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Semana 19: Día 129: Corazón de deportista

Estoy haciéndome estudios para conseguir un apto médico, y para también tener una referencia de cómo vengo asimilando el veganismo. Por ahora no hay síntomas, pero ¿quién sabe lo que pasa adentro del cuerpo?

El ecocardiograma dio todo bien, la técnica que manejaba el aparato me felicitó y me dijo que tenía un corazón muy sano. Luego vino el electrocardiograma, que imprimieron en una hoga laaaaaaaarga y finita, la hicieron un rollito y me lo dieron en un sobre. Para mí era todo lo mismo.

Pero hoy, el técnico que me iba a hacer la ergometría, la miró detenidamente. Sin levantar la vista me dijo “¿Hacés actividad física?”. Le dije que sí, que hacía ultramaratones. “Sí, tenés la marca registrada de los corredores”, respondió. Aparentemente, esas líneas que suben y bajan dicen mucho más de lo que imaginamos. De hecho, me dijo que tenía un bloqueo de rama izquierda. Era la primera vez que escuchaba el término (de hecho, cuando terminamos el estudio, le pedí prestada una lapicera y anoté en mi agenda el término, para recordarlo después).

Un bloqueo de rama izquierda es  un defecto en el sistema de conducción eléctrica del corazón caracterizada por un retraso de la conducción eléctrica por la rama izquierda del haz de His y, por ende, un retraso en la activación del ventrículo izquierdo del corazón. Como resultado, el ventrículo izquierdo se contrae después que lo hace el  derecho. En palabras más fáciles de entender, es como si apretásemos el interruptor de la luz y la lamparita se encendiera un segundo después. ¿Me tengo que preocupar? Aparentemente no. Es un defecto de fábrica, sobre el que no puedo hacer nada. Wikipedia recomienda:
Cuidado médico: los pacientes con un bloqueo de rama izquierda requieren una evaluación cardíaca completa y quienes se acompañan con pérdida de la conciencia puede que requieran un marcapasos artificial.
Cuidados quirúrgicos: en algunos pacientes con bloqueo de rama izquierda con un QRS marcadamente prolongado y con insuficiencia cardíaca pueden recibir mayores beneficios con la colocación de un marcapasos, el cual provee contracciones ventriculares rítmicas.

Pero el técnico que me atendió me dijo que no me representaba ningún riesgo. No tenía síntomas, simplemente eso estaba ahí, pero no me molestaba en lo más mínimo. Al parecer tiene que ver con esa “repolarización” que me diagnosticaron hace un año, pero hasta que no vea a la médica que me mandó a hacer los estudios, no voy a entender del todo qué significa esto (sinceramente, no entiendo nada).

La ergometría es un electrocardiograma realizado durante un esfuerzo controlado. A diferencia de las otras veces en que lo hice, no fue en una bici, sino en una cinta con una ligera inclinación. Quienes hayan visto las fotos de mi progreso personal en el primer año de Semana 52 sabrán que visto un pecho velludo, lo cual hace que los electodos adhesigos no se peguen bien. Si a eso le sumamos que transpiro como un marrano, peor todavía. Al final del estudio estaba corriendo sosteniéndome los electrodos con la mano, como una señorita que va dando saltos mientras intenta que no se le salga volando el corpiño.

Mientras corría, las gotas de sudor iban saltando para todas partes, mientras el pobre técnico intentaba volver a pegarme la cinta al pecho. “Soy de transpirar mucho”, le dije. “Ya me di cuenta”, me respondió, mientras se secaba la palma de la mano con una servilleta.

El 14 de febrero, día de los enamorados, voy a ver a mi nutricionista y, casualmente, a la doctora que me va a hacer su interpretación del estudio. Pero, de momento, parece que está todo bien encaminado con mi maquinaria interna…

Semana 13: Día 76: ¿Qué es la determinación?

Se la conoce con otros nombres. “Huevo”. “Tenacidad”. “Compromiso”. Es eso y mucho más. La determinación es comprometerse a algo y no bajarse hasta lograrlo.

He visto a corredores lastimarse por no querer renunciar. Es algo muy triste, porque tiene el sabor amargo de la injusticia. ¿Por qué tiene que sufrir aquel que busca superarse? A veces querer no es poder, pero la determinación nos lleva a intentar. Constantemente, luchando contra la adversidad, contra nosotros mismos.

Suena a un poco necio simplificar la vida, pero la podría resumir en “desear” e “intentar”. Son dos cosas completamente diferentes. A veces una antecede a la otra, pero por regla general los que se la pasan diciendo que quieren algo no lo hacen (tiene que ver con eso de que si querés empezar una dieta o una rutina de entrenamiento, lo mejor es no decirlo). Quienes realmente quieren un cambio en su vida, en lugar de hacerlo público van y lo hacen. Fallarán o no, pero lo intentan, y en el proceso, aunque no alcancen eso que imaginaban, ya han cambiado.

Todo este divague viene a colación de que mucha gente, sobre todo la que no está involucrada en el mundo del deporte, no entiende cómo una persona puede negarse a comer empanadas soufflé. O irse temprano de una fiesta porque al día siguiente entrena. O correr por placer, durante muchas horas. Es que cuesta encontrarle lógica a ese inevitable sufrimiento que es participar de una carrera. ¿Qué moviliza a alguien para esforzarse en medio de un clima hostil, pasando sed, forzando los músculos al límite? Bueno, es la determinación.

¿Dónde se aloja este sentimiento? Hay quienes erróneamente creen que nace en la cabeza. Pero el cerebro se dedica a una única función, y es la de pensar. Analiza incontables variantes, sopesa las decisiones, y es el centro receptor de todo el dolor. Ahí surgen los pensamientos de “Mejor cortemos acá y seguimos otro día”, o “¿Para qué me voy a exigir? Mirá si me lastimo…”. Pero cuando un atleta está corriendo y llega el agotamiento físico y mental, deja de correr con las piernas y corre con el corazón. La determinación surge del pecho, donde se alojan también la valentía y la esperanza.

El gran poder de este sentimiento permite que corredores en estado calamitoso sigan avanzando. Mientras corríamos en Misiones, con calambres y un inmenso cansancio encima, yo intentaba arengar a Vicky. En un punto el dolor era tan fuerte que lloraba. A veces se le escapaba un “No doy más”. Y sin embargo, seguía corriendo. Y las lágrimas caían, mientras los pies seguían llevándola para adelante. “Pero estás avanzando” le decía yo, para que vea que no era cierto y que sí daba más.

Me llama la atención que exista algo imposible de medir científicamente. No hay kilocalorías involucradas, ni minutos por kilómetro, ni cantidad de glucosa por centímetro cúbico. Solo ese sentimiento en el pecho que nos dice que nada nos va a detener. Las señales de alerta del cuerpo se activan y se supone que tenemos que renunciar y caer pero, contra toda lógica, seguimos avanzando. A veces, lamentablemente, al límite de terminar lastimándonos.

La determinación mueve montañas (o nos mantiene alejados de las frituras). Todos los corredores la tenemos, y la usamos para vencer el miedo, concentrarnos en nuestros objetivos, y para nunca renunciar.

Semana 0: Día -8: Soy un tipo con un gran corazón

Como requisito para entrenar en los Puma Runners, tenemos que entregar un apto médico actualizado, que nos habilite a hacer deporte. Es algo común, de hecho tuve que presentar uno en el gimnasio para poder ir a entrenar, y es requisito para poder hacer actividad física: hay que demostrar que uno no va a poner en riesgo su salud.

Quizá las instituciones se cuiden demasiado. No creo que necesite un apto, ya que con tres años encima entrenando (con períodos de abandono, lo reconozco), si tuviese algún problema, ya se hubiese manifestado. Pero siendo que además necesitaba hacerme un estudio para la nutricionista, maté dos pájaros de un tiro y saqué turno con el médico.

La doctora no me reconoció mis análisis de sangre y ergometría de 12 derivaciones que me hice el año pasado. Yo creía que con menos de un año de antigüedad servían, pero según la profesional no. Así que nuevos pinchazos en la mañana temprano, ir a pedalear (y transpirar) a la bici del cuarto piso, y a buscar los resultados.

Cuando la médica vio los análisis, se sorprendió de que mi nivel de triglicéridos sean casi inexistentes. “¿Eso es malo?”, pregunté. “No, es muy bueno”. “¿Podrá tener que ver con que sea vegetariano?”. “Puede ser”, respondió. “Esos niveles suben cuando consumís grasas, en especial las refinadas, como las de las masitas”. Perfecto, dije, hace un año que prácticamente no como esas cosas. “¿Hacés fierros?” dijo, sin levantar la vista de los estudios. “Sí, unas tres veces por semana”, contesté. Saqué un promedio de las veces que voy todos los días y las que por h o por b no puedo. Además, estoy medio de vacaciones hasta empezar en serio.

Resulta que la ergometría arrojó unos valores que no entiendo nada. Es normal, ella quiso tranquilizarme. Aparentemente tengo una repolarización de no sé qué en reposo, lo cual sería un indicador de una hipertrofia en el corazón. O sea que el músculo se agranda por el esfuerzo. O sea sí, debe ser eso, porque tengo una vida deportiva basante activa. Pero resulta que este fue un motivo por el cual no me hizo el apto médico (insertar emoticón de carita triste). Tengo que hacerme un electrocardiograma doppler color para despejar dudas, y para que la doctora no ponga en riesgo su carrera por rubricar mi permiso para hacer deporte.

Sé que no es nada, lo cual me frustra un poco. El corazón es un músculo que cualquier deportista lo tiene trabajado. No hubiese imaginado que podía llegar a ser un motivo para que no te hagan un apto médico. Si tuviese arritmias o algún otro problema cardíaco ya lo hubiese notado. Vengo de correr una maratón donde sólo sufrí una uña negra, y ayer entrené sin problemas, aunque el lunes tuve fiebre.

Así que el martes sabré si tengo permiso para seguir corriendo, o si este gran corazón que late en mi pecho me alejará de la Espartatlón para siempre…

Semana 32: Día 220: La frecuencia cardíaca

Una de las cosas más complicadas para los deportistas es la de calcular la frecuencia cardíaca, para así establecer porcentajes de esfuerzo y entrenar de manera más eficiente y segura. Se ha resuelto con el uso de distintos pulsómetros que monitorean el corazón, pero no todos podemos acceder a esa tecnología. Para los que contamos las monedas para llegar a fin de mes, la ciencia nos ha dado una alternativa: Las matemáticas.

Cuando nos iniciamos en el running probablemente nos surja la duda de si estamos aptos para correr. Hay muchos mitos al rededor de esta actividad, no olvidemos que la leyenda de la maratón se inicia con Filípides muriendo en la meta. Existe un test (que detallaremos en breve) para que conozcamos nuestro umbral. Si recién comenzamos, nuestra frecuencia cardíaca debe estar entre el 50 y el 65% de su capacidad máxima.

Pero, ¿cómo medimos mínimos y máximos? Lo primero que tenemos que determinar son las pulsaciones que tenemos por minuto en reposo. Lo ideal es tomar esta medida apenas nos despertamos y antes de levantarnos de la cama. Luego de saber cuánto late nuestro corazón al no hacer ninguna actividad, nos incorporamos, lavamos bien nuestros dientes, y tomamos un desayuno completo. Llega el turno de la segunda parte del test: subir un escalón con una pierna durante 90 segundos. Una vez terminado y sin detenernos, repetimos con la otra. Volvemos a tomar nuestras pulsaciones. Ahí tenemos nuestros parámetros de mínimo y máximo.

Existe además un ejercicio para medir nuestra capacidad de recuperación. Después de entrenar probablemente estemos por encima de las 165 pulsaciones por minuto. Si esperamos 60 segundos y volvemos a controlar, sería un muy buen indicio que hayan bajado 25 o 30 pulsaciones. Eso indica un corazón sano y con buena aptitud para recuperar. Si no vemos esa mejora puede ser un índice de que nos estamos sobreexigiendo, o que nos hace falta mejorar nuestra capacidad aeróbica.

Es hora de sacar la calculadora. Hay una prueba, llamada el test de Karnoven, que mide la frecuencia cardíaca de reserva. Dos personas de la misma edad pueden tener una frecuencia máxima similar, pero en reposo sus pulsaciones son diferentes. Por lo tanto, el porcentaje de esfuerzo va a variar. La fórmula de Karvonen también mide los porcentajes de consumo de oxígeno máximo. La ecuación es la siguiente:

FC de reserva = FC máxima – FC en reposo.

Existe un parámetro estándar para el valor máximo, que es 220 pulsaciones menos la edad (en mi caso, como tengo 33, sería 187). Para las mujeres es 226, descontándole los años cumplidos a la fecha. Si queremos calcular el 50%, la cuenta sería la siguiente:

FC máxima – FC reposo x 0,5 + FC reposo

Marea, ¿no? Hay una página que lo explica bastante bien:

Hagamos un ejemplo para que lo veas, tomemos un hombre de 30 años, con 60 pulsaciones en reposo (se toman por la mañana, antes de levantarse).
Su FCM es de 220 – 30 = 190. A este dato le restamos la FC rep.:   190 – 60 = 130 pulsaciones de RFC.
Para calcular la intensidad de sus entrenamientos (el porcentaje al que desea entrenar), escogemos el porcentaje o ritmo, por ejemplo al 50%:
130 x 50% = 65 y le sumamos la FC rep.:   65 + 60 = 125
Es decir, que el señor del ejemplo debe correr a 125 ppm, para ir a 50% de ritmo cardíaco. Míralo despacio, parece complicado pero no lo es.

Realmente me gusta investigar y darle mi propio estilo a cada explicación, pero en un tema tan interesante y complejo, lo mejor es citar directamente a la fuente. Hace casi una semana que le estoy dando vueltas a este post, y me resigné a que nunca voy a poder explicarlo mejor que en este sitio.  Tiene además una tabla con valores promedio para cada edad, y algunos consejos muy prácticos (como, por ejemplo, no quedarse bajo el 50% de la frecuencia cardíaca máxima, ya que no produce adaptaciones).

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