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Semana 52: Día 359: No corras por la calle

Somos corredores. Nos encanta, lo vivimos con pasión, y las endorfinas más un estado aeróbico óptimo nos hace sentir indestructibles. Pero no lo somos.

Nunca hablamos de “carreras de vereda”. Siempre es la calle versus la aventura, la naturaleza. Pero las vías asfaltadas, por más que nos pese reconocerlo, son para los automóviles, que vienen a ser algo así como los enemigos de los atletas. No nos dejan cruzar en las esquinas, se cruzan en el camino cuando están estacionados, nos intoxican con sus caños de escape. Queremos, en algún punto, ganarles espacio. Las maratones nos reivindican, con sus recorridos por avenidas y autopistas, donde nos sería imposible trotar.

Aunque los automóviles (y sus conductores) sean nuestros enemigos naturales, la sociedad ha decidido que ellos deben transitar por las calles, y nosotros pasar el menor tiempo posible por su zona asignada, solo para cruzar con precaución. Pero la reivindicación es más fuerte, queremos sentir esa sensación de libertad… entonces cuando entrenamos vamos por la calle, en paralelo a los vehículos, con el tránsito o contra él. Creemos que como vamos a una velocidad que un auto consideraría despacio, estamos seguros.

Somos muy malos conductores. Los números asustan. Cada 46 segundos hay un choque, y mueren 21 personas por día en estas tragedias. La sociedad, que suele elegir muy mal las palabras para describir sus errores, habla de “accidentes” y no de “imprudencias”, y dice cosas como “el camión perdió el control”, como si el vehículo hubiese cobrado vida propia y no hubiese habido negligencia del conductor. Se usan estas palabras porque nos cuesta reconocer que fallamos constantemente. Y ahí, como corredores, estamos colaborando al correr en la calle, porque no es nuestro lugar. Probablemente no provoquemos un accidente, al menos no en la gran mayoría de los casos, pero en una sociedad donde hay tantos malos conductores, el riesgo al que nos exponemos es demasiado alto.

Es difícil volver de un choque. Contra un auto, a la velocidad que sea, no tenemos protección más que nuestros músculos y huesos. La fuerza de un vehículo es imparable, y aunque seamos fuertes, un impacto a baja velocidad nos deja afuera del atletismo. Por mucho tiempo o de por vida. No es cuestión de ser fatalista, ni siquiera de relajarse porque no conocemos a alguien que le haya pasado. El riesgo existe, y se minimiza enormemente trotando por la vereda.

Pongo un caso donde la suerte jugó un papel importantísimo. Noche de llovizna. Un corredor, que vendría a ser quien les escribe, entrena por la vereda. Cruza una esquina al mismo instante en que un automóvil dobla. El conductor no detiene la marcha, no ve al atleta, para él en ese espacio solo hay aire. El sorprendido peatón pone la mano, como si con eso pudiese detener al mastodonte de metal. La marcha es lenta, llega a rodar sobre el capó, patina por el agua y termina en el suelo. Recién ahí el auto frena. Podría haber pasado cualquier cosa, haber quedado bajo una rueda, haber tocado una rodilla y haberla partido. El costo es muy bajo, un dolor de piernas y de cadera que dura una semana, más raspones y moretones en la cara por el golpe contra el asfalto. El conductor se disculpa: “perdoname, no te vi”. Y acá el corredor estaba entrenando en la vereda y cruzando la esquina con luz verde. Yendo por la calle lo hubiesen tenido menos en cuenta todavía.

El asfalto es más regular que las veredas, es cierto. Pero, ¿cuál es el sentido de entrenar “cómodamente”? Las carreras de aventura no son asfaltadas, y los deportistas de ciudad deberíamos incorporar un trayecto “incómodo” para emular los terrenos irregulares al aire libre. Aunque la maratón sea en la calle, siempre hay algún tramo en el que levantar los pies para atravesar un cordón, una loma de burro, una botella vacía… correr no es, justamente, estar cómodos. Entrenar es emular cualquier circunstancia, pero más que nada es preservar la salud y fortalecernos. No tenemos lugar en la calle, más que arriba de un auto. Y ahí nos toca, por supuesto, ser precavidos… con los imprudentes corredores que decidan exponerse al entrenar al lado de los autos…

Semana 32: Día 223: Entonces… ¿carreras de calle o de aventura?

Esta pregunta ya me la hice hace tiempo en el blog. Y pensando en voz alta, ayer antes del entrenamiento con los Puma Runners, me di cuenta de que todavía no me decidí.

Es una de esas cosas que crean polaridad. Naftero o gasolero. De River o de Boca. Juegos de consola o juegos de PC. Carreras de calle o de aventura.

En el último año corrí mucho, mucho. Hice entrenamientos largos, de 5 horas, y a veces más. Generalmente eran en calle, a veces de tierra, a veces asfalto. Todas esas sesiones tenían algo en común: combatir el paso del tiempo, dominar la cabeza. En la ciudad, aunque fuese esquivando los autos, aprendí a apreciar la monotonía, el ritmo sostenido. Como si fuese un mantra.

Pero también enfrenté a la montaña en varias oportunidades. Fue una INMENSA diferencia con la calle, empezando por el terreno irregular. Sin dudas el entrenamiento para uno y otro son bastante diferentes, y estar en medio de la naturaleza es una experiencia única. Ahora que estoy buscando superar mis límites y aumentar las distancias máximas en las que puedo correr, mi prioridad pasó a ser el llano. Y lo disfruto mucho. El tema es que me encuentro añorando todos esos momentos en los que estuve embarrado, dolorido y exhausto en la montaña. Después de haberme prometido no volver a hacerlo, tengo muchas ganas de volver a correr 100 km en la Patagonia Run (mi anterior experiencia, hace un año, fue durísima, pero por alguna extraña razón hoy la recuerdo con nostalgia).

Generalmente el paso es así: se empieza por carreras de calle, generalmente por cercanía y comodidad, y en algún momento se da el paso hacia las carreras de aventura. Suele ser un viaje de ida, y los que están disfrutando de la montaña o de correr en la arena, te dicen que ni locos corren una maratón. “Me muero de embole”, te dicen, como si hacer 42 km fuese comparable a estudiar para un examen. No sé ustedes, pero yo jamás me aburrí corriendo en ningún terreno.

Estoy seguro de que por representar un desafío mayor, muchos optarían por las carreras de aventura. Yo, todavía, no puedo elegir. Me gustaría hacerlo y concentrar mi entrenamiento en una meta puntual. De momento, no me cierro a ningún desafío: ni los que me queman la cabeza ni los que me destrozan las piernas.

Semana 39: Día 273: Corriendo por Buenos Aires

Sigo obsesionado con recorrer la Ciudad Autónoma, a ver si encuentro un lugar donde entrenar que no sea un parque. Afortunadamente, la Capital Federal está llena de plazas, pero ¿qué hay del centro? Últimamente estoy pasando mucho tiempo en Once, y si bien no es la zona más céntrica, es bastante complicado correr por sus calles.

Como muchos sabrán, Reconquista se convirtió en peatonal hace relativamente poco. Obviamente que correr por una calle de estas características equivale a intentar atravesar el concreto. Ahí me encontré con Vicky, y bajando por la Avenida Corrientes comenzó nuestro periplo.

Nos dirigimos camino a Puerto Madero, zona que está muy pensada para la actividad física. Una vez que se cruzan las vías y se atraviesa el río por alguno de sus tantos puentes, el tráfico disminuye enormemente, y se puede entrenar tranquilo. Casi que es el único oasis para peatones, tan cerca del microcentro.

Pero no todos pueden acceder a Puerto Madero; aunque esté a pocas calles de la zona céntrica. O sea, si estoy en Once, no me voy a tomar el subte hasta el Correo Central para entrenar. Al menos no es mi idea (sigo prefiriendo irme hasta Zona Norte). Después de hacer algunas cuestas y elongar, caminamos con Vicky por Reconquista y en Retiro nos separamos. Ahí comenzó mi aventura.

Empecé a correr cuando llegué a Leandro N. Alem, y tomé la bicisenda que nace en Avenida Libertador. Todo recto, al costado de las vías, con autos yendo a mil por hora a mi izquierda, y el olor a pasto recién cortado a mi derecha. Cuando llegué al edificio de la Universidad de Abogacía, hice 11 cuestas en el puente peatonal. Un cartel prometía que la bicisenda me llevaría a Once, y decidí seguirla. Pero como la vez anterior que lo intenté, me perdí. De día y tan bien señalizada, sólo puedo culpar a mi ansiedad y mi torpeza por esto.

Doblé en Austria, y cuando llegué a Las Heras, decidí buscar Pueyrredón, para llegar a Plaza Miserere. Pero nunca la encontré. Así que doblé en la avenida Coronel Díaz, y seguí avanzando por sus veredas. Contrario a otras veces, el flujo de tráfico no era tanto como para detenerme. Y cuando el semáforo no me dejaba avanzar, como me había pasado, doblaba en la esquina. Es una buena táctica para correr sin detenerse, ir zigzagueando.

Bajé por Agüero, crucé Santa Fe, luego Córdoba, y cada vez que los autos me impedían el paso, giraba y no me detenía. Crucé por el Abasto, y bajé unas cuadras por Corrientes. Quise, iluso, ir por la bicisenda, pero en esta avenida deberían renombrarla como “motosenda”. Es un peligro para ciclistas, a pesar de que está hecha para protegerlos. Cuando finalmente llegué a Pueyrredón, entendí mi error: además de ser una calle muy cargada de tránsito, las veredas están repletas de gente. ¡Es imposible correr por ahí! Caminé hasta Valentín Gómez, y zigzagueé hasta que finalmente encontré la Avenida Rivadavia. Toda la zona de Once está atiborrada de peatones, y cuando encontré una bicisenda, era ridículamente angosta.

Uno de los problemas de correr en la calle es que a los costados el asfalto está en pendiente hacia el costado, lo que pone a los tobillos en una posición muy incómoda. Lo ideal es alejarse todo lo posible del Centro y de Once, correr sin reloj ni destino, y encontrar los espacios para recorrer la Ciudad.

Semana 34: Día 233: Enemigos de los corredores: Los automovilistas

Quizá este post tenga un poco más de sentido para los deportistas argentinos que para los de otros países del mundo. Quizá tendría que aclarar que me refiero más puntualmente a los de Buenos Aires. Y si me apuran digo que específicamente los peores conductores son los porteños.

Vivimos en una sociedad donde muchos peatones y pasajeros mueren en choques vehiculares. Jorge Frascara, un brillante diseñador y comunicador, proponía dejar de hablar de “accidentes automovilísticos”, porque así asumíamos que las fatalidades se debían a un hecho fortuito del destino. Como si, espontáneamente, los autos decidieran tomar vida propia y embestirse entre sí, arrojarse por un barranco o morder la banquina y darse vuelta. Los medios de comunicación, cuando buscan un sinónimo de “accidente”, suelen decir que el conductor “perdió el control del vehículo”, como si relatasen un capítulo de Carrie, el coche endemoniado de Stephen King.

La verdad es que los choques se producen, imagino que en un 99%, por imprudencia de los seres humanos. Quizá si cambiásemos nuestra forma referirnos a estas desgracias ayudaríamos (un poco) a concientizarnos.

Existe una gran diferencia entre entrenar en las calles de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y hacerlo en provincia. En la Capital Federal todos vivimos con los segundos contados, apurados, y poco importa si el semáforo está en rojo. ¿Por qué va a importar que uno esté corriendo? ¿Qué se creen los deportistas, transitando las sagradas sendas de los automóviles? Cuesta aceptar que el ser humano vino antes que los vehículos, y que calles y avenidas debieron adaptarse a las personas, y no al revés. Más allá del fastidio que resulta correr por una avenida y detenerse por el semáforo en rojo cada dos cuadras, hay que cuidarse de los automovilistas que eligen las bici-sendas para ganarle a los otros autos, o de los colectivos que se llevan todo por delante. Ni hablar del smog. El gobierno cela mucho su política de “espacios libres de humo”, mientras que son más flexibles acerca de respirar los gases de los caños de escape (que equivale a furmarse 5 atados al instante).

Los espacios verdes de la ciudad son una especie de oasis, en los que un deportista puede sentirse seguro (al menos seguro de que no lo van a pisar). Por eso las carreras y maratones urbanas son una suerte de revancha. Correr en la 9 de Julio, subir por la autopista, avanzar por el centro de las avenidas, es un placer, es como ganar las calles y marchar por donde, a otras horas, uno perdería la vida.

Existen automovilistas que frenan su vehículo ante la presencia de peatones. Pasa más seguido fuera de las grandes urbes, pero tampoco pasa siempre. Es muy distinto a otras ciudades como Montevideo, o Madrid, donde uno pisa la calle y los conductores automáticamente frenan. La senda peatonal, o zebra, es muy respetada, mientras que en Buenos Aires la usan de estacionamiento. ¿Y la gente que intenta cruzar? Que se arreglen, esquivando a los vehículos. Los conductores, por ganar 2 metros en el semáforo, se olvidan de que, en el momento en que se bajen de su automóvil, se convertirán automáticamente en peatones.

Semana 14: Día 93: Reivindicación de la carrera de calle

Los 10K de la Universidad de Palermo

Este tema lo he tratado en el pasado. Lejos de considerarme un erudito en el running, a medida que pasa el tiempo voy adquiriendo experiencia, y gracias a las distintas carreras en las que participé este año, fui aprendiendo cosas nuevas.

Cuando empecé a entrenar, obviamente, lo hice en la calle. No me planteaba participar en competencias, ni siquiera cuando empecé a concurrir regularmente a los Puma Runners. No sé por qué empecé a trotar, supongo que por el mismo motivo que todos, la salud. Cuando mi prima se enteró de que corría por mi cuenta, me insistió para que vaya a su grupo. Los mismos corredores con los que me empecé a vincular me incentivaron a competir. Mi primera carrera fue de aventura, una posta de 7 km en la Merrel de Pinamar 2008.

Ese primer acercamiento, con el contacto con la naturaleza, tuvo un gran impacto en mí. Supongo que por eso me decanté por este tipo de experiencias, con cuestas, arena, barro, agua. Las carreras de calle no me interesaban porque, de algún modo, se parecían demasiado a los entrenamientos (por una cuestión lógica las hacemos en la ciudad, que es donde vivimos). Recién ahora, que empecé a aceptar todos los desafíos que me plantean y me anoté en varias carreras de calle, empecé a valorarlas, a buscar principalmente velocidad, algo que en la montaña o la arena se dificulta.

Las ventajas de una carrera de aventura, como ya dijimos alguna vez, es el contacto con la naturaleza y las complicaciones propias del terreno. Es lo más parecido a una vacación mezclado con una competencia. Suele ser en lugares con un paisaje agradable, con mucha variación de suelo. Esto a veces se puede convertir en desventaja, ya que un mal cálculo puede hacer que nos demos la crisma contra una piedra. No son competiciones para gente quisquillosa: a veces hay que cruzar un lago con el agua que llega hasta el pecho, y después de llenarte las zapatillas con un kilo de barro por cada pie, tenés que seguir corriendo. Hay quienes pueden encontrar esto divertido (a veces yo soy uno de ellos).

Las carreras de calle ofrecen, por otro lado, mayor estabilidad. Aunque el terreno no sea netamente asfalto y haya algo de pasto, el suelo liso nos permite mantener una pisada constante. Obviamente en estas competencias nuestro tiempo es mucho menor que en las de aventura. Al poder mantener un ritmo estable con mayor facilidad, es más fácil la planificación. Mucha gente confunde esto con que son “predecibles”, y le critica a las carreras de calle que son “monótonas” y “grises”. Pero como pude comprobar en los 21K y en la Maratón de la Ciudad de Buenos Aires, correr en la ciudad tiene su encanto, sobre todo por esa sensación de estar “invadiendo” un terreno de los autos, bastante vedado para el deportista. En carreras cortas, las competencias de calle son una oportunidad para soltarse y buscar los límites de nuestra velocidad, sin el riesgo que podría conllevar hacerlo en medio de la naturaleza. Imaginemos estar haciendo un paso muy veloz y encontrarnos con que, acto seguido, tenemos que subir un inmenso médano en la playa.

Muchos corredores que prefieren un terreno impredecible no tienen en cuenta que a veces nuestro propio cuerpo no responde como nos esperábamos. A veces entrenamos semanas o meses, y en una carrera de calle nos sorprende un dolor muscular, o de panza, que no imaginábamos. O nos encontramos, como me pasó en la maratón, con la situación de estar corriendo y necesitar ir al baño. ¿Qué hacer si estás en medio de la ciudad? ¿Abandonás el contingente de corredores para ir al McDonald’s más cercano? (¿por qué no?) Toda carrera tiene su nivel de dificultad, y nos podemos encontrar con situaciones a resolver. A veces se ven afectadas por situaciones externas a nosotros, como el clima. No es lo mismo correr en la calle con lluvia que con sol, y se sabe que las maratones varían muchísimo si hace mucho calor o frío extremo.

Aunque las carreras de aventura me resultan más divertidas, encontré que las de calle también “sirven” en este entrenamiento de 52 semanas. Son más económicas por el tema de traslado y hospedaje (un corredor de Tandil pensará lo contrario respecto a las Merrel que se hacen en esa ciudad). Su estabilidad las hace también bastante liberadoras. Como consejo, creo que todo corredor debería participar tanto en carreras de aventura como de calle. No sólo para formar su propia opinión y decantar su preferencia por una u otra, sino porque no hay nada más interesante que no acostumbrar al cuerpo siempre a lo mismo.

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