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Semana 52: Día 363: Un fondo porque sí

Anteúltimo día del blog. Faltan pocas horas para que a medio mundo de distancia, en Atenas, salga el sol y 350 corredores enfrenten las calles de la Acrópolis, camino a Esparta, 246 km más adelante. Mientras tanto, aquí estoy yo, descalzo en mi departamento, soñando con estar ahí dentro de 52 semanas…

Ayer con los Puma Runners tuvimos un entrenamiento bastante duro. Hicimos un fondo de 13 km, que para los que nos tocó no nos representó un gran desafío, pero después nos tocó hacer musculación: abdominales y flexiones. Solo que en modo irregular, dinámico… en fin, exigente. Yo había ido a la mañana al gimnasio, fue día de pecho y tríceps, así que estaba particularmente exigido. Terminé agotado. Feliz, eso sí. A las 12 de la noche era el cumpleaños del Gato, uno de los personajes más queribles dentro del grupo. Yo, por cuestiones monetarias, no iba a poder acompañarlos a la cena, que se iba a extender hasta después de la media noche.

Saludé a todos y me fui a la parada del colectivo. Gracias a Randazzo, hace meses que el tren deja de pasar a las 21:24 de la noche, lo que me hace imposible tomármelo de regreso (los entrenamientos suelen terminar cerca de las 22 hs). Cuando finalmente llegué a la esquina y comprobé las líneas que me iban a acercar a la parada del 152 (que sí me acerca a mi casa), me di cuenta de que no tenía mi tarjeta SUBE. Ella descansaba tranquilamente en el escritorio, en mi departamento. Tampoco tenía las 20 mil monedas que hacen falta para viajar hoy sin subsidio. Volví rápidamente a ver si enganchaba a alguien del grupo, pero se habían ido todos. Sin plata, de noche y solo… ¿qué opciones tenía?

Empecé a considerar la posibilidad de volver corriendo. Lo había hecho el jueves anterior, ese hermoso fondo que me dio 24 kilómetros. Pero era de día, tenía agua, y no estaba cansado… Con mañana de gimnasio, entrenamiento exigente por la noche, y siendo las diez… la idea de hacer una media maratón para llegar a mi casa no me tentaba demasiado. O sea, en el fondo sabía que si lo hacía, hoy tenía un excelente post para escribir. Pero para un día me parecía demasiado. Además quería levantarme temprano para ir al gimnasio… o sea, ¡por algo me quería volver temprano y me había perdido la cena cumpleaños del Gato!

Fui caminando con un cierto dejo de derrota hacia Libertador, donde iba a comenzar mi peregrinaje hasta Retiro. Pasé por la estación de tren de Acassuso y se encendió la esperanza… había gente esperando el tren. Eran ilusos, como yo. Me quedé esperando y a los 20 minutos el cartel electrónico anunciaba el próximo servicio a los 18 minutos. La cuenta regresiva se detuvo a los 7, cuando volvió a marcar 18. Quedó así, congelado, mientras la gente asumía la gran mentira del tren Mitre y dejaban el andén desierto. Me quedé solo, el cartel en blanco… y volví a reflotar la idea de volver corriendo. Pero el Gato, el héroe de la historia, me dijo que estaban cenando a 15 cuadras, que vaya y me prestaba su tarjeta SUBE. Hice un trotecito y cuando llegué di mucha pena. Me invitaron la cena y comí como un cerdo (comida vegana, por supuesto). A las 12 cantamos el feliz cumpleaños y a la 1:30 estaba finalmente en mi casa, después de un viaje en colectivo donde me dormía todo el tiempo.

Me levanté absolutamente roto. No pongo el despertador porque creo que así uno se despierta lo más descansado posible. Eran las 8 de la mañana y me dolía todo del entrenamiento de ayer. ¿Para qué quería ir al gimnasio? Apenas podía moverme. La mejor medicina para los dolores del deporte es el movimiento. Eso lo sé y lo he comprobado. Desayuné mientras me debatía entre ir al gimnasio o empezar a trabajar. Arranqué la jornada laboral, y mientras tanto iba mechando con frases motivacionales en mi twitter. No las invento. Las vi en inglés y las que me gustaron mucho las traduje:

“Cuando estés a punto de renunciar, recuerda por qué comenzaste”.

“La motivación es lo que te hace empezar. El corazón es lo que te hace seguir”.

“VA a doler. VA a tomar tiempo. VA a requerir dedicación y sacrificio. Pero VA a valer la pena”.

“Si lo que hiciste ayer te parece mucho, es que no has hecho nada hoy”. -Lou Holtz

“El dolor de la disciplina es mucho menor que el dolor del arrepentimiento”. -Sarah Bombell

“Tu mente va a renunciar 100 veces antes de que tu cuerpo lo haga. Siente el dolor y sigue”.

Lo mejor fue que a medida que las iba escribiendo… ¡me iba motivando! Ya a esa altura no lo pude evitar y dejé todo lo que estaba haciendo, salí a la calle y me fui a correr a la Reserva Ecológica.

Me fui sin una meta precisa. ¿Cuánto correr? ¿10 kilómetros? ¿30? ¿Qué camino? Sentía la cuenta pendiente del fondo que no fue de anoche… así que como había dejado de lado unos buenos 21 km, ese iba a ser el piso. Todavía era temprano, las 9:30 de la mañana. Estaba fresco, pero al sol era agradable. En la Reserva, ya con tierra y pasto bajo mis pies, me sentí muy bien. Corrí siempre abajo de los 5 minutos el kilómetro. Un morocho musculoso me pasó así que lo usé de liebre cuando ya había pasado los 13 km. Ahí estábamos los dos a 4:30. Empezó a bajar la velocidad, lo pasé y lo perdí. Improvisé el camino todo el tiempo, intentando que cada vuelta fuese distinta. Es increíble lo que hicieron con ese lugar: le agregaron un lago artificial y ahora están sumándole bancos y alguna clase de estructura metálica que no sé qué será (si son soportes para publicidad, la van a arruinar).

No quiero ahondar en cómo fueron esos 24,7 km que corrí, pero me olvidé de todos los dolores. Aguanté con el agua que hay en la Reserva y con unas pasas de uva en mi bolsillo. Y pensar que en las carreras ando obsesionado con geles y tantas pavadas innecesarias…

Llegué a casa transpirado, cansado, e inmensamente feliz. Me encanta improvisar, y creo que me di una merecida sorpresa con este fondo fuera de mis planes. Por suerte compré ese discurso traducido que estaba compartiendo vía Twitter. A veces hay que comprar el discurso que uno vende.

Semana 52: Día 360: Se aproxima la Espartatlón

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La llaman Spartathlon. Yo la castellanicé como Espartatlón, y sinceramente no sé si quedaré como un bruto, pero sigue siendo mi sueño. Soy un niño que en enero está esperando con ansias el 24 de diciembre. Ya va a llegar… sigo soñando, pero tengo que esperar.

Supongo que, como cualquier carrera, esta es una que se gana con la cabeza, con motivación. Yo no me permito todavía imaginarme a mí cruzando la meta en Esparta. No puedo, significaría asumir que estoy inscripto, que pude pagar los costos, que entrené como para hacer más de 100 km, mi actual límite. La ansiedad me mataría más que ahora. Así que intento vivir el día a día, pensando en las próximas carreras, en los entrenamientos, en estar físicamente a la altura. A veces me comparten videos con testimonios de esta ultra y yo tomo el camino cobarde y no lo veo. Marco mails como no leídos y quedan en la bandeja de entrada por meses.

Le di “Like” a una página de la Espartatlón y últimamente comenzaron a subir pequeñas biografías de los participantes de este año, hombres y mujeres de todo el mundo que repiten la hazaña. Enumeraban la cantidad de veces que fueron finishers, y mientras a mí me toma tanto tiempo llegar hasta ahí, ellos ya llevan 3, 5, 9 participaciones, o más… Y por supuesto que me encantaría ser uno más entre ellos… “Martín Casanova, argentinean amateur athlete, has been blogging about Spartathlon for three years and now has the chance to run it for the first time”. Y mi foto, con lentes de sol, una musculosa, corriendo, tres cuartos perfil. Medio borrosa. Hasta ahí llega mi imaginación, y no quiero dejarla volar todavía.

La página de la Espartatlón, que se corre el próximo viernes, tiene hoy una entrada donde reflexiona sobre estos “corredores anónimos”. A pesar de que presentan solo una pequeña muestra, reconoce que hay muchos que no llegaron a presentar, héroes que podrían ser tu vecino, que entrenan bajo condiciones muy adversas: criando a una familia, trabajando duro para ganarse la vida, y así. Hay mucha gente que sueña con terminar esta carrera, que llegan desde muy lejos cada año para volverlo a intentar (yo podría integrar a este grupo). Y termina con un mensaje que me pone la piel de gallina: “Lo que sea que estés buscando en la Espartatlón 2013, ¡espero que lo encuentres!” (si me ponés 2014, me largo a llorar).

Supongo que muchos se habrán dado cuenta que las 52 semanas que contabiliza el título de cada post se resetean el día que se corre esta ultramaratón. Porque cada año, desde 2011, mi meta es estar ahí, corriéndola. Es un desafío INMENSO y lo sé, pero empecé con un sueño y en el camino por alcanzarlo, encontré otras cosas y me fui enriqueciendo. Es un más o menos una buena forma de vivir la vida: soñando con una meta que otros creerían imposible, pero sin perder de vista lo que se puede aprender en el trayecto. Retomé el gimnasio, algo que me hace muy bien; me hice vegano; organicé un prototipo de carrera; exploré mis límites y aprendí qué tengo que hacer y qué no en una ultra… Nada es en vano, y como bien me dijo un lector de este blog cuando no pude alcanzar los 100 km para preclasificar: los sueños no se cancelan, se posponen.

En cuatro días, 350 corredores de todo el mundo van a largar desde la Acrópolis y van a intentar llegar a pie a Esparta, 246 kilómetros en menos de 36 horas. Muchos llegarán, otros quedarán en el camino. Todos se verán transformados. Espero que de acá a 52 semanas esté escribiéndoles desde Atenas, concentrándome para hacer la carrera de mi vida. Cien mil mariposas revolotean en mi estómago mientras me imagino esa escena…

Semana 51: Día 355: El maratonista de 125 kg

Parte de mi trabajo es diseñar revistas que no necesariamente tengan que ver con lo que me gusta. Cuando me acercaron la propuesta de una publicación nueva, orientada a la espiritualidad y la motivación, no estaba del todo seguro si me iba a sentir en sintonía. Pero lo que pague el alquiler y las expensas es bienvenido, así que me metí de lleno.

Armar una revista, dicen los expertos, es el arte de diseñar detrás de los avisos. O sea que la parte comercial es muy importante porque eso va a definir la extensión de las notas. Aunque este era un primer número, la venta publicitaria fue excelente. Sin embargo, quedaron dos páginas colgadas a las que había que plantarles algo. Como el tema motivacional sí tiene mucho que ver con este blog, un amigo que fue quien me recomendó para este proyecto me empezó a insistir que proponga material del blog para armar una nota. Y en lo único que pude pensar fue en el post que escribí el 8 de enero del año pasado, en el que contaba la historia de Roger Wright, el banquero de 125 kg que el 7 de junio de 2008 decidió empezar a entrenarse para la Maratón de Boston, que se iba a correr en 10 meses. Lo hacía por él mismo, porque su peso no era precisamente de músculo. También por el legado de su padre, que la corrió en 1968, cuando Roger tenía 7 años. Y también por el amor que sentía por su sobrina Julia, una chiquita que luchaba contra la Fibrosis Cística.

Ese primer día hizo 30 metros y se quedó sin aire. Su plan original era correr 5 kilómetros. ¿Qué lo hizo seguir? Pensar que a Julia también le costaba respirar. Así que tomó fuerzas y continuó. Fue constante. Empezó caminando. No se rindió, porque estaba seguro que con su ejemplo iba a poder llamar la atención y obtener donaciones para la investigación de la Fibrosis Cística.

Registró sus progresos en un blog y a través de filmaciones, que después compiló en un video que compartió en un grupo cerrado, llamado “Running for my existence” (corriendo por mi existencia). Un amigo lo reposteó con un título nuevo, The most inspiring video you will ever watch! (¡El video más inspirador que verás jamás!) y la respuesta fue abrumadora. Roger reconoce que el marketing no era lo suyo. Al día de hoy, esa copia tiene 5 millones 450 mil visitas, muchas de las cuales son mías. La edición de 5 minutos muestra cómo pasó de ser un obeso que apenas podía caminar a un ágil y estilizado atleta. Es realmente impactante, y la música de “Fix you”, interpretada por Coldplay, termina de ponerle el broche de oro. Realmente pone la piel de gallina. Hoy lo veía y casi tuve que contener las lágrimas.

Roger considera clave el apoyo de su mujer. Jamás lo cuestionó, y cuando él le contó su “loca” idea le dijo “Me parece una buena idea. Si lo hacés, consigo una persona cada milla (1,6 km) para que te asista”. Lo siguiente fue llamar a una organización que junta dinero para investigar esa enfermedad y decirles que quería correr en su nombre la maratón del año siguiente (ellos se encargarían de inscribirlo). Por último, se contactó con un amigo triatleta para que lo ayude a entrenar. “No quiero que me des nada de dinero”, le respondió, “solo que me des tu 100%”.

Realmente se comprometió. Dejó de buscar excusas y realizó todos los ejercicios. Empezó a llevar un registro de su frecuencia cardíaca y cada cosa que comía. Y funcionó. Su sobrina Julia fue siempre lo que la motivó. “Era pesado y gordo, debería haber tenido un ataque al corazón o una aplopejía, porque no me cuidaba a mí mismo. Era puramente voluntario. Podría haber hecho esto en cualquier momento de mi vida”, explica él en su segundo video. “Pero Julia no hizo nada malo, ella es solo una niñita”, dice, con la voz quebrada y al borde del llanto.

“Si decides una meta, si te mentalizas en ese objetivo, es sorprendentemente sencillo”, dijo, 50 kilos menos después.

Generalmente se difunde la vida y las proezas de los atletas de elite. Dean Karnazes es un excelente motivador y podemos seguir todos sus triunfos. Ni hablar de Scott Jurek o Killian Jornet. Pero al menos en mi caso no pienso que voy a ser como ellos. Siguen estando en un nivel elevado, inalcanzable. Son atletas tocados por la varita mágica, se ganaron la lotería genética, o se dieron cuenta de que vivían al lado de una montaña y podían entrenar ahí desde chiquitos. Pero cualquiera puede ser Roger Wright. Todos tenemos esa capacidad, de definir un objetivo, motivarnos y darlo todo por lograrlo. Si ves el video donde compara sus primeros pasos hasta que se vuelve un veloz corredor, lo que tenemos que pensar es “Si él pudo dar vuelta su vida a los cuarenta y pico, ¿por qué yo no voy a poder?”. La historia de Roger es la que me inspira, y la que intento difundir para que todos vean que el cambio es posible, que está en uno, y que, como bien dijo en su segundo video, es sorprendentemente sencillo.

 

Semana 51: Día 354: Entrenando bajo la lluvia invernal

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Estos días han sido duros para los que entrenamos al aire libre. Después de varios días de un calor inusual, el invierno no se quizo despedir sin calarnos el frío en los huesos, y después de interminables días de lluvia, ayer decidimos correr igual.

En principio el entrenamiento se había cancelado. Corremos por Acassuso, y además de que seguía lloviendo y estaba muy pero muy fresco, se había acumulado agua y había unos enormes charcos (donde no estaba todo embarrado). Encima, el Hipódromo de San Isidro está junto a una calle que los automóviles confunden con una pista de carreras, y si hay un mínimo charquito, cuando te pasan por al lado te empapan de arriba a abajo. En verano es más divertido de lo que era anoche.

Pero yo me quejé. Porque quería correr. Independientemente de lo que decida el clima, yo necesito salir de casa. Estoy todo el día encerrado, frente a la computadora. Me duele la espalda de estar tanto tiempo sentado, y mi cabeza necesita desconectarse del trabajo. Entrenar es mi momento, estoy todo el día esperando para salir. Mi plan B era ir a hacer cinta al gimnasio, pero no es lo mismo. También está el contacto con mis pares, con esos loquitos que, como yo, necesitan de esto. Por suerte no fui el único. Un par de “valientes” (véase el post de ayer) también se animaban a venir. Confirmamos presencia cuatro, mientras el resto de los Puma Runners decidió, en todo su derecho, quedarse sequitos en casa.

Ya expuse los motivos por los que creía que quienes salían a correr así eran unos valientes. Otros estuvieron en desacuerdo, considerando que no valía la pena enfermarse. A mí me pareció una excelente oportunidad para probar mi ropa de abrigo y cómo funcionaban mis guantes de neoprene en la lluvia. No les tenía mucha fe, pero anduvieron muy bien, y mientras corría me calentaron mucho las manos. Hicimos dos vueltas al Hipódromo, que equivale a un poquito más de 10 kilómetros. El frío dejó de sentirse enseguida, y después estar bajo esa garúa fue un placer. Además, esa inmensa manzana (que da un recorrido de 5 km) estaba absolutamente desierta. Con los primeros calores va a estar atestada de bicicletas, chicas paseando a sus diminutos perros, señoras caminando, y hasta grupos de entrenamiento que se mandan en bloque, ocupando todo el ancho de la vereda. Ahora era absolutamente de los loquitos que, a pesar del clima, salieron a correr.

Me sentí muy bien, lo necesitaba. Podría haberlo hecho solo, pero no iba a ser lo mismo. Tenía que estar nuestro entrenador orientándonos, la charla durante la vuelta y el post entrenamiento. Durante el fondito me tuve que sacar la campera de lluvia porque me daba mucho calor, y al final me la volví a poner para no enfriarme. En el restaurante donde cenamos me cambié y me puse una remera, un buzo, medias y un pantalón secos. Porque la idea era sobrevivir para contarlo.

A mí me sirvió entrenar bajo esa lluvia invernal. Pude probar mi campera y mis guantes. Y salir un poco de mi zona de comfort, en mi seco y calentito hogar. Sumé un poco para el cuentakilómetros, que está a punto de volver a cero, y pasé un buen rato con amigos. No quería perdérmelo, y me alegro mucho de haber estado ahí.

Semana 51: Día 353: Tiempo de valientes

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Frío y lluvia. Aquí es donde se dividen los corredores amateurs de los espartanos. Es tiempo de valientes, es hora de demostrar cuánto nos dejamos llevar por nimiedades y hasta dónde estamos dispuestos a sacrificar.
Hoy es un verdadero día invernal. Hace rato que llueve y todos pensamos “¿entreno o me quedo en casa?”. Y la comodidad tira, pero correr no es cómodo. Si no duele, si no cuesta, si no nos hace transpirar… ¿para qué hacerlo?
No corremos para tomar atajos, lo hacemos para superarnos. Para, justamente, salir de nuestra zona de confort.
Hoy llueve mucho y hace bastante frío. La lógica de la comodidad podría indicarnos que nos quedemos secos y bajo techo. Pero, si me preguntan a mí, prefiero abrigarme, ponerme algo impermeable y averiguar hasta dónde puedo llegar. Porque puede llover y refrescar en cualquier carrera. Ya sea en una competencia de calle como en Patagonia Run, La Misión o la Adventure Race Pinamar, el frío y la lluvia nos puede sorprender. Y yo quisiera estar ahí algo preparado. Una carrera es el último lugar para improvisar (no por nada entrenamos). Y si nos vamos de viaje al sur, en un día como hoy, no nos vamos a quedar en el hotel.
Aplaudo a los valientes que no le temen a las inclemencias del clima. Hoy elijo unirme a ellos y averiguar qué me depara el destino.

Semana 51: Día 351: Ganando músculo

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Es más fácil ganar grasa que ganar músculo, y es más difícil perder grasa que perder músculo. Lo dijo (en forma más elocuente) el maestro Murakami, aunque al parecer era un cartel que estaba colgado en su gimnasio. Como sea, es una de las duras reglas del atletismo. Todo lo bueno cuesta mucho, todo lo malo es muy fácil y está al alcance de cualquiera.

No me pasó, en estos tres años de blog, de “desbandarme” y perder todo lo que obtuve, pero mirando para atrás puedo ver esos momentos en los que estaba más o menos entrenado, y cuándo tuve una masa muscular más satisfactoria (para mi inconformista y lapidaria visión… o sea nunca). Con esta experiencia a cuestas puedo confirmar la aseveración con la que abrí el post de hoy, y reconocer que cuanto más cuidé mi alimentación y más entrené, mejores resultados obtuve, tanto a nivel de desarrollo físico como deportivo. Hoy estoy en un buen momento,  quizás el mejor en los últimos dos años. Y no casualmente estoy comiendo mejor (vegano, encima) y entrenando con constancia y compromiso.

Hoy hizo un fresco importante. Probablemente el concreto de la Ciudad no me permitió notarlo cuando salí a las 8 de la mañana a tomarme el tren. Cuando, una hora después, me bajé en Acassuso, tuve un flashback a mi ascenso al Cerro Colorado, a las 5 de la mañana, en la Patagonia Run 2011. Es cierto, en el sur hacía más frío, pero estaba mejor abrigado. Por suerte, ante la amenaza de lluvia, me había llevado una campera de lluvia que además actúa de rompeviento.

El frío juega un papel muy importante en mi satisfacción con los entrenamientos. Básicamente hace que la gran mayoría de las personas decida quedarse en su casa, y solo unos valientes estábamos dándole vueltas al Hipódromo. Sí, soy un insociable, odio correr esquivando ciclistas, señoras caminando del brazo y chicas en rollers que te pasan finito. Las multitudes las acepto en las carreras, de mil amores.

Esa soledad de los corredores de fondo que tanto me gusta también vino bien para aprovechar los aparatos de ejercicios que hay en esa suerte de plaza de la calle Dardo Rocha, junto al Hipódromo. Al igual que los que están cada 200 metros en la playa de Copacabana (creo que tengo una foto por ahí dando vueltas que bien podría ilustrar este post), en San Isidro colocaron unas estructuras para colgarse y trabajar el tren superior. Yo estoy a punto de subir un escalón con el entrenamiento de musculación, y si vieron los videos que compartí ayer, se trata de algo que va por ese lado. Hoy charlábamos de eso con Germán, mi entrenador, y creo que me tengo que olvidar de buscar un físico como esos guerreros veganos (todos en el grupo cuestionaban que hayan obtenido esa musculatura en forma vegana). Pero es un camino y me resulta un desafío muy interesante.

La idea va a ser buscar un equilibrio entre entrenamientos de fondo largos y musculación. Me voy a colgar y usar mi peso corporal. Es mucho más difícil que levantar unas pesas, pero el objetivo, además de ganar masa muscular, es desarrollar el equilibrio y la postura. Hoy estuve probando algunos ejercicios y me salen mejor de lo que pensaba. Seguramente el trabajo de estos últimos dos meses en el gimnasio dieron sus frutos. Puedo no tener todavía el físico que me gustaría, pero noto más fuerza y autocontrol. La incógnita de cuánta masa muscular ya gané la voy a resolver el próximo jueves, cuando visite a mi nutricionista.

Me gustaría que para la próxima temporada de Semana 52 pueda sostener esto del ejercicio constante, y ver qué cambios puedo lograr en mi cuerpo. Ganar músculo no es netamente una cuestión estética, sino que me va a servir para superar los terrenos más difíciles de la Espartatlón 2014…

Semana 50: Día 350: Los guerreros veganos

Creo que tengo una relación sinérgica con mi entrenador. Cuando me pongo las pilas creo que lo entusiasmo y se engancha más en entrenarme. Ya hace más tiempo que entrenamos juntos bajo “Semana 52” que lo previo, o sea que ya me ha visto tres años entrenando duro, cuidándome con lo que como y bebo, contra los dos años previos donde hacía cualquiera.

Hace un año decidí hacerme vegano, y Germán me acompañó, incorporando muchas cosas. Entonces se interiorizó en el tema y empezó a darme él indicaciones. Así terminamos enseñándonos mutuamente. Nunca le di tanta prioridad al gimnasio como en el último mes y medio. Estoy yendo entre tres y cinco veces a la semana, y eso se empezó a reflejar en mi cuerpo. Si me piden que me saque una foto ahora no veo ninguna diferencia con las que me saqué antes, pero hay ciertas poses o en la tensión de correr o levantar peso donde se empieza a vislumbrar.

En todo este ir y venir de motivación, donde ambos aprendimos mucho, Germán me vino insistiendo en que tenía que empezar a colgarme para obtener más masa muscular. Varias veces me mostró ejercicios que me resultaron imposibles. A él le costaban, pero llegaba a hacerlos. Y con este renovado entusiasmo mío por la musculación, venimos hablando de incoporar nuevas rutinas.

Muchas veces, cuando uno habla de ganar masa muscular, siempre surge un detractor del veganismo diciendo que sin proteína animal, no voy a poder lograr nada. Ni mucho ni poco: NADA. Yo llevo un año entero sin consumir derivados de animales de ningún tipo (ni leche ni huevos) y pude progresar como siempre (dependiendo, claro, de que me ponga las pilas). Doy fe de que todo lo que da la carne o los lácteos es reemplazable. Para muestra basta ver cómo me fue este año en las carreras o la cantidad de músculo que gané desde que volví al gimnasio.

Y en todo este ir y venir con Germán, mientras ideamos la nueva rutina, me acercó estos videos que les comparto. Son de un grupo que se hacen llamar “Vegan Warriors” (Guerreros veganos), que difunden la vida sana y el entrenamiento duro sin que eso involucre el sufrimiento de los animales. Cuando los vi, no podía salir de mi asombro. ¿Es eso posible? ¿Se puede alcanzar ese nivel de desarrollo muscular sin recurrir a suplementos derivados de la leche o del huevo? Sí, se puede. ¿Y podría hacerlo yo? No me cabe duda. Para mí no es una cuestión de si es posible o imposible, sino de cuándo. Mis prioridades son otras, puntualmente el fondismo, que todos sabemos que consume músculo. Además el tiempo de entrenamiento de esta gente debe ser muy intenso, o al menos debe llevarles varios años. Quizá si me pongo un blog nuevo llamado “Semana 520″…

Pero no voy a dudar de mí mismo. Yo soy la prueba de que no hace falta la proteína animal para progresar. En el otro extremo están los Guerreros Veganos, y me parece una buena meta. Creo que tengo que empezar a colgarme…

Semana 49: Día 338: Fondeando en la Reserva Ecológica

Ayer, cuando escribí el post de la fecha, dije que iba a ir a correr a la Reserva Ecológica, ese hermoso parque al que iba cuando vivía a 13 km, y ahora que estoy a 10 cuadras no estaba yendo nunca. Me quedé trabajando hasta tarde (sacrificando un sábado a la noche) y cuando hoy me desperté… estaba destruido. Me costaba despegar los ojos, mucho menos pensar en salir a correr.

Desde la cama intentaba mirar el reloj, en la penumbra, a ver si valía la pena levantarse. En el entrenamiento del sábado con los Puma Runners hicimos 21 km y me molestó al costado de la rodilla (creo que un tendón). Empecé a justificarme mentalmente que no convenía forzarme si quería estar entero para la media maratón, dentro de una semana. Pero en el fondo sabía que eran excusas. Me incorporé, me hice el desayuno y me vestí. Pasadas las 8 y media, en un arrebato de fuerza de voluntad indescriptible, salí a la calle. El GPS, que lo encendí por primera vez entre los edificios del microcentro, no tenía señal. Me quedé buscando algún pedazo de cielo en una esquina, hasta que finalmente enganchó. Así fue que, a diez minutos de las nueva de la mañana, salí.

La rodilla me molestó un poco, no demasiado, y lo mejor fue que a los dos kilómetros ese dolor había desaparecido. Ya en ese entonces estaba adentro de la Reserva, la cual me parece que están remodelando profundamente. Mi impresión fue que estaban armando una especie de fosa donde arrojar los cocodrilos y protegernos así de los bárbaros. Pero para correr por el costado queda genial. Quizá me equivoque y eso haya estado desde siempre, tapado por una frondosa vegetación. Yo creo que no estaba y vi cómo lo llenaban con agua. Me gustó todavía más de lo que me venía gustando este lugar. Una especie de oasis para los que disfrutamos de las carreras de aventura y tenemos que vivir entre el concreto.

No me quise exigir, aunque tengo que admitir que este fondo personal se me hizo corto. Le di una vuelta larga al circuito, de 8 kilómetros, y a medida que avanzaba me iba sintiendo más cómodo y aumentando la velocidad. El inusual sol de verano calentaba, y mucha gente se había levantado temprano para disfrutarlo.

Algo que me llamó la atención, mientras estaba corriendo los primeros metros en la Reserva, escuché un altoparlante en donde animaban una carrera de calle. Ahí nomás, a 100 metros de donde estaba, tenía lugar Dale Vida, competencia de 8 km que presencié el año pasado. A lo lejos podía ver cómo la gente iba corriendo en sentido contrario. Pensé por un segundo en sumarme, no por querer competir, sino porque me fascinan esas casualidades. ¡Justo que estoy ahí es la largada! Pero preferí quedarme en la tierra y el pasto que salir a patear el asfalto. Así estuve unos 40 minutos, más la distancia que separa mi departamento de la Reserva, lo que me dió un para nada despreciable fondo de 10,73 km.

¿Por qué corrí, si ayer me quedé un poco preocupado por esta molestia y hoy a la mañana no me podía levantar? No sé, supongo que extrañaba ir a la Reserva y, habiendo sacrificado gran parte del fin de semana para trabajar, correr fue la mejor recompensa que me pude dar. Y comprobé una vez más que uno nunca se arrepiente de entrenar. A veces cuesta salir, pero el esfuerzo siempre vale la pena.

Semana 49: Día 337: 213,86 km en un mes

Tuve que chequear mis cuentas dos veces, porque me sorprendió haber corrido 213,86 km durante todo agosto. ¿Estará bien? Quizá debería dejar de dudar de mí todo el tiempo. El reloj Suunto me contabilizó 145 km, más unos 10 que hice en cinta en el gimnasio, más lo que haya hecho los primeros 10 días que no tuve el GPS… Las cuentas dan. Igual estaba temeroso, creyendo que iba a tener como máximo 160 km.

Este es el comparativo de todo el 2013:

Enero: 323,03 km
Febrero: 321,88 km
Marzo: 335,60 km
Abril: 163 km
Mayo: 157,26 km
Junio: 168,60 km
Julio: 128,39 km
Agosto: 213,86 km

La suma de esta temporada de Semana 52 (que empezó en Octubre 2012) ya me da que corrí 2360 km, mientras que la temporada anterior, en un año, corrí 2272 km. O sea que durante Septiembre puedo dedicarme a hacer la plancha, porque ya vencí mi propia marca por 90 km. El mes que empieza mañana tiene la meta de la media maratón, y quiero empezarlo mañana con un fondito en la Reserva Ecológica. Porque todavía no la estrené viviendo en el barrio. Algo tranqui, unos 10 km. No me quiero sobre exigir, hoy con los Puma Runners entrenamos unos metros por encima de los 21 km, y me molestó un poco el costado de la rodilla derecha. Es un dolor que va y viene (hoy le tocó venir). No me impidió correr, pero enciende algunas señales de alarma.

Y estoy entrando en el último mes de la tercera temporada de Semana 52. O sea que casi estoy por hacer tres veces algo que pensé que iba a hacer una sola. Esta vez no tengo una carrera que coincida con el día final, ni tampoco conseguí lugar para correr la Espartatlón 2013 (menos mal, debería decir, porque todavía no me siento listo).

Mirando hacia atrás veo algo que para mí no fue menor, y es que este año de Semana 52 fue mi primero como vegano. Sin querer ponerme en vocero o sermonear, tampoco lo imaginaba y fue un cambio muy cómodo para mí. No pude inscribirme en la Espartatlón, pero al menos sirvió para probar qué pasa al estar un año entrenando con exigencia sin consumir proteína animal: absolutamente nada. De hecho, comparativamente, este año corrí más y que el anterior (pero no puedo asignárselo a la alimentación, sino simplemente a organizarme mejor).

Creo que esta temporada de Semana 52 voy a superar los 2500 km, y es una linda marca. Y cuando pase la maratón de octubre quiero estar abocado a entrenar fondos largos, y así poder afrontar los 246 km de la Espartatlón 2014. ¡Y basta! No me veo escribiendo un quinto año de blog. Ténganme piedad.

Queda todavía Septiembre, y otras 52 semanas… si todo sale bien, el cierre será en Atenas. Y si todo sale súper bien… será en Esparta.

Semana 48: Día 334: Memorias de un ultramaratonista inexperto

Ayer comentaba, al pasar, sobre mi agotador paso por la Patagonia Run 2012. Estaba participando de los 100 km y fui con muy poca idea de lo que era realmente esa experiencia. No lo entendí en ese momento, pero me cambió mucho mi forma de ver los ultratrails. Después de esta carrera, en poco más de un mes, intenté correr los 100 km de la Ultra Buenos Aires en menos de 10 horas y media. No sé si fue muy pronto y me quemé, creo que ahí tampoco tenía mucha experiencia.

Pero fui con mucho optimismo, con una cámara para filmar y sacar fotos de los paisajes, y se convirtió en un registro de lo que pasaba por mi cabeza. Verlo hoy, un año y medio después, resultó muy revelador. Primero, porque menciono cosas sobre mi vida que han cambiado mucho. Pero por otro lado, hay un cambio de actitud entre el durante y el después de la carrera. Además, al estar pensando en voz alta, me prometo cosas que nunca cumpliré, como no volver a correrla. De hecho, a pesar de todas mis penurias, estoy esperando con ansias la edición 2013 para inscribirme… y volver a ir a sufrir.

Subí los videos así como los filmé, sin editarlos (porque no sé hacerlo). Pero creo que los más jugosos son los del medio.

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