Archivo del sitio

Semana 37: Día 258: El Hombre de Acero

Creo que hay por algún lugar de la casa en donde crecí, en Banfield, una foto en donde tengo en mis manos un muñeco de goma de Superman. Era de esos que tenía alambre adentro, y podías ponerlos en pose hasta que el alambre se partía y la figura pasaba a ser un triste amputado.

Pero así crecíamos los niños a finales de los 70s, principios de los 80s.

Cuando estaba a punto de cumplir un año de vida, en los Estados Unidos se estrenó “Superman”, que llevaría a Christopher Reeve al estrellato y lo identificaría para siempre como el Hombre de Acero. Su director, Richard Donner, tuvo la astucia de no hacer una película sobre un ridículo que vestía calzoncillos rojos por afuera del pantalón y que andaba en una capa. Su lema fue “Seamos creíbles”. Aún hoy, 35 años después, esta cinta sigue resistiendo el paso del tiempo. Es bastante naif, pero es poderosamente emotiva.

El problema cuando se pone el listón muy alto es qué pasa después. Y ya sin Richard Donner (y sin muchas ideas), el mito del Hombre de Acero en el cine fue perdiendo brillo, hasta llegar a Superman IV, en la que el héroe kryptoniano luchaba contra un clon rubio con uñas largas. Lo juro.

Siempre me gustaron los superhéroes y, de algún modo, marcaron bastante mi destino. Me hice fanático de los cómics cuando vi Batman (1989), de Tim Burton. Teníamos una expectativa con mis compañeros de la primaria que no aguantábamos más. Fuimos al estreno, hicimos una cola terrible, y nos sorprendimos con esa versión oscurísima. Años después, ya fuera del secundario y sin saber a qué dedicarme, me puse a dibujar “a ojo” el logo de Superman con el Paint Brush del Windows. Luego lo pasaba a negativo, lo rompía como si fuese de vidrio (con astillitas por todos lados). En fin, mi papá se olía que le podía sacar algo de provecho a estar jugando con la compu, y me preguntó si no me interesaría estudiar diseño gráfico. Jamás me lo había planteado antes, solo me interesaba jugar con la estética de los superhéroes. Y por suerte le hice caso. No solo el diseño gráfico se convirtió en mi vocación, sino que terminé trabajando en una editorial de cómics, traduciendo y readaptando las historietas de los personajes de Marvel Comics.

Pero no me quiero ir a esta editorial, que tuvo una década de exitosas incursiones en el cine. En ese camino entre el diseño gráfico y los cómics, fui brevemente editor de una revista de información llamada Comiqueando. Fue difícil hacerla, era mi primer trabajo editando, costaba mucho y me sentía en la sombra de quienes habían hecho esta publicación años antes. Pero para foguearme estuvo fantástico. En 2006 llegó Superman Returns al cine, un extraño experimento en el que eld irector Bryan Singer decidió hacer una secuela de Superman II… haciendo como si la III y la IV nunca hubiesen existido. Lo raro fue que a pesar de que seguía las puntas tiradas en las dos primeras entregas (¡estrenadas casi 30 años antes!), con la misma banda sonora, decidió darle un look completamente diferente al personaje, con un traje más oscuro y plástico. Se supone que le dio ganancias a la productora, pero en mis ojos fue una gran decepción.

Sin embargo, con Comiqueando hicimos un especial de Superman, con un repaso por toda su historia en el cine y la TV, y fue uno de los trabajos que más orgullo me dio. La portada estaba impresionante, las notas interesantísimas, y el diseño quedó muy cerrado. Un lujo, para una película que no cumplió mis expectativas.

A pesar de la importancia de Superman en el mito de los superhéroes, era de esperar que una nueva adaptación, donde reiniciaban la franquicia, no despertara demasiado interés de mi parte. El traje, nuevamente, era muy distinto al que estaba acostumbrado (sin calzoncillos rojos por fuera del pantalón), el tono iba a ser más sombrío (de esperarse cuando el productor es Christopher Nolan y el director es Zack Snyder), así que me preparé para otro fiasco. Pero las críticas de los primeros que pudieron verla adelantaban que era muy buena.

Me invitaron a una función de prensa y dije que sí, por supuesto, pero me agarró un ataque de tos que me obligó a quedarme en casa. Tuve que esperar al lunes pasado para verla. No acostumbro a ir solo al cine. Al igual que ir a bailar o a comer a un restaurante, me parecen actividades para hacer en patota. Como mínimo entre dos personas. Pero bueno, en el fondo sabía que era Superman, y en unos días de mucho estrés, necesitaba tomarme el descanso.

La película, sinceramente, me atrapó. El tono era oscuro, Superman (o quien se convertiría en el Hombre de Acero) era un tipo conflictuado, teniendo que reprimir todas esas increíbles habilidades. En el fondo quería involucrarse, pero no se sentía listo, y se tragaba muchas veces su propia frustración. ¿Cómo no identificarse con eso?

Confieso que en los últimos años me ablandé, y últimamente me emocionan las películas en que el héroe hace todo lo que está a su alcance para salvar al otro. Cuando en Iron Man 3 un avión que se cae deja a 13 pasajeros cayendo en picada desde el cielo, Tony Stark tiene que encontrar un modo de salvarlos a todos. No a uno o dos… TODOS. Y mientras lo iba resolviendo, no pude evitar dejar salir unas lágrimas. Puedo parecer un boludo por esto, pero sentí algo parecido a cuando vi Mi nombre es Sam, en el que el protagonista, un hombre con un tremendo retraso mental, tiene una hija de 8 años que es intelectualmente mayor que él. La niña fingía leer mal en voz alta, porque no quería hacerlo mejor que su papá. Esta entrega hacia el otro me provoca una congoja y lloro de un modo vergonzoso.

El Hombre de Acero tiene un par de escenas que me humedecieron los ojos. Fue difícil hacer que un tipo prácticamente indestructible se sienta débil y desprotegido. Pero lo lograron. Superman, interpretado por Henry Cavill, es un tipo que duda de su rol en el mundo, pero que no se detiene a la hora de ayudar. Sus motivaciones están bastante bien explicadas en la película, y el hallazgo del guión es haberle encontrado la vuelta al triángulo amoroso Clark Kent – Lois Lane – Superman. Ahora SÍ funciona, es interesante y promete mucho. Hay bastante que no se puede contar porque le arruinaría más de una sorpresa a los espectadores, y eso es algo que habla muy bien de este proyecto. Esto no es Transformers, donde hay trompadas entre malos y buenos, y sabemos al final quién gana. Acá hay un semidios con capa que un día aparece en la Tierra, pero de dónde viene y hacia dónde va es algo que se revela de a poco, con varios giros inesperados.

Hasta ahora solo hablé con fans de los cómics, que en su gran mayoría están fascinados con esta película. Yo puedo decir que mientras menos expectativas nos genere algo, más lo podemos disfrutar. Pero hasta el que esperaba que El Hombre de Acero fuera El Padrino con superpoderes salieron muy contentos del cine. Me parece que un personaje como Superman se merecía algo así.

Semana 2: Día 13: Solos en la Ciudad (fui al cine)

Me gusta el cine, eso es algo que ya he mencionado en este blog. Es una actividad bastante opuesta a correr: es estática, no requiere un gran desarrollo físico, y generalmente está acompañada de comer, comer y comer (no precisamente cosas sanas). Pero me da la impresión de que ambas precisan de un compromiso mental, y tanto el estar sentado mirando una película o estar corriendo pueden dejarnos alguna enseñanza.

Ayer por la noche fuimos con Vicky y mi grupete de amigos a la avant premier de Solos en la Ciudad, una película argentina, ópera prima del director Diego Corsini. Mi gran compañero de aventuras Matías Lértora se encargaba de hacer la prensa de este film (casi un sueño cumplido para él), así que era muy importante que vayamos a acompañarlo. Esta aclaración no es menor, yo soy bastante prejuicioso con el cine, y si no hay máquinas que viajen en el tiempo o un superhéroe multimillonario con crisis de consciencia que decida luchar contra el crimen, suelo tener un poco de desconfianza. Tratándose de una comedia romántica, no había mucho que me atrayese de la cinta, más allá de mi deber de amistad.

Posiblemente sentarse en el cine sin ninguna pretensión sea la forma más pura para disfruar de una película. Nos reímos mucho y nos emocionamos como tontos enamorados. Solos en la Ciudad cuenta la historia de una pareja, Santiago (Felipe Colombo) y Florencia (Sabrina Garciarena), que están viendo el amanecer en la Costanera, después de pasar la noche en la fiesta de un casamiento. Luego de una extensa charla (quizá demasiado, único punto flojo que le encontré al film) se pelean y se va cada uno por su lado. Como muchas separaciones, es ambigua, así que ninguno de los dos está del todo seguro si fue la definitiva o no.

Fiel al nombre del film, se pasan el día solos en la ciudad, cruzándose cada uno con distintos personajes que los ayudan a analizar su relación y a poder evaluar qué cosas son realmente importantes. Como si fuera poco, no les falta oportunidad para tantear cómo sería encarar una historia con otra persona (y ver, sutilmente, las enormes diferencias con su ¿pareja? actual). La edición es absolutamente BRILLANTE, sin abusar de recursos. Es una película muy dialogada, apoyada en caracterizaciones creíbles y en conclusiones profundas (se destacan Mario Pasik y Catherine Fulop, con personajes muy bien logrados).

Hasta aquí este post podría parecer absolutamente descolgado (o sea, se supone que este es un blog deportivo), pero hubo una escena que hizo estallar de risa casi exclusivamente a mis amigos, y no podía dejar de mencionarla. En su deambular por la ciudad, Santiago decide ser estafado en un carrito de la costanera, y se compra un choripán carísimo. Cuando da su primer bocado frente al Planetario, un desconocido atleta llamado Mauricio (Matías Scarvaci) se le aparece por detrás y lo obliga a escupir, haciendo que el chorizo caiga al piso. “¿Sabés lo que estabas por comer? ¡700 calorías!”, le dice. La fila 7, ocupada por nosotros, me empezaba a mirar de reojo.

Santiago solo puede pensar en su almuerzo arruinado. “Yo era como vos”, le dice Mauricio, y le adivina unos 6 kilos de más. “Ahora corro 5 kilómetros por día”. “¿Y ahora qué como?” pregunta el protagonista. “Allá a la vuelta te venden unas milanesas de soja buenísimas” (risas de la fila 7). “Yo soy lacto-ovo-vegetariano”, alega el atleta (carcajadas, ovación, dedos señalándome desde la oscuridad de la sala). Era como si la escena fuese un gag del que yo formaba parte. Para colmo, Mauricio le da a Santiago una tarjeta, por si quieren seguir charlando en otra oportunidad. “Ahí tenía la dirección de tu blog”, me dijeron después de la función.

Probablemente este personaje sea el más bizarro de la historia (más allá de las comparaciones conmigo, es el más gracioso de toda la cinta), pero creo que muchos me ven así, obsesionado y juicioso. Intentaré, en el futuro, no obligar a mis amigos a que escupan los cadáveres que se comen en los asados…

Lo de andar repartiendo tarjetitas a desconocidos con la dirección de mi blog no me parece una mala idea…

¡Apoyen al cine nacional!

A %d blogueros les gusta esto: