Archivo del sitio

Semana 41: Día 283: Los 42 km de la Maratón de Río de Janeiro

image

Quizá no sea tan obvio, así que voy a aclarar esto: he corrido pocas maratones. Día veces la de la Ciudad de Buenos Aires y una vez la de Rosario. La de Atenas la hice por mi cuenta, así que no podría contarla.
He realizado entrenamientos de 45 km, y alguna vez he superado esa marca en calle. Tengo algo de experiencia, pero eso no quiere decir que no me ponga nervioso y no siga aprendiendo.
No tenía intenciones de correr la Maratón de Río de Janeiro. Iba a hacer la de Rosario y chau. Pero me separé y viajar a Brasil con mis amigos de Puma Runners cobró otro sentido. Como que me merecía un viaje así. Le regalé mi inscripción y mi pasaje a Rosario a una amiga y me sumé al desafío Carioca.
Es Brasil intenté hacer mi infalible sistema pre maratón. Muchos hidratos, poca fibra, hidratación a full. Pero las excursiones y paseos me complicaron el plan. Quizá participar de la carrera era una excusa para desconectarme de la rutina y reconectarme con mis compañeros de grupo. Igual, tenía muchas ganas de correr (y nada de ganas de sufrir).
La noche previa a la carrera dormimos 4 horas. Me levanté con los ojos pegados, cansado, pero feliz (en el fondo). Había preparado mis cosas antes de irme a dormir, así que solo me restaba vestirme, desayunar y salir.
Éramos 5: Germán (nuestro entrenador), Gloria (debutante en los 42k), Dora (hermana de Gloria y fotógrafa oficial), Leandro y yo. Sobornamos a un taxista para que nos lleve a todos y nos bajamos en Aterro do Flamengo, donde una serie de colectivos nos llevaban a la largada.
A diferencia de Buenos Aires o Rosario, el recorrido de Río no es circular, sino que iba casi en su totalidad por la costa, desde Praça do Pontal, en Recreio dos Bandeirantes hasta Aterro do Flamengo, atravesando muchos distritos como Barra da Tijuca, Leblon, Ipanema y Copacabana.
Nuestro micro salió 5:30 de la mañana y llegó una hora después, haciendo el recorrido inverso que nosotros íbamos a correr. Nos sacamos algunas fotos en la playa, me puse vaselina en mis partes pudendas y me comí un pan que tenía preparado.
Largamos puntual, a las 7:30, pasados quizás uno o dos minutos. Arranqué el GPS que me prestaron cuando pasé bajo el arco y empecé a correr.
Al principio dimos una vuelta de 3 km por un barrio residencial y volvimos a cruzar la llegada. Mi mejor pronóstico era terminar la maratón en 3 horas y 45 minutos. El poco sueño y el cansancio acumulado me daban bastante inseguridad de lograrlo. Pero estaba entusiasmado. Correr ene tanta gente estimula, así que empecé a pasar corredores y me coloqué en una velocidad cómoda de 4:42 el kilómetro. Si la podía mantener, tenía la carrera en el bolsillo… pero sabía que no iba a ser tan fácil.
La primera complicación fue el cinturón hidratador que me compré, que se subía todo el tiempo. Decidí sacarle la botella y llevarla en la mano. Después estaba en la duda de si ponerme o no la gorra. Hacía calor y no me la puse al principio, porque prefería ir fresco; pero el sol pegaba fuerte, así que terminé usándola.
Me sorprendía la energía que tenía, aunque no quería cantar victoria hasta no pasar el kilómetro 30. Brasil tiene un paisaje maravilloso para tener de fondo mientras uno hace deporte. Es un espectáculo en sí mismo. Corría mirando la playa, el mar, los cerros. Cuando escuchaba un acento argentino saludaba. Cada kilómetro estaba marcado, y había varios puestos de agua alternados cada tanto por Gatorade. Me llamó mucho la atención el sistema que usaban. El agua venía en vasitos de plástico con tapa como de yogur. La primera la abrí normalmente, a partir de la segunda las agujereaba con el dedo y tomaba por el hueco. El Gatorade venía en un sachet que había que abrir con los dientes.
Mantuve en ritmo estable toda la primera mitad de la carrera. En el km 21 había un batallón de baños químicos (¡y sin cola!), pero cono no tenía ganas de ir, lo dejé para más adelante.
Siempre mido las carreras por tramos, y pienso “ya pasé el primer cuarto… ya pasé la mitad…”, así que me entusiasmó estar en el kilómetro 21. Ahí nos alejamos un poco de la costa y subimos por una autopista.
La carrera seguía su curso, el calor era importante, pero me echaba agua en cada puesto, y tomaba siempre que podía… El tema es que siempre sentía sed. La boca pastosa, gusto raro… No puedo decir, de todos modos, que sucesor la hidratación.
En Leblon corrimos por una calle que bordeaba un acantilado, y hubiese disfrutado del paisaje si no me hubiese sentido a punto de morir. Habíamos pasado el kilómetro 30, unas marca importantísima en una maratón. Pero me dolía muchísimo la panza, y sentía que si no encontraba un baño literalmente iba a explotar. Pero… no había nada. En los puestos no entendían mis preguntas, o se encogían se hombros si preguntaba por un toilette. Hubo uno de la organización que se mató se risa y me dijo algo quite no entendí. Supuse que me ofrecía hacer donde quisiera y me lavara con mi agua. Hice que me reía y seguí.
El dolor era tan fuerte que dos veces tuve que parar. Era instantáneo: cuando me detenía, la molestia desaparecía. Hacía unos metros y sentía que me iba a desgraciar en cualquier instante. Quise meterme en unos arbustos y que sea lo que Dios quiera, pero si hacía eso me caía al precipicio. Hice lo mejor que se me ocurrió: apreté los dientes y seguí corriendo. Mágicamente, toda esa sensación espantosa desapareció.
Los últimos 10 km, bordeando las populosas playas de Ipanema y Copacabana, fueron eternos. Las piernas estaban a punto del calambre, y los dedos del pie izquierdo de me cerraban como una garra. No quise aflojar. El ritmo promedio había aumentado,y se había puesto en 4:56. Un poco más lento y me despedía de las 3 horas y media. Apreté y recé para resistir. No hablo mucho con Dios, excepto para pedirle favores. Lo sé.
Quería hacer buen tiempo, pero bajé mis expectativas a simplemente llegar. Faltando 5 km pensé “es una vuelta al hipódromo”. Uno suele medir con parámetros cercanos, y eso hacia parecer a esa distancia como menos inmensa.
Corrí con todas mis ganas, intentando racionar mi fuerza. Los calambres se asomaban y trataba de pisar lo mejor posible. Los dedos se agarrotaban, yo gritaba de dolor, y seguía. Mientras sufría, los relojes de la calle marcaban una temperatura de 30°.
Fui acortando kilómetros, hasta ver el 40. Ahí abrí la zancada, y me alimenté de los aplausos y el aliento de la gente. A más cerca de la meta, más público alentando.
Los retorcijones, los calambres y las inseguridades ya no estaban. Era solo cuestión de gastar todas las reservas en llegar. Los últimos metros metí un sprint furioso y crucé la meta con un grito demencial de “¡¡¡ESPARTAAAAAAAA!!!”. Paré el reloj en 3 horas 28 minutos.
Nada se compara a cruzar la línea llegada. Todo el sufrimiento y el dolor cobran sentido. De hecho, se olvidan. Me sentí tan feliz y tan emocionado, que cuando un corredor le propuso casamiento a su novia segundos después de cruzar la meta, se me llenaron los ojos de lágrimas.
No corrí esta maratón en mi mejor condición. Esa molestia estomacal la atribuyo a no haber seguido al por de la letra mi dieta maratonista y a no tener fortalecidas las abdominales. ¿Quién sabe cómo me hubiese ido de hacer descansado correctamente? Difícil saberlo, pero de la inmensa alegría de haber conquistado este triunfo inmenso, empiezo a pensar en todo lo que puedo aprender para mi próxima maratón…

Semana 38: Día 266: Acomodando la agenda

A 13 días de volar a Río de Janeiro y 15 de correr mi próxima maratón, me acuerdo de que no estoy corriendo lo que me gustaría. Por supuesto que me lo tomo con calma. Con todos los cambios recientes en mi vida, no me quiero desesperar si no estoy haciendo 50 km cada fin de semana. Ya habrá tiempo para volver a eso.

No es fácil acomodar la agenda, en especial estando recién separado y sin un lugar fijo para vivir. Pero intento arreglármelas como pueda. Por ejemplo, sabía que el jueves iba a trabajar hasta tarde y que iba a dormir poco. El viernes iba a estar hecho una piltrafa y no iba a poder dormir, así que me acomodé para tomarme un rato del jueves y correr 14 km. Parece poco, más siendo que en dos semanas me esperan 42, pero el corazón queda satisfecho por estar haciendo algo. Y yo logré algo muy importante, que es anticiparme y no darme cuenta a último momento que el cuerpo no me iba a rendir ni para hacer dos cuadras.

Es un tema porque estoy por encarar un viaje y no organicé nada. No me caben dudas de que lo voy a disfrutar mucho. Brasil es un país que no conozco y que no estaba en mis planes conocer, pero hay momentos en los que necesito improvisar y no estar cuestionando demasiado las cosas. Pero me faltan resolver un montón de cosas, como qué voy a llevar, qué cosas necesito… ayer perdí mi reloj GPS, así que ni siquiera sé si voy a poder seguir midiendo mi distancia, mucho menos en la maratón.

Parte de acomodar mi agenda es dormir las horas necesarias para entrenar, así que voy a cerrar este breve post y me voy a ir a la cama, por primera vez antes de las 12 de la noche en mucho tiempo. Pero no me quejo. Parte de haberme quedado hasta altas horas de la noche tuvo que ver con relajarme y hacer lo que me gusta. Y en la agenda no hay que acomodar solo las responsabilidades. También podemos hacerle un lugar a aquellas cosas que nos hacen felices.

Semana 38: Día 262: Carpe Diem

Todos hemos visto esa escena de “La Sociedad de los Poetas Muertos” (y si no lo hicimos, deberíamos) en la que el personaje de Robin Williams les explicaba a sus alumnos el concepto de Carpe Diem: latín para “Aprovecha el día”. Casualmente era el lema del Westminster, institución que fuera mi escuela primaria (hasta que me expulsaron por mala conducta, aunque para los parámetros de hoy yo sería un santo).

Uno pensaría que por el hecho de tenerlo en el escudo, en la remera y en el boletín de comunicaciones, ese concepto lo teníamos muy presente. Pero nadie se molestó en explicármelo (excepto por vos, Robin Williams), así que no lo incorporé muy a fondo.

Es más, creo que en la secundaria también lo teníamos en el escudo… no lo recuerdo bien, pero lo comento para que vean la poca importancia que le daba al Carpe Diem…
¿Han cambiado las cosas para mí hoy? Supongo que sí. Ayer, domingo, fue el día del padre, pero tuve que meterme en una convención de ciencia ficción en el Once, encerrado mientras el público se quedaba en su casa porque llovía o querían pasar el día con su papá. Yo tuve que trabajar por necesidad (podría haber visto a mi viejo y pedirle plata, pero estoy intentando cortar el cordón umbilical con mis padres), así que invertí mi fin de semana en trabajo.

Esto no me parece una forma de Carpe Diem. Trabajar es una necesidad, es como lo que se supone que tengo que hacer.

Tenía poco margen, ni siquiera las suficientes horas de sueño. La voz en mi cabeza de “quedémonos en la cama un resto más” se había despertado antes que yo. Lloviznaba y estaba nublado. Hacía frío y tenía que estar a las once de la mañana con el stand armado y listo para atender a toda la gente que no fue a la convención. Había dormido 5 horas. ¿Pero por qué no iba, al menos, a correr un ratito?

A las 8:50 salí de la cama, me vestí y me fui a entrenar. Fui derecho por Figueroa Alcorta y Salguero hasta la Reserva Ecológica. Las llaves en un bolsillo, el celular haciendo de radio FM en el otro y una botella de Powerade en la mano.

Hice ida y vuelta para terminar 50 minutos después en el punto de partida. Tiempo suficiente para desayunar, bañarme, prepararme el almuerzo (que lo llevé en un tupper), ir a comprar fruta para kids colaciones y llegar 10:50 a la convención en el Once.

Me esperaba un día aburrido, lejos de la familia, pero al menos calcé esa horita para mí. Fue una linda forma de empezar el día y encararlo con pilas.

Arrancar la mañana contento… me parece el mejor modo de hacer un Carpe Diem.

Semana 37: Día 259: Correr es mi terapia

“Menos drama, más running”, me dijo un asiduo lector de este blog. Me justifiqué, pensando qué podía esperarse, si no tengo control sobre mi propia vida.

Bueno, quizá eso no sea del todo correcto. Por supuesto que tengo control, no estoy en mi posición actual por mala suerte o por un designio de los dioses. Cada uno hace su propia suerte. Pero puede pasar que uno esté inmerso en una situación en la que no se siente realizado. Y esa sensación de frustración empieza a tirar hacia abajo.

Fueron semanas difíciles, pero podrían haber sido peor. Tuve contención de mucha gente, pasé una primera estadía genial con mi hermano y su novio, y ahora estoy en el barrio top de Recoleta. Estos días me sirvieron para pensar, y mi prima me pidió que me relaje, que podía quedarme acá el tiempo que quisiera. La separación, el ir y venir, y unos niveles de energía emocional bastante bajos hicieron mella en mi trabajo. Me la pasaba mirando departamentos en la web, yendo a conocer a dueños e inmobiliarias que o no me cerraban o yo no les cerraba a ellos. Mientras tanto, corrí con mis amigos de Puma Runners, e hice algo que estando en pareja había dejado de lado: juntarme a cenar después del entrenamiento. Me anoté improvisadamente en carreras, e intenté afianzar vínculos con la gente a la que había visto poco en los últimos tiempos.

Con todas esas preocupaciones, correr era mi terapia, me daba balance, y me ayudaba a poner las cosas en perspectiva. Lo pongo en pasado, porque todo ese retraso por andar con más drama que running hizo que me atrasara mucho con el trabajo. Toda esta semana estuve trabajando en una revista infantil, un número uno, en jornadas maratónicas. Había días en que me acostaba a las 4 de la mañana y me levantaba a las 8 para seguir. También tenía que mechar con otros compromisos laborales, como los cómics de OVNI Press que edito, así que casi no veía el mundo exterior. La meta era terminar todo el lunes, después lo pasamos al miércoles y finalmente la entrega fue el jueves. Fue durísimo, tuve que sacrificar entrenamientos, aquello que me ayudaba emocionalmente. Pero entregamos la primera edición, el número 1 que iba a salir en julio. Y ese mismo día me enteré que esta revista no va a salir. Al menos el mes que viene, y quizá se retrase a febrero.

Fue un golpe tremendo. Tanto sacrificio para nada. Me quedé mirando la pantalla, mudo, si saber qué hacer. Ni siquiera el Candy Crush, que tenía abandonado desde hacía mucho tiempo, me servía para sacarme todo este tema de la cabeza. Correr… no era una opción. Estaba realmente rendido físicamente. Solo me dio para sentarme a escribir la reseña de la nueva película de Superman. Me fui a dormir a la medianoche… y me desperté ocho horas después. El sueño más largo que tuve el último mes.

Uno creería que me levanté, me puse las zapatillas y salí a la calle a entrenar. Pero no. Seguía muy cansado. Afuera parecía fresco, y todavía tenía trabajo atrasado. Consideré que lo mejor era seguir adelantando y esperar. El fin de semana tengo que trabajar en una convención de cómics, así que la mejor perspectiva era correr el lunes. Quizá algo bien temprano, si estaba descansado, el domingo.

Dudé mucho, y apliqué una técnica que aprendí durante estos años de blog. Mientras pensaba montones de motivos para quedarme entre estas cuatro paredes, empecé a vestirme con mi ropa deportiva. Las medias de running, el pantalón corto, la remera, el reloj con GPS. En mi cabeza se repetía la misma cantinela: “Mejor me quedo y aprovecho el tiempo trabajando”. Desayuné, fui al baño, y busqué en internet el destino a donde tenía que ir: la baulera, que tenía cosas que empezaba a necesitar.

No quería salir, me parecía que estaba todavía agotado de estas sesiones durísimas de trabajo y ese sueño que no alcanzaba. Pero ahí estaba, en la calle, buscando señal del GPS, con un fresco que no me esperaba. Así fue que empecé a correr. Tosía de vez en cuando, las piernas me pesaban más que nunca. Pero corría. Ya a la primera cuadra me había olvidado por completo todo ese drama que me impedía salir. Es más, me pregunté por qué había buscado retrasar esto. Poco importaba el agotamiento físico, había algo muy poderoso en ponerle el cuerpo al bajón.

La baulera estaba a poquito más de 6 kilómetros. Me anuncié así como había llegado, transpirado (pero relajado). Busqué mis cosas (ropa interior, remeras que no sean para correr, unos papeles que necesitaba, cous cous, vaselina sólida, levadura de cerveza) y volví al departamento de mi prima. Me dolieron muchas cosas, como la cadera del lado izquierdo, un poco la planta de los pies… y me pregunté qué pasaría si, corriendo la maratón en Río de Janeiro, sentía lo mismo. Pero no me preocupé. Sabía que no es tan difícil sobreponerse a las inseguridades. Basta con empezar. Salir a la calle, sin pensar demasiado, y poner un pie delante del otro.

Cuando llegué, después de casi 13 km, era otra persona. Ya sé que la próxima vez que salga a correr va a ser más fácil. Posiblemente me levante temprano el domingo y aproveche lo cerca que estoy de Avenida del Libertador para tirar algunos kilómetros. Cuesta arrancar, pero una vez que lo hacés, todo se hace cuesta abajo.

Semana 35: Día 240: Los 10 km de las Fiestas Mayas

2013-05-26 09.19.44

Entre todos los errores que tengo, el que arrastro desde hace más tiempo y el que más detesto es el de la subestimación. No me refiero a ser subestimado, sino cuando yo lo hago. Hubo una época en que no hacía deporte, mi dieta se basaba en pan con mayoliva, y me deleitaba casi todos los días con palitos salados. Y en esos tiempos empecé a correr por mi cuenta, y me costaba un montón. Hacía tres o cuatro kilómetros y estaba muy satisfecho y orgulloso de mí mismo. La primera vez que alcancé los 10 kilómetros por mi cuenta, me quedaron los pies destrozados. Estaba feliz, pero sentí que había encontrado mi límite, y que me era imposible hacer más.

Y después me olvidé de todo esto. Empecé a sumar distancias, a fortalecer las piernas, a bajar de peso y a ganar experiencia. Con eso vino la subestimación, y no corría carreras de 10K. Es más, me burlaba de ellas, pensaba qué tontería era organizar una competencia tan corta, solo para sacarle plata a los atletas que recién empiezan… ¿por qué no hacen una de 42 y se dejan de embromar? Sí, esas cosas pensaba, lo cual me hace un tipo bastante odioso. Pero al menos no las decía en voz alta.

Solo participaba de carreras “cortas” (lo pongo entre comillas) si obtenía la inscripción gratis por algún auspicio, o si quería acompañar a alguien, y casi siempre probaba velocidad. Por supuesto que no las disfrutaba, me la pasaba todo el tiempo presionándome al máximo, al punto en que tenía los cuádriceps en llamas y los pulmones a punto de explotar. Así me perdía el paisaje y todo lo que una carrera tiene, además de correr.

Admito todo esto porque hoy participé de las Fiestas Mayas, y lo hice con Nico, un amigo que está haciéndose de abajo en el mundo del running. Él solo se ha ido preparando, y hoy corría su primera carrera de 10 kilómetros. Y me acordé de lo difícil que fue para mí llegar a esa distancia, y como él me hace en parte responsable por su motivación por correr, decidí acompañarlo, aunque sea unos kilómetros. Por suerte no me tuve que colar: ayer fui al Club de Corredores, y todavía quedaban cupos. Así que pude hacer las cosas por derecha, como corresponde.

