Correr el Spartathlon en Argentina

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En el año 2014 tuve el inmenso placer de completar el Spartathlon, los 246 km que unen Atenas con Esparta. Hasta ahí todos están más o menos informados. Pero en esa edición también la completaba otro argentino llamado Leo Bugge. Él ya venía de tres intentos fallidos, así que se decidió a hacer una promesa: si completaba el Spartathlon de ese año, iba a realizar la misma distancia en su país, uniendo la Ciudad Autónoma de Buenos Aires con San Nicolás. Como llegó a la meta, puso en marcha su parte del trato.

A finales de noviembre de 2016, escoltado por un grupo de ultramaratonistas, realizó ese brutal fondo, dentro de las 36 horas que exige el Spartathlon original. Fue el único en hacerlo, ya que el resto acompañó solo en algunos tramos. Como no podía ser de otra manera, yo me enteré de que esto había ocurrido dos días después.

Por suerte, este homenaje al Spartathlon griego salió tan bien que Leo decidió hacerlo anual. Seguramente influyó la enorme respuesta de muchos ultramaratonistas, que fueron en masa a pedirle correr toda esa distancia si alguna vez lo volvía a hacer (me incluyo entre ellos).

Ayer se anunció la segunda edición de este desafío en el programa de radio “Locos x Correr”, que pueden escuchar justo debajo:

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Entonces, la idea es correr desde San Nicolás hasta el Obelisco, saliendo a las 0 horas del sábado 18 de noviembre. Por supuesto que rige el límite original de hacerlo en menos de un día y medio. Se decidió invertir el sentido que hizo Leo el año pasado para evitar tomar de noche algunos caminos complicados. De ese modo, hay unos 60 km difíciles entre Gobernador Castro y Lima que se van a hacer de día.

Aunque es un evento sin fines de lucro, lleva una logística muy grande. Por eso hay un cupo máximo y lista de espera. Actualmente hay cinco autos, lo que significa que se puede asistir a veinte corredores. Si se ofrecen voluntarios para contar con más coches, es probable que el número de participantes aumente también.

Me encantaría volver a correr en Grecia, pero requiere de una inversión que me va a resultar complicado afrontar, sobre todo ahora que tengo mis finanzas orientadas a mi inminente boda. Por eso esta prueba no competitiva me resulta perfecta, más cuando puedo correr codo a codo con colegas espartatletas y aspirantes a serlo.

Después de la Patagonia Run a principios de abril, todos mis entrenamientos se van a orientar a este desafío. Voy a intentar aplicar lo que me salió bien cuando me preparé para ir a Grecia. Y tengo un deseo que cuento por lo bajo: Ojalá algún día este desafío crezca y sirva para preclasificar para el Spartathlon original. Si la tradición se mantiene y nuevos corredores se suman… ¿por qué no podría lograrlo?

Nunca se corre el mismo camino dos veces

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En septiembre de 2014 corrí el Spartathlon, quizá la carrera más fabulosa de toda mi vida. Es probable que jamás vuelva a vivir lo mismo, incluso si consigo acreditarme para una nueva edición. Es imposible que se repitan las mismas circunstancias, además de que yo no seré la misma persona.

Cuando fui a Atenas, al pie de la Acrópolis, tenía una mezcla de emoción y pánico. Iba a cumplir un sueño, en una madrugada lluviosa, con mis papás y amigos escoltándome. Si pudiera convencer a las mismas personas que me vuelvan a acompañar en 2018, algo no podría cambiar: yo ya hice esta carrera, y tener experiencia cambia totalmente toda la situación.

En primer lugar, estadísticamente es más difícil completar el segundo Spartathlon que el primero. Esto tiene que ver con que la confianza suele jugar una mala pasada. Al ser un inexperto, fui con mucha cautela, intentando guardar fuerzas, cuidando bien lo que hacía. Si volviese, estaría pendiente con volver a pasar por los mismos lugares, repetir lo que salió bien y evitar lo que falló.

