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Semana 14: Día 95: Lo que nos dejó la San Silvestre Buenos Aires 2012

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Antes de empezar… ¡Feliz 2013!

A mí, la San Silvestre de Buenos Aires 2012 me dejó bastante dolor de cuádriceps. Y es lógico, corrí como poseído por un demonio, no venía entrenando velocidad desde hacía unos meses y no elongué al terminar. Pero no me quejo, cuando crucé la meta me sentí invencible.

Hagamos una aclaración. Cuando uno termina una carrera es lógico que se sienta poderoso, porque una vez más hemos superado un obstáculo, nos hemos enfrentado a nuestro propio cuerpo y hemos vencido. No tiene absolutamente nada que ver con ser peor o mejor que otro. Podemos contar cuántos llegaron antes, cuántos dejamos atrás, y cómo quedamos en la clasificación por nuestra categoría. Pero lo que realmente vale es que cruzamos la línea de llegada, nos merecimos la medalla que nos colgaron al cuello, y no tengo absolutamente ninguna situación en mi vida diaria que se le compare a ese sentimiento de abrazar la gloria.

Solo puedo decir cosas buenas de la organización de la San Silvestre. El primer año el agua se les había calentado y era un espanto tomarla con ese calor, pero aunque las dos ediciones siguientes se nota que lo han previsto, el clima nos ha dado a los participantes una tregua. El verano se sintió y la sed arremetió, pero todo estuvo dentro de un nivel muy tolerable.

Como dije otras veces, esos dolores que uno puede llegar a sentir se visten con orgullo. Al menos en mi caso, cuando me levanto de la silla y siento las piernas duras, automáticamente vuelvo al origen de mi entumecimiento y en una fracción de segundo revivo estar corriendo por las calles del mismísimo Microcentro de la Ciudad de Buenos Aires. Otra vez estoy en el medio de la Avenida de Mayo, doblando hacia los carriles centrales de la 9 de julio, y es una imagen hermosa. Hace que todo valga la pena.

Armé un álbum de fotos de la San Silvestre 2012. Me hubiese gustado tomar más del recorrido, pero estaba demasiado concentrado corriendo como un loco. Por suerte mi papá sacó algunas, y mechadas con las mías de la previa y la finalización, sirven de un escueto pantallazo de esta jornada que parecía muy nubosa (como atestiguan las primeras imágenes) y que terminó con un solazo espectacular.

¿Cuándo hacemos la próxima? Ah, sí, en 364 días…

Semana 14: Día 94: Los 8 km de la Corrida San Silvestre Buenos Aires 2012

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Hoy es un día especial. Claro, es el último del año, y puede ser cuando, en la cena, nos despidamos definitivamente de nuestro hígado. Pero además se realizó una nueva edición de la Corrida San Silvestre en la Ciudad de Buenos Aires. Esta tercera edición tuvo, nuevamente, al clima como protagonista.

En el 2010 me calciné al rayo del sol, sufriendo con cada paso, hidratándome con agua tibia). Hice los 8 kilómetros en 34:55. En el 2011 el tiempo fue más ameno, con 24 grados, y con una mejor preparación pude bajar mi tiempo a 32:15. Increíble cómo en ese entonces me anoté a último momento, y este año hice exactamente lo mismo (lo de que estuve atrapado en un operativo policial en la cola de la inscripción fue una broma del Día de los Inocentes, y todavía me cruzo con gente que no se percató).

Esta vez, como no podía ser de otro modo, el pronóstico veraniego adelantaba 36 grados a las 5 de la tarde. Era casi fija que nos íbamos a calcinar. Averigüé con qué era mejor hidratarme (agua durante la carrera, Gatorade en la llegada) y repartí consejos para todos mis conocidos: “Corran con lentes de sol y gorro o pañuelo”. Pero hacia el mediodía se levantó un viento terrible y una lluvia intermitente que, en algunos lugares, se había convertido en un diluvio. Sabíamos que íbamos a tener mal tiempo después de la medianoche, pero no pensábamos que se iba a adelantar y que nos iba a cambiar la estrategia de la San Silvestre.

Con Vicky vinimos a Banfield, a la pileta de la casa de mi hermano, para poder refrescarnos. En el medio de nuestro peregrinaje a Zona Sur se ennegreció el cielo y nuestra jornada en el agua pareció peligrar. Llegamos a nadar un poco y una ventisca que nos hacía volar por los aires fraguó todos nuestros planes. Por wathsapp un compañero de Puma Runners se bajó de la carrera por una lesión y me pidió esperar a Lorena, una corredora que recién empieza, en la línea de la meta. Ella estaba un poco asustada (nunca había terminado una competencia anteriormente), así que le dije que no solo la iba a esperar, sino que cuando llegara la iba a ir a buscar y a acompañarla en lo que le faltase para la llegada.

El clima no pareció mejorar. Me fui caminando los 2 km que separan la casa de mi hermano y la estación del tren Roca. Llegué a Constitución y el subte me llevó hasta Diagonal Norte, en la línea C. Llegué a una hora de la largada, y el cielo seguía oscuro. Para mí era la mejor situación, porque no nos íbamos a sofocar y, por primera vez, no íbamos a correr al rayo del maldito sol asesino.  Igual yo sospechaba que el clima se traía algo entre manos, así que tuve la corazonada de correr con lentes y un pañuelo tipo buff.

Me encontré con mis compañeras de los Puma Runners (terminé siendo el único representante masculino del grupo), dejamos las cosas en el guardarropas (ellas no siguieron con mi instinto) y nos fuimos a la línea de largada. Antes de que el reloj diera las 0:00:00, entonamos el himno nacional argentino, cubiertos por una bandera gigantezca. Fue una sensación muy particular estar ahí abajo, cubierto de esa monstruosa tela celeste y blanca. Mucho orgullo. El sol asomó por entre las nubes y empezó a calentar. Martincito, que una vez en su vida la pegó, hizo bien en dejarse los lentes y el buff.

