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Semana 34: Día 232: Recalculando

Iba a titular este post con “soy mi peor enemigo” pero me pareció exagerado (y falso). Tengo enemigos más temibles, pero a veces pareciera que me autoboicoteo, y meto la pata hasta el cuadril.

Me gustaría ser una persona que tiene todo bajo control, pero desde que me acuerdo que tengo mala memoria (vaya paradoja). Una vez jugábamos con mi hermano Santi a que uno encerraba al otro en el hueco que había entre la ventana y la reja. El chiste era hacer que quien quedaba afuera era una suerte de carcelero. Me mandé un chiste buenísimo: hice que me iba y lo dejaba ahí atrapado, me fui a la cocina, y me puse a comer galletitas… olvidándolo a él por completo. A los pocos minutos mi abuela lo rescató, y él estaba llorando desconsolado. Me sentí muy mal… y esa fue una de tantas cosas olvidadas por mí (no pueden culpar a mi vegetarianismo por eso, en aquellos años devoraba toda clase de animales).

Hoy, sin ir más lejos, fui a entrenar y Vicky se quedó durmiendo, recuperándose de su demoledor resfriado. Me pidió que encierre a las bestias en la cocina, para que la dejen dormir un rato más. Y salí, nomás, dejando todo bien cerrado con llave, incluyendo la puerta de la cocina. Abandoné el hogar por la puerta de servicio y me fui a Zona Norte a correr en esa fría y húmeda mañana. De casualidad tenía el teléfono en la mano, un par de horas después, cuando Vicky me llamó. La atení y, al igual que Santi hace casi treinta años, ella estaba llorando porque la había dejado encerrada. La cocina estaba cerrada desde adentro, y su juego de llaves junto a la puerta de servicio. No podía ni llegar hasta la heladera para comer algo, ni salir de casa para comprarse el desayuno. ¿Y en qué momento me planteé que la estaba dejando atrapada? Nunca, hasta el instante en que me llamó.

Y este mismo blog es un compendio de mis confusiones y errores. Muchos ni se percatan de que al principio del título de cada post pongo las semanas y los días que van pasando, y en muchísimas ocasiones repito números, me los salteo, o pongo cualquier cosa. Sé que la semana cambia cada sábado, y cada tanto tomo la calculadora, divido, y si no me da múltiplo de 7 es que algo mal hice. Acto seguido es revisar post por post a ver dónde está el error, y rogar que sea reciente para corregir la menor cantidad de cosas (no creerán que lo voy a dejar así, sabiendo que está mal). He decidido flexibilizarme y solo corrijo la versión original del blog, que está en WordPress. La de Clarín sigue igual porque tengo la sospecha de que ya casi nadie entra ahí…

En fin, hoy no fue la excepción, y cuando quise comprobar si venía bien, estaba desfasado por dos días. Hace un tiempo me hice una tablita para saber qué días corresponden a cada semana, pero esto solo funciona si USO la lista. Como la agenda que me regalaron, con la que estaba convencido que me iba a organizar mejor. Anoté todos mis compromisos más próximos, la cerré y la guardé, para no volverla a abrir.

A quien le gusten los datos estadísticos, así es cómo debería organizarse este año:

Semana 1: 1 al 7
Semana 2: 8 al 14
Semana 3: 15 al 21
Semana 4: 22 al 28
Semana 5: 29 al 35
Semana 6: 36 al 42
Semana 7: 43 al 49
Semana 8: 50 al 56
Semana 9: 57 al 63
Semana 10: 64 al 70
Semana 11: 71 al 77
Semana 12: 78 al 84
Semana 13: 85 al 91
Semana 14: 92 al 98
Semana 15: 99 al 105
Semana 16: 106 al 112
Semana 17: 113 al 119
Semana 18: 120 al 126
Semana 19: 127 al 133
Semana 20: 134 al 140
Semana 21: 141 al 147
Semana 22: 148 al 154
Semana 23: 155 al 161
Semana 24: 162 al 168
Semana 25: 169 al 175
Semana 26: 176 al 182
Semana 27: 183 al 189
Semana 28: 190 al 196
Semana 29: 197 al 203
Semana 30: 204 al 210
Semana 31: 211 al 217
Semana 32: 218 al 224
Semana 33: 225 al 231
Semana 34: 232 al 238
Semana 35: 239 al 245
Semana 36: 246 al 252
Semana 37: 253 al 259
Semana 38: 260 al 266
Semana 39: 267 al 273
Semana 40: 274 al 280
Semana 41: 281 al 287
Semana 42: 288 al 294
Semana 43: 295 al 301
Semana 44: 305 al 308
Semana 45: 309 al 315
Semana 46: 316 al 322
Semana 47: 323 al 329
Semana 48: 330 al 336
Semana 49: 337 al 343
Semana 50: 344 al 350
Semana 51: 351 al 357
Semana 52: 358 al 364

Nótese que la Semana 52 termina en el día 364, viernes, cuando se corre la Espartatlón (porque los años son 52 semanas, más un día, excepto los bisiestos que solo sirven para complicar aún más las cosas).

Solo espero prestar un poco más de atención, verificar bien el dato de en qué día estoy (aunque me interese a mí solo), y no volver a dejar a nadie encerrado…

Semana 44: Día 302: Buscando gimnasio

Estoy a ocho semanas de terminar el año de entrenamiento. Dos meses en los que quiero afilar el lápiz. Con el viaje a Perú, sumado a que mi base de operaciones (la casa de Vicky) cambió, abandoné el gimnasio. Tengo un par de mancuernas con las que estoy manteniendo lo que gané de bíceps y tríceps, pero me está haciendo falta profesionalizarme.

En el comienzo de Semana 52, la musculación comenzó en mi casa. Orientado por mi entrenador, Germán, empecé dándole mucha importancia a los hombros. De a poco, se fueron desarrollando, mientras perdía peso a lo pavote. Fui ganando fuerza en los brazos, y lo noté cuando mis flexiones dejaron de ser las más lastimosas del mundo.

