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Semana 36: Día 248: Llegué a mi límite, soy humano

Hoy fui al entrenamiento. Lo que no quiere decir que haya entrenado.
Un resfrío con una tos copiosa se apoderó de mi cuerpo y, con el correr de los días, me fue tirando para abajo como si tuviese un ancla. El sábado estaba resfriado, pero correr me levantó mucho. Hoy el milagro no se repitió.
La tos constante hace que tenga la garganta irritada, que me duelan las dorsales y que me haya convertido en el ser menos discreto de la casa. Mi hermano Lucas, muy metido en el mundo del yoga, veganismo (copión) y los tratamientos naturales me dio una crema que me froté en el pecho y que me alivió bastante. Además me hizo meterme una pipa con agua salada en una de las fosas nasales, y de la otra salía el líquido llevándose el moco. Los hindúes están muy evolucionados en remedios naturales.
En este estado, no podía correr. Pero quise ir igual, porque el grupo de entrenamiento es mi espacio… y ahora que estoy en la nebulosa, cuidar y disfrutar de mi lugar se convirtió en algo primordial. Pude intercambiar ideas (San Isidro pisa fuerte como posible destino para vivir), charlar con amigos y cenar vegano con ellos (y chupar frío).
Supongo (o “deseo”) estar mejor para el miércoles, día de entreno. Si no, será el jueves. Quiero estar bien preparado para la maratón de Río (y para calzarme la zunga).

Cantidad de veces que tosí escribiendo este post en el colectivo: 27

Semana 27: Día 186: Miedo al agua

Quienes vivimos en Buenos Aires y estamos más o menos informados ya sabemos que la lluvia que padecimos el día de ayer provocó un desastre. Casas inundadas, colectivos anegados, autos volcados y hasta víctimas fatales. A mí todavía me sorprende que en pleno siglo XXI las fuerzas de la naturaleza nos de una paliza a los hombres cada tanto. Creemos que somos la especie dominante, pero nos falta mucha previsión, y bastante humildad.

Quizá usted creía que yo iba a decir que le tengo miedo al agua y que por eso no me baño con toda la frecuencia que le gustaría a Vicky. Bueno, no, en realidad tampoco le temo a la lluvia. He chapoteado y corrido bajo tormentas, con gran felicidad. Pero en La Misión, mientras intentábamos dormir con nuestras bolsas de dormir bajo un aguacero, me replanteé toda esa algarabía del “singin’ in the rain“.

Podríamos decir que no le temía a la lluvia y ahora sí. Bueno, anoche sí. Se suponía que iba a ir a entrenar con los Puma Runners, pero el pronóstico venía amenazando con que se iba a caer el cielo, y le creí. No la pegaron con el horario (lo anunciaban para las 4 de la tarde y lo peor aconteció bastante pasada de la medianoche), pero por las dudas decidí creerles. Se me hace que desde aquel fatídico granizo que abolló montones de autos hace unos años, ahora el Servicio Meteorológico Nacional lanza un alerta “por las dudas”. Pero bueno, esta vez la tormenta se hizo sentir, y amanecimos el día de hoy, martes, con bastante agua.

Yo tenía que correr 20 km en algún momento. Y arrugué.

No suelo hacer eso. He tenido entrenamientos con una fina lluvia y una sensación de plenitud total. Pero el domingo tengo los 100 km, MIS 100 km, y no me puedo enfermar. Me lo vienen diciendo todo el tiempo, “cuidate”… Hice la Adventura Race de Tandil con mucha precaución, mirando bien dónde pisaba, pensando en no torcerme el tobillo, ni golpearme, ni nada que me afectase la Ultra Buenos Aires. Y ahora ando abrigado, camino descalzo pero con medias, intento no tomar frío ni arriesgar nada. Si se me pasa esta fecha, será otro año el que tendré que esperar para clasificarme para la Espartatlón.

A esta altura estoy entregado. El pronóstico, al que a veces le creemos, dice que las lluvias van a parar recién el viernes, lo cual le da algo de tiempo al sol para secar el camino y no correr la Ultra Buenos Aires en el barro. Hay mucho en juego para mí, y siento que a esta altura la correría hasta en muletas, pero bueno, el objetivo de hacer menos de 10 horas y media está, y la idea es cumplirlo este año. Después sí, me doy permiso para enfermarme (hasta el miércoles que viene, cuando parta rumbo a San Martín de los Andes para correr la Patagonia Run).

