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Semana 14: Día 95: Lo que nos dejó la San Silvestre Buenos Aires 2012

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Antes de empezar… ¡Feliz 2013!

A mí, la San Silvestre de Buenos Aires 2012 me dejó bastante dolor de cuádriceps. Y es lógico, corrí como poseído por un demonio, no venía entrenando velocidad desde hacía unos meses y no elongué al terminar. Pero no me quejo, cuando crucé la meta me sentí invencible.

Hagamos una aclaración. Cuando uno termina una carrera es lógico que se sienta poderoso, porque una vez más hemos superado un obstáculo, nos hemos enfrentado a nuestro propio cuerpo y hemos vencido. No tiene absolutamente nada que ver con ser peor o mejor que otro. Podemos contar cuántos llegaron antes, cuántos dejamos atrás, y cómo quedamos en la clasificación por nuestra categoría. Pero lo que realmente vale es que cruzamos la línea de llegada, nos merecimos la medalla que nos colgaron al cuello, y no tengo absolutamente ninguna situación en mi vida diaria que se le compare a ese sentimiento de abrazar la gloria.

Solo puedo decir cosas buenas de la organización de la San Silvestre. El primer año el agua se les había calentado y era un espanto tomarla con ese calor, pero aunque las dos ediciones siguientes se nota que lo han previsto, el clima nos ha dado a los participantes una tregua. El verano se sintió y la sed arremetió, pero todo estuvo dentro de un nivel muy tolerable.

Como dije otras veces, esos dolores que uno puede llegar a sentir se visten con orgullo. Al menos en mi caso, cuando me levanto de la silla y siento las piernas duras, automáticamente vuelvo al origen de mi entumecimiento y en una fracción de segundo revivo estar corriendo por las calles del mismísimo Microcentro de la Ciudad de Buenos Aires. Otra vez estoy en el medio de la Avenida de Mayo, doblando hacia los carriles centrales de la 9 de julio, y es una imagen hermosa. Hace que todo valga la pena.

Armé un álbum de fotos de la San Silvestre 2012. Me hubiese gustado tomar más del recorrido, pero estaba demasiado concentrado corriendo como un loco. Por suerte mi papá sacó algunas, y mechadas con las mías de la previa y la finalización, sirven de un escueto pantallazo de esta jornada que parecía muy nubosa (como atestiguan las primeras imágenes) y que terminó con un solazo espectacular.

¿Cuándo hacemos la próxima? Ah, sí, en 364 días…

Semana 14: Día 94: Los 8 km de la Corrida San Silvestre Buenos Aires 2012

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Hoy es un día especial. Claro, es el último del año, y puede ser cuando, en la cena, nos despidamos definitivamente de nuestro hígado. Pero además se realizó una nueva edición de la Corrida San Silvestre en la Ciudad de Buenos Aires. Esta tercera edición tuvo, nuevamente, al clima como protagonista.

En el 2010 me calciné al rayo del sol, sufriendo con cada paso, hidratándome con agua tibia). Hice los 8 kilómetros en 34:55. En el 2011 el tiempo fue más ameno, con 24 grados, y con una mejor preparación pude bajar mi tiempo a 32:15. Increíble cómo en ese entonces me anoté a último momento, y este año hice exactamente lo mismo (lo de que estuve atrapado en un operativo policial en la cola de la inscripción fue una broma del Día de los Inocentes, y todavía me cruzo con gente que no se percató).

Esta vez, como no podía ser de otro modo, el pronóstico veraniego adelantaba 36 grados a las 5 de la tarde. Era casi fija que nos íbamos a calcinar. Averigüé con qué era mejor hidratarme (agua durante la carrera, Gatorade en la llegada) y repartí consejos para todos mis conocidos: “Corran con lentes de sol y gorro o pañuelo”. Pero hacia el mediodía se levantó un viento terrible y una lluvia intermitente que, en algunos lugares, se había convertido en un diluvio. Sabíamos que íbamos a tener mal tiempo después de la medianoche, pero no pensábamos que se iba a adelantar y que nos iba a cambiar la estrategia de la San Silvestre.

Con Vicky vinimos a Banfield, a la pileta de la casa de mi hermano, para poder refrescarnos. En el medio de nuestro peregrinaje a Zona Sur se ennegreció el cielo y nuestra jornada en el agua pareció peligrar. Llegamos a nadar un poco y una ventisca que nos hacía volar por los aires fraguó todos nuestros planes. Por wathsapp un compañero de Puma Runners se bajó de la carrera por una lesión y me pidió esperar a Lorena, una corredora que recién empieza, en la línea de la meta. Ella estaba un poco asustada (nunca había terminado una competencia anteriormente), así que le dije que no solo la iba a esperar, sino que cuando llegara la iba a ir a buscar y a acompañarla en lo que le faltase para la llegada.

El clima no pareció mejorar. Me fui caminando los 2 km que separan la casa de mi hermano y la estación del tren Roca. Llegué a Constitución y el subte me llevó hasta Diagonal Norte, en la línea C. Llegué a una hora de la largada, y el cielo seguía oscuro. Para mí era la mejor situación, porque no nos íbamos a sofocar y, por primera vez, no íbamos a correr al rayo del maldito sol asesino.  Igual yo sospechaba que el clima se traía algo entre manos, así que tuve la corazonada de correr con lentes y un pañuelo tipo buff.

Me encontré con mis compañeras de los Puma Runners (terminé siendo el único representante masculino del grupo), dejamos las cosas en el guardarropas (ellas no siguieron con mi instinto) y nos fuimos a la línea de largada. Antes de que el reloj diera las 0:00:00, entonamos el himno nacional argentino, cubiertos por una bandera gigantezca. Fue una sensación muy particular estar ahí abajo, cubierto de esa monstruosa tela celeste y blanca. Mucho orgullo. El sol asomó por entre las nubes y empezó a calentar. Martincito, que una vez en su vida la pegó, hizo bien en dejarse los lentes y el buff.

Salimos puntuales, cruzando la 9 de julio. Por esto me encantan las competencias en el microcentro, y no me canso de decirlo. Lo lamento por los que defienden a las carreras de aventura y creen que las de calle son aburridas. Quitarles el monopolio a los autos me da mucho placer, aunque sea por unas pocas horas o minutos.

Estaba mentalizado en tomarme la San Silvestre con calma. Estos últimos meses entrené para La Misión caminando o trotando tranquilo, con peso en la espalda. Hice cambios de ritmo, pero no buscando mi máxima velocidad. Además no hace mucho me caí en la cocina y la rodilla derecha me dolía. Todas estas cosas que me pasaban por la cabeza, mis amigos, se llama cagazo. No hay otro modo de describirlo. Estaba demasiado preocupado en mantener mis marcas y me preparaba mentalmente para “fracasar”. Realmente detesto cuando hago esas cosas, pero las hago constantemente.

No pude salir tranquilo. Aunque el embudo de la largada obliga a todos a ir de a poco, cuando la gente se empezó a separar, me entusiasmé y empecé a aumentar la zancada. No quería correr lento, quería hacerlo rápido. Me sentía bien, esa rodilla no molestaba tanto como me esperaba, y aunque estuve entrenando con otro tipo de carrera en mente… ¡venía entrenando! Así que me dejé llevar y avancé a mis anchas.

El calor se empezaba a hacer sentir. Tenía la boca seca y muchas ganas de tomar agua. Pero seguí corriendo, a la espera del puesto de hidratación. Lo crucé a mi papá, que a esta altura es un miembro estable del equipo Casanova en la San Silvestre. No lo pude ver pero lo escuché dándome aliento. Mientras estaba llegando al Congreso un lector quilmeño se acercó a saludarme mientras corríamos. Cometí la torpeza de no preguntarle cómo se llamaba. Esta era su primera San Silvestre, y yo por las dudas le lloré por mi rodilla y le prometí que no me iba a ir bien. Corrimos unos metros juntos y realmente me motivó mucho. No es lo mismo estar solo que acompañado, en especial cuando uno está dando su 100%.

Volvimos hacia la 9 de julio y lo busqué a mi papá entre la gente. Intenté todo el tiempo seguir a un corredor que tenía en frente, quien llevaba un muy buen ritmo. Tenía una remera naranja fluo que decía Súper Runner. Puse todo mi esfuerzo en que no se me escapase. Incluso un par de veces metí un pique corto para no perderlo. Los kilómetros pasaban bastante rápido, así que no me pareció imposible mantener el nivel y apretar. Cruzando Avenida de Mayo mi papá me esperaba y me acompañó un par de cuadras. Ya no me imagino esta carrera sin su aliento y compañía.

Volví a la 9 de julio y encaramos en dirección a Retiro. El reloj me decía que faltaban 2 km, y aunque lo dejé ir a Súper Runner, lo tenía a la vista. Fui “sentándome” en el ritmo de otros corredores, refrescándome en los puestos. No podía tomar mucho, tenía la boca pastosa pero no me sentía capaz de que me bajara mucho líquido por la garganta. Tragaba sorbitos y el resto me lo tiraba encima.

En el último kilómetro el obelisco y la meta se ven muy cercanos, casi como si uno pudiese estirar la mano y tocarlos. No soy bueno midiendo distancias a ojo (algún día lo seré), pero si me preguntaban decía que estaba a 300 metros. Pero el cartel que decía 7 km no podía mentir, así que me esforcé en mantener el ritmo y no empezar a correr como un poseso.

Recién cuando finalmente pasé el obelisco hice mi sprint final, de unos 150 metros (insisto, no soy bueno midiendo distancias a ojo) y crucé la meta con un grito de gloria. Mi papá me esperaba entre el público, y yo me sentía en la gloria, lleno de endorfinas. Charlamos unos minutos mientras me hidrataba y comía una banana. Quise sacar fotos para el blog y después de capturar un par de imágenes, la vi a Lorena acercándose. Le di todo a mi papá y fui a alcanzarla. Estaba muy entera, y me alegró mucho que estuviese terminando su primera carrera. Ella, por dentro, estaba súper desilusionada: la música a todo volumen, que yo estuviese esperándola y pasar por el costado del arco de llegada le hizo creer que estaba llegando, pero todavía le faltaban 2 kilómetros (había que seguir por 9 de julio y volver).

Me apresuré hasta su lado y la acompañé en ese último y agónico tramo. Estaba contenta por no ser la última y bastante acalorada. Con tezón y confianza, llegó hasta el final. Unos metros antes del arco se nos sumó el resto de las chicas de Puma Runners, y todos juntos pasamos por abajo del arco. Fue muy emocionante compartir esa primera carrera y esa primera medalla de finisher.

Y, con mucha alegría, cerramos el año corriendo, cumpliendo objetivos y sueños.

Ah, me faltó mi tiempo… hice 33:15, según mi reloj. Sin dudas el tiempo, aunque estuvo áspero al sol, fue más benévolo de lo que esperábamos, y eso sumó a nuestro favor. Creo que ni sentí mi rodilla, y valió la pena el esfuerzo, coronado con la Ciudad de Buenos Aires de fondo. Sin dudas, el año que viene, la quiero volver a hacer. Ya mismo, en mi agenda 2013, marqué la 4ta San Silvestre Buenos Aires en el calendario.

Semana 14: Día 93: Los números del blog en 2012

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2012 de este blog.

19,000 personas colmaron el nuevo Barclays Center para ver al artista Jay-Z. Este blog fue visto unas 150.000 veces en 2012. Si fuese un concierto en el Barclays Center, harían falta 8 conciertos con localidedes agotadas para igualar a toda esa gente.

Los invito a ver todos estos números del blog en este correcto informe que me acaba de llegar. Espero que terminen muy bien el año…

Ver el reporte completo.

Semana 13: Día 88: Resoluciones para el 2012

Cambiamos de calendario, ¿no es una buena oportunidad para plantear cambios en nuestra vida?

Me tienen como el referente de la determinación, pero desde hace un tiempo siento que me desvié un poco del camino del extremismo deportivo, y realmente tengo ganas de reencauzarme. Entre las cosas que dejé de lado están las abdominales (pensar que hacía 500 por día) y una rectitud en mi dieta. Estoy dele taladrarle la cabeza a Vicky que “el 1 de Enero empezamos la dieta”.

Lo único que tendría que modificar es comer entre comidas, algo que hago realmente muy poco, pero que me aporta muy poco (se supone que no es tan grave picotear cosas que estén dentro de la dieta, como ser vainillas, un vaso de yogurt, etc). El tema es que empecé a priorizar el tiempo, por lo que termino comiendo cosas que no requieran mayor preparación. Generalmente caigo en pastas, o sándwiches de milanesas de soja: muchos hidratos, bastantes proteínas, y pocas verduras. Mi intención es, a partir del primero de enero, revertir ese esquema.

Lo otro que estoy intentando hacer, para no empezar de golpe en 2012, es ser constante con el gimnasio. Tengo mis complicaciones, pero estoy logrando el promedio de tres días por semana. Vamos a ver si logro llegar a cinco veces. Estoy bastante conforme con mi físico, así que no me siento tan presionado por hacer esto, pero sé que lo necesito y que me va a ayudar a adquirir resistencia y potencia de piernas.

Y lo último y lo que me quita el sueño es el tema de las abdominales. Es notable cómo se nota cuando uno abandona este músculo. A veces en el entrenamiento con los Puma Runners cerramos con una rutina intensiva, y lo que antes me resultaba muy fácil, hoy lo resuelvo pero con esfuerzo y esa quemazón muscular posterior. Quiero rescatar ese fallido desafío de abdominales, de 8 semanas, que una vez empecé y tuve que abandonar por mi osteocondritis. Ahora estoy hecho un avión, y es un buen momento para volver a priorizar esta zona que ayuda a levantar las piernas en las cuestas.

No son grandes esfuerzos para mí, me queda la tranquilidad de que alguna vez estas cosas las hice y me funcionaron. Se siente como volver sobre los propios pasos, sin la incertidumbre de lo desconocido. Pero no dejo de pensar que es una oportunidad perfecta para lograr cambios más profundos, para quitarse el miedo a lo “imposible”. Está la teoría de que los mayas no continuaron sus calendarios más allá del 2012 porque se les acabó el espacio, y quienes leen en esto la inequívoca señal del fin del mundo. Seguramente hemos dedicado mucho tiempo a los placeres de la gula y la pereza… si este fuese realmente nuestro último año en la tierra, ¿no convendría empezarlo conquistando un desafío?

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