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Semana 23: Día 160: Por suerte tengo pilates

Como dije en el post de ayer, tengo a mi socio de vacaciones, lo que me obliga a improvisar a la hora de seguir entrenando. Por suerte aprovecho mis viajes de Barracas a casa, lo que me asegura 15 kilómetros por las calles porteñas. Peor es nada. También, para compartir alguna actividad con Vicky (y que me saque de enfrente de la computadora), estamos yendo a Pilates. Que es como una clase laaaaaarga de elongación y aprender a respirar y acomodar la postura.

Es difícil porque aunque estamos yendo a las 8 de la noche (a dos cuadras de casa), tengo que cortar lo que esté haciendo de trabajo para ir al instituto. Y es una cita que respeto bastante, con la ilusión de que es cerca y que vuelvo enseguida. Pero me permite relajarme, y calmar las ansiedades de estar sentado de sol a sol frente a la máquina.

Pasa algo en el instituto donde hago pilates, y es que los profesores duran menos que un suspiro. Ya vamos por el tercer profe, y las anteriores decidieron abandonar la coordinación de la clase para irse tras mejores perspectivas laborales.

Pero Ramiro, el actual instructor, parece que es el más canchero. Explica los ejercicios, da tips para amateurs como yo, y realmente nos hace estirar, un déficit en mi caso que (apenas termino de entrenar) quiero comer e irme a casa. Pilates me parecía algo para señoronas que no sabían qué hacer con su tiempo. Un prejuicio que, me parece, está bastante difundido. Pero está bastante lejos de ser fácil.

Hoy trabajamos todos los músculos de la pierna (cruádriceps, isquiotibiales, abductores, gemelos), un poco de tren superior y muchas abdominales, principalmente las de la zona baja (que son las más difíciles). Y todo con la misma máquina. También nos pasaron un tip para mejorar la postura: buscar que las orejas estén lo más alejadas posible de los hombros. Aunque parezca una tontería, me está funcionando.

Además repasamos la fragilidad del cuello y la importancia de la respiración (inspirar en relajación, expirar al hacer fuerza). Todo el cuerpo es una pieza de relojería, y buscando la armonía se logra una mejor salud.

Cuando llegan los martes y jueves puedo decir “por suerte tengo pilates”, y sé que me voy a relajar. Los lunes, miércoles y sábado puedo decir “por suerte hoy corro”, cosa que también me pone pilas. Solo me falta encontrar algo que me levante los viernes y los domingos… ¿alguna idea?

Semana 38: Día 259: Repasando la elongación

¿Cuántos de estos hacés antes, durante o después de entrenar? Uno se acuerda de estos ejercicios en las carreras, y poco en los entrenamientos…

Semana 13: Día 85: El running y las rodillas

No creo que exista un corredor que no haya sufrido de las rodillas en algún momento. Pareciera ser que superar un dolor o una lesión en las articulaciones es parte del proceso para convertirse en un deportista.

Quienes corremos asiduamente sabemos que hay muchas cosas que tenemos prohibidas. Estrenar calzado nuevo durante una carrera, no hidratarse en días de calor, o ponerle mayonesa a la tira de asado. Pero algo que deberíamos abandonar (y que a muchos les cuesta) es el fútbol. Este enemigo del running, además de ser una pasión nacional, tiene un fuertísimo impacto sobre las rodillas. “Subir” y “bajar” por la cancha, con las consiguientes frenadas y piques para el lado contrario cada vez que el rival recupera la pelota, tensiona ligamentos, rótula, y todos los músculos. Debería prohibírsenos jugar al fútbol si queremos progresar y cuidar nuestras rodillas, pero sería equivalente a que no nos dejen hacer asado los domingos. Yo, siendo vegetariano y sin habilidad para el balonpié, no me hago mucho problema, aunque extraño no compartir un picadito con amigos.

Como conté recientemente, un esguince de ligamento externo en mi rodilla izquierda me impidió entrenar por varios meses. Fue muy frustrante, porque me lastimé mientras entrenaba, en una etapa donde estaba haciendo muchos progresos. La recomendación de mi entrenador fue seguir corriendo. Muchos podrían considerar que todo lo contrario, que deberíamos descansar, pero supongo que hay una relación entre las lesiones y la falta de fortaleza en las rodillas. Con músculos más desarrollados protegemos a los huesos y obtenemos mayor estabilidad. En estos días de Semana 52 he tenido tropezones y torceduras peores que la que me dejó fuera del running tanto tiempo, y sin embargo no me pasó nada. Asumo que es una consecuencia de entrenar, más que buena o mala suerte.

Alguna vez la rodilla me dolía mucho después de correr, así que me tomé un descanso. Me salteé uno o dos entrenamientos, y volví. Enfundado en una rodillera (que suele ayudar bastante), generalmente me sentí mucho mejor. No siempre todo lo que le funciona a uno le sirva a otro. Estimo que hay que hacer ambas cosas, descansar y seguir entrenando. El ritmo podríamos ponerlo nosotros, o recibir asesoramiento. Pero no me cabe duda de que debemos hacer un poco de ambas cosas.

Después de consultarle por estos dolores a un traumatólogo, me comentó que solemos confundirnos a la hora de tratar una lesión de rodilla. Apenas nos lastimamos tenemos que aplicar frío, de esa forma bajamos la hinchazón. Nunca más de 20 minutos seguidos, porque corremos el riesgo de lastimarnos la piel (hablo por experiencia propia, se forma un moretón horrendo y después se hace una cascarita). Luego de esperar media hora, podemos volver a aplicar hielo. 24 horas después de la lesión, hay que empezar a darle calor a la rodilla. El médico me sugirió una manta eléctrica o un secador de pelo. Esto favorece a la circulación, y ayuda a que la zona se cure más rápido. Entonces, primero frío, 24 horas después calor.

Lo mejor, obviamente, es prevenir antes que curar. Solemos preocuparnos por las rodillas recién cuando nos lastimamos. Para no pasar por esto, lo ideal es prestarle atención a nuestro calzado, y tener plantillas especiales, que absorban el impacto. Tengamos en cuenta que correr triplica nuestro peso sobre las articulaciones. Hacer cuestas es todavía un esfuerzo mayor (escuché alguna vez que equivale a siete veces transitar en llano), por eso una rodilla lesionada puede doler más en estos ejercicios (mientras que correr por superficies normales no molesta tanto). Mientras me recuperaba intenté faltar poco a los entrenamientos, y eso me ayudó a notar qué movimientos dolían y cuáles no. Por eso me parece importante, dentro de las posibilidades, no dejar de correr ante una lesión. Siempre con moderación y supervisión.

Algunas causas de dolor de rodilla también puede ser correr mucho en asfalto (deberíamos alternar el terreno y aprovechar zonas de pasto o tierra), o el sobreentrenamiento. La fatiga puede ser causal de molestias, lo cual es perfecamente normal, y es un motivo para justamente seguir entrenando y fortaleciéndonos. Imprescindible, además, es elongar. Insisto, hay que elongar. Siempre.

Si se lastiman las rodillas, no hagan como yo y no dejen pasar el tiempo. En una guardia los pueden atender y orientarlos, para después sacar turno con un especialista. Lo peor que podemos hacer en el caso de lastimarnos, es matarlo con la indiferencia. Ignorándolo probablemente sólo hagamos que el dolor nos acompañe más tiempo. Mi recomendación de seguir entrenando tiene más que ver con hacerlo para fortalecernos y aprender en qué estamos limitados. Pero hay que correr sabiendo que lo hacemos como terapia de recuperación.

Semana 10: Día 70: Correr en cinta

Vista de la pantalla de la cinta en la que corrí

La lluvia de ayer me impidió entrenar al aire libre. Correr bajo la lluvia es divertido, excepto cuando hace frío y tenés que viajar una hora hasta donde se suele juntar tu grupo de entrenamiento. Pero acá es donde toma relevancia la existencia de las cintas para correr.

Estas máquinas, también conocidas como “caminadoras”, no tenían mi mayor aprecio. Las usé en el pasado, pero no nos entendíamos. Es cierto que no había mucho para entender: marcaban velocidad, distancia (imagino que aproximada) y calorías quemadas (dato que siempre me resultó tremendamente subjetivo). Pero no le encontraba la gracia. Corría sobre la cinta, en velocidad 12, mientras miraba hacia la calle y pensaba “¿No tendría que estar haciendo esto ahí aufera, en el asfalto?”.

Esa sensación de desconcierto, mezclado con un cierto aburrimiento (no podía correr más de 10 minutos sin sentir que estaba perdiendo el tiempo) perduraron hasta estos días. Pero ayer, ante la cancelación del entrenamiento de los Puma Runners, mi entrenador Germán me sugirió que aprovechase que estaba yendo a un gimnasio e hiciese cinta. La consigna era hacer 5 pasadas de 2 km. Aprendí a hacerle caso sin chistar, después de todo él es quien más fe ha tenido en mi en todo este tiempo. Así fue que partí hacia el gimnasio, a correr resguardado de las inclemencias del clima.

Por suerte me llevé una toalla. Sólo una vez transpiré más en mi vida, y fue en un sauna. Me llamó poderosamente la atención el agua a chorros que caía por mi frente. Mi remera estaba empapada. ¿Será que, al aire libre, la transpiración se evapora más rápido? En la primera pasada el sudor era tolerable, pero para la segunda, cada vez que exhalaba, gotitas de sudor salpicaban la pantalla de la cinta. Mientras paraba para elongar y tomar agua, me secaba con la toalla. Las máquinas tienen un uso máximo de 30 minutos en hora pico, pero por suerte temprano a la mañana y después de las 9 de la noche hay poca gente, así que habré estado una hora.

No hay mucho para hacer mientras corrés en la cinta, más que pensar, mirar de reojo la tele (que no tiene volumen, y encima detesto Smallville) o contar a través del vidrio los autos que pasan. Mientras observaba la pantalla de la caminadora (cada 250 metros aumentaba la velocidad en 1 km/h) imaginaba que si corría a más de 88 millas por hora iba a aparecer en 1955, pero si bajaba de 55 millas el autobús iba a explotar. Así y todo, me reconcilié con el aparato. Probablemente porque desde mi experiencia anterior hasta la actualidad tengo mucha más distancia recorrida. Hacer 10 km se me pasan más rápido que antes, así que el ejercicio fue bastante aceptable.

Hay enormes diferencias entre la cinta y correr al aire libre, no creo que haga falta aclararlo. No se me va esa sensación de que no estoy yendo a ninguna parte, y probablemente haya algo en la resistencia que corriendo por la calle se desarrolla más. Pero como entrenamiento es valioso y agotador. Algo que me pasó, sobre todo al principio, es que sentía pánico de caerme. Siempre fui muy torpe (me fracturé el tobillo izquierdo jugando a la pelota, tan sólo girando sobre mi pie), y no sé por qué jamás me tropecé en un entrenamiento (creo que tuve mucha suerte). Una cosa sería caerse en la calle, donde te espera un piso estático, pero la cinta gira a gran velocidad, y tropezarme hubiese significado impactar contra el suelo, para después salir disparado hacia atrás. Conforme pasaban los minutos, fui perdiendo un poco ese miedo, pero sé que me acompañará por siempre.

Cuando terminé, sentí ese vértigo que tenía de chico cuando uno se bajaba de la calesita, y la plaza ya no giraba. Me fui filosofando: ¿Era la máquina la que hacía correr a mis piernas, o eran mis piernas las que hacían avanzar a la cinta? (Obviamente era la máquina)

Así que mi conclusión es: si alguna vez les dije que no corran en cinta, espero que no me hayan hecho caso.

Semana 9: Día 61: Los 24 km de la Merrel Adventure Race Nocturna

La edición 2009 (¡todavía no tengo las fotos de este año!)

Escribo estas líneas a pocas horas de haber vuelto de la Nocturna de Merrel, una competencia que siempre quise hacer y por trabajo tuve que suspender. La tercera es la vencida, y en la noche del sábado pude debutar en esta carrera de aventura.

Merrel organiza cuatro competencias al año: Tandil, Pinamar, Cataratas y la Nocturna, para cerrar el circuito. Son 24 km en la Estancia Santa Elena, cerca de la ciudad de Luján. La carrera estaba pautada para las 20:50, y aunque había escuchado que no iba a llover, subestimé la temperatura: hizo bastante frío. Por suerte la entrada en calor me ayudó a sobrellevarlo. Por primera vez en mi vida corrí con una remera de manga larga debajo de la pechera oficial.

Como si fuera poco, también fue la primera vez que participaba en una carrera a la noche. Lo normal es que se realice por la mañana, y ayuda que sea temprano porque uno está descansado. Cuando iba en el colectivo a zona norte (desde donde íbamos en patota hacia zona oeste), me dormía. Al llegar a la estancia, con todo el equipo preparado (camelback, gel, pasas de uva, turrón, banana, cinta en las lumbares, vaselina sólida en entrepiernas y pezones, lintervincha, pechera y doble par de medias) la cabeza hizo un click. El cansancio desapareció, y fue reemplazado por la ansiedad por empezar a correr.

En la largada, mi compañero Paco me preguntó si íba a correr en equipo o si lo iba a hacer por mi cuenta. Le dije que me iba a aventurar solo, porque estoy midiendo mis límites, y viendo si los puedo superar. Cuando terminó la carrera, Paco me dijo “Vas a ver que en el blog vas a escribir que te arrepentiste de correr solo”. Cito esta conversación porque al final tuvo algo de razón (pero no nos adelantemos).

El viento del campo soplaba frío. Salimos puntuales, inevitablemente caminando, por la cantidad de participantes que hacían un embudo. La estancia estaba absolutamente a oscuras. La luna iluminaba poco y nada, y la linterna me dejaba ver con nitidez pocos metros más adelante. Decidí salir rápido, en contra de tantos consejos que escuché de “empezar más abajo de lo que a uno le gustaría y en la segunda mitad más arriba de lo que uno quisiera”. En realidad, me pone un poco nervioso no poder ver por dónde corro. Y en el tumulto de gente, por más que la linterna iluminaba muy bien, veía poco suelo y muchos talones. Así que apreté y empecé a pasar corredores.

Me sentí cómodo yendo a ese ritmo rápido, así que decidí mantenerlo, “a ver qué pasa”. Era una velocidad a la que no estaba acostumbrado para una carrera larga. Pero me pareció que si necesitaba recuperar el aire o si sentía una molestia, ya había ganado bastante terreno como para compensar. No sé si fue una buena idea, ni si la recomendaría, pero es lo que decidí experimentar.

Me fastidió un poco no tener ningún indicador de kilómetro. Aunque no sé si “fastidio” es la palabra… en realidad le agregaba un componente más de dificultad. Estaba yendo más rápido que de costumbre, sin saber cuánto avanzaba ni cuánto faltaba. Los voluntarios que, parados a un costado, orientaban el camino, ni siquiera sabían en qué kilómetro estaban. Un griterío más adelante me hizo deducir que estaba cerca de la primera posta, y me sorprendió enterarme de que estaba en el km 8. Voy a aclarar que corrí el 99% de la Merrel Nocturna creyendo que era igual que Tandil y Pinamar, y que había cuatro postas (en consecuencia, tres puestos de hidratación), cuando en realidad estaba dividida en tres tramos cada 8 kilómetros. Pero, como decía, toda esta confusión e incertidumbre, además del hecho de correrla de noche, se convirtieron en los condimentos especiales de la carrera.

Algo que siempre me emociona es que no hay competitividad entre los corredores. Todos ayudan, aconsejan, bromean. Muchas veces me indicaron que tenga cuidado, que estaba por pasar por una zona embarrada, o que vea un tronco sobresaliendo del piso. Es inevitable sumarse y empezar a advertir al corredor inmediatamente detrás que mire tal o cual obstáculo.

En sí, profetizando lo que Paco me iba a decir, correr solo se volvió en algún punto aburrido. Lo único que me movilizaba era que estaba corriendo rápido y que quería saber hasta cuándo lo podía mantener. Pero me hubiese motivado estar con alguien charlando o apoyándonos mutuamente. Varias veces me empezó a doler el costado, signo de que no estaba respirando bien, o que estaba esforzándome de más, y concentrándome en la inspiración y exalación, logré superarlo.

En el camino, de vez en cuando, se veían luciérnagas, y con el haz de luz de la linterna se podía ver un poco la inmensidad de ese campo. Pero la vista estaba puesta casi siempre en el piso, para cuidar dónde pisaba uno. No se podía evitar meter los pies en el agua o en el barro, que hacía sopapa y amenazaba con dejarnos descalzos. Por suerte la Cross Country ya nos curtió un poco…

En la segunda posta me tomé el gel, y me enteré que faltaban 7 km para llegar. Ya no tenía el ritmo del principio, pero igual mantenía una velocidad que me resultaba interesante. Lo más difícil eran las raíces que sobresalían, y que hacían peligrar tobillos y rodillas.

FInalmente llegó la meta, casi escondida entre oscuros árboles. Los organizadores decían “vamos que faltan 100 metros”, pero como durante el trayecto no sabían qué distancia íbamos (o directamente inventaban, y se contradecían entre sí), no les creía. Pero sí, girando aparecieron los reflectores de la meta, la gente aplaudiendo a los corredores, y el cronómetro, que marcaba 2 horas 8 minutos. Eso quiere decir que estuve en los 5:20 minutos el kilómetro. Considerando mis dos paradas técnicas (ir al baño) y la dificultad del terreno, ese tiempo fue un triunfo para mi.

Embarrado hasta las pantorrillas (hubo gente que lo pasó peor), cansado y tiritando de frío (pero feliz de haber terminado) me fui a elongar. Mis compañeros fueron llegando, algunos de la mano, todos con cara de felicidad, y sentí que me había perdido de algo por hacerla solo. Pero también comprobé que puedo exigirme más. Y eso no demuestra que soy un grosso o que tengo un don especial, sino que el entrenamiento y la dieta hacen la diferencia. Aunque, como dice Dean Karnazes, el entreno y la alimentación influyen en un 30% en la capacidad de cada uno. El resto es mental.

O sea, tener la convicción de que, pase lo que pase, podemos lograr lo que querramos.

Semana 9: Día 60: Entrar en calor

Entrando en calor en Pinamar

Hoy a la noche corremos la Merrel Adventure Race Nocturna, 24 km en la Estancia Santa Elena, a 75 kilómetros al oeste de la ciudad de Buenos Aires.

Y casi siempre que hay una carrera, llegamos sobre la hora o con nervios, y hay algo que solemos dejar de lado (que en el entrenamiento rara vez olvidamos) y es la entrada en calor. Probablemente lo salteemos porque cuando entrenamos, nuestro profesor nos indica qué ejercicios hacer, y el primero siempre es un trote estable de calentamiento.

Pero en las carreras llegamos con toda la adrenalina, cada uno está en la suya, a punto de enfrentarse a una distancia que supera a la de los entrenos. Y quizá por ansiedad nos olvidamos la entrada en calor. ¿Significa que sí o sí nos vamos a lesionar? No creo que inevitablemente pase esto, pero nos estamos predisponiendo, y nunca sabremos si con unos minutos de calentar los músculos no hubiésemos rendido mejor.

La ventaja de la entrada en calor es evitar calambres, esguinces y distenciones musculares. Además podemos disminuir irregularidades cardíacas, ya que  las arterias coronarias se dilatan y permiten  un mayor circulación, mejorando el aporte de nutrientes y la eliminación de material de desecho. A nivel muscular, la entrada en calor aumenta la propiedad elástica de los músculos, tendones y ligamentos; la distribución sanguínea a nivel muscular pasa del 15% al 85%; y se favorece la disociación del oxígeno de la hemoglobina y la mioglobina. A nivel psicológico, nos prepara mentalmente para el desafío que estamos a punto de enfrentar.

Las lesiones son nuestro gran problema, porque obviamente nos impiden hacer actividad física. Pero podemos hacer muchas cosas para impedirlas. Por ejemplo, empezar con ejercicios aeróbicos a un ritmo moderado. Después, unos minutos de elongación para preparar a los músculos y articulaciones para lo que se viene. No tenemos que perder de vista que estamos adaptando lentamente nuestro cuerpo a un inminente estrés. Sería lamentable (y por ahí algo irónico) lesionarnos en esta etapa. Si un músculo que permanecía inactivo es estimulado repentinamente, las primeras contracciones son por lo general pequeñas e irregulares, y la relajación resulta incompleta. Pero poco a poco las contracciones se hacen más fuertes y la relajación es completa. El músculo se enfría en 15 minutos, por lo tanto no se debe dejar pasar más de ese tiempo entre la entrada en calor y la actividad.

¿Cuáles son los beneficios puntuales del calentamiento? El organismo funciona de manera óptima cuando la temperatura corporal sube a 38º o 38,5º (sin tratarse de un estado febril). Esta elevación activa diferentes enzimas que optimizan el rendimiento. La coordinación de movimientos, la fuerza, flexibilidad, la velocidad o la resistencia son mayores cuando se realiza una buena entrada en calor. El sistema nervioso funciona a mayor velocidad, por lo que las órdenes del cerebro llegan a los músculos más rápido. El líquido sinovial de las articulaciones se hace más viscoso y ayuda en las flexiones o extensiones articulares. También hay una mayor ventilación pulmonar, que permite llegar al cambio de aire antes de la actividad principal. La entrada en calor, además, aumenta la secreción de hormonas que favorecen la realización de actividad física (como por ejemplo la testosterona) y regula el ritmo cardiaco.

¿Cuánto tiene que durar la entrada en calor? Depende del trabajo que vayamos a realizar ese día. También puede influir el tiempo del que dispongamos, la época del año (no es lo mismo entrenar en invierno que en verano), y nuestra propia experiencia. Por ejemplo, si vamos a hacer un entrenamiento estable, con más técnica, podemos hacer una entrada en calor más corta que si vamos a hacer pasadas o fondo.

En mi caso, por ejemplo, tengo algunos problemas de puntualidad. A los entrenamientos llego casi siempre en horario, pero no sé por qué a las carreras llego un minuto antes de la largada, y apenas me da tiempo para dejar mis cosas en algún lado e ir al baño. Si no tuve tiempo de entrar en calor, he aprovechado el primer kilómetro para hacer un trote suave, para ir subiendo la intensidad hasta encontrar un ritmo estable. En algún caso, como llegaba tarde, también aproveché para correr moderadamente desde la parada del colectivo hasta el lugar de la carrera, a una velocidad que me permita entrar en calor y mensajear con el celular “Espérenme, que estoy llegando”.

Semana 6: Día 42: Qué aprendí de la maratón

 

Correr con camel me funcionó, pero por algún motivo fui casi el único que lo llevó...

 

El momento de la maratón pasó, pero por algún motivo la euforia sigue, y ya quiero correrla de nuevo.

Hace dos meses no estaba listo para correrla. Y entiendo por qué. Aprendí muchas claves alimenticias y de entrenamiento para esta carrera. Sin ir más lejos, ayer fui a entrenar con los Puma Runners, y me sorprendí qué fácil me está resultando hacer abdominales (cuando antes hacía un espectáculo bastante lamentable).

En el deporte se dan muchos consejos, así que voy a dar los míos, empezando por el más importante.

  • No copies fórmulas. Creo que si hubiese hecho caso a todo lo que me dijeron, me hubiese vuelto loco. Hay que buscar la propia estrategia, y mantenerse apegado a ella. Por ejemplo, decidí correr con camelback, porque me acostumbré en las carreras de aventura, y me pareció que iba a estar más cómodo. En toda la maratón creo que me crucé sólo a otros dos con camel. Pero era algo que me daba seguridad. Y yo creo que en estas situaciones siempre es mejor malo conocido que bueno por conocer.
  • Vaselina sólida para todo el cuerpo… menos para los pies. Untarse todo lo que vaya a tener fricción es clave, sobre todo para la recuperación posterior. Abajo de las axilas, en las tetillas, en la entrepierna… ¡y en la cintura! Para la Cross Country no me puse y cuando volvía a mi casa tenía un aro de irritación que me daba vuelta por la espalda y la ingle, y era muy doloroso. En esta maratón me embadurné, y no tuve ningún problema posterior.
  • Para los pies, doble par de medias. Este sistema es infalible, y ni encintarme ni ponerme vaselina sólida funcionaba 100% para no llenarme de ampollas. En contacto directo con la piel, me puse medias finas. Por fuera, un par de algodón. Esto hace que el pie tenga agarre y que a la vez no haya fricción. Corrí 4 horas así, y hoy mis pies están perfectos.
  • Usar protector solar. Yo no usé, y me quemé mucho los hombros. Estaba tan nervioso antes de la carrera, que agradezco que eso haya sido lo único que me olvidé… Mañana las fotos quincenales que atestiguan mi color camarón.
  • Una alimentación adecuada hace la diferencia. La dieta de la maratón me ayudó bastante con el tema del muro de los 30 km. No sólo es importante lo que ingerimos durante la carrera, sino la semana previa. Me sentí con mucha energía, y puse usarla toda.
  • Los límites son mentales. Esto lo compruebo en cada carrera, pero me sorprendió cómo se nota en la maratón… si sabemos que el límite está en una determinada distancia, llegar a la mitad es bastante fácil. Cuando crucé el km 21 me sentía mucho mejor y con mucho más resto que cuando corrí la media maratón de la Ciudad… ¡y hablamos de la misma distancia! La alimentación y el entrenamiento pueden haber ayudado, pero la cabeza estaba programada para llegar al km 42, así que distancias que en otras carreras eran la meta, ahora eran meros puntos intermedios.
  • Correr acompañado incentiva. No me imagino estar 4 horas en silencio, solo con mis pensamientos. Haber hecho el 80% con mi amigo Yayo me ayudó a no quemarme mentalmente. Y afortunadamente los corredores siempre están de buen ánimo, charlando aunque no te conozcan, y dándote palabras de aliento durante el trayecto. Nunca me caractericé por socializar con desconocidos, pero en la maratón me encontré intercambiando consejos con otros deportistas, alentando a los que veía abatidos, y deseándole suerte a extranjeros y compatriotas.
  • La clave es no detenerse. Esto quizá me funcione a mi, y no necesariamente a todos, pero cuando frené en un puesto de hidratación, me di cuenta de que las piernas quemaban, y cuando retomé el paso, me sentí mucho mejor. Esto ya lo había notado en otras carreras, por eso no me desprendo de mi camel. Pero incluso cuando crucé la meta, seguí haciendo un trote suave. No creo que frenar de golpe sea bueno, ni estarse quieto los días siguientes. Ayer fui a entrenar y me hizo bien, y aún hoy las piernas me duelen más estando quieto que caminando.
  • El cuerpo va a agradecer elongar. En días previos y después de la carrera, hay que estirar. Nadie quiere estar una semana dolorido.
  • Entrenar y tener constancia es imprescindible. No puedo dejar de remarcar qué importante es esto. Sé que hay audaces que se mandaron a correr para “ver qué pasa” (incluso hubo gente que fue sólo por la remera: salieron con todo el malón y a los pocos km hicieron un paso al costado, para quedarse animando a los corredores). De 7 mil maratonistas, al menos 1500 no cruzaron la meta. Y aunque los 42 km de Buenos Aires no estaban entre mis objetivos inmediatos, esos 39 días de Semana 52 fueron clave para tener tanto la aptitud física como la seguridad personal de que podía terminar una maratón.

Semana 6: Día 41: Después de la maratón

Obviamente el día posterior a correr 42 km va a empezar a doler más y más el cuerpo. Y ni hablar el siguiente. Pero a partir de ahí todo debería mejorar.

Hoy es feriado, así que amerita un post light, de descanso.

Voy a ir esta noche a juntarme con los Puma Runners, para elongar y charlar con mis compañeros. Pero más que nada, a relajarme.

Los dejo un video alusivo al tema, para que vean lo que es correr con tenacidad, pero sin prever el desgaste físico (entrenamiento adecuado, buen calzado, hidratación, etc).

Semana 5: Día 33: La “Maratón” UP 2010

 

Un ejemplo de cómo debería ser la medalla de una carrera

 

Hoy, 3 de octubre, a las 9 de la mañana, se corrió la “Maratón” UP, una competencia que aunque cuenta con una distancia alcanzable, no deja de ser una experiencia divertida.

Pido disculpas por mi recurso obse de poner la palabra “Maratón” entre comillas. Desde hace tres años, la Universidad de Palermo organiza esta carrera de 10 km, con una opción participativa de 4 km. Como los lectores de este blog ya saben (o se pueden enterar ahora), el desafío de 42 km nace no de un capricho, sino que es la distancia que hay entre la ciudad de Atenas y la de Maratón. Mucha gente tiene el concepto erróneo de que esta palabra sirve para describir “carrera con muchas personas”, pero no es así.

Dejando de lado la sección obse del blog, la carrera de la UP estuvo muy bien organizada. Ya se nota el compromiso de esta institución por la puntualidad en la largada. Mientras avanzaba hacia el tercer kilómetro, veía compañeros Puma Runners que, por haber perdido un tren, llegaban tarde y se perdían de la competencia.

Para mi, este desafío fue uno de los últimos entrenamientos “fuertes” antes de la maratón (sin comillas), que voy a correr el próximo domingo (me gusta que la fecha sea 10/10/10). En el entrenamiento de ayer, día en el que un auto casi termina con mis aspiraciones deportivas, hicimos un trote breve y muy tranquilo, porque la expectativa estaba puesta en la carrera de la UP. Charlando con el Puma Runner Dany, me comentó que iba a empezar tranquilo los primeros 5 km, para después acelerar en la última mitad. Lo que se llama correr en progresión. Su estado físico es excelente, y es otro de mis referentes dentro del grupo. Pero a Germán, nuestro entrenador, no le pareció una buena idea que me acople a ese plan.

“Martín, mañana tenés que volar”, sentenció.
“Ok, pero puedo ir con Dany, que tiene buen ritmo”
, respondí.
“No, él está entrenando para una cosa y vos para otra. Mañana tenés que volar”
, insistió.
“Bueno, ¿5 minutos el kilómetro te parece bien?”
, concedí.
“No mariconees, mañana tenés que volar”
, insistió nuevamente.
“El tema es que no tengo forma de lograr elevación aerodinámica o flotabilidad aerostática,
así que no usemos más la metáfora de volar”, le hubiese respondido, pero se me ocurrió recién hoy…

Me desperté con algunos nervios, por la importancia que le estaba dando a esta carrera como entrenamiento, y porque en la edición de la UP 2009 empecé corriendo rapido, y en el km 5 tuve que bajar bastante el ritmo: me había quemado. El tiempo total que había hecho tampoco fue malo, la terminé en 49 minutos 36 segundos. Pero si hubiese corrido con más inteligencia, quizá mi desempeño hubiese sido mejor. Y esa era la presión que me estaba imponiendo.

Decidí desayunar una ración extra de hidratos (dos rodajas de pan lactal) y partí hacia Monroe y Figueroa Alcorta, donde estaba la largada. Calculé mal el tiempo y llegué sobre la hora. Por eso no pude juntarme con los Puma Runners para salir todos juntos, así que me escabullí lo más adelante que pude, con la intención de no sufrir el apelotonamiento de la largada. Con mucha puntualidad, comenzó la carrera.

Mantuve un paso estable y exigido, con ese miedo de quemar toda mi energía muy pronto. Llegó la indicación del km 1. “Perfecto, la carrera es 10 veces esto”.

Rodeando el lago de los bosques de Palermo, cruzcé el km 2, y un grupo de jóvenes corredores dijo “Estamos haciendo buen tiempo, van 8 minutos 40 segundos de carrera”. “¡Excelente!”, pensé. “Voy bastante abajo de los 5 minutos el kilómetro, faltan cinco veces lo que ya corrí, y si me pego a estos muchachos con reloj, voy a poder mantener el ritmo”. Pero estos veloces corredores se desviaron hacia el circuito competitivo, así que a partir de ahí me quedé sin reloj.

Pasamos el km 3. “Genial, voy casi un tercio de carrera”.

Llegamos al km 4. “Bien, voy casi… em… ¿un kilómetro menos de la mitad?”.

En el km 5 llegó la hidratación, sobre la avenida Dorrego, y fue el único punto donde no vi el indicador de distancia. Unos metros antes de llegar a Av. del Libertador, pegamos la vuelta sobre la misma calle.

El km 6 estaba pasando por debajo del puente del ferrocarril, y esos cambios en el paisaje hacen que cualquier carrera sea más amena.

Casi llegando al km 7 vi que mi compañero Dany estaba unos metros atrás mío. Me dio un poco de frustración, porque yo quería correr a la par suya, con su plan de “primera parte tranquilo, segunda parte acelerando”, y me presioné para salir más rapido. Así que usé esa frustración para apretar un poco más, dar zancadas más largas, y aumentar el paso.

En el km 8 empecé a sentir signos de exigencia física. Específicamente, ese maldito dolor en las costillas del lado izquierdo. Intenté controlar la respiración, sin bajar el ritmo, y la molestia desapareció. Todo el tiempo pensaba en mi carrera del año pasado, y en cómo  la alimentación responsable y el entrenamiento intensivo de este año me estaban ayudando a hacer una mejor carrera.

El cartel del km 9 tenía la engañosa frase “Ya podés ver la meta”. Levanté la vista, y Figueroa Alcorta giraba unos 200 mts. antes del km 10, por lo que no era cierto, no veía la meta (y cuánto deseaba verla).

Cuando finalmente vi la llegada, sobre una ambulancia había un reloj digital que adelantaba el tiempo que estábamos haciendo. Me marcaba 44 minutos. Hice un sprint para el último tramo, y crucé la meta tres segundos antes de que el cronómetro oficial llegase a 45.

La recompensa llegó en ese momento, cuando además de la medalla por haber terminado nos dieron agua, Powerade, una banana, dos exquisitas rodajas de pan Orowitz, y algunos snacks que regalé porque no entraban en mi dieta.

Dany llegó pegadito atrás mío, y me contó que arrancó la carrera desde muy atrás; eso lo retrasó. Irme adelante en la largada es un truco que a veces me resulta un poco infame, pero realmente hace una diferencia de algunos segundos (o minutos) muy valiosos.

Esta carrera fue, además, la primera de algunos Puma Runners, y su felicidad por haber llegado era muy contagiosa. Para los que ya la corrimos el año pasado fue la oportunidad de medir si habíamos mejorado nuestro tiempo, además de un entrenamiento extra. El resto de la mañana fue hidratarnos, elongar, comer las delicias que entregó la organización, escuchar las historias de los que llegaron tarde a la carrera, masajes en el gazebo de Puma, fotos y felicitaciones para cada uno.

Yendo a almorzar encontramos un auto Toyota con las llaves puestas en la puerta, e hicimos la buena acción del día (buscando, quizá, sumar karma positivo, que podamos usar en la maratón). Dejamos una notita con un celular y, para evitar un robo demasiado sencillo del vehículo, nos llevamos las llaves. Fuimos a comer a un falso Carlitos, en la que fue mi último almuerzo de mi dieta “normal” antes de la maratón. Ya a partir de mañana empiezo con la alimentación diseñada especialmente para los 42 km (menos verduras y fibras, más hidratos y líquidos).

El distraído conductor del Toyota finalmente recuperó sus llaves, comimos como reyes, y volvimos a nuestros hogares. Cada uno cumplió un objetivo (la primera carrera, mejorar el tiempo, entrenar), y con un día con un clima tan espectacular, podemos decir, sin temor a equivocarnos, que este fue un domingo que será digno de recordar.

EDIT: En la tabla de posiciones de la Carrera me colocan en el puesto 89 de la general, de un total de 1354 corredores. ¡No me lo esperaba!

Semana 5: Día 32: Casi me pisa un auto

Vista subjetiva del automóvil que casi me atropella

El título de esta entrada no es una metáfora.

Los días sábado son mis favoritos en el entreno de los Puma Runners. Empezamos a las 9 de la mañana, y solemos hacer cosas que de noche se complican: correr grandes distancias (contrario a sólo darle vueltas al hipódromo), muchas cuestas, o encarar hacia el río. Además, por la mañana uno tiene mucha energía, está descansado (dependiendo de qué hayamos hecho la noche anterior), y cuando hace un sol como el de hoy, la motivación se multiplica.

Como mañana, domingo, corremos los 10K de la Universidad de Palermo, nuestro entrenador Germán “no me digan coordinador que esto no es un viaja de egresados” De Gregori, decidió que el trote fuese muy light, con mucha elongación. Supuestamente la carrera de mañana tengo que hacerla rápido (no tengo idea cuánto), como parte del entrenamiento para la maratón del 10 de octubre. Yo tenía la ilusión de hacer fondo (un mínimo de 20 km), y además quería probar cómo era llenar el camelback sólo con Gatorade, y recurrir a eso como hidratación. Pero sólo hice 2 km y después a estirar un buen rato.

Germán notó mi frustración, además de que sabe que no quiero estar un día sin entrenar algo (running, musculación, lo que sea), pero me dijo que me tenía que cuidar. “Si te rompés ahora, tiramos a la basura un mes de trabajo”. Ok, me contengo. ¿Puedo correr la YPF del 24 de octubre? Son 50 km, 35 de bici y 15 corriendo. “No vas a llegar después de la maratón, es dos semanas después”. Ok, reprimo la ansiedad.

Volví a mi casa y me hice el almuerzo. Después de guardar todo en un tupper, agarré la bici y partí hacia el Espacio Moebius, el local de diseño que comparto con dos amigos. Yo suelo trabajar en mi casa, pero uno de mis socios, Tin, ganó un subención que le pagó el pasaje a la Feria del Libro de Frankfurt, Alemania, mientras que Rodrigo partió a atender un stand en Trimarchi DG, en Mar del Plata. Con 2/3 de la sociedad de viaje, me tocó abrir y cerrar el local viernes y sábado. Y realmente me gusta andar en bici, pero detesto el tráfico. Como había entrenado poco, me pareció una buena idea dejar de lado mi desprecio por los autos y el pésimo respeto de los conductores hacia el resto de la raza humana, y hacer esos 20 minutos de bici que unen Palermo con Almagro.

El entreno me había ocupado toda la mañana, y como estaba abriendo el local una hora más tarde que de costumbre, fui pedaleando a máxima velocidad. El trayecto es bastante simple: Dorrego derecho, doblar en Av. Corrientes, que tiene carril preferencial de bicicletas, hasta llegar a Bulnes. Cuando estaba llegando a la esquina para tomar Corrientes, el semáforo cambia a amarillo. Muchas personas impacientes ya estaban paradas en la calle, no queriendo perder un segundo para poder cruzar. Yo doblaba a la izquierda en una calle doble mano, y la gente me interrumpía el paso. En eso, con el rabillo del ojo, vi a un auto celeste venir hacia mi a toda velocidad, y recién cuando cruzó Corrientes y vio que yo no avanzaba, clavó los frenos. En una décima de segundo (que duró una eternidad), me pregunté si iba a sobrevivir el choque. Logré avanzar lo suficiente entre la gente que quería cruzar, y el auto me pegó, frenando, en la rueda trasera. Mi bicicleta y su carrocería (que vengo a ser yo) giramos 90 grados por el impacto, y el conductor avanzó todavía unos 5 metros más.

Lo primero que intenté asegurarme era de estar intacto. Después vi el estado de la bici. La rueda tenía la forma de una papa Pringles. Me abstendré de reproducir los insultos que le grité al conductor, que estacionó a un costado. La gente se agolpó, quizá esperando una golpiza, pero recuperé la calma, decidido a que el responsable pagase por mi bicicleta. Me acerqué y le pregunté si se daba cuenta que había cruzado en rojo. “No, crucé en amarillo” se defendió, como si esa luz no indicara frenar más que acelerar. Una señora, indignada, le dijo que era su culpa. Un hombre se sacó los auriculares del iPod y opinó que la responsabilidad nos cabía a los dos. Otra mujer me miró y sentenció “la culpa es del de la bici, cruzó mal”. Probablemente el de los iPod estuviese en lo cierto, así que lo dejamos en un empate de imprudencia. El conductor me ofreció llevarme a una bicicletería. Abrió el baúl, corrió dos cajas de pizza caliente que tenía guardadas ahí (lo juro) y colocamos los restos de mi rodado.

Ya en el auto me dijo “No te preocupes, lo importante es que no te pasó nada”. En la bicicletería cotizaron el arreglo en $60 (esperaba mucho más), el conductor me dejó el dinero y se fue, seguramente a comer pizza recalentada con su familia.

Una hora después, tuve una rueda nueva, y retomé mi camino hacia el local, bastante atrasado.

Esos 60 minutos en que veía cómo sacaban la rueda y enderezaban el cuadro a los martillazos, me permitió pensar. ¿A cuánto pasó el auto de mi pierna derecha? ¿30 centímetros? Si me hubiese chocado de lleno, probablemente hubiese sido el fin de Semana 52. O quizá hubiese dedicado los siguientes meses a contar sobre huesos fracturados, yesos, muletas y rehabilitación. Se me vinieron a la cabeza las palabras de Germán: “Si te rompés ahora, tiramos a la basura un mes de trabajo”.

Mientras iba hacia Moebius por el carril preferencial para bicicletas, pensaba en la ironía de un corredor que se juega la vida por estar apurado. Más allá de que la Ciudad de Buenos Aires se caracteriza por tener los conductores más irresponsables de la galaxia (que creen que las normas de tránsito son para los demás menos para uno mismo), me di cuenta de que por ganar tres o cuatro minutos nos exponemos a situaciones de innecesario riesgo. Si hubiese ido más tranquilo, probablemente no habría estado en esa esquina en el instante exacto en que un conductor con pizza enfriándose en el baúl quería ganarle al semáforo.

Hay ciertas carreras con remeras oficiales, puestos de hidratación y medallas, que valen la pena hacer. Pero correr en el día a día, para ganarle al tránsito, con el único premio de ganar unos segundos, no justifica el riesgo.

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