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Semana 20: Día 135: Llegar a 1000 kilómetros

Hoy hice un fondo de 20 km. Salí de casa a las 8:30 de la mañana, y había sol y poquísima gente. Crucé las calles donde casi no había autos, así que no tuve interrupciones. Hubiese sido ideal, pero algo no andaba al 100% en mí.

El viernes corrí 35 km, la distancia de entrenamiento más larga que hice en el año. El sábado descansé, pero quizá no fue lo suficiente. De todos modos, hoy me tocaban 20 km, y quería hacerlos con el baticinturón y las caramañolas. Se me ocurrió hacer la prueba que me recomienda siempre mi nutricionista, así que fui al baño y me pesé (disfrazado de corredor, con zapatillas). La balanza electrónica indicó 69,3 kg. Retengan ese dato.

Cuando salí esta mañana, mi ritmo era de 5:45 el kilómetro. Me sentía bien anímicamente (el día ayudaba) pero sentía molestias en los gemelos. Más allá de eso no tenía complicaciones. El tema es que generalmente, antes de mirar el reloj, puedo adivinar a qué ritmo estoy corriendo. Ahora me daba la impresión de que estaba haciendo un gran esfuerzo, y cuando miraba el velocímetro del GPS me indicaba que estaba cerca de los 6 minutos el kilómetro.

Decidí tomármelo con calma. Después de todo es el ritmo máximo que debería hacer en la Ultra Buenos Aires. Y es lógico que con tanta carga, en algún momento me sienta fatigado y necesite bajar un poco la ansiedad. Corrí con música, concentrado en no exigirme. O, dicho de otro modo, concentrado en sentirme bien. Muy pronto me dieron ganas de ir al baño, a pesar de que había ido antes de salir. Soy pudoroso, con lo cual tengo un doble problema: me da vergüenza hacer pis en cualquier lado y me cuesta mucho más todavía pedir a un negocio que me presten su baño. Encontré un árbol bastante reparado al lado del Hipódromo de Palermo, descargué, y seguí. Soy un convencido de que correr con ganas de hacer pis hace mal y afecta el ritmo.

Pensé que todo quedaba ahí, pero no, las ganas de evacuar volvieron dos kilómetros más tarde. Esta vez me costó más encontrar mi lugar reparado, que fue en un arbolito a mitad de camino entre la autopista que nace en la 9 de julio y la facultad de derecho. Creí que eso era todo… y estaba equivocado.

¿Recuerdan esas molestias en los gemelos que comenté dos párrafos más arriba? Bueno, toda esa sensación de estar oxidado, de no poder rendir, de fatiga, desapareció cuando me di la vuelta para emprender el regreso a casa. Miré el reloj y la velocidad iba en aumento. Al finalizar, le había sacado 3 minutos al tiempo que había hecho en la primera mitad… sin sentir que me estaba exigiendo. En 10 km es bastante. Creo que esa diferencia se debió a que, entrado en calor, no sentí más molestias.

A 5 km de terminar el entrenamiento, nuevamente ganas de ir al baño. Me escondí detrás de ese árbol que tengo bien estudiado, al costado de las vías que rodean el Hipódromo, e hice mi asunto. Me extrañó porque tampoco fue que me la pasé tomando agua. Racioné mi medio litro para que me dure todo el trayecto, pero la urgencia por evacuar ahí estaban. Pero bueno, vacié mis caramañolas, me comí mis pasas de uva y llegué a casa. Esos 20 km, que terminé en 1:47, me hicieron pasar la barrera de los 1000 kilómetros en lo que va de este tercer año de Semana 52, 140 km fueron estos 10 días de febrero. Si la tendencia continúa… ¡ufff! Veremos qué tan lejos me dejan llegar mis piernas. Me siento bien, pero coqueteando con mis límites.

