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Semana 50: Día 350: Los guerreros veganos

Creo que tengo una relación sinérgica con mi entrenador. Cuando me pongo las pilas creo que lo entusiasmo y se engancha más en entrenarme. Ya hace más tiempo que entrenamos juntos bajo “Semana 52” que lo previo, o sea que ya me ha visto tres años entrenando duro, cuidándome con lo que como y bebo, contra los dos años previos donde hacía cualquiera.

Hace un año decidí hacerme vegano, y Germán me acompañó, incorporando muchas cosas. Entonces se interiorizó en el tema y empezó a darme él indicaciones. Así terminamos enseñándonos mutuamente. Nunca le di tanta prioridad al gimnasio como en el último mes y medio. Estoy yendo entre tres y cinco veces a la semana, y eso se empezó a reflejar en mi cuerpo. Si me piden que me saque una foto ahora no veo ninguna diferencia con las que me saqué antes, pero hay ciertas poses o en la tensión de correr o levantar peso donde se empieza a vislumbrar.

En todo este ir y venir de motivación, donde ambos aprendimos mucho, Germán me vino insistiendo en que tenía que empezar a colgarme para obtener más masa muscular. Varias veces me mostró ejercicios que me resultaron imposibles. A él le costaban, pero llegaba a hacerlos. Y con este renovado entusiasmo mío por la musculación, venimos hablando de incoporar nuevas rutinas.

Muchas veces, cuando uno habla de ganar masa muscular, siempre surge un detractor del veganismo diciendo que sin proteína animal, no voy a poder lograr nada. Ni mucho ni poco: NADA. Yo llevo un año entero sin consumir derivados de animales de ningún tipo (ni leche ni huevos) y pude progresar como siempre (dependiendo, claro, de que me ponga las pilas). Doy fe de que todo lo que da la carne o los lácteos es reemplazable. Para muestra basta ver cómo me fue este año en las carreras o la cantidad de músculo que gané desde que volví al gimnasio.

Y en todo este ir y venir con Germán, mientras ideamos la nueva rutina, me acercó estos videos que les comparto. Son de un grupo que se hacen llamar “Vegan Warriors” (Guerreros veganos), que difunden la vida sana y el entrenamiento duro sin que eso involucre el sufrimiento de los animales. Cuando los vi, no podía salir de mi asombro. ¿Es eso posible? ¿Se puede alcanzar ese nivel de desarrollo muscular sin recurrir a suplementos derivados de la leche o del huevo? Sí, se puede. ¿Y podría hacerlo yo? No me cabe duda. Para mí no es una cuestión de si es posible o imposible, sino de cuándo. Mis prioridades son otras, puntualmente el fondismo, que todos sabemos que consume músculo. Además el tiempo de entrenamiento de esta gente debe ser muy intenso, o al menos debe llevarles varios años. Quizá si me pongo un blog nuevo llamado “Semana 520″…

Pero no voy a dudar de mí mismo. Yo soy la prueba de que no hace falta la proteína animal para progresar. En el otro extremo están los Guerreros Veganos, y me parece una buena meta. Creo que tengo que empezar a colgarme…

Semana 47: Día 329: El hombre-jugo

Como suelen hacer casi todos los hijos que volaron del nido, fui un día a visitar a mis padres. Desde que me hice vegano nuestros almuerzos y cenas no han dejado de ser comida china (cow fan sin huevo o chop suey de verduras), pero eso no ha impedido que nos juntemos de vez en cuando. No es todo lo que me gustaría, visto y considerando que me mudé a 15 cuadras de su departamento… pero seguimos en contacto. Debo admitir que si hubiese decidido volverme un buzo táctico para vivir, ellos me hubiesen comprado un submarino.

Este almuerzo puntual se destacó por lo siguiente. Seguramente estábamos hablando de alimentación cuando me preguntaron si quería una juguera. Hasta ese punto, para mí esto era un sinónimo de licuadora. Pero resultó que no, que había un aparato que hacía jugos, quitándole toda el agua a las frutas… ¡y verduras! Como mi departamento tiene lo básico y pensé que me iban a dar algo práctico, dije que sí. Entonces mi papá se apareció con un armatoste del tamaño de mi horno eléctrico, y pensé “¿En qué me acabo de meter?”. Para complementar, me prestaron el libro “El hombre zumo”, que es como le llaman los españoles al hombre jugo, alias Juiceman.

La historia tiene como protagonista a Jay Kordich, una especie de precursor de los informerciales, quien a la fecha tiene 89 años y sigue gozando de buena salud. Era un deportista en su adolescencia, pero un diagnóstico temprano de cáncer vejiga dejó trunca su carrera. Decidido a salir adelante, empezó a investigar tratamientos alternativos para curar algo que parecía incurable, y terminó yendo desde California hasta Nueva York (de una punta a la otra de los Estados Unidos), para conocer a Max Gerson, quien estaba tratando a pacientes terminales con jugos de frutas y vegetales frescos, así como con dietas purificadoras. Kordich empezó tomando 13 vasos de 250 cc de jugo de manzana y zanahorias… y aunque no hay pruebas científicas de que haya estado enfermo y se haya curado, la palabra “cáncer” nunca volvió a formar parte de su vida.

Decidido a convertirse en un profeta de los jugos, empezó a recorrer todo el país representando marcas de jugueras en ferias, hasta que empezó a hacerse conocido, diseñó su propia máquina (la Juiceman) y se catapultó al estrellato mediático en los 80s cuando llegó a la televisión. Su pico máximo fue en el verano de 1992, cuando surgió un demencial furor por los jugos.

El libro, como podrán suponer, me atrapó, aunque es bastante corto porque el 75% son recetas de bebidas naturales, tanto de frutas como hortalizas. Aprendí que la manzana es la única que se combina con las verduras, y a la inversa pasa lo mismo con la zanahoria. Como es de suponerse, la banana solo tiene lugar en la licuadora, y lo más interesante de lo que leí (que me pareció muy verosímil) fue la explicación de Kordich de por qué una dieta basada en jugos es tan sana. Según su propia experiencia, la juguera extrae de las frutas y verduras toda el agua, y con ella la gran mayoría de los nutrientes. No puede obtenerse la fibra, pero al estar en forma líquida el cuerpo la absorbe en forma mucho más eficiente. Es casi como consumirlo pre-digerido.

Tuve la juguera ocupando lugar en la mesada, hasta que ayer decidí hacerme un jugo. Tomé una manzana verde (bastante grande) que corté en cuatro gajos y aproveché una mandarina que estaba huérfana. La máquina tiene un motor poderoso, similar al que usaban para hacer desaparecer a Steve Buscemi en Fargo. Me sorprendió que con eso alcanzara para llenar todo un vaso. Lo que sobró, que sale por el extremo opuesto de la juguera y se acumula en un recipiente, es como un puré con una consistencia muy pastosa, que Kordich sugiere usar para abonar la tierra.

Cuando el pico de la máquina dejó de gotear, quedó en el vaso un líquido espumoso de color verde con vetas naranjas. Lo probé… y fue la cosa más exquisita que bajó por mi garganta. No es la primera vez que tomo un jugo, de hecho usualmente me pido licuados en restaurantes, ya que el menú vegano de los comercios no especializados es muy limitado… y aunque tienen sabor, jamás se sintió como lo que hice ayer. Era muy dulce (no le puse nada más que esas dos frutas) y muy saciador. El problema, claro, es que me tomó 30 segundos hacer ese jugo y un buen rato limpiar la juguera… pero valió la pena.

Hoy, cansado por un día de trabajo exhaustivo, me recompensé con un vaso igual (no me animé a innovar). Temía que me haya tocado justo una manzana verde muy jugosa, o la mandarina ideal (Kordich dice que hay que intentar dejarle todo lo que podamos de la parte blanca), pero me salió exactamente igual… espumoso y exquisito.

Obviamente lo que yo leí en la historia de Kordich, que él no menciona directamente en ningún momento, es que se hizo vegano, y obtiene todos sus nutrientes de alimentos crudos y enteros. Asegura que tiene una excelente salud y que rara vez se enferma. Muchas vitaminas duran muy poco tiempo en las frutas una vez que se sacan del árbol y se cortan, y ni que hablar de los jugos de supermercado, donde los nutrientes son agregados químicos.

Usar la juguera tiene el inconveniente de que produce desperdicio y hay que limpiarla… pero estoy empezando a darme cuenta de que nuestro problema suele ser que queremos comidas y bebidas al instante, de la forma más cómoda posible. Si lo que buscamos, además de matar el hambre, es tener la mejor salud posible, no podemos buscar que la solución esté en una góndola de supermercado o una pastilla. No sé si la juguera se la tengo que devolver a mis padres (temo preguntarles), pero de todas las cosas que me han dado a lo largo de la vida, en este post rescato estas dos: la maravillosa alternativa de los jugos naturales, y que nada bueno en la vida se obtiene sin sacrificio. Así que… a cocinar y limpiar.

Semana 43: Día 296: Los cinco venenos blancos

Estoy a punto de hacer un ajuste grande en mi dieta, básicamente consumir menos productos refinados y más integrales. Por un lado es más sano (creo que no tenemos noción de lo dañino que son los alimentos procesados versus los naturales), y por el otro voy en busca de la “cubetera”. No la tengo, nunca la tuve (quizá si hago mucha mucha mucha fuerza abdominal). Esto se logra con ejercicio aeróbico (esa parte está cubierta) y dieta. El cuerpo quema más calorías digiriendo alimentos integrales, por lo que “hacer dieta” en mi caso no quiere decir “comer menos”, sino “comer diferente”. Vamos a ver qué pasa.

Este artículo me llegó hace poco, y fue lo que me dejó pensando. Lo comparto y en unos días les cuento cómo me está yendo…

5 Venenos blancos que podrías estar comiendo todos los días.

En nuestra dieta existen alimentos que deberían ser llamados “veneno”, porque tienen poco valor nutricional y hasta pueden ser perjudiciales para nuestra salud. Conocidos como “venenos blancos”, el azúcar refinado, la sal y las harinas refinadas, entre otros, son causantes de diferentes enfermedades que son consideradas graves, pues son degenerativas, como la diabetes, la hipertensión arterial y hasta el cáncer.

1.-  La Sal de mesa refinada.

La industria decidió un día convertir la sal cristalina natural en simple cloruro sódico (la sal refinada de hoy), porque los científicos de la época afirmaron que los demás elementos que contenía (minerales esenciales y otros oligoelementos) eran innecesarios y bastaba el cloruro sódico para salar los alimentos. Desde entonces cualquier parecido entre la sal que ahora consumimos y la sal natural es inexistente. De un alimento que era “oro puro” porque proporcionaba al ser humano todos los elementos necesarios para su subsistencia en la proporción exacta que el organismo necesita se pasó a consumir un producto que es “veneno puro”, como bien saben los investigadores y médicos.
A la toxicidad del cloruro sódico hay que añadir la del yodo y el flúor, minerales que hoy se agregan artificialmente a la sal. El yodo (tóxico cuando se sobrepasa el mínimo necesario) se añade porque se supone que mejora la función de la tiroides; y el flúor (uno de los elementos más radioactivos que existen) porque afirman que este veneno evita la caries. Un sarcasmo. La sal cristalina natural, tanto la que procede del mar (sal marina), como de las montañas, contiene los 84 elementos que compone el cuerpo humano en su proporción exacta. Poca gente sabe que la composición de la sangre humana es prácticamente idéntica al agua salina del “mar primario”, es decir, una solución con la misma concentración de elementos que tenía el mar hace millones de años.
La comida chatarra se encuentra llena de sal refinada, que aumenta el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares, consumir este tipo de sal equivale entre 8 y 20 veces más que la que debiera comer. Pues con la finalidad de que el sodio y el potasio encuentren un equilibrio, se debe consumir de 1,500 miligramos por día, pero si no se respeta, es cuando aparecen enfermedades referentes al corazón.
Ver Beneficios de la Sal Marina AQUÍ

2.- Azúcar refinada.

El azúcar blanca no se puede considerar como un alimento, ya que es una sustancia química pura, extraída de fuentes vegetales como la caña de azúcar o la remolacha,  a las cuales se les extrae el jugo eliminando toda la fibra y las proteínas que forman el 90% de dichas plantas.
Para dejar limpio el líquido que contiene el azúcar, se añade cal viva y es ahí donde esa reacción alcalina mata casi todas las vitaminas, luego se añade dióxido de carbono para acelerar la cal,  este líquido azucarado pasa por tubos que lo separan de las impurezas.  Luego viene otro tratamiento con sulfato de calcio y ácido sulfúrico para decolorar y dejar casi blanco.
El azúcar refinada no tiene proteínas, ni vitaminas, no tiene minerales no tiene enzimas, no tiene micro elementos, no tiene fibra,  no tiene grasas y no es de ningún beneficio en la alimentación humana.

No es buena porque no aporta ningún nutriente, aporta energía, pero nada más. Esta se conforma de glucosa y fructuosa. El problema es la manera en que la consumimos, porque las frutas y verduras, por sí mismas, ya contienen azúcar. Las azúcares refinadas son causantes de obesidad, de un desequilibrio nutritivo, caries y más. Los edulcorantes químicos también son dañinos, pues aumentan el riesgo de cáncer, como el aspartame, la sacarina y ciclamatos, que podemos encontrar en productos como el refresco light.
Ver La verdad detrás del Azúcar: el dulce ladrón de la vida AQUÍ

3) Harina refinada.

Como se ilustra en The Daily Mail, con los años la calidad del pan se ha vuelto mucho peor en lugar de mejorar. En 1911, la sal, las grasas baratas, el alumbre, la cal en polvo y el blanqueador eran los ingredientes “malos” del pan. Actualmente, hay que lidiar con ingredientes nuevos que dañan la salud y que se pueden encontrar en la tienda en donde compra el pan. La harina blanca producida es casi puro almidón, y ahora contiene una pequeña fracción de los nutrientes del grano original. Además, los tratamientos químicos en el grano dan como resultado la formación de un subproducto llamado aloxano –un veneno utilizado en la industria de la investigación médica para producir diabetes en ratones sanos. El aloxano causa diabetes al hacer girar enormes cantidades de radicales libres en la células pancreáticas beta, destruyéndolas. Las células beta son las células primarias de las zonas del páncreas llamadas islotes de Langerhans y producen insulina; así que si son destruidas, se desarrolla la diabetes.

Teniendo en cuenta el rango epidémico de la diabetes y otras enfermedades crónicas, no es buena idea tener una toxina como esta en su pan, incluso si es en pequeñas cantidades.
Cuando más fina y blanca es la harina, menos fibra, vitaminas y minerales contiene. El pan blanco, el pan de salvado, los panes de bollería, no contienen vitaminas ni minerales, mientras que favorecen las caries, el cáncer, el colesterol y la diabetes. Los panes más recomendables son el pan de centeno y el pan integral.
Ver  Los riesgos de salud al comer pan blanco AQUÍ

4) Arroz refinado.

Según los investigadores de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Harvard, en Estados Unidos, el arroz blanco causa aumentos bruscos en los niveles de glucosa en la sangre, lo cual es un riesgo de diabetes.Aunque el arroz se ha consumido durante siglos en muchos países, fue sólo en el siglo 20 que comenzó a refinarse y consumirse como arroz blanco.
Para producir el arroz blanco el grano integral es sometido a un proceso de refinado con el cual se le retira la capa exterior y el germen. Y básicamente lo que queda es el endospermo, que consiste principalmente de almidón. El estudio analizó los datos de tres grandes estudios llevados a cabo con cerca de 40.000 hombres y 157.500 mujeres sobre el consumo de arroz y el riesgo de diabetes. Los científicos descubrieron que quienes consumían cinco o más porciones de arroz blanco a la semana tenían 17% más riesgo de diabetes que quienes consumían menos de una porción al mes.
Desde el punto de vista de la salud pública, debería recomendarse el reemplazo de granos refinados como el arroz blanco por granos integrales, incluido el arroz integral para facilitar la prevención de la diabetes tipo 2

5) Leche de vaca pasteurizada.

La pasteurización de la leche destruye las bacterias beneficiosas, junto con las malas y destruye las enzimas esenciales para la absorción de nutrientes. La Pasteurización de la leche destruye toda su fosfatasa, lo que es esencial para la absorción del calcio y el calcio trabaja con la vitamina D, no sólo está disponible a través del sol, pero es un nutriente esencial en la nata cruda. Calentar cualquier alimento crudo destruye las enzimas activas, por lo que la lipasa (una enzima única de la leche y se necesita para completar la digestión de las grasas) es lanzada junto con muchos otros nutrientes esenciales que la pasteurización destruye.
Se considera que es la principal causa de alergias en los niños, según la Academia de Alergia, Asma e Inmunología de Estados Unidos. Y es que la leche, además es rica en grasas saturadas y colesterol. Algunos estudios, incluso la relacionan con la diabetes y hasta con la osteoporosis, porque debido a ser baja en magnesio, no deja que los huesos absorban el calcio.
Ver más en ¿Por qué tomar leche vegetal y no leche de vaca pasteurizada? Algunas recetas de leches vegetales AQUÍ

Fuentes: http://www.sincebolla.com, http://www.espanol.mercola.com, http://www.bbc.co.uk

Semana 42: Día 293: Siguiendo tu progreso

seguimiento

Ayer, en el entrenamiento con los Puma Runners, nuevamente escuché algo que es demasiado habitual, y es esa especie de imagen de fanático del entrenamiento y la dieta que tienen de mí. Intenté, con torpeza y sin llegar a buen puerto, explicar que depende de con quién me compares puedo parecer un talibán de la nutrición, pero a mis ojos estoy lejísimos del extremismo. Pero bueno, no hubo caso.

Siempre pienso en las cosas que hice y cuáles funcionaron. Sé que ponerme seis comidas diarias (cuando hacía dos) fue clave. También lo fue tomar más agua y hacer un click mental de tener paciencia y constancia. Sabía que tenía que llegar al año, y eso me puso un objetivo, además de que me quitó presión. Los cambios más bruscos se dieron al principio, mucho antes de lo que esperaba.

Pero… si me encontrara con una persona que no me ve desde hace diez años, no lo podría creer. ¿Constancia, yo? Si abandoné los estudios de periodismo por el tedio que me causaba. Ni siquiera me destaqué en la secundaria, mucho menos en educación física. Tengo una colección de novelas que decidí escribir y que no pasé de la primera página. Empecé un diario íntimo y lo abandoné al segundo día. Montones de proyectos sin terminar (sin empezar algunos), pero ESTE funcionó… ¿por qué?

Pensándolo un poco, sospecho que fue el haber hecho un seguimiento diario. Al principio, cada dos semanas, me tomaba una foto de mi tren superior, para llevar un registro de mis cambios. No me enloquecía la idea, pero me parecía que de esa forma me obligaba a tener un compromiso. Estaba ahí, en la web. Como no soy todo lo constante que algunos creen, hubo muchas veces donde no actualicé la bendita foto, pero los cambios se veían, eran “palpables” (si cabe la palabra). Y escribía todos los días, lo hice durante dos años, religiosamente. Anotaba lo que me pasaba en el cuerpo e internamente. Sin proponérmelo, tengo anotadas las experiencias de todas mis carreras, de las ciudades que visité, de las lesiones que sufrí y de las comidas que me ayudaron (y las que no).

Debo volver a citar el libro que estoy leyendo actualmente, “Nutrición y peso óptimo”, de Matt Fitzgerald, ya que en un capítulo habla del Principio de Heisengberg. Se trata de un principio de incertidumbre, que establece que cuando se observa un fenómeno a nivel subatómico, este cambia. Algunos creen que el hecho de obervar algo genera un cambio sobre aquello que se está observando, entonces nos metemos en la trampa filosófica de si fuimos nosotros, con nuestra curiosidad, los que generamos ese cambio. Fitzgerald lo baja a algo más cotidiano, como “la olla que se mira nunca hierve”. Al observar las cosas, alteramos su curso en muchos otros dominios de la vida humana. “Lo que puede ser medido, puede ser controlado”, y esto se aplica a la salud y al propio cuerpo.

La mejor forma de ganar control sobre algo es monitorizarlo sistemáticamente. El esfuerzo grande que hemos de aplicar para poder hacerlo, explica Fitzgerald, lo convierte en una prioridad más elevada y ayuda a mejorar este aspecto (del cuerpo, por ejemplo), independientemente de otros esfuerzos. Yo tenía alarmas en el celular para recordarme cada una de esas seis comidas diarias. Empecé a investigar qué comía, tanto lo “nuevo” y más sano como aquella comida chatarra que estaba dejando atrás. Me hacía estudios periódicos con mi nutricionista, que me iba indicando cómo bajaban los niveles de grasa en mi cuerpo. Me hacía análisis de sangre unas dos veces al año. Iba al gimnasio y comparaba los cambios que sentía cuando iba cinco veces por semana y cuando iba solo dos. Y anotaba todo.

Hoy me relajé un poco, aunque para algunos siga siendo un fundamentalista. Hay cosas que las convertí en un hábito. Hubo un momento en que borré todas las alarmas del celular, porque ya el cuerpo me pedía comida a las horas indicadas (y lo sigue haciendo). Ya como fritos o gaseosas y me caen espantosamente mal. Con algo de experiencia previa, estoy por volver al gimnasio, y sé que me va a funcionar porque aprendí qué cosas sirven y cuáles no. Quizá no me observe tan rigurosamente como antes, pero evidentemente estar pendiente de los cambios y tener este blog me ayudó mucho. No esperaba que nadie lo leyera, mucho menos que me escribieran para opinar o compartir experiencias propias. Pero aprendí eso, que tomar nota sobre mis cambios hizo la diferencia en todo, y generó una sinergia que hizo crecer tanto al blog como a mí mismo. Y si lo pudo hacer alguien como yo, que comía todos los días un cuarto de pan con cantidades industriales de Mayoliva mientras empezaba la décima novela que nunca iba a terminar… ¿por qué no podría hacerlo cualquiera?

Semana 42: Día 292: ¿El peso óptimo?

La balanza es una obsesión para muchos. Algunos creo que optan por lo más inteligente y no miden su físico ideal por lo que pesan, sino por lo que ven: cómo les calza la ropa, por ejemplo. Pero los kilos de más o de menos le quitan el sueño a más de uno, deportistas o no.

Hay algo que no podemos dejar de aclarar, y es que estamos viviendo tiempos de cambio. Nuestras costumbres no son las del hombre primitivo, que no tenía Facebook y si quería comer no salía a buscar un Carrefour Express en el radio de 5 cuadras de su cueva. Ni siquiera nos parecemos a nuestros tatarabuelos. Si nos remontamos a un siglo atrás, las nociones de nutrición eran muy diferentes a las actuales. ¿Un cuarto de libra con queso, papas medianas y una Coca light? Productos de la modernidad, habituales en la dieta de muchos.

Hay como una tendencia a replantearse todo esto, y se evidencia por una suerte de “moda” con el running y la vida sana. Antes comer tofu era de hippie, y no se conseguía con facilidad. Como dije, tiempos de cambio.

Cualquiera sabe que la obesidad se convirtió en una pandemia, algunos visten sus kilos de más con una suerte de orgullo nacional, otros los esconden, pero las historias de nuestros bisabuelos que caminaban 10 kilómetros para ir a la escuela quedaron muy atrás. Nos movemos mucho menos que nuestros ancestros, comemos mucho peor, y con el bombardeo de información que recibimos de las enfermedades relacionadas con la mala nutrición (sumado a los estrictos cánones de belleza), hace que nos creamos expertos en nuestro peso óptimo. Todos tenemos un número en la cabeza que queremos alcanzar. El mío es estar por debajo de 65 kg. Es un número caprichoso, ni siquiera sé de dónde lo saqué.

Pero… ¿cómo sabemos cuánto deberíamos pesar? ¿Hay una fórmula matemática que resuelva todos nuestros problemas? La Organización Mundial de la Salud (OMS) dice que sí. Para los desvelados que caminaban en círculos en su casa, mirándose la barriga y repitiendo el mantra “cuál es mi peso ideal, cuál es mi peso ideal, cuál es mi peso ideal” decidieron que había que tomar nuestros kilos y dividirlos por nuestra altura en metros al cuadrado (parece complicado, pero no lo es). Esto se llama Índice de Masa Corporal (IMC), creada por el estadístico belga L. A. J. Quetelet (también se conoce como índice de Quetelet). El valor obtenido no es constante, sino que varía con la edad y el sexo (véanse las figuras 1 y 2). También depende de otros factores, como las proporciones de tejidos muscular y adiposo. En el caso de los adultos se ha utilizado como uno de los recursos para evaluar su estado nutricional, de acuerdo con los valores propuestos por la OMS.

En mi caso da 20,99. Soy un tipo promedio, según esta tabla, que dice que un valor de menos de 16 es “infrapeso” o “delgadez severa”, de 16 a 17 es “delgadez moderada”, de 17 a 18,5 es “delgadez no muy pronunciada”, de 18,5 a 25 es “normal”, de 25 a 30 es “preobeso” y más de 30 directamente “obeso”. Ahora bien, ¿nos sirve de algo esta tabla? Es una guía, pero si usted no sabe si es delgado, normal u obeso, ¿realmente necesita esta fórmula matemática para dilucidarlo? Uno creería que a los atletas les sirve, pero un rango de 18,5 a 25 es muchísimo. En mi caso, que mido 1,80, podría pesar de 60 a 80 kg… o sea, ¡hay 20 kilos de diferencia! ¿Cómo puede ser que mi peso óptimo tenga una variación tan grande? Si lo que yo hago es correr, donde la optimización de la energía es fundamental, esta tabla es poco precisa… y quizás inexacta.

El peso ideal, convengamos, es más difícil de determinar de lo que uno cree. Porque si la balanza dice que peso 68 kg, no va a ser lo mismo si mi cuerpo está compuesto por 10 kg de grasa que por 30. No importa la suma total, sino cómo están compuestas las partes. Cuánto hay de masa adiposa y cuánto de masa muscular. No importa lo que diga una balanza, sino cómo nos sentimos cómodos, cómo rendimos. Tampoco hace falta hacer una medición antropométrica para saber si nos sobra grasa. La cintura y las caderas son donde más se empieza a notar un exceso, y cualquier atleta que haya perdido 5 kilos o más de masa adiposa puede dar fe de la diferencia que hace eso al correr. Según el libro “Nutrición y peso óptimo para conseguir el máximo rendimiento”, de Matt Fitzgerald, dice que un deportista que pese 75 kilos debe consumir alrededor de un 6,5% más de energía para correr que otro, al mismo ritmo, que pese 70 kilos.

Alguno creerá que entonces lo que hay que hacer es comer menos, para bajar de peso y rendir más. No, para nada. No se trata de reducir la ingesta sino de alimentarse mejor. Los deportistas no tenemos que llevarnos menos comida a la boca, diría que todo lo contrario. Es solo ser inteligente y mantener la constancia en la actividad física. Menos atención a la balanza y más a lo que nos acerca a nuestro rendimiento óptimo.

Semana 42: Día 291: No hay verdulerías en el centro

Eso. Ni una encontré. Y hay muchos, demasiados, Carrefours exprés. Y ninguno vende verduras.

Hoy me aventuré, previa búsqueda en Google Maps, para ver dietéticas donde comprar milanesas de soja, alguna comida ya preparada vegana, arroces… pero después de sortear las calles que parecen bombardeadas de la Capital Federal, solo me encontraba con negocios que venden cosas dulces “light”. Comida, lo que se dice comida… poco y nada.

Por ahí me malcrié de que en Colegiales tenía una dietética a la vuelta, que visitaba dos veces por semana. Y estaba relativamente cerca del Barrio Chino. Tendré que seguir explorando, o ponerme un local a la calle y llenarme de guita. ¿O los veganos/vegetarianos no somos todos los que yo pensaba?

