Archivo del sitio

Semana 23: Día 155: El alcohol y los veganos

El chiste recurrente entre mis amigos es que, cada vez que rechazo algún ofrecimiento, me preguntan “¿Qué? ¿No es vegano?”. Como algunos saben, cuando empecé Semana 52, abandoné el alcohol (excepto por un poco de pisco en Perú, porque “a la tierra que fueres…”). Fue una decisión meramente de salud, aunque podría decir que tuvo algo de espiritual también.

Desde la sorpresa que me llevé en un McDonald’s de Londres donde la gaseosa Crush estaba listada como “no apta para vegetarianos”, empecé a descubrir que las bebidas no necesariamente están excentas de ingredientes animales. Hoy me enteré de que muchas bebidas alcohólicas también tienen algún componente no vegano. Aunque parezca increíble, es solo un indicio de que no sabemos qué es lo que estamos ingiriendo.

Quizá quienes no deseen consumir animales lo desconozcan, y quizá quienes se consideren “omnívoros” encuentren interesante saber que la cerveza, por ejemplo, es algo más que agua y lúpulo. Sigo en mi postura de no beber alcohol por cuestiones de salud, pero me pareció demasiado revelador todo esto como para no compartirlo:

Los vinos al igual que las cervezas  también se clarifican. La preocupación es mayor para los veganos ya que además de utilizarse Isinglass (un extracto de la vejiga natatoria del esturión), existen otros productos de origen animal involucrados en la elaboración de las distintas variedades de alcohol!!!

CLARIFICANTES MÁS UTILIZADOS:

-Albúmina o clara de huevo: Sigue usándose igual que hace siglos. Para cada cien litros de vino se toman dos claras de huevo que se baten con una cucharada sopera de sal común y se echa al vino.

Uso: vinos tintos.

-Sangre: Se comercializa bajo la forma de albúmina seca de sangre que, se utiliza disuelta en agua.

Uso: vinos rosados.

-Leche: Se utiliza su albúmina, la caseína, la cual se comercializa en polvo para clarificar vinos blancos.

-NO VEGANO: Después aparecieron otros clarificantes como la gelatina de huesos que se comercializa en polvo y se aplica a razón de ocho gramos por cada cien litros, para vinos tintos. Recientemente han surgido clarificantes minerales muy eficaces. Uno de ellos es la bentonita (arcilla), que es el clarificante de mayor difusión, debido a su bajo costo, ser totalmente inerte, inalterable, de fácil aplicación y notable acción estabilizadora sobre el vino. En Argentina las Bodegas Salentein (Mendoza) suelen utilizar claras de huevo. De todas maneras, no existen datos concretos acerca del uso de clarificantes animales durante el proceso. En la lista de ingredientes de un vino no se especifica el tipo de clarificador como un ingrediente, debido a que el agente clarificante es removido del producto final (pero igualmente quedan rastros). Pero lo mas probable es que se utilice gelatina, albúmina y sangre disecada como lo hacen la mayoría de los fabricantes. En algunos países como EE.UU. e Inglaterra, existen vinos etiquetados como apto para veganos. Sin embargo, la mejor opción es consumir vinos orgánicos, ya que casi siempre no contienen clarificantes de origen animal.

CERVEZAS: Las cervezas fermentadas en toneles son clarificadas para purificar el material (especialmente la levadura) sostenido en suspensión en el líquido. Esto se hace añadiendo cola de pescado (un elemento que se hace con vejiga natatoria de algunos peces tropicales, específicamente el esturión chino), que actúa como un suspensor para que el líquido caiga. La cerveza de barril y la rubia son pasteurizadas y tratadas a través de filtros congelados, al igual que las cervezas de lata y las cervezas embotelladas; no obstante, todavía una cantidad considerable de cerveceras utilizan la cola de pescado para purificar sus cervezas pasteurizadas, aunque sólo sea para rescatar lotes que pueden ser muy brumosos. En muchos casos también se utiliza un aditivo que a veces puede ser de origen animal, el Glicerol monoestearato, en lugar del 900 Dimetilpolisiloxano como agente antiespumoso, en la fabricación de cerveza de barril.

LAS CERVEZAS VEGANAS SON: Isenbeck, Warsteiner, Heineken y Budweiser (las dos últimas están autorizadas por la Vegan Society de Londres, las otras están elaboradas con ingredientes naturales como cebada de malta, lúpulo, levadura y agua). Las que restan NO son veganas, como por ejemplo unas de las más conocidas son: QUILMES Y BRAHMA!!!

VINOS: Para el proceso de clarificación del vino también se utilizan productos de origen animal. Se utiliza para ello cola de pescado, gelatina, clara de huevo, caseína modificada (de la leche), quitina (un derivado de las conchas o caparazones de los cangrejos y langostas) o incluso sangre de buey (que raramente se utiliza en la actualidad). Pero existen alternativas como son la bentonita, el kieselguhr (harina silícea fósil), el caolín (un tipo de arcilla) y el gel de sílice.

