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Semana 33: Día 230: La trama se complica

Voy a hacer un post de confesiones. Probablemente no sorprendan a nadie las cosas que diga a continuación, pero conviene dejarlas por escrito y hacer catarsis.

Tengo tantas ganas de correr 100 kilómetros como el pánico que me da. Me encantan los desafíos, pero sé que estoy pasándome de mis límites, que esto no va a ser gratis. Me encanta correr, es algo que me da un inmenso placer. El running para mí es terapeutico. Me da paz. Estos días de incertidumbre con los griegos solo eran calmados por mis jornadas de entrenamiento. Correr toda esa distancia junta, probablemente, me obligue a correr mucho menos en las semanas siguientes. Pero es un precio justo por lo que vale el desafío, y por pre-clasificar para la Espartatlón.

Y ahora viene la segunda confesión, que vengo guardándome, y es que no me termino de recuperar de las rodillas. Patagonia Run fue mucho más dura de lo que me imaginaba. Obviamente no estaba preparado para la montaña, ni me imaginé que iba a necesitar más potencia de piernas. Fue la prueba más difícil de mi vida, y encuentro algo de consuelo en el hecho de que la pude terminar. No lo hice en mi mejor estado, y tuvo sus consecuencias. Ahora corro y las rodillas empiezan a doler. Mucho, pero no como para detenerme. Creí que a esta altura ya iba a estar al 100%, pero ayer me di cuenta que estoy lejos todavía. Hicimos un fondo de 20 km, que fueron 4 vueltas al hipódromo de San Isidro. Al final de cada vuelta, nos hidratábamos y estirábamos un poco, nunca más de tres minutos. Eran en progresión, y quizá tendría que haberme guardado o haberlas hecho estable. El tiempo fue excelente, 1 hora 35 minutos (descontando esos pequeños descansos). Y hoy sentí dolores todo el día, al arrodillarme, al sentarme. Son señales de alarma, que colaboran con ese pánico creciente, que intento esconder.

Correr me encanta, pero estoy jugando con distancias que van más allá de lo que estoy acostumbrado. Es parte del crecimiento, y en algún momento hay que correr el techo. Pero los 20 kilómetros de ayer eran una quinta parte de lo que me toca dentro de 10 días. ¿Voy a poder seguir y completar los otros 80 kilómetros? ¿Qué consecuencias voy a tener? ¿Cuánto voy a necesitar descansar después? La meta es llegar en menos de 10 horas y media. Si no, estoy sonado. La presión está ahí presente, la oportunidad de correr la Espartatlón es una sola.

Sé a lo que me enfrento si no la puedo correr. Estos días en que no sabía cuál iba a ser mi destino resultaron muy jugosos para el blog. Hoy casualmente hablaba con mi amigo Javi, esporádico lector, que me reconoció estar en el borde de la silla, esperando las novedades de cada día. Y reconozco que mientras la cosa se complicaba, yo me decía para mis adentros que ahora iba a tener tela para cortar. Pero la verdad es que la pasé muy mal. Mucha angustia que no supe cómo resolver. Vicky me hablaba de alternativas como otras carreras en la misma fecha que la Espartatlón, o cambios en el itinerario (más días en París, menos en Atenas), y yo me sentía como Zorba, el Griego, cuyas pertenencias ya se las querían repartir antes de que él muriese. Sé que dramatizo, y puse mi energía en encontrar una salida a este dilema de la pre-inscripción. Pero prácticamente fue todo lo que pude hacer. El día se convirtió en huecos entre las respuestas de los griegos, y entrenamientos, donde los problemas se disipaban.

Sé a lo que me enfrento si no llego. No me voy a morir de tristeza, pero me puse tanta expectativa que puedo soportar no llegar, intentar la Espartatlón y tener que bajarme antes de la mitad, pero no puedo tolerar la situación de quedarme con las ganas. Quizá eso es lo que realmente me da pánico de la Ultra Buenos Aires, porque si no llego, se terminó Grecia para mí hasta el año que viene.