Salimos puntuales, cruzando la 9 de julio. Por esto me encantan las competencias en el microcentro, y no me canso de decirlo. Lo lamento por los que defienden a las carreras de aventura y creen que las de calle son aburridas. Quitarles el monopolio a los autos me da mucho placer, aunque sea por unas pocas horas o minutos.

Estaba mentalizado en tomarme la San Silvestre con calma. Estos últimos meses entrené para La Misión caminando o trotando tranquilo, con peso en la espalda. Hice cambios de ritmo, pero no buscando mi máxima velocidad. Además no hace mucho me caí en la cocina y la rodilla derecha me dolía. Todas estas cosas que me pasaban por la cabeza, mis amigos, se llama cagazo. No hay otro modo de describirlo. Estaba demasiado preocupado en mantener mis marcas y me preparaba mentalmente para “fracasar”. Realmente detesto cuando hago esas cosas, pero las hago constantemente.

No pude salir tranquilo. Aunque el embudo de la largada obliga a todos a ir de a poco, cuando la gente se empezó a separar, me entusiasmé y empecé a aumentar la zancada. No quería correr lento, quería hacerlo rápido. Me sentía bien, esa rodilla no molestaba tanto como me esperaba, y aunque estuve entrenando con otro tipo de carrera en mente… ¡venía entrenando! Así que me dejé llevar y avancé a mis anchas.

El calor se empezaba a hacer sentir. Tenía la boca seca y muchas ganas de tomar agua. Pero seguí corriendo, a la espera del puesto de hidratación. Lo crucé a mi papá, que a esta altura es un miembro estable del equipo Casanova en la San Silvestre. No lo pude ver pero lo escuché dándome aliento. Mientras estaba llegando al Congreso un lector quilmeño se acercó a saludarme mientras corríamos. Cometí la torpeza de no preguntarle cómo se llamaba. Esta era su primera San Silvestre, y yo por las dudas le lloré por mi rodilla y le prometí que no me iba a ir bien. Corrimos unos metros juntos y realmente me motivó mucho. No es lo mismo estar solo que acompañado, en especial cuando uno está dando su 100%.

Volvimos hacia la 9 de julio y lo busqué a mi papá entre la gente. Intenté todo el tiempo seguir a un corredor que tenía en frente, quien llevaba un muy buen ritmo. Tenía una remera naranja fluo que decía Súper Runner. Puse todo mi esfuerzo en que no se me escapase. Incluso un par de veces metí un pique corto para no perderlo. Los kilómetros pasaban bastante rápido, así que no me pareció imposible mantener el nivel y apretar. Cruzando Avenida de Mayo mi papá me esperaba y me acompañó un par de cuadras. Ya no me imagino esta carrera sin su aliento y compañía.

Volví a la 9 de julio y encaramos en dirección a Retiro. El reloj me decía que faltaban 2 km, y aunque lo dejé ir a Súper Runner, lo tenía a la vista. Fui “sentándome” en el ritmo de otros corredores, refrescándome en los puestos. No podía tomar mucho, tenía la boca pastosa pero no me sentía capaz de que me bajara mucho líquido por la garganta. Tragaba sorbitos y el resto me lo tiraba encima.

En el último kilómetro el obelisco y la meta se ven muy cercanos, casi como si uno pudiese estirar la mano y tocarlos. No soy bueno midiendo distancias a ojo (algún día lo seré), pero si me preguntaban decía que estaba a 300 metros. Pero el cartel que decía 7 km no podía mentir, así que me esforcé en mantener el ritmo y no empezar a correr como un poseso.

Recién cuando finalmente pasé el obelisco hice mi sprint final, de unos 150 metros (insisto, no soy bueno midiendo distancias a ojo) y crucé la meta con un grito de gloria. Mi papá me esperaba entre el público, y yo me sentía en la gloria, lleno de endorfinas. Charlamos unos minutos mientras me hidrataba y comía una banana. Quise sacar fotos para el blog y después de capturar un par de imágenes, la vi a Lorena acercándose. Le di todo a mi papá y fui a alcanzarla. Estaba muy entera, y me alegró mucho que estuviese terminando su primera carrera. Ella, por dentro, estaba súper desilusionada: la música a todo volumen, que yo estuviese esperándola y pasar por el costado del arco de llegada le hizo creer que estaba llegando, pero todavía le faltaban 2 kilómetros (había que seguir por 9 de julio y volver).

Me apresuré hasta su lado y la acompañé en ese último y agónico tramo. Estaba contenta por no ser la última y bastante acalorada. Con tezón y confianza, llegó hasta el final. Unos metros antes del arco se nos sumó el resto de las chicas de Puma Runners, y todos juntos pasamos por abajo del arco. Fue muy emocionante compartir esa primera carrera y esa primera medalla de finisher.

Y, con mucha alegría, cerramos el año corriendo, cumpliendo objetivos y sueños.

Ah, me faltó mi tiempo… hice 33:15, según mi reloj. Sin dudas el tiempo, aunque estuvo áspero al sol, fue más benévolo de lo que esperábamos, y eso sumó a nuestro favor. Creo que ni sentí mi rodilla, y valió la pena el esfuerzo, coronado con la Ciudad de Buenos Aires de fondo. Sin dudas, el año que viene, la quiero volver a hacer. Ya mismo, en mi agenda 2013, marqué la 4ta San Silvestre Buenos Aires en el calendario.

Semana 49: Día 338: Los 8 km de la Maratón Dale Vida!

Hoy, en la Costanera Sur de Puerto Madero, se corrió una carrera a beneficio, para concientizar sobre la donación voluntaria de sangre, llamada “Dale Vida!” (así, con signo de admiración al final, por lo que hay que decirlo gritando). En su tercera edición, consiguió arañar los 2 mil participantes, que se repartieron entre las categorías 3 y 8 km participativa y 8 km competitiva.

El día acompañó con un solazo espectacular, y yo en jeans, muriéndome de calor. Sí, fui a la competencia, pero no participé. Asistí en calidad de fotógrafo, para relevar la experiencia y subir las imágenes al Facebook de LionX (dénle “Me gusta”, lo que hacemos en esa págnia no tiene desperdicio). Fue muy extraño vivir todo desde “afuera”. En principio se está más relajado, sin los nervios de andar poniéndose el número con los ganchitos en el último minuto, pero a la vez sin esa adrenalina de la largada (y del medio y de la llegada).

Evidentemente estas carreras cortas son muy convocantes. En el marco de una campaña de concientización, es una idea muy acertada hacer una competencia “accesible” a la mayor cantidad de gente. Pude ver a corredores de elite, tomándose el evento con todo el empeño, pero también a señoras que caminaban tranquilamente, a su ritmo y sin la presión del tiempo. A veces como atleta “experimentado” (por etiquetarme de algún modo) me quejo de que organicen carreras “cortas” porque no representan más que un entrenamiento (a veces, mucho menos), pero es evidente que no están hechas  para fondistas, sino para quienes disfrutan de correr y para los que nunca lo hicieron y quieren intentarlo. Todos, al participar de una actividad aeróbica, dan un pequeño paso hacia una mejor salud.

Entre quienes estaban inscriptas se encontraban Vicky y Yamila, una amiga. Hubo un colado que no fui yo, sino nuestro perro, Oso Rulo, que cruzó con agilidad y destreza la meta, preparándose para cuando compita en la Dog Run. Las chicas querían hacer una carrera juntas, compartir la experiencia, y hacer algo al aire libre. No se imaginaban, el día en que se inscribieron, que les iba a tocar un clima tan ideal como el de esta mañana.

Y yo fui corriendo pero de un lado a otro, intentando mis primeras armas en la crónica gráfica de una carrera, que no me tuviese como participante. Pude registrar buenas imágenes, pero por mérito de la cámara que capturaba los movimientos con mucha definición. Dejo algunas en este post, pero hay MUCHAS más en la página de LionX. Quizá, en poco tiempo, esta experiencia se vuelva habitual, y pueda cubrir más competencias, a veces desde adentro, otras desde afuera. Sentí muchas ganas de estar ahí, corriendo, cuando veía a toda esa gente divirtiéndose, sprintando en los últimos metros, dándose aliento… el running y la solidaridad son cosas contagiosas. Y la próxima dejo el pantalón de jean en casa…

Semana 14: Día 93: Los 8 km de la San Silvestre Buenos Aires 2011

Juntarse a comer con la familia. Ir a tomar un helado con tu pareja. Visitar viejos amigos. Correr 8 km al rayo del sol. Cada uno elige de qué manera despedir el año.

La San Silvestre es una tradicional carrera que nació en Brasil y que rápidamente se extendió a varias ciudades. En la región paulista originalmente tenía 8 km, y de a poco le fueron agregando distancia. El año pasado se corría el rumor de que lo mismo pasaría en Buenos Aires, y que cada año ganaría 1 km extra hasta llegar a los 15. Nada de eso sucedió, pero sospecho que fue una inteligente movida de parte de la organización, porque lograron una impresionante convocatoria.

Yo, de desorganizado nomás, había logrado anotarme el viernes, un día antes de la competencia. Sufrí bastante con esa incertidumbre, pero confieso que peor me ponía la presión autoimpuesta de hacer un mejor tiempo que en 2010. Tenía pocas excusas: el año pasado corrí después de estar varias semanas parado, con una lesión en mi maldita costilla. Hizo un calor de locos, y yo estaba con una faja de neoprene que me hacía transpirar 50 veces más de lo normal. Pero me sobraban ganas, y corrí a la par de mi papá en algunos tramos, lo que hizo a la experiencia mucho más valiosa para mí.

Como no podía ser de otra manera, preparé mis cosas a último momento. Salí corriendo (literalmente) hasta llegar al subte que me dejaría cerca de la largada, unos 15 minutos antes de la hora. Pregúntenme por qué dejo todo para último momento, y no sabré cómo explicarme.

En el trayecto, me di cuenta que por el apuro no me hice de alfileres de gancho para sostener mi número. El resto, afortunadamente, estaba todo. Llamé a mi papá por teléfono para que me auxilie, como viene haciendo desde hace 34 años (y 14 días) y quedé con él para que me alcance los ganchitos y me aguante mi morral (con llaves, celular, plata, etc) hasta el final de la carrera. Como el año pasado había completado los 8 km en 35 minutos y 7 segundos, quedamos en vernos en la llegada a las 16:35.

Me sorprendió ver que en el mismo vagón del subte viajaban otros dos corredores con el uniforme de la San Silvestre. Busqué alguna mirada cómplice, un saludo con una levantada de cejas, pero cada uno estaba ensimismado, quizá preocupados porque llegaban sobre el pucho como yo. Supongo que estas cosas también me incentivaron a participar de esta carrera: era muy fácil encontrar por toda la ciudad gente de cualquier edad y condición física que iba a participar de este desafío igual que yo. Y con esos miles de inscriptos y réplicas por todo el mundo, uno siente que está formando parte de algo muy, muy  grande.

Obviamente fui hasta allí con la idea de bajar mi tiempo. Pero aunque la distancia no me representaba un desafío, estaba muy nervioso y preocupado por no poder lograr ese objetivo. Estoy pesando lo mismo que hace un año, mi proporción de masa muscular es similar… en una supuesta igualdad de condiciones físicas… ¿cómo me podía ir? Además, la cantidad de corredores se había duplicado respecto al año anterior, y ahora estábamos divididos en sectores de acuerdo a nuestra velocidad promedio estimada (yo vaticiné un “4:20” el kilómetro).

Me encontré con Marcelo, amigo y compañero de entrenamiento, y envidié su eterna tranquilidad. Venía a divertirse, y no le preocupaba tanto el tiempo. Por suerte el clima fue más benévolo que en 2010: 25,5 grados centígrados, aunque en el trayecto veríamos poca sombra. Por las dudas, nos mojamos la cabeza antes de salir. Se notaba que habían mejorado el tema de la hidratación, entregando agua bien fría dentro del corralito de los corredores, y había un clima de fiesta, casi de recital, con pelotas gigantes que la gente se pasaba entre sí.

Empezamos puntuales, un minuto después que los corredores con capacidades diferentes (deberían haberle avisado al conductor que ya no se les llama “discapacitados”). Largamos en el tercer bloque, atrás de la elite y del grupo de 3:30 a 4:00 el kilómetro. Nos tomó varios segundos cruzar el arco de salida, y recién ahí arrancamos el reloj gps.

Odio los embudos de las largadas, los codazos, y esa desesperación por encontrar un hueco para no retrasarte. Es el momento más tensionante, y a más personas, más se traba todo. Me escabullí como pude entre la gente, y enseguida lo perdí a Marcelo. Nos reencontramos a los 150 metros, y me dijo “Va a estar difícil esto, Martán”. Y aunque nos volvimos a separar y lo busqué girándome un par de veces, me di cuenta que iba a ser imposible hacer el trayecto juntos. Así que apreté, y en cuanto los corredores se empezaron a abrir entre las calles de la Ciudad, abrí la zancada. Fue un momento liberador.

El trayecto era en cruz, y prometían hidratación cada 2 km. Después de arrancar en 9 de julio, soblamos en Avenida de Mayo hacia la derecha. Poco antes de llegar al Congreso de la Nación, encontramos el cartel que indicaba los primeros 1000 metros. Muchos curiosos llenaban las veredas, mirando a los corredores. Otros, impacientes, buscaban el hueco para cruzar la calle. Doblamos por Entre Ríos, y nuevamente en la Avenida Belgrano, donde estaba el primer puesto de hidratación. ¡Y era de agua fría! No me podía sacar de la cabeza cuando en 2010 ansiaba el agua, y el sol la había dejado caliente como para el mate.

Seguimos la marcha hasta llegar nuevamente a la 9 de julio. Yo apretaba todo lo que podía, y miraba el reloj constantemente. Empecé en 3:35 el kilómetro, y lentamente fui bajando el promedio. Mi intención era intentar estar por debajo de 4:00, con eso iba a mejorar cómodo mi tiempo anterior. Corrimos hasta Chile, pasando el cartel que indicaba el kilómetro 3, y retomamos por el otro carril de 9 de julio. Intentaba no bajar el ritmo, y a veces me encontraba con que un par de corredores me cortaba el paso y me obligaban a rodearlos, a veces subiéndome pocos metros a la vereda.

Como dije antes, la distancia no era un desafío, pero venía quemando llantas, así que el cansancio se hizo sentir pronto. El ritmo inevitablemente bajaba, y el pecho y las piernas empezaban a quemar. Buscaba corredores a los cuales subirme, para mantener el ritmo, pero o los perdía, o eventualmente los pasaba. No pude encontrar a nadie que me sirviera de anzuelo.

Volvimos a doblar en Belgrano, y tomamos la diagonal de la avenida Julio A. Roca. Justo ahí era el kilómetro 4, y estaba el segundo puesto de hidratación. Intenté seguir el consejo de no buscar al primer asistente de la mesa, donde se apelotonan los corredores, y tirar la mano para agarrar las botellas del final. Pero justo cuando estaba por agarrar la que me correspondía, otro corredor me la arrebató. Emití (por reflejo) una queja, que seguramente contenía una puteada. El atleta me miró de reojo y no dijo nada. Otro gentil competidor compartió la suya conmigo. Lo sé, el primero no se dio cuenta que yo también iba a agarrar la misma botellita, pero el gesto del otro corredor son esas cosas que me enorgullecen y me hacen sentir que hay esperanzas para la humanidad.

Llegamos al Cabildo, donde empecé a buscar a mi papá entre la gente. Tenía la esperanza de encontrarlo y que me dé un impulso motivacional. Pero no lo veía. Quise gritar para llamarlo, era como que necesitaba no sentirme solo entre todos esos corredores. Pero nada, estaba dependiendo de mí mismo. Rodeamos la Plaza de Mayo, frente a la Casa Rosada. Aunque no hacía un calor sofocante, bajo el sol la sed se hacía sentir con mucha frecuencia. Frente a la Jefatura de Gobierno estaba el kilómetro 5, y si mal no recuerdo ahí entregaban Gatorade. En carreras de velocidad le escapo a tomar en vasito, porque te obliga a frenarte (la alternativa es beber igual y terminar bañado en ese líquido pegajoso).

Volvimos por Avenida de Mayo en dirección a la 9 de julio. Sabía que faltaba poco, y no era el momento de aflojar. Sin embargo, como pocas veces, el cuerpo me pedía un descansito, aunque sea caminar unos metros hasta recuperar el aire. Me sorprendía cómo no importa si corrés 8, 30 o 100k, hay un punto donde la mente se replantea todo ese esfuerzo “inhumano” y pide piedad. No escuché a mis inseguridades, y seguí corriendo, siempre intentando mantener la velocidad. Ya el reloj se había clavado en 4 minutos el kilómetro y no quería que se mueva mucho más de ahí.

Doblando en la 9 de julio se encontraba el kilómetro 6. Supuestamente había hidratación, pero o me distraje y no la vi, o la cambiaron de lugar. En este punto no podía pensar en otra cosa que en llegar, así que el escenario se fue borrando un poco. Todo lo que veía era el asfalto y las marcas azules en la calle indicando el trayecto. Todo era apretar y no aflojar. Apretar y no aflojar.

Pasé por el costado de la meta, y vi llegar a los ganadores, encabezados por el argentino Luis Molina. Miré mi reloj, que marcaba unos 23 minutos y medio (en realidad hizo 24:26, pero hubo un desfasaje porque él debe haber arrancado en el sector de Elite, cómodo y sin el efecto “embudo”). Todavía faltaban casi 2 km, los más largos de toda la carrera.

Cruzamos al costado del obelisco, y derecho por la 9 de julio. En Marcelo T. de Alvear estaba el kilómetro 7, y ahí doblamos para volver por el carril contrario de la avenida más ancha del mundo. Ahí empecé a abrir la zancada. Sentía que lo que quedaba no se terminaba más, pero ante esas inseguridades es cuando hay que aferrarse más al plan, confiar en que no va a pasar nada si te seguís esforzando, y esperar… el dolor es pasajero, la gloria es eterna…

Me avergüenza admitirlo, pero empecé a gritar. No puedo decir que sean gritos de bronca, porque no estaba enojado. Estaba cansado, haciendo un tremendo esfuerzo. Era una forma de descargarme, de darme ánimos. Crucé la meta gritando, supongo que similar al nacimiento, ese hecho traumático por el que pasamos todos al llegar a este mundo. El reloj marcó 32:15, casi 3 minutos menos que el año anterior. Ese objetivo estaba cumplido.

Me hidraté, y empecé a sentir dolor en las piernas. Di todo lo que tengo. Si algún día mejoro estos tiempos, no será por falta de determinación, sino por desarrollo muscular. No queda otra, tendré que entrenar mucho para seguir creciendo (y ese es el eterno objetivo a largo plazo). Me calzaron la pesada medalla, y ahí sí me encontré con mi papá. Me buscó entre los corredores, cuando pasamos por segunda vez por la Avenida de Mayo, pero yo ya había pasado, y nos desencontramos. Pocos minutos después llegó Marcelo, y nos tomamos la foto que ilustra este post. Ambos estábamos contentos de habernos tomado ese tiempito, en la tarde del último día del año. Hicimos una de las cosas que más nos gusta, que es correr.

Y así, cada uno volvió a su casa. Yo le pedí a mi papá caminar un poco, para regenerar. Muchos corredores seguían llegando, y seguirían haciéndolo hasta bien pasadas las 5 de la tarde. Con diferentes niveles, cada uno de las personas que se hicieron presentes a la sombra del obelisco lo hicieron para correr con su técnica, al ritmo de cada uno, con resultados diferentes. Pero todos cumplimos el mismo sueño: llegar. Por eso, aunque el podio es de unos pocos, el 31 de diciembre 2747 personas se ganaron algo.

Semana 14: Día 91: San Silvestre, ahí voy

Resulta que, como dejé mi inscripción a los 8 km de la San Silvestre a último momento, la fecha límite para anotarse coincidió con mi último día de vacaciones en Costa Azul. Ni siquiera me percaté. Pero el martes se había cerrado el cupo.

Escribí a la web de la organización implorando por un lugar. De hecho volví para ver los tiempos de 2010 y me encontré con que había llegado en 35 minutos, lo que me ubicaba en el puesto 162 de la general (y creo que 30 de mi categoría). ¡De un total de 1718 corredores! Por supuesto que me empezó a entrar pánico, porque el año pasado corrí después de un largo parate, con una costilla lesionada, envuelto en una calurosa faja, sufriendo un insoportable calor. ¿Cómo mejorar ese tiempo?

Ataques de pánico de lado, para poder ponerme en la incómoda situación de tener que demostrarme constantemente que puedo hacerlo mejor, tenía que anotarme. El mail que envié a la organización fue respondido a mi casilla personal, donde me sugerían que vaya el viernes a la mañana a la carpa de acreditaciones (en el Rosedal) y que ahí veían si quedaban cupos. Pero… también había consultado en el muro de Facebook de la carrera, donde me dijeron que vaya a las 18 hs. ¿Qué hacer? Por supuesto, fui a las 11 AM (después de caminar una vuelta al parque, o sea 1,8 km, al rayo del sol).

Esperaba una gran resistencia para acreditarme de mañana, porque habían llenado las vallas de contención con carteles impresos en computadora que decían que los cupos remanentes se iban a repartir a partir de las 6 de la tarde. Mi as en la manga era el mail que me habían enviado, y el nombre de Estefanía, quien me había respondido. En informes tomaron mis datos, fueron a consultar, y regresaron con la lamentable noticia de que solo podían entregar nuevos kits por la tarde. Les expliqué que no podía volver, pero hablaba con un mensajero inflexible. Pedí hablar con Estefanía, que se acercó con la mejor voluntad. Pidió disculpas por no haber rectificado su mail, estaban desbordados por la cantidad de gente que quería anotarse a pesar de haberse pasado de al fecha límite. Tampoco sabía si el sistema iba a permitir agregar a un corredor nuevo en ese horario.

Nunca di tanta lástima. No me hice el ofendido ni el enojado. Sonreí, pedí clemencia, miré todo el tiempo a los ojos, sin levantar la voz. A los 5 minutos estaban ingresando mis datos en el sistema… como una excepción. Prometí no contarle a nadie, pero creo que ya puedo hacerlo porque ahora sí, las inscripciones están inevitablemente cerradas (era hasta las 20 hs). Tengo el número 3237, y si eso refleja la cantidad de corredores anotados, diría que duplicaron la cantidad del año pasado, cómodamente.

Ahora bien, ¿para qué tomarme tanta molestia por una carrera de 8 km, que encima es al rayo del sol de las 4 de la tarde, el último día del año, con este calor? Bueno, el hecho de que la corrí el año pasado, y que en esta oportunidad puedo intentar superarme, es un incentivo. Además es mi útima oportunidad de sumar para el cuentakilómetros. Y extraño esa adrenalina de la largada. En 2010 me sentí fatal, y sin embargo ahora me sorprendo con que tuve un desempeño muy favorable. Con mis costillas sanas, debería irme mejor. Pero me cuesta imaginarme corriendo más veloz, y es algo que me encantaría averiguar.

Además, se corre en el centro de la Ciudad de Buenos Aires. Y no me gustaría perderme otra oportunidad de sacarle protagonismo a ese tedioso tráfico porteño, y cruzar la calle a pie, junto a otros miles de deportistas. Así que, gracias a que di bastante lástima, estoy anotado para la San Silvestre de Buenos Aires. Y es mi manera de despedir un año de muchos logros a nivel físico y emocional.

Semana 36: Día 250: Los 8 km de la Maratón UCEMA

Este blog continúa su campaña para que las carreras que no son de 42 km dejen de llamarse “maratones”. Sin embargo, vamos a llamar “maratón” a la competencia que organizó la UCEMA. Era para quien les escribe una excelente oportunidad para probar velocidad máxima.

El día comenzó fresco, y con el correr de las horas el sol fue calentando. Sin embargo, la adrenalina de una carrera calienta el cuore, así que pronto nos olvidamos. La largada fue puntual, a las 9:30. Los corredores se contaban de a miles. Realmente sorprende la cantidad de personas que convoca. Ya en su edición de 2010 la participación fue muy alta, con una amplia variedad de corredores, de distintos niveles.

Como se corría cerca de la Reserva, nos ilusionamos con transitar sus caminos, avanzar en la naturaleza, escondida entre tanto asfalto. Pero no. La UCEMA tiene un circuito de 8 km exclusivamente en asfalto. En lugar de árboles, flora y fauna, uno disfruta del espectáculo de los oficiales de gendarmería, que miran a los corredores con una mezcla de indiferencia y fastidio. Probablemente gestionar el uso de la Reserva Ecológica sea complicado, pero es comprensible por qué mucha gente detesta las carreras de calle.

Mi objetivo era hacer buen tiempo, por lo que me permitía tardar, como máximo, 34 minutos para alcanzar la meta. Eso daba un promedio de 4:30 el kilómetro. Llegué para encontrarme con los Puma Runners sobre la hora, para variar. Teníamos un conjunto de números y chips, por lo que agarramos el primero que venía. Ni idea si el número con el que corrí estaba asociado a mi nombre o no. Veremos en el sitio de la UCEMA mañana. Por lo pronto, alcanzaba para fiscalizar el tiempo.

Comencé junto a Vicky, aunque nos prometimos ir cada uno a su ritmo. Avancé lo más rápido que pude, y empecé a pasar corredores. En el km 2 pegamos una vuelta, siempre avanzando por el asfalto. Ahí noté que estaba yendo demasiado rápido, o en realidad que no estaba respirando bien. Fui controlando la respiración, intentando no bajar la velocidad.

Hice la técnica del “sentado”, que mencionaba Allan Lawrence en el capítulo de la maratón, de “Autoentrenamiento para corredores”. Consiste en pegarse a un atleta y seguir su ritmo. Si bien no estaba compitiendo con esta persona, me llamó la atención que tenía muy buen estado, piernas desarrolladas, y un tatuaje de TyC Sports en el gemelo derecho. Más que competir, me servía que su paso era constante y veloz.

El recorrido fue algo aburrido. Mi única motivación era hacer buen tiempo. El recorrido no tuvo muchas sorpresas, dejando de lado el fastidio de enterarme que no íbamos a correr en la Reserva. Hacia la mitad me di cuenta que ese dolor en el costado ya no estaba. Cuando faltaba 1 km empecé a aumentar el ritmo. Pasé al fan de TyC en los últimos 500 mts, y crucé la meta cuando el cronómetro marcaba 31:16. No recordaba mi tiempo de 2010, por lo que me agradó enterarme que el año pasado había hecho 38:10.

En la meta no nos dieron medalla, lo cual le quitó algunos puntos. Sin embargo, no quiero ir en contra de esta carrera. Es ideal para iniciarse, y para practicar velocidad y pasadas durante una competencia. Los 8 km no son para subestimar: tanto el año pasado como este, un competidor se descompensó en la llegada. Pasa en casos donde los corredores no tienen experiencia, y comparan una carrera de 45 minutos con un partido de fútbol. Hay que tomarse las cosas con calma, no tirar piques enajenados si no hay un entrenamiento previo, e intentar correr dentro de los límites de nuestro cuerpo.

Semana 36: Día 247: Próximos desafíos

El bloguero, en la UCEMA 2010

Hay una realidad, y es que cualquier esfuerzo se hace más fácil si tenemos un objetivo definido.

No me imagino entrenar por entrenar. Es fácil convertirlo en “rutina”, y esa palabra tiene connotaciones negativas: repeticiones, obligación, tedio… Es entendible por qué mucha gente le huye a hacer actividad física si no siente una necesidad puntual. Cuando la meta es bajar tantos kilos, alcanzar determinada distancia, o participar en alguna carrera, la cosa cambia. Y mucho.

Eso es lo que moviliza, en general, a Semana 52: llegar al año. Con eso solo no alcanza, obviamente, y de vez en cuando surge algún desafío que hace que el esfuerzo se sienta concentrado. La motivación aumenta, y todo cobra un poquito más de sentido.

Este domingo corremos con los Puma Runners la (mal llamada) Maratón de la UCEMA. Son 8 km, con un circuito participativo de 3. No pareciera ser un desafío a esta altura, pero nuestro entrenador quiere que sí lo sea, así que vamos a tener que buscar velocidad explosiva. Mi cálculo es que debería hacerlo en un máximo de 36 minutos, todo lo que llegue antes de ese tiempo será motivo de extremada algarabía. El fin de semana veré si cumplo.

El domingo 29 de mayo nos vamos a Sierra de los Padres, a correr una media maratón. Estos K21 Mar del Plata son un misterio, su web deja bien en claro cómo y cuánto pagar, los sponsors, el recorrido (via Google Map), pero no dice cómo es el terreno, si es crosscountry (asumo que sí), si hay barro, agua, escalar… Sólo aclaran “La organización local de ISS garantiza a los participantes una gran carrera y Mar del Plata la posibilidad de pasar un fin de semana incomparable”. Ya veremos si no lo podemos comparar con otros fines de semana…

La siguiente carrera en mi futuro próximo es en realidad una caminata de 4 días, que comienza el 12 de junio. Se trata del Camino del Inca, el recorrido que uno hace, todo mugriento y tomando agua purificada con yodo o lavandina, para llegar al Machu Picchu. Jamás fui a otro país de latinoamérica que no fuese Uruguay, así que de por sí va a ser un viaje interesante, y ni hablar de la experiencia de conocer estas ruinas milenarias, cargando mi propio equipaje a través de la naturaleza de Cusco. Va a ser también interesante cómo voy a resolver el tema de actualizar el blog, en medio de la nada. Algo se me va a ocurrir.

Regresamos de Lima el 16 de junio, como para ponernos a tono para, el 3 de julio, correr la Maratón de Córdoba, organizada por Ñandú, que ya demostraron su idoneidad en los 21 y 42K de la Ciudad de Buenos Aires. Me entusiasma mucho esta carrera, porque va a ser un experimento para la maratón que voy a correr en Grecia, el 31 de agosto, cuando este blog finalice. Valga la aclaración de que cuando una Atenas con la ciudad de Maratón no va a ser en una competencia formal. Lo voy a hacer de cabeza dura nomás, a la vera de la ruta, intentando que los autos no me maten. Confío más en los automovilistas griegos que en los argentinos.

Y el desafío inmediatamente posterior al 31 de agosto será decidir cómo sigue mi vida. Las opciones son seguir entrenando con el mismo compromiso, o volver a mi vida hedonista y despreocupada. Para seguir necesitaría un nuevo objetivo, esa zanahoria que hace que la mula avance… Pero tendría que llamarse de otro modo, después de todo, cuando cumpla las 52 semanas, el nombre de este blog va a carecer de sentido…

Semana 18: Día 123: Los 8K de la Corrida de San Silvestre

La mejor forma de terminar el año: correr 8 km bajo el rayo del sol, a las 4 de la tarde, después de tres semanas de estar parado por una lesión. Un desafío que demostró ser mucho más difícil de lo que me podía imaginar.

Haciendo un breve racconto, el 8 de diciembre me golpeé a lo bestia con un amigo en un partido de fútbol mixto. Con ese trauma me gané un dolor intercostal, producto de una neuralgia (inflamación de los nervios). Por esto, antes de la carrera, sólo pude correr una vez en cinta y dos veces en el entrenamiento de los Puma Runners. O sea, llegaba a la San Silvestre con pocos kilómetros encima en el último mes.

Para esta carrera di rienda suelta a toda mi soberbia: la imaginé muy fácil. Digamos, en los entrenamientos solía correr el doble, pocas veces el triple. Supuse que el calor iba a ser un factor que iba a hacerla más difícil: jamás corrí una carrera en verano, menos durante pleno día. Casi siempre había sido por la mañana, y un par de veces a la noche.

La Corrida de San Silvestre, como ya comentamos en otra ocasión, se originó en San Pablo, con la misma distancia que se corrió ayer, aunque hoy ya cuenta con 15 km. Me comentaba mi amigo Walter (compañero de la maratón) que en la versión argentina, cada año se le agregará otro kilómetro. Esta carrera es una verdadera licencia, que ha abierto sucursales en varias ciudades del mundo. Siempre se corre el 31 de diciembre; para nuestra edición se agotaron los 2 mil cupos y a último momento se agregaron 200 más.

Por las dudas, antes de salir me llené de protector solar (tengo poca tolerancia al sol y algunos lunares que me obligan a ser muy cauto). Me calcé la gorra con visera que me regaló el sordo Dany (compañero de entrenamiento, al que le averguenzan mis atuendos) y salí para el centro. La carrera tenía un circuito en forma de cruz, con el obelisco casi en el centro.

Con Walter llegamos pocos minutos antes de la largada, y la San Silvestre arrancó super puntual (un minuto antes salieron los discapacitados, y atrás, a los empujones, el resto). No me animé a correr con anteojos de sol, por miedo a que me resultaran incómodos. Lo que más me preocupaba era la costilla, así que me había tomado un ibuprofeno 600 apenas me levanté y otro antes de largar. Además tenía puesta la faja de neoprene que mi padre donó al “museo Semana 52”.

“Mirá que te sigo”, le dije a Walter. “Yo la voy a hacer tranquilo, Martán”, me confesó, así que a poquísimos metros de haber salido, empecé a aumentar la velocidad y nos separamos. Ahí pasé a la Mujer Araña, un verdadero personaje de muchísimo temple, que siempre está en todas las carreras. Era consciente de que estaba todavía recuperándome de una lesión, pero la faja me daba confianza (ya había comprobado que hacía la diferencia) y las carreras dan unas pilas inexplicables. El recorrido inicial era sobre la 9 de julio, avanzando en dirección a Constitución. Avancé a buen ritmo, pasando corredores, hasta cruzar la marca del km 1. Luego dimos la vuelta y retomamos por los carriles contrarios.

Pasamos por el km 2 justo cuando doblábamos por Hipólito Yrigoyen. Ya en este punto, tenía mucha sed, y me dolía el costado. Pero no era la rodilla, sino esa molestia de respirar mal. Quizá era la faja que apretaba, aunque probablemente colaboraba el calor y el hecho de que no estaba del todo bien entrenado. Flaqueé sinceramente, no me consideré al 100%, y cuando uno duda de sí mismo, se convence de que no es capaz. Pero intenté cumplir lo que predico, y no aflojé. Cruzamos el Congreso de la Nación y volvimos por Rivadavia, justo cuando cruzamos el km 3. En ese punto no podía más de sed, aunque antes de salir había tomado 500 cc de agua fresca. Me sentía cansado, pero avanzaba.

Cruzamos el primer puesto de hidratación. Algo no funcionó, porque te daban agua caliente. Tomé un sorbo e irónicamente me cayó mal, así que me lo eché en la cabeza. Fue como tomar una ducha tibia. Avanzamos por Avenida de Mayo, y al llegar a la 9 de julio estábamos en el km 4. Me sentía cada vez más agotado, y el haber llegado a la mitad de la carrera no era suficiente motivación. Pero mientras estaba encimismado en mis pensamientos, vi a un corredor veterano que se me acercaba y me llamaba por mi nombre. Era nada menos que Eduardo Casanova, más conocido como “papá”.

Mis padres viven cerca del circuito de la carrera, de hecho pasé por la esquina de su casa (y hasta pensé en tocarles el timbre para que me den agua fría). Mi papá me interceptó y empezó a correr a mi lado. Charlamos un poquito, le dije que la carrera estaba siendo más dura de lo que había supuesto. De reojo vi que estábamos cruzando la mitad de la San Silvestre a los 18 minutos. Le pronostiqué una llegada en 37 minutos (supuse que en la segunda mitad iba a aflojar) y tuve presente que ese era el tiempo que me había adelantado Juanca, lector de este blog. Mi papá preguntó por la costilla, pero realmente no me molestaba en absoluto. Me acompañó 300 metros, y me dio muchísimo ánimo. Recordé cuando corríamos juntos, tradición que empezamos hace 20 años y que, cuando terminé el secundario, no volvimos a repetir. Me cuesta mucho poder transmitir lo emotivo que me resultó esto.

Por el obelisco nos separamos, y supuse que no lo iba a volver a ver hasta la cena de fin de año. Antes de llegar al km 5, ubicado en la esquina del Teatro Colón, repartían esponjas mojadas. Me la pasé por la cara y la nuca, y tomé un sorbo. En Marcelo T. de Alvear dimos la vuelta. Seguía avanzando por inercia, alentando a los corredores que caminaban, agotados. Antes de volver a cruzar el obelisco, llegamos al km 6.

Crucé hacia Diagonal Norte, siempre al rayo del sol (poquísima sombra durante la carrera) y me volví a encontrar con mi papá. Hicimos 200 metros juntos hasta volver a separarnos, y su compañía me dio nuevos ánimos. La gorra me acaloraba, pero cuando me la sacaba para que el viento refrescase mi transpiración, sentía un hormigueo en la cabeza. Lejos de hacerme sentir mejor, la sensación era que me iba a desmayar. Decidí dejar de hacer eso, el remedio parecía peor que la enfermedad.

Cuando llegamos al Cabildo era el km 7, y ahí dábamos la vuelta para tomar Avenida de Mayo. A esa altura ya estaba buscando en qué momento me iba a cruzar con mi papá. Ya sabía que faltaba nada más que un kilómetro para la llegada, pero me sentía sin energías para aumentar la velocidad. Probablemente había comenzado a un ritmo y lo había bajado en el transcurso. Pero mi mantra era, no importa si caminás, no podés frenar (porque eso era lo que cada fibra de mi cuerpo pedía).

Me crucé con mi papá unas 2 cuadras antes de volver a la 9 de julio y volvió a trotar a mi lado. Le confesé que uno mariconeaba mucho, pero que seguro al final iba a estar bárbaro. Quise subir el ritmo, pero no sabía si lo estaba logrando. Sentía que cada paso era más difícil que el anterior. Cuando tomé la 9 de julio mi papá se despidió de mi, y le pedí que me esperase en la meta. Ya veía el arco de llegada a 300 metros, pero el sprint me parecía una cosa imposible. Tenía calor, me costaba respirar, estaba cansado y abatido.

Faltando 100 metros, contra mi propio pronóstico, empecé a bracear fuerte y a dar zancadas más largas. Crucé la meta con un sprint espectacular, casi que no me pude detener y choqué a otro corredor que ya había llegado. Cuando frené, me sentía fantástico, invencible. Tanto que me olvidé de controlar el reloj de la llegada. El tiempo neto terminó siendo de 34:55, un promedio de 4 minutos 22 segundos el kilómetro. O sea que en la segunda mitad mejoré mi ritmo por dos minutos. ¿Cómo fue entonces que me la pasé llorando toda la carrera?

Tomé un poco de Gatorade y más “agua tibia”. Me refresqué y esperé la llegada de mi amigazo Walter. Ambos coincidimos con que esta carrera fue un gran reto que nos agotó. Sabíamos que correr a esa hora en verano era un desafío distinto, y era por eso que queríamos hacer la San Silvestre. Me puse a hacer una cola, pensando que era para la entrega de medallas, y resultó ser que era para que te regalasen una toalla. Me sorprendió cómo muchos se mataban por semejante tontería. Me fui a la salida, entregué el chip, y me encontré con mi papá. Él no tenía planeado correr (hacía rato se consideraba retirado del atletismo), y acompañándome hizo nada menos que 900 metros.

Volví a su departamento para ducharme y encarar junto a él y mi mamá el viaje a zona sur, donde nos esperaba la cena de fin de año. Me sentí muy contento, con otro objetivo cumplido antes de la llegada del 2011.

Espero, en este nuevo año, volver a competir en la San Silvestre, y que sea cierto que le van a agregar un kilómetro más. No corrí esta edición en mis mejores condiciones, pero la pude conquistar. Lo que más me interesa, como corredor, es mejorar mis tiempos, pero también me entusiasma la idea de que cada año sea un poquito más difícil.

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