Como decía, hay mucho en juego…

Semana 15: Día 105: Crónica de una gripe anunciada

Uno podría decir que no sabe por qué se enferma. Hay cosas diminutas que la gente llama gérmenes, que son unos monstruitos muy pero muy chiquititos y muy tímidos porque no se dejan ver. Se meten en nuestro cuerpo de las formas más insólitas, por un estornudo dirigido a nuestro rostro, por hablar muy pegado a otra persona o por compartir la bombilla del mate. En verdad, estos cositos están por todas partes y convivimos constantemente con ellos. Estamos adaptados, y es por eso que cuando venga la invasión extraterrestre van a aniquilar a todos los aliens.

Pero aunque estemos adaptados, a veces pasamos por un período de stress y nuestro cuerpo decide bajar la guardia. Se pone en estado de reposo, y como cuando el gato no está, los ratones están de fiesta, los virus, gérmenes, bacterias y todos esos bichos se meten impunemente en nuestro sistema.

Aunque todo esto no lo vemos y después andamos conjeturando qué hicimos para enfermarnos (mientras tenemos el termómetro bajo la axila), yo sí sé qué hice para enfermarme. Fue un cóctel explosivo.

Primero, tuve una discusión. Una muy fuerte y muy tonta. En el mundo real soy bastante diferente al que pueden ver en este blog. Hablo poco, no pienso, y me enojo. No siempre, pero cuando pasa puedo levantar la voz. Y eventualmente la pierdo (hay quienes podrían considerarlo justicia poética). Terminé la noche del martes con la garganta dolorida y la voz que se desvanecía en un ronquido. Otro dato, el estrés me dejó angustiado emocionalmente, otra invitación a que las enfermedades hagan un nuevo intento por invadirme.

Esa noche dormí con el ventilador prendido y a la mañana siguiente el dolor de garganta era un nivel 7 (sobre 10). Hice mi vida normalmente, intentando no hablar, porque si en vivo no modulo y nadie me entiende, disfónico es todavía más frustrante hacerme entender. Fui a entrenar, por supuesto, y me sentí bastante bien. Hicimos un fondo largo, mucha musculación, y no pude evitar meter algunos bocadillos en las charlas mientras corríamos. Pero por supuesto, nadie me entendía así que me tenía que repetir… elevando la voz. La garganta se iba lijando con cada palabra.

Por la noche negocié con Vicky no dejar el ventilador prendido. El jueves la acompañé temprano a hacerse unos estudios en su rodilla (todos andamos con algo encima) y la despedí en la estación del tren. Hice mi vida normalmente, recuperando muy lentamente mi voz. Por la tarde, al rayo de un sol bastante importante, hice un fondo de 8,5 km. Y fue mucho más difícil de lo que me imaginé.

Primero, me costaba un poco respirar. La congestión se había empezado a apoderar de mi sistema respiratorio, y los mocos se acumulaban en mi frente y debajo de los ojos, dándome un característico dolor de cabeza. Segundo, me sentía sin energía. Tenía agua y nada más. No era una distancia ajena a cualquier entrenamiento que haya hecho, por eso no me preocupé. Pero corría y sentía que no avanzaba. Me dio temor de sentirme así en otro momento, como cuando quiera correr los 100 km o la Espartatlón misma. Cada 2 km tomaba un sorbo de agua caminando y seguía. Lo curioso es que de vez en cuando miraba mi reloj, creyendo que iba a ver al GPS maracarme un ritmo de 6 minutos el kilómetro (o más). Eso era lo que mi criterio indicaba. Pero lo que marcaba era 5:20, algo razonable para mí. Sin embargo, tenía esa sensación espantosa de que no llegaba y de que el cuerpo estaba muy por debajo de su máximo rendimiento.

Sin embargo, las endorfinas me llenaron de una falsa sensación de energía. Entrené un poco de espalda en la barra de dominadas, me di una ducha reconfortante y la fui a buscar a Vicky a la estación. Mientras caminábamos le dije la fatídica frase: “¿Viste ese dolor que tenés cuando te estás por enfermar? Siento eso mismo”. Pero claro, yo creía que era cansancio, sobreentrenamiento o algo así. En el fondo sabía que estaba enfermo, pero intentaba negarlo.

Cuando llegamos a casa me sentía hecho una piltrafa. Sentía calor en la frente y los ojos. Me puse el termómetro bajo el brazo mientras me sacaba los pantalones, combinación muy tonta que terminó con el termómetro estallando en el suelo y el mercurio por todos lados. Así que no, no tengo idea de cuánto tuve de fiebre, pero los paños fríos en la cara que me ponía Vicky me aliviaron bastante.

Dormí unas 12 horas, hasta que no soporté más la cama y me levanté. Entre la angustia, mi garganta arruinada por mis gritos y un fondo bajo un caluroso sol de verano eran el cóctel ideal para una gripe. Supongo que el pico máximo lo pasé y ahora la parábola de la enfermedad está en caída. Sigo congestionado y con una voz más nasal de la que ya me caracteriza. Mañana, sábado, tengo entrenamiento, al que pienso ir, pero tomándomelo con calma. Quizá solo vaya a saludar y hacer de aguatero.

A nadie le gusta enfermarse. Solo a los niños en edad escolar. Yo puedo dar fe que correr levanta muchísimo el ánimo, pero quizá no sea el mejor remedio para curar una gripe veraniega…

Semana 15: Día 104: Enfermo…

¡Hola! Les habla, literalmente, un enfermo, alguien con temperatura, que se escabulle a la computadora para hacer un trato con los lectores de este blog: Yo me recupero y retomo mis funciones, ustedes no se van a ninguna parte. ¿De acuerdo?

Me voy antes de que mi enfermera se entere…

Semana 13: Día 88: El fin del mundo

Como todos ya sabemos a esta altura (de hecho, fue NOTA en algunos noticieros), el fin del mundo no ocurrió. Ya podemos afrontarlo, la Tierra sigue girando.

No es la primera vez que sobrevivimos al Apocalipsis. De hecho muchísimas veces se esperaba que todo terminara para nosotros, y nada pasó. Lo anticipaban para el año 1000, y bueno, ya sabemos qué pasó. Para principio de los 90s también, amparados en una profecía de Nostradamus. Incluso el Y2K fue un fiasco. El 21/12/12 no se iba a quedar atrás en cuestiones de decepciones.

Pero en realidad, todo se trata de errores de interpretación. Los Mayas no creían que el mundo iba a terminar, sino que uno nuevo iba a comenzar. Porque el fin, generalmente, antecede un inicio. Los ciclos de la vida. Por eso, en realidad de andar pensando (no demasiado en serio) que nuestro planeta se iba a terminar, deberíamos tomárnoslo como que las cosas han cambiado.

No necesariamente para bien. En este nuevo mundo me patiné en la cocina con el pis del perro, una taza que llevaba en la mano estalló contra el piso y me cortó al rodilla derecha, lo que me dejó una cicatriz profunda y un dolor que me impidió correr. Después mi reloj con GPS se murió de golpe, impidiéndome seguir registrando las distancias de mis entrenamientos y carreras. Como si fuera poco, Vicky y yo nos indigestamos, nos agarramos un virus o acumulamos karma negativo (o todo eso junto) y nos quedamos durmiendo durante la Nochebuena, muertos de calor, mientras la electricidad iba y venía intermitentemente.

Cualquiera podría decir que hemos empezado este “nuevo mundo” con el pie izquierdo. Sin embargo, este blog no sería este blog si no intentásemos ver el vaso medio lleno. “¿Para qué nos caemos?”, decía Michael Cane en la saga de Batman, “Para poder levantarnos”. Así que parafraseando al mayordomo del hombre murciélago, podría decir que en esta nueva etapa arrancamos desde abajo, porque no hay nada más satisfactorio que subir hasta la cima. De esa forma podemos ver cómo las cosas mejoran, y de paso podemos apreciar más lo que tenemos y lo que obtenemos.

Igual le vamos a dar hasta fin de año para que el karma se estabilice. El 2012 recién está terminando, y esperamos con ansias un 2013 lleno de buenas oportunidades…

Semana 1: Día 3: Adiós Atenas, Hola Madrid

Llegamos a Madrid. Quisiera decir que lo hicimos enteros, como dos jóvenes atletas que tienen toda la vida por delante. Pero la verdad es que estamos en nuestro peor momento en el viaje.