Se están poniendo de moda otros métodos como el centrifugado y el filtrado. La mayoría de los vinos orgánicos no utilizan productos de origen animal para sus clarificaciones, pero algunas compañías lo hacen.

VINOS FORTIFICADOS: Todos los oportos, excepto los oportos de costra son clarificados utilizando gelatina. El Jerez se trata de una manera parecida al vino.

VINOS ESPUMANTES: El uso de clarificantes animales en estos productos, está muy relacionado con aquellos utilizados en la fabricación del vino, ya que el champaña se obtiene a partir de vinos blancos o rosados que son sometidos a una segunda fermentación en envase cerrado, previa adición de levaduras seleccionadas y sacarosa. En el caso de los vinos espumosos o espumantes se permite la utilización de vinos tintos, y en su segunda fermentación puede agregarse, o no, sacarosa o mosto concentrado.

-CHAMPAGNES APTOS PARA VEGANOS: Chandon, Dom Perignon, Mumm .

LICORES: La mayoría de los licores parecen ser aptos para vegetarianos, con la excepción del whisky de malta, algunos whiskys de mezcla y el coñac español que haya sido acondicionado en barriles que previamente contenían jerez, el cuales podría haber sido tratado con productos de origen animal (el coñac en sí mismo no se fabrica a partir de ningún vino que haya pasado por procesos de clarificación). También algunos vodkas importados pueden haber sido filtrados a través de huesos de carbón.

SIDRAS: Casi todas las principales marcas de sidra han sido clarificadas con gelatina.

La mejor opción es elegir las sidras producidas orgánicamente, ya que éstas fermentan y se clarifican de manera natural.

COLORANTES: El carmín E120 se fabrica extrayendo el tejido rojo de las escamas de los insectos preñados de la especie Dactilopius Coccus. Éste se usa como colorante en una reducida variedad de vinos tintos, bebidas suaves y Campari.

Semana 37: Día 256: Adicciones

Cierta vez charlaba con unos amigos y uno de ellos, Fito, me comentaba cómo lo había sorprendido lo abierto que era con el blog. He contado cosas profundas, otras muy personales, pero uno no termina nunca de decir todo. Contar la vida con lujo de detalles tomaría tanto como vivirla.

Hay un tema del que no hablo mucho, y quizá es porque prefiero no enfrentarlo demasiado, y es sobre las adicciones. El sábado pasado, mientras le prohibía a Vicky ir a la mesa de los dulces en un cumpleaños, mi mamá me hacía notar que yo era un adicto (al running y la vida sana), y que le estaba pasando a mi novia este “vicio”. Y la verdad es que sí, lo había notado. Muchas veces he hablado con mi media naranja sobre cómo los atletas generalmente cambiamos un vicio por otro. Ella fue el cigarrillo, y aunque correr le cause dolor en los tibiales, uñas negras o calambres, el beneficio es mucho mayor.

Yo no sabría decir a qué era adicto. Quizá a autocompadecerme. Pero tenía otras conductas que sorprenderían a cualquiera que me conozca hoy en día. Primero estaba el alcohol. Empecé a tomar con veintipico, cuando descubrí el Pronto Shake y el Gancia, y desde entonces no pude ir a ninguna fiesta sin beber esto. Era un gran deshinibidor, me permitía bailar sin sentirme ridículo, hablar con otras mujeres y creerme más gracioso de lo que era. ¿Cómo no caer ante algo que te quita todas tus inseguridades? Fácil: confundiendo “quitar” con “esconder”.

El alcohol, que me parecía repulsivo, empezó a hacerse más habitual. Siempre era un “lubricante social” que bebía en fiestas o en el boliche. Y me acostumbré tanto que si iba a salir con una chica, me aseguraba de que hubiese alcohol. Creía que así me iba a volver más interesante. De pronto ya me gustaba la cerveza, y empezaba a diferenciar los matices de la rubia y la stout. El punto en que me empecé a preocupar fue cuando compré unas latas de Quilmes y las tomé solo, en mi casa. De pronto estaba tomando alcohol en completa soledad, cuando en realidad no me gustaba (y un vaso alcanzaba para que me empezara a sentir mareado). Me asustó no estar bebiendo por un motivo concreto, porque lo cierto es que ni siquiera me gustaba el alcohol. Despedirme de la bebida cuando empecé este blog no fue un esfuerzo, lo sentí como un alivio. Y me llegó una nueva sorpresa, cuando me encontré que podía bailar, intentar hacerme el gracioso y hablar con mujeres, incluso estando sobrio.

Nunca me gustó el cigarrillo, y aunque pité un par de veces, jamás le encontré la vuelta. No puedo entender qué es lo que pasa por la cabeza de un fumador, la ansiedad por una seca, la abstinencia… puedo imaginarla y nada más. Vicky me ha dado una idea de lo que significa ser un fumador, y lo maravilloso de dejarlo. Aunque no encontré jamás atractivo en el tabaco, sí le vi sentido a fumar marihuana. No me hice adicto, pero probé varias veces y lo sentí como emborracharme, solo que mucho más rápido. Ir a una fiesta, compartir un porro… se sentía como algo con onda. Quiero que entiendan que en esta época yo no podía ni correr cuatro cuadras. Estaba más preocupado por qué podían pensar los demás de mí que otra cosa. Escarmenté el día que un policía me atrapó fumando en la calle con unos amigos, y nos hizo la pantomima de que íbamos a pasar la noche en la comisaría. Mantuve la calma, cualquier efecto de la droga desapareció en el instante en que el oficial se materializó en medio del aire (o estaba escondido abajo de una baldosa, realmente no entiendo de dónde salió).

Quizá no fui consciente entonces, pero seguramente el miedo hizo que esa fuese la última vez que yo probase marihuana. Incluso me regalaron un par de porros que guardé “de emergencia” en un cajón, y ahí quedaron por tres años, hasta que me acordé que estaban ahí y los tiré por el inodoro.

Poniéndolo en perspectiva, podría decir que uno nunca es del todo adicto a una sustancia, sino a cómo se relaciona con los demás. Quizá caigas en el alcohol o el faso solo para caerle mejor al resto. O todo lo contrario, para aislarte (y tomarte ese “viaje de ida”). En mi caso, empezar a dedicarme con pasión al deporte (tanto como para cambiar mi rutina de alimentación) vino acompañado de una vida más sana, sin alcohol ni marihuana. Me resultó algo lógico. Pero no por eso dejé de preocuparme por lo que los demás sentían por mí. En lugar de enmascarar lo que yo pensaba o mi percepción del resto, me ocupé de mí mismo, y con el tiempo noté que esa es una forma de llegar al resto.

En algún punto, hacer deporte puede ser visto como una adicción. Cuando no pude correr por alguna lesión me deprimí mucho. Alguna vez que me perdí un entrenamiento me dio mucha bronca. Entiendo que mi mamá lo vea así, ya que mi estado emocional ya se relaciona mucho con mi rutina de entrenamiento. La sensación de adrenalina y el pico de endorfinas de una carrera son mucho más gratificantes que cualquier droga. No siento que esté dañándome (ya estoy prácticamente recuperado de mi última ultramaratón), sino que voy progresando, encontrando nuevas metas, nuevos límites. Y eso no lo encontré nunca en el fondo de una botella.

Semana 50: Día 347: Mi vida sin alcohol

Casualmente estamos en veda electoral, por lo que no se puede vender alcohol. Y digo que es casual porque hace un año me despedí de estas bebidas, al menos mientras durase Semana 52. Creo que en todo este tiempo sólo probé un bocadito con licor, y pisco en Perú. ¡Porque tenía que integrarme! Pero dejé completamente atrás el alcohol como excusa para divertirme.

No creo que mucha gente sea consciente del daño que hace beber bebidas alcohólicas, y ni que hablar a un deportista. Hablamos tanto de la parte física como mental. Voy a intentar no sermonear a nadie con las cuestiones de las neuronas que se destruyen y no se regeneran, el hígado, la cirrosis y otras enfermedades relacionadas. Todo el mundo sabe que la gran mayoría de las personas disfruta mucho de las cosas que hacen mal, como el cigarrillo o Bailando por un Sueño, y aunque sepan que es dañino, no les importa. Es parte del derecho de cada uno de hacer con tu cuerpo lo que se te dé la gana.

El alcohol me hizo mal a mí en cuanto a mi forma de relacionarme con las personas. En realidad él no me hizo nada, no es que se levantó una botella de cerveza, vino caminando y me pegó. Uno da vuelta las cosas para no responsabilizarse del todo. Era yo el que se había acostumbrado a tomar para sociabilizar más. Pero qué curioso, mis peores bochornos fueron en estado de ebriedad. Muchas veces le eché la culpa al alcohol por algo que hice o dije, cuando en realidad la bebida desinhibe y uno hace o dice lo que reprime.

Empecé a tomar ya de grande, en mis veintipico. Más adelante, de tanto castigar el paladar con Gancia, me empezó a gustar la cerveza, bebida que uno encuentra repugnante al principio y toma, toma y toma hasta acostumbrarse. Tuve momentos agradables tomando alcohol, como cuando compartimos una Quilmes con mi hermano, una tarde de verano, en una mesita de un bar que daba a la calle. Pero casi siempre que me emborrachaba era para animarme a hablar con una chica o para bailar. Tanto me esquematicé que me era imposible hacerlo sobrio. Me fastidiaba ir a un boliche y quedarme quieto. Lo resolvía empezando a beber.

