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Semana 43: Día 296: Los cinco venenos blancos

Estoy a punto de hacer un ajuste grande en mi dieta, básicamente consumir menos productos refinados y más integrales. Por un lado es más sano (creo que no tenemos noción de lo dañino que son los alimentos procesados versus los naturales), y por el otro voy en busca de la “cubetera”. No la tengo, nunca la tuve (quizá si hago mucha mucha mucha fuerza abdominal). Esto se logra con ejercicio aeróbico (esa parte está cubierta) y dieta. El cuerpo quema más calorías digiriendo alimentos integrales, por lo que “hacer dieta” en mi caso no quiere decir “comer menos”, sino “comer diferente”. Vamos a ver qué pasa.

Este artículo me llegó hace poco, y fue lo que me dejó pensando. Lo comparto y en unos días les cuento cómo me está yendo…

5 Venenos blancos que podrías estar comiendo todos los días.

En nuestra dieta existen alimentos que deberían ser llamados “veneno”, porque tienen poco valor nutricional y hasta pueden ser perjudiciales para nuestra salud. Conocidos como “venenos blancos”, el azúcar refinado, la sal y las harinas refinadas, entre otros, son causantes de diferentes enfermedades que son consideradas graves, pues son degenerativas, como la diabetes, la hipertensión arterial y hasta el cáncer.

1.-  La Sal de mesa refinada.

La industria decidió un día convertir la sal cristalina natural en simple cloruro sódico (la sal refinada de hoy), porque los científicos de la época afirmaron que los demás elementos que contenía (minerales esenciales y otros oligoelementos) eran innecesarios y bastaba el cloruro sódico para salar los alimentos. Desde entonces cualquier parecido entre la sal que ahora consumimos y la sal natural es inexistente. De un alimento que era “oro puro” porque proporcionaba al ser humano todos los elementos necesarios para su subsistencia en la proporción exacta que el organismo necesita se pasó a consumir un producto que es “veneno puro”, como bien saben los investigadores y médicos.
A la toxicidad del cloruro sódico hay que añadir la del yodo y el flúor, minerales que hoy se agregan artificialmente a la sal. El yodo (tóxico cuando se sobrepasa el mínimo necesario) se añade porque se supone que mejora la función de la tiroides; y el flúor (uno de los elementos más radioactivos que existen) porque afirman que este veneno evita la caries. Un sarcasmo. La sal cristalina natural, tanto la que procede del mar (sal marina), como de las montañas, contiene los 84 elementos que compone el cuerpo humano en su proporción exacta. Poca gente sabe que la composición de la sangre humana es prácticamente idéntica al agua salina del “mar primario”, es decir, una solución con la misma concentración de elementos que tenía el mar hace millones de años.
La comida chatarra se encuentra llena de sal refinada, que aumenta el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares, consumir este tipo de sal equivale entre 8 y 20 veces más que la que debiera comer. Pues con la finalidad de que el sodio y el potasio encuentren un equilibrio, se debe consumir de 1,500 miligramos por día, pero si no se respeta, es cuando aparecen enfermedades referentes al corazón.
Ver Beneficios de la Sal Marina AQUÍ

2.- Azúcar refinada.

El azúcar blanca no se puede considerar como un alimento, ya que es una sustancia química pura, extraída de fuentes vegetales como la caña de azúcar o la remolacha,  a las cuales se les extrae el jugo eliminando toda la fibra y las proteínas que forman el 90% de dichas plantas.
Para dejar limpio el líquido que contiene el azúcar, se añade cal viva y es ahí donde esa reacción alcalina mata casi todas las vitaminas, luego se añade dióxido de carbono para acelerar la cal,  este líquido azucarado pasa por tubos que lo separan de las impurezas.  Luego viene otro tratamiento con sulfato de calcio y ácido sulfúrico para decolorar y dejar casi blanco.
El azúcar refinada no tiene proteínas, ni vitaminas, no tiene minerales no tiene enzimas, no tiene micro elementos, no tiene fibra,  no tiene grasas y no es de ningún beneficio en la alimentación humana.

No es buena porque no aporta ningún nutriente, aporta energía, pero nada más. Esta se conforma de glucosa y fructuosa. El problema es la manera en que la consumimos, porque las frutas y verduras, por sí mismas, ya contienen azúcar. Las azúcares refinadas son causantes de obesidad, de un desequilibrio nutritivo, caries y más. Los edulcorantes químicos también son dañinos, pues aumentan el riesgo de cáncer, como el aspartame, la sacarina y ciclamatos, que podemos encontrar en productos como el refresco light.
Ver La verdad detrás del Azúcar: el dulce ladrón de la vida AQUÍ

3) Harina refinada.

