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La otra maratón

La otra maraton

Ayer domingo, en Buenos Aires, se volvieron a correr los 42 km 195 metros de esta histórica prueba, a la que me prometí correr a menos que algo me lo impidiese. Solo hay dos cosas que podrían dejarme afuera de la largada: estar en otra ciudad o estar lesionado. Un motivo me alejó el año pasado, cuando vivía en Brasil, el otro en 2014, cuando volví de haber completado el Spartathlon con un microdesgarro en el tibial.

Si bien el 4 de septiembre sufrí un dolor muy punzante después de un fondo de 30 km (el que autodiagnostiqué como una tendinitis en el tendón de Aquiles), decidí que si llegaba al día de la carrera sin dolor, la iba a correr. Me porté bien, hice todos los ejercicios de estiramiento que recomendaban en YouTube, prioricé el reposo, y aprendí cómo se hacen los automasajes (en forma transversal a las fibras, nunca acompañando). El jueves anterior a la prueba corrí 20 km sin dolor, así que me la jugué.

A todos los que me preguntaban cuánto tiempo quería hacer, les decía 3 horas y media. Esta es una estrategia un poco cobarde que tengo: decir en voz alta un tiempo mayor al que realmente quiero lograr. En mi cabeza sonaba de fondo un “3 horas y 15 minutos”. A veces me funciona. Como venía de dos semanas de estar parado y un solo fondo de 20 km en ese período, no tenía las expectativas muy altas. Mi único as en la manga era Andrea, una de las alumnas del team de INRun Buenos Aires (le pusimos nombre a nuestro grupo), quien me iba a acompañar en bici. Mi esperanza era esforzarme como para no pasar un papelón frente a ella, y que me ayudara a mantenerme motivado.

La salida, lamentablemente como pasa todos los años, fue un caos. Es cierto que yo esperé a último momento para ir a mi corral de 3:30 hs, pero había muchísima fila para entrar faltando poquísimos minutos, y la capacidad estaba totalmente desbordada. No culpo a la organización, aunque ellos podrían buscar un modo de mejorarlo, sino a la cantidad de corredores que no respetan su ubicación y a los cientos (o miles) de colados que sufrimos cada año.

Por suerte me pude acomodar cerca del arco de largada, y solo me tomó poco más de un minuto cruzarlo. Era tal la cantidad de corredores, que no nos pudimos encontrar con Andrea donde habíamos pactado, en la Av. Dorrego, sino recién en el microcentro. Largué rápido, a 4 min/km, para poder despegarme del malón y correr a mi ritmo. Iba saltando de la calle a la vereda y de vuelta al asfalto para poder esquivar corredores. Entonces pensaba en mi tendón y en que quizá no era lo ideal.

La carrera no tuvo muchos sobresaltos para mí. Fui intentando mantener bajas mis expectativas pero queriendo dar todo lo que tenía. El ritmo promedio iba en unos 4:20 min/km y las subidas las encaraba rápido. La organización decidió cambiar de marca de hidratación y pasar de Sierra de los Padres a Bonaqua. Esto significó dos cosas: una, que entregan agua baja en sodio, algo que me obliga a tomar bebidas isotónicas para no sufrir hiponatremia. Otra, que pasamos de unas botellas de 300 ml, muy cómodas para tomar en los puestos, a unas de 500 ml, hechas con un plástico que es una porquería. Solo abrirla mientras uno corre hace que el material se contraiga y salga el agua disparada. Y cuando creía que no podía ser peor, en la mitad de los puestos daban vasos, todavía más molesto de tomar en movimiento. Decidí sacrificar algunos segundos frenando y tomando mientras caminaba. Un par de sorbos en cinco pasos y a seguir corriendo.

Como corrí solo, ir viendo a Andrea esperándome y preguntándome si necesitaba algo me hacía sentir contenido (además de presionado para no aflojar). Fui escoltado todo el camino, salvo cuando, después de salir de La Boca para subir nuevamente a la autopista, la organización vedó la circulación de bicicletas y nos separamos varios kilómetros. Muchos corredores se quejaron, después de la finalización de la carrera, por las bicis que supuestamente les cortaban el paso. Esto no lo vi en ningún caso, pero doy fe que Andrea fue muy respetuosa a un costado, sin cruzarse ni frenarse en medio del camino.

Lamentablemente le di mal las indicaciones a mi papá de dónde nos podíamos encontrar, ya que el recorrido es diferente al de la media maratón (que era mi referencia). Él incluso se fue hasta la 9 de julio para ver si me cruzaba, y pasé por su lado sin que ninguno de los dos viera al otro. También le dije a mi amiga Vale que me podía venir a buscar a la llegada en Av. del Libertador y Monroe, cuando en realidad era en Figueroa Alcorta y Monroe, unas cuantas cuadras de distancia. Supongo que tenía la cabeza más puesta en mi miedo por el tendón que en dar datos precisos.

Si bien venía bárbaro, manteniendo una velocidad bastante por debajo de los 5 min/km, cuando salimos de la 25 de mayo, me pinché. Mal. Sentía un hormigueo en las manos y un cansancio general muy pesado. No podía verla a Andrea (producto de ese largo desencuentro de la mitad), y cometí el peor error de un maratonista: empecé a tener pensamientos negativos. De pronto todo era demasiado difícil, la meta estaba muy lejos, no tenía las zapatillas adecuadas, el tendón de Aquiles me iba a pasar factura, no estaba correctamente alimentado ni hidratado, y quién me manda a mí a correr después de estar 2 semanas parado. No me di cuenta cuándo, pero empecé a caminar. Una chica de la organización me preguntó si estaba bien. Era el kilómetro 33, me faltaban números de un dígito para terminar, pero no me alcanzaba. Le pedí a Andrea que a partir de ahí no se separara de mí. Seguramente ella notó que me venía a pique, y me empezó a alentar, a decirme una gran verdad: yo podía.

Troté a la velocidad que salió. Empecé a correr un poco por encima de los 5 min/km. Comí de mis reservas de damascos, y la única estrategia que se me ocurrió para salir de esa situación fue correr. Pensar menos y poner un pie adelante del otro. Y así transité 6 km en modo ahorro de energía, hasta que pasó algo increíble.

Entrando en Ciudad Universitaria me crucé con Pato Reck, un corredor al que vi muy golpeado en otra maratón, en Zárate, faltando 5 km para la meta. Nos pusimos a correr juntos e intenté motivarlo. Lo obligué a correr, nada de caminar ni descansar con la meta al alcance de la mano. Por eso, cuando pasé al lado de él, me dijo “Hoy me vas a salvar de nuevo”. Así fue como de pronto empecé a correr a 4:30 min/km. Hacía media hora me estaba arrastrando, y de pronto volvía al ritmo de mis primeros kilómetros de carrera. En algún punto Pato pidió caminar y que después me alcanzaba. Se lo prohibí, lo mínimo que podíamos hacer era un trote.

Ver la cancha de River es una livio, porque significaba que la meta estaba muy cerca. La subida del puente de Udaondo es dura, pero tampoco dejé que Pato la caminara. Bajamos con el envión, doblamos en Figueroa Alcorta, y encaramos esos últimos metros a 4:15 min/km. Fue una sensación muy linda olvidarme de todas mis inseguridades y dolores para poder ayudar a otro. Crucé la meta con el tiempo oficial de 3:15:00, pero tiempo neto de 3:13:39. Maravilloso.

Recibimos la medalla, nos sacamos fotos, estiramos, y cerramos otra maratón inolvidable.

Pero lo que para mí terminó siendo una experiencia inolvidable, para muchos amigos míos y posiblemente miles de otros corredores, se tornó algo muy desagradable. A partir de las 4:30 hs de carrera, la organización… se quedó sin medallas. No es la primera vez que lo veo, recuerdo en la media maratón de 2010 que pasó lo mismo, y debo reconocer con bastante vergüenza que esa vez fueron mis primeros 21 km, y los corrí colado. Pedí mi medalla, aunque no me correspondía. No lo entendí en ese momento, incluso escribí una reseña en este blog sobre esa experiencia, pero un lector me hizo entender que colarse significa sacarle recursos a otro corredor que pagó su inscripción. Por eso nunca volví a hacerlo. De hecho, alguna vez me metí en una carrera para aprovechar el corte de la calle, sin cruzar nunca la meta ni tomar la hidratación de la organización.

Es evidente que la cantidad de colados hizo que muchas medallas no llegaran a sus legítimos destinatarios. Podemos culpar a Ñandú por esta falla, pero yo vi frente a mis ojos como le saltaron encima a un corredor que entró en el corral de la llegada. Aunque esta persona estaba a los gritos que venía acompañando a otro maratonista, no le permitieron seguir. Es difícil hacer esto con cada corredor que no está inscripto, más cuando algunos se fotocopian el dorsal de otro atleta, o reciclan uno de una vieja carrera. Pueden tener cientos de ojos, pero toda la organización funciona con seres humanos.

Es una pena que se empañe una fiesta así, siendo que la maratón es la prueba por excelencia para los corredores. Pero, ¿qué se puede hacer? Como los chips son descartables, no hay intercambio de este aparatito por la medalla, como solía ocurrir antes. Sin chip, no hay medalla. Punto.

Tengo una sugerencia. Es lindo el momento de llegar y que te cuelguen la medalla en el cuello, pero quizá haya que hacer como en otras carreras, donde uno tiene que ir a buscarla a una tienda al costado. Ahí, con el número de corredor, se ingresa al sistema para ver si está inscripto y si pasó por todos los controles. Si se quedó tomando una gaseosa en la 9 de julio para después cortar camino, no hay medalla. Si no está en los registros tampoco. Seguramente los colados que vienen con dorsales de otras carreras no van a ser tan caraduras de reclamar nada.

Terminé bastante bien a nivel físico, pero hoy me levanté de la cama con dolores en todo el cuerpo, y si bien el tendón de Aquiles no me duele, está inflamado. Me tranquiliza y a la vez me preocupa. El 7 de octubre me espera un fondo del Ultradesafío de unos 60 km, así que ese será mi próximo objetivo. Voy a intentar no sobreexigirme, ser consciente de mis limitaciones, y tratar de llegar de la mejor manera posible al 17 de noviembre.

Semana 51: Día 355: El maratonista de 125 kg

Parte de mi trabajo es diseñar revistas que no necesariamente tengan que ver con lo que me gusta. Cuando me acercaron la propuesta de una publicación nueva, orientada a la espiritualidad y la motivación, no estaba del todo seguro si me iba a sentir en sintonía. Pero lo que pague el alquiler y las expensas es bienvenido, así que me metí de lleno.

Armar una revista, dicen los expertos, es el arte de diseñar detrás de los avisos. O sea que la parte comercial es muy importante porque eso va a definir la extensión de las notas. Aunque este era un primer número, la venta publicitaria fue excelente. Sin embargo, quedaron dos páginas colgadas a las que había que plantarles algo. Como el tema motivacional sí tiene mucho que ver con este blog, un amigo que fue quien me recomendó para este proyecto me empezó a insistir que proponga material del blog para armar una nota. Y en lo único que pude pensar fue en el post que escribí el 8 de enero del año pasado, en el que contaba la historia de Roger Wright, el banquero de 125 kg que el 7 de junio de 2008 decidió empezar a entrenarse para la Maratón de Boston, que se iba a correr en 10 meses. Lo hacía por él mismo, porque su peso no era precisamente de músculo. También por el legado de su padre, que la corrió en 1968, cuando Roger tenía 7 años. Y también por el amor que sentía por su sobrina Julia, una chiquita que luchaba contra la Fibrosis Cística.

Ese primer día hizo 30 metros y se quedó sin aire. Su plan original era correr 5 kilómetros. ¿Qué lo hizo seguir? Pensar que a Julia también le costaba respirar. Así que tomó fuerzas y continuó. Fue constante. Empezó caminando. No se rindió, porque estaba seguro que con su ejemplo iba a poder llamar la atención y obtener donaciones para la investigación de la Fibrosis Cística.

Registró sus progresos en un blog y a través de filmaciones, que después compiló en un video que compartió en un grupo cerrado, llamado “Running for my existence” (corriendo por mi existencia). Un amigo lo reposteó con un título nuevo, The most inspiring video you will ever watch! (¡El video más inspirador que verás jamás!) y la respuesta fue abrumadora. Roger reconoce que el marketing no era lo suyo. Al día de hoy, esa copia tiene 5 millones 450 mil visitas, muchas de las cuales son mías. La edición de 5 minutos muestra cómo pasó de ser un obeso que apenas podía caminar a un ágil y estilizado atleta. Es realmente impactante, y la música de “Fix you”, interpretada por Coldplay, termina de ponerle el broche de oro. Realmente pone la piel de gallina. Hoy lo veía y casi tuve que contener las lágrimas.

