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Semana 38: Día 263: Consejos maratonistas

En 12 días va a tener lugar la Maratón de la Bandera, en Rosario, y en 19 se realizará la de Río de Janeiro. Le prometí a unos amigos dar algunos consejos para encarar los 42 km, así que aquí vamos.

Todavía estoy intentando dilucidar por qué la maratón es la distancia perfecta. Quizá tenga algo que ver con nuestra asombrosa capacidad de adaptación. Nuestra habilidad de transpirar a través de nuestra piel y de poder respirar independientemente de los pasos que damos es algo que cualquier animal, incluso los más veloces, envidiarían. Podemos lucirnos en la pista de atletismo haciendo velocidad, pero nuestro cuerpo está diseñado para hacer grandes distancias y hacer un derroche de resistencia.

Sin embargo, esa capacidad que tenemos hay que desarrollarla, hurgar hondo en nuestros genes. Por eso tenemos que entrenar, muy duro. Dudo que exista un corredor que haya recorrido 42 kilómetros por primera vez. Es el fruto de un esfuerzo continuo e ininterrumpido. Nuestros ancestros primitivos hacían cacería por persistencia, cansando a los animales en carreras de un mínimo de 4 horas. Finalmente la presa, incapaz de regular su temperatura interna tan bien como lo hacemos nosotros, caía rendida. Ellos lo hacían para sobrevivir, nosotros lo hacemos por motivos no tan distintos.

Supongamos que el tema del entrenamiento está resuelto. Es imposible encarar una competencia tan ardua faltando dos semanas. Lo cierto es que a esta altura todo lo que hagamos es para sostener, y faltando 7 días el entrenamiento va a ir decayendo. Lo que sí podemos hacer faltando tan pocos días es cuidar lo que comemos. Nuestro cuerpo almacena hasta 2 mil calorías. La idea es que la semana previa llenemos nuestras reservas con los alimentos ricos en carbohidratos, como arroz, papa, pastas, cous cous, cereales. Hay que bajar el consumo de grasas (siempre, pero ahora especialmente), y con el correr de los días ir bajando la ingesta de fibra, hasta abandonarla por completo dos o tres días antes de la carrera. Esto tiene que ver con evitar problemas gástricos.

Durante mucho tiempo corría en competencias y me daban unos dolores terribles en el estómago. Eran gases, que debe ser lo peor que le puede pasar a un corredor porque son muy molestos. Fui aprendiendo a cuidarme antes de las carreras para sentirme lo más cómodo posible.

El gran peligro de una maratón es la deshidratación. Es increíble la cantidad de líquido que perdemos, y eso lo podemos comprobar si nos pesamos un instante antes de correr e inmediatamente después de la llegada. Si tenemos en cuenta que durante la maratón vamos a estar constantemente bebiendo, la diferencia que nos indique la balanza no alcanza para reflejar toda la transpiración que sudamos. Lo ideal es beber mucha agua la semana previa a la maratón. Durante el recorrido vamos a tener puestos de hidratación, pero el agua tiene muchísimos beneficios en nuestro cuerpo, como lubricar nuestras articulaciones. Además, mucho de los calambres que tenemos durante las carreras son indicios de deshidratación. Por eso hay que atender a este punto tanto antes como durante la maratón.

Más arriba hablaba de las 2 mil calorías que almacena nuestro cuerpo. Esto va a cobrar importancia los primeros dos tercios de la carrera. Hay una convención del famoso “muro” que llega en el kilómetro 30. A veces es un poco antes, a veces después. Básicamente es cuando agotamos nuestras reservas y pasamos a quemar principalmente grasas. Este proceso (que siempre comparo con pasar el auto de gas a nafta) es un poco traumático para nuestro organismo, y entre las cosas que podemos llegar a sentir es que las piernas se nos prenden fuego. Además, es el punto en el que empezamos a levantar los puños al cielo y gritar “¡¿Quién mierda me mandó a estar acá?!”. Pero no pasa nada, hay muchísimo de sugestión en esto. El “muro” está en la cabeza. Hay molestias físicas, sí, pero la mejor forma de superarlas es seguir corriendo. El cuerpo se acostumbra, se amolda y sigue. Por supuesto que lo podemos ayudar ingiriendo constantemente alimento, como geles, pasas de uva, frutas, o lo que sea que toleremos. Esto es un punto muy importante: no improvisar en la maratón. Lo que sea que intentemos comer, tomar y hasta incluso vestir, lo tenemos que haber probado en los entrenamientos. Las carreras no son el momento de experimentar e improvisar, en especial las que son tan largas.

Hay quienes dicen que la primera mitad de las carreras hay que hacerlas más lento de lo que a uno le gustaría y la segunda mitad más rápido. En una maratón podría decirse que es algo así. Hay que economizar para tener energía para el final. Los que abandonan (en especial los profesionales) lo hacen porque se queman al principio, intentando poner distancia. Una maratón es una competencia contra uno mismo, y solo se triunfa llegando a la meta. Mi técnica es tomar geles cada 8 kilómetros, siendo el último en el km 32. Y en las maratones siempre hay hidratación cada 5 km mínimo. Hay que tomar líquido aunque no tengamos sed.

Después de cruzar la meta, lo importante es no frenar. O sea, no parar en seco. Seguir con un trotecito suave, e ir bajando de a poquito. Una caminata, seguir activo porque después cuesta arrancar. Cuando en Grecia caí arrodillado en la meta, las piernas se me paralizaron y cuando me quería incorporar me caía una descarga eléctrica que me tiraba al piso. Y lo más extraño de todo son unas ganas increíbles de ir al baño (número dos). Pero es solo la sensación, porque correr toda esa distancia floja los esfínteres. Yo pensaba que no iba a llegar a tiempo al baño, pero era cuestión de estar sentado para que se pasara. Ponerme de pie hacía que esa sensación vuelva.

El hígado va a estar sobrecargado de filtrar la sangre que fluye durante la maratón. Lo peor que podemos hacer es festejar nuestra epopeya con vino y un asado. Conviene seguir cuidándonos el resto del día, almorzar pastas para reponer hidratos. Si pudimos pesarnos, la diferencia de peso entre antes de largar y después de llegar debería ser la cantidad de líquido que tenemos que recuperar.

Difícilmente una mala experiencia nos disuada de volver a intentarlo o de seguir entrenando. Pero el cuerpo necesita recuprarse de todo este trajín, así que hay que correr los días posteriores. Muy suave, tranquilo, regenerativo. Así vamos a acelerar el proceso. En mis primeras maratones los dolores de piernas se iban a los 4 días. Subir escaleras no era problema, bajarlas era un trastorno. Pero lo peor que podemos hacer es creer que tenemos que encerrarnos en casa. Hay que salir a disfrutar del mundo, volver, de a poco, a nuestra rutina. Y vivirlo con orgullo, porque terminar una maratón no es poca cosa…

Semana 22: Día 154: Cómo correr un fondo largo

No nos detengamos en la definición de qué es un fondo largo. Puede ser cualquier distancia, desde 8 km hasta 40. Hay un límite indefinido y muy personal en el que el corredor debe enfrentarse a su propio cerebro, y aquí pretendo decir qué cosas fui aprendiendo en estos años para vencer a ese oscuro personaje llamado yo mismo.

Antes de ser corredor, corría. Pareciera una contradicción, pero hay una inmensa diferencia entre aquella persona que empezaba a trotar en un circuito de 1200 metros, y quien les escribe. No quiero con esto desmerecer a quienes están empezando, obviamente existía en mi interior el germen que iba a desarrollarse en un atleta amateur. En aquel entonces no tenía metas, ni un buen calzado, ni una dieta ordenada, ni mucho menos una guía o plan para ir mejorando. Fui experimentando, y en el camino de la prueba y error, casi sin querer, me volví un corredor. Todavía hoy sigo probando cosas, y aprendiendo. Tiemblo ante la idea de un día darme cuenta que no me queda nada por aprender (o, peor aún, que ya no me interesa). Quizás ese día cuelgue los botines.

Cuando no tenía idea de cómo elongar ni si mis zapatillas eran un lastre más que una buena amortiguación, mi definición de un fondo “largo” era correr 5 km. Era la distancia más lejana que me habían obligado a hacer en el colegio, a mis 13 años, y una década más tarde todavía era una meta muy difícil de alcanzar. No tengo idea cuánto tardé la primera vez que logré aquel objetivo, pero no me extrañaría que me haya tomado más de lo que tardaría hoy en día. Con viento a favor, un terreno cómodo y ningún obstáculo, fácilmente podría hacerlo en 25 minutos. Y eso era un montón en aquel entonces.

Posiblemente ese “aburrimiento” al que uno tiene que enfrentarse cuando no hay nada más que correr, correr y correr, es lo que debe desmotivar a muchos. En esas épocas no existían los iPods, ni siquiera los mp3, y entrenar con un Discman era complicado porque el CD se la pasaba saltando. Alguna vez me hice un mix-tape con un casette de 90 minutos (o sea, 45 por lado), y ahí tenía todo para hacer ejercicio sin detenerme a “pensar”. La inseguridad es una voz que suena fuerte en nuestra cabeza, y yo encontré en la música una forma de bajarle el volumen.

Hoy la tecnología avanzó muchísimo, y un dispositivo del tamaño de mi dedo gordo puede almacenar horas de música. Germán, mi entrenador, descree de estos aparatos, principalmente porque entorpecen que uno escuche su propio cuerpo. Pero cuando tuve que hacer 50 km en un entrenamiento, la radio me ayudó a pasar las horas. Que los iPods permitan guardar tantos temas puede ser un problema, porque en lugar de armar la lista selecta que nos va a acompañar en nuestro fondo, metemos todo lo que podemos, y a la larga siempre terminamos avanzando esas canciones que por alguna extraña razón no nos animamos a borrar definitivamente. Así, en un playlist de 50 temas, terminamos escuchando los mismos 5, una y otra vez.

Hacer un fondo es una actividad solitaria, rara vez lo vamos a poder compartir con alguien, en especial si lo hacemos fuera de un ámbito de carrera. Pero sí, es cierto, hay que escuchar al propio cuerpo, así que no está mal hacerlo solo e ir probando a ver cómo nos adaptamos. Como dije anteriormente, los fondos son ejercicios mentales, donde corremos contra nuestras inseguridades.

La preparación previa es muy importante. Comer liviano, no llenarse de fibras, estar muy bien hidratado (beber mucha agua los días previo, no solo mientras estemos corriendo). Después de probar varios métodos, descubrí que el mejor para evitar irritaciones es la vaselina sólida. Antes nunca tenía problema. Corriendo unos 20 km, distancia considerable, la transpiración de mi ropa no llegaba a ser una molestia. Pero al estar rozando la tela empapada de transpiración con la piel de mi cintura, me vivía lastimando. Esta lenta y constante autoflagelación llega a su punto máximo cuando nos vamos a dar una ducha, y el agua toca la zona herida. Un ardor insoportable. Pero bueno, la vaselina, que se compra en cualquier farmacia, demostró ser lo mejor.

Hay que cuidar los pies, siempre. Yo conseguí unas medias anti-ampollas en España. Me compré tres pares y los voy alternando, hasta que haga como toda mi ropa y las destruya por el uso. Envaselinarme dentro del calzado siempre me pareció un tanto repugnante, sobre todo esa sensación de correr pisando pescados. La cinta hipoalergénica, como siempre, comprobó que no sirve para nada.

