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Semana 52: Día 364: La Espartatlón 2013

Lantink_Spartathlon2013

Ayer escribí un post, mientras se largaba la carrera de calle más soñada por mí: La Espartatlón. Hoy estoy escribiendo esta nueva entrada… ¡y la carrera todavía no termina! Acá no hay gente que para a descansar, se duerme una siesta… no, estos verdaderos guerreros del running no se detienen, o al menos dan todo de sí mismos para encontrar su límite o la gloria.

Comenzaron 323 corredores. Con unos 75 puestos de control en los 246 km del maravilloso recorrido, las informaciones se van conociendo cuando los atletas los van pasando. Lantik el holandés va a la cabeza, y al principio era seguido por Mike Norton… cien metros de diferencia, a veces se pasaban mutuamente. Pero en Corinto, a las 14 horas de carrera, por el puesto 26, Lantik iba cómodo y le había sacado un puesto de ventaja a Norton, quien comenzó a perder fuerzas por un dolor en la cadera. En el primer tercio de carrera abandonó el 18% de los corredores, que se enfrenta a temperaturas de 30º al sol y 10º en la noche. Oliveira, de Portugal, permanece segundo mientras escribo estas líneas, acercándose cada vez más a Lantik. La cabecera va por el puesto 57, y todavía queda mucho camino por recorrer.

Y, aunque usted no lo crea, este blog se termina hoy. Bueno, más o menos. Termina este tercer año, que fue el segundo intento en que quise correr esta fantástica carrera. La primera vez, en 2012, no pude porque no cumplí el requisito de correr 100 km en 10:30 hs (llegué a 70, vomité y pedí clemencia). Este año lo logré (lo hice en 10:14), pero cerraron las inscripciones porque no había cupos y la lista de espera llegaba a 194 corredores. Siendo que no arrancaron los 350 atletas del límite máximo de participantes, podría haber ido… pero necesito estas 52 semanas que quedan por delante para entrenar mucho.

He decidido que esta, la cuarta temporada de Semana 52, sea mi mejor momento. Física y mentalmente así lo siento. El desafío será mantenerlo y seguir mejorando durante 2014. Sé que lo voy a lograr, tengo la motivación y gente idonea que me asesora. Me gustaría estar ahora allá, sí, pero me siento sospechosamente conforme con cómo se fueron dando las cosas.

Mañana el contador vuelve a empezar. Ahí voy a resetear el cuentakilómetros y veremos con cuánto llego a septiembre de 2014. Ojalá que sea desde el otoño griego, bajo su sol radiante y caminando por esas calles llenas de historia. ¿Caminando? Debería decir corriendo…

Semana 52: Día 363: Un fondo porque sí

Anteúltimo día del blog. Faltan pocas horas para que a medio mundo de distancia, en Atenas, salga el sol y 350 corredores enfrenten las calles de la Acrópolis, camino a Esparta, 246 km más adelante. Mientras tanto, aquí estoy yo, descalzo en mi departamento, soñando con estar ahí dentro de 52 semanas…

Ayer con los Puma Runners tuvimos un entrenamiento bastante duro. Hicimos un fondo de 13 km, que para los que nos tocó no nos representó un gran desafío, pero después nos tocó hacer musculación: abdominales y flexiones. Solo que en modo irregular, dinámico… en fin, exigente. Yo había ido a la mañana al gimnasio, fue día de pecho y tríceps, así que estaba particularmente exigido. Terminé agotado. Feliz, eso sí. A las 12 de la noche era el cumpleaños del Gato, uno de los personajes más queribles dentro del grupo. Yo, por cuestiones monetarias, no iba a poder acompañarlos a la cena, que se iba a extender hasta después de la media noche.

Saludé a todos y me fui a la parada del colectivo. Gracias a Randazzo, hace meses que el tren deja de pasar a las 21:24 de la noche, lo que me hace imposible tomármelo de regreso (los entrenamientos suelen terminar cerca de las 22 hs). Cuando finalmente llegué a la esquina y comprobé las líneas que me iban a acercar a la parada del 152 (que sí me acerca a mi casa), me di cuenta de que no tenía mi tarjeta SUBE. Ella descansaba tranquilamente en el escritorio, en mi departamento. Tampoco tenía las 20 mil monedas que hacen falta para viajar hoy sin subsidio. Volví rápidamente a ver si enganchaba a alguien del grupo, pero se habían ido todos. Sin plata, de noche y solo… ¿qué opciones tenía?

Empecé a considerar la posibilidad de volver corriendo. Lo había hecho el jueves anterior, ese hermoso fondo que me dio 24 kilómetros. Pero era de día, tenía agua, y no estaba cansado… Con mañana de gimnasio, entrenamiento exigente por la noche, y siendo las diez… la idea de hacer una media maratón para llegar a mi casa no me tentaba demasiado. O sea, en el fondo sabía que si lo hacía, hoy tenía un excelente post para escribir. Pero para un día me parecía demasiado. Además quería levantarme temprano para ir al gimnasio… o sea, ¡por algo me quería volver temprano y me había perdido la cena cumpleaños del Gato!

Fui caminando con un cierto dejo de derrota hacia Libertador, donde iba a comenzar mi peregrinaje hasta Retiro. Pasé por la estación de tren de Acassuso y se encendió la esperanza… había gente esperando el tren. Eran ilusos, como yo. Me quedé esperando y a los 20 minutos el cartel electrónico anunciaba el próximo servicio a los 18 minutos. La cuenta regresiva se detuvo a los 7, cuando volvió a marcar 18. Quedó así, congelado, mientras la gente asumía la gran mentira del tren Mitre y dejaban el andén desierto. Me quedé solo, el cartel en blanco… y volví a reflotar la idea de volver corriendo. Pero el Gato, el héroe de la historia, me dijo que estaban cenando a 15 cuadras, que vaya y me prestaba su tarjeta SUBE. Hice un trotecito y cuando llegué di mucha pena. Me invitaron la cena y comí como un cerdo (comida vegana, por supuesto). A las 12 cantamos el feliz cumpleaños y a la 1:30 estaba finalmente en mi casa, después de un viaje en colectivo donde me dormía todo el tiempo.