Como se ilustra en The Daily Mail, con los años la calidad del pan se ha vuelto mucho peor en lugar de mejorar. En 1911, la sal, las grasas baratas, el alumbre, la cal en polvo y el blanqueador eran los ingredientes “malos” del pan. Actualmente, hay que lidiar con ingredientes nuevos que dañan la salud y que se pueden encontrar en la tienda en donde compra el pan. La harina blanca producida es casi puro almidón, y ahora contiene una pequeña fracción de los nutrientes del grano original. Además, los tratamientos químicos en el grano dan como resultado la formación de un subproducto llamado aloxano –un veneno utilizado en la industria de la investigación médica para producir diabetes en ratones sanos. El aloxano causa diabetes al hacer girar enormes cantidades de radicales libres en la células pancreáticas beta, destruyéndolas. Las células beta son las células primarias de las zonas del páncreas llamadas islotes de Langerhans y producen insulina; así que si son destruidas, se desarrolla la diabetes.

Teniendo en cuenta el rango epidémico de la diabetes y otras enfermedades crónicas, no es buena idea tener una toxina como esta en su pan, incluso si es en pequeñas cantidades.
Cuando más fina y blanca es la harina, menos fibra, vitaminas y minerales contiene. El pan blanco, el pan de salvado, los panes de bollería, no contienen vitaminas ni minerales, mientras que favorecen las caries, el cáncer, el colesterol y la diabetes. Los panes más recomendables son el pan de centeno y el pan integral.
Ver  Los riesgos de salud al comer pan blanco AQUÍ

4) Arroz refinado.

Según los investigadores de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Harvard, en Estados Unidos, el arroz blanco causa aumentos bruscos en los niveles de glucosa en la sangre, lo cual es un riesgo de diabetes.Aunque el arroz se ha consumido durante siglos en muchos países, fue sólo en el siglo 20 que comenzó a refinarse y consumirse como arroz blanco.
Para producir el arroz blanco el grano integral es sometido a un proceso de refinado con el cual se le retira la capa exterior y el germen. Y básicamente lo que queda es el endospermo, que consiste principalmente de almidón. El estudio analizó los datos de tres grandes estudios llevados a cabo con cerca de 40.000 hombres y 157.500 mujeres sobre el consumo de arroz y el riesgo de diabetes. Los científicos descubrieron que quienes consumían cinco o más porciones de arroz blanco a la semana tenían 17% más riesgo de diabetes que quienes consumían menos de una porción al mes.
Desde el punto de vista de la salud pública, debería recomendarse el reemplazo de granos refinados como el arroz blanco por granos integrales, incluido el arroz integral para facilitar la prevención de la diabetes tipo 2

5) Leche de vaca pasteurizada.

La pasteurización de la leche destruye las bacterias beneficiosas, junto con las malas y destruye las enzimas esenciales para la absorción de nutrientes. La Pasteurización de la leche destruye toda su fosfatasa, lo que es esencial para la absorción del calcio y el calcio trabaja con la vitamina D, no sólo está disponible a través del sol, pero es un nutriente esencial en la nata cruda. Calentar cualquier alimento crudo destruye las enzimas activas, por lo que la lipasa (una enzima única de la leche y se necesita para completar la digestión de las grasas) es lanzada junto con muchos otros nutrientes esenciales que la pasteurización destruye.
Se considera que es la principal causa de alergias en los niños, según la Academia de Alergia, Asma e Inmunología de Estados Unidos. Y es que la leche, además es rica en grasas saturadas y colesterol. Algunos estudios, incluso la relacionan con la diabetes y hasta con la osteoporosis, porque debido a ser baja en magnesio, no deja que los huesos absorban el calcio.
Ver más en ¿Por qué tomar leche vegetal y no leche de vaca pasteurizada? Algunas recetas de leches vegetales AQUÍ

Fuentes: http://www.sincebolla.com, http://www.espanol.mercola.com, http://www.bbc.co.uk

Semana 9: Día 62: Dieta vegana (finalmente)

Ayer me llegó la dieta vegana, avalada por mi nustricionista deportóloga. De a poco me voy amoldando a este nuevo estilo de vida.

Lo que más me sorprendió fue que los platos, en lugar de centrarse en vegetales+hidratos+proteínas, ahora se centran en cereales y legumbres (por supuesto que con un complemento de verduras). La dieta es flexible y se va amoldando de acuerdo a mis gustos (y a lo que no me gusta también). Por ejemplo, me atiborré la heladera con leche de soja, tengo reservas de almendras para hacer leche también, pero no tengo nada de eso explicitado (sí como una opción de merienda). Vicky dice que no me lo tome tan al pie de la letra, pero si me hacen un régimen… ¿por qué no seguirlo?

Los hábitos alimenticios no son inquebrantables, eso ya lo comprobé. Hoy el desayuno es sagrado para mí, y antes me lo salteaba olímpicamente. De a poco creo que puedo amoldarme a las nuevas opciones, es cuestión de organizarme.

El tema, claro, es que con La Misión a la vuelta de la esquina… voy a tener una semana fuera de casa y posiblemente cuatro días de comida de marcha, con otro tipo de horarios, sin la posibilidad de cocinarme en el momento (a menos que me lleve una garrafita y me ponga a hacer milanesas de soja en medio de la montaña). Así que lo más probable es que estos días me ponga a experimentar un poco y que recién a mediados de diciembre (como para mi cumpleaños) me ponga en serio a seguir esta dieta.

Semana 4: Día 22: Ir a un cumpleaños siendo vegano

Esta noche fui al cumpleaños de mi cuñada. Mi hermano, Santiago, ya me había advertido que me lleve mi propia comida. Porque, reconozco, no es fácil alimentar a un vegano. Así que asistí con mi bolsita de cena, y vi desfilar montones de platos que no podía comer.

Antes era más fácil. Nos juntábamos a comer empanadas, y entre las de carne y jamón y queso, armaban una tanda de queso y cebolla para mí. Ahora se las compliqué, y al no consumir más proteínas de origen animal, solo queda comerme el repulgue. Esta vez la safé con un plato de salchichas de soja, y antes de salir (como para llegar sin hambre) me comí un paquetito de pretzels. Pero en medio de la fiesta me di cuenta la cantidad de cosas que no voy a poder volver a probar. El pan eran figazitas de manteca, las pizzetas tenían queso, la torta dulce de leche y crema. Y ni siquiera estoy mencionando los sanguchitos de matambre, la albóndigas y todos los otros platos con carne.

Ahora entiendo por qué los veganos se juntan en sociedad. La comida es un evento que congrega a las personas y las acerca. Yo no me sentí aislado, de hecho me dio pie a explicar mi base vegana y despotricar contra los productos derivados de los animales, pero es como que la cena hermana a las familias y los amigos, y es duro quedar como un “cortado” que le dice a todo que no.

En el cumpleaños me preguntaron por qué me había vuelto vegano y si mi nutricionista sabía lo que estaba haciendo. Expliqué que voy a hacer una Misión vegana (160 km en Villa La Angostura) y así demostrar que no es cierto que los que no comemos carne somos más débiles, o que la fuerza pasa por la proteína animal. No creo que yo sea una especie de Mesías del veganismo, pero es inevitable tomar este tipo de decisiones y tener que explicarlas a tus allegados. Inevitablemente uno se termina volviendo nn moderador de causas alimentarias.

Creo que la mejor opción, de acá en más, va a ser seguir llevando la viandita. Los agasajados sabrán comprender, y con el tiempo todos irán incorporando opciones veganas al menú. Y las tortas no me tientan desde hace rato. Pero no se puede ir a un cumpleaños siedo vegano… sin tener que dar algunas explicaciones. Algún día, todo esto será muy habitual, y entre las pizzetas siempre habrá alguna de fugazza…

Semana 52: Día 363: Comer en Atenas

Al igual que en el año anterior, tengo poco que decir de la comida de Grecia, principalmente porque estoy en medio de la estricta dieta de hidratos de carbono para la maratón. Además este teclado no tiene acentos ni eñes, y tengo que andar metiendo alt + 164, alt + 160, alt + 130, hasta que todo pierde sentido y la realidad se ve compuesta por caracteres verdes de la Matrix. Así que seré breve e intentaré usar pocas palabras acentuadas.

Grecia es conocida por sus ensaladas, sus quesos y especialmente por sus yogures. Es bastante raro encontrar un restaurante que tenga comida vegana. Quiero empezar mi veganismo en el tercer año del blog, pero sinceramente desde que leí el horroroso impacto que tienen las proteínas animales en el cuerpo (que sobrepasan a cualquiera de sus beneficios), no pude volver a comer lácteos. Si no quedó otra, me la banqué. Pero más que reprimirme, estoy dejando de comer algo que no quiero.

Esto es un veradero problema, sobre todo en Atenas, donde los productos de soja (una buena fuente de proteínas vegetales) brillan por su ausencia. Si eso lo combinamos con la barrera idiomática, es complicado elegir buenos suplementos. Ahora se da la situación de que el domingo vamos a correr a Maratón, por lo que estoy a fideos, fideos y fideos. Blancos, sin salsa (por la fibra). Ayer, en una taberna donde cenamos, pedí algo vegetariano a un mozo con poca paciencia, y me dijo en un tosco inglés (con acento de villano de James Bond): “Solo tenemos porotos”. Así que eso fue lo que comí, legumbres nadando en salsa de tomates. Para el almuero de hoy, la cosa cambió, y luego de una calurosa visita a la Acrópolis, le pregunté al encargado de un restaurante si podía pedirle algo que no estaba puntualmente en el menú. El pobre hombre se quedó congelado unos segundos y me dijo que solo podía ofrecerme cosas que estuviesen en la carta, pero respiró aliviado cuando le pedí arroz con papas que no estuviesen fritas.

Qué manjar. Increíble poder comer algo tan sencillo y a la vez tan bien hecho. Parece una tontería, pero algo que yo esperaba como un mero reemplazo de las pastas se convirtió en una excelente comida. Vicky pidió pollo a la plancha con papas al horno, y el pan que sobró nos lo llevamos de contrabando.

Como todos saben, Grecia está en una cruenta crisis (las visitas a sitios históricos, como el Templo de Zeus, cierran al mediodía porque el gobierno solo puede pagar sueldos por medio turno). Esto genera un clima enrarecido, mucha gente pidiendo en la calle y protestas y huelgas. Nada demasiado diferente a lo que sucede en Argentina cada vez que sufrimos una crisis. La diferencia que noté es que no he visto gente pidiendo en los subtes, cosa que se repitió constantemente en París y Londres (en mi tercer visita a ambas ciudades es la primera vez que lo veo).

Esta tristísima crisis que golpea a Europa y que se siente con fuerza en Grecia debe estar influyendo en los precios, porque todo está la mitad de lo que nos salió en nuestras paradas anteriores de este viaje. Siempre imaginé que el Euro también unificaba precios, y que un kilo de bananas salía 4 euros tanto en Roma como en Atenas. Pero en la capital helénica cuesta 1,50. Así que comer en restaurantes resultó más barato de lo que esperábamos, y cuando pagamos un pan en Londres por 1,50 libras (1,90 euros), esta mañana en una panadería ateniense nos cobraron 35 centavos. Dudamos unos instantes porque pensamos que se estaban equivocando.

No es grato salir a comer y pagar poco porque un país está en crisis. En el fondo me entristece y siento que nos estamos aprovechando. Pero también soy consciente de que el cambio a pesos argentinos no siempre nos favorece, y con lo difícil que fue conseguir euros para este viaje, también estoy contando las monedas.

Los tomates en Atenas tienen un color y un aroma maravillosos. Las aceitunas son, como cualquiera podría suponer, exquisitas. Las bananas son exactamente igual a cualquier buena marca argentina, y las manzanas son arenosas (o sea, horribles). Los yogures, como dije hace un año, son una gran mentira de marketing (saben a queso crema, o sea no son dulces), pero combinados con otras cosas (como miel o frutas), resultan exquisitos. Siendo que Vicky no es ni vegana ni vegetariana (ni tan extremista como yo respecto a la alimentación), se dio el gusto de pedirse un smoothie hecho con yogur, y da fe que son muy ricos.

Mañana iremos a pasear por la playa, aprovechando que es temporada baja (poca gente en las calles y sitios de interés turístico) y que hace 32 grados durante el día. Haremos una vianda de muchos hidratos, el sábado un crucerito por las islas griegas más cercanas a la costa (con la esperanza de que la comida en el ferry sea apta para Martines Casanovas) y el domingo a las 5 de la mañana, hora local (23 hs del sábado en Buenos Aires) comenzaremos nuestra propia carrera hacia Maratón…

Semana 48: Día 335: El tenedor es tu mejor aliado

¿Qué tienen en común Bryan Adams, Alanis Morissette y Sinéad O’Connor? “Son cantantes”. Es cierto. ¿Y qué hay de Pamela Anderson, Alec Baldwin, Kristen Bell, Linda Blair, Michelle Pfeiffer, Joaquin Phoenix, Brad Pitt y Eric Roberts? “Son actores”. Bien, venimos prestando atención. ¿En qué se relacionan todos ellos con Morrissey, Bill Clinton y su hija Chelsea, Ben Stiller, Mike Tyson, Thom Yorke y André 3000? “Son famosos”. Bueno, sí. Pero hay algo más. Estas personas “conocidas”, junto a Ted Danson, Ellen DeGeneres, Woody Harrelson, Jared Leto, Moby, Prince, Alicia Silverstone y mi ídolo de toda la vida, “Weird Al” Yankovic, son veganos. Ni vegetarianos siquiera. No consumen ningún derivado de animales.

Ozzy Osbourne, que se comía la cabeza de murciélagos (Batman, agarrate) y Steve-O, ese loquito que se dejaba hacer de todo (como un piercing que le juntaba los dos cachetes del… en fin) también son veganos. Por ahora podríamos hablar de una moda entre famosos. Así como todos empezaban a ser de la cábala o la cientología, las tendencias que, en apariencia, los destaca del resto, son rápidamente adoptadas. Sé que en el fondo estos posts sobre alimentación tienden a volverse repetitivos, pero me tranquiliza, buscando veganos entre gente conocida, cruzarme también con atletas como las hermanas Williams, Venus y Serena. O Mike Tyson. La hermosa modelo y luchadora libre Taryn Terrell. El físico-culturista Robert Cheeke. El múltiple campeón olímpico Carl Lewis. El triatleta y activista Brendan Brazier. Y podría seguir así, aburriendo a todos.

Cada vez me convenzo más de que la alimentación es el mejor aliado para una vida saludable. Incluso ahora, que estoy a 4 semanas de empezar un año de veganismo, los lácteos me caen mal. Es psicológico, lo sé. Pero la cantidad de procesos en el cuerpo que se entorpecen por el consumo de proteína animal supera ampliamente cualquier beneficio que puedan imaginar.

Si quieren, no nos vayamos a los extremos. Comer en exceso es un problema. No hidratarse correctamente, no consumir alimentos nutritivos, todo eso nos juega en contra. Y es una cuestión cultural. ¿Qué otra cosa le damos a los chicos para calmar su hambre (o que dejen de hinchar las guindas) que galletitas? 100 gramos contienen un tercio de grasa refinada. Pero no nos lo cuestionamos. Así nos educamos, que ante el hambre, siempre viene bien un paquete de papas fritas, o un alfajor. Y así se nos pasa la vida, y en esa costumbre de comer grasa (que está ahí, es barata y lo venden en cada esquina), luego queremos algún resultado milagroso, una dieta o un aparato que vendan en la tele que nos dé un cuerpo trabajado con tan solo 5 minutos al día.

El tenedor es nuestro mejor aliado. Si les parezco extremo, no se vayan al veganismo, ni siquiera al vegetarianismo. El gran cambio para nuestra vida empieza cuando vamos al supermercado y elegimos qué comprar. Lo que esté en la alacena y en la heladera nos acompañará el resto de la semana. ¿No conviene, ya que todos estamos obligados a comer, que lo usemos para nuestro propio beneficio?

Semana 45: Día 308: ¿Adiós a las proteínas animales?

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Un amigo me dijo, no hace mucho tiempo, que eventualmente iba a pasar del vegetarianismo al veganismo. “Ni en pedo”, le dije. Ahora, los vegetales golpean mi puerta…
Para simplificar, decimos que un vegetariano es quien no come animales pero sí sus derivados (lácteos, huevos). Los que verdaderamente solo consumen productos vegetales, los llamamos “veganos”. Siempre me resultaron exagerados, una suerte de secta extrema, extraños seres que no te saludaban si tenías puesto un cinturón de cuero.
En mi caso no comía carne porque me daba pena, y estuve siempre muy en contra de la matanza de animales. Fue el desafío de Semana 52, generar músculo siendo “ovolactovegetariano”. Pero nunca estuve en contra de tomar leche o comer huevos y quesos (siempre y cuando no maten animales en el proceso). Parte del entrenamiento fue adaptar la alimentación con el ejercicio extra de musculación y running, que complementé con soja, seitán, chocolatada, huevos, leche descremada en polvo, queso port salut light y yogur bajo en grasas. Hasta ahí, todo bien. Pero…
Años atrás, en mis primeros años de no comer animales, sufrí una gastritis, y el médico que me atendió me contó, por primera vez en mi vida, que lo ideal para el organismo era comer varias veces al día.  Y fue también la primera vez que escuché que los vegetarianos éramos un grupo con un índice muy bajo en casos de cáncer… y que no se sabía por qué.
Hoy estoy leyendo “The China Study”, una extensa investigación de varias décadas, en el que se establece que el consumo de proteínas animales favorece el desarrollo del cáncer. Ojo, no dice que lo provoca, pero si uno tiene la desgracia de padecer esta enfermedad, consumir carne, leche y huevos sería la peor opción.
Los experimentos son contundentes. En el laboratorio, inyectaron un cancerígeno en ratas. A unas les dieron alimento compuesto un 20% de proteína animal. A otras solo el 5%. Las primeras murieron de cáncer. Las otras no. En su totalidad. No “algunas”, sino que el 100% de un grupo murió y el 100% del otro grupo sobrevivió.
No llego a la parte del libro en el que se explica exactamente cómo pasa esto, pero alcanzó para instalar la idea en mi cabeza. ¿Y si lo intento? ¿Podría convertirme en un fondista vegano? ¿Podría llegar a correr 100 km sin proteínas animales? ¿Llegaría a terminar la Espartatlon?
Son preguntas que me dan vueltas adentro del marote. Ya que tengo un año extra de blog, volverme vegano podría convertirse en el plus de esta nueva etapa. Solo llegué a consultarlo con Vicky, quien inmediatamente se agarró la cabeza y empezó a correr dando vueltas por el living, gritando e insultando a “The China Study”, mientras se arrancaba mechones de pelo (bueno, quizás exagere).
Siempre me molestó ese ciclista que salió en montones de medios como “el” atleta vegano, que iba a correr el Tour de France sin comer proteínas animales… excepto por salmón, una vez por semana. ¡Me resultó muy trucho!  Y sí, ahora siento que yo podría ser un verdadero deportista vegano, que compruebe si se puede hacer una actividad de alto rendimiento solo con proteínas de origen vegetal. Y sacarle el título al chanta que come pescado.
Nunca me pareció que el veganismo fuese una opción. Pero ahora hay una investigación científica que postula que el hombre no fue diseñado para comer animales ni sus derivados. Y asegura que aunque se tarde más tiempo, los resultados terminan siendo los mismo s consumiendo solo vegetales. Así que, cuando el blog cumpla 2 años, voy a empezar una dieta vegana de 52 semanas… y veré qué pasa.

Semana 14: Día 94: Año nuevo, rutina nueva

Empezó el año, y con él encuentro la excusa para reajustar la rutina alimenticia y de ejercicio. Con esto, para agregarme más presión, voy a volver a publicar fotos del progreso físico, algo que me fastidió bastante hacer el año pasado, pero evidentemente me funcionó.

Nunca me alejé demasiado de la dieta, pero lentamente me fui alejando de los vegetales y priorizando mucho los hidratos y las proteínas. Creo que compensé bastante con el consumo de frutas, pero puedo hacer el esfuercito y equilibrar mejor las comidas. Algo a tener en cuenta, no estoy haciendo un régimen para bajar de peso. No quiero salir volando en la próxima sudestada. La idea es mantener el organismo equilibrado y un mejor funcionamiento intestinal. Nunca dejé de comer 6 veces por día, lo cual es clave para no acumular grasas, lo que no quita que ahora voy a intentar bajar el consumo de lípidos al mínimo.

Pero lo que más me entusiasma de todo esto son las dos rutinas que mañana voy a incorporar. Me compré por internet una barra para hacer dominadas, que me llegará el martes de 10 a 14 hs. El miércoles pasado, en el entrenamiento, un compañero me tentó con hacer este ejercicio. Si la palabra “dominadas” no les dice nada, es básicamente colgarse e intentar levantar el peso del cuerpo. Es muy completo ya que trabajan varios músculos, y apenas lo intenté hacer demostré una increíble ineptitud. Me recordó a cuando empecé a hacer flexiones de brazos, hace un año y medio, y daba muchísima lástima. Esto me motivó a esforzarme y no detenerme hasta controlar este ejercicio. Lo mismo pretendo con esto.

Y me queda esa cuenta pendiente del desafío de abdominales. 8 semanas con rutinas isométricas para desarrollar fortaleza. No para marcar, eso lo voy a lograr bajando el consumo de grasas y manteniendo mis ejercicios aeróbicos. Tomado del sitio de Vitónica, lo intenté en el pasado y por una lesión lo tuve que abandonar por la mitad. Pero ya entonces había notado cómo se incrementaba la fortaleza abdominal, algo muy importante para un corredor.

Año nuevo, rutina nueva. No conviene dejar pasar esta oportunidad para intentar nuevos desafíos.

Semana 1: Día 4: Nuevamente, la dieta de la maratón

No sé cómo hice el año pasado. Parecía todo más fácil. Por supuesto, al empezar un proyecto nuevo, era un ejemplo de disciplina: ni una galletita, nada de comer fuera de las horas programadas. Y no me resultaba difícil. Me imprimí el menú de la primera semana y lo seguí a rajatabla. Tenía el desayuno del lunes, el del martes, miércoles, y así. Anotados los horarios, las frutas, la cantidad de agua en cada colación. En la segunda semana me imprimí otro menú semanal.

No lo volví a hacer nunca más.

Por supuesto mantuve la dieta, pero dejé de programármelo previamente. Descubrí que aunque anotase que el jueves al mediodía me tocaban milanesas de soja con dos tomates, por ahí me entraban ganas de una tortilla de papas. O una ensalada rusa. Mi miedo era no poder incorporar esas comidas diarias (recordemos que yo me despertaba y aguantaba derecho al almuerzo, de ahí a la cena, y en el medio alfajores, papas fritas y lo que hubiese en el chino de la vuelta). Durante casi un año tuve alarmas establecidas en el celular, para no olvidarme de comer. Pero ya lo incorporé.

Sí me tomé la molestia de hacerme la dieta de la semana previa a la maratón. No es nada demasiado complicado: mucha más agua que de costumbre, e hidratos de carbono. Bastantes. Después está la recuperación post-carrera: más hidratos y recuperar el líquido perdido por la transpiración. Pero esa vez me pareció valioso imprimirme ese menú. Representaba el primer paso a los 42 km; ya no había vuelta atrás.

Ahora estoy, nuevamente, en la semana previa a la maratón. Faltan 4 días y un desayuno para correrla. No me imprimí nada esta vez. La recuerdo, e intento incorporarla. No creo que esta falta de obsesión se deba a que haya bajado el interés o que me esté durmiendo en mis laureles. Quizá haya adquirido seguridad en mí mismo. Ni idea si voy a poder mejorar mi marca. Reconozco que la alimentación ayudó muchísimo. No casualmente mañana, miércoles, voy a visitar a mi nutricionista, con análisis nuevos de sangre (nota aparte: finalmente la médica clínica me dio el apto médico. Parece que sí puedo correr, y que no, no tengo hipertrofia del corazón). Veremos si hubo algún cambio en mi cuerpo desde la última visita.

La idea es volver a correr la maratón, la carrera más difícil de mi vida, y después empezar a interiorizarme más en la Espartatlón. Mañana, por lo pronto, empiezo a reducir el consumo de fibras, y arranco el día con mis 500 cc cúbicos de agua…

Semana 50: Día 346: Un deportista de viaje

Faltan 19 días para que termine Semana 52, y voy a celebrar el cierre de todo este espectacular año corriendo desde Atenas hasta Maratón, intentando cubrir 42 km. El juez que fiscalice esta distancia será, en principio, mi reloj con GPS (generalmente roba unos cuantos metros, pero se los voy a regalar). Será el fin del verano en Grecia, pero para mí será el final de algo mucho más personal e importante.

Hacer este viaje sin sponsor no fue tarea fácil. Tuve que bancarizarme, algo a lo que me negaba. Saqué una tarjeta de crédito, y al ser autónomo no tengo recibo de sueldo, así que el límite no me alcanza ni para el pasaje de ida. Así que pedí financiación a mi main-sponsor (mi papá) y mes a mes le deposito como si estuviese cubriendo el pago mínimo del resumen.

Soy una persona bastante contradictoria. Viajar a Europa es algo que me llena de emoción y a la vez me estresa como pocas cosas. Gracias a trabajar de sol a sol fui ahorrando y me pude pagar tres viajes a España, ocasión en las que aproveché y visité Londres, París, Barcelona, Madrid y Portugal. Siempre gasolero, en hostels y comprando comida en supermercado (con 1 euro se puede comprar desde un cartón de jugo de naranja de excelente calidad hasta una bolsa de vegetales congelados). Pero soy sudamericano, entonces me es imposible pasar por migraciones sin creer que me van a deportar.

Cuando viajé por primera vez recién empezaba a entrenar, en 2008. Me prometí correr en España (cosa que, comprobaría más tarde, jamás hice). Tuve que adelantar mucho trabajo, así que viajé agotado, con un terrible dolor de cabeza. Cuando bajé del avión en Barajas estaba fresco, aunque fuese febrero (quienes viven en el hemisferio sur entienden esto). Al caminar hacia migraciones y ver que nos separaban en dos filas, “Ciudadanos europeos” y “Resto del mundo” me puse más nervioso todavía. Tenía carta de invitación, pasaporte nuevo, dinero, pero estaba muy paranoico. El oficial de migraciones me hizo dos preguntas muy breves y me dejó pasar. No me sentí seguro hasta que pasé las puertas automáticas y estuve fuera del aeropuerto. El corazón todavía me latía, acelerado, un poco por los nervios, otro por la ansiedad de estar, finalmente, en territorio tan lejano.

Esta experiencia la volví a sentir, todas las veces que viajé, aún cuando se supone que al tener varias salidas y entradas en el pasaporte, los encargados de migraciones se flexibilizan más. ¿Estoy nervioso por este nuevo viaje? Todavía no, pero faltan dos semanas nada más para partir, y ya estoy empezando a sentir cosquilleo en el estómago.

Me quedan muchas cosas por repasar, como qué voy a llevar de equipaje. Además tengo que llamar a la aerolínea, 72 horas antes, para recordarles que sí, voy a viajar, y por favor, comida ovo-lacto-vegetariana. Igual seguramente me den gelatina de postre, porque casi nadie sabe con qué está hecha. Pero mis mejores cenas las he probado en un avión.

El viernes que viajo es un día absolutamente perdido. Salgo a las 7 AM, hago escala en Santiago de Chile, y después de dar vueltas y aburrirme como un hongo por dos horas, salgo derecho a Madrid. No voy a poder entrenar, y voy a estar varias horas sentado en una butaca. Recomiendan hacer algunos estiramientos, caminar, y no estar todo el tiempo con las rodillas dobladas.

Esa última semana debería ser la de la dieta de la maratón, en la que vamos eliminando el consumo de fibra. No me voy a poder poner tan en exigente con la aerolínea, y voy a tener que ver bien qué compro de alimento una vez que esté allá. Con el cambio puede parecer que comprar en euros es infinitamente más caro que en pesos, pero no es tan así. Depende qué marcas elijamos. Y hay una máxima que no debemos olvidar cuando estamos de viaje: “El que convierte no se divierte”.

Es complicado seguir la dieta cuando se está tan lejos de casa, pero no es imposible. Hay que ingeniárselas, y como van a ser mis últimos días de Semana 52, voy a ser más riguroso que nunca. Después habrá tiempo para descansar. No creo que vuelva al alcohol, pero sí me daré un gusto, y cuando me recupere de la maratón me sentaré a contemplar el Mediterráneo, comiéndome un paquete de galletitas Oreo. Y después… ¿Y después?

Semana 49: Día 337: Cita con la nutricionista

Hoy tuve una nueva cita con mi especialista en nutrición deportiva. Será la última vez que la vea dentro de Semana 52, aunque no será la última vez que la vea en mi vida (de hecho tenemos una nueva cita para principios de octubre).

Este debe ser el período más largo entre dos consultas. Pasaron unos tres meses, en los que me “descarrilé” un poco. La verdad es que SIEMPRE fui a una cita pensando en que iba a engordar, o que mi masa muscular iba a disminuir. Supongo que uno siempre se prepara para el peor escenario. Esta vez yo tenía algunos motivos. Por un lado, bajé muchísimo mi rutina de gimnasio. A veces por trabajo, otras porque me quedaba lejos de la casa de mi novia, optaba por hacer un poco de pesas en casa… pero no es lo mismo. Cuando dije “esto no puede seguir así” y volví, no seguí mis propios consejos y comprobé en carne propia lo que pasa cuando queremos retomar una rutina con el mismo peso que cuando la abandonamos… y me lesioné la costilla. Eso me dejó fuera del gimnasio un par de semanas, aunque pude volver a correr en poco tiempo.

A eso le sumamos el viaje a Machu Picchu, algún día que estuve muy congestionado, y antes de darme cuenta, eran más los días en que había salteado el gimnasio que los que había ido. Y después está el tema de la “flexibilización alimenticia”. Desde el verano que dejé de ser tan estricto con la dieta. Siempre sin desbandarme, si había helado de postre probaba un poco, o comía afuera un poco más a menudo. Estar en pareja también complica el tema de lo que uno come, hay más salidas, uno se unta el cuerpo con crema chantilli… en fin, esas cosas. En el fondo me encantaría culpar a mi pareja de esta flexibilización, pero también sería una injusticia tremenda. Nadie respeta mi entrenamiento más que ella, y todas las decisiones fueron mías.

En definitiva, llegué a la nutricionista y le hice todas estas aclaraciones, esperando que la balanza tirase una bomba atómica. Pero aumenté 665 gramos de grasa. En 3 meses, es un número más que aceptable, sobre todo considerando el tiempo que estuve parado. No reduje mi masa muscular (de hecho la aumenté… en 3 gramos), y siendo que soy vegetariano, es todo un triunfo. Mis circunferencias, en especial en abdomen y muslo, aumentaron entre 2 y 3 milímetros, y la sumatoria de mis pliegues está en 49,5 mm. Los maratonistas de elite (esos keniatas que tienen huesos neumáticos y son pura fibra) tienen este índice en 30 mm. No debería tener más de 50, así que estoy ahí, en el límite. Sé que con estas semanas que quedan antes de correr mis 42 km en Grecia voy a afinar la puntería. Todos los objetivos se hacen más fáciles cuando uno tiene una meta concreta. Me quedan exactamente 4 semanas para la maratón, en la que quiero bajar mi tiempo a 3 horas 30 minutos, y desde que corrí esta carrera por primera vez, mi cuerpo mejoró mucho.

Si comparo las mediciones respecto a fines de septiembre (10 días antes de correr los 42K de la Ciudad de Buenos Aires) la lógica indica que me debería ir mejor:

Masa adiposa: 21,5 kg contra 16,5 kg actuales.
Masa muscular: 30,3 kg contra 30,7 kg actuales.
Peso: 72,2 kg contra 67,7 kg actuales
Sumatoria de pliegues: 78,5 mm contra 49,5 mm actuales.

Quedé en volver a verme con mi nutricionista un mes después de mi viaje a Grecia, y unos días antes de la edición 2011 de los 42K de la Ciudad de Buenos Aires. Supongo que es obvio que voy a seguir entrenando más allá de Semana 52, aunque todavía estoy viendo qué pasa con el blog. Lo decidiré nadando en las aguas del Mar Egeo…

Para ver las fotos anteriores, no dejen de visitar la sección de Progreso.

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