Cuando empecé a ir a un gimnasio, conseguí uno de esas cadenas (que empiezan con S y terminan con portclub) gracias a un amigo que me consiguió un importante descuento. Aún así no era barato (al menos para mi economía), pero los servicios eran muy buenos. Tenía varios niveles, pileta climatizada, máquinas nuevas y en buen funcionamiento, buen servicio de limpieza, y no uno, ni dos, sino seis plasmas, sintonizados en diferentes noticieros, canales de deportes y el Fashion TV.

Luego comencé mi relación con Vicky. Muchos me aseguraron que Semana 52 moría el día en que me pusiera de novio. No ocurrió, aunque es cierto que empecé a pasar mucho más tiempo con ella, frecuentando su barrio. Fue entonces que me vi en la necesidad de encontrar un gimnasio que me quede más a mano. El tema del entrenamiento es que muchas es un fino equlibrio entre la rutina, el presupuesto y la motivación.

Así fue que me puse a buscar algo más a mano, que no me quitase tanto tiempo y que no se saliese de mi presupuesto. Intenté con la otra cadena, esa que suena parecido a Megatrón (villano de Transformers), pero requería que pagase seis o doce meses por adelantado. Puedo comprometerme con una mujer, pero ¿con un gimnasio? Para colmo me fastidió un poco que entré en esta sede a preguntar el precio de la cuota, y no me lo querían decir. Me hicieron llenar una planilla, me explicaron los veinte mil beneficios que tenían, pero de costos, nada. Pregunté varias veces, y siempre me mencionaban algún servicio extra de tal o cual plan, o me ofrecían hacer una recorrida por las instalaciones. Finalmente confesaron la pequeña fortuna que costaba su membresía.

Opté por hacer la prueba en un gimnasio más “de barrio”, de esos por los que pagaba 20 pesos para tener acceso full (me avisan que me quedé en el tiempo y que eso no existe más). Cruzando, enfrente de departamento de Vicky, hay un Planet Fitness, que es más austero que las otras cadenas, pero casi igual de cara. Así que estaba medio en la misma.

Cuando me iba a rendir y a pagar lo que me pidieran, me crucé con lo que buscaba. Esos gimnasios con olor a club, que no se preocupan tanto por la estética, ni tienen seis plasmas (lástima, me voy a perder la resolución del reality de pintores que daban en el Fashion TV). Las máquinas están bastante bien, aunque alguna da la impresión que si me raspa podría darme el tétanos. Pero es la opción que necesito: entrenar sin ataduras, por si el día de mañana cambio de barrio y necesito empezar de nuevo. Hay diferentes motivos para elegir un gimnasio adecuado. En mi caso responde a cercanía y comodidad. Si es un lugar ostentoso o no, me da bastante igual. Después de todo, el Indio Solari lo puso muy bienuna vezz: el lujo es vulgaridad, dijo, y me conquistó.

Semana 43: Día 301: Mejor que correr es haber corrido

No niego que la experiencia de correr es gratificante. Se superan barreras, se estimula todo el cuerpo, se liberan endorfinas. Pero generalmente nos exigimos y sometemos a nuestro organismo a un gran estrés. El ultramaratonista Dean Karnazes recuerda que su entrenador, Bernard Emil Weik II, le preguntó cómo se sentía después de haber ganado una carrera de kilómetro y medio. Cuando él le contestó que muy bien, su mentor le respondió “Entonces no te esforzaste lo suficiente. Se supone que tiene que dolerte un montón”.

Alejandro Dolina dijo una vez que mejor que escribir es haber escrito. Me gusta extrapolarlo a otras actividades de la vida. Mejor que correr es haber corrido. Está bueno competir y entrenar, pero mucho mejor es terminar una carrera.

En esto suelo pensar durante una competencia. Lo tenía muy presente durante los 7 km de Kleenex. Hacía frío (2 grados bajo cero de sensación térmica) y me costaba mucho respirar por la congestión. Arranqué fuerte, para separarme lo más posible del malón, y no pude sostener ese ritmo. Me dolía el costado (típica señal de que estaba respirando mal) y como en todas las carreras, quería terminar de una vez. Esa sensación de “qué hago acá, terminemos de una vez con esto” la he tenido en otras distancias. Es la mente la que quiere acabar con el suplicio, y se activa de acuerdo a los kilómetros hasta la meta. Si estamos en medio de una maratón, recién puedo llegar a sentirlo a los 30 km. Si es algo más corto, como la San Silvestre, también lo voy a sentir, sólo que mucho antes.

Y todo el sufrimiento, la ansiedad por terminar, e incluso los dolores, desaparecen al llegar a la meta. No importa el cansancio, que creamos que llegamos al límite. Ya divisar la llegada, un shock de energía corre por nuestro cuerpo. Este estímulo emocional (que impacta en lo físico) y nos da fuerzas para un sprint final.

Cada vez que sobre los últimos metros me sentí pésimo, al cruzar la línea de llegada, todo terminó. La sensación es generalmente la misma, una especie de entumecimiento, como si estuviésemos en paz absoluta. Y la alegría del objetivo cumplido. Alguna vez he pensado “no sé de qué me quejaba, no fue tan terrible, y me quedan energías para un poco más”. Ahí puedo llegar a cometer el error de creer que me podría haber esforzado más, que tendría que haber corrido más rápido, pero la verdad es que cuando corremos estamos escuchando a nuestro cuerpo. Lo que hicimos durante la carrera ya quedó en el pasado, y más que pensar en lo que hicimos o dejamos de hacer, conviene adelantarse a la próxima competencia, en la que podamos incorporar eso que aprendimos.

Semana 32: Día 218: Traspasar la barrera

El público se renueva, así que voy a volver sobre un tema que ya he tratado: Los límites.

Pareciera que lo que más le cuesta a un deportista recién iniciado es conocer su umbral. ¿Hasta dónde esforzarse? ¿Cuál es el límite entre lo sano y la lesión? Lamentablemente, nadie tiene la respuesta. Sólo nosotros conocemos a nuestro cuerpo, y sabemos qué lo hace andar. Es el equilibrio perfecto entre la capacidad física y la motivación.

Pareciera que los corredores no podemos evitar estar todo el tiempo intentando reclutar gente en nuestras filas. Nos hace tan bien el deporte, nos embriagamos de endorfinas, que queremos que el resto de quienes nos rodean lo experimenten. Así es que me he convertido en un aficionado de la motivación, intentando convencer a la gente de que los límites están en la cabeza. Pero intento usar no sólo mi experiencia, sino la de las propias personas. Un compañero de los Puma Runners corrió la Merrell de Tandil. Hizo los 27 km, lo cual no es poco, sobre todo teniendo en cuenta la cantidad de cuestas que había que conquistar, las rocas, desniveles, etc. Y ahora se viene una Maratón en Córdoba, y los últimos entrenamientos estuve pinchándolo para que se anote. Él no está seguro de lograrlo, y lamentablemente tiene razón. Es difícil ir en contra del instinto de autopreservación. Si no cree que pueda hacerlo, probablemente no pueda.

El tema, justamente, es que ya demostró una enorme capacidad física. 27 km en las sierras no son para cualquiera. 42 km en el llano, aunque es una experiencia con sus diferencias, no debería ser mayor desafío para el cuerpo. Dicho de otra forma, no terminaría más “roto” que en Tandil. O sea que el cuerpo está apto. Falta traspasar esa barrera que nos imponemos para averiguarlo.

Me fastidia cuando hay corredores que quieren debutar en una distancia, y le recomiendan no hacerlo. Cuando subestimamos a alguien, podemos llegar a imponer inseguridades que no estaban. Alguna vez tenemos que hacer una distancia enorme por primera vez. ¿Cuál es el sentido de intentar retrasarlo? Es uno quien sabe si está listo o no, y la mejor forma de confirmarlo es haciéndolo. No es cuestión de desoir consejos, sino de no sobreprotegernos. Correr es, en gran medida, un medio, cuyo objetivo es llegar. Si en nuestra cabeza creemos que llegamos, tenemos la mitad del recorrido resuelto. Faltará la cuestión física. Y si conquistar ese desafío implica estar dolorido dos o tres días seguidos, ¿es eso una limitación? Si sólo corriésemos carreras en las que no sufriésemos ningún dolor ni consecuencia, ¿cuánto tardaríamos en avanzar? Probablemente años.

Alguna vez dije algo medio al pasar, y probablemente lo haya leído en algún otro lado, pero entrenar no deriva en degeneración. Es lamentable que haya gente que piense así, y lo he escuchado incluso de atletas. Hacer deporte implica progresar, y desafiar los límites deriva en mejorar, física y mentalmente. Ir animándose a más, con mayor seguridad a cada paso.

Así que, si alguien te dice que no podés, está proyectando sus inseguridades y su desconfianza en vos. La mejor forma de averiguar si podemos realizar cierta distancia o conquistar tal desafío es haciéndolo. ¿Hasta dónde esforzarse? ¿Cuál es el límite entre lo sano y la lesión? Al principio dije que nadie tenía la respuesta. Bueno, era mentira. Es uno el que sabe (para ser más precisos, es uno el que lo decide). Y si una determinada carrera es una intriga, el mejor consejo que podría dar es averiguarlo. Está bueno cruzar una meta, pero si es una distancia en la que nos sentimos absolutamente seguros, ¿cuál es la gracia? ¿Cuál es la diferencia entre eso y entrenar? Las carreras deberían ser donde traspasemos la barrera de nuestras inseguridades, de la duda, de la inexperiencia. Somos quienes más nos conocemos, y sólo así podemos conocer nuestros límites. Y cuando los descubramos, sabremos cuál será nuestro próximo objetivo a superar.

Semana 26: Día 177: Entrenamiento vs. carrera

Ayer por la noche entrenamos con los Puma Runners, zurcando el terreno embarrado y esquivando algún ocasional charco. La idea era evitar el asfalto, para ir practicando en un suelo más parecido a la Merrel de Tandil, que va a tener lugar el próximo 13 de marzo.

Mientras corríamos, me di cuenta de que es muy difícil igualar las condiciones de una carrera. Más allá de que intentemos hacer cuestas y prepararnos para las sierras, las condiciones mentales previas a una competencia son imposibles de imitar. En el entrenamiento no existe esa adrenalina típica, ni contamos con puestos de control, ni personas alentándonos. Y es más fácil ponerle un freno a nuestro entusiasmo ante un dolor o una lesión. Conozco casos de corredores testarudos que, con desgarros en ambas piernas, se negaron a abandonar la carrera, y esperaron hasta recuperarse para seguir. Esa tozudez no existe en un entrenamiento. Lo lógico es que, ante esa situación, nos vayamos a casa a descansar.

Por lo menos en mi caso, cuando entreno, aunque esté pensando en una Merrel en particular, jamás repito las condiciones. Estas serían, por ejemplo, estar 3 horas corriendo sin parar. En los entrenamientos segmentamos los tramos y elongamos, tomamos agua, recuperamos el aire. Por supuesto existe gente que es más consciente de su cuerpo y sus limitaciones, y en una competencia se toma las cosas con más calma. Pero yo no puedo, en una carrera lo dejo todo. Por suerte no me ha tocado lesionarme mientras competía (toco madera), pero sé que tampoco querría abandonar. Después de la largada, cuando el reloj empieza a contar los segundos, es como si me olvidara de las precauciones. Sí, voy a intentar no lastimarme, pero es el momento en donde se juega todo lo que incorporamos en el entrenamiento. Ahí el esfuerzo se multiplica, no hay lugar para el descanso. Es a todo o nada.

Pero aunque no podamos imitar al 100% las condiciones de una carrera, tenemos que intentarlo. Es por eso que no cancelamos el entrenamiento si llueve, o hace frío, o si caen meteoritos. ¿Cómo sabemos si el día de la competencia no va a estar así? Tranquilamente podemos encontrarnos con barro, charcos y condiciones que son hasta menos favorables que cualquier entrenamiento en la ciudad. En la Merrel Nocturna 2010 montones de corredores estaban petrificados ante una zanja que, aunque la cruzasen de un salto, iba a mojarlos o a ensuciarlos. ¿Qué esperaban encontrarse? ¿Uno de esos caballeros de los dibujos animados, que tiraba su capa arriba de un charco para que la señorita pudiese caminar por encima?

Alguna vez hemos dicho “prefiero romperme en la carrera y no entrenando”. Quizá sea algo bastante irresponsable, pero probablemente la mayoría de los corredores piense así. En el entreno se tienen muchos cuidados: si no te da el aire o las piernas, te tomás el colectivo y te vas a tu casa. Todos hemos parado más de vez. Pero en medio de una competencia, con la adrenalina bombeando por todo nuestro cuerpo, nuestros límites se alejan exponencialmente. Tenemos más tolerancia al cansancio, al calor, al frío, al dolor. Aunque suene paradójico, es algo que no se puede entrenar. Sólo lo vamos desarrollando con la experiencia, lo vivimos cada día que participamos en una carrera.

Semana 25: Día 170: El orgullo del deportista

Todos los deportistas somos, en el fondo, seres orgullosos. Lamentablemente esta palabra ha tenido mucha mala prensa. No es para menos: las peores decisiones se han tomado en su honor.

En la Ilíada podemos ver cómo se desata una guerra de 10 años, que se origina y se termina por orgullo. Aquiles, ofendido, se niega a pelear, y disimula que no le importa la contienda. Los troyanos (no los virus, sino aquel pueblo griego) se niegan a entregar a Helena, y los aqueos no se darán por vencidos hasta recuperarla y conquistar la ciudad de muros impenetrables. Finalmente, el caballo de madera que esconde al astuto Ulises y sus cuatro guerreros, termina siendo la perdición de Troya: ingresan a la escultura (decorada con oro y piedras preciosas) al centro de la urbe, convencidos de que es un trofeo.

Con menor vuelo literario e histórico, día a día hacemos o dejamos de hacer cosas por orgullo, que no es otra cosa que una forma de cuidarnos. Nos preocupa nuestra imagen, es inevitable (y quien lo niegue, probablemente mienta). Para no generalizar ni prejuzgar, voy a ponerme de ejemplo, y quizá alguno haya pasado por algo similar. Recientemente, en el gimnasio, estaba trabajando hombros con técnica de carrera. Esto es tomar un par de pesas pequeñas, ponerse con piernas flexionadas, una delante de la otra, y empezar a mover los brazos adelante y atrás, como si estuviese corriendo. Y generalmenta hago este ejercicio frente al espejo, imaginándome que así me veo al correr. Y en esta oportunidad me distraje, hice un movimiento discordinado, y por un mísero centímetro terminé dándome una de las pesas en la cadera (sobre un hueso otrora protegido por grasa). Me dolió muchísimo.

¿Me detuve, acaso? ¿Largué las pesas y empecé a insultarme a mi mismo y a mi torpeza? No, seguí como si nada hubiese ocurrido. No era que alguien me estuviese viendo, pero ante esa remota posibilidad, intenté hacer que no pasaba nada y terminé el ejercicio. Tengo una pequeña marca roja, que dos días después sigue doliendo, pero mi orgullo está intacto: nadie me vio golpearme, y si lo hicieron, no vieron a un tipo retorciéndose de dolor. Pero no fue una acción premeditada, sino un acto reflejo.

Esta otra escena es conocida por todos: vamos caminando por la calle, tarareando para adentro una canción, pensando en la próxima factura a vencer, cuando -imprevista- una baldosa se levanta y traba nuestro andar. Nos tropezamos, pero venimos a una velocidad tan apacible que logramos mantenernos en pie. Ese trastabilleo, en el 98% de los casos, lo disimulamos con una carrerita, como si espontáneamente hubiésemos decidido echar a correr porque llegábamos tarde a algún lado. Es miedo al ridículo. Y el orgullo es un poco eso, cuidar nuestra imagen ante los demás.

En el running, este sentimiento de disimular nuestra debilidad o torpeza puede convertirse en un silencioso aliado. Más de una vez la cabeza pedía parar, el cansancio dominaba, pero esa sensación de tener ojos sobre nosotros nos obligaba a seguir (cualquier psicólogo diría que esa mirada que sentimos es nada menos que la propia). Yo soy partidario de sobrepasar los límites, porque generalmente son inseguridades. Y esa desconfianza hacia nosotros mismos, presentada en la forma del orgullo, termina alimentándonos, dándonos el impulso extra que necesitamos.

¿Es malo estar pendiente de lo que piensan los demás? Seguro. ¿Está mal usar eso para esforzarme y ampliar los horizontes? No creo. Lo que cuenta es el resultado. A un deportista, su deseo de disimular flaqueza ante los demás, le puede jugar una mala pasada. Puede llevarlo a tomar pésimas decisiones. Lo admito, el orgullo es mala consejera. Pero todos, en algún momento, hicimos de cuenta que éramos más fuertes que lo que creíamos. Y, en la gran mayoría de los casos, ese “disimulo” no era tal. Se puede fingir flaqueza, no fortaleza.

Si por orgullo no abandonamos una carrera o disimulamos nuestro cansancio, ¿no quiere decir que, en definitiva, somos mejores que lo que pensábamos?

Semana 23: Día 160: Entrenar con música

Silvina Luna aparece pura y exclusivamente para generar tráfico en este blog

Cuando corro no me gusta escuchar música. Cuando entreno en el gimnasio sí. Me llama la atención.

Como conté, brevemente y hace tiempo, me resulta incómodo correr con auriculares. De hecho empecé a buscar modelos deportivos, para que no se me caigan mientras corro. Alguna vez me armé de paciencia, y mientras los cositos se soltaban de mi oído y se arrojaban al vacío, yo pensaba “¿para qué me estoy haciendo tanto problema?”.

No creo que a todas las personas les pase lo mismo, así que este post debe ser tenido en cuenta como una inmensa subjetividad. Cuando corro me gusta pensar. Sé que si los auriculares no se cayeran, no prestaría atención a la música. Estoy más concentrado en la respiración, en mirar dónde piso, en repasar futuros viajes, carreras… a veces estoy muy cansado, y mi atención está puesta en disimularlo. Las piernas empiezan a quemar, y sólo puedo pensar en llegar, tomar agua, y recompensarme al final con una deliciosa manzana verde. ¿Cómo prestaría atención a Madonna cantando Don’t tell me?

Pero es muy distinto a cuando voy al gimnasio. Ahí creo que me volvería loco si no escuchase la radio. Mi preferida es la Metro, y por el horario en que entreno, siempre escucho Día Perfecto. Me sirve además de guía. Si anuncian que está llegando Perros de la Calle es que estamos cerca de las 10 de la mañana, y se me está pasando el día. Por supuesto que en el gimnasio hay un reloj, pero mi pensamiento es más pavloviano.

Lo que no soporto son algunas publicidades (“Claromecopa”, te estamos mirando). Eso me da indicio de que sí estoy prestando atención. Escucho con detalle los comentarios de Osvaldo Bazán, y las acotaciones (siempre graciosas) de Federica Pais (me voy a confesar, tengo esperanzas de que nombrando a Federica, haya gente que la googlee y termine llegando a este blog… ya que estamos, voy a agregar “cola”, y “desnuda” para cerrar la trampa). He intentado otras radios, alguna vez que estaba muy estresado y no soportaba los comentarios ni las publicidades, me pasé a música clásica. Alguna vez a la Aspen, con temas ochentosos (mi teoría es que la música de los años 80 le causa nostalgia incluso a la gente que no vivió en esa época).

Entonces, ¿por qué en el running no quiero escuchar música y en el gimnasio sí? Mi teoría es que, al menos en lo que respecta a mi rutina, correr es una actividad grupal. Más allá de que nos separemos y corramos dispersos (cosa que, sinceramente, casi nunca pasa), seguimos largando juntos, y llegando a la misma meta. El gym es para mi una actividad más solitaria. Además no siento que requiera mucha más concentración que correr, es simplemente hacer los ejercicios correctamente, no pasarme del peso y no soltar un disco sobre mi pie. Lo más parecido a pensar que hago es contar las repeticiones. Después, entre el trabajo de un músculo y otro tengo que descansar, y la verdad es que no me podría quedar mirando el techo.

Hay gente que entrena con un amigo y se queda charlando. Sin ánimo de prejuzgarlos, generalmente son las personas que menos entrenan. Yo llego y realmente quiero terminar las rutinas, ducharme (mi momento favorito de la mañana) e irme. Salgo pilas, casi siempre. Pero la diferencia con el running es que ahí me junto con amigos, y prefiero estirar la sesión que ser el primero en escaparme.

La Metro es, netamente, una radio de música electrónica. Tienen el “tema Osvaldo”, donde Bazán pasa un tema sin restricciones de estilo. Me gustan los ritmos marchosos y repetitivos (el 85% de los diseñadores prefiere estos temas). Como hice aquella vez, hace tiempo, voy a recomendar algunos discos para entrenar, sea en el gimnasio o en un trote solitario:

“Dig your own hole” (Chemical Brothers – electrónica)
“Tron Legacy” (Banda sonora del film, por Daft Punk – electrónica)
“Greatest Hits II” (Queen – rock)
“Absurd-Ditties” (Toy Dolls – punk, cuidado que este disco puede causar problemas cardíacos en personas impresionables)
“Charriots of Fire” (Banda sonora del film, Vangelis – instrumental, dedicado a mi padre)

¡Se aceptan sugerencias!

Semana 23: Día 158: Cómo vencer a tu oponente

Disclaimer: El siguiente post debe ser considerado irónico, y como tal no debe ser tomado en serio. Generalmente estas aclaraciones se hacen al final, pero hay lectores holgazanes, y no todo el mundo llega hasta abajo de todo. Piensen en este post como en Semana 52 del Mundo Bizarro, el planeta en el que todo el mundo hace las cosas al revés: dicen “Hola” cuando se van, ríen cuando están deprimidos, y encienden la chimenea cada vez que hace calor.

Muchos me han preguntado si hay algún truco para vencer a otro corredor. Y les digo: no existe uno, ¡sino cientos! Pero por ahora sólo daré unos pocos y me reservaré el resto para mi.

Todos sabemos que en la naturaleza del ser humano está la competitividad. Continuamente debemos demostrar que somos los mejores, hasta el día en que otra persona nos supere y debamos hundirnos en la más absoluta humillación. Ser superiores es lo que nos sacó de las cavernas, hizo que domesticásemos a las bestias, y hoy nos coloca en el último extremo de la cadena alimenticia.

Entonces, ¿cómo demostrar nuestra superioridad?

El primer paso es buscar a alguien que esté en nuestro nivel. Si buscamos vencer a un corredor mucho más veloz, fuerte y astuto, sólo conseguiremos ponernos en ridículo. Existen técnicas para sabotear a un deportista inalcanzable (purgantes, matones, “accidentes”, chantaje, y en última instancia cianuro), pero no queremos demostrar que somos buenos tramposos. Entonces hay que encontrar a un atleta que corra a nuestro ritmo, o que esté un poquito por encima nuestro (algo que no debemos tolerar).

Una vez que hayamos elegido a nuestro enemigo, concentrémonos en odiarlo. De ser posible, consigamos una foto suya (hacerse amigo de esta persona en Facebook le proporcionará una inusitada cantidad de material). Elija una fotografía donde se vea a su contrincante feliz, sin preocupaciones, con una sonrisa espléndida. Guarde la imagen en su computadora, y ábrala todos los días por las mañanas (después del desayuno). Mírela durante 15 minutos. Sólo quite la vista para ver la hora. Frunza el ceño. Dígase a si mismo “Odio a________” (complete con su nombre de pila o ese inmerecido apodo que le han puesto por ser más popular que usted).

Cuando ya se repugne de ser ese bello y perfecto rostro, ya siente odio. Primera etapa resuelta.

Lo siguiente es entrar en el círculo de confianza de esa persona. “Mantén a tus amigos cerca y a tus enemigos aún más cerca“, decía Monty Burns. Si usted ya tiene un vínculo de amistad, perfecto, tiene el camino allanado. Si no, deberá conocer sus gustos, su historia, qué cosas le apasionan en la vida, sus puntos en común. Después de todo, necesita material de charla.

Acto seguido, asegúrese de que entrenen juntos. Mientras corren por las calles, pregúntele por el clima. Cómo está el trabajo. Qué tal le va con los nenes/jefe/cónyuge. Su objetivo es conseguir que su oponente hable, que gaste aire y se canse. Usted limítese a escuchar y a preguntar de tanto en tanto, para mantener la conversación. Asienta con la cabeza cada 10 palabras. Cuando falten 200 metros para finalizar el entreno, aunque esté en medio de una conmovedora anécdota, aplique un demoledor sprint que deje atrás a su enemigo. Cuando la otra persona llegue detrás de usted, asegúrese de regodearse en qué lento fue su paso y en cómo debería dedicarse a charlar menos y correr más. Aplaste su moral.

Existe una técnica para elegir a un contrincante al azar durante una carrera. Esta persona puede ir rotando durante la competencia. Mientras vaya pasando corredores, haga observaciones en voz alta del tipo “Pffff… ya me estaba aburriendo de ir tan lento”. Desmoralice con frases del tipo “Cuando empecé también me costaba correr”. Recuerde que lo que diga debe ser corto para que sus oponentes lo escuchen mientras usted pasa rauda y velozmente a su lado.

Si usted es hombre, sabrá que es inaceptable que una mujer lo pase. De ocurrir, dedique sus últimos esfuerzos a vencerla. Intente concretar una cita con ella. Dígale que es la corredora más hermosa que ha visto, que las flores abren sus pétalos al ver su belleza, o alguna tontería por el estilo. Lo que sea para detenerla. Si consigue su teléfono o su e-mail, no la llame nunca.

Si usted es mujer, utilice una técnica similar. Bambolee sus caderas en forma seductora. Los hombres no querrán pasarla para no perderse el espectáculo. Pero si compite contra otra chica al azar, emita un quejido y pídale ayuda. Dígale que tiene un terrible dolor en alguna parte del cuerpo, alguna de esas cosas que le pasan a las mujeres. Cuando se detenga, finja que la ayudó y que estará eternamente agradecida. Corran juntas. Si se distrae, asegúrese de que la sigue y salgan del camino. Si no, dígale que conoce un atajo. Si salen de la carrera, por lo menos se asegurará de que ninguna de las dos gane. Si falla y su falsa molestia no logra su compasión, asegúrese de correr al mismo ritmo y mortifíquela toda la carrera por ser una persona tan egoísta.

El último recurso que podría recomendar es, si ve a un corredor mejor que usted, entrene todos los días, haga 500 abdominales diarias, empiece un blog de 52 semanas, y dé consejos de qué importante es hacer deporte y no intentar ganar. Llene a la blogósfera de falsos consejos, imponga la tendencia de que lo que cuenta es competir. Y cuando se junte con esos lectores en una carrera, le podrá ganar a todos.

Semana 22: Día 151: ¿Qué cosas te frenan?

Me encantaría decir frases como “He corrido durante toda mi existencia. Desde que mi madre colocó mis piecitos en el suelo por primera vez, eché a correr y no paré hasta hoy”. Pero la verdad es que, aunque participé de algunas carreras de más joven y de que mi papá me alentaba para entrenar, el running no se convirtió en un hábito hasta hace relativamente poco. Con 33 años, llevo dedicándome a este deporte desde los 30, sólo un 9% de mi vida.

Hago esta aclaración porque, aunque tenga la costumbre de escribir todos los días sobre correr y hacer ejercicio, para mi sigue siendo algo bastante nuevo. No pasa una semana sin que aprenda algo, ya sea cómo hacer tal o cual cosa, o cómo no hacerla En estas tres décadas en este mundo, me encontré con muchos motivos para detener la marcha que no fuesen lesiones. Creo que en su gran mayoría fueron trabas mentales, y no fue hasta que empecé a entrenar en serio que reparé en esto. Algunos motivos van a sonar absolutamente válidos. Otros no tanto.

Supongo que las primeras causas para frenar que descubrí fueron dolores físicos. De chicos somos una máquina frenética, que va de acá para allá, jugando, saltando, corriendo. Al final del día sentíamos ese dolor en las piernas, mezcla de cansancio y de los huesos que crecían ante nuestros ojos (bueno, dicen que crecer duele, ¿no?). La primera molestia que me obligó detenerme fue ese típico dolor abdominal que sentimos cuando corremos y no regulamos bien el aire. Con el tiempo (digamos, 25 años más tarde) aprendí a controlar la respiración y hacer desaparecer estos dolores. Allan Lawrence, en su libro “Autoentrenamiento para corredores”, decía que el que descubra las verdaderas causas y cómo evitar estas molestias, se iba a ganar el premio Nobel de Medicina.

Aunque este dolor es bastante tolerable, puede asustar a cualquiera, y el miedo es la antesala a quedarse paralizado. Hace poco más de dos años, entrenando con los Puma Runners, quise sumarme a un contingente de veloces corredores, y a los 5 km tuve que parar por un fuertísimo dolor abdominal. Forcé mucho mi ritmo, y lo pagué. Hoy las cosas son distintas: aprendí a regular el ritmo y el oxígeno, por lo que sigo persiguiendo atletas que son más rápidos que yo, con mejores resultados. Pero no recomendaría hacer esta tontería a alguien que recién empieza. Sólo lleva a la frustración. Hay que buscar el propio paso, y progresar en forma escalonada. Yo quise saltearme etapas… y así me fue.

El principal motivo que me frenó casi toda mi vida, fue una férrea creencia de que yo era un incapaz. Los sábados salíamos a correr con mi papá, para prepararnos para la gran carrera de fin de año en el colegio. Yo corría en la secundaria, en la clase de Gimnasia (aunque insistían en llamarla “Educación Física”), y lo detestaba. Casi nunca, tanto en casa como en el colegio, llegué a terminar los 3,5 km sin parar. En una de esas carreras, salí en la largada junto a mi papá. Pasamos a todos mis compañeros, corriendo codo a codo. En un punto nos separamos, y yo me encontré a punto de terminar. Faltarían unos 600 metros, y me dio pánico. ¿Cómo iba a correr más rápido que los estudiantes que me hacían morder el polvo en clase? Después de una bajada donde las piernas se iban solas, me aparté del camino e hice que me agachaba a atarme los cordones. Sí, no estaban desatados. Dejé pasar a varios de esos compañeros que en Gimnasia me sacaban un par de vueltas. Los había tenido toda la carrera atrás, y era algo que no podía soportar. Retomé la marcha, y aunque al final hice buen tiempo dentro de mi curso, ni siquiera hoy sé por qué no pude tolerar salir primero.

A veces me pasa algo parecido en los entrenamientos. Tiene que ver con un deseo de que mis compañeros Puma no piensen que me quiero “mandar la parte”. No pretendo ser “el mejor”, no compito contra nadie más que mi mismo. Es por eso que, en un acto de falsa modestia, cuando estamos corriendo en grupo, me esfuerzo y doy todo… pero trato de no llegar primero. A veces corro a la par de alguien freno un poquito la marcha, como para llegar segundo. Es una tontería, lo sé. Probablemente nadie esté pendiente de mi, pero en algún punto sigo preocupándome por lo que piensen los demás, y no quiero que me vean como el tipo competitivo que sólo quiere salir primero.

Henry Ford -creo que alguna vez lo mencioné- fue un visionario que revolucionó a la industria automotriz. Estaba lleno de frases muy inteligentes, aunque me cuesta mucho usarlo de referente por su fervoroso anti-semitismo. Me da pena que una persona con tanta sabiduría compense habiendo sido tan xenófoba. Pero tiene una frase que me encanta, y es “Tanto si crees que puedes, como si crees que no puedes, estás en lo cierto”. Y la mente es así de poderosa. Es la que nos frena (probablemente para autopreservarnos), mucho antes de llegar al agotamiento físico. Mientras mi cabeza se había convencido de que yo era un incapaz, no tenía forma de seguir avanzando.

Muchas veces nos ponemos metas. Y no consideramos que podamos pasarlas, nos basta con llegar hasta ahí. Si mi objetivo era correr 6 km, iba a llegar con lo justo. La lengua afuera, los músculos doloridos, casi sin aire. Pero qué asombrosa es la mente humana, si tenía que llegar a 8 km, terminaba en las mismas condiciones. Y esos 6 mil metros que había hecho la semana anterior, se convertían un paso intermedio para llegar a la nueva meta. Así fue cómo el 12 de septiembre de 2010 corrí la Media-Maratón de la Ciudad de Buenos Aires. Terminé los 21 km muy cansado, en el último tramo no podía más, y ver la llegada fue una inmensa alegría. El 10 de octubre (sólo cuatro semanas después) se corrió la Maratón, y me asombró lo fresco que estaba cuando llegué a la mitad (21 km, y todavía me quedaban otros 21 para terminar). Aunque ya conté esta anécdota, creo que sirve para ilustrar que somos nosotros los que nos ponemos los límites, y si superamos las barreras mentales podemos darnos cuenta de que el cuerpo rinde más de lo que creemos.

Muchas veces me pasó de estar bajoneado y decidir quedarme en casa en lugar de ir a entrenar. Ver una película, tirado en el sillón, pareció un mejor plan que salir a patear la calle. Y el bajón debe ser uno de los motivos más difíciles de sortear a la hora de salir a correr. Semana 52 me sirvió de excusa para esquivarle a estas situaciones y no dejar de ejercitarme. Así fue que descubrí que no existió un día en que estuviese desanimado y que correr no me levantase el ánimo. Quizá sean las endorfinas, o la satisfacción de notar que tu cuerpo rinde más de lo que pensabas, pero entrenar te levanta. La tristeza, la melancolía, la angustia, son motivos absolutamente válidos para no tener ganas de hacer nada. Pero la falta de motivación afecta la mente, no las piernas (al menos no en forma directa). Forzándome a llevar adelante este entrenamiento diario me hizo descubrir que, aunque me sentía justificado para quedarme en casa, el ejercicio es el anti-depresivo más barato y saludable que existe.

