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Semana 14: Día 98: ¿A quién engañamos?

La Corrida San Silvestre de Buenos Aires 2012. Último día del año, que prometía mucho calor, pero se nubló y lloviznó, para que después saliera el sol (como para confundir). Miles de corredores de todos los niveles se congregaron para correr 8 km en las calles de la ciudad. Mi papá, que vive cerca de la largada, vino a verme, y charlando sobre la carrera que acababa de hacer, me dijo que vio gente cortando camino. Por la naturaleza del recorrido, pasarse de un carril a otro te podía ahorrar uno y hasta dos kilómetros. La pregunta que nos hacíamos era… ¿para qué?

Hecha la ley, hecha la trampa, dice el dicho. Quizá no se aplique a esta situación, pero a mí me parece que sí, que cuando se establece una regla, automáticamente aparece alguien dispuesto a romperla. Nos pasa con la tecnología, con los softwares, es cuestión de tiempo para que salga algún “chipeo” o un “crack” que nos evite el infame trámite de tener que pagar por algo que nació para comercializarse. Nos pasa con el alimento, basta con que nos prohiban algo para desearlo como nunca. Quizá sean mayoría los que prefieran atenerse a la legalidad (no todos nos colamos en el tren o el subte), pero cuando uno busca medirse físicamente, averiguar de qué estamos hechos, ¿por qué vamos a elegir cortar camino? ¿Necesitamos alardear con amigos, que nuestras parejas o compañeros de trabajo crean que somos lo que no somos?

Mientras le comentaba esto a mis compañeros de Puma Runners, Marcelo comentó la anécdota que contaba un sociólogo en sus debates. Si un habitué de las carreras de caballos se enteraba de que una competencia estaba arreglada, se iba a poner furioso… pero no porque se indignase ante la falta de ética, sino de que no le habían pasado el dato y de que lo habían dejado afuera.

Probablemente sean facetas de una forma de pensar similar, pero creo que entiendo más al atorrante que no pudo llevarse su tajada, que al que se inscribe en una carrera de 8 km y corta camino para terminar haciendo 6. No me entra en al cabeza cómo sigue la vida de alguien que recurra a eso. No sé si se junta con amigos y dice que le puso 30 minutos, si convence a otros corredores de que es más rápido de lo que realmente es, o si decide no volver a correr nunca más en su vida y necesita desesperadamente llegar a la meta.

Cuando corrí la Ultra Buenos Aires no estaba preparado (física ni mentalmente) y llegó un momento en el que sentí que no podía más, que el cuerpo había alcanzado su límite. Quería llegar, sí, pero no sabía cómo, no me podía imaginar hacer 40 km más. Y pensé miles de cosas. Creo que hasta deseé que me caiga un meteorito en la cabeza que me obligue irreversiblemente a abandonar. Y como estábamos en un terreno muy abierto, sin una fiscalización muy cercana, llegué a pensar en cortar camino. Hasta le pedí a mi hermano, que me escoltaba en su auto, que pegásemos la vuelta antes. Pero llegué a ese punto habiendo decidido abandonar. No me animaba a hacerlo todavía, pero ya no me podía imaginar en mi cabeza la situación de llegar a la meta. Terminé vomitando al costado del camino, con una sensación de alivio en el fondo. No era un meteorito en mi cabeza, sino deshidratación. Pero cortar camino y hacer menos de esos 100 km no me iban a dar absolutamente nada. Si lograba mi cometido, ¿me iba a hacer sentir bien cualquier felicitación?  ¿Iba a considerar que estaba listo para el siguiente paso, que eran los 246 km en Grecia?

Probablemente al tomar un atajo solo nos engañemos a nosotros mismos. De algún modo nos evitamos sufrimiento, esfuerzo, y eso nos hace creer que las cosas se pueden hacer de esa manera. Pero ¿hasta cuándo podrían estos corredores sostener la mentira? No dejo de pensar en las palabras de Ephraim Rosemberg, un ingeniero nuclear y ultramaratonista, quien después de correr los 100 km de la durísima Badwater: “Siempre comienzo estas competiciones con unos objetivos elevados, pensando en hacer algo especial. Y después de cierto punto de deterioro físico, los objetivos son reevaluados a la baja, hasta el punto en que me encuentro ahora, donde lo más que puedo esperar es no terminar vomitando sobre mis zapatillas”.

Salvando las enormes distancias, creo que ESA es la actitud del corredor, el que actualiza sus espectativas conforme vamos tocando nuestro límite. Buscar a la bestia, acariciarla, y retirarnos (o bajar tremendamente nuestras expectativas), ¿no es algo de lo que podemos sentirnos orgullosos después?

Semana 14: Día 95: Lo que nos dejó la San Silvestre Buenos Aires 2012

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Antes de empezar… ¡Feliz 2013!

A mí, la San Silvestre de Buenos Aires 2012 me dejó bastante dolor de cuádriceps. Y es lógico, corrí como poseído por un demonio, no venía entrenando velocidad desde hacía unos meses y no elongué al terminar. Pero no me quejo, cuando crucé la meta me sentí invencible.

Hagamos una aclaración. Cuando uno termina una carrera es lógico que se sienta poderoso, porque una vez más hemos superado un obstáculo, nos hemos enfrentado a nuestro propio cuerpo y hemos vencido. No tiene absolutamente nada que ver con ser peor o mejor que otro. Podemos contar cuántos llegaron antes, cuántos dejamos atrás, y cómo quedamos en la clasificación por nuestra categoría. Pero lo que realmente vale es que cruzamos la línea de llegada, nos merecimos la medalla que nos colgaron al cuello, y no tengo absolutamente ninguna situación en mi vida diaria que se le compare a ese sentimiento de abrazar la gloria.

Solo puedo decir cosas buenas de la organización de la San Silvestre. El primer año el agua se les había calentado y era un espanto tomarla con ese calor, pero aunque las dos ediciones siguientes se nota que lo han previsto, el clima nos ha dado a los participantes una tregua. El verano se sintió y la sed arremetió, pero todo estuvo dentro de un nivel muy tolerable.

Como dije otras veces, esos dolores que uno puede llegar a sentir se visten con orgullo. Al menos en mi caso, cuando me levanto de la silla y siento las piernas duras, automáticamente vuelvo al origen de mi entumecimiento y en una fracción de segundo revivo estar corriendo por las calles del mismísimo Microcentro de la Ciudad de Buenos Aires. Otra vez estoy en el medio de la Avenida de Mayo, doblando hacia los carriles centrales de la 9 de julio, y es una imagen hermosa. Hace que todo valga la pena.

Armé un álbum de fotos de la San Silvestre 2012. Me hubiese gustado tomar más del recorrido, pero estaba demasiado concentrado corriendo como un loco. Por suerte mi papá sacó algunas, y mechadas con las mías de la previa y la finalización, sirven de un escueto pantallazo de esta jornada que parecía muy nubosa (como atestiguan las primeras imágenes) y que terminó con un solazo espectacular.

¿Cuándo hacemos la próxima? Ah, sí, en 364 días…

Semana 14: Día 94: Los 8 km de la Corrida San Silvestre Buenos Aires 2012

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Hoy es un día especial. Claro, es el último del año, y puede ser cuando, en la cena, nos despidamos definitivamente de nuestro hígado. Pero además se realizó una nueva edición de la Corrida San Silvestre en la Ciudad de Buenos Aires. Esta tercera edición tuvo, nuevamente, al clima como protagonista.

En el 2010 me calciné al rayo del sol, sufriendo con cada paso, hidratándome con agua tibia). Hice los 8 kilómetros en 34:55. En el 2011 el tiempo fue más ameno, con 24 grados, y con una mejor preparación pude bajar mi tiempo a 32:15. Increíble cómo en ese entonces me anoté a último momento, y este año hice exactamente lo mismo (lo de que estuve atrapado en un operativo policial en la cola de la inscripción fue una broma del Día de los Inocentes, y todavía me cruzo con gente que no se percató).

Esta vez, como no podía ser de otro modo, el pronóstico veraniego adelantaba 36 grados a las 5 de la tarde. Era casi fija que nos íbamos a calcinar. Averigüé con qué era mejor hidratarme (agua durante la carrera, Gatorade en la llegada) y repartí consejos para todos mis conocidos: “Corran con lentes de sol y gorro o pañuelo”. Pero hacia el mediodía se levantó un viento terrible y una lluvia intermitente que, en algunos lugares, se había convertido en un diluvio. Sabíamos que íbamos a tener mal tiempo después de la medianoche, pero no pensábamos que se iba a adelantar y que nos iba a cambiar la estrategia de la San Silvestre.

Con Vicky vinimos a Banfield, a la pileta de la casa de mi hermano, para poder refrescarnos. En el medio de nuestro peregrinaje a Zona Sur se ennegreció el cielo y nuestra jornada en el agua pareció peligrar. Llegamos a nadar un poco y una ventisca que nos hacía volar por los aires fraguó todos nuestros planes. Por wathsapp un compañero de Puma Runners se bajó de la carrera por una lesión y me pidió esperar a Lorena, una corredora que recién empieza, en la línea de la meta. Ella estaba un poco asustada (nunca había terminado una competencia anteriormente), así que le dije que no solo la iba a esperar, sino que cuando llegara la iba a ir a buscar y a acompañarla en lo que le faltase para la llegada.

El clima no pareció mejorar. Me fui caminando los 2 km que separan la casa de mi hermano y la estación del tren Roca. Llegué a Constitución y el subte me llevó hasta Diagonal Norte, en la línea C. Llegué a una hora de la largada, y el cielo seguía oscuro. Para mí era la mejor situación, porque no nos íbamos a sofocar y, por primera vez, no íbamos a correr al rayo del maldito sol asesino.  Igual yo sospechaba que el clima se traía algo entre manos, así que tuve la corazonada de correr con lentes y un pañuelo tipo buff.

Me encontré con mis compañeras de los Puma Runners (terminé siendo el único representante masculino del grupo), dejamos las cosas en el guardarropas (ellas no siguieron con mi instinto) y nos fuimos a la línea de largada. Antes de que el reloj diera las 0:00:00, entonamos el himno nacional argentino, cubiertos por una bandera gigantezca. Fue una sensación muy particular estar ahí abajo, cubierto de esa monstruosa tela celeste y blanca. Mucho orgullo. El sol asomó por entre las nubes y empezó a calentar. Martincito, que una vez en su vida la pegó, hizo bien en dejarse los lentes y el buff.

Salimos puntuales, cruzando la 9 de julio. Por esto me encantan las competencias en el microcentro, y no me canso de decirlo. Lo lamento por los que defienden a las carreras de aventura y creen que las de calle son aburridas. Quitarles el monopolio a los autos me da mucho placer, aunque sea por unas pocas horas o minutos.

Estaba mentalizado en tomarme la San Silvestre con calma. Estos últimos meses entrené para La Misión caminando o trotando tranquilo, con peso en la espalda. Hice cambios de ritmo, pero no buscando mi máxima velocidad. Además no hace mucho me caí en la cocina y la rodilla derecha me dolía. Todas estas cosas que me pasaban por la cabeza, mis amigos, se llama cagazo. No hay otro modo de describirlo. Estaba demasiado preocupado en mantener mis marcas y me preparaba mentalmente para “fracasar”. Realmente detesto cuando hago esas cosas, pero las hago constantemente.

No pude salir tranquilo. Aunque el embudo de la largada obliga a todos a ir de a poco, cuando la gente se empezó a separar, me entusiasmé y empecé a aumentar la zancada. No quería correr lento, quería hacerlo rápido. Me sentía bien, esa rodilla no molestaba tanto como me esperaba, y aunque estuve entrenando con otro tipo de carrera en mente… ¡venía entrenando! Así que me dejé llevar y avancé a mis anchas.

El calor se empezaba a hacer sentir. Tenía la boca seca y muchas ganas de tomar agua. Pero seguí corriendo, a la espera del puesto de hidratación. Lo crucé a mi papá, que a esta altura es un miembro estable del equipo Casanova en la San Silvestre. No lo pude ver pero lo escuché dándome aliento. Mientras estaba llegando al Congreso un lector quilmeño se acercó a saludarme mientras corríamos. Cometí la torpeza de no preguntarle cómo se llamaba. Esta era su primera San Silvestre, y yo por las dudas le lloré por mi rodilla y le prometí que no me iba a ir bien. Corrimos unos metros juntos y realmente me motivó mucho. No es lo mismo estar solo que acompañado, en especial cuando uno está dando su 100%.

Volvimos hacia la 9 de julio y lo busqué a mi papá entre la gente. Intenté todo el tiempo seguir a un corredor que tenía en frente, quien llevaba un muy buen ritmo. Tenía una remera naranja fluo que decía Súper Runner. Puse todo mi esfuerzo en que no se me escapase. Incluso un par de veces metí un pique corto para no perderlo. Los kilómetros pasaban bastante rápido, así que no me pareció imposible mantener el nivel y apretar. Cruzando Avenida de Mayo mi papá me esperaba y me acompañó un par de cuadras. Ya no me imagino esta carrera sin su aliento y compañía.

Volví a la 9 de julio y encaramos en dirección a Retiro. El reloj me decía que faltaban 2 km, y aunque lo dejé ir a Súper Runner, lo tenía a la vista. Fui “sentándome” en el ritmo de otros corredores, refrescándome en los puestos. No podía tomar mucho, tenía la boca pastosa pero no me sentía capaz de que me bajara mucho líquido por la garganta. Tragaba sorbitos y el resto me lo tiraba encima.

En el último kilómetro el obelisco y la meta se ven muy cercanos, casi como si uno pudiese estirar la mano y tocarlos. No soy bueno midiendo distancias a ojo (algún día lo seré), pero si me preguntaban decía que estaba a 300 metros. Pero el cartel que decía 7 km no podía mentir, así que me esforcé en mantener el ritmo y no empezar a correr como un poseso.