Los circuitos cortos no me resultaron nunca. Puedo hacer un ida y vuelta, o recorrer toda la circunferencia de una plaza, pero eso de hacer una ultramaratón de 48 hs en una pista de 400 metros, nunca lo entendí. Me gusta definir un punto de inicio (que generalmente es mi casa), y que el fondo sea ir y volver. Ante un fondo largo-largo conviene empezar de mañana, lo más temprano posible. Al despertar las hormonas están en su mejor nivel, y no arrastramos el cansancio del día. Como todo, seguramente exista gente que encuentra mucho mejor entrenar a la tarde. Lo cierto es que no existe una fórmula. Yo puedo aconsejar, con la ilusión de que alguno que lea esto viva lo mismo que viví. Pero cada persona es un mundo, y lo que a uno le funciona, no necesariamente le servirá al otro.

Hay algo innegable y es que, mientras corremos, es imposible dejar de pensar. Un fondo largo tiene que ser la oportunidad de relajarnos (aunque parezca contradictorio) y dejar atrás cualquier preocupación. En mi caso se convirtió en una actividad de esfuerzo físico, pero también de mucha paz. Si yo, que odiaba correr y en Educación Física se la pasaba caminando, pude superar mis barreras, cualquiera puede hacerlo. Es solo cuestión de ser constante y no escuchar la voz de la inseguridad. Con paciencia y perseverancia, cualquier fondo pasa a ser más corto y entretenido.

Semana 39: Día 266: Consejos para tu primera maratón

Este post te puede llegar a interesar, si es que pensás correr 42 km por primera vez. Pero está dirigido puntualmente a Vicky, a quien voy a acompañar este domingo a vivir la gloria maratoniana…

El deporte es una actividad a la que le ponemos el cuerpo, pero todo está en la cabeza. Todo. No te hagas mala sangre, no te angusties, no te pongas ansiosa. Porque va a ser la determinación la que te lleve a la meta. Ella va a ser la que haga que tus piernas corran esos últimos kilómetros, cuando empezás a tomar dimensión de la locura en la que estás inmersa. Por eso, dedicate a disfrutar, y dejá el análisis de toda esta movida para las pastas post-carrera.

No intentes ir por encima de tu ritmo siguiendo a otro. Seguí a quien creas que tiene tu ritmo y que te puede ayudar a mantenerlo. Eso se llama “sentarse”, aunque estés haciendo absolutamente lo opuesto. Sentate en otro corredor, pero que no sea yo (porque yo voy a sentarme en vos, justamente). La primera maratón es la base, no es para ganarle al reloj. Acá estás sentando el precedente que el día de mañana podés intentar vencer. Pero ahora este es tu debut, y el objetivo es llegar.

Seguro recibiste montones de consejos (yo suelo darlos por demás), pero un error común es intentar la fórmula de otra persona. No es recomendable para una competencia tan exigente como una maratón, pero lo cierto es que estás haciendo tu propia experiencia. Por eso tu próximo desafío de 42 km va a ser tan diferente: vas a tener un precedente, vas a saber qué funcionó y qué no. Yo tuve suerte de haber sido bien asesorado, pero la verdad es que aprendí muchísimo por mi cuenta. Por ejemplo, en qué momentos tomar geles, cuándo necesitaba agua, y en qué kilómetro me iba a tocar el bendito muro. No llegás a correr una maratón sin haber tenido carreras previas. Confiá en tu propia experiencia, y concentrate en seguir sumando conocimiento.

No le tengas miedo al dolor. Eso es bueno, aunque nadie quiere sufrir. Mientras puedas seguir corriendo, vas a poder aguantar. Tenés mucha fortaleza adentro, y toda esa tenacidad y esa determinación no la pueden parar unos cuádriceps doloridos, o una ampolla que se revienta. Si te lo ponés a pensar son nimiedades, dentro de todo ese espectacular esfuerzo que estás haciendo. Todas esas cosas pueden esperar hasta cruzar la meta.

Todos te van a decir “hidratate”. Es importantísimo, pero hay que ser bastante tonto para dejar pasar cada uno de los puestos de hidratación. Yo más bien diría “comé”, porque en la maratón se queman un promedio de 3 mil calorías. Geles, gomitas, pasas de uva, turrones, lo que creas que te va a hacer bien, lo que sepas que tolerás, y lo que sientas que te da energía. Por supuesto, nada de eso lo vas a poder procesar si no estás bien hidratada.

La parte más dura de la maratón es a partir del kilómetro 30. Ahí se agotaron las reservas, los músculos queman, y la meta parece más lejana que cuando largaste. Se pasa poniendo un pie delante del otro, y consumiendo energía. Es cierto, uno lo transforma en un cuco, y en verdad le termina dando más poder del que tiene. Como todo, pasa, y cuando veas que la meta está a la vista, vas a ver que salen fuerzas donde antes no había.

Cuando cruces la meta, no te detengas en seco. Seguí caminando, aunque las piernas tiemblen y la panza duela. Frenar de golpe es una estupidez que hice una vez, en Grecia, cuando nos separaban 11 mil kilómetros, y después no me podía levantar. Dale la oportunidad a los músculos de que pasen ese momento de tensión y adrenalina. Cuidalos porque van a haber hecho un esfuerzo descomunal.

Y lo último que me queda por decirte es que disfrutes. Que no dejes de mirar a otros corredores, de charlar, de darles aliento y de aceptarlo cuando lo recibas. Sentite orgullosa de todo esto que deseaste y que ahora estás llevando a cabo.

Estoy muy orgulloso de vos.

Semana 23: Día 159: Leé este post si querés empezar a correr

Hay algo de lo que me siento orgulloso, y es que un año y medio después de empezar este blog, sé un poquito más de running que cuando empecé. No es ningún mérito, sería un gil si estoy todos los días escribiendo sobre esto y no retengo nada. A fuerza de correr más y prestarle atención a cómo eso me iba afectando, aprendí algunas cosas. Una de ellas es que no tiene sentido descubrir cosas y guardármelas. Solo tiene sentido si, además de servirme a mí, se lo puedo transmitir a otra persona.