Roger considera clave el apoyo de su mujer. Jamás lo cuestionó, y cuando él le contó su “loca” idea le dijo “Me parece una buena idea. Si lo hacés, consigo una persona cada milla (1,6 km) para que te asista”. Lo siguiente fue llamar a una organización que junta dinero para investigar esa enfermedad y decirles que quería correr en su nombre la maratón del año siguiente (ellos se encargarían de inscribirlo). Por último, se contactó con un amigo triatleta para que lo ayude a entrenar. “No quiero que me des nada de dinero”, le respondió, “solo que me des tu 100%”.

Realmente se comprometió. Dejó de buscar excusas y realizó todos los ejercicios. Empezó a llevar un registro de su frecuencia cardíaca y cada cosa que comía. Y funcionó. Su sobrina Julia fue siempre lo que la motivó. “Era pesado y gordo, debería haber tenido un ataque al corazón o una aplopejía, porque no me cuidaba a mí mismo. Era puramente voluntario. Podría haber hecho esto en cualquier momento de mi vida”, explica él en su segundo video. “Pero Julia no hizo nada malo, ella es solo una niñita”, dice, con la voz quebrada y al borde del llanto.

“Si decides una meta, si te mentalizas en ese objetivo, es sorprendentemente sencillo”, dijo, 50 kilos menos después.

Generalmente se difunde la vida y las proezas de los atletas de elite. Dean Karnazes es un excelente motivador y podemos seguir todos sus triunfos. Ni hablar de Scott Jurek o Killian Jornet. Pero al menos en mi caso no pienso que voy a ser como ellos. Siguen estando en un nivel elevado, inalcanzable. Son atletas tocados por la varita mágica, se ganaron la lotería genética, o se dieron cuenta de que vivían al lado de una montaña y podían entrenar ahí desde chiquitos. Pero cualquiera puede ser Roger Wright. Todos tenemos esa capacidad, de definir un objetivo, motivarnos y darlo todo por lograrlo. Si ves el video donde compara sus primeros pasos hasta que se vuelve un veloz corredor, lo que tenemos que pensar es “Si él pudo dar vuelta su vida a los cuarenta y pico, ¿por qué yo no voy a poder?”. La historia de Roger es la que me inspira, y la que intento difundir para que todos vean que el cambio es posible, que está en uno, y que, como bien dijo en su segundo video, es sorprendentemente sencillo.

 

Semana 50: Día 349: La batalla de Maratón, 2503 años después

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Muchos historiadores coinciden en que la batalla de Maratón tuvo lugar el 12 de septiembre del año 490 antes de Cristo. Por supuesto que en aquella época no utilizaban nuestro calendario, y no me pregunten cuál era porque eso no lo estudié.

Como cualquiera puede deducir, la batalla que tuvo lugar en estas playas terminó inspirando la carrera de 42 km conocida como “maratón”. El mito dice que el mensajero Filípides corrió unos 40 km para dar aviso a las mujeres atenienses de que los persas habían sido derrotados. Los invasores iban a convertir a todos en sus esclavos (y probablemente a realizar actos muy crueles sobre ellos), y en Atenas era preferible la muerte, así que las madres iban a dar muerte a todos los niños y a suicidarse si no tenían noticias del frente de batalla.

Probablemente haya mucho de ficción mezclado en este relato, pero hay certeza de que esta batalla sí ocurrió, y que los atenienses ganaron no por su número (que era desmesuradamente inferior, al estilo de los 300 guerreros espartanos), sino por su astucia. En lugar de formar en un bloque con varias filas, se formaron a lo largo de toda la costa. Así atacaron a las formaciones invasoras (conformadas por esclavos, que no luchaban con el mismo entusiasmo que quien defendía sus tierras y su libertad), cerrándose en forma de pinza y atacando de todos los costados. Algo que hoy nos puede parecer muy obvio, en aquella época fue una estrategia novedosa que dio vuelta el trablero. El mundo occidental podría haber sido muy diferente al que conocemos si las fuerzas de Jerjes hubiesen conquistado Atenas.

Como ya comenté otras veces, Heródoto, historiador contemporaneo a esta época, cuenta que el mensajero fue a pedir ayuda a los espartanos para enfrentar a los persas, con quienes aparentemente no tenían buena relación. Ellos pusieron de excusa la fiesta llamada “carnea” para no ir a la batalla, pero prometieron que se unirían en pocos días. Quienes tengan presente la película “300” recordarán que el rey Leonidas tenía prohibido ir a enfrentar a Jerjes por este mismo motivo, por lo cual el líder espartano no fue a la batalla con todo su ejército, sino que dijo que se iba de paseo… con su guardia personal de 300 soldados.

Heródoto dio otro dato, que fue que el mensajero tardó un día y medio. Hay quienes creen que no fue un corredor sino dos, y que alguno de ellos murió al dar la noticia del triunfo en Atenas. Calculando la distancia total entre Atenas y Esparta, y con el límite de 36 horas, nació la Espartatlón, el capricho actual de este blog. Creemos que todas estas cosas tuvieron su origen hace exactamente 2503 años. Hablamos de una época previa al cristianismo… al nacimiento de Jesús inclusive. Nuestra sociedad estaba todavía en pañales, y muchísimas cosas han cambiado desde aquel entonces a nivel político y cultural, pero la palabra “maratón” sigue representando la épica y una lucha que por suerte no es contra otro ser humano, sino contra uno mismo.

La distancia de esta mítica carrera fue variando hasta que se decidió el convencionalismo de los 42 kilómetros con 195 metros. El escritor Murakami fue a recorrer esa distancia, contratado por una revista que quería una crónica suya de la experiencia, y me motivó a intentarlo del mismo modo que él: sin que sea una carrera oficial, corriendo al costado del trayecto oficial (en la banquina de una ruta), en el sentido inverso (Atenas a Maratón). Mi amigo Gerjo me acompañó para sacar fotos, actualizar el twitter y asistirme. Lo hice el último día de Semana 52, el 31 de agosto de 2011.

Tomé unas pocas clases de griego, que me permitieron leer carteles en el trayecto (sin entenderlos) y ocupar mi cabeza. Fue una experiencia muy dura, hacía mucho calor y estaba solo (Gerjo no podía estar todo el tiempo a mi lado, a paso de hombre, ya que los griegos manejan peor que los argentinos). Sobre el final había unas cuestas que me provocaron dolorosos calambres, y el paisaje en gran parte de la carrera era gris, apagado y sin la gloria que yo imaginaba. Murakami narró su experiencia con un dejo de insensibilidad, y yo pensé que iba a estar todo el tiempo alucinando por estar corriendo ahí mismo.

Cualquiera diría que fue una decepción, pero cuando ya estaba oficialmente en Maratón y el sol me quemaba la piel, di una vuelta por el antiguo cementerio (donde descansarán las víctimas de esa histórica batalla) y empecé a sentir algo que solo podría describir como “mística”. Llegué al estadio de Maratón y cuando faltaban pocos metros pegué un pique con todas mis fuerzas, subiendo unos escalones y desplomándome frente a la estatua del dios Hermes, que habían construido para conmemorar los 2500 años de la maratón. Ahí me quedé, recuperando el aire, intentando dimensionar todo eso que acababa de hacer. De fondo flameaba una bandera griega, las letras del edificio confirmaban que estábamos en Maratón, y las piernas se me petrificaron en ese instante. Grité de dolor al querer levantarme, pero pasé de la agonía a una felicidad inmensa. Cuando me pude incorporar, Gerjo me sacó una foto para su campaña por la diversidad afectiva. Me costaba estar de pie, pero el orgullo me sostenía.

Sufrí, mucho. Hablé por teléfono con mi papá, con el llanto atravesado en mi garganta. Eran las 9 de la mañana en Maratón, mientras que en Buenos Aires debían ser como las 3 de la madrugada. ¿Cómo llegué hasta ahí? ¿En qué momento decidí irme hasta ahí, solo para correr, me pagué un pasaje en avión, estadía, y todo el esfuerzo que eso conlleva? No lo sé, pero cada vez que lo recuerdo, que lo cuento o lo escribo, se me acelera el pulso y se me erizan los pelos de los brazos. Esto ocurrió hace tres años, conmemorando aquello que se inició hace 2500, y sigue siendo uno de los recuerdos más felices de toda mi vida.

Y voy a caer en un lugar común. Esto podrá haber empezado hace toda esa pila de años, pero por suerte está lejos de terminar. En la maratón cada uno libra su propia batalla personal, y llega a la meta con lo justo, casi como Filípides. Podríamos decir que nosotros también damos la vida al llegar a destino, solo que, de algún modo, al terminar una maratón todo el sufrimiento cobra sentido. Es ahí que renacemos y nos sentimos verdaderamente vivos.

Semana 41: Día 285: La Maratón de Río de Janeiro en fotos

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Todavía retengo la sensación de estar corriendo sobre las calles de Río. Siento el calor del sol pegándome en la piel descubierta, la rigidez del asfalto en cada pisada, el sonido de mi respiración. Tengo frescos los dolores en las piernas, las ganas de cruzar la meta y la paz que sentía en medio de todo ese esfuerzo descomunal.

Hoy vi un video de 30 segundos de mi llegada. En mi cabeza fue un momento épico, a lo William Wallace o el rey Leónidas. Pero desde afuera parece otra cosa. Quizá le falte una cámara lenta, música incidental de John Williams, o un mejor actor. Pero siempre me gusta observar cómo se ve todo desde afuera. Los músculos tensándose, la pose del cuerpo, la espalda, la zancada. ¿Qué es más real, lo que pasa por mi cabeza o lo que se ve desde afuera? Probablemente la realidad sea sacar un promedio de ambas cosas.

Me siento muy orgulloso de esta carrera. A diferencia de una película que me hubiese gustado mucho, no puedo volver a verla. No se la puede volver a vivir. Está adentro, en los recuerdos. Podría volver a Río de Janeiro y hacer otros 42 km, pero está claro que jamás va a ser lo mismo. Estas imágenes, que no muestran lo que pasaba en mi cabeza sino lo que pasaba con mi cuerpo y mi entorno, son siempre una buena ayuda memoria para mí.

Semana 41: Día 283: Los 42 km de la Maratón de Río de Janeiro

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Quizá no sea tan obvio, así que voy a aclarar esto: he corrido pocas maratones. Día veces la de la Ciudad de Buenos Aires y una vez la de Rosario. La de Atenas la hice por mi cuenta, así que no podría contarla.
He realizado entrenamientos de 45 km, y alguna vez he superado esa marca en calle. Tengo algo de experiencia, pero eso no quiere decir que no me ponga nervioso y no siga aprendiendo.
No tenía intenciones de correr la Maratón de Río de Janeiro. Iba a hacer la de Rosario y chau. Pero me separé y viajar a Brasil con mis amigos de Puma Runners cobró otro sentido. Como que me merecía un viaje así. Le regalé mi inscripción y mi pasaje a Rosario a una amiga y me sumé al desafío Carioca.
Es Brasil intenté hacer mi infalible sistema pre maratón. Muchos hidratos, poca fibra, hidratación a full. Pero las excursiones y paseos me complicaron el plan. Quizá participar de la carrera era una excusa para desconectarme de la rutina y reconectarme con mis compañeros de grupo. Igual, tenía muchas ganas de correr (y nada de ganas de sufrir).
La noche previa a la carrera dormimos 4 horas. Me levanté con los ojos pegados, cansado, pero feliz (en el fondo). Había preparado mis cosas antes de irme a dormir, así que solo me restaba vestirme, desayunar y salir.
Éramos 5: Germán (nuestro entrenador), Gloria (debutante en los 42k), Dora (hermana de Gloria y fotógrafa oficial), Leandro y yo. Sobornamos a un taxista para que nos lleve a todos y nos bajamos en Aterro do Flamengo, donde una serie de colectivos nos llevaban a la largada.
A diferencia de Buenos Aires o Rosario, el recorrido de Río no es circular, sino que iba casi en su totalidad por la costa, desde Praça do Pontal, en Recreio dos Bandeirantes hasta Aterro do Flamengo, atravesando muchos distritos como Barra da Tijuca, Leblon, Ipanema y Copacabana.
Nuestro micro salió 5:30 de la mañana y llegó una hora después, haciendo el recorrido inverso que nosotros íbamos a correr. Nos sacamos algunas fotos en la playa, me puse vaselina en mis partes pudendas y me comí un pan que tenía preparado.
Largamos puntual, a las 7:30, pasados quizás uno o dos minutos. Arranqué el GPS que me prestaron cuando pasé bajo el arco y empecé a correr.
Al principio dimos una vuelta de 3 km por un barrio residencial y volvimos a cruzar la llegada. Mi mejor pronóstico era terminar la maratón en 3 horas y 45 minutos. El poco sueño y el cansancio acumulado me daban bastante inseguridad de lograrlo. Pero estaba entusiasmado. Correr ene tanta gente estimula, así que empecé a pasar corredores y me coloqué en una velocidad cómoda de 4:42 el kilómetro. Si la podía mantener, tenía la carrera en el bolsillo… pero sabía que no iba a ser tan fácil.
La primera complicación fue el cinturón hidratador que me compré, que se subía todo el tiempo. Decidí sacarle la botella y llevarla en la mano. Después estaba en la duda de si ponerme o no la gorra. Hacía calor y no me la puse al principio, porque prefería ir fresco; pero el sol pegaba fuerte, así que terminé usándola.
Me sorprendía la energía que tenía, aunque no quería cantar victoria hasta no pasar el kilómetro 30. Brasil tiene un paisaje maravilloso para tener de fondo mientras uno hace deporte. Es un espectáculo en sí mismo. Corría mirando la playa, el mar, los cerros. Cuando escuchaba un acento argentino saludaba. Cada kilómetro estaba marcado, y había varios puestos de agua alternados cada tanto por Gatorade. Me llamó mucho la atención el sistema que usaban. El agua venía en vasitos de plástico con tapa como de yogur. La primera la abrí normalmente, a partir de la segunda las agujereaba con el dedo y tomaba por el hueco. El Gatorade venía en un sachet que había que abrir con los dientes.
Mantuve en ritmo estable toda la primera mitad de la carrera. En el km 21 había un batallón de baños químicos (¡y sin cola!), pero cono no tenía ganas de ir, lo dejé para más adelante.
Siempre mido las carreras por tramos, y pienso “ya pasé el primer cuarto… ya pasé la mitad…”, así que me entusiasmó estar en el kilómetro 21. Ahí nos alejamos un poco de la costa y subimos por una autopista.
La carrera seguía su curso, el calor era importante, pero me echaba agua en cada puesto, y tomaba siempre que podía… El tema es que siempre sentía sed. La boca pastosa, gusto raro… No puedo decir, de todos modos, que sucesor la hidratación.
En Leblon corrimos por una calle que bordeaba un acantilado, y hubiese disfrutado del paisaje si no me hubiese sentido a punto de morir. Habíamos pasado el kilómetro 30, unas marca importantísima en una maratón. Pero me dolía muchísimo la panza, y sentía que si no encontraba un baño literalmente iba a explotar. Pero… no había nada. En los puestos no entendían mis preguntas, o se encogían se hombros si preguntaba por un toilette. Hubo uno de la organización que se mató se risa y me dijo algo quite no entendí. Supuse que me ofrecía hacer donde quisiera y me lavara con mi agua. Hice que me reía y seguí.
El dolor era tan fuerte que dos veces tuve que parar. Era instantáneo: cuando me detenía, la molestia desaparecía. Hacía unos metros y sentía que me iba a desgraciar en cualquier instante. Quise meterme en unos arbustos y que sea lo que Dios quiera, pero si hacía eso me caía al precipicio. Hice lo mejor que se me ocurrió: apreté los dientes y seguí corriendo. Mágicamente, toda esa sensación espantosa desapareció.
Los últimos 10 km, bordeando las populosas playas de Ipanema y Copacabana, fueron eternos. Las piernas estaban a punto del calambre, y los dedos del pie izquierdo de me cerraban como una garra. No quise aflojar. El ritmo promedio había aumentado,y se había puesto en 4:56. Un poco más lento y me despedía de las 3 horas y media. Apreté y recé para resistir. No hablo mucho con Dios, excepto para pedirle favores. Lo sé.
Quería hacer buen tiempo, pero bajé mis expectativas a simplemente llegar. Faltando 5 km pensé “es una vuelta al hipódromo”. Uno suele medir con parámetros cercanos, y eso hacia parecer a esa distancia como menos inmensa.
Corrí con todas mis ganas, intentando racionar mi fuerza. Los calambres se asomaban y trataba de pisar lo mejor posible. Los dedos se agarrotaban, yo gritaba de dolor, y seguía. Mientras sufría, los relojes de la calle marcaban una temperatura de 30°.
Fui acortando kilómetros, hasta ver el 40. Ahí abrí la zancada, y me alimenté de los aplausos y el aliento de la gente. A más cerca de la meta, más público alentando.
Los retorcijones, los calambres y las inseguridades ya no estaban. Era solo cuestión de gastar todas las reservas en llegar. Los últimos metros metí un sprint furioso y crucé la meta con un grito demencial de “¡¡¡ESPARTAAAAAAAA!!!”. Paré el reloj en 3 horas 28 minutos.
Nada se compara a cruzar la línea llegada. Todo el sufrimiento y el dolor cobran sentido. De hecho, se olvidan. Me sentí tan feliz y tan emocionado, que cuando un corredor le propuso casamiento a su novia segundos después de cruzar la meta, se me llenaron los ojos de lágrimas.
No corrí esta maratón en mi mejor condición. Esa molestia estomacal la atribuyo a no haber seguido al por de la letra mi dieta maratonista y a no tener fortalecidas las abdominales. ¿Quién sabe cómo me hubiese ido de hacer descansado correctamente? Difícil saberlo, pero de la inmensa alegría de haber conquistado este triunfo inmenso, empiezo a pensar en todo lo que puedo aprender para mi próxima maratón…

Semana 40: Día 275: La dieta de la Maratón

Mañana empieza la semana previa a la Maratón. Y con eso viene la consabida dieta maratonista, pensada para aprovechar al máximo la energía y no morir en el intento. La comparto porque me ayudó en su momento, la fui puliendo un poco en base a la experiencia, y quizá ayude a otros. Incorporarla de una puede ser complicado puntualmente por el tema del agua. Tomar agua es importantísimo, tanto que habría que hacerlo en el día a día y no específicamente para la carrera. La idea es evitar la deshidratación. El día que corramos va a hacer calor, así que vamos a transpirar. Tenemos puestos de hidratación cada 3 km, pero eso no significa que no podamos darle una ayudita al cuerpo.

Lo ideal es tomar como mínimo 2 litros de agua diarios. Si no estamos acostumbrados, al principio vamos a ir a cada rato al baño. Los hombres lo resolvemos escondiéndonos tras algún árbol, ¡pero resulta que está prohibido por ley hacer pis en la calle! Las mujeres no creo que vayan ni aunque se permitiese. El agua lubrica las articulaciones, purifica el cuerpo, ayuda en muchísimos procesos internos. Así que, maratón o no, incorporar el agua es fundamental, en especial para los corredores.
Las recomendaciones son cargarnos de hidratos de carbono. El cuerpo puede acumular 2 mil calorías, NO MÁS, y hay una norma que dice que esta reserva se agota en el kilómetro 30. El cuerpo consume otras fuentes como las grasas, pero cuando se agotan las reservas el cuerpo sufre un trauma al que los corredores llaman “tocar el muro”. Las sensaciones varían en cada uno, en mi caso sentí que los cruádriceps estaban en llamas, y fue de un segundo al otro. NO PASA NADA, hay que mantenerse hidratado y consumiendo alimento durante la carrera (barritas energéticas, gomitas, geles, lo que sea que nos funcione). A mí las pasas me funcionan, es energía que entra rápido y se consume rápido. Pero cada uno ya conoce su cuerpo. Lo importante es no asustarse, es un toque y se pasa de forma muy fácil: corriendo. A los pocos minutos volvemos a estar como antes.
Ahora sí, la dieta:
PARA LA SEMANA PREVIA (LUNES A JUEVES): El objetivo principal es cargar los depósitos de glucógeno muscular, y mantenerse bien hidratado.
  • Mantener un buen estado de hidratación.
  • Chequear color de la orina: ¡cuanto más amarillo más deshidratado!
  • ¡No esperar a tener sed para beber!
  • Bajar el consumo de FIBRAS: Vegetales crudos y cocidos, cereales INTEGRALES/SALVADOS.
  • Evitar exceso de grasas
  • Fraccionar la alimentación en no menos de 4 comidas al día (desayuno, almuerzo, merienda y cena) y agregar colaciones a media mañana y media tarde si van a pasar más de 4-5 hs entre 1 comida y la siguiente. Y que estas sean a base de HIDRATOS: fruta, copos de cereales sin fibra (por ejemplo, copos de maíz), pasas de uva, turrón, etc.
  • Combinar SIEMPRE: HIDRATOS + PROTEINAS, en todas las comidas (los veganos podemos conseguir muchísimas fuentes de proteínas vegetales)
  • HIDRATOS: Pan, cereales, frutas, arroz, choclo, papa, batata, fideos, etc.
  • PROTEÍNAS: sandwich de pan integral y tofu (a gusto otros ingredientes como x ej. albahaca, pimienta, etc.), arroz con leche y canela (los veganos podemos optar por Ades natural, leche de almendras, etc), algun budín o muffin de zanahoria, algarroba, etc., licuado de frutas con “leche” (vegana o no), taco o burrito de quinoa, lentejas o porotos, etc., humus untado en pan.
  • ¡Descansar mucho! Lo que no entrenamos hasta ahora, no lo vamos a poder entrenar. Yo voy a correr un poco por ansiedad, pero en este punto hay que bajar y descansar.
  • NO probar ninguna estrategia en la carrera que no la hayamoss practicado en algún entrenamiento. Confiar en uno mismo, en toda la experiencia previa, y aprender que la mejor experiencia es la que hace uno mismo.
VIERNES y SÁBADO: Igual recomendaciones anteriores; pero NADA de fibras ni verduras.
CENA SÁBADO: Porción generosa de fideos con salsa liviana + queso y dulce (batata o membrillo) de postre (los veganos buscaremos tofu brasileiro).

DÍA DE LA CARRERA: El objetivo es asegurar la disponibilidad de combustible, minimizar la pérdida de fluidos y prevenir malestares gastrointestinales.

SI TENEMOS POSIBILIDAD: ¡¡PESARNOS!! Es un dato que nos va a ser útil si nos volvemos a pesar al finalizar la maratón.

DESAYUNO: Agregar 1-2 panes/frutas al desayuno habitual y más agua
En la carrera:
* Tratar de asegurar NO menos de 1/2 litro de líquidos (entre agua y Gatorade) por hora. Depende del ritmo de cada uno, eso sería entre dos y dos litros y medio. Esto va a estar cubierto por la organización.
* Consumir: 1 gel con AGUA cada 45 minutos aproximadamente o 2 sobres de azúcar cada 15 minutos. Recomiendo, si alguien tiene, llevar caramañolas con el gel ya disuelto en el agua. Baja más rápido al estar líquido y no pica tanto la garganta. Yo le meto todos los geles que pienso consumir durante la carrera y lo voy dosificando en el recorrido.

POST CARRERA: El objetivo primordial es proveer al cuerpo de nutrientes para reparar y fortalecer tejidos y; reponer el agua y electrolitos perdidos por la transpiración.

  • Rehidratarse con agua y bebida deportiva (con hidratos: Gatorade x ejemplo), lo ideal sería que bebieran el 150% del peso perdido en la carrera (para esto es importante pesarnos antes y después). O por lo menos 1 vaso cada 15-20 minutos, durante las 2 horas siguientes…
  • Asegurarse una gran cuota de hidratos (papa, fideos, arroz, pan, frutas) y proteínas magras o de origen vegetal para facilitar la recuperación dentro de las 2 hs siguientes.
  • Se puede salar un poco de más la comida para favorecer la rehidratación.
El hígado queda muy exigido por la carrera, piensen que se la pasa filtrando sangre, y aunque no lo vamos a sentir, va a seguir trabajando después de la maratón. NO LO CASTIGUEMOS. Muchos optan por recompensarse con un “asadito” o alguna comida grasosa. Nuestro hígado no va a filtrar las grasas o el alcohol como hace normalmente. Seamos piadosos con nuestro cuerpo, lo vamos a haber hecho pasar por una de las pruebas más impresionantes y gloriosas de nuestra vida. Tratémoslo con cariño porque la idea es seguir usándolo.
Todas estas cosas las apliqué y me funcionaron, muchas las aprendí de mi nutricionista, por la experiencia, y por consejos de Germán, mi entrenador. Espero que les sea útil, o que por lo menos sea el punto de partida para investigar todos los beneficios que tiene hacer una buena planificación pre-carrera.

Semana 39: Día 273: El día se aproxima

Faltan pocos días para partir rumbo a Río de Janeiro. Hoy, viernes, muchos aprovecharon para partir hacia Rosario, pensando en la Maratón de la Bandera. Y en casi todos se instala el miedo de… ¿me conviene correr estos días?

En mi caso siempre bajé el nivel del entrenamiento cercano a la carrera. Pero con el tema de los 42 km hay mucho miedo dando vueltas… me acuerdo mi primera maratón, en el año 2010, donde Germán, mi entrenador, me recomendó descansar y no andar caminando demasiado el día previo. El tema fue que la maratón era un domingo y el sábado anterior fui a la acreditación, a buscar mi kit de corredor, y tuve que hacer largas colas… me dio mucho pánico. Sentía las piernas cansadas, había estado mucho tiempo parado… por supuesto que la mañana de la largada me olvidé de todo esto. No sabía en ese momento que ese miedo volvería muchas veces, y las piernas doloridas también (un signo de nervios y tensión).

Estamos partiendo a Brasil el jueves a la madrugada, o sea que el miércoles a la noche, después del entreno, nos juntamos para que a las 2:30 de la mañana nos lleve una combi a Ezeiza. Yo asumí que ese día íbamos a entrenar como siempre, pero noté entre mis compañeros un exagerado respeto por la maratón. Muchos confesaron que no pensaban correr. Me recordaba al plan de Allan Lawrence, autor de “Autoentrenamiento para corredores”, que si bien decía que muchos descansaban el día anterior a correr los 42 km, él prefería hacer un fondo de 10 km. El descanso es importante, pero siendo que los dolores de los esfuerzos llegan con un día de diferencia, ¿qué mejor que entrenar un sábado y competir un domingo? El lunes el cuerpo empezaría a pasar factura y listo.

Yo creo que la mejor forma de lidiar con las ansias y los nervios es ponerles el cuerpo y hacer actividad física. Nada demasiado exigente, lo suficiente como para apaciguar la mente. Y aunque es cierto que no da ir a tomarse el avión todo chivado, de miércoles al domingo (día de la maratón) hay mucho tiempo, y realmente necesito descargar. Quizá me corte solo en algún momento y salga a hacer un fondito por la playa en los días previos. No sé si el destino me volverá a llevar en breve a Brasil, así que mejor aprovecharlo, y ayudar a que la carrera llegue pronto.

Semana 38: Día 266: Acomodando la agenda

A 13 días de volar a Río de Janeiro y 15 de correr mi próxima maratón, me acuerdo de que no estoy corriendo lo que me gustaría. Por supuesto que me lo tomo con calma. Con todos los cambios recientes en mi vida, no me quiero desesperar si no estoy haciendo 50 km cada fin de semana. Ya habrá tiempo para volver a eso.

No es fácil acomodar la agenda, en especial estando recién separado y sin un lugar fijo para vivir. Pero intento arreglármelas como pueda. Por ejemplo, sabía que el jueves iba a trabajar hasta tarde y que iba a dormir poco. El viernes iba a estar hecho una piltrafa y no iba a poder dormir, así que me acomodé para tomarme un rato del jueves y correr 14 km. Parece poco, más siendo que en dos semanas me esperan 42, pero el corazón queda satisfecho por estar haciendo algo. Y yo logré algo muy importante, que es anticiparme y no darme cuenta a último momento que el cuerpo no me iba a rendir ni para hacer dos cuadras.

Es un tema porque estoy por encarar un viaje y no organicé nada. No me caben dudas de que lo voy a disfrutar mucho. Brasil es un país que no conozco y que no estaba en mis planes conocer, pero hay momentos en los que necesito improvisar y no estar cuestionando demasiado las cosas. Pero me faltan resolver un montón de cosas, como qué voy a llevar, qué cosas necesito… ayer perdí mi reloj GPS, así que ni siquiera sé si voy a poder seguir midiendo mi distancia, mucho menos en la maratón.

Parte de acomodar mi agenda es dormir las horas necesarias para entrenar, así que voy a cerrar este breve post y me voy a ir a la cama, por primera vez antes de las 12 de la noche en mucho tiempo. Pero no me quejo. Parte de haberme quedado hasta altas horas de la noche tuvo que ver con relajarme y hacer lo que me gusta. Y en la agenda no hay que acomodar solo las responsabilidades. También podemos hacerle un lugar a aquellas cosas que nos hacen felices.

Semana 38: Día 263: Consejos maratonistas

En 12 días va a tener lugar la Maratón de la Bandera, en Rosario, y en 19 se realizará la de Río de Janeiro. Le prometí a unos amigos dar algunos consejos para encarar los 42 km, así que aquí vamos.

Todavía estoy intentando dilucidar por qué la maratón es la distancia perfecta. Quizá tenga algo que ver con nuestra asombrosa capacidad de adaptación. Nuestra habilidad de transpirar a través de nuestra piel y de poder respirar independientemente de los pasos que damos es algo que cualquier animal, incluso los más veloces, envidiarían. Podemos lucirnos en la pista de atletismo haciendo velocidad, pero nuestro cuerpo está diseñado para hacer grandes distancias y hacer un derroche de resistencia.

Sin embargo, esa capacidad que tenemos hay que desarrollarla, hurgar hondo en nuestros genes. Por eso tenemos que entrenar, muy duro. Dudo que exista un corredor que haya recorrido 42 kilómetros por primera vez. Es el fruto de un esfuerzo continuo e ininterrumpido. Nuestros ancestros primitivos hacían cacería por persistencia, cansando a los animales en carreras de un mínimo de 4 horas. Finalmente la presa, incapaz de regular su temperatura interna tan bien como lo hacemos nosotros, caía rendida. Ellos lo hacían para sobrevivir, nosotros lo hacemos por motivos no tan distintos.

Supongamos que el tema del entrenamiento está resuelto. Es imposible encarar una competencia tan ardua faltando dos semanas. Lo cierto es que a esta altura todo lo que hagamos es para sostener, y faltando 7 días el entrenamiento va a ir decayendo. Lo que sí podemos hacer faltando tan pocos días es cuidar lo que comemos. Nuestro cuerpo almacena hasta 2 mil calorías. La idea es que la semana previa llenemos nuestras reservas con los alimentos ricos en carbohidratos, como arroz, papa, pastas, cous cous, cereales. Hay que bajar el consumo de grasas (siempre, pero ahora especialmente), y con el correr de los días ir bajando la ingesta de fibra, hasta abandonarla por completo dos o tres días antes de la carrera. Esto tiene que ver con evitar problemas gástricos.

Durante mucho tiempo corría en competencias y me daban unos dolores terribles en el estómago. Eran gases, que debe ser lo peor que le puede pasar a un corredor porque son muy molestos. Fui aprendiendo a cuidarme antes de las carreras para sentirme lo más cómodo posible.

El gran peligro de una maratón es la deshidratación. Es increíble la cantidad de líquido que perdemos, y eso lo podemos comprobar si nos pesamos un instante antes de correr e inmediatamente después de la llegada. Si tenemos en cuenta que durante la maratón vamos a estar constantemente bebiendo, la diferencia que nos indique la balanza no alcanza para reflejar toda la transpiración que sudamos. Lo ideal es beber mucha agua la semana previa a la maratón. Durante el recorrido vamos a tener puestos de hidratación, pero el agua tiene muchísimos beneficios en nuestro cuerpo, como lubricar nuestras articulaciones. Además, mucho de los calambres que tenemos durante las carreras son indicios de deshidratación. Por eso hay que atender a este punto tanto antes como durante la maratón.

Más arriba hablaba de las 2 mil calorías que almacena nuestro cuerpo. Esto va a cobrar importancia los primeros dos tercios de la carrera. Hay una convención del famoso “muro” que llega en el kilómetro 30. A veces es un poco antes, a veces después. Básicamente es cuando agotamos nuestras reservas y pasamos a quemar principalmente grasas. Este proceso (que siempre comparo con pasar el auto de gas a nafta) es un poco traumático para nuestro organismo, y entre las cosas que podemos llegar a sentir es que las piernas se nos prenden fuego. Además, es el punto en el que empezamos a levantar los puños al cielo y gritar “¡¿Quién mierda me mandó a estar acá?!”. Pero no pasa nada, hay muchísimo de sugestión en esto. El “muro” está en la cabeza. Hay molestias físicas, sí, pero la mejor forma de superarlas es seguir corriendo. El cuerpo se acostumbra, se amolda y sigue. Por supuesto que lo podemos ayudar ingiriendo constantemente alimento, como geles, pasas de uva, frutas, o lo que sea que toleremos. Esto es un punto muy importante: no improvisar en la maratón. Lo que sea que intentemos comer, tomar y hasta incluso vestir, lo tenemos que haber probado en los entrenamientos. Las carreras no son el momento de experimentar e improvisar, en especial las que son tan largas.

Hay quienes dicen que la primera mitad de las carreras hay que hacerlas más lento de lo que a uno le gustaría y la segunda mitad más rápido. En una maratón podría decirse que es algo así. Hay que economizar para tener energía para el final. Los que abandonan (en especial los profesionales) lo hacen porque se queman al principio, intentando poner distancia. Una maratón es una competencia contra uno mismo, y solo se triunfa llegando a la meta. Mi técnica es tomar geles cada 8 kilómetros, siendo el último en el km 32. Y en las maratones siempre hay hidratación cada 5 km mínimo. Hay que tomar líquido aunque no tengamos sed.

Después de cruzar la meta, lo importante es no frenar. O sea, no parar en seco. Seguir con un trotecito suave, e ir bajando de a poquito. Una caminata, seguir activo porque después cuesta arrancar. Cuando en Grecia caí arrodillado en la meta, las piernas se me paralizaron y cuando me quería incorporar me caía una descarga eléctrica que me tiraba al piso. Y lo más extraño de todo son unas ganas increíbles de ir al baño (número dos). Pero es solo la sensación, porque correr toda esa distancia floja los esfínteres. Yo pensaba que no iba a llegar a tiempo al baño, pero era cuestión de estar sentado para que se pasara. Ponerme de pie hacía que esa sensación vuelva.

El hígado va a estar sobrecargado de filtrar la sangre que fluye durante la maratón. Lo peor que podemos hacer es festejar nuestra epopeya con vino y un asado. Conviene seguir cuidándonos el resto del día, almorzar pastas para reponer hidratos. Si pudimos pesarnos, la diferencia de peso entre antes de largar y después de llegar debería ser la cantidad de líquido que tenemos que recuperar.

Difícilmente una mala experiencia nos disuada de volver a intentarlo o de seguir entrenando. Pero el cuerpo necesita recuprarse de todo este trajín, así que hay que correr los días posteriores. Muy suave, tranquilo, regenerativo. Así vamos a acelerar el proceso. En mis primeras maratones los dolores de piernas se iban a los 4 días. Subir escaleras no era problema, bajarlas era un trastorno. Pero lo peor que podemos hacer es creer que tenemos que encerrarnos en casa. Hay que salir a disfrutar del mundo, volver, de a poco, a nuestra rutina. Y vivirlo con orgullo, porque terminar una maratón no es poca cosa…

Semana 36: Día 247: Camino a Río

Así lo quiso el destino. Empiezo a escribir este post en el subte, en la estación Río de Janeiro, del subte A.

Hoy, que voy camino a lo de mi papá para celebrar su cumpleaños, me inscribí en la maratón de Río, en Brasil.

Nunca visité este país, y si no fuese por el running, seguiría siendo una incógnita para mí. De hecho, gracias a las carreras, conocí muchos lugares que no me “tentaban”, como Perú, Grecia, y yéndonos más cerca Entre Ríos, Misiones, Marcos Paz… Correr fue la excusa para conocer, para abrir la cabeza. Y me dio mucho más que salud física.

Río viene a reemplazar a la maratón de la bandera, una carrera que me encanta, pero que era parte de un plan con Vicky. Cuando mis compañeros de Puma Runners empezaron a planificar el viaje a Río, no me planteé hacerla, porque las separaba solo una semana de diferencia. Pero ayer tuve el impulso, me pregunté por qué no… Y hoy saqué mi pasaje y confirmé mi participación en la carrera.

Quizá no sea la mejor decisión monetaria. Estoy con los fantasmas de los gastos de la mudanza (el día en que encuentre un lugar), y la maratón de Rosario ya la tenía paga. Pero sentí el “deseo”, eso que suena a mala palabra. Decidí escucharme y hacer lo que realmente deseo. Nunca me inscribí en una competencia internacional (el Camino del Inca no cuenta, y en Arenas corrí por mi cuenta), así que esta va a ser una experiencia enriquecedora.

Falta solo un mes para estar en las playas brasileras, palpitando una de las maratones más importantes del mundo…

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