En segundo lugar, reunir el dinero para el viaje sería mucho más difícil, ya que vendí una colección de comics que reuní durante 25 años y que ahora no tengo. Además, esa llovizna que marcó la previa de la carrera fue una rareza, ya que bajó la temperatura y es sabido que el Spartathlon suele tener un sol bastante implacable.

Todo esto sirve para confirmar eso que le escuché decir a Alejandro Dolina: “Uno nunca se baña en el mismo río dos veces”. Es probable que él estuviese citando a Borges, pero tengo algo de pereza y no lo voy a chequear en Google. No solo el agua fluye y no es la misma en la que volvemos a bañarnos; uno también cambió.

No voy a poder volver a correr mi primera maratón, ni voy a poder elegir mejor mi abrigo de Patagonia Run 2014. La experiencia me permite mirar hacia adelante desde otro lugar, y  puedo usarla para un nuevo intento, no para volver al pasado.

Nos pasamos la vida intentando repetir experiencias. Volver a enamorarnos como en la adolescencia, sentir el mismo placer al comprar la misma marca de galletitas, viajar a aquel destino remoto para reencontrarnos con el sentimiento de paz que está en nuestra memoria. A veces nos acercamos bastante al recuerdo, pero eso es todo.

Lejos de querer tener una reflexión pesimista, me parece que tenemos que mirar hacia adelante y buscar nuevas aventuras. Aceptar lo inesperado y no buscar generar las mismas condiciones con las que alguna vez fuimos feliz. Incorporar lo pasado en nuestra caja de herramientas para construir un mejor futuro, y ser conscientes de que tanto el río como nosotros somos diferentes.

Fracturarme el pie cambió mi vida

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Me resulta apasionante mirar hacia atrás en mi vida y revisar todas mis decisiones. A veces encuentro que las cosas podrían haber sido muy diferentes si una cosa muy pequeña no hubiese ocurrido. Pido disculpas de antemano por quienes ya conocen esta historia, que de algún modo ya la reflejé en este blog, pero algo cambió desde entonces, y es mi mirada.

Fui un adolescente hasta muy entrados mis 20s. No sabía qué estudiar ni había definido mi vocación. Lo único que hacía era juntarme una vez por semana con mis amigos y pasar toda la noche en vela (o al menos lo intentaba, porque muchas veces me quedaba dormido). Quizás alguno imagine que íbamos a bailar, o tomábamos cerveza y escapábamos de la policía, pero la verdad es que éramos muy inocentes. Jugábamos a la Play durante horas, veíamos videos en VHS, o nos juntábamos en alguna estación de servicio a tomar jugo y solo hablar. Fue, sin dudas, una época muy feliz de mi vida, la cual en ese entonces era incapaz de disfrutar.

Algo que hacíamos de vez en cuando era jugar al fútbol, siempre pasada la medianoche. En alguna oportunidad nos metimos por el agujero de una reja a la cancha del colegio Otto Krause. Otra vez tuvimos un partido memorable en la 9 de Julio con un grupo de operarios que estaban por entrar a trabajar (sus palas clavadas en el piso hacían de arco). Pero el recuerdo que toma relevancia fue el que hicimos con tres amigos en la Plaza San Martín.

Eran las horas previas al amanecer. Nunca fui habilidoso (esta historia lo demostrará) y jamás me gustó el fútbol, sin embargo disfrutaba mucho de esa cita semanal con mis amigos de Capital. La pelota con la que jugábamos era chica, así que usábamos los bancos de la plaza como arcos. El arquero era volante, yo hacía lo que podía con mi falta de habilidad. En una oportunidad, marcando a un contrincante, giré sobre mi pie, que quedó fijo en el suelo. Sentí un dolor espantoso, como un flash, y caí al piso gritando. Me revisaron, me movieron el pie, que no me dolía, y me pidieron amablemente que me haga a un lado para seguir jugando.

El sol empezaba a iluminar, y yo estaba tirado en el suelo. Me levanté y rengueé hasta la estación del subte C. Fue un largo camino hasta Banfield. Cuando salí al hall central para tomar el tren, caminaba tan lento que un caracol hubiese llegado antes. Cuando bajé en mi estación, en la zona sur del Gran Buenos Aires, mi paso era todavía más lento, proporcional con el dolor que sentía. Un pasajero se apiadó de mí y me dijo que esperara. Era dueño de una agencia de remises, recientemente recuperado de una operación de rodilla, así que entendía mi padecimiento.

En casa quise ir a dormir, pero al sacarme la media vi que mi tobillo se había hinchado hasta desaparecer, y estaba tomando un color violáceo. Desperté a mi papá y le pedí que me acompañase al hospital. Una vez ahí confirmaron una fractura del maléolo del peroné. La teoría fue que el ligamento cortó el hueso, separándolo por completo. Al parecer tuve suerte, porque si hubiese sido al revés y se hubiese cortado el ligamento, la recuperación habría sido mucho peor.

Al principio me pusieron un yeso por 30 días. No podía pisar por una semana, y después podía caminar con un taco. Al día siguiente entraba a trabajar a la Feria del Libro, y cuando le pregunté al traumatólogo si iba a poder ir, se limitó a reír.

No tuve el yeso 30 días, sino que terminaron siendo 60. El hueso no se había soldado. Había dejado de comer carne unos 6 meses antes, y el médico me confirmó que no tenía nada que ver. Cuando finalmente me sacaron el maldito yeso, la pierna estaba amarilla y la falta de el taco que tuve por 2 meses me hacía renguear, como si hubiese perdido 5 centímetros de un lado.

Hice mis sesiones de kinesiología, donde me hacían masajes y magnetoterapia. Me recomendaron hacer natación para empezar a moverme, después bicicleta, y por último… correr. Esa actividad que odiaba de chico.

Hoy, 17 años después de esta lesión, me doy cuenta de que ahí empezó mi carrera como corredor. Empecé a trotar por mi cuenta, en el mismo recorrido que hacía con mi papá los sábados cuando me preparaba para las carreras de la escuela. Así redescubrí esa actividad, necesaria para mi rehabilitación. Pude conectarme con el running para entender que me hacía bien a la cabeza.

Empecé y dejé de correr montones de veces, pero la semilla fue germinando de a poco. Después vino la recomendación de empezar a entrenar en un running team, luego las ganas de hacer mi primera maratón, más tarde la locura de hacer el Spartathlon, y ahora mi casamiento en un mes y medio.

¿Qué tiene que ver mi boda con esta historia? Bueno, muchísimo. Correr me cambió por completo. No solo mi cuerpo, con el tatuaje que me hice en el brazo (y que sedujo a mi futura esposa). Mi autoestima aumentó, lo que me dio mucha más confianza para abrirme a otras personas. Correr me hizo conocer otros lugares a los que nunca había imaginado ir, como Río de Janeiro, donde conocí a Luciane. Si bien mi carrera laboral se alineó con el diseño gráfico, la actividad física tuvo un impacto muy grande en mi vida. Esto es algo que, en el momento en que me saqué la media en casa y mi tobillo se hinchaba en vivo, no podía ver.

Somos el resultado de las decisiones que tomamos y las cosas que nos pasan. ¿Qué me definió para descubrir el running y las ultramaratones? ¿Fue mi atolondrada fractura? ¿Fue juntarme todas las semanas con mis amigos? ¿Fue el que tuvo la brillante idea de ir a jugar a la pelota en la Plaza San Martín a las 5 de la mañana? ¿Fue el consejo de la kinesióloga de que corra como último paso en mi rehabilitación? ¿Fueron los genes atléticos de mi padre, latentes en mí? Quizá fue todo eso y mucho más.

Todo lo bueno y lo malo de mi pasado me llevaron a ser el hombre que soy ahora, así que con mucha humildad agradezco todo lo que viví, y reconozco haber aprendido que las cosas hay que mirarlas hacia atrás y no sufrir por el presente. Lo mejor siempre está por venir.

Aumentar tu umbral de dolor

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Los hombres no tenemos buena tolerancia al dolor. ¿Por qué? Supongo que tiene algo que ver con la bendita zona de confort, y nuestros padres que corrían detrás nuestro al grito de “¡Cuidado! ¡No te caigas”. Señora, señor, deje que su hijo se caiga. No le quite la oportunidad de hacerse más fuerte.

No tengo una carrera extremadamente larga como corredor. Odiaba la clase de Educación Física en todos mis años formativos (excepto cuando hice natación), y una tonta fractura de tobillo me llevó, tras una larga rehabilitación, a empezar a trotar. Después pasé a hacerlo en un grupo, y ya llevo casi 9 años entrenando, a veces muy poco, a veces un montón.

Hecha esa aclaración, igual considero que he visto a muchos corredores iniciarse. También he sido testigo de gente que recién se iniciaba y decía “Esto no es para mí”. Probablemente fuese cierto, pero me hubiese gustado ponerle una mano en el hombro a cada uno, mirarlos a los ojos y decirles: “Esto va a pasar”.

Entrenar duele, sobre todo al principio. Los músculos empiezan a hacer esfuerzos desconocidos, y uno o dos días después parece que nos hubiese pasado un camión con acoplado por encima. A veces ni siquiera hay que esperar, basta con hacer un esfuerzo aeróbico al que no estamos acostumbrados para sentir una puntada en el costado que nos obliga a frenar a cero.

El cuerpo es una máquina increíble. No, ¿qué estoy diciendo? ¡Es mejor que una máquina! Díganme qué objeto mecánico o electrónico creado por el hombre puede adaptarse como nosotros a los cambios de temperatura, a los esfuerzos, y que con el correr del tiempo sea más fuerte y eficiente. El dolor es parte de ese proceso, es una señal de que pasamos nuestro límite. Hay que superar ese umbral para que ayudemos a nuestra adaptación.

No está mal que duela. Entrenar va a seguir doliendo. Como dije, llevo casi 9 años de entrenamiento constante y todavía hay ejercicios que me lanzan dardos envenenados al cerebro. Descubrí que tengo que resistir, porque a la larga todo pasa. El dolor es una señal de superación y tenemos que sentirnos orgullosos de no estar cómodos.

Hay que buscar nuestras barreras y superarlas. Y el día que tengamos hijos, dejemos que le pierdan el miedo a jugar, tropezar y caerse. Con un umbral de dolor chico, es normal crecer con miedo a todo.

El truco para mejorar mi rendimiento

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Salir de la zona de confort no es fácil. Me gustaría compartir cómo aprendí a superarme y cómo lo sigo haciendo.

Cuando empecé a entrenar en un grupo, tenía miedo. En parte porque había mucha gente mejor que yo, y eso me causaba inseguridad. No me interesaba ser el mejor, pero a la gran mayoría nos pasa eso de sentir que no estamos calificados. En las comparaciones nos ponemos en el extremo opuesto de los habilidosos, y en parte tiene que ver con autoestima y subestimación (tema que podremos hilvanar en otra oportunidad).

Así que ahí estaba yo, en los lagos de Palermo, teniendo que dar una vuelta de 2 km. Di mi mejor esfuerzo, o el que yo creía que podía dar en ese momento. Podía ver a montones de personas, del grupo o no, teniendo un desempeño excelente. Sentí, como lo volví a hacer muchas veces, que ellos estaban a un nivel que yo nunca iba a alcanzar.

No fue una decisión consciente, pero un día decidí seguir a esos “inalcanzables”. Quizá me pudiese servir para aprender sus secretos. Los primeros intentos fueron iguales, correr a una velocidad que no era la mía, para tener que frenar por esos horribles dolores en el costado, señal del sobreesfuerzo.

Nunca noté que lo seguí haciendo. Buscaba al más rápido e intentaba no perderlo de vista. Cuando hacíamos fondos largos, no me quejaba e intentaba superar mis propias expectativas. Y ahí empieza a pasar algo maravilloso con nuestro cuerpo: la adaptación. Si nos quedamos en nuestra zona de confort, el único desenlace posible es quedarnos en el mismo lugar. Pero como me estaba esforzando más allá de mis límites conocidos, empecé a llegar más lejos y a adquirir velocidad. No pasó de la noche a la mañana, pero nunca dejé de seguir a los más rápidos ni perdí de vista a quienes corrían más lejos.