Entré al departamento y fui derecho a pesarme. Antes de salir la balanza me había marcado 69,3 kg. Después de correr casi 2 horas, habiendo tomado 500 cc de agua y de haberme transpirado la vida, de haber ido tres veces atrás de un árbol a hacer pis, mi peso pasó a ser 66,8 kg. ¡Muchísimo! ¡Dos kilos y medio! Cuando mi nutricionista se entere me va a retar. Pero todas las veces que fui al “baño” también deben haber influenciado. Sin embargo, es un signo de deshidratación. No puedo cargar más que medio litro en mi baticinturón, así que los próximos fondos largos voy a tener que empezar a hacerlos con la mochila hidratadora, por mucho que me pese…

Estos mil kilómetros son una gran marca para mí. En especial porque la distancia del cuentakilómetros no avanzaba al ritmo que yo deseaba, y en el último mes y medio se disparó. No solía medir la distancia que había corrido, y para mí es todo un descubrimiento. Ahora puedo comparar con respecto al año pasado y trazar inservibles curvas de progreso en mi mente. Por suerte llegué a ese número aprovechando un día hermoso y soleado, antes de que el mundo se viniese abajo por la tormenta eléctrica. Fue mi modo de celebrar…

Semana 23: Día 156: Corriendo en Zona Sur

Esto de entrenar los domingos, a veces, se complica. Si hay un almuerzo familiar, ni hablar.

Hoy tocaba un fondo de 20 km, además de una reunión con tíos, primos, sobrinos, hermanos y mis padres en Banfield. Mi plan original era correr por la mañana, bañarme y salir con Vicky. Pero lo fuimos retrasando, hasta que caimos en que si corría en ese momento, terminaría llegando a Zona Sur a cualquier hora. Decidimos entrenar allá.

Pero el sol estaba muy fuerte, la pileta para nosotros solos (gracias a que llegamos temprano), así que cometí el error de decir “Mejor salgo a la tarde”. Y no tuve en cuenta que la mejor hora para correr es a la mañana. Después de almorzar y merendar, todo se hace más pesado. Llega esa modorra siestera que impide que cualqiuera salga de su casa.

Logré vencer esas ganas de quedarme disfrutando de la familia y el agua, me calcé los pantalones, la remera, mis zapatillas y el camel. Me embadurné con un poco de vaselina, puse el GPS y partí.

Hago un alto para aclarar cómo destruí mi hidratador. Resultó que en algunas oportunidades no lo guardé en el freezer, como hago siempre. Después de alguna carrera, por desordenado, quedó en la mochila un par de días, situación que se repitió en varias oportunidades. El Gatorade que nos dieron en Yaboty la tiñó por dentro de un naranja que no salió con nada, aunque no sé si esto tuvo que ver con lo que pasó después. Un día aparecieron manchitas blancas dentro del tubo, como motitas de un sutil y silencioso veneno que iba a terminar por matarme. Un día se me ocurrió llenarlo con lavandina pura, y que mate todo. Pero no sé qué pasó, tengo escasos conocimientos en química, pero aunque las motitas desaparecieron, apareció una sustancia amarilla y pegajosa cubriendo absolutamente todo por dentro. Incluso en la bolsa donde se acumula el agua, a la que pude acceder metiendo el dedo (el cual quedó pegado, como si fuese un potente sticker). Comparto esta experiencia para que no cometan mis mismos errores.

Cierro este paréntesis, que abrí para que entiendan cómo en mi mochila había una botella de Powerade en lugar de un cómodo hidratador.

Me perdí en las calles que me vieron crecer, y no es una metáfora. Realmente me perdí. Buscaba la pista del Velódromo de Escalada, al que fui de más joven. Este lugar tenía una mística para mí, sobre todo desde que vi por la ventana del tren, en un día de lluvia torrencial, a un corredor entrenando. Aunque estaba solo, se me hacía una persona inmensamente feliz, a la que en ese instante no le importaba nada más que correr. Calculé cómo llegar, evitando la avenida Alsina o Maipú, y tomé la calle Roma, probablemente porque todos los caminos conducen a ella.

El velódromo y el paredón de Escalada (alias 29 de septiembre) no aparecían por ningún lado. Igual seguía corriendo y mantenía un buen ritmo. Aunque eran más de las 5 de la tarde, el calor se hacía sentir.

Correr sin rumbo en provincia, para un porteño, es similar a jugarse la vida. Claro, yo antes me reía de mis amigos de Capital, cuando sentían lo mismo al visitarme en Banfield. Pero termina pasando eso, nos creemos más seguros en una gran y ruidosa ciudad que en una tranquilo y callado barrio bonaerense. La calle Roma se terminó, y al hacer un giro hacia la izquierda, encontré el bendito paredón.

Bordeé el nuevo puente que están construyendo (cómo va cambiando todo cuando uno se muda) y llegué al velódromo. Me decepcionó muchísimo. Aunque corrí por esa pista hace una década, me la imaginaba más larga, como mínimo de 2 km. Pero tenía 1100 metros. Lo que antes me parecía una proeza, ahora me quedaba chico, porque recién tenía acumulados 5 km de los 20.

Le di un par de vueltas, lo que se me hace un poco tedioso cuando estoy haciendo un fondo, y encaré para la estación de Lanús. Me sorprendió hacer a pie una distancia que toda mi vida había hecho en colectivo o en remís. Qué vueltas debía dar, que tardé lo mismo corriendo que cuando tomaba el 299.

Me resigné a dar algunas vueltas, y cuando llegué a los 10 km, repetí todo lo que había hecho, volviendo. Era un ejercicio mental interesante, intentar volver sobre mis propios pasos cuando había hecho unos cuantos desvíos. De vez en cuando tomaba sorbos de mi botella, mientras sintonizaba FM Metro (porque FM Delta no llega a Zona Sur).

Mientras corría me sentía muy lento, aunque el reloj me marcaba un ritmo de 5 minutos el kilómetro. Me costaba creerle, me parecía que fallaba, porque no me sentía cómodo. Pero probé de medir la pista con el GPS y me daba bien. Chorreaba transpiración a mares, y buscaba el poco de sombra que había, aunque fueran las 6 de la tarde.

Volví a mi barrio sin muchas complicaciones, y menos cansado que cuando empecé. No deja de sorprenderme cómo el cansancio desaparece después de estar un buen tramo corriendo. La lógica indicaría que es al revés.

Estaba contento de haber cumplido con el entrenamiento, y aprendí la valiosa lección de comer con moderación antes de hacer un fondo largo. Aunque me la di de que no estaba tan cansado como creía, el viaje de vuelta me lo dormí casi todo, con la boca abierta y babeando. Es que había desmitificado una pista que era soñada para mí. Así que volví al mundo de los sueños, para compararla con lo que realmente había visto esa tarde.

Semana 0: Día -5: Los 20 km de La Aurora del Palmar

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Hoy, domingo 25 de septiembre, un poquito pasadas las 10 de la mañana, se corrieron los 20k de La Aurora del Palmar, la primera carrera en la que participo después de la maratón del 31 de agosto. Es, además, la última en la que participo en mis “vacaciones” de Semana 52, antes de empezar a entrenar para la Espartatlón.

El Palmar es una reserva ecológica. Como su nombre sugiere, está llena de palmeras. Puede parecer obvia la aclaración, pero hasta que llegué no me di cuenta.

Después de unos días espantosos, lluviosos y fríos, tuvimos la suerte de disfrutar de un fin de semana soleado. Quizá nos confiamos demasiado, porque terminamos con la piel bastante quemada… ¡y esto antes de participar de la carrera!

Lo jugoso de estos viajes es que lo hacemos en grupo. Éramos diez Puma Runners, bastante considerando que nos movilizamos más de 300 km hasta la provincia de Entre Ríos.

La mañana de la carrera fue más calurosa que la anterior (un buen augurio). Desayunos temprano e iniciamos el ritual de cada carrera: preparar el camelback, untarnos con vaselina, guardar geles, gomitas y/o pasas de uva.

Ya nos habían advertido que la carrera no tenía puestos de hidratación, hecho consiente para aumentar su dificultad. Me pareció que la remera podría haber tenido un diseño más lindo y estar hecha de una tela de mejor calidad, pero es el único punto a criticar que tuvo este desafío. Fue mejor de lo que imaginaba.

No creo que llegásemos a más de 100 corredores, aunque yo tenía el número 130. Muchos eran locales, y el ambiente era muy familiero. El organizador, Luis Migueles, explicó cómo era el recorrido de esta onceaba edición. Nos deseamos suerte, y largamos. Pasé debajo del arco a los 14 segundos.

Me separé del grupo (como siempre hago, maldito cortado) y empecé a ganar velocidad. Creo que me molestó salir atrás de todo y por eso quise ganar terreno. Pero me entusiasmé por demás, y el reloj me marcaba que llevaba un ritmo de 4:30 el km. Sabía que no lo iba a mantener, pero tampoco quería aflojar.

Como toda carrera crosscountry, la gracia de este desafío estuvo en el paisaje y la variedad del terreno. Largos senderos eran de arena, lo que frenaba el paso y cansaba las piernas.

Quise “sentarme” en otro corredor, y empecé a buscar a uno que tuviese un ritmo similar. Uno de colita, al que bauticé Gonzo, fue el elegido. Pero yo venía forzando mi ritmo, así que me costaba seguirlo. Me senté en su zancada todo lo que pude, hasta que por precaución (dolores en el costado del torso) lo dejé ir.

Los caminos de arena rodeaban naranjos y se alternaban con pasto y tierra reseca. El horizonte estaba enmarcado por infinitas hileras de palmeras.

Necesitaba hablar con otro ser humano, y me arrepentí un poco de haberme largado solo. Por suerte encontré una profe para charlar, Marilina, que casualmente entrenó mucho tiempo a Vicky. Pero antes de llegar al bosque también tuve que dejarla ir.

El sol pegaba muy fuerte, y meternos en esos senderos cerrados fue una bendición. Me saqué la gorra para refrescar la cabeza, amparado en toda esa sombra. Era un riesgo, porque además de que tiene visera, esta prenda protege el cuero cabelludo de las ramas. Fui a los saltos, agachándome y esquivando obstáculos. Fue sin dudas la parte más divertida.

Cuando salí del bosque ya estaba en los 15 km. Conseguí un lugareño, Gustavo, con quien charlar. Le ofrecí agua (¡no tenía nada!) e intercambiamos historias de corredores, a medida que esquivábamos pozos y troncos.

En una laguna, donde era inevitable mojarse, nos separamos. Refresqué mis pies y le saqué un poco el barro a las zapatillas. Sabía que faltaba poco para terminar y como me había relajado en el bosque, me quedaba resto.

Aumenté la zancada, y en un descampado pasé a “Gonzo”. Volvimos a rodear los naranjos y pocos metros antes de llegar a la meta pasé a Marilina, que logró el primer puesto de mujeres. Mi reloj marcó 01:44:38 en 20,45 km, con un ritmo promedio de 5:07 el km y un consumo estimado de 1450 calorías.

Pronto llegaron los siguientes Puma Runners y nos fuimos fundiendo en sendos abrazos.

Con un almuerzo a la sombra, en un domingo muy caluroso, terminó esta carrera en El Palmar, a la que no le tenía mucha expectativa y que disfruté enormemente.

Semana 0: Día -6: Previa a La Aurora del Palmar

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Pasta. Descanso. Bananas. Relax. Algunos condimentos para los 20 k de mañana.
En este breve post quiero remarcar la importancia de la previa en una carrera. Llegar y reconocer el terreno, estar descansado y bien alimentado son factores muy importantes de cara a una carrera de aventura. El sol está asomando (aunque a la noche hiela) así que creo que mañana tendremos un clima hermoso.
Veremos cuánto da twittear durante el recorrido. Acá no hay copiloto y no tiene sentido perderse el hermoso paisaje actualizando el estado todo el tiempo…

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