Semana 40: Día 279: Comer en Río de Janeiro

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Estoy en Río de Janeiro, uno de los destinos que jamás hubiese imaginado visitar si no hubiese sido por el running. Por supuesto que avisé en la aerolínea que era vegano y obviamente no me dieron bola. Rl desayuno era el mismo para todos: un sándwich de jamón y queso y una embajada de frutas. Logré conseguir más de una intercambiando con mis compañeros y así sobrevivir. En la ciudad de Río de Janeiro existe una gran oferta de restaurantes pero son todos con carne y muy aceitosos. Después de caminar y caminar encontré un bufetque tenía arroz y papas, ideal para un vegano que quiere correr una maratón. La alegría máxima fue llegar al supermercado y encontrar leche de soja. El resto de las cosas que como son adaptables o reemplazables, pero eso no. El cambio no nos favorece mi ahí, pero por suerte estoy pagando todo con débito, y como es lógico, rinde más cocinar en el departamento que salir afuera. Estoy cuidándome de las fibras, pero como no dormí anoche tengo las horas cruzadas y mucho sueño. Por eso creo que voy a optar por dormir temprano y mañana visitar al Cristo Redentor…

Semana 33: Día 228: Cuando el pánico se apodera de nuestras decisiones

Este tema lo tiré en mi Facebook y se armó un interesante ida y vuelta entre mis amigos. Hubo algunos golpes de puño sobre una mesa virtual, alguno que levantó la voz y otro con el que decidí seguirlo por privado para no armar una polémica desmesurada. Entiendo que sea un tópico sensible, y desde mi poco conocimiento (y gran ignorancia) voy a dar mi opinión, y espero que sea tomada como eso y no como una subestimación o falta de respeto. Hechas todas las innecesarias aclaraciones, comenzamos…

El cáncer es una enfermedad a la que le tenemos mucho miedo. Quizá porque todos conocemos a alguien que la padeció y hasta sabemos de gente que perdió su vida. Pero en gran parte la tenemos presente por los medios de comunicación. Si de algo se han encargado la televisión, los diarios y hasta el cine es de desinformarnos y confundirnos. Hoy salió en todos los medios la decisión de Angelina Jolie de someterse a una doble masectomía para prevenir un posible cáncer mamario. Lo que trascendió es que su madre había muerto de cáncer de ovarios, y una aparente predisposición genética le daba una chance del 80% de padecerlo ella también. Entonces optó por esta resolución.

Los medios, tanto en televisión como internet, hablaban de una “valiente” y “conmovedora” decisión, que seguramente creen que concientizará a otras mujeres sobre esta enfermedad. Pero cuando me enteré de esta noticia, una serie de alarmas se me activaron en mi cabeza, y me recordaron la anécdota que comenta el Dr. Campbell en su libro “The China Study”: una madre, aterrada por el cáncer, consultó a su médico a qué edad podía practicarle una masectomía a su hijita, para así evitar que pasara por el difícil proceso de un cáncer. Me imaginé que con la influencia que tiene una celebridad y el enfoque que le daban los medios, muchas mujeres iban a sentir que una intervención quirúrgica era la mejor opción.

Entonces yo, desde mi Facebook, planteé esto y me animé a preguntar por qué optar por el quirófano como método preventivo, y no por el veganismo. También di la que me parecía la respuesta: mucha gente considera que una masectomía es menos “extremo” que un cambio radical en la dieta. Similar es el caso de los pacientes cardíacos que se someten a un bypass. En realidad no han curado su condición médica, sino que han emparchado algo que está dañado. Esta operación no les evita sufrir un nuevo infarto, como una masectomía no va a impedir que Angelina Jolie contraiga un cáncer (como, por ejemplo, el de ovarios, que le quitó la vida a su propia madre).

Yo creo que esta actriz basó su decisión en el miedo, en el concepto que tiene la gente del cáncer, y nunca consideró que una dieta basada en alimentos vegetales enteros podía ser un tratamiento preventivo exitoso como prevención. Yo sé que cuando planteo esto entre mis amigos, más abierta y pasionalmente, sueno a un fanático religioso, de esos que está esperando que venga su nave espacial para llevarlos a su planeta de origen. Pero nadie me puede negar que nos concentramos en los síntomas y muy poco en las causas. Y los medios de comunicación tienen una gran responsabilidad en confundirnos, tal como lo demuestra el epidemiólogo (y orador) Ben Goldacre, quien lista elementos supuestamente “cancerígenos” al azar, tomados de titulares de diarios. Lo curioso es que también presenta ítems que supuestamente previenen el cáncer, y el café integra ambas listas… (aquí el video, que no tiene desperdicio).

Los medios quieren dar noticias shockeantes y captar la atención de los lectores. La gente busca “el secreto” o ese único alimento que les va a salvar la vida. Entonces una única cosa (el wifi, por ejemplo) puede causar cáncer. Poco importa cualquier otra causa ambiental de los individuos. Y después, un único alimento o bebida (el té verde, por ejemplo), puede prevenir el cáncer en X porcentaje. Rara vez se establece que las cosas funcionan dentro de sistemas, con elementos que coexisten y funcionan coordinados entre sí. Se sabe que una vida sana, con una alimentación cuidada y actividad física regular puede prevenir muchísimas enfermedades, pero pareciera que es algo demasiado complejo a lo que someterse. Siempre buscamos la solución mágica e inmediata, y eso es lo que los medios no dan. Un deus ex machina, una salida rápida.