Estoy a miles de kilómetros de haber sido alcohólico. Fui un bebedor social, aunque una vez me compré un pack de cerveza y las tomé solo en mi casa. En ese momento me asusté un poco, porque estaba borracho en mi casa, y en absoluta soledad. No sé si hay una imagen más patética.

Sabía que el alcohol entorpecía el entrenamiento. Lo comprobé hace un año, en Pinamar, cuando corrí la Merrell con resaca. Ya había intentado, años antes, correr el día posterior a haber tomado, y la capacidad aeróbica se me reducía a niveles alarmantes. No creo que mi rendimiento haya mejorado por no tomar alcohol, pero sí dejé de depender de él, cosa que me sorprende enormemente.

Al principio me resultaba extraño, ver a todo el mundo tomando y bailando, y yo absolutamente afuera y sin conectarme. Pero no duró mucho. Siempre tuve miedo al ridículo, pero llegué a la conclusión de que 1) No tiene que importarte lo que piensen los demás, sino lo que vos pienses de tu persona, 2) Si los demás están borrachos, bien podrían olvidar al día siguiente que hiciste el ridículo, y 3) Difícilmente al resto le importe lo que hagas, estén alcoholizados o no. Empecé a soltarme solo, bailando igual que lo hacía borracho. Encontré una ventaja enorme. No sólo estaba en control total de lo que hacía o decía, sino que al día siguiente no tenía resaca, ni dolor de cabeza, ni molestias estomacales.

Permitirme esa oportunidad de divertirme sin apoyarme en el alcohol es lo más importante que rescato de Semana 52. Puede parecer poco al lado de los cambios físicos o el progreso deportivo, pero siento que fue un cambio de paradigma mental, algo mucho más difícil de lograr que bajar la grasa abdominal o mejorar los tiempos de una Merrell. Es algo que me llena de orgullo. Y lo que empezó como una promesa de un año, ya se perfila como una elección de vida. Seguramente haya oportunidades en que tome, como un brindis, o un pisco si vuelvo alguna vez a Perú, pero definitivamente no lo necesito para divertirme y ser yo mismo. Así que ya me llevo algo valioso de este proyecto, y es haber encontrado un poco de coraje. Y no estaba, como yo creía, en el fondo de una botella.

Semana 25: Día 174: Mi vida sin alcohol

Con Semana 52 hubo muchos cambios, tanto físicos como mentales. Me impuse rutinas, cambié mi dieta, y mi cuerpo se fue adaptando. Este progreso vino acompañado por cambios de actitud, y algo de aprendizaje.

Dejando de lado las cuestiones físicas, nada me sorprende más que el tema del alcohol. No quiero exagerar, y que parezca que era un borracho empedernido, que despertaba repleto de botellas vacías a su lado. La verdad es que me consideraba un bebedor social. Nunca fui una persona extrovertida; desde el momento en que detesto mi voz nasal (y el hecho que no modulo), hablar en público siempre me resultó tortuoso. Lo que se dice “miedo al ridículo”. Descubrí el alcohol después de los 20, y a medida que mi paladar cambiaba, empezaba a disfrutar un poco más de este tipo de bebidas.

Pero nunca me gustó su sabor, sólo era una forma de soltarme y ser más amigable. Por algo dicen que el alcohol es un “lubricante social”. El tema fue que llegó un momento en que no podía ir a una fiesta sin beber. Era lo que me daba fuerzas para bailar, sin sentir la mirada del otro (bailo tan bien como modulo al hablar). Parafraseando a Los Simpson, el alcohol hace a las mujeres más hermosas y nos vuelve prácticamente invulnerables ante la crítica. Así que lo había transformado en un aliado para poder hablarle a una chica. La ecuación diversión+bebida parecía ser la mejor forma de despejar la introversión.

Y llegó el momento de empezar Semana 52, y entre las normas que me impuse, estaba la de pasar todo el año sin una gota de alcohol (“sólo en las heridas”, nunca puedo evitar hacer el chiste de Les Luthiers). Días antes de empezar, tuve una señora borrachera de despedida. Y luego, empecé a contar los días y las semanas en que el entrenamiento se volvió algo central en mi vida.

Estuve en fiestas donde me negué a tomar. No fue algo tortuoso para mí, en absoluto. El tema era que, de todas formas, tenía que socializar. Y bailar, por supuesto. ¿Qué podía hacer? ¿Volver a quedarme sentado, en un rincón, como hacía en los cumpleaños de 15? De a poco me fui animando, moviendo las piernas, intentando enganchar el ritmo. Y eventualmente lo conseguí.