Por ahora, las cosas que puedo manejar, están marchando. Solo dependo de que mi punto más débil en mi carrera de fondista, las rodillas, no me fallen. Y que aguanten “nada más” que 100 kilómetros.

Semana 19: Día 129: La mejor forma de recuperarse

Soy humano. No soy esa máquina que creía ser, esa especie de Rocky Balboa que entrena en la nieve levantando reses. No, a más corro, más cansado me siento, y empiezan a aparecer los dolores. Intento no flaquear, porque la primera reacción que uno tiene ante el sufrimiento, es evitárselo. Es natural. Es humano.

Cuando empecé a tomarme el entrenamiento en serio, en septiembre de 2010, en seguida me dolieron los tibiales, y fue algo que me tomó unos dos meses para superar. Por aquel entonces andaba en los 25 o 30 km semanales. Con toda la furia podía llegar a 45, pero era lo máximo. En las últimas dos semanas acumulé 150 km, y lo siento especialmente en las rodillas. El resto de la pierna se queja un poco, pero pasa casi desapercibido.

Con los años aprendí que la mejor forma de recuperarse después de un esfuerzo muy grande es seguir activo. Es una fórmula casi instantánea. Cuando terminé la maratón en Grecia, frené en seco. Grave error, las piernas no me respondían, como si fuesen de otro. En mis primeras carreras, después de darlo todo y quedar agotado, me tomaba una semanita de descanso. A veces dos. Volver a entrenar después era muy difícil, notaba que había perdido toda la elasticidad, y me pasaba ese período de “recuperación” con tirones y dolores constantes.

Entonces hice lo contrario a lo que venía haciendo, y volví a entrenar pegado a las carreras. Ayer, domingo, hice un fondo de 30 km que evidentemente me agotaron, porque estuve el resto del día dolorido y con la típica dificultad para caminar. Pero me mantuve activo, nada de estar quieto y tirado en la cama. Hoy hice un entrenamiento suave (dos progresiones de 5 km) y cuando empecé fue muy lastimoso, con un dolor en las dos rodillas bastante molesto. Pero me dejé llevar, y todo se fue acomodando. Al final pude terminar en un pique. Sigo sintiendo algo de dolor, y  me espera un duro período de acostumbramiento a este entrenamiento intensivo (un lector teorió que podía tener tendinitis iliotibial), pero la mejor forma de seguir aguantando y recuperarme más rápido, es seguir corriendo. Retroceder nunca, rendirse jamás.

Semana 29: Día 127: Esa (otra) maldita rodilla

Hoy hizo un calor agobiante. El día amaneció nublado, y parecía que íbamos a correr bajo la lluvia… pero se abrió, salió un solazo, y nos calcinamos lentamente mientras corríamos por el asfalto.

Ese dolor que tenía en la rodilla derecha, con el correr de los días, fue desapareciendo. Al principio me puse Voltaren (una crema que tiene diclofenac) pero a los dos días dejé de hacerlo e intenté prestar atención en qué situaciones me dolía. Parecía que era subiendo cordones o escaleras. Pero, finalmente, dejó de molestar.

Hoy, corriendo en las calles de Acassuso, la rodilla empezó a doler… pero era la izquierda. ¿En qué quedamos? No creo que haya sido “compensación”, porque no cambié mi forma de andar, no redistribuí el peso… simplemente seguí como si nada, esperando a ver cuándo se activaba la alarma del dolor. Ahora que me ponía a prestar atención para evaluar si ya estaba del todo recuperado, aparece esta nueva molestia en la otra rodilla.

Y se notaba que no era el mismo dolor, uno era un pinchazo rápido, como punzante. Al principio se sintió como un pellizco (por dentro) y después una aguja que se clavaba de vez en cuando. El nuevo, en la otra pierna, se sentía como una bolita, algo que estaba de más. Era más largo, menos intenso.

