que es lo último que quiere un corredor de larga distancia. Tienes en el cuerpo grasa suficiente para correr hasta California, así que mientras más entrenes a tu cuerpo para quemar grasa en lugar de azúcar, más te durarán las reservas limitadas de azúcar”.

McDougall agrega en su libro: “La manera de activar tu quemador de grasa es manteniéndote por debajo de tu umbral aeróbico -el punto en que empiezas a respirar aceleradamente- a lo largo de la carrera. Antes del nacimiento de las zapatillas acolchadas y los caminos pavimentados era mucho más fácil respetar ese límite de velocidad. Intenta correr a toda máquina en un camino cubierto de pedruscos llevando sandalias abiertas y verás cuán rápido vences la tentación de apretar el acelerador. Cuando nuestros pies no están protegidos artificialmente, estamos forzados a ajustar el ritmo y estar pendientes de la velocidad: en el momento en que corremos con descuido y aceleramos imprudentemente, el dolor que sube por las canillas nos obligará a bajar el ritmo”.

Semana 16: Día 106: Lo importante no es ganar

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Seguramente han escuchado esta historia que últimamente estuvo circulando por la web. La dejo así, como me llegó a mí, sin editar:

Se ha hablado muy poco. En el cross de la localidad navarra de Burlada, sucedió un hecho el pasado domingo 2 de diciembre que nos ayuda a seguir creyendo en los valores del deporte.

El atleta keniano, Abel Mutai, medalla de oro de los 3.000 obstáculos hace cuatro meses en Londres, estaba a punto de ganar la prueba cuando, al entrar en una pista donde estaba la meta se creyó que ya había llegado , aflojó totalmente el paso y, relajado, comenzó a saludar al público creyendo vencedor. Lo que le venía detrás, Iván Fernández Anaya, al ver que se equivocaba y se paraba una decena de metros antes de la pancarta, no quiso aprovechar la ocasión para acelerar y ganar. Se quedó a su espalda, y gesticulando para que la entendiera y casi empujándolo, llevó al keniano hasta la meta, dejándolo pasar por delante.

Iván Fernández Anaya, un corredor vitoriano de 24 años que está considerado un atleta con mucho futuro (campeón de España de 5.000 metros en categoría promesas hace dos años) afirmó al terminar la prueba: “Aunque me hubieran dicho que ganando tenía plaza en la selección española para el Europeo, no me habría aprovechado. Creo que es mejor lo que he hecho que si hubiera ganado. Y esto es muy importante, porque hoy en día, tal como están las cosas en todos los ambientes , en el fútbol, en la sociedad, en la política, donde parece que todo vale, un gesto de honradez va muy bien “.

Lo decía al principio: desgraciadamente, se ha hablado muy poco de este gesto. Y es una lástima. En mi opinión, estaría bien explicarlo a los niños, para que no piensen que el deporte es únicamente lo que ven por la tele: patadas violentas a raudales, declaraciones pijos, dedos en los ojos de los contrarios…

Creo que decir que es una historia emocionante y motivadora es poco.

A Fernández Anaya, que estudia un módulo de FP ya que no piensa que en el futuro se pueda vivir del atletismo, lo entrena en Vitoria Martín Fiz. Lo hace en el mismo lugar, el Prado, en la misma senda física que no filosófica, en la que el famoso vitoriano sumó kilómetros y kilómetros para llegar a proclamarse campeón de Europa y del mundo de maratón. Dice Fiz al diario El Paíz: “Fue un gesto de honradez muy bueno. Un gesto de los que ya no se hacen. Mejor dicho, un gesto de los que nunca se han hecho. Un gesto que yo mismo no habría tenido. Yo sí que me habría aprovechado para ganar”.

Cuenta Fiz que el detalle le honra a su pupilo. “El gesto le ha hecho ser mejor persona pero no mejor atleta. Ha desaprovechado una ocasión. Ganar te hace siempre más atleta. Se sale siempre a ganar. Hay que salir a ganar”, dice Fiz, quien recuerda cómo en el Mundial del 97 en Atenas él fue tirando todo el maratón y no pudo despegar a Abel Antón, quien en los últimos metros le atacó y le ganó con facilidad después de haberse aprovechado de su trabajo. “Y yo sabía que iba a pasar eso. Sabía que a menos que se le subiera un gemelo o le pasara un percance, Antón me ganaría. Pero la competición es así. No habría sido lógico que Antón me dejara ganar”.

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