No sé si la cantidad de cosas que te detienen superan a las que te motivan. Por ahí estén parejas, o quizás una supere a la otra. Pero nunca, jamás, me arrepentí de salir a ejercitarme, mientras que lamenté todas y cada una de las veces en que no me animé a entrenar.

Semana 21: Día 146: Hombres vs. Mujeres

Para nosotros, los hombres, el género femenino es un verdadero enigma, algo que nos pasamos toda la vida intentando decifrar. No puedo hablar por las mujeres, pero entiendo que muchas cosas de este blog son comunes a ambos sexos. Sin intentar desentrañar el misterio que me resulta el género femenino, me pareció interesante investigar las semejanzas o diferencias que existían en el entrenamiento y el rendimiento entre ellas y nosotros.

En los Puma Runners, que es el grupo en donde corro tres veces por semana, hay un porcentaje muy parejo de hombres y mujeres. Existen particularidades a nivel físico que influyen en el rendimiento máximo al que se puede alcanzar. Cualquiera podría asumir que los muchachos dejamos siempre atrás a las chicas, pero no es tan así. Hay corredoras que le pasan el trapo a cualquiera, cuyo rendimiento, obviamente, está relacionado con su constancia y su tenacidad.

Donde más se puede encontrar una suerte de “ventaja” en el sexo masculino es en el desarrollo del tronco: al tener mayor masa muscular nos permite hacer más fuerza. Pero esta diferencia entre ambos sexos se nivela muchísimo en las piernas. Si se toma en cuenta la fuerza en relación al músculo, es ligeramente superior en ellas.

Otra de las características físicas que influyen en el running es que -aunque poseen mayor capacidad para demostrar afecto- las mujeres tienen un corazón más pequeño. Es por eso que su frecuencia cardíaca es mayor, en promedio, que la de los hombres. El menor tamaño del músculo cardíaco hace que envíe menos sangre por latido, y para compensar late más rápido. En esfuerzo las mujeres suelen tener unas 10 pulsaciones más que el hombre. De ahí que en las fórmulas de cálculo de la frecuencia cardíaca máxima y de entrenamiento se diferencie entre sexos, para compensar esa diferencia.

En el entrenamiento, el hombre tiene la ventaja de poseer más hemoglobina, lo que facilita el transporte de oxígeno a través de la sangre. Esto da una respuesta muscular más rápida. Pero las mujeres cuentan con una mayor cantidad de lipoproteínas, las que ayudan a repartir nutrientes a los diferentes tejidos del organismo. Esto les da una facilidad extra, para que la recuperación muscular sea más rápida.

Genéticamente, las mujeres tienen menor masa muscular, lo cual no quiere decir que no puedan hacer los mismos ejercicios que un hombre. La cantidad de músculos y la forma de trabajarlos es la misma. A nosotros nos toca transpirar más, pero esto no tiene que ver con que quememos más calorías. Las glándulas sudoríparas de los hombres producen mayor cantidad de sudor que las de las mujeres (aunque ellas tengan mayor cantidad de glándulas). El flujo de la sangre a la piel es mayor en ellas, por lo que pueden liberar calor por convección (y transpirar menos). Pero la mayor masa muscular, además de que nos hace sudar extra, hace que a los hombres nos resulte un poco más fácil perder peso y mantenerlo.

En un estudio estadístico, se determinó que los hombres miden entre 7 y 10 cm más que las mujeres. Ellas pesan alrededor de 10 kg menos y cuentan con entre 4 y 6 kg extra de grasa. Ellos tienen extremidades más largas y un torso más amplio (ya que hay mayor distancia entre sus hombros), lo que nos otorga una ventaja mecánica para levantar más peso y desarrollar más fuerza. Así y todo, las mujeres cuentan con un 10% más de elasticidad, al igual que de movilidad articular.

A nivel hormonal, la testosterona presente en el sexo femenino es una décima que la que poseen los hombres, y debido a su influencia en el desarrollo de la fuerza y los músculos, ellas tienen menores posibilidades de desarrollar igual fuerza y tamaño muscular, aún cuando se ejerciten de la misma forma. Además las mujeres tienen más estrógeno, que interfiere en el crecimiento muscular e incrementa la grasa corporal. Pero el beneficio de entrenar es el mismo para ambos: capacidad aeróbica, prevención de lesiones, mejor postura y más calidad de vida.

Quizá sea hora de derribar un mito (hace tiempo que no lo hacemos), y tiene que ver con el tema del gimnasio. Muchas mujeres se dedican a los ejercicios aeróbicos, o hacen musculación pero con muy poco peso. Y esto no tiene que ver con la fuerza, sino con el miedo que muchas tienen de desarrollar mucha musculatura (algo que, a la sociedad, no le resulta atractivo). Yo llevo acumulado tres meses de gimnasio, yendo un mínimo de 3 veces por semana y un máximo de 5, y todavía estoy lejos (a años luz) de desarrollar un físico Schwarzenegger. Ni siquiera un físico Brad Pitt. Todavía estoy tonificando, y desde que empecé el gimnasio sólo pude generar 2 kg de músculo (sumado a lo que perdí con el running, me dio que había subido 500 gr). ¡Y supuestamente los hombres tenemos más facilidad para ganar masa muscular! Ese miedo debería ser desterrado, y que las mujeres puedan explotar al máximo el potencial de un entrenamiento con pesas.

En las carreras doy siempre lo mejor de mi. Realmente al llegar a le meta me queda muy poco. Y aunque en la clasificación final suelen diferenciar por categoría femenina o masculina, siempre me encuentro con muchas mujeres cuyo esfuerzo máximo las puso muy adelante de mi. Una pequeña muestra de que, aunque uno u otro tenga ventajas a nivel físico, no existe una regla absoluta. El progreso es parte actitud y parte entrenamiento. Una persona que tenga compromiso y disciplina va a llegar lejos, independientemente de su sexo.

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