Pero lamentablemente un problema complejo como el cáncer requiere de una solución compleja, como puede ser patear el tablero y dar vuelta tu plan alimenticio diario. No es un invento, existen médicos que realizan tratamientos con dietas veganas estrictas, y han tenido exitosos resultados en pacientes con problemas cardíacos y enfermos de cáncer, como atestigua el documental “Forks over knives”. Seguramente una masectomía va a parecer la solución más rápida para prevenir una enfermedad mortal. Pero solo reduce la posibilidad de contraerla en esa zona, al igual que cortarnos la cabeza nos ayuda a no contraer un tumor cerebral. ¿Hasta dónde podemos seguir “cortando” por miedo a enfermarnos? Y cuando ya nos hayamos sometido a operaciones y tratamientos largos y agotadores, ¿habrá sido después de intentar opciones menos riesgosas e invasivas como una dieta vegana y una vida con actividad física constante?

Semana 33: Día 226: Comidas adictivas

Se está acercando el fin de la Feria del Libro, lo cual es una excelente noticia para mí. Por un lado, voy a poder recuperar mi ritmo normal de vida, con mis propios horarios. Eso se traduce en que finalmente podré entrenar tanto como quiero, en esta etapa de recuepración. Por el otro, nuevamente voy a comer alimentos más sanos. Es inevitable, estando en un stand durante tantas horas, recurrir a comidas que son puro carbohidratos. En mi caso, si bien me llevé manzanas y bananas, las frutas se me arruinan. No siempre puedo llevarme otra cosa que no sean cereales, o alguna de esas galletitas veganas que estoy descubriendo (con muchos hidratos de carbono, pero poca grasa).

Mi amigo Rodolfo Falcón administra un blog y un grupo de Facebook llamado “Eligiendo Caminos”, dedicado a la salud, tanto física como mental. Algunas veces debatimos (siempre estando de acuerdo) sobre las ventajas del vegetarianismo y el deporte. Una de sus entradas más recientes está relacionado con las comidas adictivas, que me pareció pertinente compartir:

Alimentos que no puedes parar de comer

Si cada vez que entras a un local de comida rápida, sentis que no podes dejar de comer, tal vez te sea útil saber que no sos la única persona a la que le sucede. Hay alimentos que generan que la gente coma en forma compulsiva.
Entre los alimentos que producen este efecto, figuran aquellos que incluyen la combinación de grasas, sal y azúcar. Así lo explica el Dr. David Kesller, autor de “El fin de la alimentación excesiva” que se dedicó a investigar a quienes comen en forma compulsiva para explicar el poder de la comida. “Comer alimentos con alto contenido de azúcar, grasa y sal nos lleva a querer comer más alimentos con alto contenido de azúcar, grasa y sal”.

Pero, ¿qué alimentos nos llevan a seguir comiendo, aún cuando ya no tenemos más apetito?

La comida “chatarra”:

Un estudio del Instituto de Investigación The Scripps, publicado en Nature Neuroscience, demostró que  la comida rápida tiene propiedades “adictivas”, ya que, al igual que sucede con las drogas, es extremadamente difícil detenerse y dejar de comer. Esto ocurre con la comida que tiene un alto contenido calórico y de grasas, como el tocino y las salchichas, por ejemplo, que generan que las personas coman en exceso.
Según este estudio, el consumo sin límites de alimentos que producen placer provoca, como en las adicciones, respuestas de los neuroadaptadores en el circuito de recompensas del cerebro, desencadenando el desarrollo de la alimentación compulsiva.
Entre los neuroadaptores que se analizaron se encuentra el receptor D2, un neurotransmisor que es liberado por el cerebro con las experiencias que producen placer, como las drogas, el sexo y, también, la comida.

Los carbohidratos:

Según explica la Asociación Americana del Corazón, los carbohidratos aumentan los niveles de insulina, lo que disminuye el azúcar en sangre. Esto provoca el deseo de ingerir más alimentos y, en algunas personas, más carbohidratos, para obtener una fuente rápida de energía. La insulina es una hormona que es utilizada por el cuerpo para convertir el azúcar, el almidón y otros compuestos en energía.
A su vez, algunos estudios explican la conexión entre la mente, el humor y la comida debido a la disminución de la serotonina en el cerebro. Para los expertos, las personas que tienen antojo de carbohidratos poseen niveles bajos de serotonina, que ayuda a reducir los sentimientos de miedo, ansiedad y estrés, mejora el humor y favorece la relajación.

El chocolate:Al parecer, tiene los mismos efectos de la comida chatarra. En el libro “La seducción de la comida”, su autor, el Dr. Neal Barnard, explica que el chocolate estimula la misma parte del cerebro que las drogas. Además, el chocolate contiene ciertos ingredientes que son estimulantes, como la cafeína, la teobromina –que se extra del cacao y se utiliza también en ciertas medicinas- y la Feniletilamina –una amina aromática, semejante a las anfetaminas.

El queso:

Tiene un ingrediente en común con el chocolate: la feniletilamina. Los médicos Donald F. Klein y Michael Lebowitz, del Instituto Psiquiátrico del Estado de Nueva York, atribuyen la feniletilamina al amor, explicando que las personas enamoradas tienen grandes cantidades de este componente en su cerebro. Por otra parte, un estudio de los Laboratorios Wellcome encontró que  la leche de vaca, que se utiliza para fabricar el queso, contiene morfina en pequeñas cantidades y no en todos los casos (dependiendo de la dieta del animal) y caseína, que podrían causar la adicción a este alimento.

No todas las personas sienten la misma atracción hacia los mismos platos. Incluso entre aquellos que reconocen comer permanentemente en forma compulsiva, hay quienes se inclinan hacia las comidas saladas y quienes prefieren los platos dulces.
No obstante, conocer los alimentos que pueden producir adicción o comer en forma compulsiva puede ser de mucha ayuda, ya que al saber que nos resultará difícil detenernos, es probable que nos convenga elegir otra alternativa que no nos produzca ese efecto. ¿O acaso alguna vez viste a alguien comiendo lechuga o tomate sin parar?

