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Semana 20: Día 137: Expertos en proteínas

Hoy leía un textito con el que me sentí identificado, y decía algo así: “Cuando digo que soy vegano de pronto todo el mundo se convierte en expertos en proteínas”. Nunca nada más cercano a la realidad.

He tenido amistosas discusiones con amigos y familiares sobre los pormenores de no comer carne. Creo que ya he demostrado que, tras trece años sin consumir animales, sigo vivito y coleando. Vicky cree que me quedo dormido (desmayado) en todos lados por alguna falta nutricional, pero si dejamos eso de lado (cualquiera que vea a mi padre durmiendo en el sillón después de almorzar puede comprobar que es un rasgo genético), lo cierto es que nunca me sentí mejor físicamente. Estoy haciendo fondos largos constantemente, sumando kilómetros en entrenamientos intensos, a veces combinados con ejercicios de musculación. Y no me siento débil.

Pero siempre hay alarmistas que consideran que estoy demasiado flaco, que pongo en riesgo mi salud, y así como en el fútbol somos todos directores técnicos, en estas charlas todos somos nutricionistas deportólogos, “especialistas” en lo que el cuerpo humano necesita (en algunos casos, “especialistas” en lo que MI cuerpo necesita). Escuché todo. Las proteínas completas, las de alto valor biológico, el hierro, la vitamina B12. Aunque parezca increíble, he tenido peleas que nada tenían que ver con el deporte o la alimentación, en donde en algún momento me tiraron a la cara “¡a vos te falta comer carne!”, tibio insulto que siempre me deja perplejo.

Creo que no hace falta aclarar que mucha gente desconoce cuáles son las fuentes de energía. Hay tanto pánico hacia las “calorías” que mucha gente cree que son mala palabra. Lo mismo con los hidratos de carbono, llegando al punto de creer que comer una banana puede hacerlos engordar. Las proteínas tienen calorías, pero la principal fuente de energía, eso que nos da la fuerza para realizar acciones o procesos internos son los hidratos, y no hace falta recurrir a los animales para consumirlos. ¡Es más! No hace falta la carne, ni siquiera la leche o los huevos, para obtener proteínas. Tampoco es un misterio, basta consultar a un profesional, y los más arriesgados pueden incluso googlearlo. Las lentejas, los garbanzos, la soja, son todos una excelente fuente de proteína vegetal.

Si estuviese equivocado, creo que no soportaría estar tres horas corriendo sin parar, como pude comprobarlo el domingo pasado. Mañana voy a retirar mis análisis de sangre, que también van a ser un indicador de cómo estoy físicamente, y el jueves voy a tener una función doble: nutricionista por la mañana, y médica clínica por la tarde para que vean mis resultados y me digan cómo está mi salud (sin tener que fiarse de mis opiniones).

Semana 14: Día 97: Dominando las dominadas

¿Qué son las “dominadas”? ¿Es un juego de mesa? ¿Es una señora enfundada en cuero que nos pega con un látigo? No, no. Se trata de un ejercicio en el que el cuerpo pende de una barra. Según el mataburros del siglo XXI (Wikipedia), el agarre puede ser supinado (las palmas de tus manos miran hacia uno) o pronado (con las palmas hacia el exterior).

Para realizarlas se parte de la posición de reposo, en la que los brazos se encuentran totalmente estirados. El objetivo es que levantemos el peso de nuestro cuerpo flexionando los brazos, hasta que la pera sobrepase la barra (no vale levantar la cabeza). Las piernas quedan colgando y no hay que levantarlas.

Este ejercico trabaja el músculo dorsal ancho, braquial, braquirradial, bíceps braquial, redondo mayor, deltoides posterior, infraespinoso, redondo menor, trapecio, pectoral y romboides. No hace falta tener un doctorado en medicina para saber que el esfuerzo está en la espalda, dortales y brazos.

Hace poco más de una semana lo intenté, al aire libre, y fue una escena bastante lastimosa. Germán, mi coach, me dijo hace varios meses “Tenés que empezar a colgarte”. De esta forma uno trabaja con el propio peso, y se gana volumen. Esa era la intención. Pero por diversos motivos nunca lo hice. Este año me comprometí con el gimnasio, e intenté levantarme con las barras y no hubo caso. Los brazos no respondían, y con mi orgullo herido hice que me quería quedar colgando, disimulando que mi postura inmóvil era por falta total de fuerza.

Esta última vez que había intentado hacer dominadas, sentí la motivación de intentar algo que parece muy lejano. Me volvió esa incertidumbre de cuando uno está aprendiendo algo. Así que al día siguiente me encargué una barra para colocar en el marco de una puerta. La tengo en el baño, y aunque no incorporé una rutina determinada, de tanto en tanto paso y me levanto todas las veces que puedo. La idea es que el cuerpo quede colgando, con los brazos estirados, y desde ahí levantarse hasta arriba. Y cada vez que voy al baño (cosa que hago demasiado seguido), me detengo unos segundos e intento algunas dominadas.

Seguramente sea sugestión, pero desde que empecé, aunque fuesen movimientos paupérrimos, con constancia me di cuenta que se me están haciendo más fáciles. Al principio hacía dos repeticiones. Ahora ya estoy en cuatro.

Y ahí está, la barra cromada que no me deja cerrar la puerta del baño. Un ejercicio para el que hay que tener paciencia y constancia. Algo muy difícil… pero no imposible.

Semana 14: Día 94: Año nuevo, rutina nueva

Empezó el año, y con él encuentro la excusa para reajustar la rutina alimenticia y de ejercicio. Con esto, para agregarme más presión, voy a volver a publicar fotos del progreso físico, algo que me fastidió bastante hacer el año pasado, pero evidentemente me funcionó.

Nunca me alejé demasiado de la dieta, pero lentamente me fui alejando de los vegetales y priorizando mucho los hidratos y las proteínas. Creo que compensé bastante con el consumo de frutas, pero puedo hacer el esfuercito y equilibrar mejor las comidas. Algo a tener en cuenta, no estoy haciendo un régimen para bajar de peso. No quiero salir volando en la próxima sudestada. La idea es mantener el organismo equilibrado y un mejor funcionamiento intestinal. Nunca dejé de comer 6 veces por día, lo cual es clave para no acumular grasas, lo que no quita que ahora voy a intentar bajar el consumo de lípidos al mínimo.

Pero lo que más me entusiasma de todo esto son las dos rutinas que mañana voy a incorporar. Me compré por internet una barra para hacer dominadas, que me llegará el martes de 10 a 14 hs. El miércoles pasado, en el entrenamiento, un compañero me tentó con hacer este ejercicio. Si la palabra “dominadas” no les dice nada, es básicamente colgarse e intentar levantar el peso del cuerpo. Es muy completo ya que trabajan varios músculos, y apenas lo intenté hacer demostré una increíble ineptitud. Me recordó a cuando empecé a hacer flexiones de brazos, hace un año y medio, y daba muchísima lástima. Esto me motivó a esforzarme y no detenerme hasta controlar este ejercicio. Lo mismo pretendo con esto.

Y me queda esa cuenta pendiente del desafío de abdominales. 8 semanas con rutinas isométricas para desarrollar fortaleza. No para marcar, eso lo voy a lograr bajando el consumo de grasas y manteniendo mis ejercicios aeróbicos. Tomado del sitio de Vitónica, lo intenté en el pasado y por una lesión lo tuve que abandonar por la mitad. Pero ya entonces había notado cómo se incrementaba la fortaleza abdominal, algo muy importante para un corredor.

Año nuevo, rutina nueva. No conviene dejar pasar esta oportunidad para intentar nuevos desafíos.

Semana 46: Día 322: ¿Adelgazar o aumentar de masa muscular?

Cuando empecé Semana 52 estaba excedido de peso. Unos 7 kilos, según el deportista promedio de entre 30 y 35 años. No parece un objetivo inalcanzable, de hecho lo logré en menor tiempo del que me imaginaba.

La cuestión fue que empecé a adelgazar, y eso vino acompañado con una disminución de mi masa muscular. Además de quemar grasa, mientras aumentaba mis límites en el running, quemaba músculo. Al principio lo que más quería era adelgazar. Deseaba cambiar los pantalones, cinturones, y tener una cintura más delgada. Quería que mis talles de remera pasasen de “M” a “S”. Se lo comenté a un compañero de los Puma Runners, y me dijo que todo lo contrario, yo tenía que pasar a “L”. Él imaginaba que mi ideal tenía que ser musculoso, no flaco.

Ahí empecé a entender la diferencia entre adelgazar y aumentar de masa muscular. No son cosas que no puedan complementarse, pero son objetivos lo suficientemente diferentes como para tener que inclinarse por uno de ellos. En mi caso, empecé queriendo ser más flaco. En un momento me di cuenta que los pantalones me quedaban como un payaso, y salí muy contento a comprarme jeans nuevos. Un miércoles en que me saqué las fotos que forman la sección de “Progreso”, me di cuenta que estaba demasiado delgado. Me chocó, porque no me reconocía. Uno identifica al instante su cuerpo, nos vemos constantemente, nos palpamos al vestirnos, al bañarnos. De pronto empecé a sentir un físico al que no estaba acostumbrado. Era chocante, y a la vez gratificante.

Y en esas fotos, me noté muy flaco. No me gustó tanto, empecé a preferir aumentar la masa muscular.

Es lógico que, habiendo logrado mi objetivo, quisiese alcanzar uno nuevo. Pero la cuestión de la “delgadez” empezó a ser una preocupación para los que me veían después de un par de meses. Obviamente nadie va a asociar a un tipo musculoso con alguien con poca salud, pero sí un tipo flaco. Eso se asocia con mala alimentación, enfermedades terminales, y otras cosas terribles que poco tienen que ver con un corredor de fondo.

Me encantaría encontrar el equilibrio, y esto me da algo de incentivo para seguir esforzándome más allá de la semana 52. No quiero dejar de correr, ni quiero volver al físico de antes, incluso cuando muchas personas (en especial mujeres) me dijeron que les parecía más lindo cuando estaba “gordito”. Me interesa progresar en el running, y de paso lograr más musculatura. Creo que son dos objetivos que puedo buscar en forma paralela, haciendo el esfuerzo por buscar mi propio ideal, y no el que creen los demás.

Semana 45: Día 314: Nutrición vs. Entrenamiento

Es obvio que es imposible despegar una de otra: para entrenar y hacer una vida deportiva, hay que cuidar nuestra alimentación. Excepto en deportes excéntricos como el sumo o “mover una camioneta tirando de una cadena con los dientes”, no solemos ver deportistas profesionales con sobrepeso (a decir verdad, ellos también se preocupan por lo que comen).

Todos han visto a los corredores de elite, super fibrosos. Curiosamente, hay mucha gente haciendo dieta en este preciso instante, que no tiene en cuenta la importancia de acompañar esto con ejercicio.

Por más que yo me deslomaba corriendo, una nutrición inadecuada me había puesto un techo. Yo creía que hasta ahí podía llegar, y sólo me preocupaba si comía alimentos aptos para vegetarianos (como los chizitos, la pizza y la provoleta). Noté cómo incide la alimentación en el rendimiento cuando corrí la maratón, en octubre. Una semana comiendo en forma estricta y controlada hicieron una enorme diferencia. Habrá tenido un gran componente psicológico, no lo dudo, pero los resultados están a la vista.

En un artículo que publicó el sitio Docsalud.com, la Dra. Alicia Dorín, coordinadora del consultorio de nutrición y deporte del Hospital Italiano de Buenos Aires, dice que se estima que “el entrenamiento contribuye en un 50 % al logro de los objetivos”. El resto es una buena alimentación. Si el ejercicio es muy bueno pero el plan alimentario no, el rendimiento no va a ser el óptimo. Esto se aplica a cada deporte en forma particular, ya que distintas disciplinas tienen exigencias puntuales. “Un nadador de aguas abiertas debe tener una capa de grasa que le sirva para aislarlo del frío y así aumentar su rendimiento. En cambio, un luchador necesita tener más masa muscular y menor cantidad de grasa, para poder realizar movimientos rápidos”, aclara en la misma nota el Dr. Daniel Estala, especialista en Medicina del Deporte e integrante del Departamento de Medicina Deportiva de la AFA.

La disciplina que elegí yo es el running, y el progreso está relacionado con la pérdida de peso corporal, para obtener así un óptimo uso de la energía. Pero claro, además hace falta mucho combustible para hacer grandes distancias, así que la alimentación tiene que estar en función de los objetivos. Es por eso que hay un cuerpo ideal para cada atleta en cuanto a forma, cantidad de grasa, y desarrollo de masa muscular y de huesos. Apenas empecé con Semana 52, con mi nutricionista establecimos los objetivos, vimos en dónde estaba yo parado en ese entonces (estaba sentado en una silla, pero me entienden) y pudimos tener un norte al cual dirigirnos. Sabíamos cuánto sobraba de grasa y cuánto faltaba de músculo. A partir de ahí, se armó la dieta, para tener energía durante la actividad física y, además, acomodar el metabolismo y la composición corporal.

Cada disciplina tiene sus necesidades, incluso dentro del mismo deporte. En el fútbol (actividad que lesiona a más corredores que el running mismo), los defensores o el arquero son, en general, jugadores de mayor contextura física, con gran masa muscular, para alcanzar explosividad en los movimientos y capacidad de salto. En cambio, los volantes son más bajos y con características físicas que les permiten correr con gran rapidez. Y no sólo su contextura y disciplina define la alimentación de un atleta, también sus próximos objetivos. Cuando un deportista está por competir, el porcentaje de hidratos de carbono en su dieta puede alcanzar el 75 u 80%, para que tengan suficiente energía disponible. Esto fue clave en el régimen previo a la maratón, donde reduje la cantidad de fibras e incorporé muchas pastas, arroz, papa y otras fuentes de carbohidratos, distinto a lo que venía comiendo habitualmente.

He visto muchos corredores que viven para comer, y no les importa. ¿Está mal? En absoluto. La vida es esta, y hay que disfrutarla. Cada uno lo hace como puede. Pero quienes quieren progresar, lograr tener más fuerza, velocidad y resistencia, tienen que entender que son objetivos muy alcanzables, siempre y cuando se haga el esfuerzo de comer con inteligencia. Cuesta, pero los resultados están ahí, al alcance de la mano.

Semana 45: Día 312: Otra vez, esa maldita costilla

No existe la buena o la mala suerte. La vida es un suceso de hechos, algunas veces conectados, la gran mayoría es puro azar. Dios juega a los dados con el universo, el destino no existe, y ante la repetición de un hecho no hay obra del destino, sino de la casualidad.

En todo esto pensaba uno de los guionistas de Semana 52 cuando, a 7 semanas de terminar el reto de entrenar una semana, decidió agregarle algo de emoción. Como algunos ya lo sabrán, este blog está escrito por un ejército de monos redactores, que tienen mala ortografía, fuman habanos, y están aprendiendo a hablar. El jefe de redacción, César, sueña con convertirse -algún día- en el líder que logre la rebelión de los simios contra los humanos. Pero esa es otra historia.

Como decíamos, las casualidades son sólo eso. Martín Casanova, luego de volver al gimnasio, empezó a sentir cómo le dolía todo el cuerpo. Cada músculo se quejaba, y la sensación era, paradójicamente, intoxicante. Era señal de esfuerzo, de que estaba trabajando y no dorrmido en ningún laurel. El viernes a la noche, víspera de feriado, se quedó navegando en la web (webeando) hasta altas horas de la noche. Si dependiese de él, se levantaría todos los días a las 6 de la mañana, y a la cama a las 23. Pero el resto del mundo insiste en reunirse hasta tarde, y se mofan cuando él se queda dormido. Y estaba webeando en una posición que, de pronto, empezó a resultarle molesta. De costado, piernas estiradas (para que no queden las rodillas flexionadas). El pecho, sobre el lado izquierdo, le empezó a doler. Así, como mucho. “Una mala postura”, pensó.

Se fue a acostar promediando las 3 de la mañana. La gata lloraba desde abajo de la cama, para tantear si se ligaba un lugar. Casanova no llegó a soñar nada, porque una hora y media después se despertó con un espantoso dolor en el pecho. “Qué manera de terminar Semana 52, con un infarto”, pensó. Estar acostado le hacía doler más. Se debatió pocos minutos si se levantaba o no. Cuando vio que sólo eran las 4 y media no lo podía creer. Se vistió y salió para el hospital.

En la guardia, esperaba sentado, solo (ya era feriado, y sábado, la gente elige enfermarse o lastimarse en horarios más convencionales). De vez en cuando aparecía una oleada de dolor, una puntada que decía presente. El médico lo llamó por su apellido. “¿Qué te anda pasando?”, preguntó el profesional. “Me duele mucho el pecho. No sé de qué. Vengo a que me tranquilice, en realidad”. Le hicieron un oscultamiento, y los pulmones estaban perfecto. Luego un electrocardiograma. 10 puntos.

El doctor apretó el pecho con sus manos. “¿Duele esto?”,  preguntó. La verdad que no molestaba en nada. Presionó distintas zonas, y nada. Pero cuando Casanova respiraba hondo, veía las estrellas. “Evidentemente es muscular. Un golpe o un mal movimiento”. El diagnóstico, que lo escuchaba por segunda vez en su vida (la primera fue en diciembre), era costocondritis.

Una breve búsqueda en internet dice que esta enfermedad ocurre espontáneamente a cualquier edad, usualmente sin causas identificables o de advertencia. No hay forma de prevenirla. Se trata de un dolor en la pared anterior (frontal) del pecho, en la unión de las partes óseas y cartilaginosas de una costilla que es totalmente localizado. A veces, pero no siempre, está acompañada de distensión e inflamación. No es una enfermedad grave, pero sus síntomas son similares a los de varias condiciones peligrosas (ataques cardíacos, problemas digestivos y cáncer de hueso).

En resúmen, Casanova debe guardar reposo, tomar diclofenac con vitamina B12, e intentar retomar con menos peso cuando vuelva al gimnasio.

Existe otro mono escritor de Semana 52 que sí cree en el destino, y actualmente está teniendo una pelea con navajas con el que no cree. Porque podría afirmar que esto le pasa por predicar una cosa y hacer otra. Hay que regresar al entrenamiento de a poco, nunca igual desde donde dejaste, porque el cuerpo se acostumbra, tanto al esfuerzo como al reposo. “Fue el destino”, dirá el mono ganador, mientras limpia la sangre de la punta de su cuchillo. “Eso y que genéticamente sos un flojito”.

Semana 45: Día 310: Encontrar fuerzas de donde no hay

A nadie le va a volar la cabeza que diga que correr es un ejercicio con una gran cuota mental. Ya lo dijo Dean Karnazes: Es 15% alimentación, 15% entrenamiento y 70% cabeza.

Nuestros miedos y el instinto de preservación nos retienen. Eso mismo que nos obliga a caminar despacito por una cornisa o a agarrarnos fuerte del respaldo del Samba. A menos que tengamos algún problema psicológico, lo cierto es que no tenemos intenciones de lastimarnos, y nos pasaremos el resto de nuestras vidas intentando ganarle un minutito más a la muerte.

Algo de eso hay cuando pensamos en correr, sobre todo si lo hemos hecho poco y nada. El agotamiento, el dolor en los músculos, quedarse sin aire… ¿quién quiere pasarla tan mal? Pero algo cambia en tu mente que ves todo de forma diferente. Llega un momento en que cuando duele el cuerpo o alguna parte muy entrenada, sentimos un orgullo que es bastante alejado del miedo.

Como si fuera poco, están las carreras. Corremos en base al combustible que hemos ido consumiendo. Si se nos agotan las reservas, recurrimos a energía extra, que puede provenir de frutas secas, geles o barritas. Pasamos del glucógeno en la sangre a las grasas, para luego quemar músculo. Pero toda esa cuestión física y biológica no nos hace llegar a la meta. Llega un punto en que dejamos de correr con las piernas, y lo hacemos con el corazón.

Recientemente tuve unos días bastante difíciles. Envuelto en mis sábanas, con mi gata hecha un bollito encima mío, dándome calor, no podía levantarme de la cama. Sí, afuera hacía frío, muchísimo, y era la excusa perfecta para no levantarse. Pero había algo más, evidentemente estaba deprimido, falto de motivación. Nada podía hacerme levantar. Quería, y a la vez no.

Mientras la alarma del despertador sonaba a intervalos de 10 minutos, pensaba en cómo recuperar ese entrenamiento que planeaba saltearme. Hacía cuentas, tapado, en la oscuridad de mi pieza. El sol ni siquiera había salido. Había dormido pocas horas y estaba cansado. Pero después de escribir 300 días en un blog y de tratar tantas veces sobre la motivación, recordé eso que me dijo mi papá un par de veces: “¿Comprás lo que vendés?”.

Yo sé que, no importa qué tan cómodo, triste, desmotivado o abrumado esté, nunca me voy a arrepentir de entrenar. Hay una satisfacción tan grande en hacer algo por uno mismo (y en especial cuando no es auto-compadecerse). No sé de dónde saqué fuerzas, porque todo parecía sumamente difícil y complicado, pero me levanté de la cama. El piso estaba helado, y tenía que ponerme a buscar abrigo urgente. Los platos sucios se apilaban en la cocina, y necesitaba lavar para poder desayunar. Después de unos cereales con leche, preparé las cosas del gimnasio: guantes, una muda de ropa, toalla, shampoo, la credencial, el celular y las colaciones post-entrenamiento (powerade con leche descremada en polvo, una Cindor y 4 vainillas). Salí del departamento, y abandoné el edificio.

Afuera, en la calle, estaba helado. Un viento frío hacía doler las orejas y congelaba la nariz. Nada de eso importaba. Apenas aclaraba mientras esperaba al tren, casi yo solo, en el andén. El viaje hasta el gimnasio es bastante rápido. Después de una entrada en calor en la cinta, empecé mi rutina de pesas.

Cuando salí, era otra persona. Había vencido el miedo a hacer algo. Le gané a la angustia, a tenerme lástima a mí mismo. ¿De dónde saqué la voluntad para dejarme de llorar y salir de mi refugio? No lo sé, pero sospecho que es una fuerza que todos llevamos dentro. Es cuestión de pensar menos, dejarse fluir, e intentar, intentar, intentar.

Semana 44: Día 303: Tan importante como las abdominales: las lumbares

Semana 52 derribando otra vez mitos (hacía rato que no lo hacíamos): Si queremos la cubetera, con hacer ejercicio de abdominales no alcanza. Lograremos fortaleza, que nos servirá para muchos deportes, entre ellos el running. Pero el secreto para el six pack es una dieta reducida en grasas y mucho aeróbico.

Tener abdominales tonificados es la obsesión número uno, pero es fácil olvidarse del equilibrio. Las lumbares son igual de importantes; unen el tren superior e inferior, y son el sostén fundamental que permiten una ejecución adecuada de la mayoría de los gestos deportivos. Ya corriendo se tonifican, pero también reciben mucha tensión y carga (ni hablar de en el gimnasio), así que es recomendable no olvidarse de ellas. Hay zonas antagonistas, como el pecho y la espalda o el bíceps y el tríceps, que tienen que compensarse con el mismo grado de entrenamiento. En el caso de los abdominales pasa lo mismo: no podemos hacer que solamente el vientre esté tonificado y dejar de lado la parte lumbar.

Es común que por un deseo estético se entrene particularmente el abdomen, y poco o nada los músculos de la zona baja de la espalda. Esto genera un desequilibrio, ejerciendo un efecto de tiro hacia delante. O sea, disminuimos la resistencia, desviando tensión a la parte lumbar, desencadenando dolores y quizá hasta una lesión, como hernias discales. Los problemas se dan por una descompensación, que genera una postura forzada, en la que la columna vertebral se desplaza hacia adelante.

Los músculos lumbares son pequeños, por lo que es fácil sobreentrenarse. Además de evitar el desequilibrio, el entrenamiento de esta zona posterior sirve para eliminar las reservas de grasa que pueden depositarse en esta parte del cuerpo. También, con el desarrollo muscular, protegeremos este sector de la espalda baja, que aguanta todo el día una constante presión.

¿Cómo entrenar los lumbares? Primero, hay que dejarlos par el final, ya que durante otros ejercicios actúan sosteniendo la posición del cuerpo en dos patas. Lo ideal es optar por rutinas isométricas y no dinámicas, con contracciones lentas, mantenidas estáticamente durante algunos segundos, preferentemente con el propio peso del cuerpo. La alta velocidad o los rebotes en la ejecución no es adcuado, ya que aumenta el riesgo de patologías de columna.

Un ejemplo para ejercitar las lumbares, y que me ha dado buen resultado, es acostarme boca abajo, con las manos a los costados de la cabeza, y levantar el torso, sosteniendo la posición durante 5 segundos. Esto lo repito 10 veces. Otro es acostándose sobre la espalda, con las piernas flexionadas, y subir la pelvis, haciendo tensión con el abdomen y los glúteos. Así se forma un arco, que hay que sostener durante 10 segundos, y repetir 10 veces.

Existen otros ejercicios lumbares, que no requieren el uso de pesas ni aparatos. Lo importante es darles su verdadera importancia, y encontrar el equilibrio, para no olvidarlos si sobreentrenarlos.

Semana 44: Día 302: Buscando gimnasio

Estoy a ocho semanas de terminar el año de entrenamiento. Dos meses en los que quiero afilar el lápiz. Con el viaje a Perú, sumado a que mi base de operaciones (la casa de Vicky) cambió, abandoné el gimnasio. Tengo un par de mancuernas con las que estoy manteniendo lo que gané de bíceps y tríceps, pero me está haciendo falta profesionalizarme.

En el comienzo de Semana 52, la musculación comenzó en mi casa. Orientado por mi entrenador, Germán, empecé dándole mucha importancia a los hombros. De a poco, se fueron desarrollando, mientras perdía peso a lo pavote. Fui ganando fuerza en los brazos, y lo noté cuando mis flexiones dejaron de ser las más lastimosas del mundo.

Cuando empecé a ir a un gimnasio, conseguí uno de esas cadenas (que empiezan con S y terminan con portclub) gracias a un amigo que me consiguió un importante descuento. Aún así no era barato (al menos para mi economía), pero los servicios eran muy buenos. Tenía varios niveles, pileta climatizada, máquinas nuevas y en buen funcionamiento, buen servicio de limpieza, y no uno, ni dos, sino seis plasmas, sintonizados en diferentes noticieros, canales de deportes y el Fashion TV.

Luego comencé mi relación con Vicky. Muchos me aseguraron que Semana 52 moría el día en que me pusiera de novio. No ocurrió, aunque es cierto que empecé a pasar mucho más tiempo con ella, frecuentando su barrio. Fue entonces que me vi en la necesidad de encontrar un gimnasio que me quede más a mano. El tema del entrenamiento es que muchas es un fino equlibrio entre la rutina, el presupuesto y la motivación.

Así fue que me puse a buscar algo más a mano, que no me quitase tanto tiempo y que no se saliese de mi presupuesto. Intenté con la otra cadena, esa que suena parecido a Megatrón (villano de Transformers), pero requería que pagase seis o doce meses por adelantado. Puedo comprometerme con una mujer, pero ¿con un gimnasio? Para colmo me fastidió un poco que entré en esta sede a preguntar el precio de la cuota, y no me lo querían decir. Me hicieron llenar una planilla, me explicaron los veinte mil beneficios que tenían, pero de costos, nada. Pregunté varias veces, y siempre me mencionaban algún servicio extra de tal o cual plan, o me ofrecían hacer una recorrida por las instalaciones. Finalmente confesaron la pequeña fortuna que costaba su membresía.

Opté por hacer la prueba en un gimnasio más “de barrio”, de esos por los que pagaba 20 pesos para tener acceso full (me avisan que me quedé en el tiempo y que eso no existe más). Cruzando, enfrente de departamento de Vicky, hay un Planet Fitness, que es más austero que las otras cadenas, pero casi igual de cara. Así que estaba medio en la misma.

Cuando me iba a rendir y a pagar lo que me pidieran, me crucé con lo que buscaba. Esos gimnasios con olor a club, que no se preocupan tanto por la estética, ni tienen seis plasmas (lástima, me voy a perder la resolución del reality de pintores que daban en el Fashion TV). Las máquinas están bastante bien, aunque alguna da la impresión que si me raspa podría darme el tétanos. Pero es la opción que necesito: entrenar sin ataduras, por si el día de mañana cambio de barrio y necesito empezar de nuevo. Hay diferentes motivos para elegir un gimnasio adecuado. En mi caso responde a cercanía y comodidad. Si es un lugar ostentoso o no, me da bastante igual. Después de todo, el Indio Solari lo puso muy bienuna vezz: el lujo es vulgaridad, dijo, y me conquistó.

Semana 43: Día 297: La perseverancia hace al maestro

¿Qué seríamos sin perseverancia? ¿Cuántas generaciones de seres humanos existen gracias a que un hombre, galantemente, ha insistido en cortejar a su amada, incluso contra todas las posibilidades?

No existe el deportista que no persevera. Es como pretender surfear sin tabla, o jugar al fútbol en primera división, descalzo. En el caso puntual de correr, siempre que empezamos debemos insistir, sobreponernos al dolor, a la angustia, a la frustración. Los norteamericanos, que saben algo de esto de “ser terco”, acuñaron la frase “No pain, no gain” (sin dolor no se obtiene nada). Dicha así suena a algo que diría un fundamentalista, pero es una forma de resumir que los logros se alcanzan luego de mucho, mucho esfuerzo.

Esto no quiere decir que el que persevere no disfrute el proceso. Me pongo de ejemplo, que para algo escribo un blog. De adolescente estaba obligado a correr en la clase de Educación Física. Lo detestaba, y en cada oportunidad que tenía, me escondía para caminar. Nunca logré, en esa época, conectarme con el deporte, y aunque el perseverante, en este caso, era nuestro profesor, obligarnos a dar vueltas a la manzana dos veces por semana tuvo un efecto nulo en mí. No quería correr, y me empeñé en no hacerlo.

Años después, las cosas cambiaron para mí. Recordé esos días en la secundaria, en los que pretendían que corramos 3,5 km. Así que esa fue mi primera meta. Decidí llegar a esa distancia que tanto me hacía sufrir… y me sorprendió lo rápido que la alcancé. No es de extrañarse, si uno se convence de que no puede hacer algo, por supuesto que nunca podrá. Pero si se liberan esas ataduras, sólo es cuestión de tiempo hasta llegar.

No conozco a nadie que no haya conseguido resultados siendo perseverante. Es una cuestión matemática, pero el tema es lograr la determinación para serlo. “No pain, no gain”. También podríamos decir que sin sacrificios no se llega lejos. Entrenando regularmente, siendo responsable con las comidas, es sólo cuestión de paciencia.

Cuando empecé Semana 52, lo que más me llamó la atención era lo que me dolían las piernas. Tampoco es que recién estaba empezando a entrenar, ya venía corriendo desde hacía años. Pero encontré una suerte de barrera física. Sentía que los huesos por debajo de la rodilla se me iban a partir. Ya me habían advertido que iba a tener que soportar como mínimo dos meses. Supuse que la mejor forma de congeniar el entrenar con dejar de sentir dolor, era seguir corriendo. Así fue.

Las palabras son muy lindas, pero ¿cómo se puede ser perseverante? No sé si lo que me funciona a mi le servirá a todo el mundo, probablemente todos tengan su propia fórmula. En mi caso, este mismo blog y el plan anual fueron lo que me ayudaron a dar ese paso. Es difícil establecer un objetivo, y es fácil agobiarse. ¿Cuánto hay que entrenar? ¿En qué momento es suficiente? ¿Voy a estar toda la vida corriendo? Por eso, establecer una fecha de inicio (01/09/10) y una de fin (31/08/11) me bastó. Fue como sacarme un poco de presión. ¿Hay que hacer sacrificios? ¿Dejar el alcohol, las grasas, no saltearse entrenamientos por frío o fiaca? Bueno, es posible hacer esta “locura” si se trata “solamente” de 52 semanas. Este año es una excepción. Nunca fui constante, ni sé si lo seré más allá de Semana 52.

Creo que cualquiera puede hacer un experimento de perseverancia comparable, e intentar hacer cambios en períodos concretos. ¿Te cuesta dejar los dulces? Probá, durante un mes, a ver qué resultados obtenés. ¿Tenés intriga de cuánto podrías mejorar en tu entrenamiento? Concentrate en una carrera, que te dé un par de meses para prepararte. Tomátelo en serio, corriendo tres veces por semana. Cronometrá tus tiempos y comparalos día a día. Cualquiera que intente esforzarse, con convicción, puede llegar muy lejos. Dicen que la perseverancia hace al maestro. Es una frase que podría llegar a sonar soberbia, pero en realidad confirma que es uno el que, con esfuerzo y dedicación, consigue enseñarse a sí mismo cuál es el secreto para mejorar.

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