Recién cuando finalmente pasé el obelisco hice mi sprint final, de unos 150 metros (insisto, no soy bueno midiendo distancias a ojo) y crucé la meta con un grito de gloria. Mi papá me esperaba entre el público, y yo me sentía en la gloria, lleno de endorfinas. Charlamos unos minutos mientras me hidrataba y comía una banana. Quise sacar fotos para el blog y después de capturar un par de imágenes, la vi a Lorena acercándose. Le di todo a mi papá y fui a alcanzarla. Estaba muy entera, y me alegró mucho que estuviese terminando su primera carrera. Ella, por dentro, estaba súper desilusionada: la música a todo volumen, que yo estuviese esperándola y pasar por el costado del arco de llegada le hizo creer que estaba llegando, pero todavía le faltaban 2 kilómetros (había que seguir por 9 de julio y volver).

Me apresuré hasta su lado y la acompañé en ese último y agónico tramo. Estaba contenta por no ser la última y bastante acalorada. Con tezón y confianza, llegó hasta el final. Unos metros antes del arco se nos sumó el resto de las chicas de Puma Runners, y todos juntos pasamos por abajo del arco. Fue muy emocionante compartir esa primera carrera y esa primera medalla de finisher.

Y, con mucha alegría, cerramos el año corriendo, cumpliendo objetivos y sueños.

Ah, me faltó mi tiempo… hice 33:15, según mi reloj. Sin dudas el tiempo, aunque estuvo áspero al sol, fue más benévolo de lo que esperábamos, y eso sumó a nuestro favor. Creo que ni sentí mi rodilla, y valió la pena el esfuerzo, coronado con la Ciudad de Buenos Aires de fondo. Sin dudas, el año que viene, la quiero volver a hacer. Ya mismo, en mi agenda 2013, marqué la 4ta San Silvestre Buenos Aires en el calendario.

Semana 13: Día 91: He vivido la mayor aventura de mi vida

Esto va a parecer sacado de una novela de aventuras. Pero es lo que este bloguero tuvo que vivir para poder inscribirse en la San Silvestre Buenos Aires 2012.

Como ya comenté en el pasado, no me había inscripto en la carrera. Un poco por problemas personales (nuestra mascota, Oso Rulo, estuvo perdido durante cinco días hasta que finalmente apareció en el techo del edificio vecino),  y otro poco por problemas financieros (soy monotributista, pero me atrasé con los aportes y tuve una especie de mini-auditoría de la AFIP, que me desplumó). Como sea, fueron problemas de organización míos (y del perro), así que me la banqué con serenidad. Cuando finalmente pude reunir el dinero, me di cuenta de que la inscripción había cerrado. Me quedaba una sola oportunidad, sujeta a cupo, de ir el día de la acreditación y suplicarles para que me inscriban.

La entrega de kits se iba a realizar en la lujosa Tribuna Plaza, ubicada en el predio del Hipódromo de Palermo. La apertura era a las 10 de la mañana, y a partir de ahí se iban a abrir las últimas inscripciones. Como he corrido la San Silvestre en las anteriores dos ediciones, no quería perderme esta. Es una tradición que, al menos para mí, recién empieza. Decidido a no perderme mi oportunidad, decidí acampar en la puerta la noche anterior, como alguna vez hice en las colas del Consulado de España o de Italia. A la medianoche, con mi kit de agua mineral, un termito con té, bananas y galletas de arroz, fui convencidísimo de que ya iba a haber cola en la puerta… pero para mi sorpresa, cuando llegué, era el primero. Me había llevado mi bolsa de dormir y el saco vivac, los mismos que usamos en La Misión, por si refrescaba o llovía, pero por suerte estaba templado.

Mientras pasaban las horas contaba los autos pasar por la Avenida del Libertador. Muy cada tanto pasaba una bicicleta a toda velocidad por mi lado, y hasta llegué a ver a un valiente entrenando en plena madrugada, con sus auriculares a todo lo que da. No tengo mucha resistencia al sueño, así que en cuanto empecé a cabecear desplegué la bolsa de dormir y me tiré… pero no por mucho tiempo. Un poco amistoso guardia de seguridad me dijo que no podía dormir ahí, que eso no era una pensión, y que si no me retiraba iba a dar aviso a la policía. Le expliqué que estaba haciendo la fila para las inscripciones, que abrían en 8 horas, y me pidió con cero amabilidad que vaya a hacer la fila en otro lado. Como la vereda es pública me alejé de la entrada, intentando no ponerme sobre la bicisenda para que nadie me pase por arriba.

No es muy cómodo dormir en la vereda y eso lo sabe cualquiera que haya cruzado la delgada línea entre el ciudadano común y el vagabundo. Me despertaban los ruidos de tacos, las frenadas, y el camión de la basura, que hace temblar el piso como si fuese Jurassic Park. Alguno que pasó me preguntó si estaba bien, seguramente porque me veía cuando los ojos me pesaban y empezaba a desmayarme. Lo bueno fue que cuando salió el sol, tipo 5:30 de la mañana, a mi lado la gente me había tirado unos 20 pesos en billetes chicos y monedas.

Todavía no había nadie haciendo la cola, así que armé mi mochila y aproveché el dinero para comprarme el desayuno. Fui hasta la estación de servicio y me compré un jugo de naranja de litro, con lo que gasté todas las limosnas que había juntado. No se puede creer lo que cobran en esos lugares. No me pude tardar más de media hora (le sumé una visita al baño de caballeros), y cuando volví ya había una cola de 40 personas. Mi amigo de seguridad ya no estaba para atestiguar que había estado ahí toda la noche. Intenté convencer al primero de la fila, pero se me vino al humo y me fui al final a toda velocidad. Este post no tendría mucho sentido si me hubiese quedado ahí las siguientes 4 horas, me hubiese acreditado y me hubiese ido. O sea, sería poca aventura.

Mientras estaba en la mía, bajando mis galletas de arroz con mi jugo de cartón, escuchamos unas sirenas que, de lo lejos, empezaban a aumentar en intensidad. Un auto naranja (no me pidan más precisiones porque no sé nada de autos) empezó a desacelerar y una patrulla policial se le cruzó de una frenada, como salidos de una estereotipada película de acción. Bajaron dos policías apuntando con itakas a los pasajeros del vehículo. “¡Arriba las manos! ¡Largá el fierro, tiralo al piso, dale!”, dijo el oficial de mayor rango (voy a censurar todas las malas palabras que dijo). Silencio. Todos en la fila nos mirábamos. Una chica rubia que estaba tercera empezó a llorar.

Una segunda patrulla estacionó detrás. Del asiento del acompañante salió un oficial flaquito y petisito, fumando un cigarrillo y portando una máquina de escribir, la que apoyó en el baúl del auto naranja. Los tres ocupantes ya estaban en el pavimento, con las manos en la cabeza. Otro policía se acercó a nosotros y nos empezó a inspeccionar. Yo por adentro rogaba “Que no me mire, que no me mire”. Estábamos todos petrificados. Entonces el agente me dice “Documentos, por favor”. Tanteé adentro de mi mochila, medio desesperado, y saqué mi DNI. “Acompáñeme”.

Tengo que hacer una aclaración importante. Tengo dos DNIs. Uno está “vigente”, lo renové hace dos años. Es una tarjeta plástica, e hice el trámite en uno de esos puestos que ponían en los shoppings. Pero cuando viajé a Europa tuve que renovar mi pasaporte. Al ministro Randazzo se le ocurrió renovar toda la tecnología de los documentos, al punto de que ya no hace falta el DNI para votar. Aproveché y me hice un combo, teniendo un segundo Documento Nacional de Identidad. Por seguridad, lo dejo siempre en casa y salgo con el viejo, que debería haber tirado, lo sé, pero está en perfectas condiciones y dice que se vence en 2013.

Fui hasta donde estaban los individuos sospechosos de sexo masculino. El oficial miró mi DNI (que no es el mío “legal”) y me miró largamente, mientras una gota de sudor caía por mi cara. Finalmente dijo “Martín Horacio Casanova, nacido el 17 de diciembre de 1977 en la Ciudad de Buenos Aires, DNI plin plin plin, oficiará de testigo del allanamiento”. No me animé a decir ni una palabra. El de la máquina de escribir empezó a tipear. Cada tanto se equivocaba, volvía para atrás, lanzaba un improperio, y escribía más fuerte para sobreimprimir en su error. “¿Qué es esto, un boliche?”, me preguntó el agente. Le conté sobre la San Silvestre, esa carrera que se hace todos los 31 de diciembre a las 16 hs. Creo que tendría que haberle dicho que era un boliche. “Ah, por culpa de ustedes tengo que laburar en fin de año, cortando el tránsito… ¿te dije gracias?” (de nuevo, censuro todas las malas palabras).

Aparentemente los sospechosos solo eran culpables de conducir excediendo la velocidad máxima en avenidas, pero para que escarmienten les dijeron que sus niveles de alcoholemia estaban por encima del legal. “Escuchame, flaquito”, me dijo el oficial, “vos vas a declarar que su nivel de alcohol en sangre es de 1.9 o de acá no te vas más, ¿me escuchaste? Bastante que nos hacen laburar el 31”. Yo, fiel a mis convicciones, le dije “¿Dónde firmo?”.

El tramiterío terminaba en la Comisaría, así que después de tenerme como dos horas de acá para allá, revisando hasta la pelusa que había en el cenicero del auto, me subieron al auto naranja, conducido por mi amigo policía, mientras a los tres sospechosos los repartían en los asientos traseros de las dos patrullas. Con la sirena a todo lo que da, se pasaron todos los semáforos en rojo y casi atropellan a un cafetero cuando quisieron cortar camino por una calle en contra mano. Yo tenía que atestiguar que el trato a los detenidos estaba dentro de las convenciones de derechos humanos (o algo así), así que casi que los acompañé adentro de la celda y los arropé. Cuando me dejaron ir eran casi las 9 de la mañana. Me corrí las 40 cuadras hasta el Tribuna Plaza y cuando llegué a la puerta vi la cola que daba vuelta la cuadra. Ahí me di cuenta que el policía jamás me devolvió mi DNI… ¡no me iban a dejar anotarme!

¿Qué hacía? ¿Volvía a casa por mi verdadero documento, o regresaba a la comisaría? No me gustaba la idea de que un policía al que iba a hacer laburar un 31 tuviese mi DNI, por más que no fuese el “oficial”. Volví a la carrera, aprovechando para ablandar mis zapatillas nuevas. Tuve que hacer una cola de 5 personas para que me atiendan… ¡estaba harto de las colas! Pregunté por mi documento, y tuve que esperar 20 minutos hasta que finalmente apareció. Tenía huellas digitales negras por todos lados.

Corrí hasta el Tribuna Plaza, que había abierto hacía rato. Hice la cola para inscribirme, y tres personas antes que llegara pegaron un cartel escrito con birome que decía “No hay más cupos”. Me quería matar. Igual la gente se mantenía en la fila, esperando ganarse a los de la organización con lástima y carisma. Cuando finalmente llegué le expliqué a la paciente señora todo lo que había pasado: la bolsa de dormir, el de seguridad que me echó, los ruidos de los autos, perder el lugar en la cola, el operativo policial, el DNI (no le aclaré que el de verdad estaba seguro en casa). Me dijo que me podía inscribir, el tema es que no quedaban más remeras. Si no tenía problema, podía correr con un talle XL. Le dije que había corrido con ropa más grande (no es cierto).

Así que ahí terminó mi aventura, cerca del mediodía, con mi bolsa de dormir llena de la mugre de la calle, pero con mi cupo para la San Silvestre. Ahora sí, para el año que viene, pienso anotarme cinco meses antes, y no volver a pasar todo esto. Lo que me queda, por mi seguridad mental, es que el 31 corra lo más rápido que pueda, así no me reconoce mi amigo policía… estoy considerando seriamente competir con un antifaz…

Semana 13: Día 90: ¡Zapatillas nuevas!

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Hace 10 días nada más fue mi cumpleaños número 35. Vicky me había prometido un regalo, y ya me había adelantado lo que iba a ser. Hoy, finalmente, llegó con la bolsa papel madera y la caja que contenía… ¡zapatillas nuevas!

Qué lindo es abrirlas y verlas por primera vez. Rojas y negras, colores que ella consideró de los más discretos que había. La marca es Salomon (Salomón, para los amigos) y el modelo es XR Mission. Se la comercializa como un calzado todo-terreno para corta y mediana distancia. Algo que caracteriza a esta versión en especial es que viene con una variante femenina, con ajustes particulares para el pie de la mujer. Por esto es que Vicky las había probado y decidió comprarme el modelo masculino.

Desde que empecé a escribir este blog mis pies se han vestido con muchas zapatillas. Jamás cambié tanto de calzado como en los últimos tres años, y comprobé algo bastante obvio que es la importancia de renovar constantemente. Mi último par, que compré pensando en La Misión, era de la marca Quechua, y aunque las sentí robustas y firmes, nunca me sentí del todo cómodo con ellas. Ahora que el ultra trail pasó, las abandoné en un rincón (porque no me animé a tirarlas). En estos días volví al par anterior a estas, las Puma Ventis 2, pero aunque tienen 5 meses, están tan golpeadas que no las sentía tan cómodas como antes. Si me apuran, diría que el calzado más cómodo que usé jamás fue de Asics.

Pero ahora tocó probar las Salomón. No he tenido la suerte de estrenarlas en la calle. Solo me las puse para caminar, y sentir esa cosa “rara” de cuando el pie se acostumbró a otro calzado y ahora se enfunda en uno completamente distinto. Son más angostas que otras marcas, pero me da la sensación de que eso es parte de la estabilidad que le da en los tobillos. Se supone que andan muy bien en terreno pedregoso o de barro. Muero por enchastrarlas en una carrera de aventura.

No tengo entrenamientos en vista antes de la San Silvestre, competencia a la que aún no me he anotado (digo esto con un poco de pánico interno). Mañana voy a ir en persona a ver si quedan cupos. Ya les contaré. Estoy pensando si usarlas por primera vez ahí. Se supone que es un gran “NO” del running, no se estrena calzado en una carrera. Pero son 8 km, que además me quiero tomar con calma porque todavía estoy volviendo de La Misión (en el entrenamiento de ayer noté lo fatigadas que están mis piernas). Quizá las estrene ahí y si me salen ampoyas y eso, haré un post diciendo “Úsenme de ejemplo, no sean giles como yo”. Pero sospecho que no me va a pasar nada. Jamás haría esto en un crosscountry o un trail donde el pie (y en especial los dedos) bailan adentro de la zapatilla y las uñas terminan moradas y pidiendo ser sacrificadas. Si tengo entrenamientos de 15 km, donde iría con este mismo calzado… ¿por qué no hacer 8 km durante unos 35 minutos? Creo que estas Salomón se lo merecen…

Semana 14: Día 93: Los 8 km de la San Silvestre Buenos Aires 2011

Juntarse a comer con la familia. Ir a tomar un helado con tu pareja. Visitar viejos amigos. Correr 8 km al rayo del sol. Cada uno elige de qué manera despedir el año.

La San Silvestre es una tradicional carrera que nació en Brasil y que rápidamente se extendió a varias ciudades. En la región paulista originalmente tenía 8 km, y de a poco le fueron agregando distancia. El año pasado se corría el rumor de que lo mismo pasaría en Buenos Aires, y que cada año ganaría 1 km extra hasta llegar a los 15. Nada de eso sucedió, pero sospecho que fue una inteligente movida de parte de la organización, porque lograron una impresionante convocatoria.

Yo, de desorganizado nomás, había logrado anotarme el viernes, un día antes de la competencia. Sufrí bastante con esa incertidumbre, pero confieso que peor me ponía la presión autoimpuesta de hacer un mejor tiempo que en 2010. Tenía pocas excusas: el año pasado corrí después de estar varias semanas parado, con una lesión en mi maldita costilla. Hizo un calor de locos, y yo estaba con una faja de neoprene que me hacía transpirar 50 veces más de lo normal. Pero me sobraban ganas, y corrí a la par de mi papá en algunos tramos, lo que hizo a la experiencia mucho más valiosa para mí.

Como no podía ser de otra manera, preparé mis cosas a último momento. Salí corriendo (literalmente) hasta llegar al subte que me dejaría cerca de la largada, unos 15 minutos antes de la hora. Pregúntenme por qué dejo todo para último momento, y no sabré cómo explicarme.

En el trayecto, me di cuenta que por el apuro no me hice de alfileres de gancho para sostener mi número. El resto, afortunadamente, estaba todo. Llamé a mi papá por teléfono para que me auxilie, como viene haciendo desde hace 34 años (y 14 días) y quedé con él para que me alcance los ganchitos y me aguante mi morral (con llaves, celular, plata, etc) hasta el final de la carrera. Como el año pasado había completado los 8 km en 35 minutos y 7 segundos, quedamos en vernos en la llegada a las 16:35.

Me sorprendió ver que en el mismo vagón del subte viajaban otros dos corredores con el uniforme de la San Silvestre. Busqué alguna mirada cómplice, un saludo con una levantada de cejas, pero cada uno estaba ensimismado, quizá preocupados porque llegaban sobre el pucho como yo. Supongo que estas cosas también me incentivaron a participar de esta carrera: era muy fácil encontrar por toda la ciudad gente de cualquier edad y condición física que iba a participar de este desafío igual que yo. Y con esos miles de inscriptos y réplicas por todo el mundo, uno siente que está formando parte de algo muy, muy  grande.

Obviamente fui hasta allí con la idea de bajar mi tiempo. Pero aunque la distancia no me representaba un desafío, estaba muy nervioso y preocupado por no poder lograr ese objetivo. Estoy pesando lo mismo que hace un año, mi proporción de masa muscular es similar… en una supuesta igualdad de condiciones físicas… ¿cómo me podía ir? Además, la cantidad de corredores se había duplicado respecto al año anterior, y ahora estábamos divididos en sectores de acuerdo a nuestra velocidad promedio estimada (yo vaticiné un “4:20” el kilómetro).

Me encontré con Marcelo, amigo y compañero de entrenamiento, y envidié su eterna tranquilidad. Venía a divertirse, y no le preocupaba tanto el tiempo. Por suerte el clima fue más benévolo que en 2010: 25,5 grados centígrados, aunque en el trayecto veríamos poca sombra. Por las dudas, nos mojamos la cabeza antes de salir. Se notaba que habían mejorado el tema de la hidratación, entregando agua bien fría dentro del corralito de los corredores, y había un clima de fiesta, casi de recital, con pelotas gigantes que la gente se pasaba entre sí.

Empezamos puntuales, un minuto después que los corredores con capacidades diferentes (deberían haberle avisado al conductor que ya no se les llama “discapacitados”). Largamos en el tercer bloque, atrás de la elite y del grupo de 3:30 a 4:00 el kilómetro. Nos tomó varios segundos cruzar el arco de salida, y recién ahí arrancamos el reloj gps.

Odio los embudos de las largadas, los codazos, y esa desesperación por encontrar un hueco para no retrasarte. Es el momento más tensionante, y a más personas, más se traba todo. Me escabullí como pude entre la gente, y enseguida lo perdí a Marcelo. Nos reencontramos a los 150 metros, y me dijo “Va a estar difícil esto, Martán”. Y aunque nos volvimos a separar y lo busqué girándome un par de veces, me di cuenta que iba a ser imposible hacer el trayecto juntos. Así que apreté, y en cuanto los corredores se empezaron a abrir entre las calles de la Ciudad, abrí la zancada. Fue un momento liberador.

El trayecto era en cruz, y prometían hidratación cada 2 km. Después de arrancar en 9 de julio, soblamos en Avenida de Mayo hacia la derecha. Poco antes de llegar al Congreso de la Nación, encontramos el cartel que indicaba los primeros 1000 metros. Muchos curiosos llenaban las veredas, mirando a los corredores. Otros, impacientes, buscaban el hueco para cruzar la calle. Doblamos por Entre Ríos, y nuevamente en la Avenida Belgrano, donde estaba el primer puesto de hidratación. ¡Y era de agua fría! No me podía sacar de la cabeza cuando en 2010 ansiaba el agua, y el sol la había dejado caliente como para el mate.

Seguimos la marcha hasta llegar nuevamente a la 9 de julio. Yo apretaba todo lo que podía, y miraba el reloj constantemente. Empecé en 3:35 el kilómetro, y lentamente fui bajando el promedio. Mi intención era intentar estar por debajo de 4:00, con eso iba a mejorar cómodo mi tiempo anterior. Corrimos hasta Chile, pasando el cartel que indicaba el kilómetro 3, y retomamos por el otro carril de 9 de julio. Intentaba no bajar el ritmo, y a veces me encontraba con que un par de corredores me cortaba el paso y me obligaban a rodearlos, a veces subiéndome pocos metros a la vereda.

Como dije antes, la distancia no era un desafío, pero venía quemando llantas, así que el cansancio se hizo sentir pronto. El ritmo inevitablemente bajaba, y el pecho y las piernas empezaban a quemar. Buscaba corredores a los cuales subirme, para mantener el ritmo, pero o los perdía, o eventualmente los pasaba. No pude encontrar a nadie que me sirviera de anzuelo.

Volvimos a doblar en Belgrano, y tomamos la diagonal de la avenida Julio A. Roca. Justo ahí era el kilómetro 4, y estaba el segundo puesto de hidratación. Intenté seguir el consejo de no buscar al primer asistente de la mesa, donde se apelotonan los corredores, y tirar la mano para agarrar las botellas del final. Pero justo cuando estaba por agarrar la que me correspondía, otro corredor me la arrebató. Emití (por reflejo) una queja, que seguramente contenía una puteada. El atleta me miró de reojo y no dijo nada. Otro gentil competidor compartió la suya conmigo. Lo sé, el primero no se dio cuenta que yo también iba a agarrar la misma botellita, pero el gesto del otro corredor son esas cosas que me enorgullecen y me hacen sentir que hay esperanzas para la humanidad.

Llegamos al Cabildo, donde empecé a buscar a mi papá entre la gente. Tenía la esperanza de encontrarlo y que me dé un impulso motivacional. Pero no lo veía. Quise gritar para llamarlo, era como que necesitaba no sentirme solo entre todos esos corredores. Pero nada, estaba dependiendo de mí mismo. Rodeamos la Plaza de Mayo, frente a la Casa Rosada. Aunque no hacía un calor sofocante, bajo el sol la sed se hacía sentir con mucha frecuencia. Frente a la Jefatura de Gobierno estaba el kilómetro 5, y si mal no recuerdo ahí entregaban Gatorade. En carreras de velocidad le escapo a tomar en vasito, porque te obliga a frenarte (la alternativa es beber igual y terminar bañado en ese líquido pegajoso).

Volvimos por Avenida de Mayo en dirección a la 9 de julio. Sabía que faltaba poco, y no era el momento de aflojar. Sin embargo, como pocas veces, el cuerpo me pedía un descansito, aunque sea caminar unos metros hasta recuperar el aire. Me sorprendía cómo no importa si corrés 8, 30 o 100k, hay un punto donde la mente se replantea todo ese esfuerzo “inhumano” y pide piedad. No escuché a mis inseguridades, y seguí corriendo, siempre intentando mantener la velocidad. Ya el reloj se había clavado en 4 minutos el kilómetro y no quería que se mueva mucho más de ahí.

Doblando en la 9 de julio se encontraba el kilómetro 6. Supuestamente había hidratación, pero o me distraje y no la vi, o la cambiaron de lugar. En este punto no podía pensar en otra cosa que en llegar, así que el escenario se fue borrando un poco. Todo lo que veía era el asfalto y las marcas azules en la calle indicando el trayecto. Todo era apretar y no aflojar. Apretar y no aflojar.

Pasé por el costado de la meta, y vi llegar a los ganadores, encabezados por el argentino Luis Molina. Miré mi reloj, que marcaba unos 23 minutos y medio (en realidad hizo 24:26, pero hubo un desfasaje porque él debe haber arrancado en el sector de Elite, cómodo y sin el efecto “embudo”). Todavía faltaban casi 2 km, los más largos de toda la carrera.

Cruzamos al costado del obelisco, y derecho por la 9 de julio. En Marcelo T. de Alvear estaba el kilómetro 7, y ahí doblamos para volver por el carril contrario de la avenida más ancha del mundo. Ahí empecé a abrir la zancada. Sentía que lo que quedaba no se terminaba más, pero ante esas inseguridades es cuando hay que aferrarse más al plan, confiar en que no va a pasar nada si te seguís esforzando, y esperar… el dolor es pasajero, la gloria es eterna…

Me avergüenza admitirlo, pero empecé a gritar. No puedo decir que sean gritos de bronca, porque no estaba enojado. Estaba cansado, haciendo un tremendo esfuerzo. Era una forma de descargarme, de darme ánimos. Crucé la meta gritando, supongo que similar al nacimiento, ese hecho traumático por el que pasamos todos al llegar a este mundo. El reloj marcó 32:15, casi 3 minutos menos que el año anterior. Ese objetivo estaba cumplido.

Me hidraté, y empecé a sentir dolor en las piernas. Di todo lo que tengo. Si algún día mejoro estos tiempos, no será por falta de determinación, sino por desarrollo muscular. No queda otra, tendré que entrenar mucho para seguir creciendo (y ese es el eterno objetivo a largo plazo). Me calzaron la pesada medalla, y ahí sí me encontré con mi papá. Me buscó entre los corredores, cuando pasamos por segunda vez por la Avenida de Mayo, pero yo ya había pasado, y nos desencontramos. Pocos minutos después llegó Marcelo, y nos tomamos la foto que ilustra este post. Ambos estábamos contentos de habernos tomado ese tiempito, en la tarde del último día del año. Hicimos una de las cosas que más nos gusta, que es correr.

Y así, cada uno volvió a su casa. Yo le pedí a mi papá caminar un poco, para regenerar. Muchos corredores seguían llegando, y seguirían haciéndolo hasta bien pasadas las 5 de la tarde. Con diferentes niveles, cada uno de las personas que se hicieron presentes a la sombra del obelisco lo hicieron para correr con su técnica, al ritmo de cada uno, con resultados diferentes. Pero todos cumplimos el mismo sueño: llegar. Por eso, aunque el podio es de unos pocos, el 31 de diciembre 2747 personas se ganaron algo.

Semana 14: Día 91: San Silvestre, ahí voy

Resulta que, como dejé mi inscripción a los 8 km de la San Silvestre a último momento, la fecha límite para anotarse coincidió con mi último día de vacaciones en Costa Azul. Ni siquiera me percaté. Pero el martes se había cerrado el cupo.

Escribí a la web de la organización implorando por un lugar. De hecho volví para ver los tiempos de 2010 y me encontré con que había llegado en 35 minutos, lo que me ubicaba en el puesto 162 de la general (y creo que 30 de mi categoría). ¡De un total de 1718 corredores! Por supuesto que me empezó a entrar pánico, porque el año pasado corrí después de un largo parate, con una costilla lesionada, envuelto en una calurosa faja, sufriendo un insoportable calor. ¿Cómo mejorar ese tiempo?

Ataques de pánico de lado, para poder ponerme en la incómoda situación de tener que demostrarme constantemente que puedo hacerlo mejor, tenía que anotarme. El mail que envié a la organización fue respondido a mi casilla personal, donde me sugerían que vaya el viernes a la mañana a la carpa de acreditaciones (en el Rosedal) y que ahí veían si quedaban cupos. Pero… también había consultado en el muro de Facebook de la carrera, donde me dijeron que vaya a las 18 hs. ¿Qué hacer? Por supuesto, fui a las 11 AM (después de caminar una vuelta al parque, o sea 1,8 km, al rayo del sol).

Esperaba una gran resistencia para acreditarme de mañana, porque habían llenado las vallas de contención con carteles impresos en computadora que decían que los cupos remanentes se iban a repartir a partir de las 6 de la tarde. Mi as en la manga era el mail que me habían enviado, y el nombre de Estefanía, quien me había respondido. En informes tomaron mis datos, fueron a consultar, y regresaron con la lamentable noticia de que solo podían entregar nuevos kits por la tarde. Les expliqué que no podía volver, pero hablaba con un mensajero inflexible. Pedí hablar con Estefanía, que se acercó con la mejor voluntad. Pidió disculpas por no haber rectificado su mail, estaban desbordados por la cantidad de gente que quería anotarse a pesar de haberse pasado de al fecha límite. Tampoco sabía si el sistema iba a permitir agregar a un corredor nuevo en ese horario.

Nunca di tanta lástima. No me hice el ofendido ni el enojado. Sonreí, pedí clemencia, miré todo el tiempo a los ojos, sin levantar la voz. A los 5 minutos estaban ingresando mis datos en el sistema… como una excepción. Prometí no contarle a nadie, pero creo que ya puedo hacerlo porque ahora sí, las inscripciones están inevitablemente cerradas (era hasta las 20 hs). Tengo el número 3237, y si eso refleja la cantidad de corredores anotados, diría que duplicaron la cantidad del año pasado, cómodamente.

Ahora bien, ¿para qué tomarme tanta molestia por una carrera de 8 km, que encima es al rayo del sol de las 4 de la tarde, el último día del año, con este calor? Bueno, el hecho de que la corrí el año pasado, y que en esta oportunidad puedo intentar superarme, es un incentivo. Además es mi útima oportunidad de sumar para el cuentakilómetros. Y extraño esa adrenalina de la largada. En 2010 me sentí fatal, y sin embargo ahora me sorprendo con que tuve un desempeño muy favorable. Con mis costillas sanas, debería irme mejor. Pero me cuesta imaginarme corriendo más veloz, y es algo que me encantaría averiguar.

Además, se corre en el centro de la Ciudad de Buenos Aires. Y no me gustaría perderme otra oportunidad de sacarle protagonismo a ese tedioso tráfico porteño, y cruzar la calle a pie, junto a otros miles de deportistas. Así que, gracias a que di bastante lástima, estoy anotado para la San Silvestre de Buenos Aires. Y es mi manera de despedir un año de muchos logros a nivel físico y emocional.

Semana 13: Día 90: Los peligros de dejar para mañana lo que podrías haber hecho ayer

Hola, qué tal. Soy Martín Casanova. El del blog. Semana 52. ¿No? Bueno, no importa. Me gusta correr, y escribo, una entrada por día en ese blog. Yo fui uno de los que participó de la San Silvestre el año pasado. Sí, me morí de calor. Encima la corrí recién recuperado de una lesión en la costilla… Me acuerdo de que el agua que te daban por la mitad del circuito estaba caliente por el sol… Jaja, sí, terrible. Bueno, ya sé que son 8 kilómetros y no me quiero mandar la parte de que me parecen pocos y todo eso, pero realmente quería correrla. Cuando fui a buscar el kit de la maratón de Buenos Aires, en octubre, dije uy, me puedo anotar ahora, qué bueno. Y no sé por qué no me anoté. En 2010, onda a mitad de año, me inscribí, bajé, caminé una cuadra, pagué en un Pagofácil y listo el pollo, estaba anotado. Y ahora lo fui posponiendo, y posponiendo, y bueno, acá estoy, rogando por un cupo. Me colgué, ya sé. Me fui de vacaciones y volví el lunes como a las 11 de la noche, sin saber que ese día cerraban las inscripciones. Vicky me dijo que la corra igual, si tanto la quería hacer. Vicky. Mi novia. Bueno, la cuestión es que me colé una vez y prometí no volverlo a hacer. Tengo que dar el ejemplo. Porque tengo un blog. Semana 52. Entreno durante cincuenta y dos semanas, por eso el nombre. Me estoy preparando para la Espartatlón, que son 246 kilómetros, en septiembre de 2012. Sí, 8 kilómetros no me hacen la diferencia, pero me gustaba sentir que corría el 31 de diciembre a las 4 de la tarde, mientras en el resto del mundo también se hacía… y la verdad es que no me imaginé que me iba a quedar afuera. En fin, perdón si me extiendo mucho, venía a ver si había alguna posibilidad de que me anoten. De colado no la quiero correr, me va a dar culpa agarrar el agua, aunque esté caliente, y no me voy a animar a salir con todos en la largada. Yo prometo no dejar más estas cosas para último momento. Siempre dejando pasar el precio de la inscripción cuando está barato, siempre anotándome 5 minutos antes de la carrera. ¿Puede ser? ¿Está en su inmensa bondad darme un numerito, aunque sea el 4001, para que participe en la segunda edición de la San Silvestre de Buenos Aires? ¿Eh?

(NOTA: La organización de San Silvestre, vía e-mail, me sugirió que vaya a la entrega de kits del viernes, por la mañana, a ver si hay cupos. Para dejarme todavía más intranquilo, por Facebook me dijeron que vaya por la tarde. Yo, por las dudas, iré en ambos horarios a mendigar un lugarcito. Chicos, no hagan esto en sus casas. Yo soy un colgado profesional).

Semana 18: Día 123: Los 8K de la Corrida de San Silvestre

La mejor forma de terminar el año: correr 8 km bajo el rayo del sol, a las 4 de la tarde, después de tres semanas de estar parado por una lesión. Un desafío que demostró ser mucho más difícil de lo que me podía imaginar.

Haciendo un breve racconto, el 8 de diciembre me golpeé a lo bestia con un amigo en un partido de fútbol mixto. Con ese trauma me gané un dolor intercostal, producto de una neuralgia (inflamación de los nervios). Por esto, antes de la carrera, sólo pude correr una vez en cinta y dos veces en el entrenamiento de los Puma Runners. O sea, llegaba a la San Silvestre con pocos kilómetros encima en el último mes.

Para esta carrera di rienda suelta a toda mi soberbia: la imaginé muy fácil. Digamos, en los entrenamientos solía correr el doble, pocas veces el triple. Supuse que el calor iba a ser un factor que iba a hacerla más difícil: jamás corrí una carrera en verano, menos durante pleno día. Casi siempre había sido por la mañana, y un par de veces a la noche.

La Corrida de San Silvestre, como ya comentamos en otra ocasión, se originó en San Pablo, con la misma distancia que se corrió ayer, aunque hoy ya cuenta con 15 km. Me comentaba mi amigo Walter (compañero de la maratón) que en la versión argentina, cada año se le agregará otro kilómetro. Esta carrera es una verdadera licencia, que ha abierto sucursales en varias ciudades del mundo. Siempre se corre el 31 de diciembre; para nuestra edición se agotaron los 2 mil cupos y a último momento se agregaron 200 más.

Por las dudas, antes de salir me llené de protector solar (tengo poca tolerancia al sol y algunos lunares que me obligan a ser muy cauto). Me calcé la gorra con visera que me regaló el sordo Dany (compañero de entrenamiento, al que le averguenzan mis atuendos) y salí para el centro. La carrera tenía un circuito en forma de cruz, con el obelisco casi en el centro.

Con Walter llegamos pocos minutos antes de la largada, y la San Silvestre arrancó super puntual (un minuto antes salieron los discapacitados, y atrás, a los empujones, el resto). No me animé a correr con anteojos de sol, por miedo a que me resultaran incómodos. Lo que más me preocupaba era la costilla, así que me había tomado un ibuprofeno 600 apenas me levanté y otro antes de largar. Además tenía puesta la faja de neoprene que mi padre donó al “museo Semana 52”.

“Mirá que te sigo”, le dije a Walter. “Yo la voy a hacer tranquilo, Martán”, me confesó, así que a poquísimos metros de haber salido, empecé a aumentar la velocidad y nos separamos. Ahí pasé a la Mujer Araña, un verdadero personaje de muchísimo temple, que siempre está en todas las carreras. Era consciente de que estaba todavía recuperándome de una lesión, pero la faja me daba confianza (ya había comprobado que hacía la diferencia) y las carreras dan unas pilas inexplicables. El recorrido inicial era sobre la 9 de julio, avanzando en dirección a Constitución. Avancé a buen ritmo, pasando corredores, hasta cruzar la marca del km 1. Luego dimos la vuelta y retomamos por los carriles contrarios.

Pasamos por el km 2 justo cuando doblábamos por Hipólito Yrigoyen. Ya en este punto, tenía mucha sed, y me dolía el costado. Pero no era la rodilla, sino esa molestia de respirar mal. Quizá era la faja que apretaba, aunque probablemente colaboraba el calor y el hecho de que no estaba del todo bien entrenado. Flaqueé sinceramente, no me consideré al 100%, y cuando uno duda de sí mismo, se convence de que no es capaz. Pero intenté cumplir lo que predico, y no aflojé. Cruzamos el Congreso de la Nación y volvimos por Rivadavia, justo cuando cruzamos el km 3. En ese punto no podía más de sed, aunque antes de salir había tomado 500 cc de agua fresca. Me sentía cansado, pero avanzaba.

Cruzamos el primer puesto de hidratación. Algo no funcionó, porque te daban agua caliente. Tomé un sorbo e irónicamente me cayó mal, así que me lo eché en la cabeza. Fue como tomar una ducha tibia. Avanzamos por Avenida de Mayo, y al llegar a la 9 de julio estábamos en el km 4. Me sentía cada vez más agotado, y el haber llegado a la mitad de la carrera no era suficiente motivación. Pero mientras estaba encimismado en mis pensamientos, vi a un corredor veterano que se me acercaba y me llamaba por mi nombre. Era nada menos que Eduardo Casanova, más conocido como “papá”.

Mis padres viven cerca del circuito de la carrera, de hecho pasé por la esquina de su casa (y hasta pensé en tocarles el timbre para que me den agua fría). Mi papá me interceptó y empezó a correr a mi lado. Charlamos un poquito, le dije que la carrera estaba siendo más dura de lo que había supuesto. De reojo vi que estábamos cruzando la mitad de la San Silvestre a los 18 minutos. Le pronostiqué una llegada en 37 minutos (supuse que en la segunda mitad iba a aflojar) y tuve presente que ese era el tiempo que me había adelantado Juanca, lector de este blog. Mi papá preguntó por la costilla, pero realmente no me molestaba en absoluto. Me acompañó 300 metros, y me dio muchísimo ánimo. Recordé cuando corríamos juntos, tradición que empezamos hace 20 años y que, cuando terminé el secundario, no volvimos a repetir. Me cuesta mucho poder transmitir lo emotivo que me resultó esto.

Por el obelisco nos separamos, y supuse que no lo iba a volver a ver hasta la cena de fin de año. Antes de llegar al km 5, ubicado en la esquina del Teatro Colón, repartían esponjas mojadas. Me la pasé por la cara y la nuca, y tomé un sorbo. En Marcelo T. de Alvear dimos la vuelta. Seguía avanzando por inercia, alentando a los corredores que caminaban, agotados. Antes de volver a cruzar el obelisco, llegamos al km 6.

Crucé hacia Diagonal Norte, siempre al rayo del sol (poquísima sombra durante la carrera) y me volví a encontrar con mi papá. Hicimos 200 metros juntos hasta volver a separarnos, y su compañía me dio nuevos ánimos. La gorra me acaloraba, pero cuando me la sacaba para que el viento refrescase mi transpiración, sentía un hormigueo en la cabeza. Lejos de hacerme sentir mejor, la sensación era que me iba a desmayar. Decidí dejar de hacer eso, el remedio parecía peor que la enfermedad.

Cuando llegamos al Cabildo era el km 7, y ahí dábamos la vuelta para tomar Avenida de Mayo. A esa altura ya estaba buscando en qué momento me iba a cruzar con mi papá. Ya sabía que faltaba nada más que un kilómetro para la llegada, pero me sentía sin energías para aumentar la velocidad. Probablemente había comenzado a un ritmo y lo había bajado en el transcurso. Pero mi mantra era, no importa si caminás, no podés frenar (porque eso era lo que cada fibra de mi cuerpo pedía).

Me crucé con mi papá unas 2 cuadras antes de volver a la 9 de julio y volvió a trotar a mi lado. Le confesé que uno mariconeaba mucho, pero que seguro al final iba a estar bárbaro. Quise subir el ritmo, pero no sabía si lo estaba logrando. Sentía que cada paso era más difícil que el anterior. Cuando tomé la 9 de julio mi papá se despidió de mi, y le pedí que me esperase en la meta. Ya veía el arco de llegada a 300 metros, pero el sprint me parecía una cosa imposible. Tenía calor, me costaba respirar, estaba cansado y abatido.

Faltando 100 metros, contra mi propio pronóstico, empecé a bracear fuerte y a dar zancadas más largas. Crucé la meta con un sprint espectacular, casi que no me pude detener y choqué a otro corredor que ya había llegado. Cuando frené, me sentía fantástico, invencible. Tanto que me olvidé de controlar el reloj de la llegada. El tiempo neto terminó siendo de 34:55, un promedio de 4 minutos 22 segundos el kilómetro. O sea que en la segunda mitad mejoré mi ritmo por dos minutos. ¿Cómo fue entonces que me la pasé llorando toda la carrera?

Tomé un poco de Gatorade y más “agua tibia”. Me refresqué y esperé la llegada de mi amigazo Walter. Ambos coincidimos con que esta carrera fue un gran reto que nos agotó. Sabíamos que correr a esa hora en verano era un desafío distinto, y era por eso que queríamos hacer la San Silvestre. Me puse a hacer una cola, pensando que era para la entrega de medallas, y resultó ser que era para que te regalasen una toalla. Me sorprendió cómo muchos se mataban por semejante tontería. Me fui a la salida, entregué el chip, y me encontré con mi papá. Él no tenía planeado correr (hacía rato se consideraba retirado del atletismo), y acompañándome hizo nada menos que 900 metros.

Volví a su departamento para ducharme y encarar junto a él y mi mamá el viaje a zona sur, donde nos esperaba la cena de fin de año. Me sentí muy contento, con otro objetivo cumplido antes de la llegada del 2011.

Espero, en este nuevo año, volver a competir en la San Silvestre, y que sea cierto que le van a agregar un kilómetro más. No corrí esta edición en mis mejores condiciones, pero la pude conquistar. Lo que más me interesa, como corredor, es mejorar mis tiempos, pero también me entusiasma la idea de que cada año sea un poquito más difícil.

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