El sábado pasado fui a una fiesta con amigos. Había, además de cantidades industriales de fiambre para hacer sándwiches, alcohol en unas cuantas variedades. La consigna, para colmo, era que las chicas llevasen corbata y los varones pollera. Fui uno de los cuatro que se animó a ponerse la prenda femenina, y me divertí y bailé toda la noche, sin estar pendiente de si me miraban o si estaba haciendo el ridículo. Es difícil ponerse en sintonía, podríamos decir que uno se suelta cuando se da cuenta de que en realidad todos los presentes están haciendo un poco el ridículo (algunos más que otros, eso sí).

Es todo un descubrimiento darse cuenta que te apoyabas demasiado en el alcohol para soltarte, y que en realidad no lo necesitabas. Antes pensaba que me ayudaba a “quemar etapas”. Pero ahora me doy cuenta de que lo usamos de excusa. Si nos excedemos ante el otro, fue “culpa” de que habíamos tomado. Lo genial de todo esto es poder divertirme toda la noche sin las consecuencias de la resaca.

¿Voy a convertirme en un abstemio de por vida? No lo creo. Mentiría si dijera eso. Al menos, la próxima vez que quiera tomar alcohol, lo haré para compartir el momento, porque hace calor y quiero refrescarme con una cerveza helada, o porque se me da la gana. Pero sé que no va a ser para enmascarar el miedo al ridículo. Hay cosas que merecen hacerse en un completo estado de consciencia (y sobriedad). Calculo que así se incorporan los hábitos, cuando sabemos por qué estamos haciendo lo que hacemos, sin atajos ni recetas mágicas.

Semana 4: Día 24: El alcohol y el running

El alcohol es divertido y no tiene consecuencias nocivas, pero sólo si sos un dibujo animado

Ya hemos hablado sobre abandonar el alcohol, y cómo son las reniones sociales en estado de sobriedad. Pero ¿qué efectos tiene el alcohol sobre nuestro rendimiento deportivo?

Allan Lawrence, maratonista ganador de la medalla de bronce en Australia ’56, decía “Siempre hay que dejar de correr cuando se bebe, de lo contrario se te derramará la bebida”. Él, como casi todos los corredores, bebía un vaso de vino de vez en cuando, algún whisky on the rocks o una caipirinha, pero abandonaba el alcohol durante su entrenamiento, hasta después de la competencia.

El alcohol es deshidratante, por lo que favorece las lesiones relacionadas con el calor (calambres, agotamiento o insolación). Además, afecta el mecanismo que controla la capacidad del cuerpo para sentir y regular la temperatura interna, y actúa sobre los vasos sanguíneos, haciendo que perdamos calor a través de la piel. Ya cuando entrenamos aumenta nuestra temperatura, y el alcohol aumenta estos efectos. Vamos a derribar un mito: la cerveza AUMENTA la temperatura, incluso si tomamos una fresca en verano.

Nuestro cuerpo, ante la ingesta de toxinas como el alcohol o las drogas, busca elequilibrarse rápidamente, bajando el envío de glucosa al cerebro. El etanol afecta el sistema nervioso, y eso explica las sensaciones que experimentamos al beber (euforia, alegría, sueño, mayor fuerza, creés que sos el más lindo en la pista y el que baila mejor, etc). Pero a la larga disminuye nuestros reflejos. También se produce una pérdida de vitaminas y minerales esenciales a la hora de hacer deporte, como el potasio, el magnesio, el fósforo y el calcio.

La eliminación del etanol se vuelve prioritaria en nuestro organismo, incluso más que la de las grasas, ya que es un elemento nocivo que tiene que desaparecer. Este proceso es muy lento, y el etanol se transforma directamente en una fuente de energía (un gramo de alcohol contiene siete calorías). O sea, si antes de beber cenamos gran cantidad de hidratos o grasas, ya dos vasos de alcohol hace que el cuerpo priorice eliminarlo, haciendo que no quememos la energía de la comida (y la acumulemos, derecho a los flotadores). Si además combinamos la bebida con gaseosas, también sumamos esas calorías a nuestras reservas de grasa (fernet con coca = pésima combinación). Si queremos beber, o si la presión social es tal que el no consumir alcohol nos hará el hazmereir de la fiesta, lo ideal es una cena rica en fibras, que son fáciles de digerir. Las proteínas también pasan más rápido por nuestro organismo, pero el etanol aumenta su degradación, por lo que se produce pérdida de musculatura y fuerza.

Sobre esa patraña de que dos vasos de alcohol en los hombres y uno en las mujeres tienen beneficios sobre la salud cardiovascular, me permito recordar que caminar o trotar hace tan bien o más (¡y no produce resaca!). También estuvo circulando una investigación que afirmaba que la cerveza tenía cualidades rehidratanes, y era rica en antioxidantes. Aunque estos científicos inventaron este estudio para explicarle a sus esposas por qué llegaban totalmente ebrios a casa, está claro que hablaban de una ingesta post-actividad deportiva, nunca antes ni durante.

Correr ayuda a superar la resaca. Allan Lawrence, que todavía sigue acá aportando datos, decía que el primer kilómetro era lo más difícil. Pero es importante hidratarse bien antes y durante el entrenamiento. Y hacerlo con agua en lugar de con Quilmes (terminemos con la mentira de que tomamos cerveza porque tenemos sed). De hecho, si nos ponemos a pensar, las consecuencias de salir de parranda deja más secuelas que correr una media maratón. Con entrenamiento adecuado y una buena recuperación, terminar una carrera nos deja en un estado de puro optimismo, orgulloso de nosotros mismos y nuestro esfuerzo, mientras que cualquier after party con mezcla de bebidas nos tira abajo. Ni hablar si perdimos la moderación y terminamos vomitando, con dolores estomacales y de cabeza, remordimiento, mareos y fotos embarazosas y comprometedoras subidas a la internet.

Ahora, ¿cómo se elimina el alcohol? La mucosa gástrica absorbe el 20%. Como ya dijimos, la presencia de alimentos en el estómago disminuye la velocidad de absorción. Una vez que llegó a la sangre, ningún alimento es capaz de disminuir o eliminar este porcentaje. El 80% de alcohol restante se absorbe dentro del intestino. Derribamos otro mito: eliminamos sólo el 2% a través de la orina y sudor. Hacer ejercicio, respirar aire fresco, ducharse con agua fría y/o tomar café o alguna otra droga puede ayudarnos con los síntomas, pero no acelera la metabolización del alcohol. El hígado procesa entre 7 y 10 grs. de bebida por hora, por lo que una persona con un nivel de alcoholemia de 1,8 grs. por litro de sangre necesita de 6 a 10 horas para que el test de alcoholemia dé negativo. Para eliminar las consecuencias sobre el cuerpo, puede necesitar el doble o el triple, dependiendo del organismo. Si tomamos más, obviamente necesitaremos más tiempo.

Así y todo, hay algunos dementes que practican un deporte llamado “Hashing”, que inventó un ebrio en Malasia, en 1983. La competencia consiste en realizar una carrera tomando alcohol en los puntos de hidratación. Cualquier bebida vale, aunque lo que predomina es la cerveza. Al llegar a la meta hay que acreditar un determinado porcentaje de alcohol en sangre. Uno creería que una actividad tan antideportiva no tendría muchos adeptos, pero resulta que, según Wikipedia, el alcohol es muy popular entre los seres humanos. El Hashing cuenta con no menos de 2 mil clubes por todo el mundo. Un verdadero “deporte de alto riesgo”…

Semana 2: Día 11: Noche de fiesta… y sin alcohol

No es tan terrible ser el único que no toma de tus amigos

Ayer, viernes a la noche, fui a mi primera fiesta como abstemio transitorio.

Los Puma Runners festejábamos la fiesta Lionx, donde se prometían hamburguesas, bebidas, y música, a cargo del Dj Newton Garay. Cada invitado tenía que llevar algo para beber, y yo llevé un agua sin gas. Había, claro, una importante cantidad de vino y cerveza, además de que contábamos con ese espantoso jarabe oscuro y burbujeante que en los garages se usa para separar los tornillos y las tuercas oxidadas (Coca-Cola).

Como el público se renueva, voy a clarar que el 21 de agosto de 2010 abandoné el alcohol, al menos hasta llegar a la Semana 52 de este entrenamiento. Y siendo que me acostumbré a beber socialmente para divertirme, no sabía bien qué esperar de esta fiesta. Encima, mis compañeros Puma Runners me recordaban como el tipo desenfrenado que en Pinamar había bailado toda la noche, y me pedían que repitiera mi pasito marca registrada. Pero “sin alcohol no me va a salir” les decía, lleno de un sobrio pánico.

No voy a decir que fue fácil no caer en la tentación de las papas fritas y la cerveza. Encima este fue el primer día en el que no hice ningún tipo de actividad física. Muchos me insisten en que el cuerpo necesita, de tanto en tanto, un día de descanso, y la rutina de ese viernes ni siquiera me dio tiempo a hacer unas abdominables en casa. Todos se pasaban el alcohol de mano en mano y parecían estar pasándolo bien, y yo seguía en un rincón con mi vasito de agua sin gas y bajo contenido de sodio… Pero cambiar de actitud o dar un giro en tu dieta no tiene por qué ser fácil. Si no, no sería un desafío.