Hoy me junté a almorzar con Pablo, un amigo al que no veía desde hacía casi 5 años. Los dos somos del ámbito del diseño, pero cuando nos juntamos la última vez, el running no formaba parte de mi vida. Para eso faltaba todavía unos meses, más algunos años para empezar con Semana 52 y dar un giro en mi vida.

La primera impresión que se llevó fue un cambio en mi aspecto: más delgado. Cuando fuimos a comer y le quemé la cabeza con el running, las maratones, espartatlones, y un atlético etcétera, notó que además estaba más equilibrado. De alguna forma le contagié la epidemia del running, y empecé a darle algunos consejos para poder empezar. Alguna vez ya hice esto, pero no solo el público se renueva, sino que en este trayecto aprendí más cosas que vale la pena mencionar.

Mi primer cosejo fue: Necesitás un tiempo para vos. Cuando uno es soltero, el 100% del día es para uno mismo. Si establecés una relación con otra persona, se reparte entre los momentos individuales y los de la pareja. Si llegan niños, los tiempos se vuelven a segmentar. Y lo que uno sacrifica primero es la individualidad. En este contexto es difícil hacerse un espacio para correr. Pero es sano y necesario, te permite estar en armonía y relacionarte mejor.

Segundo consejo: Consensualo con tu esposa. No todos tienen la inmensa suerte de que su pareja sufra de runningitis, pero eso no quita que pueda entendernos y apoyarnos. Hace falta dedicarnos tiempo para correr, y quizá eso sacrifique ciertos compromisos matutinos, como llevar a los chicos al colegio, o vespertinos, como ir a buscarlos. La ayuda va a ser muy valiosa.

Tercer consejo: Tené constancia. Es común, por estar en medio de un período de adaptación, desmotivarse, o excederse por inexperiencia, y ante dolores y molestias, retroceder y pensar “esto no es para mí”. No existen los resultados inmediatos, lo que funciona es elegir ciertos momentos en la semana, y respetarlos.

Cuarto consejo: Usá calzado adecuado. Tuvimos un integrante de nuestro grupo de running que fue a su primera clase con unas Topper de lona. Le advertimos los dolores que iba a sentir al día siguiente. No hace falta comprarse unas Asics a todo trapo, con hacerse de unas zapatillas con buena amortiguación se puede empezar. Hay que reducir el riesgo de una lesión al mínimo.

Quinto consejo: Intentá no aburrirte. Correr es algo divertido, y si empezamos en una cinta, o si solo damos vueltas a la manzana, la monotonía nos puede liquidar. Es mejor armar un itinerario donde el paisaje cambie constantemente. Es muy bueno sentir que se está constantemente avanzando.

Sexto consejo: Buscá un objetivo concreto. La mejor forma de tener constancia y motivación es tener un motivo para hacer esto. Puede ser algo relacionado con la salud, como el hecho de hacer un ejercicio aeróbico, o tomarlo como una terapia para la psiquis. También podemos elegir una carrera que esté un poquito por encima de lo que nos creemos capaces, y prepararnos para ella. Le va a dar má s sentido.

Séptimo consejo: Intentá inscribirte en un grupo de running. Es cierto que para correr solo hace falta calzarse un par de zapatilas, pero involucrarse con otras personas, y hasta pagar por las clases mensuales, hace que muchos se tomen esto con mucha más seiriedad.

Dar consejos es bastante sencillo. Aplicarlos no. El mérito es siempre personal. Los horarios, además, los maneja uno como puede (y como le sale). Hay que darse la oportunida y con tiempo y paciencia, notarán cambios muy en breve.

Semana 16: Día 106: Cómo empecé a correr

Correr es mi gran pasión. Le dedico mucho esfuerzo, además de unas cuantas horas a la semana. He llegado a hacer un blog al respecto, con fecha de vencimiento a las 52 semanas, y cuando llegó el día no lo pude largar.

Pero esto no representa toda mi vida, sino los últimos años. Correr era para mí un sinónimo de “tortura”, y aunque disfrutaba muchísimo de entrenar los sábados con mi papá, seguía siendo por una obligación en el colegio. Si no nos hubiesen forzado a participar en esa carrera de 3,5 km de fin de año, no me hubiese molestado en acompañarlo.

Apenas dejé el secundario, la costumbre de salir a correr con mi papá los fines de semana se fue desvaneciendo, hasta desaparecer por completo. Coincidió, casualmente, con un período muy amargo de mi vida. Había abandonado periodismo porque no me sentía a gusto, y sin trabajo ni nada que estudiar, había perdido el rumbo. Me sentía un náufrago a la deriva. Pasaba largas horas en la computadora, en épocas donde existía el ICQ y el Messenger era la gran novedad. Mis ciclos estaban totalmente cambiados: me acostaba a las 5 de la mañana, luego de haberme pasado horas navegando en BBSs (googleen esta reliquia de la historia de la computación).

Lo único que me motivaba era juntarme con mis amigos que conocí en un curso de historieta. Una vez a la semana, cerca de las 10 de la noche, nos juntábamos a charlar, jugar a las cartas o a la Play, y a comer porquerías y tomar coca-cola (con ellos, luego de un problema en los riñones, desarrollé mi aversión por esta bebida). De vez en cuando, salíamos a la medianoche a caminar por la ciudad, generalmente con rumbo a uno de esos restaurantes que tienen las estaciones de servicio (abiertos las 24 hs) y nos quedábamos ahí, solo charlando. Y a veces salíamos con una pelota de fútbol y nos poníamos a jugar por ahí, hasta que empezaba a hacerse de día. Hoy miro hacia atrás y lo veo como una etapa bastante surrealista.

Más de una vez nos colamos en las canchas del Otto Krause, aprovechando que la autopista nos iluminaba, y jugábamos ahí. Una noche  nos desafiaron un grupo de recolectores de basura que hacían tiempo antes de entrar a trabajar. Se armó un picadito al costado de la 9 de julio. En otra oportunidad, descubrimos que en la Plaza San Martín había un amplio espacio con faroles encendidos todas las horas de oscuridad. No dejamos pasar la oportunidad y armamos un 3 contra 3. Yo debo confesar que otra de las cosas que me aburre increíblemente es el fútbol. Pero me flexibilizo ante cualquier cosa que sea entre amigos.

Los bancos de la plaza hacían de arcos, y esa zona que de día está totalmente transitada, a las 4 de la mañana estaba desierta. Todo para nosotros. No recuerdo cómo iba el marcador, usualmente el equipo que me tenía de miembro era el que perdía. Cada vez le ponía más ganas, intentando aprender a marcar y a patear para donde yo quería. Y defendiendo el arco, me fracturé el tobillo. Nadie me tocó, simplemente me estaban por eludir, así que giré sobre mi propio pie, y él no se movió. Quedó quieto en el suelo, y el ligamento me cercenó la punta de la tibia.

En ese momento pegué un sonoro grito y caí al suelo. Me sujetaron el pie y empezaron a moverlo. “¿Te duele?” me preguntaron. La verdad era que no, pero porque estaba entrado en calor. “Entonces no tenés nada” sentenciaron. Me hice a un costado, pero pisar era imposible. Veía las estrellas. Decidí irme a mi casa. El subte acababa de abrir y me fui desde San Martín hasta Constitución. Caminar desde el andén hasta el tren eléctrico me tomó como media hora. Daba pasitos de hormiga, con un dolor increíble. Ya en la formación estaba a salvo, aunque un poco aterrado.

Llegué a Banfield y me bajé, tan lento como cuando me había subido. A ese ritmo iba a tardar una eternidad en llegar a casa. Solo quería meterme en la cama. Un muchacho que pasaba por ahí me vio en mi penosa situación. Resultaba que era el dueño de una remisería que iba a empezar el día laboral. Se ofreció a venirme a buscar a la estación con un auto.

En casa vi cómo mi pie era de color uva, aunque el tobillo tenía el tamaño de una sandía. Saltando en una pata fui a la pieza de mi papá para despertarlo y pedirle ayuda. Fuimos en remís hasta la guardia, donde las radiografías confirmaron la fractura. Me adelantaron 30 días con yeso, una semana sin pisar. Terminaron siendo 2 meses, porque el bendito hueso se negaba a solidificarse.

Era principios del año 2000. Habíamos sobrevivido al Y2K, yo no tenía trabajo, ni perspectivas de qué hacer de mi vida, pero había conseguido un trabajo atendiendo un stand en la Feria del Libro. Empezaba un día después de haberme fracturado. Todo esto debería haberme deprimido mucho más, pero recibí mucha ayuda y comprensión, y quizá estaba tan mal que una cosa así me sacaba un poco del aburrimiento. Era doloroso, no saben cómo, pero tenía un pequeño objetivo, que era curarme y rehabilitarme.

Cuando finalmente me sacaron el yeso, que tenía un taco, sentí que la pierna izquierda había quedado más corta. La piel estaba amarilla, y si me pasaba la mano, se caían todos los pelos. Me indicaron sesiones con una kinesióloga, que me hizo un tratamiento con magneto, láser y otras maravillas tecnológicas. En casa tenía tarea: ponía el pie en agua caliente con sal, y hacía ejercicios. Los primeros eran levantarme en puntas de pie y bajar. Eso varias veces por día. Cuando empecé a caminar normalmente, pasé a la bici. Era el paso previo a correr (ya empiezan a vislumbrar a dónde quería llegar).

No empecé sabiendo cómo correr. Tenía grabadas muchas mañanas corriendo con mi papá en mis años de secundaria. Hacía el mismo circuito que compartimos tantas veces; una vuelta de 1,2 km (12 cuadras). De a poco me fui animando a correr. Aunque era una actividad conocida (y detestada), era la primera vez que lo hacía solo, obligado por esa rehabilitación del tobillo.

Hoy me resulta bastante asombroso mirar hacia atrás y ver cómo se fueron acomodando las cosas. Eventualmente encontré mi vocación como diseñador gráfico, no tan alejado de las computadoras (de hecho, paso 10 horas por día frente a una, sino más). Y seguí corriendo, más allá de esa necesidad. Hoy pasé por la Plaza San Martín, y le conté esta historia a Vicky, señalándole el punto exacto donde giré torpemente y me fracturé el tobillo. Y me di cuenta de que a veces hay hechos que nos resultan absurdos y no les encontramos el sentido, pero terminan convirtiéndose en oportunidades para dar un vuelco en nuestra vida. No lo podemos ver en ese instante, pero sí podemos verlo más adelante, una vez que todo se asienta y dejamos de ser náufragos a la deriva.

Semana 10: Día 66: Un buen consejo para una primera carrera

Siempre que nos interesamos por algo y nos agarra esa sensación de temor/respeto/pánico, consultamos a quienes creemos más experimentados. Quizá vayamos a ver a nuestros padres y les pidamos consejo, o es probable que tengamos alguna figura referencial, como puede ser un entrenador, para preguntarle sobre una inminente carrera, y así ahuyentar los fantasmas.

El problema es que, en estos tiempos donde la información está a un click de distancia, podemos cometer el error de experimentar la fórmula de otro atleta el día de la carrera. Y puede resultar en algo desastroso.

Salvando las inmensas distancias, ejemplifico con una cita (de memoria) de un escritor llamado King, Stephen King. En su auto-biografía/manual para novelistas llamado “Mientras Escribo” (On writing), el escritor de Carrie, It y La Zona Muerta contaba cómo hacía para escribir sus best sellers. Con lujo de detalles mencionaba sus rutinas, anécdotas, cómo surgían las ideas, y qué hacía para inspirarse y para aprovechar al máximo el tiempo frente al teclado. Pero, cada tres o cuatro páginas, repetía lo mismo: “Lo que funciona para mí quizá no funcione para ti”. Algo parecido decía Allan Lawrence en “Autoentrenamiento para corredores”, excepto que el bloqueo de escritor no se compara con lesionarse por hacer un plan que no está pensado para nuestro físico o experiencia.

Existen tantas fórmulas que hasta revistas como Runners se contradice, y en el mismo número puede recomendar largar lento en una carrera mientras que otro redactor cuenta cómo empieza lo más rápido posible. Es genial cuando encontramos a un atleta de nuestro nivel con el que compartir técnicas y secretos, pero no existen dos personas iguales. Yo hay ciertos alimentos que no tolero, mientras que otros (como las pasas de uva) sí. Me ha pasado de correr después de haber desayunado, una hora antes, mientras que otras personas ni locas harían actividad física si no esperan dos horas.

Pero el desconocimiento, ante una carrera de una distancia nunca experimentada, obviamente nos dará intriga o curiosidad. Puede que busquemos consejo, googleemos a ver qué dice la blogosfera sobre el tema, y hagamos la prueba el día de la carrera. Eso nunca debería hacerse, porque no sabemos cómo vamos a reaccionar. Y durante la competencia no tenemos margen para equivocarnos (a menos que estemos dispuestos a abandonar y regresar… o esperar que nos rescaten). Los entrenamientos están para eso, para la prueba y error. ¿Te intriga saber qué se siente correr con un camelback?  No esperes al día de la carrera para averiguarlo. ¿Querés saber si tolerás los lácteos mientras corrés? ¿O si podés trotar y comer turrón a la vez? Probalo antes. Nada nos impide descubrir qué es lo que mejor funciona para nosotros mismos. Por eso escuchá a tu cuerpo, experimentá en situaciones que no sean de carrera, y si tenés experiencia y estás hablando con un atleta recién iniciado, aclarale todo el tiempo que tome tus consejos con pinzas…

Cuestioná todo y escuchate solo a vos mismo.

Semana 7: Día 43: Cómo empezar

La toma de decisiones es un monstruo grande y pisa fuerte. En la escuela nos enseñan que elegir es renunciar a algo. Si elegimos el alfajor de chocolate blanco no vamos a tener el de dulce de leche. Y así nos vamos programando para entrar en crisis que cada vez que tenemos que decidir alguna cosa.

Esto lo trasladamos al deporte o a la salud. Queremos mejorar nuestro físico, y empezamos a llenarnos de dudas. Que no vamos a poder, que hacer dieta es pasar hambre, que correr hace que te crezca el corazón, y muchos mitos a los que le solemos hacer más caso que la alternativa de una vida sana. Estamos bastante cómodos con nuestra rutina, porque todo funciona tal como lo esperamos, sin demasiado esfuerzo. Tenemos hambre, comemos. Tenemos antojo, vamos a buscar eso que ansiamos. Tenemos fiaca, nos quedamos en la cama. Esa es la forma en que se nos va la vida, con una falsa sensación de que constantemente estamos eligiendo.

Probablemente conté mi historia muchas veces, pero quizá convenga hacerlo desde otro ángulo. Durante muchos, muchos años quise mejorar mi estado físico. Pero me la pasé deseando en lugar de hacer algo. Convertí todo en algo absolutamente inalcanzable. Era imposible tener abdominales marcados, poder correr mucho, o tener disciplina con la comida. Ser rutinario sonaba a algo horriblemente espantoso. En la adolescencia odiaba hacer deporte… y veía a mis compañeros más habilidosos como seres dotados de cualidades mágicas, que yo no podría tener jamás. En definitiva, no confiaba en mí. Para nada.

Me pasé en ese esquema muchos años. Quizá empecé a cambiar mi forma de verme a mí mismo cuando decidí volverme vegetariano. Creí que era algo pasajero que duraría dos semanas. De hecho, pocos días después de abandonar la carne, fui a un cumpleaños y comí sándwiches de jamón y queso. Porque era la costumbre, y en un descuido se me habían pasados todos mis valores. Pero bueno, me acordé y dejé la mitad en el plato.

Corrí muchas veces, y noté que con dedicación mi cuerpo y mi estado físico iban cambiando. Pero estaba negado a abandonar los placeres de la gula (era vegetariano, pero eso no quería decir que comiese sano). Conforme pasaban los años notaba que cada vez era más fácil ganar grasa. Un día inventé esto del blog, de entrenar por 52 semanas y cumplirlo todo a rajatabla. Y funcionó. En el camino vi que ese entusiasmo que yo iba ganando, contagiaba a otras personas. Y todavía queda mucha gente que cree que tengo una fuerza de voluntad increíble. Ponen esa determinación en un pedestal y ahí lo dejan, bien alto, para que sea inalcanzable.

Bueno, yo era la última persona en el mundo que hubieses creído que iba a correr y a entrenar asiduamente. Simplemente no parecía lo mío. Lo deseaba, pero en secreto. Ahora entiendo que lo que me faltaba, y lo que le falta a mucha gente, es una excusa. Lo veo tan claro ahora, pero sé que es porque lo viví, y quizá si alguien me lo hubiese querido explicar, no lo hubiese entendido.

Pongamos de ejemplo el día de ayer. 11/11/11. A las 11:11 decidí correr 11 km. Realmente una tontería, pero cualquiera podría haberlo hecho. Esa podría haber sido la excusa de alguien que no encontraba motivación para empezar. El fantástico maratonista Dean Karnazes, apodado “El hombre más sano del mundo”, que hizo cosas como correr 50 maratones en 50 días a través de los 50 estados norteamericanos (¡qué excusa!) empezó su vida en el running de una forma absolutamente imitable: cumplió 30 años, y decidió correr 30 millas (26 equivalen a 42 km). Así, de la nada.