De cabezón que soy, decidí ir hasta la largada corriendo. Desde casa, por Pampa derecho, terminaron siendo 4 kilómetros. Me sirvió para entrar en calor; la mañana estaba fresca, y llegué acalorado, con todo el abrigo en las manos. En el camino, como me pasa en todos los trotes matinales, paré detrás de un árbol para realizar una “parada técnica”. Dejé mis cosas en el guardarropas (me dieron el número 365, que después del 52 es uno de los que más me gustan) y fui a encontrarme con Nico. En la plaza que está frente al Club de Corredores, antes de que él llegara, hice mi segunda parada técnica. La mañana es así para mí.

Por supuesto que la carrera empezó puntual. No sé cuántos éramos, quise contarlos a todos pero no me dieron los dedos de las manos. Mi cálculo era que estábamos por encima de los 5 mil, quizá 10 mil. Quisimos avanzar para salir lo más cerca posible del arco, y fuimos a los codazos, patadas y mordiscones hasta que la masa de gente se volvió impenetrable e indivisible. El contador llegó a cero y largamos. Primero caminando, después dando trotecitos muy cortos, y cuando la gente se empezó a abrir, pudimos correr normalmente.

Mientras hacíamos nuestros primeros metros, le sacaba charla a Nico. Cuántas carreras había hecho, cómo se venía sintiendo. Quería ir a su ritmo, pero nunca me doy cuenta si yo sigo al otro o si el otro me sigue a mí. La cantidad de gente era infernal. Pasamos a Emilse, la “mujer araña” (un personaje presente en la gran mayoría de las competencias de la Ciudad), y enfilamos derecho por Figueroa Alcorta. Una cosa que me sorprendió, que por los comentarios de otros corredores era novedad, fue que pusieron pacers, o sea gente que marca el ritmo y se rodea de un pelotón que quiere mantener una velocidad constante. Nos pasó el de 5 minutos el kilómetro, e intentamos seguirlo, pero como le estaba dando mucha charla a Nico, sentía que no llegaba, y la idea no era esforzarlo por demás. Así que nos acomodamos en unos 5:20 y fuimos manteniendo.

Cuando cruzamos Dorrego, ya veíamos a los punteros que estaban volviendo. “No te preocupes, son de otro planeta”, le dije. Correr por esas calles, totalmente vedadas para los seres humanos en condiciones normales, es muy gratificante para mí. Seguimos hasta el planetario y dimos un incómodo giro de 180 grados para retomar. Como auspiciaba Jumbo, doblamos frente al Hipódromo de Palermo y nos acercamos a media cuadra del hipermercado. Después volvimos por Dorrego para retomar Figueroa Alcorta. Nico le ponía mucha garra, pero sin volverse loco, y manteniéndose en una velocidad cómoda. Entramos a los lagos de Palermo e hicimos la tercera parada técnica para mí. Afortunadamente fue la última (de la mañana).

Salimos a Figueroa Alcorta, y de ahí era derecho hasta llegar a la meta. Al principio no dije nada, pero solo veía cómo la velocidad que marcaba mi reloj iba en aumento. Cuando sabés que te falta poco, sin querer empezás a apretar. Estaba faltando un kilómetro y veníamos muy cerca de los 5 el kilómetro. Yo le iba cantando “vamos que faltan 600 metros…”, “vamos que faltan 400…”. “No puedo, voy a recuperar”, me dijo. “¡Recuperás en la meta!”, le grité. Ya teníamos el arco de llegada a la vista y le dije “Ahora levantá más los talones del piso”. Vi que respondía y le dije “Abrí la zancada”. Y pegamos un sprint espectacular hasta cruzar la línea de llegada. Llegamos por debajo de los 55 minutos, manteniendo la velocidad de Nico en las carreras anteriores que hizo (que eran de 8 kilómetros o menos).

Fue una alegría muy grande compartir esa carrera. Entregamos el chip, nos agarramos un Gatorade y una banana, y salimos. Me sorprendió que no dieran medalla, y aunque tuve un principio de ofendimiento, después me enteré que las Fiestas Mayas nunca entregan medallas de finisher, sino que la consigna es darle a los corredores chocolate caliente con churros. Siempre se hizo el 25 de mayo, pero como ayer hubo un multitudinario acto político, me imagino que no quisieron que se solaparan.

Como vengo de un período de abstinencia de running, me pareció una buena idea volver a casa corriendo a un ritmo suave, como para regenerar. Elongamos, nos despedimos, y cuando recuperé mis cosas del guardarropas, fui trotando tranquilo para volver por La Pampa. Esta carrera no fue cara, y la verdad es que le encontré un sentido a correr por las calles de Buenos Aires, aunque no sea un “desafío” a nivel físico. Las carreras no tienen por qué servir solo para romper marcas. También pueden servir para compartir la experiencia con amigos y disfrutar de otra perspectiva de la Ciudad.

Les dejo algunas fotos que fui sacando en el recorrido. Son muy malas porque la suma de celular más trote más carrera da igual a imágenes movidas y mal iluminadas, pero sirve para darse una idea del recorrido, y la cantidad de gente que vino a hacer sus 10K de nuevo… o por primera vez.

Semana 34: Día 238: Contagiando endorfinas

Si tuviese que enumerar todos los errores que cometí en mi vida, se les secarían los ojos antes de poder terminar de leer. Soy demasiado perfeccionista, pero también soy un inconformista (lo cual no es lo mismo). Me meto constantemente en esa trampa de esforzarme sin llegar nunca a los resultados deseados. Además muchas veces actúo inconscientemente, sin medir las consecuencias, y he herido a mucha gente. Soy impulsivo, lo que puede convertirse en ser temperamental. Tampoco sé decir que no, y eso me ha metido en montones de problemas. A veces la gente me cuenta cosas y por dentro tengo un reloj interno que me dice “Te cierra el correo y si no salís en los próximos 5 minutos, no llegás”, pero por respeto o pudor no me animo a decir nada.

Esto podría ser la punta del iceberg, tengo montones de cosas que me mortifican, que prometo cambiar, y que siguen ahí, satelitando mi cabeza. Pero (afortunadamente hay un pero), tengo una cosa de la que sentirme orgulloso, que es correr y escribir. Esta actividad, que se convirtió en una sola, la pueden ver día a día en el blog. En este año me tomé la libertad de no desesperarme si no actualizaba, cosa que antes realmente me angustiaba. Como Semana 52 se convirtió en algo absolutamente cotidiano para mí, elegí que no se vuelva un lastre. Y aunque la gran mayoría de las veces no logro el nivel que deseo (por eso de ser un perfeccionista-inconformista), reconozco que esto que hago le sirve a mucha gente, quizá más que a mí.

Aunque me la doy de humilde (quizá lo sea), me encuentro con que alguna vez pude ser una buena influencia para alguien. Hoy me escribía en el Facebook Nicolás, un amigo con quien en realidad solo me unía un vínculo laboral. Nunca supe que un día iba a seguir el blog y que lo iba a incentivar a empezar a correr, al punto de que hoy hace, por su cuenta, 8 km de toque, y el fin de semana se le va a animar a los 10 km de las Fiestas Mayas. Me causó gracia su comentario de que no quería seguir explayándose con lo que lo había ayudado Semana 52 porque seguramente me lo decían todo el tiempo. Y si bien me lo habrán mencionado unas 10 veces en estos 2 años y medio, me encantaría saber de cada una de las personas a las que les contagié el germen del running y la vida sana.

Nunca, jamás, me imaginé que podía inspirar a alguien. Pero en serio, jamás de los jamases. Por eso del perfeccionismo-inconformismo, nunca me sentí apto para nada. Solo me gustaba escribir, pero también me resultaba un poco tortuoso, así que intentaba contener las ansias de la redacción o reservármelo para mí mismo. Un día empecé a correr, mezcla del hermoso ejemplo que me dio mi papá, la admiración que sentía por mi hermano Matías, la necesidad de rehabilitar mi tobillo fracturado, y… ganas. Un día me di cuenta que corría seguido, y aprendí solo que sostener un entrenamiento en el tiempo (aunque fuese por cuenta propia) me rendía sus frutos. Años después aprendí lo que se podía progresar entrenando en un grupo de running, y sin saber bien en qué me estaba metiendo se me ocurrió, en julio de 2010, empezar a bloguear un año de entrenamiento mucho más comprometido de lo que había hecho en mi vida.

¿Y qué me imaginaba entonces? Que iba a correr más y mejor. Que iba a mejorar mi físico, y en algún rincón de mis más bajos instintos, fantaseé con que mi autoestima y mi imagen se iban a ver favorecidas. Pero eran sentimientos superficiales y egoístas. No pensé todo lo que iba a aprender de mí mismo, la motivación que iba a encontrar. Y mucho menos pensé que, cada tanto, alguien se iba a contagiar de todo esto, se iba a calzar un par de zapatillas e iba a salir a correr. Juro que cada vez que alguien me cuenta que Semana 52 le provocó algo en su vida, me emociono un par de casilleros antes de llegar a las lágrimas. Porque una de las cosas que yo buscaba demostrar con esto era que un tipo común y corriente podía dar un vuelco y aspirar a más. Y yo era el tipo más común y corriente con el que te podías cruzar por la calle. Antes de Semana 52 no tenía nada que me hiciera sentir especial. Y ahora tengo muchísimo. Supongo que por eso me cebé y me pasé de ese primer año. El día en que completé los 365 días de deporte y vida sana, fui al supermercado y agarré la caja de galletitas oreos bañadas en chocolate, me di cuenta que no podía parar. La volví a dejar en la góndola y me compré unas manzanas.

Me gustaría que todos compartiesen con otros esos cambios. Uno nunca se da cuenta que todos tienen la capacidad de ser una buena influencia, incluso si no se lo proponen. Esto es un plus: animarte a vivir mejor, y que otros se contagien de tu click. Y así vayan contagiando a otras personas. Porque yo sé que no inventé nada, que un día decidí poner en práctica todas esas cosas que había copiado de otros. Así nos vamos multiplicando y generando entre nosotros algo que es únicamente positivo.

Por eso, Nico, no, no me lo dicen todo el tiempo ni me pudrí de escucharlo. Correr me encanta y me hace feliz, pero que otros encuentren su felicidad inspirados en este blog, es lo mejor que me pasó en la vida.

Semana 29: Día 197: Correr un sueño

image

Me di cuenta que escribir la reseña de los 63 km de la Patagonia Run desde el teléfono era una picardía. Necesito extenderme más de lo que me permite mi dedo gordo.
Puedo adelantar que llegamos. Que sufrimos. Que hicimos bien algunas cosas y otras mal. Pero sobre todo que nos divertimos.
Como no me puedo explayar mucho (además estoy filtrado y en cualquier momento me desmayo de sueño) voy a centrarme en el motivo por el que participamos de este ultra trail.
El año pasado Vicky le puso el ojo a esta carrera. Ella sabrá por qué, yo ahora no tengo idea. Pero me la planteó y en mi obsesión de encontrar una carrera de 100 km en la que terminar antes de 10 hs y media, le di para adelante (la montaña sería implacable conmigo y me daría una dolorosa lección de humildad).
Vicky, por su parte, quiso participar en los 63 km, porque 42 le sonaba a poco y 84 le sonaba  a mucho.
Pero la organización es muy estricta con los horarios, y cuando Vicky llegó 5 minutos después del tiempo reglamentario al último puesto de control, no la dejaron seguir hasta la meta.
Ella sufrió mucho por esto, así que le regalé mi medalla de 100k, porque sé lo que le costó correr este desafío para quedarse varada a 6 km de llegar.
También le prometí, hace un año, acompañarla si volvía a intentarlo. Y claro, volvimos por el desafío de Vicky. Como lo planificamos con tanta antelación, se terminó superponiendo con la Ultra Buenos Aires. Asi fue cómo terminé corriendo 100 km el domingo y 63 km de montaña seis días después. No fue fácil, pero lo conseguí. Y ella también.
Con mucho sudor, conseguimos cumplir ese sueño y decir con mucha alegría: “Vicky, la tenes adentro” (la carrera). Fueron 12 horas arduas, con la presión de correr conta el reloj. Pero le pusimos toda la pila, y lo hicimos, apadrinando a Miguel Ángel, el guerrero tucumano de 12 años que está luchando contra las primeras etapas de la leucemia. Asi que hoy fuimos tres los que corrimos por ese sueño, lo que hizo que este ultra trail tuviese muchas cosas en juego.
En breve la reseña completa.

Semana 28: Día 191: Los 100 km de la Ultra Buenos Aires

ultra_buenos_aires_colo_y_vicky

Esta historia empieza a mediados de 2008. Yo había empezado en un grupo de entrenamiento, los LionX, y después de un par de meses de entrenar con cierta regularidad, llegó la hora de probarse en una carrera. Esta fue la Merrell Adventure Race Pinamar. Me enganché en una posta, e hice los 7 km que me correspondían (el último tramo). Al cruzar la meta Germán, nuestro entrenador, se me acercó y me dio un abrazo. Yo no entendí por qué me felicitaba, si lo que había hecho me parecía bastante poco. Tenía compañeros que habían corrido 27 km, y ellos me parecían más dignos de felicitación que yo. Germán nunca olvidó este detalle, y esta anécdota cobró otra importancia en el día de hoy. Les pido que no se olviden de esto, porque va a tener un poco más de sentido hacia el final del post.

Un día decidí empezar con Semana 52, un blog con un objetivo anual, que era entrenar diariamente y mejorar mi alimentación. Germán me acompañó y pasé de haber tenido una de esas Merrells de 27 km como marca máxima, a correr maratones. De hecho, cerré el año corriendo 42 km en Atenas, estilo “guerrilla”. Ya en ese entonces estaba saliendo con Vicky, quien se había quedado en Buenos Aires. Fue ella la que me habló de la Espartatlón, carrera que si bien conocía, nunca le había prestado mucha atención. Ella, sin quererlo, me metió la idea de enfrentarme a esta durísima prueba de 246 km en 36 horas, uniendo Atenas con Esparta.

Para inscribirse en esta legendaria competencia hay que reunir algunos requisitos. El que me parecía más sencillo era correr 100 km en menos de 10 horas y media. O sea, era el más sencillo, sin que eso signifique que era fácil. Un teléfono descompuesto entre un argentino y un griego hablando en inglés hizo que me durmiera y que, cuando las cosas se aclararon, me diese cuenta de que no estaba inscripto en la Espartatlón 2012. Como último recurso, le propuse a Germán organizar una carrera nosotros, de 100 km, para así reunir los requisitos. De esta manera nació la Ultra Buenos Aires. Fede Lausi, de Salvaje Eventos, aceptó darnos una mano con la fiscalización y propuso hacerlo en Marcos Paz. La competencia, que me tenía a mí como único participante, no salió bien en el sentido de que no llegué (hice 77 km, cometiendo muchos errores por inexperiencia). Pero fue algo muy hermoso y movilizador para mí, porque estaba mi familia y mis amigos apoyándome. En una de las situaciones más emotivas, un par de kilómetros antes de abandonar, se aparecieron unos cuantos a correr a mi lado, algunos con jean y zapatillas de lona. Me quedó el gustito amargo de no haber podido cumplir mi sueño, pero el gustazo de haberme sentido tan querido.

Los sueños no se cancelan, sino que se posponen, me dijo alguien en el blog. Me pareció que tenía razón, así que decidimos repetir la experiencia de la Ultra Buenos Aires. Al principio estaba en duda de si Salvaje iba a poder organizar por todos los compromisos previos con sus propios eventos, pero los planetas se alinearon, y Fede Lausi puso la fecha del 7 de abril para correrla. Le sugerí poner varias distancias para que se enganchen no solo corredores de elite, sino cualquiera con ganas de probarse en largas distancias, y así se decidió que tenga un circuito de 25 km, en el que se podía pasar una, dos o cuatro veces, dependiendo de la distancia a la que uno se hubiese inscripto.

Marzo fue un mes muy malo para mí. Caí en una gran depresión por motivos personales, y eso me afectó mucho mi entrenamiento. Corrí 50 km muy lastimosos, que me hicieron olvidar de la Espartatlón, ya que ni siquiera me parecía que podía alcanzar los 100. Pero seguí haciéndole caso a Germán, entrenando las distancias que me sugería, y cuando me tocó hacer 70 km, Vicky me ayudó con la logística… y llegué muy entero. Ahí me pareció que podía llegar.

Pero la tensión no se fue. De hecho, se pasó a mis piernas, y dos días antes de la Ultra los gemelos me dolían terriblemente. El sábado me dio diarrea, me salió una llaga en el labio, y el dolor se pasó a mis tibiales y rodillas. Pensé en abandonar, pero me acordé de Robertito, el nene mendocino con leucemia por el que íbamos a correr. Si él la peleaba todos los días, ¿qué ejemplo le podía dar si renunciaba antes de tiempo?

La salida fue desde la estancia La Mariucha. Originalmente salíamos a las 7, pero unos cuantos rezagados nos demoraron hasta las 7:30. Los de 100 km éramos como siete corredores. Entre los de 25 y 50 superábamos los cincuenta inscriptos. El recorrido eran caminos rurales, y tenía forma de ocho, para que hubiese hidratación en la largada/llegada, al igual que en el km 6,5. Como estaba en el centro, lo volvíamos a pasar en el km 20. La bebida consistía en Powerade en el arco de salida y después agua.

Salí segundo, atrás de Martín Paternó, ídolo cordobés. Mantenía un ritmo imposible de alcanzar. No lo vi en la largada a Germán y me preocupó, pero supuse que solo se había retrasado.

El camino estaba bien marcado, aunque con cansancio encima no veía las flechas. Empecé intentando mantener un ritmo de 5:30 el km. Si podía hacer la mitad así, el resto se podía hacer en 6:30 y así cumplir la marca de las 10 horas y media con holgura. Me preocupaban muchos mis dolores previos, y no estaba seguro de poder correr sin acalambrarme. Pero apreté los dientes y seguí.

Venía escoltado por mis amigos Juandy y El Colo, ambos en bici. Además, mi hermano Matías venía con su auto (igual que el año pasado) y tenía de copiloto a mi papá. Ellos se encargaban de que tuviese comida y agua constantemente. Las ultramaratones son competencias de comer y beber en el que hay lindos paisajes y se hace actividad física.

La primera vuelta de 25 km no tuvo mayores inconvenientes. Casi todo era camino rural, con poco o nada de barro, más un tramo de unos 4 km en asfalto. Como cada vez que salgo a correr al principio del día, hacía mucho pis, muy transparente. Okey, todo bien, es una señal de que los riñones funcionan bien.

Mi sorpresa llegó cuando alcancé el km 21, en el que empezaba la parte crosscountry. Yo imaginé que solo íbamos a cortar camino por campo, pero además de cruzar una cerca de alambre por encima, teníamos que sortear mucho barro y correr por tierra poceada por vacas. Al principio me pareció que iba a jugar en contra de mi objetivo de llegar en menos de 10 horas y media, pero entendí que este tramo iba a hacer el camino menos aburrido.

La meta estaba en un tambo, así que en los últimos metros tuve que esquivar a unas cuantas vacas. Me intimidaban bastante, porque pesan más o menos igual que un auto compacto. Por suerte, cuando me acerqué corriendo se hicieron a un lado. Crucé el arco de llegada a las 2 horas 19 minutos. Ahí, no había nadie para recibirme. Busqué con la vista a Germán, y no lo vi. Dudaba de que hubiese ido y eso me angustiaba mucho.

Empezando la segunda vuelta, llegó mi mamá y mi amigo Javi. Se subieron al auto de Matías y mi papá y me acompañaron esos otros 25 km. Me sentía cansado pero entero. A diferencia del año anterior, fui mucho más conservador con mi ritmo, oscilando entre 5:30 y 5:40 el kilómetro. Juandy intentaba mantener el ritmo, y se sorprendía de lo que le costaba alcanzarnos cuando frenábamos.

En el km 30 me empezó a doler el canto del pie derecho, así que me tomé un calmante sublingual. Como siempre, apreté los dientes y seguí. Por suerte no “toqué el muro”, aunque el ritmo me parecía que bajaba de vez en cuando. Aproveché el asfalto de la colectora para aumentar la velocidad y especular con eso para después. Llegué a la parte de crosscountry (donde ni el auto ni las bicis me podían acompañar), trepé el alambrado y cuando llegué al primer barrial me fui de boca al piso. Las manos me quedaron hundidas, al igual que las rodillas y las zapatillas. Lancé mi característico “¡La puta que me parió!”, me levanté y seguí corriendo.

En la meta, que crucé a las 4 horas 21 minutos, me esperaban mis amigos y mi familia. Pero Germán, mi entrenador, no estaba. No dejaba de pensar en que necesitaba que estuviese ahí, acompañándome en ese día tan importante.

Aproveché para ponerme medias limpias y sacarme las embarradas. Me embadurné con Voltaren, tomé agua y salí.A los pocos kilómetros me crucé con Paternó, el puntero, que estaba sentado en el piso. Le pregunté qué le pasaba y resultó que tenía mal su tobillo. Quise ayudarlo y lo mandé de vuelta a la meta con el auto de mi hermano. Me pareció que no se podía dejar a nadie tirado, y que yo era capaz de arreglármelas solo unos kilómetros. Así pasé a la delantera, pero con la conciencia tranquila.

Esta tercera vuelta, sin dudas, fue un desastre. Estando solo, me di cuenta de que mi pis tenía el color Tang de naranja, incluso cuando estaba tomando puramente agua cada 15 minutos. Estaba agotado y me empecé a hacer la idea de que no iba a llegar. Tomar constantemente agua no me ayudaba, y de pronto las ganas de orinar se repetían y solo salían cinco gotitas oscuras.

Intenté relajarme y beber, pero la situación era frustrante. Se me ocurrió, ya que contaba con un equipo que me cuidaba, de llamar por teléfono a Romina, mi nutricionista. Le pregunté si podía ser hiponatremia, un trastorno causado por tomar agua baja en sodio, algo que puede ser fatal para un atleta. Era plausible. Su consejo: abandonar la carrera y ver a un médico. Le confesé que estaba buscando una excusa para abandonar… y que por eso no quería hacerlo. Me dijo que no tome más agua, solo Powerade, y que la mantenga al tanto.

Ajustamos la estrategia y el auto de mi hermano salió disparado a buscar más bebidas isotónicas. Estaba asustado, porque el pis (que salía en gotitas) era muy turbio y las ganas de orinar me impedían correr. Caminé, maldecí, y pensé en la posibilidad de abandonar la carrera por motivos médicos. Pero de alguna forma decidí seguir avanzando y beber mucho, mucho Gatorade y Powerade. Milagrosamente me volvieron las fuerzas y mantuve un ritmo bastante bueno. Haber frenado había causado que mi ritmo bajase estrepitosamente, pero cuando alcancé nuevamente la colectora de la ruta, aproveché el asfalto para aumentar la velocidad.

Cuando llegué a la parte de crosscountry, habiendo acumulado 70 km (mi marca más reciente), me pareció que podía terminar la carrera. Tenía buen tiempo, encontré con Mak, mi compañero de los LionX que estaba terminando sus 50 km. Me dio mucho aliento y lo pasé. Cuando levanté la pierna izquierda para trepar el alambrado, me dio un terrible tirón en la nalga. Pensé que no iba a poder seguir, así que me tomé otro calmante. Pero por suerte los músculos se fueron aflojando y pude seguir.

Crucé la meta en 7 horas 28 minutos. Busqué con la vista a Germán, mi entrenador, y no lo vi. Aunque no estaba, no perdía las esperanzas de que se asomase de atrás de un árbol. Cuando me crucé con Mak no tuve el coraje de preguntarle si había venido, por miedo a que me confirme que se había quedado. Estaba confiado en terminar, sentía que tenía la carrera en el bolsillo, pero el triunfo iba a tener un gusto amargo. De todos modos, no podía asegurarme de poder terminar aún.

Antes de salir le pedí a Vicky que se suba al auto de Matías y corriese conmigo esos últimos 4 km crosscountry. Debería aclarar aquí que Matías se iba a quedar la mitad de la carrera, para volverse a casa y cumplir su rol de padre y esposo. Pero se dio cuenta de que lo necesitaba, y que sin él se hubiesen dificultado mucho las cosas. Yo sospechaba que no se iba a querer volver.

Esta última vuelta, teniendo 3 horas de margen, la podía hacer en un ritmo de 7 minutos el kilómetro. Empezaba a entrar en terreno desconocido, siendo que mi única referencia eran los pésimos 77 km que hice en Marcos Paz el año pasado. Juandy iba y venía con su bici, consciente de la importancia de que tomase bebidas isotónicas todo el tiempo. Mi papá y Vicky, copilotos de mi hermano, me alcanzaban también bebida, comida y Voltaren para cada dolor nuevo. Tuve las molestias más inusuales de mi vida. Por ejemplo, en un momento se me acalambró el cuello, debajo de la mandíbula, y la lengua me quedó dura. ¿Cómo puede ser tan traumático hacer algo tan maravilloso como hacer actividad física?

Mi papá, viéndome sufrir esos últimos kilómetros, me dijo “Tengo ganas de bajarme y correr con vos”. Le dije que bueno, que venga, así que compartimos un recontra emotivo trote entre padre e hijo.

Llegamos a la ruta y, como las vueltas anteriores, aceleré. Me preguntaron si no estaba yendo demasiado rápido, y confesé que necesitaba ese margen. No estaba seguro de cuánto me iba a tomar la parte de crosscountry, que parecía un pantano. Yo, mientras tanto, hacía cinco gotitas de pis cada 10 minutos, y puteaba.

Vicky se bajó del auto faltando 4 km, lista para encarar conmigo la parte más complicada de la carrera. Una pareja de amigos que estaba terminando la tercera vuelta de los 100 km me alentó y me aseguró que llegaba cómodo. No quise cantar victoria. En el maldito alambrado nos esperaba Mak, quien en lugar de ayudarnos a pasar por arriba lo levantó y cruzamos en cuatro patas (igual me dio un tirón en las piernas terrible). Él nos guió por el terreno dificultoso, esquivando el barro y las partes más complicadas. ¡Cuantos atajos que conocía! Me hubiese hecho una carrera muy distinta si yo los hubiese captado. Como un padre, Mak nos cuidaba y decía “cuidado con la rama”, “miren al suelo”, “vengan por acá”, “no hables, guardá fuerzas”. Como si fuera poco, además me daba aliento.

Vicky me decía que no afloje, que atrás venían las chicas y que me iban a alcanzar. Es un chiste interno, el modo en que lo presionaba su mejor amigo a Scott Jurek (mi ídolo, ultramaratonista vegano). Cruzamos nuevamente por el tambo, las vacas, y más amigos (El Colo, la Morocha, Julio) se acercaban para correr conmigo los últimos metros. Sentía que se me salían las lágrimas al ver tanta muestra de cariño.

Mak, que se comportó como todo un caballero, frenó faltando 10 metros para la llegada, así la cruzaba yo solo. Por instinto, apenas crucé, fui derecho a abrazar a mi mamá y me largué a llorar. Ni siquiera me detuve a mirar el reloj, que marcaba que mis 100 km se terminaron en 10 horas 14 minutos, holgado para pode clasificar para la Espartatlón. Empecé a abrazar y a besar a todos los que estaban ahí para verme, y entre tantas caras apareció Germán, mi entrenador. La alegría de ver que sí había estado (resultó que no nos habíamos cruzado las dos vueltas anteriores) me emocionó tanto que nos fundimos en un abrazo y también lloré sobre su hombro. Mucho cambió en estos cinco años en que me abrazó después de esos 7 km de Pinamar y los 100 km que acababa de terminar. Hubo mucho trabajo, mucho crecimiento, y pasamos de ser profesor y alumno a ser amigos.

Vicky me decía que me amaba, que estaba orgullosa de mí, y también lloré con ella. Es la primera vez que me emociono tanto con una carrera. Realmente fue muy difícil para mí, y en todo momento me sentí contenido por mi familia y mis amigos. Que todos ellos se hayan venido desde tan lejos a correr o a venir a alentarme. Sufrí mucho. Dudé bastante. Pero el estar tan contenido por todo ese afecto, hace que todas esas cosas negativas pasen a un plano muy secundario. Hice fuerza por mí, por Vicky, por mi familia y amigos, y por Robertito. Y todo eso dio sus frutos. Poco importó si salí primero (de hecho, fui el único que logró terminar los 100 km). Lo que para mí vale es que, aunque la ultramaratón es una actividad muy solitaria, yo la terminé gracias al trabajo en equipo.

Ahora dejo el espacio para la demagogia, porque tengo que agradecer a todos los que me ayudaron a cumplir mi sueño. A Vicky, por confiar en mí y estar siempre a mi lado. A Germán, mi entrenador… por los mismos motivos (pero sin el tinte romántico). A Romina, por sus consejos y por tranquilizarme en un momento desesperante de la carrera. A mis papás y mis hermanos Lucas y Santiago, representados en el imprescindible Matías. A Juandy y el Colo, que se bancaron casi 100 km de bici y terminaron hechos una piltrafa. A Javi, que vino a verme aunque era su cumpleaños (¡un grosso!). A la morocha y Julio, por acompañarme y sacar unas fotos espectaculares. A los chicos de los LionX que pudieron acercarse: el Gato, Gloria, Vane, Lean, y en especial a nuestro patrono protector Mak. Todos ellos son parte de la elite espartana. A Fede Lausi, que se sumó a mi sueño y me dio una mano enorme para hacerlo realidad. La Ultra Buenos Aires es ahora toda suya. A todos los voluntarios y corredores que me dieron aliento y ofrecieron su ayuda en todo momento. A todos los que no pudieron venir e igual se preocuparon por el resultado de la carrera y me contactaron por teléfono, whatsapp o mensaje de texto (demasiados para nombrarlos a todos). Y a todos los lectores de este blog que no dudaron de mí ni un instante. Gracias, de corazón.

Semana 27: Día 183: Beneficiarse de la vida

Scott Jurek es un atleta. Pero no uno cualquiera, sino que además es de elite. Y como si fuera poco, es vegano, y a diferencia de otros campeones, es una persona llena de humildad y sabiduría.

Ahora estoy leyendo su auto-biografía “Eat & Run”, que es simplemente magnífica. Jurek es un chico de clase baja con un padre severo y una madre con esclerosis múltiple. La cercanía con la naturaleza es su gran incentivo, aunque probablemente lo que más lo motivó fue vivir despojadamente, sin los lujos de la clase media.

En su discurso de despedida de clases, dio un consejo brillante, que poco tiene que envidiarle a los recordados ensayos de Steve Jobs (también vegano, casualmente):

“Me gustaría dejarles cuatro mensajes para ayudarlos a ustedes y a otros a beneficiarse de la vida.

Primero que nada, les pido ser diferentes.

Segundo, encontrar un modo de ayudar a los otros en vez de pensar solo en ustedes mismos.

Tercero, todos son capaces de tener éxito. Nunca dejen que alguien los desaliente cuendo estén buscando un objetivo o un sueño.

Y finalmente, hagan las cosas mientras sean jóvenes. Asegúrense de buscar su ssueños y objetivos incluso si ellos parecen imposibles”.

La vida es esta, y el momento para sacarle el jugo es ahora.

Semana 25: Día 174: Un fondo de 50 km

El fin de semana corrimos en Tandil. No la pasamos muy bien. Pero le pusimos el pecho y corrimos. Levantamos el viaje, la carrera salió muy bien y volvimos a casa.

Pero me quedé mal. Pinchado. Me costaba pensar en el blog o en entrenar. Nunca me pasó, pero en tres años de Semana 52 era plausible que alguna vez me ocurriese.

Así estuve, envuelto en angustiosos temas personales que no quisiera tratar acá. Por suerte atravesé esta especie de “crisis” con mi relación con Vicky intacta. Nos apoyamos mutuamente y, de a poquito, fui dejando de lado los pensamientos negativos y empecé a escarbar para encontrar lo bueno.

No puedo decir que ya pasó todo y que mis problemas se resolvieron. Pero sí sé que un camino para encontrar una suerte de equilibrio es volver a la rutina, a esas cosas que definen tu vida. En mi caso fue entrenar otra vez pensando en la Ultra Buenos Aires. Germán, mi entrenador, me había adelantado que el jueves tocaba correr 50 km, así que ayer decidí hacer justamente eso.

Me compré una caja de geles en Farmacity, me armé un camelback de Vicky con agua y algo de frutas secas y gomitas. Dormí unas 5 horas, para tener tiempo de desayunar algo y estar a las 6 de la mañana saliendo de casa. A la mañana estaba ventoso y fresco, así que salí con una remera de manga larga y un pañuelo tipo “buff” en el cuello y otro en la cabeza.

Fue duro. Atravesé Libertador, todavía a media máquina. Mantenía un ritmo de 5:20 el kilómetro, pero el cerebro no dejaba de carburar. Tampoco estaba en mi pico máximo de entrenamiento, así que decidí poner a prueba la mente, principalmente. ¿Se puede sacar fuerzas y concentración donde aparentemente no la hay. Cuatro horas y 57 minutos (con unos lasitmosos últimos 7 km) dan cuenta de que sí, que se puede. Como pude sorteé los obstáculo, apreté los dientes, y en ros horas y cuarto llegué al Tigre. Nunca me imaginé que ir Colegiales hasta Tigre era algo que podía hacerse de pie. Menos que podía hacerse ida y vuelta.

Ahora estoy entero, con la satisfacción de una prueba difícil que pude superar. No hay mal que dure 100 años ni cuerpo que lo resista… pero hoy, sin entrenamiento propicio, ni el mejor equipo o en un estado de ánimo óptimo, comprobé que al menos mi cuerpo resiste 50 km sin parar.

A %d blogueros les gusta esto: