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Semana 48: Día 335: Dolores fugaces

Esta escena, si no es conocida, desayúnensela.:

Venís corriendo, feliz de la vida. El sol te calienta el rostro, hay mucho verde a tu alrededor. Las zapatillas te calzan cómodas, la remera no te da calor. Estás haciendo buen tiempo, aunque no te importa. Te das cuenta que correr te conecta con tu interior, te hace sentir parte de la red de la vida.

Hasta que la rodilla te da una puntada.

Te preguntás, “¿debería parar?”, pero solo podés asegurarte de que fue un dolor si seguís adelante. De pronto, sin encontrarle todavía una causa, otra vez. Más fuerte. Frenás para elongar, hacés todos los ejercicios de estiramiento que conocés, y hasta inventás algunos más. Volvés a tu casa con mucha angustia. Hablás con alguien, le contás que te molesta la rodilla, que no sabés bien por qué. Te recomiendan ver a un médico, mejor no dejar pasar estas cosas, dale, no te cuesta nada.

Y nunca más volvés a sentir esa molestia.

Esta situación, con el correr de los años, se ha hecho frecuente para mí. Mi papá me decía que si sentía un dolor y se me iba corriendo, no me tenía que preocupar. Creo que citaba a Allan Lawrence, pero sé que lo aprendí de él. Hace poco posteé que me dolía la rodilla, y prácticamente exorcicé ese dolor con el blog. Cada tanto me preguntan cómo sigo, y me cuesta darme cuenta de qué me están hablando porque, realmente, la molestia desapareció tan súbitamente como vino.

Ayer, en el entrenamiento con los Puma Runners, me dolía un poco el costado externo del pie derecho. Hablamos con Germán, el entrenador, sobre qué podía ser. ¿Las zapatillas? ¿Pisar mal? No llegaba a ser algo molesto, pero se notaba su presencia. Troté sin mucho inconveniente, pero preocupado. Cenamos todos juntos, volví a mi casa tarde, y apenas entré me tiré en la cama (en un monoambiente eso equivale a cruzar la puerta de entrada y dar tres pasos).

A la mañana siguiente, o sea hoy, me desperté y empecé a preparar el desayuno. Ya el dolor del pie era más intenso. Me preparé las cosas para ir al gimnasio y empecé a calzarme. Tengo un dolor intenso en el dedo chiquito del pie derecho. Como si tuviese una ampolla, solo que no hay ampolla. El roce me molesta bastante. Va y viene, pero más que nada viene. Mientras me ponía las medias, el roce hizo que me doliese. Después me puse la zapatilla y caminé hasta la puerta. La molestia tanto del pie como del dedo era notoria. Salí a la calle a las 9 de la mañana y empecé a caminar. Temí no poder llegar al gimnasio, a 15 cuadras. Consideré no hacer mis 2 km de cinta que uso como entrada en calor. A la cuadra y media frené y atiné a pegar la vuelta. “Mejor me quedo en casa”, pensé. Pero realmente tenía ganas de entrenar, así que seguí. Troté para cruzar la 9 de Julio sin que me agarre ningún semáforo, y la molestia del costado del pie me hizo renguear un poco. Listo, nada de correr.

Pero como soy terco, cuando estaba en la parte de aeróbico en el gimnasio me fui a la cinta y empecé a trotar. Primero tranquilo, a 5:20 el kilómetro. Después a 5, luego a 4:50 y terminé en 4:30. ¿El dolor? Ni idea, desapareció por completo y mientras escribo estas líneas, rozando las 10 de la noche, jamás regresó.

¿Qué tendría que hacer? ¿Caer en la desesperación? ¿Ver a un médico sin sentir síntomas? ¿Cambiar de calzado? Quizá sean secuelas de Yaboty. Quizá sean los años acumulados de correr mal, que empiezan a pasar facturas. Quizá no sea absolutamente nada.

Ser corredor de fondo trae aparejado hacerse habitué de los dolores y aprender a convivir con ellos. Empecé a correr con regularidad a los 30 años y en forma metódica a los 32. No arrastro lesiones de quienes hicieron deporte toda su vida, así que todas estas cosas que voy sintiendo son muy nuevas para mí. Igual, de a poco, me voy acostumbrando…

Semana 45: Día 312: Un par de piernas, por favor

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Ayer estuve muy cerca de no ir a entrenar. “Si no corrés, mañana es peor”, me dijo mi entrenador… así que le hice caso, y salí.
No me arrepentí (nunca me arrepiento de hacer actividad física), pero empezar a correr fue muy tortuoso. Tengo una molestia en la parte externa de la rodilla derecha, que la mencioné en un post de hace unos días. Increíblemente desapareció con solo mencionarla y no volvió durante la carrera… pero sí ayer. No me asusta, pero estoy atento.
Parte de los motivos por los que sí quería entrenar es que el 18 de agosto (o sea, en pocos días) voy a estar en Misiones, corriendo en Yaboty. Son 90 km en un terreno bravo, así que ante el poco tiempo que queda y el consejo de mi coach, junté fuerzas y salí de casa. Hice poca distancia, unos 3,5 km, y al finalizar me sentí mucho mejor. Estrené mis zapatillas nuevas, las Puma Nightfox, que quiero ablandar todo lo posible para la ultra.
Aunque la rigidez fue disminuyendo, hoy a la mañana me sentía de piedra. Dudé mucho si ir o no al gimnasio, así que hice lo contrario a lo que me decía mi instinto y fui.
Hice un poquito de cinta (el equivalente a 1 km), porque no quería exigirme, y después fierros. No me costó más que lo habitual, el ligero dolor de espalda que sentía ya desapareció. Pero las piernas siguen doliendo, particularmente cuádriceps, gemelos y las plantas de los pies. Y no puedo evitar pensar… ¿tendrá algo que ver mi experimento de modificar mi pisada en mitad de la carrera? Quizá forcé músculos que no tengo muy desarrollados… la pose, si bien me resultó muy efectiva, no era la más “natural” para mí. Los dolores que siento me son familiares, como cuando hice mis primeras carreras.
Anteriormente mi cálculo para que los dolores post maratón desaparecieran era de 4 días. En una de esas, solo me resta esperar al jueves para dejar de quejarme…

Semana 45: Día 311: Después de correr la Adventure Race Pinamar

Como no podía ser de otra manera, ahora me toca hablar un poco de las consecuencias de correr 27 km en la arena. Dolor, mucho dolor. Y cansancio también.
Lo curioso es cómo aparecen estas cosas tiempo después. No podría decir que ayer no me sentía agotado, pero cumplí mi promesa de no dormirme en el viaje de vuelta. Me sentía un poco duro, puro en dental estaba bien. El tema, claro, fue hoy al levantarme de la cama. O debería decir al intentar levantarme. Las piernas entumecidas, dolor de la cintura para abajo… Hombros contracturados… Ni siquiera atiné a ir al gimnasio, y cuando pasé por debajo de la barra para hacer dominadas, que tengo instalada en el marco de la puerta del baño, no pude evitar reírme: ni siquiera tenía energía para imaginarme haciendo una sola.
Pero son consecuencias lógicas. No me sentí tan roto el año pasado, y creo que tuvo que ver con que está vez me esforcé mucho más. Antes de arrancar pensaba lo bueno que estaría llegar entre los 100 primeros de la general. Eso te asegura encontrar fácilmente fotos de tu llegada y, con algo de suerte, un video. Mientras intentaba avanzar por las aplastantes dunas, mis expectativas bajaron a conformarme con estar entre los primeros 500 (en mi imaginación éramos 2500 corredores, así que me conformaba con ser parte del primer 20%).
Como en el trayecto me sentí mucho mejor, apreté y me esforcé mucho, y me imaginé que podía estar entre los primeros 300 (además es un número espartano). Resultó que mi clasificación en la general fue el puesto 50. Cuando lo vi, no lo podía creer.
¿Cambia en algo saber ese dato? Tampoco es pares agrandarme, estoy y seguiré estando lejos de los punteros. Es solo un indico que me permite compararme con otros desempeños anteriores. Creo que es claro que si me siento peor que el año pasado es porque me esforcé mucho más.
Hoy, que duele todo, decidí descansar. Así que no fui a entrenar. Dije “al diablo con todo, me quedo viendo The Walking Dead”. Y mientras se acercaba la hora de partir, me iba poniendo nervioso. “¿Salgo o no?”, pensaba. En tren estaba con demoras, y tenía planes más tentadores…
Pero ahora estoy escribiendo esta entrada desde ese demorado tren, porque la mejorforma de recuperarse de una carrera muy dura es justamente entrenar. No quedarse quieto.
Hoy prima el dolor y el cansancio. Estoy seguro de que todos mis compañeros de Puma Runners se sienten igual. Pero también sospecho que a ninguno nos preocupes demasiado, porque debajo se eso también sentimos mucho orgullo. Todos arrancamos la Adventure Race de Pinamar con miedos, expectativas, y hoy, aunque estemos duros, podemos sentirnos orgullosos de haberla terminado.

Semana 44: Día 303: Otra vez esa maldita rodilla

El miércoles de la semana pasada, terminando el entrenamiento, me empezó a doler la rodilla derecha. Es del lado de afuera, una molestia que, lamentablemente, ya la conozco. Cuando hacía fondos largos, de 50 km, lo sentía, y el profe de pilates me dijo que seguramente era por correr sobre superficies duras. Desde entonces siempre intenté entrenar sobre pasto y no descuidar el terma de la amortiguación.
El miércoles apareció esta sensación que es un calor intenso pero no impide correr. El jueves, por las dudas, no hice cinta en el gimnasio. Lo sentía si daba pasos largos. El viernes me animé e hice una entrada en calor de once minutos, a 5:20 el km. Esta vez la molestia se mitigaba con cada zancada.
Ayer, sábado, entrené un fondo de 16 km con progresiones. La molestia seguía, aunque a un volumen menor. Pensé en correr Pinamar y, a la vuelta, haceme ver. La carrera también era un termómetro, a ver cómo me sentía. Pero después recordé que en 2 semanas tengo los 90 km de Yaboty.
¿Qué hacer? ¿Me bajo por las dudas? Sin la Patagonia Run, es la única ultra en vista para este año… Y temo estar preocupándome por nada… Justamente estoy haciendo menos kilómetros que otros meses, así que no puedo culpar a un sobre esfuerzo o a fatiga. Cambié de calzado antes de que aparezca esto…
También podría ser que empecé el gimnasio e hice un movimiento que no debía. El sábado pude correr, bastante, y eso me hace más indeciso porque no estoy sintiendo un dolor que no me permita seguir avanzando…
Quizá solo esté sobredimensionando una de las tantas molestias que sentimos los corredores de fondo. Pero voy abriendo el paraguas, por si después de Pinamar me termino guardando un tiempo…

Semana 32: Día 220: Volver a empezar

¿Cuántas veces escribí este post? No ESTE puntualmente, pero tengo esa sensación de déjà vu. Yo esto ya lo viví. No poder correr, la frustración de estar apto mentalmente pero no físicamente, y el día en que finalmente todo se acomoda y puedo volver.

La kinesióloga me dejaba correr el fin de semana, pero me resfrié, y con la Feria del Libro dándome otra paliza, no pude ni actualizar el blog el domingo. Igual no tenía mucho para contar. “Estuve todo el día acomodando libros y revistas, recomendando cómics, contestando dudas sobre Spider-Man y The Walking Dead. Ah, y descubrí que las Frutigran no son veganas”. Eso era todo.

Pero hoy, lunes, pude correr. Fue muy raro, la dejé a Vicky en su nuevo grupo de entrenamiento y me fui al mío. Nos separan 2 km de distancia, así que lo hice corriendo, en pantalón largo, campera y con la mochila. Me dio calor, pero fueron mis primeros pasos desde la Patagonia Run, hace 23 días. Al principio me sentí muy oxidado. Tenía miedo, porque en este tiempo no corrí nada, solo unos pasitos cruzando la calle. Mientras corría dándole la vuelta al hipódromo sentía miedo, porque no quería lastimarme o sentir dolor. Iba muy contenido, demasiado. Intentaba prestar atención a todo, a cada sensación en mi cuerpo, sin dejar de prestarle atención a cada palmo que iba pisando. Me fueron doliendo diferentes cosas, como las rodillas, el tobillo, pero no la lesión. El tibial sentía que me tiraba, como algo que perdió elasticidad.

Me mantuve así, corriendo con cautela, hasta que me empecé a soltar. Transpiraba, así que me abrí un poco la campera. Hice mi primer kilómetro en 5:30. Seguí y el segundo lo terminé en 5:06. Llegué a los Puma Runners, me saqué el pantalón largo, y recién cuando vi algunas risas me di cuenta que todavía tengo la pierna izquierda afeitada de la rodilla para abajo, y la otra peluda como siempre. Desentona (parece que en un atengo una media de nylon), pero prefiero esperar a que se vuelva a poblar de pelo que a afeitarme y dejarlas simétricas.

Entrené como siempre, sin dolor, sin molestia. Sigo sintiéndome un poquito oxidado, pero ya no tanto. Creo que estoy volviendo en serio. Los ejercicios de musculación me ostaron, y ahora me duele todo, pero mi entrenador calcula que en tres semanas vuelvo a mi 100%, así que hoy más que nunca no puedo aflojar. Sigo con mi meta de la Espartatlón, y quiero volver a mi estado para poder entrenar fondos largos. El tibial está respondiendo, y creo que me ayudó haberle hecho caso a la kinesióloga, así como haberme hecho plantillas nuevas. Quizá para el miércoles tenga zapatillas nuevas, y con eso tendría el combo anti-periostitis completo…

Semana 30: Día 208: Conectado al Transimulator

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No. No es una película de ciencia-ficción. El Transimulator es un nuevo aparato al que me conectaron hoy en mi tercera cita con la kinesióloga que asumo es cubana y le tengo tanto miedo que no me animo a preguntarle de dónde es.

Este Transimulator, comprobé después, también era un dispositivo de electroanalgesia. A simple vista parecía un amplificador. Tenía un botón presionado que decía que estaba establecido en 80 contracciones por minuto. Cuando me conectó y lo encendió, mi pie empezó a moverse involuntariamente durante los siguientes 25 minutos. Mientras se me movía todo en forma espasmódica, escuchaba la radio e intentaba relajarme.

Le comenté a la kinesióloga que sentía menos dolor que ayer, y me respondió que eso era lo más importante. Después de desconectarme, trajo una fuente con cera y empezó a pasármela por el pie y el tibial con un pincel. Estaba caliente y era muy agradable. Le pregunté si estaba por depilarme, por suerte dijo que no. Acto seguido, me envolvió con un plástico y se fue.

Hago un breve flashback. Cuando llegué había varias personas esperando y se fueron sumando recién llegados, hasta que fuimos unos 10 pacientes. La kinesióloga, que es grossa, abrió la puerta de su consultorio (que cuenta con muchas camillas) y dijo “Pasen todos”. Nunca vi algo así, atender a 10 personas a la vez. Mañana me saco la duda de si es cubana o no, así puedo decir “Lo que pasa es que es cubana” (o del país que sea).

Fin del flashback.

Estaba yo, feliz con mi pierna calentita, y la kinesióloga llegó, me sacó todo, me frotó la cera y después empezó a masajear con énfasis… doblando, apretando… vi las estrellas y reí. Todo fue una confusión. No sé por qué me río cuando tengo que aguantarme tanto dolor… Ella está convencida de que mi lesión no me la hice en un día o un a carrera, sino que era algo que venía arrastrando de tiempo atrás. También insistió en que para el fin de semana iba a poder correr… pero con la Feria del Libro, mi regreso al running tendrá que esperar un par de días. Además, siendo lunes mi posible retorno al running, tengo más terreno para correr sobre el pasto…

Semana 30: Día 207: Desgarrando mi pierna

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La kinesióloga me lo dijo el viernes pasado, en nuestra primera cita. “Voy a tener que desgarrarte la pierna”. No tengo buena memoria, después transcribo las cosas y me olvido ciertos términos técnicos, o temo contar mal las cosas. Por eso ni lo mencioné. Como es de otro país, supuse que se refería a otra cosa, o que yo estaba recordando lo que me había dicho en forma incorrecta.

Hoy volví al centro kinesiológico con un sobreturno. El día de ayer había ido, con mi pierna afeitada, y por falta de luz no me pudieron tratar. Llegué con la idea de que tarden un montón por todos los pacientes que iban a venir a recuperar su sesión, y resultó que pasé de una. Creo que la kinesióloga, al ver que le había hecho caso afeitándome, decidió tratarme más afectuosamente. Además le dije que había dejado el diclofenac (y que eso había hecho que volviese el dolor), por lo cual también me felicitó. Necesitaba que no se enmascarase el dolor para cuando me desgarrase. De nuevo esa palabra.

Le pregunté cuánto tiempo necesitaban estas lesiones para curarse. Un estimativo. General. No un pronóstico. Ella se reía. Me dijo que no podía saberse, que variaba de persona a persona, dependiendo de su estado y contextura física. Primero tenía que hacerme un estudio y meter mano para saberlo en mi caso. Había algunos que solo requerían un día, otros mucho más. ¿Podría yo ser de la clase más privilegiada?

Me conectó a la misma máquina anterior (la de la electroanalgesia), solo que esta vez seleccionó otra función. En mi tobillo sentí una breve vibración. Subió el dial. De pronto sentí como si tuviese pegado dos brasas al rojo vivo. Los conectores en mi gemelo no estaban funcionando. “¿Sientes esto?”, me preguntó. La verdad era que no sentía nada. Subió el dial. Inmediatamente solté un grito entre dientes, sentía que me cortaban la pierna en dos con un serrucho. Bajó el dial. “¿Ahora?”. Solo sentía un cosquilleo en el tobillo. “¿Y ahora?”. Grito de dolor. Así estuvimos haciendo un ping pong de dolores hasta que llegó a un punto en que todo me dolía por igual. Pero me lo aguantaba.

Pasaron unos quince minutos así, en los que saqué fotos para subir al blog. Pero el empapelado no ayuda, parece que estoy en un hotel de mala muerte, y no le hace justicia al centro kinesiológico.

La doctora de acento indescifrable para mí pero que decidí decirle “cubana” volvió y apagó la máquina. Sacó unas cremas y me empezó a masajear la pierna, desde la rodilla hasta los dedos. Iba, recorría y apretaba. En un momento me clavó el pulgar por la cara externa de la pierna izquierda y empezó como a acomodar cosas. Sentí un dolor terrible… pero estaba lejos del tibial hinchado. Algo hizo “clac” adentro mío.

“Ahí está, ¿has visto? Te he acomodado el tendón rotuliano que lo tenías fuera de lugar”. No entendía nada. La rodilla no me dolía… hasta que ella metió mano. Repitió la operación… solo que esta vez casi no hubo dolor. Siguió recorriendo, apretando y exprimiendo. Yo iba soltando algún que otro grito, y a veces me reía, no sé si de nervios o de masoquista. Probablemente toda esta operación de apretar, frotar y tironear era para lo que ella necesitaba que yo tuviese la pierna afeitada.

Me preguntó si dolía menos. La verdad era que sí. “Listo, ya está. Ya te desgarré todo”, me dijo (y se sintió como que me destrozaba la pierna con sus manos). Y lo que siguió me sorprendió enormemente: “No era tan grave, no llegó a ser un trauma. Hoy no corras, creo que podrías hacer actividad física el fin de semana”. No lo podía creer. ¿Realmente eso era todo? ¿Meter los dedos, acomodar y ya? Al parecer sí. Con el correr de las horas, todos esos dolores que sentí el día anterior se atenuaron muchísimo. No podría decir que desaparecieron, pero bajaron en intensidad. La doctora me aclaró que ahora mis músculos estaban “en cero”, y que era muy pronto para que corriese, pero con las dos sesiones que me quedan esta semana ya iba a poder volver a entrenar.

¿Será cierto? ¿Podré estar este sábado corriendo?

Semana 30: Día 204: Ese maldito tibial

Hoy empiezo la semana 30 de este tercer año de blog, y por delante me espera una lenta recuperación de la periostitis, que todavía no sé cuánto va a durar.

En principio me doy cuenta de que al haber dejado de tomar los analgésicos, el dolor volvió. Es una molestia constante, de 1 a 10 es un 3, que salta a 8 si me descuido y doblo demasiado el pie hacia arriba. Me pongo molesto si camino mucho o me quedo parado un rato largo, y mis metas actualmente son llegar a la próxima sesión de kinesiología.

Hoy fui al entrenamiento de los Puma Runners, más que nada para saludar y no perder el contacto, y me enteré de que al menos dos compañeros padecieron esto, así que es más común de lo que me imaginaba. Uno está en recuperación, mientras que mi otra compañera tuvo una larga recuperación, de unos tres meses. Me da esperanzas que ella no lo detectó a tiempo y siguió entrenando, lo que pudo retrasar su curación total (pero después pienso que corrí una ultramaratón de montaña así y no me siento tan afortunado).

Bueno, hay que tener paciencia. No, yo no, ustedes, que van a empezar a leer posts depresivos. Pero bueno, el blog necesitaba un cambio, así que quizá les venga bien vivir cómo es una recuperación de una periostitis. Mi tarea, para antes de la sesión del lunes, es afeitarme de la rodilla hacia abajo. Soy bastante belludo (me tejieron), y tengo miedo de entusiasmarme y no parar hasta llegar a la clavícula. Como soy medio obse voy a querer estar simétrico y por ahí no pueda evitar afeitarme las dos piernas. No prometo fotos, pero sí mantenerlos al tanto.

Semana 29: Día 203: Periostitis

Hasta ayer no sabía qué significaba la Periostitis. Si ustedes tampoco lo saben, dejo que Mr. Wikipedia lo explique por mí (remarco en negrita lo que me parece más importante):

La periostitis es la inflamación del periostio, la capa más superficial del hueso (como la “piel” del hueso). El lugar de mayor afectación suele ser la cara anterointerna de la tibia, principalmente en el tercio inferior, aunque puede extenderse más arriba, casi hasta la rodilla. Esta lesión es típica de los corredores, principalmente de fondo. Se debe a las vibraciones que recibe el periostio por el impacto continuo de los pies contra el suelo en este deporte. Los factores que predisponen a sufrirla son: aumentos bruscos del volumen o intensidad de entrenamiento, mala amortiguación en el calzado, correr por superficies duras, pronación excesiva de la pisada.

Hay diferentes métodos de recuperación, entre los que se encuentran: el reposo, la aplicación de hielo local, la corrección de la pisada con prótesis plantares, vendajes o mallas de sujección para limitar las vibraciones, antinflamatorios y el refuerzo de la musculatura del tibial anterior.

Hoy fui a mi primera sesión de kinesionlogía. Elegí un centro que estaba cerca de casa, para poder ir caminando. No tenía referencia ni recomendación de nadie. Me atendió una profesional con acento cubano, lo cual para mí le da otro aval. Me preguntó qué me estaba pasando y le conté de mi cita con el traumatólogo de guardia, que me recomendó vendarme el pie, y tomar diclofenac. La kinesióloga empezó a negar con la cabeza. Estaba completamente en desacuerdo con enmascarar los síntomas, porque nada de eso me iba a curar. Con lo único que estuvo de acuerdo fue con la parte más complicada: reposo deportivo.

La cubana (que quizá sea venezolana y demuestre que yo soy un ignorante) era medio sargento, y me dijo que no podía correr ni hacer pilates hasta que ella me lo dijese. Tampoco estuvo de acuerdo con el diagnóstico del traumatólogo: yo no tenía una tendinitis del tibial anterior, sino una periostitis. Lo definió como un esguince, producto de un sobreesfuerzo. Me dijo que ella había sido gimnasta y que ahora que había tenido que dejarlo, se dedicaba a correr para mantenerse en forma. Además había tratado a muchos atletas de alto rendimiento, y esta dolencia era muy común.

Me conectó a un aparato que me hizo vibrar la pierna izquierda, como si corriese una electricidad de bajo voltaje desde el isquiotibial hasta la punta de los dedos. Esto a su vez me provocaba espasmos y una constante contracción de los músculos, y desconozco si esa fue la intención, pero durante 30 minutos me quedé ahí, enchufado. Cuando terminamos y me despachó para irme a mi casa, le pregunté qué era esa máquina. No me dijo lo que yo quería saber (su nombre), pero sí me aclaró que era analgésica y desinflamatoria. Sinceramente, cuando bajé de la camilla me sentí muy bien.

Algo que me aclaró la cubana y que me resultó muy interesante, fue su recomendación de hacer un tratamiento de Vitamina B12. Aparantemente sirve para que el músculo no se fatigue, y hay que tomar ciertas dosis cada seis meses por el tiempo en que uno haga actividad física de alto rendimiento (o sea, para toda la vida). Voy a indagar un poco más sobre esto, pero puede ser un dato interesante.

Por ahora tengo que armarme de paciencia y, por sobre todo, hacer caso. Porque me quiero recuperar lo antes posible. De hecho, voy a verla tres veces por semana, y la sesión de este lunes coincide con una invitación que me hicieron para una privada de prensa de Iron Man 3… Dudé unos segundos, pero prioricé la rehabilitación por sobre esta película que muero por ver. Como para que vean mi nivel de compromiso.

Me gustaría, además, llegar a correr la Maratón de Rosario, el 30 de junio. ¿Llegaré?

Semana 29: Día 201: Una empanada en lugar de pie

A pesar de que he sufrido lesiones que me impidieron correr, nunca me acostumbré. Quizá porque empecé a hacer deporte de grande (antes lo odiaba), no acumulé traumas en mi cuerpo ni en mis articulaciones. Suerte o no, las cosas se dieron así.

Hace varios años tuve una contractura de rodilla (así como lo leen), que hacía que correr fuese muy doloroso, en especial en terrenos irregulares. Exceptuando cuando entrenaba en asfalto, jamás estaba sobre una superficie lisa. Subir o bajar un cordón activaba los impulsos nerviosos y me hacía ver las estrellas. Con paciencia y sin dejar de entrenar (con una rodillera), el dolor fue cediendo hasta desaparecer. En esos días añoraba correr sin problemas, y me preguntaba cuándo sería el día en que pudiese hacerlo normalmente. Sabía que, eventualmente, iba a poder hacerlo. Mi duda era cuándo…

La siguiente lesión que me dejó fuera de la actividad física por un tiempo fue una osteocondritis, producto de un golpe contra un amigo mientras jugaba a la pelota (este hecho marcó mi retiro indeclinable de las canchas). El dolor, dicen, es comparable con el de una fractura, y según tengo entendido se trata de la separación del músculo y el hueso. Desconozco si es algo que deja secuelas por siempre, pero me costó mucho recuperarme. Mi papá me prestó una faja de neoprene que me ayudaba bastante. Volver a correr fue más sencillo que regresar al gimnasio. Casi cualquier movimiento dolía. Recuerdo estar con mis amigos cenando en Carlitos por mi cumpleaños, y no me podía reir porque me mataba en las costillas.

Como decía, quizá deja secuelas porque volví a sufrir una osteocondritis en otra costilla, mientras levantaba pesas. Tuve una ventaja, sin embargo: esta era una lesión conocida, así que sabía qué me funcionaba. Volví a la faja, dejé el gimnasio por un tiempo, y me armé de paciencia. En aquellos días, dejar de entrenar me golpeó bastante anímicamente.

Y llegamos al día de hoy, en el que hice demasiados esfuerzos en poco tiempo. Ya los 100 km de la Ultra Buenos Aires me dejaron un poco resentido en el tibial, y la Patagonia Run, con sus ascensos y descencos en la Cordillera de los Andes le pusieron el broche de oro a una lesión de aquellas. El tibial izquierdo, que en las bajadas de la montaña ardía en llamas, ahora está hinchado. Ayer por la noche, mi pie parecía una empanada, y mi pierna un matambre. Al día de hoy la hinchazón no bajó demasiado, pero el dolor cedió. Ahora no me molesta al tocarme, sí cuando estiro el pie hacia abajo. El traumatólogo que me revisó me hizo ver las estrellas, apretando y retorciendo para todos lados. Él me recomendó diclofenac, vendaje y reposo deportivo por dos semanas. Me vendé y fue un horror. ¿Vieron cuando se envuelven un hilo bien apretado por un dedo, hasta que queda colorado e hinchado, como la caricatura de Michelin? Exactamente así quedé yo. De hecho me saqué la venda y la pierna seguía igual, toda deformada.

No dejé de hacerle caso al médico. En lugar de vendarme, Vicky me prestó sus tibialeras, que también comprimen pero evitan el “efecto matambre”. Supongo que eso mezclado con las drogas hace que duela mucho menos. Por la mañana es el peor momento de dolor, porque duermo sin venda, con el pie elevado. Pero con el correr del día voy mejorando.

Es difícil imaginarme volver a correr con la libertad de antes. Pero esta vez no me quiero desesperar. Sé que me queda una rehabilitación por delante, así que intentaré hacer caso a todo lo que me digan para recuperarme lo más rápido posible. Tendré que fortalecerme, acostumbrarme al volumen de trabajo, y no volver a repetir ultramaratones tan exigentes en tan poco tiempo. Porque tengo que llegar a correr 246 km, y no morir en el intento…

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