Todo esto lo empecé a intentar antes de crear este blog. Desde el día 1 pudieron leer cómo cambié mi paradigma y empecé a dar mi mayor esfuerzo con una alimentación más consciente. Pero yo ya venía buscando a los punteros y tratando de no soltarlos. Un día corrí mi primera ultramaratón, y después cumplí ese objetivo personal de cruzar la meta de los 42 km en menos de 3 horas y media.

Y de pronto me di cuenta de que en mi grupo estaba adelante. Empecé a escuchar que yo era de elite (cosa que NO es cierta), que un fondo de 10 km era como un paseo para mí (tampoco es verdad) y que venía de otro planeta (el del barrilete cósmico, quizá). Cualquiera que vea las clasificaciones de las carreras en las que participo verá que adelante mío siempre hay muchísima gente. En la mejor ultramaratón que corrí, Yaboty 2013, el ganador me sacó 2 horas de ventaja… ¡pero corrí codo a codo con él los primeros 30 km!

También noté otra cosa. Aparecieron compañeros de grupo que me seguían, y que intentaban correr a la par mía. Esto me ayudó a seguir esforzándome. No porque quisiera ser el primero, sino porque me daban la excusa para no conformarme. Muchísimas veces terminé disimulando que estaba poniendo todo y aguantando dejar mi lengua colgando. Quizá mi experiencia no sea aplicable a todo el mundo, pero seguro hay en todo esto un consejo universal: nunca te duermas en tus laureles, porque después de que alcances tu cima te espera otra más alta.

Siempre vas a encontrar a millones de personas mejores que vos. Seguilas y dejá que te inspiren. Si algún día inspirás a otros, no te conformes. Buscá a los que te desafíen e intentá no perderlos de vista. Es obvio que al principio no va a ser fácil, pero correr no es conformarse. Siempre se puede mejorar.

Correr, rezar, amar

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Con el permiso de mis amigos agnósticos y no creyentes, nada me acercó a Dios más que correr.

Si tuviese que describir mi fe, diría que soy un católico bastante pobre. No realizo los ritos que son costumbre de la religión, y menos matar, incumplí todos los mandamientos. También quisiera que pasemos por alto los siete pecados capitales. Por favor. Pero como en exactamente dos meses me voy a casar, y por iglesia, tuve un acercamiento a una parroquia y unas charlas muy interesantes con el cura.

Cuando hablaba con el párroco, no me salió mentirle, y dije que era católico pero que no practicaba. Me preguntó si hacía caridad, y no me sentí el tipo más generoso del mundo. Me recordó a mi última Patagonia Run, donde acompañé varios kilómetros a una chica asustada, que tenía que cruzar el temible Cerro Colorado. También esa misma carrera, cuando acompañé a Fran en los últimos 40 kilómetros, abandonando toda intención de correr a mi ritmo. “¿Ves?”, me dijo el padre Martín. “Practicás la caridad, así que practicás el catolicismo”.

Curiosamente, los momentos donde me acerqué a una fe religiosa fue corriendo. Es en ese momento de extrema humildad, golpeado por el terreno, que uno corre pura y exclusivamente con fuerza de voluntad. Es algo difícil de medir científicamente, pero hay una energía que te lleva para adelante. Y en aquel temible Cerro Colorado, tuve una charla con Dios (que podríamos definir como un humillante ruego de que me sacara de ahí). Rezar me ayudaba, porque realmente la estaba pasando muy mal; estaba asustado.

Es iluso esperar una respuesta inmediata al rezar. Yo la obtuve de algún modo. Pedí fuerzas para superar el cerro y llegar al otro lado, y me contesté: “¿Acaso mi fuerza no me trajo hasta acá? Eso que estoy pidiendo ya lo tengo”. No lo vi como mi propia voz, sino justamente como la respuesta a mi plegaria (un balbuceo en voz baja, a 12 grados bajo cero, dando pasos cortos y constantes en un resbaladizo ascenso de rocas sueltas).