Cuando a un corredor le pasan estas cosas, la imaginación se activa y empiezan a aparecer imágenes de ligamentos cortados, microfracturas, inflamaciones, cartílagos dañados… Yo además imagino la etapa de rehabilitación, estar con la rodilla con hielo mientras transformo el blog en una crónica de mi rehabilitación. Pienso en los futbolístas que tienen sus rodillas hechas polvo y no pueden estar más de una hora de pie, o en amigos que de tanto jugar a la pelota se van destruyendo las articulaciones un partido a la vez. Siempre pienso en el peor escenario posible, y me justifico diciendo que es mi manera de ahuyentar esas mismas posibilidades.

La paranoia es muy fuerte, pero finalmente el dolor desapareció, y completé 18 km con unas 40 cuestas. La intensidad del entrenamiento está en marcado aumento, y se supone que estas molestias van a ser constantes. También al correr y fortalecer más las piernas, debería ir corrigiendo todas estas cosas. Eso espero, mañana me toca un fondo de 30 km, y aunque la voy a hacer solo, estoy intentando tener toda la motivación y preparación que tendría en una carrera común y corriente.

Semana 18: Día 123: 208,25 km en un mes

Este racconto de la distancia que corrí en el mes es algo muy aleatorio. Cuando empecé a implementarlo no tenía idea de con qué me iba a encontrar. En un principio, durante octubre del año pasado, hice 208,73 km en un mes. Me pareció una locura, pero en los meses siguientes quedé bastante lejos de esa marca. Por ahí la Maratón de la ciudad de Buenos Aires me había dado un empujón. Pero durante enero no hubo carreras, así que eso es indicio de algo.

Empezamos el entrenamiento fuerte para la Espartatlón. La semana pasada hice casi 72 km. Ayer entrené con los Puma Runners, y hoy de nuevo a correr solo, haciendo un fondo de 12 km. El entrenamiento regular más el extra me acercó, en 10 días, a aquella primera marca. Estimo, si todo sale bien, que en febrero voy a superar ampliamente esta distancia, aunque cuente con 28 días y no los 30, 31 normales.

Y remarco el “si todo sale bien” por la maldita rodilla, que empezó a molestar el lunes. Ayer la sentí, en dos oportunidades. Se queja cuando subo un cordón o una escalera. Me llevé Voltaren y una rodillera en la mochila. Pero no los usé. Hoy, que era tarde y estaba cansado, hice mi fondo en la cinta del gimnasio. Por la época del año y la naturaleza del ejercicio estático, transpiré como un marrano. Pero el tener todo controlado con esas pantallas de números digitales me permitió calcular la velocidad como para hacer todo en menos de una hora. Intenté escuchar la radio para no aburrirme, pero al transpirar tanto, los auriculares se me resbalaban de las orejas, así que no pude terminar de escuchar a Wainraich y Julieta Pink. Deberé comprar uno de esos cosos que se ajustan a las orejas y que los venden como “deportivos”.

Se vienen entrenamientos muy largos. Me animé a espiar lo que se avecina, y anticipé un fondo de 35 km. Ahí si no me llevo un gel e hidratador, estoy al horno con papas.

Mañana se viene un post muy especial. Lo iba a subir hoy, pero me acordé que los fines de mes hago el balance del cuentakilómetros. Si son de los que se saltean posts largos, resistan la tentación y lean el de mañana. Después no digan que no les avisé.

Semana 18: Día 121: El elefante encadenado

Hoy fuimos con Vicky a pasar el domingo al Tigre. La idea era aprovechar un día espectacular, quizá refrescarnos un poco en el río, y descansar. En el camino la rodilla se quejó un poco, y estar al aire libre era una forma de sacar la cabeza del pánico de una lesión.

Aproveché también para avanzar con mis lecturas. Terminé hace poco un libro de Chuck Palanhiuk (autor de “El Club de la Pelea”) llamado “Snuff”, que trata de una actriz porno que, ante su inminente decadencia, decide filmar una película con la que rompa el récord mundial de actos sexuales seguidos (500 es el número). Me fascinó (no por la temática, sino por cómo escribe) y pasé al siguiente al instante, que fue “Pigmeo”, los informes de un agente adolescente asiático que se infiltra en una familia norteamericana tipo, para cometer un atentado terrorista.

Venía con una seguidilla de Palanhiuk, y como me quedan 3 o 4 libros más de él, la idea era mantener este período de obsesión con el autor. Pero mientras yo avanzaba con los terroristas adolescentes comunistas, Vicky estaba inmersa en un libro llamado “¡Date Cuenta!”, de Silvia Freire. Y me lo pasó, porque se identificó mucho y quería que yo tenga un pantallazo de cómo es su forma de pensar (yo, para colmo, solo tenía para ofrecerle un libro con una actriz porno buscando el record Guinness y terroristas adolescentes asiáticos comunistas).

Hoy, tirado en una lona, leyendo a la sombra, me encontré con una cita fantástica que hace Freire sobre un cuento de Jorge Bucay. Quizá me haya impactado porque estoy en una etapa especial, con la rodilla en peligro. La mente, dice la autora, nos predispone a cosas buenas o malas, dependiendo de nuestra actitud hacia la vida. Y lo ejemplifica con el siguiente texto. Yo tomo la posta, y lo comparto también:

Cuando yo era chico me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. También a mí como a otros, después me enteré, me llamaba la atención el elefante. Durante la función, la enorme bestia hacía despliegue de su peso, tamaño y fuerza descomunal… pero después de su actuación y hasta un rato antes de volver al escenario, el elefante quedaba sujeto solamente por una cadena que aprisionaba una de sus patas a una pequeña estaca clavada en el suelo.
Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en la tierra. Y aunque la cadena era gruesa y poderosa me parecía obvio que ese animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su propia fuerza, podría, con facilidad, arrancar la estaca y huir.
El misterio es evidente:
¿Qué lo mantiene entonces?
¿Por qué no huye?
Cuando tenía cinco o seis años, yo todavía confiaba en la sabiduría de los grandes. Pregunté entonces a algún maestro, a algún padre, o a algún tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapa porque estaba amaestrado.
Hice entonces la pregunta obvia:
–Si está amaestrado ¿por qué lo encadenan?
No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente.
Con el tiempo me olvidé del misterio del elefante y la estaca… y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho la misma pregunta.
Hace algunos años descubrí que por suerte para mí alguien había sido lo bastante sabio como para encontrar la respuesta:
El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño.
Cerré los ojos y me imaginé al pequeño recién nacido sujeto a la estaca.
Estoy seguro de que en aquel momento el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y a pesar de todo su esfuerzo no pudo.
La estaca era ciertamente muy fuerte para él.
Juraría que se durmió agotado y que al día siguiente volvió a probar, y también al otro y al que le seguía…
Hasta que un día, un terrible día para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a sus destino.
Este elefante enorme y poderoso, que vemos en el circo, no escapa porque cree –pobre– que NO PUEDE.
Él tiene registro y recuerdo de su impotencia, de aquella impotencia que sintió poco después de nacer.
Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese registro.
Jamás… jamás… intentó poner a prueba su fuerza otra vez…
Vamos por el mundo atados a cientos de estacas que nos restan libertad… condicionados por el recuerdo de «no puedo»…
Tu única manera de saber, es intentar de nuevo poniendo en el intento todo tu corazón…

JORGE BUCAY, «Recuentos para Demián»

Semana 18: Día 120: Dolor de rodilla

Hay pocas cosas que el quiten el sueño a un corredor, como lesionarse. Y en el rubro lesiones, casi siempre lo que más se impone es el dolor de rodilla. Una señal de alarma que nadie quiere escuchar (pero que es imposible ignorar).

Hace mucho tiempo que no sentía molestias. Atrás quedó mi maldita costilla (en realidad fueron dos) y todo parecía estar en orden. Quizá lo esté, y mi caso sea solo dramatización. Pero ahí estaba yo, después de haber hecho 72 km en una semana, con un pinchazito en la rodilla. Así empieza. Un mal movimiento, o recargar el peso de la pierna en algún ángulo raro, o al girar para volver a hacer una cuesta. Se siente como un pellizco interno. Y uno reza, ruega, implora que no pase de ahí. Que sea un hecho aislado, que no pase a mayores, que la cabeza esté sobredimensionando todo.

Y después, subiendo el cordón de la vereda, aparece de nuevo. Y a las dos horas, al subir al colectivo. Y a la noche, al levantarse de la silla. Un sudor frío baja por mi espalda mientras pienso en que el pinchazo se convierta en dolor de verdad.

“Ahora va a saltar todo lo que haya que ajustar”, me dijo mi entrenador. Por poco no duplicamos la cuota semanal de entrenamiento. Si todas las semanas son iguales a esta, voy a llegar a 300 km en un mes. Es un salto grande, pero no tanto como la Espartatlón (carrera que, al parecer, voy a tener que correr de colado).

Hielo, entrenamiento y paciencia. Quizá algo de Voltarem en crema. De momento, es todo lo que puedo hacer. Eso y tratar de pensar en otra cosa. Una de las fantasías que me agarra es la de intentar no recargar tanto sobre la rodilla izquierda y terminar lesionándome la derecha. Quizá sea fatiga, falta de descanso. O el volumen extra saca a relucir un cartílago que pide cambio, señor juez. Veremos en qué deriva.

Por ahora solo me resta enfrentar el domingo, que es de descanso absoluto. Probablemente me lo pase en el Tigre, nadando en el río. Ahí hay una actividad que puede sacar de mi cabeza, por unas horas, este temor causado por un pellizco en la rodilla.

Semana 34: Día 232: Para qué sirven las rodillas

Las rodillas, además de que sirven para flexionar las piernas más o menos por la mitad, sirven para arrodillarse (generalmente en situaciones de súplica) y para golpeársela con diferentes objetos. Juegan un papel fundamental para la caminata, y ni que hablar para correr.

Cuando uno se lastima una parte del cuerpo, descubre qué tan importante es. O sea, para qué cantidad de cosas la usamos. Sólo cuando se presenta el dolor tomaomos consciencia de que hay algo primordial que no está funcionando.

La rodilla no sólo me dolió para caminar, sino para sacarme las medias, para sentarme, para ir a buscar el control remoto… Me di cuenta, además de que soy más frágil que una crisálida, que al no poder correr no me alcanza el tiempo del semáforo. Cuántas veces apuramos el avance de los autos con una carrerita, mínima proeza que sería suicida en mi actual estado.

Ayer, mientras la rodilla se hinchaba y yo empezaba a quejarme, asaltaron a un amigo muy querido. Cuando los infames bribones se alejaron, él atinó a correrlos, y lo disuadieron amenazándolo de dispararle. Astuto, él desistió, ya que su vida vale muchísimo más que el dinero. Yo intenté consolarlo diciéndole que yo prefería que me roben a lesionarme la rodilla y no poder correr. Dicen que mal de muchos es consuelo de tontos. Y mal de uno es consuelo de ninguno, agrego yo. Pero realmente hay cosas peores (Harry Potter preferiría vivir en nuestro país, inmerso en la inseguridad, la pobreza, la falta de oportunidades, a ser constantemente perseguido por el Señor Oscuro).

Esta situación del robo y la persecusión fallida me recordó a otras situaciones similares. Cuando me fracturé el tobillo obviamente no podía correr. Ya con los huesos casi soldados, rengueaba un poco pero caminaba sin yeso ni muletas. Cuando bajé del tren Roca vi cómo un ladrón intentaba sacarle dinero a un pobre niño que estaba demasiado aterrado para sacárselo de encima. Puse mi mano sobre el hombro del delincuente y le di un fuerte empujón, que los separó. “Dejalo en paz” le dije, con mi mejor voz de superhéroe. El crío me agradeció y huyó despavorido. Y claro, quedamos solos el delincuente y yo. Y no podía correr. Me siguió varios metros, me insultó por meterme donde no me correspondía, me pateó (afortunadamente en la pierna sana) y se dio media vuelta y se fue. Lo ignoré todo el tiempo, pero en el fondo me daba cuenta que necesitaba de mis piernas para escaparme de esa situación tan tensa.

En este caso no tengo una lesión en el tobillo, pero sí en la rodilla, lo que me pone en una situación en desventaja para muchas cosas en la vida. Para llegar temprano, para perseguir malhechores y para escapar de ellos (y, quizá, hasta para arrodillarme y suplicarles… espero que me sepan entender si en este momento no puedo hacerlo).

La rodilla hoy me duele la mitad que ayer, lo cual no es poco. Me puse átomo desinflamante, que tiene un olor que me recuerda a mi padre. No voy a poder entrenar, y eso me fastidia un montón. Pero tengo esperanzas de que para el sábado pueda volver a correr. Si el dolor disminuye 50% cada día, el fin de semana voy a volver a ser el de antes.

Semana 33: Día 231: Esa maldita rodilla

Los guionistas de Semana 52, decididos a volver a levantar el rating, han establecido que Martín Casanova sufra una nueva lesión. De acuerdo a cómo responda el público, esto no será nada, un dolor pasajero,  o se convertirá en el nuevo obstáculo a sortear.

El episodio comienza con Casanova intentando dar fin a su demencial proyecto de distribuidor. Feliz por haberse sacado de encima un compromiso que ya no lo motivaba, va a entregar la última cajita a un expreso en el barrio de La Paternal. Llega luego del horario de cierre, y cree que el destino no quiere que esa entrega se realice. Pero golpea la puerta y lo atienden igual. “¡Qué buena suerte tengo!” piensa. Despacha el envío, da media vuelta y golpea con su rodilla izquierda una columna. Da justo en el ángulo, y su visión se nubla por un conjunto de estrellas.

“No puedo ser tan torpe” piensa, y se va, disimulando. Pero el dolor es muy fuerte, y se detiene un momento, en la vereda, para recuperarse. “Quizá sea como esos golpes en el codo, que duelen mucho y a los pocos minutos se pasa”, se dice a sí mismo, el muy iluso. Camina hasta la parada del tren que lo dejará en Palermo, y de ahí caminar unas pocas cuadras hasta la Feria del Libro. Pero la caminata es un tanto incómoda.

Las horas siguientes son de queja. Pero sus amigos están acostumbrados a que Casanova se queje y exagere sus dolores. Incluso lo cargan con que sopla un viento fuerte y él se lastima. Mientras intenta ignorar a su rodilla, recuerda cómo, 130 días atrás, se lesionó tontamente su costilla. Pareciera que la torpeza es cíclica, y siempre vuelve.

Llega la noche. Hora de cerrar el stand e ir a cenar. Lo que antes parecía un dolor, ahora es una agonía. Cuesta caminar. Sobre su cabeza revuelan estrellitas y pajaritos, girando y girando. Tarda 10 minutos en llegar hasta la parada del colectivo, lo que normalmente le llevaría un tercio del tiempo. Algunos le recomiendan ir al hospital, pero ¿es necesario? Diclofenac, átomo desinflamante, y paciencia.

Le asusta volver a  estar una temporada sin correr. Quizá sea una bendición disfrazada, una señal del destino para que baje un cambio, se dedique a la feria, y no sobre-exija a su cuerpo. Siempre se puede retomar el entrenamiento. Quizá sea una muestra de que él es un torpe, pero no hay forma de cuidarse de un mal movimiento. Como sea, será cuestión de esperar a mañana, al próximo capítulo, para ver qué pasa. A la misma hora, por el mismo canal.

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