Me levanté absolutamente roto. No pongo el despertador porque creo que así uno se despierta lo más descansado posible. Eran las 8 de la mañana y me dolía todo del entrenamiento de ayer. ¿Para qué quería ir al gimnasio? Apenas podía moverme. La mejor medicina para los dolores del deporte es el movimiento. Eso lo sé y lo he comprobado. Desayuné mientras me debatía entre ir al gimnasio o empezar a trabajar. Arranqué la jornada laboral, y mientras tanto iba mechando con frases motivacionales en mi twitter. No las invento. Las vi en inglés y las que me gustaron mucho las traduje:

“Cuando estés a punto de renunciar, recuerda por qué comenzaste”.

“La motivación es lo que te hace empezar. El corazón es lo que te hace seguir”.

“VA a doler. VA a tomar tiempo. VA a requerir dedicación y sacrificio. Pero VA a valer la pena”.

“Si lo que hiciste ayer te parece mucho, es que no has hecho nada hoy”. -Lou Holtz

“El dolor de la disciplina es mucho menor que el dolor del arrepentimiento”. -Sarah Bombell

“Tu mente va a renunciar 100 veces antes de que tu cuerpo lo haga. Siente el dolor y sigue”.

Lo mejor fue que a medida que las iba escribiendo… ¡me iba motivando! Ya a esa altura no lo pude evitar y dejé todo lo que estaba haciendo, salí a la calle y me fui a correr a la Reserva Ecológica.

Me fui sin una meta precisa. ¿Cuánto correr? ¿10 kilómetros? ¿30? ¿Qué camino? Sentía la cuenta pendiente del fondo que no fue de anoche… así que como había dejado de lado unos buenos 21 km, ese iba a ser el piso. Todavía era temprano, las 9:30 de la mañana. Estaba fresco, pero al sol era agradable. En la Reserva, ya con tierra y pasto bajo mis pies, me sentí muy bien. Corrí siempre abajo de los 5 minutos el kilómetro. Un morocho musculoso me pasó así que lo usé de liebre cuando ya había pasado los 13 km. Ahí estábamos los dos a 4:30. Empezó a bajar la velocidad, lo pasé y lo perdí. Improvisé el camino todo el tiempo, intentando que cada vuelta fuese distinta. Es increíble lo que hicieron con ese lugar: le agregaron un lago artificial y ahora están sumándole bancos y alguna clase de estructura metálica que no sé qué será (si son soportes para publicidad, la van a arruinar).

No quiero ahondar en cómo fueron esos 24,7 km que corrí, pero me olvidé de todos los dolores. Aguanté con el agua que hay en la Reserva y con unas pasas de uva en mi bolsillo. Y pensar que en las carreras ando obsesionado con geles y tantas pavadas innecesarias…

Llegué a casa transpirado, cansado, e inmensamente feliz. Me encanta improvisar, y creo que me di una merecida sorpresa con este fondo fuera de mis planes. Por suerte compré ese discurso traducido que estaba compartiendo vía Twitter. A veces hay que comprar el discurso que uno vende.

Semana 52: Día 362: Cómo explicar la pasión

Varias veces me dijeron que tenía que tener cuidado con los títulos de los posts, porque a veces no se entendía bien de qué iba a hablar. Siendo que nuestra capacidad de atención es limitada, probablemente debería optar por frases contundentes, que atrapen al curioso de entrada. Bueno, este post no es el mejor ejemplo de título contundente, y lo lamento por los que se lo pasen de largo.
Cuando Tim Burton decidió estrenar Batman en el cine (año 1989) decidí que me gustaban los cómics. Me parecían geniales, y mi primera revista me la compró mi abuela en la estación de Banfield. Era de Batman, por supuesto. Pronto descubrí que salían cada 21 días, así que empecé a coleccionar. Cuando tuve nada menos que TRES REVISTAS se las mostré a mi primo. Yo estaba orgulloso. Después de todo… ¡era Batman! Mi primo quitó su atención de la tele, posó su mirada en mi escueta confección por un segundo y regresó a lo que estaba viendo por TV.
¿Cómo podía no interesarle? ¡Era Batman! Pero ahí entendí que full hecho de que yo estuviese entusiasmado era un fenómeno aislado que no era inmediatamente universal.
Pararon los años y empecé a correr. Mejoré mis tiempos, coleccioné medallas, acumulé remeras, fotos, videos… pero me fui dando cuenta que esa pasión que sentía solo la podía compartir con los que les pasaba lo mismo que a mí. Como cuando me junto con los fans de Batman y debatimos si hubiésemos podido ser el hombre murciélago de haber entrenado cuerpo y mente desde los ocho años.
Le he contado experiencias de carrera a mucha gente que ni hace deporte, pero bien podría hablar de 8 kilómetros como de 42, y muchos no verían la diferencia. ¿Cuánto es un buen tiempo de maratón? Para el que desconoce, si le decimos que full récord mundial son 4 horas, ¿por qué dudaría de nuestra palabra? (El récord está en dos horas y moneditas)
Por eso es que entrenamos en grupo, nos metemos en foros, le damos like a páginas. Nos sentimos a gusto al rodearnos de gente que se apasione por lo mismo que nosotros. Nos ahorra explicaciones y sabemos de qué estamos hablando. Obviamente que yo encuentro una satisfacción muy grande cuando veo a alguien que desconoce del running y quiere consejos. Cuesta mucho explicar la pasión, por eso es tan lindo contagiarla.

Listo, ya está. Se terminó el post de hoy. ¿Por qué seguís acá?
Dijiste que ibas a explicar cómo contagiar la pasión… y más o menos te hiciste el gil con eso.
Y bueno, justamente es muy difícil explicar la pasión. Ronda lo imposible.
– Pero el título del post dice justamente lo contrario. Bah, da a entender que vas a explicar cómo contagiar la pasión…
– Sí… pero también aclaré que había que buscar atraer al curioso… y después, por las dudas, dije que este título no era muy bueno…

Semana 52: Día 361: Cosas que me delatan como corredor

No me cansaré de decirlo: nadie que me conociera hace diez años pensaría que eventualmente me convertiría en un corredor de fondo. Menos que escribiría un blog sobre eso y todavía mucho menos que estaría tres años haciéndolo (y contando). Pero pasó, por más que insista en contar, cada tanto, cómo fue que empecé a hacerlo.

Hoy miraba el medallero que mi amigo Juanca me regaló cuando estuvo de visita para la Media Maratón de la Ciudad de Buenos Aires. Solo me tomó tres semanas ponerlo en la pared (esos que me conocían hace diez años sabían que yo era un poco vago). Una gran amiga me prestó su agujereadora y después de luchar contra la dureza de mi departamento, logré instalar el colgante. Me tiré en la cama a contemplarlo, con mucha satisfacción (en un monoambiente, todo se puede ver desde la cama). Ahí me puse a pensar en que por más que el medallero diga que amo correr, se me nota.

Por una cuestión de comodidad, estoy todo el día con ropa deportiva. Pantalones de joggin, musculosas, remeras de carreras y buzos fluo que por poco brillan en la oscuridad. Siendo que voy al gimnasio casi todas las mañanas y que corro por lo menos día por medio, me quedo con esas prendas cómodas porque en breve las voy a tener que usar (o sea, transpirar). Por supuesto que si tengo que salir me pongo un jean y alguna remera de vestir, pero casi siempre estoy ablandando un par de zapatillas nuevas, así que de los tobillos para abajo, jamás combino.

Hay toda una organización en mi departamento producto de que corro. Primero, tengo un cajón bastante grande (metro y medio de ancho por 60 cm de profundidad) lleno de las remeras que me regalan en las carreras, y las poquitas que la vida me dio sin que compita. También tengo otro cajón exclusivo para medias, ya que vivo cambiándomelas (y destruyéndolas). Antes todo formaba parte de una pila homogénea en la que no se encontraba nada. Ahora todo necesita tener su lugar para que lo pueda encontrar más rápidamente.

La barra de dominadas que atraviesa el marco de la puerta del baño también me delata como deportista. Porque la uso. De vez en cuando voy o vuelvo del baño y me cuelgo a hacer una serie. Hago seis sin ningún problema, en las que dejo el peso de mi cuerpo muerto, me levanto con los brazos y al llegar arriba levanto las rodillas al pecho… así además de bíceps y espalda hago abdominales. Tengo una ventana fuera del baño que da al edificio de enfrente, donde siempre hay oficinistas trabajando o charlando. Me pregunto qué pensarán si ven a mis pies elevándose cada dos por tres…

Otra cosa que me delata constantemente es mi material de lectura. Si bien alterno de tanto en tanto con un libro de nutrición, casi siempre estoy leyendo algo relacionado con el deporte. Nacidos para correr, Tras las huellas de los héroes, Eat and Run, Nutrición y peso óptimo, Correr o morir, De qué hablamos cuando hablamos de correr… creo que queda claro que tengo un temita con el running.

Y probablemente lo que más me delate sea el resumen de la tarjeta… Si bien en Brasil me las ingenié para pagar con débito, siempre que viajo me compro cosas relacionadas con el deporte. Sueño con volver a ir a Europa y pasar por el Decathlon, así vuelvo a arrasar. Los precios son muy baratos, incluso convirtiéndolos a la moneda nacional y agregándoles el 20%. Todo el tiempo estoy comprando pasas de uva, avena, agua mineral, bebidas isotónicas y bananas, productos que buscaría muchísimo menos en el súper o ni siquiera compraría. Pero soy un fondista, y necesito mis hidratos de carbono…

Semana 52: Día 359: No corras por la calle

Somos corredores. Nos encanta, lo vivimos con pasión, y las endorfinas más un estado aeróbico óptimo nos hace sentir indestructibles. Pero no lo somos.

Nunca hablamos de “carreras de vereda”. Siempre es la calle versus la aventura, la naturaleza. Pero las vías asfaltadas, por más que nos pese reconocerlo, son para los automóviles, que vienen a ser algo así como los enemigos de los atletas. No nos dejan cruzar en las esquinas, se cruzan en el camino cuando están estacionados, nos intoxican con sus caños de escape. Queremos, en algún punto, ganarles espacio. Las maratones nos reivindican, con sus recorridos por avenidas y autopistas, donde nos sería imposible trotar.

Aunque los automóviles (y sus conductores) sean nuestros enemigos naturales, la sociedad ha decidido que ellos deben transitar por las calles, y nosotros pasar el menor tiempo posible por su zona asignada, solo para cruzar con precaución. Pero la reivindicación es más fuerte, queremos sentir esa sensación de libertad… entonces cuando entrenamos vamos por la calle, en paralelo a los vehículos, con el tránsito o contra él. Creemos que como vamos a una velocidad que un auto consideraría despacio, estamos seguros.

Somos muy malos conductores. Los números asustan. Cada 46 segundos hay un choque, y mueren 21 personas por día en estas tragedias. La sociedad, que suele elegir muy mal las palabras para describir sus errores, habla de “accidentes” y no de “imprudencias”, y dice cosas como “el camión perdió el control”, como si el vehículo hubiese cobrado vida propia y no hubiese habido negligencia del conductor. Se usan estas palabras porque nos cuesta reconocer que fallamos constantemente. Y ahí, como corredores, estamos colaborando al correr en la calle, porque no es nuestro lugar. Probablemente no provoquemos un accidente, al menos no en la gran mayoría de los casos, pero en una sociedad donde hay tantos malos conductores, el riesgo al que nos exponemos es demasiado alto.

Es difícil volver de un choque. Contra un auto, a la velocidad que sea, no tenemos protección más que nuestros músculos y huesos. La fuerza de un vehículo es imparable, y aunque seamos fuertes, un impacto a baja velocidad nos deja afuera del atletismo. Por mucho tiempo o de por vida. No es cuestión de ser fatalista, ni siquiera de relajarse porque no conocemos a alguien que le haya pasado. El riesgo existe, y se minimiza enormemente trotando por la vereda.

Pongo un caso donde la suerte jugó un papel importantísimo. Noche de llovizna. Un corredor, que vendría a ser quien les escribe, entrena por la vereda. Cruza una esquina al mismo instante en que un automóvil dobla. El conductor no detiene la marcha, no ve al atleta, para él en ese espacio solo hay aire. El sorprendido peatón pone la mano, como si con eso pudiese detener al mastodonte de metal. La marcha es lenta, llega a rodar sobre el capó, patina por el agua y termina en el suelo. Recién ahí el auto frena. Podría haber pasado cualquier cosa, haber quedado bajo una rueda, haber tocado una rodilla y haberla partido. El costo es muy bajo, un dolor de piernas y de cadera que dura una semana, más raspones y moretones en la cara por el golpe contra el asfalto. El conductor se disculpa: “perdoname, no te vi”. Y acá el corredor estaba entrenando en la vereda y cruzando la esquina con luz verde. Yendo por la calle lo hubiesen tenido menos en cuenta todavía.

El asfalto es más regular que las veredas, es cierto. Pero, ¿cuál es el sentido de entrenar “cómodamente”? Las carreras de aventura no son asfaltadas, y los deportistas de ciudad deberíamos incorporar un trayecto “incómodo” para emular los terrenos irregulares al aire libre. Aunque la maratón sea en la calle, siempre hay algún tramo en el que levantar los pies para atravesar un cordón, una loma de burro, una botella vacía… correr no es, justamente, estar cómodos. Entrenar es emular cualquier circunstancia, pero más que nada es preservar la salud y fortalecernos. No tenemos lugar en la calle, más que arriba de un auto. Y ahí nos toca, por supuesto, ser precavidos… con los imprudentes corredores que decidan exponerse al entrenar al lado de los autos…

Semana 51: Día 357: Corriendo de San Isidro a Retiro

Continúo con la segunda parte del que hasta ahora será mi día favorito de 2013.

Cuando salí de la nutricionista eran cerca de las 11 de la mañana. Había ido preparadísimo: ropa para correr, el reloj con GPS, la mochila tipo camel, unas galletas de arroz, una banana y una caramañola de 750 cc llena de agua. Capté señal, guardé el pantalón largo, comí algo y arranqué.

Estaba en la punta del Hipódromo de San Isidro, donde convergen Márquez con Fleming. Empecé fuerte, estaba entusiasmado. Iba entre 4:30 y 5 minutos el kilómetro. El motivo por el que entrenamos siempre con los Puma Runners en este lugar es que esta “vereda” mide 1,6 km de largo, y la vuetla entera da unos 5,1 km. Pero yo no iba a dar vueltas, en realidad mi plan original era encarar hacia Libertador, doblar a la izquierda, y darle derecho hasta cruzar la General Paz, Figueroa Alcorta, plaza San Martín y su ruta. Romina, mi nutricionista, me sugirió que vaya por el bajo, que también es un camino que solemos hacer los sábados. El día estaba increíble (hasta corrí con lentes), así que mientras estaba por cruzar la avenida Santa Fe (en San Isidro, obvio) decidí hacerle caso.

Luego de una parada técnica en el baño de una terminal de ómnibus, seguí por Roque Sáenz Peña hasta llegar a Juan Díaz de Solís, la calle que bordea el Tren de la Costa. También es una zona cómoda para correr, gracias a que el caminito de las vías solo es interrumpido por cruces a nivel, con sus respectivas barreras. No abunda el tránsito, como sí pasa en Libertador, así que pude ir más tranquilo, disfrutando del clima y la sombra de los árboles.

Pero lo que para mí hacía especial este fondo era que iba a tener un poquito de exploración. Siempre que entrenamos llegamos hastala calle Paraná, y ahí nos uqedamos, enfilando para el lado del río o haciendo cuestas. Nunca me imaginé que se podía seguir bordeando las vías, pero si ese tren llegaba hasta la estación Bartolomé Mitre, cuya entrada es por Libertador, lo más probable era que ahí pudiese empalmar con mi plan original. Yo no sabía cuánto iba a correr, ni a qué hora iba a llegar a mi casa (donde tenía que bañarme, almorzar y estar listo para que a las 14 fuésemos con un amigo extranjero a Comicópolis, la feria de historieta en Tecnópolis. El hecho de tener un límite de tiempo me ayudaba a apurarme…

Pasando Paraná, comenzó terreno inexplorado. Afortunadamente el caminito asfaltado junto a las vías seguía, hasta que me vi forzado a bajar a la calle. Seguí hasta que no pude seguir avanzando recto y tuve que doblar en una esquina. ¿Hacia dónde? Encaré a la izquierda y me arrepentí. Volví a la derecha, y doblando… ¡Libertador! Ese mismo camino que tantas veces hicimos en tren, lo había recorrido a pie.

El resto del trayecto era bastante conocido para mí, ya que muchas veces entrené yendo o volviendo a San Isidro (a veces yendo Y volviendo). El tema es que mi entrenamiento terminaba en Colegiales, más o menos a la altura de la calle Juramento. Así que de nuevo me dio esa sensación de mariposas en el estómago por estar probando algo nuevo, en una distancia que seguía siendo un misterio para mí.

Con el sol en lo alto, pleno mediodía, crucé al otro lado de Libertador en una barrera (porque la avenida pasa por debajo de las vías del tren, en un paso bajo nivel no apto para seres humanos) y pasé junto a otro Hipódromo, el de Palermo, separado unos 15 km del de San Isidro. Había poca gente entrenando, seguramente por el horario, lo cual es un placer para mí. Sin embargo vi a algunos que aprovecharon el clima como yo para salir al aire libre (seguramente autónomos, millonarios o desempleados… el running nos une a todos los que podemos acomodar nuestros horarios).

Crucé Figueroa Alcorta a la altura de Canal 7, siempre con la radio Delta en mis audífonos. La música rítmica me ayuda, así como que tengan pocos locutores diciendo pavadas al aire. Hice la distancia de una media maratón (que creo que es 21,9 km) en 1 hora con 37 minutos y 53 segundos, un tiempo que no hubiese estado mal en la carrera de hace dos semanas. Claro que ayer tuve que frenar en varios semáforos y hacer una parada técnica, lo que me sumó algunos minutos. También me retrasó un poco sacar la caramañola de la mochila cada vez que tomaba agua.

El tema de la hidratación fue mi punto flojo. No podía cargar más que ese líquido, y lo fui racionando. Me alcanzó muy justito, por suerte llegué bien a Retiro y de ahí a mi casa, donde paré el reloj a los 23,74 km, con un tiempo total de 1:50:46. Fue una sensación maravillosa, sentí que había aprovechado muchísimo el día… ¡y recién era la 1 del mediodía!

Subí rápido a mi departamento, puse algo en el horno eléctrico y me metí en la ducha. Todavía me faltaba encontrarme con Diego a las 14 para salir disparando a Tecnópolis, donde se decía que el maestro, el único, el prócer de la historieta, el educador de millones de argentinos, iba a estar firmando ejemplares. Me refiero, obvio, al papá de Mafalda, el inigualable Quino. Pero esa es una historia que quiero dejar para el día de mañana…

Semana 51: Día 355: El maratonista de 125 kg

Parte de mi trabajo es diseñar revistas que no necesariamente tengan que ver con lo que me gusta. Cuando me acercaron la propuesta de una publicación nueva, orientada a la espiritualidad y la motivación, no estaba del todo seguro si me iba a sentir en sintonía. Pero lo que pague el alquiler y las expensas es bienvenido, así que me metí de lleno.

Armar una revista, dicen los expertos, es el arte de diseñar detrás de los avisos. O sea que la parte comercial es muy importante porque eso va a definir la extensión de las notas. Aunque este era un primer número, la venta publicitaria fue excelente. Sin embargo, quedaron dos páginas colgadas a las que había que plantarles algo. Como el tema motivacional sí tiene mucho que ver con este blog, un amigo que fue quien me recomendó para este proyecto me empezó a insistir que proponga material del blog para armar una nota. Y en lo único que pude pensar fue en el post que escribí el 8 de enero del año pasado, en el que contaba la historia de Roger Wright, el banquero de 125 kg que el 7 de junio de 2008 decidió empezar a entrenarse para la Maratón de Boston, que se iba a correr en 10 meses. Lo hacía por él mismo, porque su peso no era precisamente de músculo. También por el legado de su padre, que la corrió en 1968, cuando Roger tenía 7 años. Y también por el amor que sentía por su sobrina Julia, una chiquita que luchaba contra la Fibrosis Cística.

Ese primer día hizo 30 metros y se quedó sin aire. Su plan original era correr 5 kilómetros. ¿Qué lo hizo seguir? Pensar que a Julia también le costaba respirar. Así que tomó fuerzas y continuó. Fue constante. Empezó caminando. No se rindió, porque estaba seguro que con su ejemplo iba a poder llamar la atención y obtener donaciones para la investigación de la Fibrosis Cística.

Registró sus progresos en un blog y a través de filmaciones, que después compiló en un video que compartió en un grupo cerrado, llamado “Running for my existence” (corriendo por mi existencia). Un amigo lo reposteó con un título nuevo, The most inspiring video you will ever watch! (¡El video más inspirador que verás jamás!) y la respuesta fue abrumadora. Roger reconoce que el marketing no era lo suyo. Al día de hoy, esa copia tiene 5 millones 450 mil visitas, muchas de las cuales son mías. La edición de 5 minutos muestra cómo pasó de ser un obeso que apenas podía caminar a un ágil y estilizado atleta. Es realmente impactante, y la música de “Fix you”, interpretada por Coldplay, termina de ponerle el broche de oro. Realmente pone la piel de gallina. Hoy lo veía y casi tuve que contener las lágrimas.

Roger considera clave el apoyo de su mujer. Jamás lo cuestionó, y cuando él le contó su “loca” idea le dijo “Me parece una buena idea. Si lo hacés, consigo una persona cada milla (1,6 km) para que te asista”. Lo siguiente fue llamar a una organización que junta dinero para investigar esa enfermedad y decirles que quería correr en su nombre la maratón del año siguiente (ellos se encargarían de inscribirlo). Por último, se contactó con un amigo triatleta para que lo ayude a entrenar. “No quiero que me des nada de dinero”, le respondió, “solo que me des tu 100%”.

Realmente se comprometió. Dejó de buscar excusas y realizó todos los ejercicios. Empezó a llevar un registro de su frecuencia cardíaca y cada cosa que comía. Y funcionó. Su sobrina Julia fue siempre lo que la motivó. “Era pesado y gordo, debería haber tenido un ataque al corazón o una aplopejía, porque no me cuidaba a mí mismo. Era puramente voluntario. Podría haber hecho esto en cualquier momento de mi vida”, explica él en su segundo video. “Pero Julia no hizo nada malo, ella es solo una niñita”, dice, con la voz quebrada y al borde del llanto.

“Si decides una meta, si te mentalizas en ese objetivo, es sorprendentemente sencillo”, dijo, 50 kilos menos después.

Generalmente se difunde la vida y las proezas de los atletas de elite. Dean Karnazes es un excelente motivador y podemos seguir todos sus triunfos. Ni hablar de Scott Jurek o Killian Jornet. Pero al menos en mi caso no pienso que voy a ser como ellos. Siguen estando en un nivel elevado, inalcanzable. Son atletas tocados por la varita mágica, se ganaron la lotería genética, o se dieron cuenta de que vivían al lado de una montaña y podían entrenar ahí desde chiquitos. Pero cualquiera puede ser Roger Wright. Todos tenemos esa capacidad, de definir un objetivo, motivarnos y darlo todo por lograrlo. Si ves el video donde compara sus primeros pasos hasta que se vuelve un veloz corredor, lo que tenemos que pensar es “Si él pudo dar vuelta su vida a los cuarenta y pico, ¿por qué yo no voy a poder?”. La historia de Roger es la que me inspira, y la que intento difundir para que todos vean que el cambio es posible, que está en uno, y que, como bien dijo en su segundo video, es sorprendentemente sencillo.

 

Semana 51: Día 354: Entrenando bajo la lluvia invernal

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Estos días han sido duros para los que entrenamos al aire libre. Después de varios días de un calor inusual, el invierno no se quizo despedir sin calarnos el frío en los huesos, y después de interminables días de lluvia, ayer decidimos correr igual.

En principio el entrenamiento se había cancelado. Corremos por Acassuso, y además de que seguía lloviendo y estaba muy pero muy fresco, se había acumulado agua y había unos enormes charcos (donde no estaba todo embarrado). Encima, el Hipódromo de San Isidro está junto a una calle que los automóviles confunden con una pista de carreras, y si hay un mínimo charquito, cuando te pasan por al lado te empapan de arriba a abajo. En verano es más divertido de lo que era anoche.

Pero yo me quejé. Porque quería correr. Independientemente de lo que decida el clima, yo necesito salir de casa. Estoy todo el día encerrado, frente a la computadora. Me duele la espalda de estar tanto tiempo sentado, y mi cabeza necesita desconectarse del trabajo. Entrenar es mi momento, estoy todo el día esperando para salir. Mi plan B era ir a hacer cinta al gimnasio, pero no es lo mismo. También está el contacto con mis pares, con esos loquitos que, como yo, necesitan de esto. Por suerte no fui el único. Un par de “valientes” (véase el post de ayer) también se animaban a venir. Confirmamos presencia cuatro, mientras el resto de los Puma Runners decidió, en todo su derecho, quedarse sequitos en casa.

Ya expuse los motivos por los que creía que quienes salían a correr así eran unos valientes. Otros estuvieron en desacuerdo, considerando que no valía la pena enfermarse. A mí me pareció una excelente oportunidad para probar mi ropa de abrigo y cómo funcionaban mis guantes de neoprene en la lluvia. No les tenía mucha fe, pero anduvieron muy bien, y mientras corría me calentaron mucho las manos. Hicimos dos vueltas al Hipódromo, que equivale a un poquito más de 10 kilómetros. El frío dejó de sentirse enseguida, y después estar bajo esa garúa fue un placer. Además, esa inmensa manzana (que da un recorrido de 5 km) estaba absolutamente desierta. Con los primeros calores va a estar atestada de bicicletas, chicas paseando a sus diminutos perros, señoras caminando, y hasta grupos de entrenamiento que se mandan en bloque, ocupando todo el ancho de la vereda. Ahora era absolutamente de los loquitos que, a pesar del clima, salieron a correr.

Me sentí muy bien, lo necesitaba. Podría haberlo hecho solo, pero no iba a ser lo mismo. Tenía que estar nuestro entrenador orientándonos, la charla durante la vuelta y el post entrenamiento. Durante el fondito me tuve que sacar la campera de lluvia porque me daba mucho calor, y al final me la volví a poner para no enfriarme. En el restaurante donde cenamos me cambié y me puse una remera, un buzo, medias y un pantalón secos. Porque la idea era sobrevivir para contarlo.

A mí me sirvió entrenar bajo esa lluvia invernal. Pude probar mi campera y mis guantes. Y salir un poco de mi zona de comfort, en mi seco y calentito hogar. Sumé un poco para el cuentakilómetros, que está a punto de volver a cero, y pasé un buen rato con amigos. No quería perdérmelo, y me alegro mucho de haber estado ahí.

Semana 51: Día 353: Tiempo de valientes

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Frío y lluvia. Aquí es donde se dividen los corredores amateurs de los espartanos. Es tiempo de valientes, es hora de demostrar cuánto nos dejamos llevar por nimiedades y hasta dónde estamos dispuestos a sacrificar.
Hoy es un verdadero día invernal. Hace rato que llueve y todos pensamos “¿entreno o me quedo en casa?”. Y la comodidad tira, pero correr no es cómodo. Si no duele, si no cuesta, si no nos hace transpirar… ¿para qué hacerlo?
No corremos para tomar atajos, lo hacemos para superarnos. Para, justamente, salir de nuestra zona de confort.
Hoy llueve mucho y hace bastante frío. La lógica de la comodidad podría indicarnos que nos quedemos secos y bajo techo. Pero, si me preguntan a mí, prefiero abrigarme, ponerme algo impermeable y averiguar hasta dónde puedo llegar. Porque puede llover y refrescar en cualquier carrera. Ya sea en una competencia de calle como en Patagonia Run, La Misión o la Adventure Race Pinamar, el frío y la lluvia nos puede sorprender. Y yo quisiera estar ahí algo preparado. Una carrera es el último lugar para improvisar (no por nada entrenamos). Y si nos vamos de viaje al sur, en un día como hoy, no nos vamos a quedar en el hotel.
Aplaudo a los valientes que no le temen a las inclemencias del clima. Hoy elijo unirme a ellos y averiguar qué me depara el destino.

Semana 51: Día 352: Una experiencia de carrera (o “El Método Perelman”)

Pablo Perelman es un corredor aficionado que un día decidió escribir un blog sobre las cosas que lo apasionan. Pueden ver que, de entrada, él y yo tenemos muchas cosas en común. También corrió la Media Maratón de la Ciudad de Buenos Aires hace una semana y tuvo una experiencia de película, con situaciones muy divertidas. Como si fuera poco, su análisis es muy bueno, en especial el método que inventó (que lleva su apellido) para correr una carrera relajado y disfrutando la experiencia (ahí empezamos a distanciarnos, porque yo arranco siempre desesperado y preocupado por el reloj).

Le pedí autorización para compartir en Semana 52 su crónica, que me sacó varias sonrisas y un par de carcajadas. Les recomiendo que visiten su blog Correlatos, porque no tiene desperdicio. Ahora sí, los dejo con su texto:

Método Perelman para mejorar los tiempos en carreras de calle masivas

Llegó la hora de comenzar a utilizar este espacio, así que vamos a intentarlo. Ayer corrí la media maratón de Buenos Aires, que para los que no son corredores, tiene, como todas las medias maratones una extensión de 21 km. Si no son corredores no abandonen la lectura de este post, que quizás algo de lo que se dice les termine interesando. Por otra parte ser no corredor (como también serlo) son estados eventuales, ya que de un día para el otro se comienza a correr y de la misma manera se abandona la actividad.

El Método Perelman para mejorar tiempos en carreras de calle masivas (en adelante el método Perelman) nació por accidente. Sucede que ayer me quedé totalmente dormido y en lugar de despertarme a las 5:30, como tenía previsto, lo hice exactamente una hora después. La alarma del celular la apagué estando dormido, y tampoco escuché la radio del equipo de música que había programado por si fallaba el teléfono. El sábado me había acostado muy tarde, así que no me llamó la atención quedarme dormido. Respiré aliviado al ver que eran las 6:30 y no las 9. Me vestí y desayuné a los piques y a las 7 estaba saliendo de mi casa. Lo primero que pensé era que en el mismo momento que emprendía el camino hacia la largada de la carrera, mis compañeros de running team estaba sacándose la foto grupal. Pero el problema más acuciante era que tenía que encontrarme con una amiga – Gaby Bianchi – para pasarle el kit de otra amiga – Perla – que no podía correr la carrera porque había caído en cama un par de días antes.

Empecé a buscar un taxi mientras trotaba por la Avenida Las Heras rumbo a Plaza Italia, y el panorama se presentaba más que complicado, ya que ni siquiera pasaban vacíos. Pero cuando estaba llegando a Santa Fé ocurrió una especie de milagro. Un taxi que venía ocupado para a mi lado, el taxista me toca bocina y me hace señas para que suba. Enseguida pensé que era algún compañero de mi equipo “Correrayuda”. Tan convencido estaba que salude al flaco que estaba sentado en el asiento de atrás con un beso y percibí en él cierta incomodidad. El taxista me aclaró que la idea de subirme había sido suya (no te hagas problema pibe que vos no pagás nada). El pibe de atrás resultó ser un americano de Boston, Misha, que hacía apenas dos semana que estaba viviendo en Buenos Aires por trabajo. Por su reacción podría afirmar que aun no está muy familiarizado con saludar con un beso a hombres desconocidos que se suben a su taxi. A las pocas cuadras la situación se volvió aun más cosmopolita, porque el taxista volvió a parar para subir a una rubia preciosa que tendría unos 30 años. Nina resultó ser una diplomática dinamarquesa que trabaja en la Embajada de su país, que hace dos años y medio que vive en Buenos Aires, y que está apunto de abandonar la carrera diplomática para casarse con un porteño del que se enamoró hace poco más de un año. Nos contó que pensaba tardar 1:30 (un tiempazo para una mujer) porque no estaba bien entrenada.

Llegamos a destino y el bostoniano se negó firmemente a compartir el costo del viaje. Me despedí de mis compañeros de taxi y comencé a trotar hacia la zona de largada para encontrarme con Gaby, con quién veníamos intercambiando mensajes y llamados. Estábamos a tres o cuatro metros de distancia hablando por teléfono, pero no lográbamos divisarnos.  Hasta que finalmente nos topamos de frente y le entregué el kit de Perla. En ese momento eran las 7:30 pasadas y yo no había entrado en calor, ni dejado en el guardarropas un buzo que no quería cargar durante toda la carrera.

Entonces decidí relajarme. Fui al guardarropas e hice una entrada en calor corta de menos de 10 minutos. Entre una cosa y otra recién traspasé la línea de partida 15 minutos después de la largada oficial. Muchas veces había pensado que largar cuando la carrera ya estuviera empezada podía tener sus ventajas, así que no lo tomé como un problema sino como una oportunidad de experimentar algo distinto.

En las carreras masivas de calle elegir el lugar desde el cual se larga es un tema complicado, por lo menos para el 70% de los corredores. Los que tienen una cantidad apreciable de carreras creo que saben de que estoy hablando. Ubicarse muy cerca de la línea de largada, en el medio o al fondo, con todos sus gradientes, tiene sus ventajas y sus desventajas.

Si uno no pertenece al grupo privilegiado de los más rápidos que pelean por los podios o al menos por lograr una muy buena performance en su categoría, colocarse muy cerca de la meta tiene sus inconvenientes. En primer lugar hay un primero que podríamos definir como ético. Si no somos corredores muy rápidos, ponerse cerca de la línea de largada lo que hace es molestar a los más rápidos que se colocaron detrás de uno. Es sumamente molesto sentirse un obstáculo y que para pasarnos nos hagan a un costado a los codazos, mientras nos claven una mirada de desprecio y alguna que otra puteada. Por otra parte, como durante por lo menos los dos primeros kilómetros casi todos te pasan, desde el punto de vista anímico es un golpe a la autoestima y uno corre el riesgo de desanimarse.

Entonces, una vez que nos dimos cuenta que ponerse demasiado adelante no sirve, en la próxima carrera tratamos de colocarnos en un lugar acorde a nuestro ritmo. Incluso, en algunos casos (recuerdo por ejemplo algunas ediciones de la Nike) cuando el corredor se inscribe le preguntan por su tiempo estimado, y le dan una pulserita para que se ubique en el lugar que le corresponde a su ritmo de carrera. Esto funcionaría muy bien si la gente fuera honesta en el tiempo declarado y además se ubicara en el espacio asignado (cosa que por otra  parte nadie controla). Pero en la práctica, son muchos los que no respetan la consigna, y se cuelan con la ilusión de mejorar un par de minutos su tiempo en la competencia. Entonces lo que ocurre es que en la largada se produce el efecto congestionamiento. Salvando las distancias, es algo parecido a salir durante un cambio de temporada rumbo a la costa: la salida de Buenos Aires suele ser un infierno y por momentos no hay otra solución que ir a paso de hombre. Entonces, ahora que largamos en el lugar que teóricamente nos correspondía, somos nosotros los que estamos tratando de abrirnos paso a los codazos y puteadas, o los que buscamos encontrar espacios alternativos, de la misma manera que los automovilistas se meten en la banquina. El congestionamiento suele prolongarse por lo menos hasta los dos primeros kilómetros, y a veces vuelve a producirse más adelante cuando el sendero se estrecha. Si bien es una situación frustrante, de tan acostumbrados que estamos lo tomamos como un inconveniente casi inevitable de estas carreras multitudinarias. Ni hablar si llegamos a ultimo momento y debemos colocarnos al final de la gran hilera: en este caso el efecto congestionamiento se potenciará al máximo. En conclusión, si uno se anotó en una carrera para buscar su plusmarca individual u obtener un buen tiempo, el congestionamiento es un enemigo que seguramente conspirará contra ese objetivo. En una competencia muy larga como el maratón ese problema se diluye, pero en una de diez kilómretros puede significar que hasta la tercera parte de la carrera no se pueda realmente despegar. En un medio maratón se da una situación intermedia, pero el problema no es desdeñable. El congestionamiento siempre trae aparejado que el tiempo final sea mayor al que potencialmente se podría haber logrado. Ni hablar si el corredor una vez que el panorama finalmente se abre intenta compensar el tiempo perdido, porque corre el riesgo de fundirse y terminar muy mal los últimos kilómetros.

¿Y qué pasa si decidimos largar una vez que la carrera ya empezó hace una buena cantidad de minutos? Para los corredores de elite y los amateurs que buscan podios, este método claramente no les sirve, debido a que los podios se entregan según el tiempo oficial, que contabiliza cuánto tarda el corredor en transponer la línea de llegada, tomando como punto de partida la largada oficial. En otras palabras, la carrera la gana el primero en cruzar la meta, por más que el segundo haya tardado un segundo menos de acuerdo al llamado tiempo neto (que comienza a computarse cuando el corredor efectivamente pasa por la línea de largada, lo cual es registrado por el chip que provee el organizador del evento). Pero decíamos que estos corredores tienen solucionado el problema ya que se colocan muy cerca de la línea de partida. Es más, en muchas carreras los corredores de elite largan unos metros adelante que el resto, justamente para evitarles que algunos desubicados les provoquen un “efecto tapón”.

Si uno larga 15 minutos después, como me sucedió a mi ayer, el efecto congestionamiento desaparece. No solamente al inicio, sino durante toda la carrera. Por supuesto que nuestro tiempo oficial va a ser muy malo, pero si lo que nos interesa es el tiempo neto (como a casi todos los corredores que conozco) con esta modalidad de largada se tienen muchos segundos y hasta minutos para ganar. Así como el congestionamiento genera malhumor y frustración, tener despejado el camino durante los primeros kilómetros nos permite rápidamente colocarnos en el ritmo de carrera que nos propusimos. Además, otra cosa que sucede y que ayer me encantó, es que durante toda la carrera uno pasa a todos los corredores que vienen adelante. Eso me ocurrió de manera muy notoria durante la primera mitad de la carrera, cuando dejaba atrás a centenares de competidores como si fueran postes. Pero también, aunque ahora me costaba un poquito más pasarlos, a los que rebasé en la segunda mitad y así fue hasta el final de la competencia.

Así como cuando te pasan no te gusta nada, para mi pasar es un placer que me genera un efecto psicológico tremendamente positivo. Correr es precioso, pasar es divino. En síntesis el método puede servirnos para lograr un mejor tiempo en carreras multitudinarias, que por otra parte son la más importantes del calendario.Y si lo que nos interesa es ver como salimos en la general, por sexo y en nuestra categoría, siempre es posible recomponer la información en función del tiempo neto.

Algo que no dije pero que está implícito, es que el método también nos permite dormir hasta una hora más, como lo demuestra mi experiencia de ayer (aunque claro; no siempre pasará un taxi que mágicamente nos invita a subirnos y encima gratis).

Pero como sucede con casi todo, no solo en el running sino también en la vida, también hay desventajas, que es bueno conocer para llegado el momento sopesarlas con los beneficios.

En mi caso, aunque esto no se aplica a todos los corredores, la principal es que me perdí la foto con mi running team, foto que está al final de este post. De todas maneras, bien se puede llegar a tiempo para quedar retratado con los compañeros, empezar la entrada en calor unos minutos antes de la largada y comenzar a correr 10 o 15 minutos después de producida la misma. Aunque en este caso, claro, adiós a la hora extra en la camita.

La segunda desventaja es que uno corre casi toda la carrera acompañado de corredores más lentos y eso puede inconscientemente quitarnos el incentivo que produce la competencia. En mi caso, claramente ayer me pasó eso, agravado porque no llevaba ni un reloj con GPS ni un monitor de frecuencia cardíaca. Y como me olvidaba de controlar los tiempos de cada kilómetro, corrí más de la mitad de la carrera sintiendo que iba a un ritmo mucho más rápido del que cumplí en la realidad. De todas maneras, creo que esto es fácilmente corregible si uno dispone de la tecnología que permite monitorear permanentemente el ritmo al cual estamos corriendo. De hecho, esto no hubiera ocurrido si el viernes en la expo no hubieran vendido cinco minutos antes el Garmin que quería comprarme. La última desventaja ya la mencioné arriba, pero la reitero: este método no le sirve a los que buscan podios. Aunque, ciertamente, en las carreras masivas conquistar un podio es muy difícil si uno no es un corredor de elite.

Bueno. Hasta aquí mis reflexiones sobre el “Método Perelman para mejorar tiempos en carreras de calle masivas”. Se los recomiendo fervientemente. No sólo porque pueden conseguir a igual condición de entrenamiento un tiempo neto mucho mejor, sino fundamentalmente porque sin congestionamiento – tanto arriba de un auto como conduciendo nuestro propio cuerpo – el viaje es mucho más placentero.

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