No quise llorar en posts ateriores, porque temía quedar como que abría el paraguas ante un eventual fallo. Lo cierto es que ante el calor insoportable de Atenas, la respuesta lógica del hostel fue instalar aires acondicionados que funcionaban automáticamente. La primera mañana que desperté ahí, abajo de ese aparato creado por el mismísimo Satanás, tenía la voz ronca y dolor de garganta. Aclaré a mis compañeros de habitación que quería ese implemento erradicado de nuestras vidas.

La segunda noche, mientras dormía, prendieron el aire. Lógico, algunos, como yo, no pueden dormir con un ventilador prendido sin despertar con la boca seca. Me enojé y pataleé porque pensaba en la eventual maratón. Ya tenía dolor de pecho y de oído. Negocié taparme hasta arriba de todo en las noches subsiguientes, y dormir con un pañuelo en el cuello. Fueron 3 mañanas más en las que despertaba peor que la anterior. La madrugada en que nos levantamos para correr a Maratón escupía flemas, y no fue mi peor momento. Es este, ya en Madrid. No hay aire acondicionado (hacen unos hermosos 20 grados), pero sí hay tos, estornudos, nariz goteando, dolor en el oído derecho y molestia en el pecho. A Vicky le cayó mal la comida del avión, y tuve que atenderla a ese pobre angelito mientras yo me aguantaba las ganas de toser y me sonaba los mocos.

Si creen que eso fue todo, hay más. En Madrid nos aloja un amigo en su casa, y obviamente nos quedamos con Vicky descansando, con la esperanza de que ella se recuperase. Yo tengo una congestión que me duele toda la cara, pero no hay nada que pueda hacer para que se me calme así que me quedé solo para cuidarla. Había una barra de dominadas de esas que se enganchan en los marcos de las puertas. Me pareció fantástico poder ejercitar aunque sea un poquito, y de puro banana me colgué y subí una vez, rodillas flexionadas, segunda vez y ¡PAF! Barra, marco de puerta y quien les escribe terminaron en el piso. Aterricé con mi rodilla izquierda, que ahora me duele mucho. Avergonzado, tuve que contarle a nuestro anfitrión que recién llegados ya le estamos destruyendo la casa de a poco.

Madrid es una ciudad encantadora, ideal para terminar el viaje. Anhelo sentirme mejor (de los pulmones y los golpes) y que Vicky se sienta mejor para salir a correr por aquí. Pero estamos muy cansados y fastidiados de tantos aeropuertos y aviones, y extrañamos mucho estar en casa. Es la primera vez en dos semanas que estamos en un país que habla nuestro odioma, y eso es algo…

Semana 50: Día 349: Mañana viajo y no hice la valija

Creo que ese debería ser el título de mi biografía. Siempre todo para el último momento.

Mientras pensaba por qué soy así, busqué una respuesta que me reivindicase y no me dejase como un desorganizado e irresponsable. Y creo que en realidad me pasa que siempre me dejo para lo último. Quiero cumplir con todos y acumulo, acumulo, acumulo. No puedo decir que no. Entonces todo es trabajo, fechas imposibles de cumplir, y nunca negarme a una propuesta de trabajo… y así me fui relegando a mí mismo. Nada de dormir, ni de salir, y ni hablar de correr. ¿Yo corría? Tengo un leve recuerdo de haber hecho 21 km en la Ciudad y después nada, cuando hace unos meses metía 80 km semanales…

Otras cosas que he ido dejando para después es ordenar, organizar las cosas del viaje… y hacer las valijas. Tanto me dejé para el final que mi cuerpo se reveló y me dejó de cama, tiritando, con fiebre y una revolución estomacal. Ya estoy casi recuperado, todavía tengo signos de agotamiento como dolor de cabeza, y aunque estos días dormí como nunca, me la paso bostezando y desmayándome frente a la computadora (quizá sea un mecanismo de rechazo psicolgógico).

Pero ya está. En 24 hs estaré en el avión, viendo o durmiendo una película, junto a la mujer que amo. Probablemente alguno preferiría estar armando la valija en lugar de actualizar un blog, pero a 14 días de completar el segundo año de actualizaciones ininterrumpidas, no puedo echarme atrás.

Cosas para hacer antes del viaje (repaso): afeitarme cabeza y barba, guardar TODAS las cosas que necesito para correr (prioritario), dejarle a mi amigo Juandy todas las instrucciones para cuidar al perro y la gata, terminar el reviposter de One Direction o The Wanted o alguna de esas bandas pop de carilindos, actualizar el blog y liquidar un par de piezas del festival para el que diseño, LesGaiCineMad. Creo que llego con todo.

Semana 50: Día 348: Comprar euros

Mi estado de ayer a hoy pasó de malo a peor. Con 39 grados de fiebre tiritaba en la cama, mientras afuera (dicen) hacía un día espectacular. Me desperté en la madrugada con nauseas, y fui al baño tambaleando y listo para lanzar. Por suerte, fue falsa alarma.

Vicky me prohibió acercarme a la compu y descansar. Realmente lo necesitaba, aunque no terminé de recuperarme. Solo tuve fuerzas para acercarme al banco, en lo que creí iba a ser una sencilla operación cambiaria. Pero no.

Resulta que en Argentina comprar moneda extranjera es tan complicado como comprar un arma. Hay que hacer declaraciones juradas, firmar papeles, entregar comprobantes, y todo pasa por estrictos controles y aprobaciones. Y a medida que pasan las semanas, el sistema cambia, y uno nunca termina de enterarse de cómo es la cosa.

Hoy aprendí esto que lo comparto, porque nadie se va a molestar en explicarnos cómo tenemos que hacer para comprar moneda extranjera.

Para el caso de turismo, que fue mi motivo para pedir la autorización, hay que esperar una semana antes de la salida del vuelo. El viernes completé mis datos y lo mandé. No estoy al día con el monotributo, de hecho ya me organicé para ponerme al día a la vuelta del viaje, así que dudaba que me lo autorizaran. Pero una amiga en mi misma situación me dijo que te aceptaban el pedido de todos modos, así que no tenía nada que perder. Llené todos los casilleros, puse el itinerario, y le calculé 100 dólares por día, porque alguien me dijo que era lo que AFIP entregaba. Pero como mi destino es Europa, me iban a dar euros (77). Se suponía. Me autorizaron 35 euros por día, multiplicado por 3 semanas, me daba 733 eurillos.

Ahora bien, esto no garantiza que uno pueda comprar. Hay que esperar 48 horas a la salida del vuelo y llevar impresa la autorización. Lo que nadie explica es que no se puede ir a cambiar llevando efectivo, todo hay que hacerlo a través de una transferencia, incluso para las casas de cambio. En un banco solo aceptan cambiarle a sus propios clientes, así que hoy me apersoné en la casa central de mi entidad bancaria. Hice la cola en la caja, mientras mi estómago hacía un concierto de quejidos, y el cajero me informó que el banco no tenía cambio en euros, así que redondeaba para abajo. No me podían vender 733 euros, sino 700 (o 33 por día). Lo mismo le pasó a Vicky. No importa si el monto termina en 99, siempre se redondea en contra del comprador. En esta entidad, no hacían el trámite por caja, sino que había que anunciarse en mesa de informes.

Otra cola, y mi panza croando. “Te llaman por apellido” me dijo la empleada, y durante una hora estuve parando la oreja, esperando escuchar las mágicas palabras “Martín Casanova”. Finalmente sonaron, y lejos de terminar ahí el trámite, estuve una hora con un ejecutivo de comercio exterior, en el que intentaba ingresar mi solicitud al sistema de AFIP, el cual tiraba alarmas todo el tiempo. Ahí me enteré de que el papel de AFIP no garantizaba que me vendiesen, sino que todo se decidía en forma online, en ese preciso instante. Como monotributista me pidieron constancia de inscripción y recibo del último pago, cosa que, obviamente, no llevé porque para qué quieren que presente eso si yo solo me quiero ir unos días de vacaciones. “Hacemos una excepción, solo por esta vez”, me dijeron.

Firmé una declaración jurada, en la que me comprometía a utilizar ese dinero, obtenido en forma legal, solo para esos fines. O sea, fueron $4250, no es poca plata pero tampoco como para que se considere lavado de dinero. Se llenaron papeles y sellos y firmas, y el cajero reconocía que le parecía una ridiculez tanta complicación por esos montos.

Finalmente, con los papeles de aprobación, hice la cola en la caja. Ahí me enteré de que no podía pagar en efectivo, como tenía planeado, sino que debía hacer un depósito en mi propia cuenta para después retirarlo en euros. Hice eso y me sentí medio tonto de depositar y recibir… O sea, ¿no se podía obviar ese paso? Si solo venden cambio a clientes del banco, ¿por qué no reciben su dinero en efectivo y le dan los euros? Digo, en lugar de hacer ese depósito, en el que me descuentan ingresos brutos… En fin.

Me fui del banco dos horas después de haber entrado, con el estómago vacío y sin hambre, pero con una molestia terrible. Sin paradas intermedias me fui para casa, para seguir descansando. Hay un tema menos en mi cabeza, y como viajo en muy poco tiempo, me conviene no hacerme mala sangre por cosas nuevas…

Semana 50: Día 347: Estrés

Lo adelanté, porque soy un relojito y esto me pasa siempre que estoy por volar. No sé si habrá influido la media maratón u otra cosa, pero acabo de llegar a mi límite.

Listo mis síntomas:

1. Escalosfríos
2. Dolor de espalda (desde el centro de los homóplatos hasta las lumbares, donde está el pico)
3. Dolor de panza
4. Pérdida de apetito (¿relacionado con el ítem 3?)
5. Diarrea (sé que no querían leerlo)
6. Resequedad en los ojos
7. Ligero dolor de cabeza
8. Ligera fiebre (por eso los escalosfríos, debe estar subiendo)
9. Somnolencia
10. Pérdida de la concentración

Necesito vacaciones.

En Europa.

Ya.

Semana 47: Día 323: El secreto de una buena salud se encuentra en la punta del tenedor

Lo que hoy la medicina está empezando a demostrar con sus investigaciones, lo dijo Hipócrates, padre de la medicina griega occidental antigua, hace más de dos mil años:“Que la comida sea tu medicina”.

Por esto de buscar resultados inmediatos, y seguramente guiados de la nariz por el desconocimiento o por efectivas campañas de marketing, nos volcamos a suplementos vitamínicos y drogas para mantener un colesterol bajo o para que no suba la presión arterial. Sin embargo, podríamos dejar de meternos porquerías en el cuerpo si sencillamente eligiésemos mejor nuestros alimentos.

Durante el último siglo, los investigadores en nutrición se convencieron de que la proteína era el nutriente por excelencia, y que la mejor fuente era la carne y los derivados animales (lácteos y huevos). Increíblemente el ser humano sobrevivió por milenios antes de que estos productos se duplicasen en nuestra dieta básica. Pero mientras los países ricos consumían más proteína animal, ahí lentamente crecían los índices de enfermedades cardíacas, diabetes y cáncer. Esa relación directamente proporcional entre lo que comemos y lo que nos mata no pareció alertar a nadie. Incluso hoy en día muchas personas prefieren tomar suplementos para bajar los niveles de colesterol, antes de eliminar la ingesta de esos alimentos que la aumentan.

El hombre tiene un poco de cada cosa. Es cazador, porque tiene visión frontal. Tiene colmillos, lo que lo haría carnívoro. Pero también tiene muelas para moler granos, y su aparato digestivo no está diseñado para procesar la carne, como sí lo está para los alimentos de origen vegetal. El hombre, gracias a esa capacidad de razonamiento que lo diferencia del resto de los seres vivos, elige su propio camino, ya sea omnívoro o vegetariano. Pero además es un animal de costumbres, y le resulta imposible (en promedio) cuidar lo que come.

Todos los días compramos alimento. Jamás consideraríamos dejar de hacerlo. Tenemos la capacidad de elegir, que nos destaca dentro del reino animal. ¿Por qué no optar por una dieta sana, por sobre los medicamentos que tratan los síntomas de una dieta insalubre? ¿Realmente preferimos comer un asado a no sufrir problemas del corazón? Pareciera que pensar en una dieta vegetariana es “extremista”, pero no lo es ingerir grasas que, lentamente, tapan nuestras arterias.

Lo que comemos define nuestra salud en los años venideros. En muchos casos, aún cuando adquiramos una enfermedad relacionada con una mala nutrición, el proceso se puede detener o revertir cuidando lo que nos llevamos a la boca. Lo sabemos desde hace miles de años, pero nos cuesta entender que la mejor alimentación es aquella que no nos va a enfermar mañana.

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