En el Spartathlon también sufrí el desamparo, que me llevó por unos instantes a hablar con Dios. Pasarían varios años hasta que aprendiese sobre la meditación, otra forma de acercarse a la divinidad. De hecho, correr es muy parecido a meditar. Ciertas corrientes del budismo de hecho están en contra de pensar en Dios como una entidad, ya que va en contra del desapego que ellos profesan.

Hoy estoy más cerca del Siddha Yoga que de la Iglesia, aunque no se trata de una religión sino de un camino espiritual. Es lo mismo que vive Elizabeth Gilbert, escritora de “Comer, rezar, amar” (quien se parece más a Maru Botana que a Julia Roberts). Muchas de las cosas que ella vive meditando en un ashram de la India lo pude vivir corriendo el Spartathlon o subiendo una montaña a pie. Esa divinidad que muchos buscamos afuera de nuestro cuerpo está hacia adentro. Hay que empezar por quererse a uno mismo y después valorar a los demás de la misma manera. Algo que se puede aprender a través del estudio de ciertas corrientes filosóficas, o corriendo hasta el límite del propio cuerpo.

¿Por qué no como carne?

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Siempre insisto con que nada, absolutamente nada de lo que yo hago está fuera del alcance de cualquiera. Correr y comer me resulta tan natural como a cualquiera.

En la vida me he encontrado con que mucha gente se sorprende con las distancias que yo hago. De hecho, hasta algunos corredores, recién iniciados, se maravillan con eso de poder hacer más kilómetros que un maratón (después de que nos ponemos de acuerdo con que le llamamos “maratón” a una carrera de 42 km 195 metros). Pero creo que hay un consenso generalizado de que no comer carne, y en especial no consumir lácteos ni huevos, me hace un ser todavía más raro, digno de otro planeta, o de una secta de esas que lavan el cerebro de los más inocentes.

Y la pregunta siempre vuelve… “¿Por qué te hiciste vegetariano?”. Cuando aclaro que en verdad soy vegano, muchos rompen en llanto, me abrazan fuerte y me prometen que todo va a estar bien. Pero no se trató de una fase que algún día voy a superar. Fue una decisión tan natural como el día en que me di cuenta que no me gusta el reggaeton ni las películas de los Transformers.

El día en que decidí dejar de comer carne fue simplemente dar un paso lógico. Hacía tiempo me estaba cuestionando el hecho de matar insectos. Después de todo, ¿por qué una hormiga tiene menos derechos que yo para caminar por el suelo? Cierta vez, en la estación de tren de Banfield, un hombre de aspecto pulcro, jeans y zapatos, estaba esperando en silencio. A 50 centímetros suyo se posó un insecto que me resultó maravilloso. No sé qué era, pero tenía un color verde tornasolado. Podía ser un ejemplar exótico salido del Amazonas. El hombre, apenas lo vio, salió de su trance, dio un resuelto paso al costado y lo aplastó. ¿Por qué lo hizo? ¿Por supervivencia? ¿Por hábito? Esta escena ejemplifica la costumbre de matar porque sí, que un día dejé de entender.

Cuando hablé de esto con una compañera de un curso, que era vegetariana, me preguntó cómo podía no matar mosquitos pero sí comer carne de vaca. Me rendí ante mi contradicción y me prometí hacer la prueba. Me comí un choripán en Constitución para despedirme de la carne, y desde 1999 nunca tuve dudas ni tentaciones. Celebro al que se haga vegetariano y por dentro sienta una puja espantosa y extrañe un asado. Esa persona tiene mérito. Yo no. Jamás lo sentí como una obligación.

Hacerme vegano, en 2012, obedeció a leer el libro “The China Study”, en donde revelan cómo diferentes enfermedades muy comunes en el hombre tienen vinculación con comer proteína animal. El traspaso no fue difícil, porque nunca me gustaron demasiado los lácteos ni el huevo. Después descubrí la cantidad de alimentos procesados que tienen estos ingredientes, así que de a poco empecé a optar por alimentos naturales.

Esto no quiere decir que me haya cuidado siempre. Ese vegetariano que me volví en 1999 comía pésimamente mal. Pocos vegetales, mucho pan y bastante comida chatarra. En 2010 empecé este mismo blog y decidí cambiar mis hábitos para mejor. Pero de vez en cuando me doy un gusto. A veces unas galletitas, otras un helado de agua. Cosas que no alimentan, sino que simplemente son “ricas”. De a poco me fui flexibilizando, pero igual hay quienes consideran que soy un fundamentalista culinario. De algo estoy seguro y lo repetiré hasta el cansancio: No lo padezco. No extraño un buen asado, ni la pizza cuatro quesos.

Entonces, ante la pregunta de por qué soy vegetariano o vegano, suelo responder algo parecido a cuando me preguntan por qué corro, y es porque me sale naturalmente. No hay muchas más vueltas que esa, y esta elección no me debilitó físicamente.

¿Adiós a las pasas de uva?

adios-a-las-pasas-de-uvaNo es una buena noticia para los corredores, o al menos para mí. ANMAT, siglas de Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica, desaconsejó esta semana el uso antibacteriales en jabones, aerosoles y productos de aseo personal, algo que se pudo leer en casi todos los medios y que va en línea con la FDA, la organización equivalente en los Estados Unidos. Se comprobó que el uso de antisépticos reduce la resistencia antimicrobiana.

Pero lo que nos interesa a los que corremos y hacemos carreras de aventura, es que parte de ese informe habla también de los procesos a los que se someten ciertos frutos secos para, justamente, quitarles microbios y bacterias. Siempre según el informe, “la exposición a largo plazo a ciertos ingredientes activos usados (…) podría presentar riesgos para la salud como la generación de resistencia a antimicrobianos y efectos hormonales”, lo que da a entender que comer pasas de uva aumenta nuestra defensa contra estos organismos, y dejar de comerlos provocaría el efecto contrario. Además, dichos productos están “dirigidos a individuos generalmente sanos en los cuales el riesgo de infección y el alcance de su propagación es relativamente bajo”.

Esto abre la puerta a muchas preguntas, como por ejemplo con qué podríamos reemplazar las pasas de uva. ANMAT recomienda elegir alimentos que no sufran el proceso químico de “encerado” de las frutas secas, como por ejemplo arvejas, nueces (sin cáscara) y açaí.

En mi caso personal consumo pasas de uva al menos dos veces al día en mi desayuno y mi merienda, si no se me ocurre ponerle a alguna ensalada. Es además mi comida de marcha en entrenamientos largos y en carreras de montaña. Cuesta imaginarse estar corriendo con un abrelatas, pero la ciencia ha demostrado, una vez más, que vivimos equivocados.

¡Felicidades!

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Vivir en la ciudad, correr en la montaña

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Quizás a vos te pase lo mismo que a mí, que disfrutás de correr en la montaña pero vivís en medio del cemento y la planicie de la ciudad. Pero a no desesperar, igual los que vivimos al nivel del mar podemos ir a correr subiendo entre las rocas. Es solo cuestión de ponerse creativos.

Si, como yo, estás preparando una carrera como Patagonia Run y no tenés la suerte de vivir en las provincias donde hay cerros y cadenas montañosas, vas a necesitar desarrollar dos cosas: resistencia y fuerza de piernas. Para lo primero hay que correr. Bastante. Para lo segundo, no solamente es necesario hacer cuestas, sino que también se pueden ejecutar ejercicios para fortalecer los músculos sin que necesariamente sea hacer cuestas.

Lo primero que deberíamos aceptar es que nunca vamos a poder emular lo que va a ser la montaña. Sería maravilloso, pero viviríamos en otro lado y no en la llanura metropolitana. Las progresiones ayudan mucho a tener piernas más fuertes. No hay que asustarse, no vamos a correr en forma progresiva en la montaña. De hecho tendremos suerte si la geografía nos permite hacer algo más rápido que una caminata vigorosa. Entonces, las progresiones, los cambios de ritmo, las pasadas a gran velocidad y todos los ejercicios como las sentadillas y estocadas nos van a ayudar a desarrollar las piernas que necesitamos. Hacer abdominales también va a ser clave para ayudar a elevar la pisada, sobre todo en subida. Todo esto se puede hacer en cualquier parte, desde una plaza hasta la vereda más dura.

Y como decía antes, no podemos emular a la montaña, pero sí podemos ponernos creativos. Yo creo que es clave hacer cuestas, y al menos en Buenos Aires las hay. Esta semana fui a despedir a mi novia a Aeroparque, y decidí volver corriendo hasta Acassuso para hacer un fondo que Google Maps declaraba de 11 km en el trayecto más corto. Lo hice por la costanera, y me encontré con un lugar al que había visitado una sola vez en toda mi vida, que era el Parque de la Memoria, donde se pueden hacer algunas cuestas suaves. Estaba completamente vacío, y pude ir y venir en las escalinatas y saltar sobre los bancos.

De ahí seguí mi camino hacia Figueroa Alcorta, subiendo todas las escaleras que pudiese encontrar, en especial los del tren, como eran las que se encontraban en la estación de Ciudad Universitaria. Debo reconocer que el sol estaba extremadamente fuerte. Esto no es para nada lo que voy a encontrar en abril en la Patagonia, pero al menos aceleraba un proceso con el que inevitablemente nos encontramos en una ultramaratón: la deshidratación. Así que, además de buscar subidas, ya sean cuestas, rampas y escaleras, también estaba atento a los bebederos y a mantener mi botella de agua llena.

Después fui hasta el Paseo Costero, en Vicente López, donde no hay muchas escaleras y cuestas, pero sí un terreno bastante irregular al acercarse al río. Si uno quiere correr por el pasto, eventualmente va a tener que dar un salto para trepar algunas elevaciones. Con una hora y media corriendo a un ritmo mucho mayor que el de la carrera, las piernas estaban agotadas, y eso era lo que buscaba: exigirme estando cansado.

Me fue inevitable tener que pasar a correr por la Avenida Libertador, que tiene poco y nada para ofrecer, hasta llegar a Paraná y el Río, en La Lucila, donde hay unas cuestas imponentes, más la escalera del Tren de la Costa. Fue la primera vez que tuve que caminar por el cansancio, pero era lo que estaba buscando. No es indigna la caminata; en montaña es casi obligatoria.

Terminé llegando a casa, en Acassuso, antes de pasar por la panadería a comprar un cuarto de pan. No es el mejor alimento, pero en ese momento, después de más de 20 km y de 2 horas corriendo y exigiéndome, el cuerpo me pedía hidratos y no iba a esperar a que me pusiera a cocinar. Quizá la próxima esté mejor preparado para el banquete post entrenamiento.

La idea no es que otros corredores imiten este entrenamiento improvisado, sino que vean que la ciudad no es impedimento para entrenar para montaña. Todo sirve para fortalecer los tobillos: el empedrado, las veredas rotas, el pasto, la arena… Y cuando no hay calles en subida, seguramente hay alguna escalera o una rampa.

Un último consejo: aunque muchos recomiendan mantener la cabeza erguida, en un fondo exigido con irregularidades en el suelo, hay que estar atentos a dónde pisamos. El cansancio más una superficie que no es plana puede jugarnos una mala pasada y podemos tropezarnos o torcernos el tobillo. Mi técnica es de ir mirando cómo está el suelo y anticipar dónde voy a pisar con cada pie. Es un estado de mucha concentración, porque una vez que un pie se apoyó en el suelo, ya tenemos que haber encontrado dónde va a pisar el otro. En la montaña también vamos a necesitar hacerlo, y no estaría mal dominar la técnica, aunque sea en la plana ciudad.

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