Las decisiones hay que tomarlas así, sin darle demasiadas vueltas. ¿Por qué tengo que empezar la dieta el lunes? ¿Por qué no hoy? Ahora que se viene el calor, muchísimas personas salen a las plazas a entrenar. Me parece fantástico como excusa, y podría ser este tu momento de empezar. O podría ser algo contra todos tus instintos, como empezar a entrenar un día lluvioso. El razonamiento podría ser “si me banco correr hoy, me voy a bancar hacerlo siempre”. Excusas para quedarse en casa sobran. Para salir al aire libre también. No dejemos pasar nuestra próxima oportunidad de empezar aquello que creíamos imposible. Porque solo haciéndolo vamos a descubrir cómo nos inventamos un monstruo grande que pisa fuerte. Ese fantasma es nuestro, y somos los únicos que podemos hacerlo desaparecer.

Semana 47: Día 324: Las comparaciones son odiosas

Es inevitable compararse con otras personas. El pasto del vecino de enfrente siempre es más verde. Quizá esto tenga que ver con esa costumbre de sobreestimar al corredor más experimentado e, inevitablemente, subestimarnos.

Empecé a entrenar por mi cuenta, hace unos años. No tenía con quién compararme, sólo conmigo mismo. Me acordaba que en mi adolescencia me forzaban a correr 3,5 km, y que me costaba horrores. Había pasado una década de aquel entonces, así que decidí que ese sería mi piso. De a poco fui aumentando la distancia, y al cabo de unos meses, solo, llegué a 10 km. Fue durísimo, lo hice sin cuidarme, sin orientación, y me ampollé los pies y me gané un importante dolor en ambos tendones de aquiles.

Cuando empecé a correr en un grupo lo hacía porque me gustaba. Por mí. Pero ahí sí tenía con quién compararme. Uno al empezar a entrenar con otras personas, las segmenta. En mi caso identifiqué a los que veía como veloces, esos que tenían mucha resistencia y a los que no podía seguir (cuando intenté ir a su ritmo, un fuertísimo dolor en el costado me obligó a parar). También vi a los que tenían un nivel similar al mío y me pegué a ellos. Compartí entrenamientos y carreras, lo que me hizo todo más fácil.

Después de años de correr, y con los logros que conseguí el último año (nueva dieta, entrenamiento intensivo, cambios físicos) pude ampliar mis límites, tanto en resistencia como en velocidad. Y durante esta estapa en mi vida que es Semana 52 noté cómo mucha gente habla de una carrera y dice “Corrí 5 km… sé que para vos no es nada”. Y me hace acordar a cuando tenía que correr 3,5 km y lo sufría tremendamente.

No hay distancia que despreciar. Germán, mi entrenador, hacía referencia a esto un día, en el que suponía que sólo el 5% de la población entrena. Si nos vamos a comparar, deberíamos hacerlo con el 95% que no hace nada. Yo he sufrido todas las distancias, y si ahora 5 km me parece “fácil” es porque hace años que corro. Pero tuve que empezar desde el principio, como cualquiera. Entiendo que hay gente a la que una maratón le parece pan comido, y a mí me cuesta.

Si nos comparamos con alguien que hace  más tiempo que corre, sólo vamos a lograr frustrarnos. El truco es, me parece, ver modelos a seguir, en lugar de pensar que esa otra persona está más avanzada y que no va a entendernos.

Todos empezamos igual, aprendiendo a pararnos sobre nuestros propios pies cuando éramos bebés. A medida que crecíamos aprendimos que, por alguna razón, algunos compañeros del colegio eran más veloces que otros. Mientras había chicos favorecidos genéticamente, a otros les costaba un montón la clase de gimnasia.

Pero la determinación y las ganas de progresar se pueden desarrollar como cualquier músculo. El límite lo ponemos nosotros, y compararnos con corredores que tienen otra genética y otra historia no nos llevará muy lejos. Ellos tuvieron su tiempo de proceso, y conviene más aprender de su experiencia y formar la propia, que compararnos como si hubiesen nacido superiores.

Semana 32: Día 219: La primera media maratón

Este domingo vamos a correr con Vicky 21 km en La Plata, como parte de la primera instancia de la Northland. Ella nunca alcanzó esa distancia, y como yo lo hice un par de veces, me pareció una buena oportunidad para repasar las cosas que fui aprendiendo estos últimos años.

Esta meta es la mitad de una maratón. No dije una obviedad. Es claro que antes de enfrentarse a la prueba que, en el mito griego, acabó con la vida de Filípides, los 21K son un buen parámetro. No es lo mismo una carrera de calle que una de aventura. Aunque la de Northland es crosscountry (o sea, por pasto, tierra y, si Dios quiere, barro y agua) no tiene las mismas dificultades que correr por sierras o médanos. Las variantes en el paisaje pueden llegar a ser un respiro mental en esas horas de actividad física. En una carrera de calle o en el llano se siente más esa soledad, en la que uno está compitiendo consigo mismo. Los últimos 12 km de una maratón se corren casi exclusivamente con la cabeza, y una carrera de 21 km sirve para medir cómo reaccionaría nuestra mente.

Como primer punto, algo que nunca debemos hacer es ajustar nuestra velocidad a la de otro corredor, salvo el caso que sea alguien con quien entrenamos y sepamos que tiene exactamente nuestro nivel. Hace tiempo acompañé a mi hermano Matías a correr 21 km. Lo hicimos a su ritmo, bastante tranquilo, y en un punto se empezó a acalambrar. Él tiene muchísimo temple, y se sobrepuso y terminó. Yo no me moví de su lado, y hasta corría en círculos a su alrededor, alentándolo. Claro que mi carrera fue muchísimo más larga de lo que hubiese tardado a mi ritmo, y los días siguientes lo sentí en las piernas. También puede darse el caso de seguir a un corredor para exigirnos un poco más, pero ahí corremos el riesgo de quemarnos y gastar toda nuestra energía. Tenemos que hacer nuestra propia carrera. No está mal seguir a un atleta, pero hay que saber dejarlo ir y acoplarse a otro.

La hidratación es muy importante. Más allá de que en estos desafíos hay puestos con agua, mi recomendación es ir siempre con un camel. Yo prefiero tomar de tanto en tanto, cuando quiera o tenga sed, y no especular con esa mesa con vasitos cada 5 km. Además generalmente están atiborrados de corredores que se atropellan por hacerse con su hidratación, como si parte de la carrera fuese también tomar agua antes que el resto. Si no queremos el hidratador porque nos resulta incómodo su peso, conviene no ir corriendo a donde está la primera persona con un vasito o botellita. Generalmente son varios, y el que está en el otro extremo de la mesa ve pasar corredores. Hay que apuntarle a ese y esquivar el tumulto.

Ante una distancia desconocida, lo mejor es ir conquistando etapas. Si correr 6 km nos resulta familiar, es cuestión de dividir la carrera mentalmente, para llegar hasta eso que nos es habitual, y después duplicarlo, triplicarlo, y listo, ya estamos casi llegando.

En cuanto a alimentación durante la carrera, he descubierto que las pasas de uva son muy cómodas de transportar y tragar mientras corremos. Los geles también me han resultado, pero nunca quise abusar de ellos. Supuestamente podemos almacenar 2 mil calorías de energía en nuestro cuerpo, que se acaban en el km 30 en una maratón normal. Por eso en una media creo que un gel alcanza. Hay que tener en cuenta que hacen efecto a los 45 minutos de ingeridos, y sólo si estamos correctamente hidratados (si no, no podremos absorberlos). Por eso me los reservo para el final. En un desafío con ascensos puedo llegar a tomar dos geles, uno a la mitad y otro en 3/4 de carrera.

Y más que nada, aconsejaría algo que a primera vista puede sonar muy naif: disfrutarla. Hay mucho prejuicio contra las carreras de calle, y aunque la Northland es, en esta oportunidad, más en contacto con la naturaleza, pareciera que no tiene desafío. O puede existir el caso de, por ser una distancia a la que nunca llegamos, nos parezca que es un esfuerzo sobrehumano y que nos va a hacer daño. Nosotros somos quienes más conocemos a nuestro cuerpo, así que nos iremos enterando de si nos estamos exigiendo por demás. Y estos desafíos son cualquier cosa menos aburridos. Llega un momento en que nos valemos por nosotros mismos, el cansancio se hace sentir, y es imposible abandonar: salir del circuito o terminar la carrera caminando es exactamente lo mismo.

Semana 31: Día 211: La postura del corredor

Si algo me caracteriza como corredor, es mi mala postura. Desde que me acuerdo camino encorvado, arrastrando los pies, y en distintos ejercicios, mirando mi sombra o mi reflejo en vidrieras, me di cuenta que me inclino siempre para un lado, o que saco un codo más afuera que el otro. Cuando tomo las fotos quincenales de mi progreso (que integrarán el post de mañana) cuando estoy de espaldas me doy cuenta que levanto el hombro derecho más que el izquierdo (¿o era al revés?).

La correcta postura del corredor empieza a volverse esencial cuando queremos optimizar la energía que utilizamos. No nos conviene estar compensar mientras corremos, ya que hacemos un esfuerzo que no deberíamos. Algo de esto se corrige en forma consciente, cambiando la posición de los brazos, o relajando la lengua y el cuello. Otro poco puede ayudar hacer ciertos ejercicios en el gimnasio. Una buena técnica de carrera deriva en eficacia energética: el mismo esfuerzo pero con menos gasto. Vamos a repasar algunos consejos para tener una postura más adecuada al trotar.

Nadie se vuelve experto de la noche a la mañana. La mejor forma de mejorar la técnica de carrera es entrenando. La práctica hace al maestro, y nunca mejor dicho para la actividad deportiva. En la carrera, la cabeza debe estar levantada, y no inclinada. Mirar hacia el frente hará que la espalda quede más vertical, y además da una mejor perspectiva del espacio. Por supuesto no hay que descuidar dónde estamos pisando, pero si vamos vigilando el terreno, no habrá nada que nos sorprenda. El torso debe mantenerse erguido, y eso ayuda a la respiración. Hay que mantener los hombros relajados y no levantarlos.

Las rodillas tienen que ir hacia adelante buscando distancia, en lugar de estar pendiente de que los pies apoyen. Tenemos que intentar no pisar fuerte sobre los talones, porque eventualmente nos vamos a lastimar, y distribuimos mal el impacto y el peso del cuerpo. Hay que rozar el suelo, no aplastarlo. Para levantar las piernas en la zancada, ayuda que trabajemos las abdominales.

Llevar las manos cerradas y en tensión produce una fatiga prematura de los antebrazos, brazos, hombros y cuello. La postura debería ser relajada, como si llevásemos algo frágil. Para una postura más adecuada (y de paso una actitud positiva) los pulgares deben estar arriba. Recomiendan que los codos estén doblados a 90º, aumentando el ángulo cuando las extremidades se balancean por delante del cuerpo y decreciendo cuando se echan atrás de las caderas.

Los problemas en la postura de los brazos tienden a dos situaciones: se apuntan los brazos hacia el suelo, disipando una energía que se puede ahorrar con un correcto impulso, o se llevan los antebrazos muy altos delante del pecho, perdiendo fuerza y produciendo cansancio al subir los hombros. Allan Lawrence, en su libro “Autoentrenamiento para corredores”, recomendaba una forma para controlar la postura, y era tocar alternativamente los huesos de las caderas con las manos y luego con los codos, manteniendo los antebrazos paralelos al suelo.

Estos consejos pueden sonar caprichosos, y lo cierto es que, aunque tengamos una mala técnica de carrera, nada nos impide entrenar. Pero llega un momento en que vamos a querer progresar, y si añadimos velocidad con una postura inadecuada, magnificamos los malos hábitos biomecánicos que terminan provocando lesiones.

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