Apenas comenzó la música, con un show de luces de Dj Newton Garay, fui inmediatamente a la pista. Empecé a moverme, algo convencido de que todo el mundo miraba mis torpes movimientos de piernas. Pero pronto empezó a sumarse más gente, y de a poco me fui soltando más y más, hasta que pasé esa barrera de la inhibición y bailé como se me dio la gana. Realmente me hizo muy bien.

Después de esta experiencia, aprendí algunas diferencias entre una fiesta con y sin alcohol:

  • Al día siguiente no tuve resaca.
  • Me acuerdo de todas las cosas que hice y dije.
  • No le hice ojitos ni propuestas indecentes a ninguna mujer ni hombre.
  • Me sentí mejor conmigo mismo, porque bailar fue una decisión consciente y no algo “responsabilidad” de haber tomado.
  • No me deshidraté (una consecuencia del alcohol).
  • No me duelen los riñones.
  • Supe cuándo descansar (si hubiese tomado quizá hubiese ignorado unos tirones en los gemelos, producto de mi entrenamiento).
  • No hice el ridículo adelante de mis amigos (no, un momento, creo que hice exactamente el mismo ridículo que cuando tomaba).

Y así fue cómo me divertí el viernes a la noche, comprobando que estaba muy equivocado en que para soltarme necesitaba tomar. Es muy de manual de psicología eso de que no nos animamos a hacer algo porque creemos que los demás están juzgándonos, cuando en realidad quienes nos juzgamos somos nosotros mismos. Hay que saber ser menos estrictos con nuestra persona.

El domingo 12 tengo la carrera de los 21K de la Ciudad de Buenos Aires, así que cuando sentí algún tirón en una pierna, decidí bajar el ritmo para no llegar resentido. En medio de la música, le pregunté a mi entrenador si el baile era un buen reemplazo del entrenamiento que me había salteado. Me miró como reconociendo que acababa de decir una ridiculez, y respondió “No”.

Seguí bailando y pensando.

“¿Tampoco es un buen ejercicio para los gemelos?”, volví a preguntar. Él pensó un poco más su respuesta, y sentenció: “No”.

Tanteé mi remera y mi frente. Estaba empapado de transpiración.

“Bueno, por lo menos quemé unas cuentas calorías, ¿no?”, me dije a mi mismo. Y seguí moviendo el esqueleto toda la noche.

Semana 0: Día -10: Ahora sí, adiós alcohol

El filósofo Homero

Hay algo que pocos admiten, y es el por qué tomamos alcohol. Algunos dirán que es rico, que hace bien y que permite socializar. Yo digo que son patrañas y que lo tomamos sólo porque nos hace más divertidos (de igual forma, el alcohol deforma nuestra percepción y nos hace pensar que los demás son más divertidos).

No me va a costar tanto dejar el alcohol, porque sé que lo tomo por ese motivo. Muchos ya me empezaron a cargar con que estoy abriendo la puerta a un año de aburrimiento: ya soy vegetariano, ¡encima pienso tener una alimentación más estricta y sin alcohol! Pero, ¿por qué el alcohol es más popular que otras bebidas amargas de estractos vegetales, como por ejemplo el Terma? Fácil: el Terma es igual de espantoso, pero no produce embriaguez.

El alcalde Diamante lo resumía muy bien, en el que quizá sea el mejor capítulo de Los Simpson de toda la historia (el del Barón de la Cerveza). Ante la vigencia de una arcaica ley seca, Joe Diamante decía (más o menos) “No pueden prohibir el alcohol. Es delicioso, hace a las mujeres más hermosas y nos hace invulnerables ante la crítica”. Sí, no dudo que haya gente que encuentre delicioso al alcohol, pero indudablemente no es el principal motivo por el que lo beben.

Este fin de semana, junto a mis compañeros de entrenamiento de Puma Runners, decidí darles una sorpresa e invitar todo el alcohol de la noche. Aproveché para confesarles la existencia de este blog, y para anunciar que esa noche iba a ser la última vez que tomaba alcohol hasta el 31 de agosto de 2011. Como toda despedida que se precie de tal, decidí hacerlo a lo grande, y a los litros de Stella Artois, le agregué un Gancia frozen con duraznos, preparado por mi amigazo Julián. En un estado de lamentable embriaguez, bailé toda la noche, y le hice insinuaciones obcenas a compañeros del sexo masculino (cuando uno está ebrio cree que esas cosas son hilarantes).

Pero hubo otras veces donde el alcohol se transformó en una excusa para divertirme. O en la fortaleza para hablarle a esa rubia de sonrisa encantadora. O para embriagar a una morocha hasta que dejó de correr la cara cuando le quería estampar un beso en la boca. Digamos que, particularmente en mi vida, el alcohol sirvió para animarme a hacer cosas que si hubiese tenido seguridad en mi mismo, probablemente también hubiese logrado.