Semana 20: Día 139: Cita con la nutricionista

Hoy tuve una nueva cita con la nutricionista, a quien no veía desde pocos días antes de partir rumbo a la Misión 2012. En estos dos meses aumenté mucho el volumen de entrenamiento. En realidad, en enero, ya que en diciembre me dediqué al ultratrail y lo que sumé en el cuentakilómetros fueron más que nada gracias a los 110 km en las montañas.

Yo tenía la sospecha de que los valores me iban a dar mejor, pero igual estaba intrigado. ¿Con tanto entrenamiento habría perdido masa muscular? ¿Podría haberme hecho mella haber cambiado mi dieta de vegetariana a vegana? Fui con un estudio bajo el brazo: análisis de orina y de sangre. Era la hora de la verdad…

Romina tomó los estudios, los revisó y empezó a anotar. “Muy bien, ¡perfecto!”. Hay ciertos índices que ya sé que van a dar valores espectaculares, como el colesterol, pero ese no vale. El HDL -el bueno- dio 2.63 (valor de referencia: menor a 5.0), el LDL -el malo-: 70.40 mg/dl (valor de ref. 70.00/130.00) Glucemia: 92 mg/dl (valor de ref. 70/110), Erosedimentación: 7 mm (valor de ref. 2/12), Creatininemia: 0.70 mg/dl (valor de ref. 0.50/1.40), Uremia: 27 mg/dl (valor de ref. 15/50), Colesterolemia: 134 mg/dl (valor de ref. 150/200, y según la nutricionista estos valores son occidentales, los orientales toman a 150 como máximo), Sodio en plasma: 140 mol/l (valor de ref. 135/146), Potasio en plasma: 4.20 mol/l (valor de ref. 3.50/5.30), Cloro en plasma: 105 meq/l (valor de ref. 98/110).

Estos estudios, más los del corazón, se los voy a llevar el jueves que viene a la médica clínica que me hizo la orden, para que me haga un apto médico. Pero no me quiero adelantar. Todavía estoy con la consulta de nutrición, y es el momento en que tengo que pasar detrás del biombo a sacarme la ropa. Es un momento que muchos temen; Romina tiene unos pantaloncitos para los pudorosos, pero yo salgo en boxer y medias, y que sea lo que Dios quiera.

Me empezó a tomar las medidas para el estudio antropométrico. Lapicera, cinta métrica, calibre para los pliegues de la piel. En un arranque de optimismo le dije “Seguro me va a dar mucho mejor que la otra vez”. “¿Te parece?”, me preguntó. “Si me da peor, abandono todo”. Sí, soy así de blanco y negro.

Cuando me subí a la balanza, me decepcionó un poco ver que solo había bajado 1 kilo y 100 gramos. “Hay que ver cuánto de eso es pérdida de masa muscular”, dije, en un rapto de negativismo. Romina ingresó todos los datos en la computadora y empezó a mostrarme los valores del informe de composición corporal. En diámetros bajé algunos milímetros, y aumenté 1,83 cm de tórax anteroposterior (¿flexiones de brazos?) y 1,18 cm en el humeral (de correr, asumo). Los perímetros tuvieron muy poca variación, o sea que no daba la impresión de pérdida de masa muscular. Los pliegues cutáneos bajaron todos, en especial en la zona abdominal y el muslo, donde perdí 4 mm en cada uno.

Con todos los valores de pliegues, diámetros y el peso, la computadora calcula cuál de los 5 tejidos es el qué varió y cómo. Cuando vi el valor de la masa adiposa (grasa), solté un “¡A la mierda!”. Desde la última medición, el 4 de diciembre, había perdido 2 kilos y 490 gramos. Romina me señaló la masa muscular y me dijo “A la mierda también”. Había aumentado 1 kilo y 120 gramos. El resto de las masas no varían: la residual (órganos y el contenido del estómago), ósea y piel. Estoy en mi mejor valor de grasa desde agosto de 2011, con 16,4 kg, y el mejor de masa muscular desde febrero de 2012 (30,2 kg).

Conclusión: EL VEGANISMO NO ATENTA CONTRA LA SALUD O EL ESTADO FÍSICO.

Y hablando de eso… ¿cómo me estoy sintiendo en los entrenamientos? La verdad, bárbaro. Con energía, y el sándwich de tofu al finalizar puede ser una de las claves por la que esté regenerando correctamente el tejido, además de que mi almuerzo y cena base es combinar arroz con legumbres. Vicky también está experimentando en la cocina con la soja texturizada, y ha hecho guisos espectaculares y un pastel de papa que engañaría a cualquier carnívoro.

Acordamos con Romina vernos unos días antes de la Ultra Buenos Aires. Intercambiamos anécdotas de los libros que hemos estado leyendo, me confesó que le preocupa que no varíe mis menús y que no esté saliendo de la milanesa y las salchichas de soja (pero a la noche, al volver del entrenamiento, no tengo ganas de ponerme a cocinar nada que no me tome 2 minutos de microondas), pero me confesó que estaba muy bien. “No hay que arreglar lo que no está roto”, me dijo. “Seguí así”.

Me sentí como cuando me sacaba un 10 en el colegio. Como buen alumno aplicado, fui disfrazado de corredor: musculosa de la San Silvestre 2010, mochila con hidratador, pantaloncito corto, medias de running (anti-ampollas) y las zapatillas XR Mission de Salomon. Cuando salí, me unté vaselina en la cintura, con disimulo me pasé por la entrepierna, acomodé un poco de fruta glaseada en el bolsillo, me puse el iPod y salí a correr 40 km. Pero… no quiero quemar la experiencia en este post, así que me guardo este monstruoso fondo para desarrollarlo en el día de mañana…

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