Nunca me gustó de verdad el alcohol, pero dejar de lado -¡durante 52 semanas!- la tentación de tomar una cerveza para divertirme, va a ser todo un desafío. Sin embargo, las consecuencias de esa noche de desenfreno hablan por si solas. Bailé como un poseso toda la noche, y al día siguiente, además de una importante jaqueca, tenía un dolor de piernas monumental. Tuve que correr 29 horas después de esa borrachera, y todavía me sentía muy lejos de mi mejor estado físico. Como si fuera poco, ciertas partes de esa noche se borraron de mi cabeza (por ejemplo, no tengo idea de cómo llegué al boliche).

Pero por un año (y algunos días más, si contamos estos 10 días hasta que empiece este demente experimento) el alcohol va a ser un recuerdo, y veré qué tanto bailo en estado de sobriedad. El alcohol tiene esa particularidad de abrirte ciertas puertas y cerrarte otras tantas. Ya lo dijo el filósofo Homero en una de sus frases más elocuentes: “¡Por el alcohol! La causa y la solución a todos los problemas en la vida”.

Semana 0: Día -15

Bienvenidos a este blog reality.

Me presento brevemente: Mi nombre es Martín Casanova, soy diseñador gráfico y, como mucha gente que trabaja con computadoras por su cuenta, estoy 12 horas por día sentado frente a una máquina. No sé qué fue primero, si la rebelión contra la silla que me llevó a correr, o si era un corredor que eligió una ocupación tan sedentaria para rebelarse. El tema es que, hoy por hoy, necesito correr.

Soy vegetariano, poco organizado y demasiado responsable con el trabajo como para cuidar apropiadamente de mi cuerpo. Así que decidí hacer un experimento conmigo mismo. Tengo 32 años, y quizá la vida no me permita hacer esto: a partir de Septiembre voy a dedicarle las próximas 52 semanas a entrenar todos los días. Voy a dividir el entrenamiento en dos: outdoor e indoor. Empiezo con ventaja, ya corro con los Puma Runners tres veces por semana. Pero quiero subir la apuesta, quiero saber hasta dónde puedo ajustar mi físico y resistencia. Y más que nada, quiero demostrar que no hay atajos: las cosas se logran con compromiso y constancia.

En 15 días comenzará el entrenamiento. Voy a publicar fotos de mi físico una vez por semana, cosa que me da bastante pudor, pero es la mejor forma que encontré de lograr compromiso. Va a estar ahí, en la web, y no me va a quedar otra cosa que hacerme cargo: si algo no me gusta, sé que lo puedo cambiar.

Como decía antes, no hay atajos: el compromiso es todos los días. Quiero averiguar cuánto tiempo me tomaría, con ejercicios y entrenamiento, para llegar al cuerpo que quiero. Y después cómo mantenerlo. También voy a abandonar el alcohol y lo que diga la nutricionista, a quien voy a consultar en breve. Mi alimentación es pésima, dos comidas diarias, con ataques de ansiedad en el medio de pan, galletitas o papas fritas. Ser vegetariano no necesarimente implica alimentarse bien. Si el entrenamiento requiere correr y afuera llueven meteoritos, tendré que buscar la forma de hacerlo.

No hago esto porque alguien me obliga, lo hago porque el momento es este. Cuando llegue a la meta, el 31 de agosto de 2011, ya voy a tener 33 años (y voy a estar arañando los 34). En el medio, me voy a fijar metas, como llegar a correr una maratón (objetivo que nunca alcancé), correr una Misión (carrera absolutamente exigente), y seguramente en el medio me encuentre mi punto de equilibrio físico y mental.

Pero otros objetivos de hacer esto público es aprender y compartir. No soy un entrenador físico. Hay montones de cosas que no sé y que hago mal, y las voy a ir aprendiendo. Y soy de los que no gustan guardarse el conocimiento: quiero dejarlo en el blog por escrito y que quienes no han entrenado y quieren hacerlo, vean un poco la cocina de un corredor.

Nunca supe dónde buscar referencias sobre correr que no estuviesen dirigidas a corredores profesionales. Yo sólo tengo como atributo que soy terco. Así que siempre le di para adelante, lo que mi psicóloga le llama “escapar para adelante”. Pero de adolescente nunca fui deportista, no podía correr, ni me elegían primero para jugar a la pelota. Siempre tuve esa sana envidia por los deportistas, y nunca me imaginé estar levantando una pesa, o corriendo una hora sin parar. Seguro hay mucha gente así, a quien le sirva esta guía tanto como me va a servir a mi.

Bienvenidos, entonces. En breve arrancamos.

A %d blogueros les gusta esto: