Casarse abre puertas

novia_runner

En lugar de hablar de lo que pasó, que todos lo van a imaginar, me gustaría decir qué me imaginé yo que iba a pasar. Cuando decidí volver a escribir con cierta regularidad en el blog ya estaba planeando casarme con Luciane, la bellísima carioca que conocí en la Maratona do Rio. Supuse que iba a ir contando cómo era organizar tu propio casamiento, adornándolo con anécdotas y datos que los solteros no imaginábamos.

Debo admitir que muchas veces escribía los posts en mi cabeza. Estaba ese del catering, en el que entendía cómo los novios tenían reservas en sumar gente a la boda porque cobran por invitado (no lo sabía), o aquel en el que explicaba lo burocrático (y complicado) que es la ceremonia civil cuando el casamiento involucra a un extranjero. También el tema de si se priorizan los gustos alimenticios de los novios o si se le da importancia a lo que pueden llegar a querer los invitados, y cómo se organiza la playlist de la fiesta. Todas cosas que no me preocuparon hasta los últimos seis meses.

Pero claramente nada de eso pasó, porque hay otra cosa de la que vale la pena hablar, y es de las prioridades. Organizar una boda es demandante, y lo que terminó siendo importante fue trabajar para poder pagarla. Tuve que dejar de pensar en mí y empezar a pensar en dos personas. Así fue que escribir empezó a postergarse. Lo curioso es que recién encontré unos minutos en la mañana del día de la boda.

Casarse abre puertas. A la vida de otra persona, claro, pero sobre todo al corazón y la empatía de las personas. Conseguí fácilmente un sobreturno con el dentista porque le dije que me casaba. Disfrutamos, tanto Luciane como yo, de la generosidad de nuestros amigos y familiares, e incluso de desconocidos. Conseguimos el salón con el que soñábamos y la mejor comida que nos podíamos imaginar solo porque hay gente que pensó, al igual que nosotros, que en este día nos merecíamos lo mejor del mundo.

Mi mamá me dijo el jueves, después de la ceremonia del civil, que algo que nunca te dicen cuando te casan es que ya nunca más vas a volver a ser soltero. Podrás ser separado, viudo, divorciado, pero la etapa de la soltería es algo a lo que jamás vas a volver. Es un poco fuerte plantearlo así pero a la vez te hace dar cuenta de que tomaste un paso importante. Después de todo, uno no se casa para que su vida siga exactamente igual, sino todo lo contrario. Y, al igual que las carreras en las que me gusta participar, el proceso es agotador, hasta que se llega a la meta y todo valió la pena.

Así que no me siento mal de que esta boda se haya robado tantas horas de nuestra vida porque esa es la importancia que se merece. A partir de la semana que viene quizá vuelva a la normalidad, o a una normalidad donde las decisiones se toman de a dos. En cuanto a lo deportivo, con mi bella esposa ya decidimos que nuestra luna de miel va a ser en el sur, coincidiendo con Patagonia Run. Ahí volveré a mis desafíos personales, pero con el maravilloso incentivo de saber que ahora somos un equipo, y que la otra mitad me va a estar esperando en la llegada.

El miedo es el mejor incentivo

el-miedo-es-el-mejor-incentivo

Hubo una sola vez en toda mi vida que no sentí miedo antes de correr Patagonia Run y fue en mi primera edición, en 2012, cuando intenté los 100 km. Mi sueño era correr el Spartathlon, los 246 km que unen la Atenas griega con Esparta, y como nunca había corrido un ultramaratón, me pareció que esta era una buena oportunidad.

No hace falta aclarar que la montaña me comió crudo. Me torcí el tobillo y me frustré mucho por no poder correr. A pesar de mi dolor, el terreno no me daba muchas opciones: incontables subidas, un suelo muy técnico, y la inexperiencia corriendo más de 5 horas (tardé 18). Mientras avanzaba y trepaba, recuerdo una promesa que nunca cumplí: “Nunca más voy a volver a correr esta carrera”. No es esta la edición en la que no sentí miedo. No, no. Estaba aterrado. Empecé confiado, creyendo que se podía correr 100 km en menos de 10 horas (algo imposible en montaña). El frío del Cerro Colorado me dejó muy consternado, y aunque daba mi mayor esfuerzo, estaba convencido de que venía último en la carrera. Ahí desarrollé mi miedo de volver a pasar por lo mismo.

En 2013 volví, pero para correr 63 km. Ya tenía más experiencia, y esta vez acompañaba a mi novia, que en el año anterior había intentado esta distancia y no había llegado al último corte. La presión estaba en alcanzar los puestos antes del horario límite, pero me relajé. Confié en la estrategia, sabía en qué sectores acelerar y en cuáles relajarse, y cruzamos la meta antes de lo que había imaginado. Fue la única vez en que no sentí que Patagonia Run era demasiado para mí.

Al año siguiente la vida me encontró soltero nuevamente, y necesitaba algo que me desafiara. El año 2014 fue además en el que iba a correr el Spartathlon, en septiembre, así que Patagonia Run parecía un buen entrenamiento de resistencia. Por algún motivo, el miedo de volver a correr 100 km era la excusa para intentarlo. Ya había probado hacer una distancia que me resultara cómoda, y aunque los paisajes de la Patagonia son maravillosos, ¿para qué volver si no era para sentirme desafiado? Aunque estaba mejor preparado, con experiencia y sin haberme lesionado, tardé una hora más que en mi primera edición. En el Cerro Colorado el frío era tan terrible que congeló el agua de mi mochila hidratadora. Me acordé de Dios y le supliqué para que ese ascenso terminara pronto. Bajé por rocas con hielo, con pavor de patinarme y romperme la cabeza. Pero el miedo no me paralizó, sino todo lo contrario. Me hizo ir con cuidado, preservándome. Fue un gran alivio cruzar la meta.

Para la edición de 2015, la distancia máxima pasaba a ser 120 km. Lo primero que pensé, cuando anunciaron esta nueva categoría con bombos y platillos, fue que era una locura. ¿Quién podía prestarse a semejante absurdo? Respuesta: yo. Y si se preguntan por qué terminé inscribiéndome en una distancia que era un 20% mayor a mis dos palizas anteriores, seguro sospechan la respuesta: me daba mucho miedo enfrentarme a eso. A esa altura de mi vida, ya con el Spartathlon conquistado (246 km en 35 horas con 44 minutos, de los cuales 180 km fueron con un desgarro en el tibial) necesitaba algo que me desafiara. Ya había aprendido que el miedo es el mejor incentivo, porque es nuestro indicador de que salimos de nuestra zona de confort. Y aunque en esta edición no hizo el frío de otros años, me costó mucho. Me tomó 24 horas y media llegar a la meta. En el camino me encontré con un amigo corredor al que le presté un bastón y no lo solté hasta asegurarme de que íbamos a terminar.

Mi última incursión en Patagonia Run fue en 2016, cuando la distancia máxima pasó a ser 130 km. Alguno creerá que después de mis intentos anteriores, el miedo era cosa del pasado. Aunque la experiencia ayuda mucho, es imposible no sentir mariposas en la panza. Hay tantas cosas que preparar antes de salir, una estrategia de la que vamos a intentar no despegarnos mucho (pero es inevitable terminar improvisando) y la incertidumbre de cómo va a afectarnos el clima. En esta edición hizo frío, pero el miedo a volver a sufrirlo en mis huesos y terminar teniendo charlas con Dios para que me sacara de ahí hizo que subiera el Cerro Colorado con abrigo de más. De hecho, terminé regalándole un gorro rompeviento a una chica corredora a la que vi poco preparada. El ascenso al Quilanlahue fue especialmente complicado, porque la lluvia del otro lado de la cumbre obligaba a que hagamos ida y vuelta por el mismo sendero empinado. Nuevamente el miedo hizo que redoblara mis esfuerzos por cuidarme, no caerme, y no tirar al que venía en sentido contrario. También levanté a un amigo corredor en el camino, a quien exceptuando cargarlo a caballito, hice todo lo posible por que cruzara la meta. Fue muy arduo, bajé muchísimo mi ritmo, y mis pies quedaron destrozados, pero nada es tan grave si al final de cuentas alcanzamos la línea de llegada. Tardé 26 horas y media, y sentí que fue mi ultra más exigente, muy lejos del Spartathlon.

Todo esto nos lleva a 2017, cuando estoy por correr 145 km, una distancia impensada para el inexperto corredor que era en 2012. Por supuesto que tengo miedo y esta no es una sensación irracional. Sé lo que es tener que avanzar con el frío calándote los huesos, trepar una cuesta interminable con el último sorbo de agua en tu botella (y el próximo puesto a dos horas), trotar con un potente dolor unificado de la cintura para abajo, volver sobre tus pasos porque se te cayó un guante, obligarte a comer a pesar de estar inapetente, estar demasiado cerca de los horarios de corte, y tantas cosas inesperadas que pueden surgir sin previo aviso. Pero cuando aparece el miedo también surge la necesidad de conquistarlo, de aprender. Es muy fácil realizar un esfuerzo físico descomunal y saber que vas a terminar. Yo no corro Patagonia Run porque sé que voy a llegar a la meta. Lo hago porque no lo sé. Ese miedo y esa incertidumbre es lo que me obliga a volver cada año.

Últimas semanas de soltería

ultimas-semanas-de-solteria

Cuando empecé este blog lo hice con algo puntual en mente: no iba a volverme más joven. Eventualmente me iba a casar, tener hijos, y las responsabilidades de la vida adulta me iban a impedir entrenar y desarrollar el físico de Tobey Maguire en Spider-Man.

Eso fue a mediados de 2010. Había muchas cosas que no imaginaba en ese entonces. Por ejemplo, que no iba a tener el físico de Tobey Maguire en Spider-Man. Lo más importante, huelga decir, es que encontré que podía superar mis límites en formas que no me entraban en la cabeza, y así pasé de correr medias distancias a hacer maratones, ultra maratones, y la frutilla del postre que fue el Spartathlon en 2014.

Pero mi vida continuó, más allá de que mi presencia en el blog disminuyó bastante. Seguí creciendo, y esta actividad me llevó a conocer a Luciane en la Maratona do Rio, en Brasil. En 14 días nos casamos por civil, y 48 horas después daremos “el sí” en la iglesia.

A las expectativas de cómo sería mi vida post 30 años le tengo que sumar, ahora que estoy pisando los 40, la de un hombre casado que comparte su tiempo con una (hermosa) compañera. Por ahora todo parece indicar que voy a seguir haciendo ultramaratones. Mi prometida es tan maravillosa que aceptó hacer coincidir el final de nuestra luna de miel con los 145 km de la Patagonia Run. Mientras nos debatimos si pasaremos los próximos años en Brasil o en Argentina, también accedió a estar en Buenos Aires a mediados de Noviembre, para que pueda correr el Desafío Obelisco, el homenaje al Spartathlon donde vamos a correr desde San Nicolás hasta la Capital Federal (unos 245 km).

Lejos de querer una despedida de soltero, estoy imaginando cuál va a ser mi último fondo largo antes de mi casamiento. Es increíble lo desgastante que es planificar una boda, y cuando puedo sentarme unos minutos a escribir, estoy realmente agotado. Así que aprovecho esta noche para poner por escrito cómo sigue mi vida, y qué planeo hacer en mis últimas semanas de soltería. Probablemente el fin de semana del 11 de marzo corra 60 km. Luego, ya casado, haré lo que hace la mayoría de los hombres, que es dejar crecer mi panza en forma directamente proporcional al paso de los años (quizá no, pero es mejor abrir el paraguas).

Y en mi corazón siempre va a estar el deseo de encontrar el espacio para seguir escribiendo sobre mi vida y el running. Estoy muy feliz de haber encontrado a una persona que quiere compartir sus días conmigo y que se quiere sumar a esta locura de viajes y kilómetros. Patagonia Run va a ser la primera vez que una pareja mía vaya a esperarme en la meta, con el agregado de que también va a ser mi esposa.

En 2010, cuando empecé a escribir Semana 52, no me vi corriendo 145 km en montaña ni tampoco estando casado con una chica brasileña. Pero a veces la realidad supera a nuestra más ferviente imaginación.

Hay que pasarla mal

hay-que-pasarla-mal

Voy a explicar mi máxima para los entrenamientos, con la que muchos van a estar en desacuerdo, pero es una forma de decir que es necesario salir de la zona de confort. Y te estoy mirando a vos, que entrenás cuestas corriendo por el asfalto y esquivás los pocitos y las irregularidades de las veredas.

Un sábado decidí salir a correr por el barrio. Se me había hecho tarde para ir hasta Parque Sarmiento, donde entrena mi grupo, así que aproveché la gran cantidad de calles en subida que hay por San Isidro. Fui con mi mochila hidratadora, más para acostumbrarme a llevarla a cuestas que porque necesitara agua. La idea era emular lo máximo posible aquello que voy a vivir en la Patagonia Run de abril.

Aquel día hacía calor, con lo cual llevar una mochila resultaba un poco molesto. Transpiraba más que lo habitual. Recordé las palabras de Dean Karnazes, que dijo, palabras más, palabras menos: “En algún momento de nuestras vidas empezamos a confundir la felicidad con la comodidad”. Algunas de mis cuestas favoritas tienen las veredas rotas, algo que al 99% le resultará indignante pero yo me veo un pasito más cerca de las imperfecciones de una montaña.

Ahí estaba, subiendo y bajando, cuando en una calle vi a un corredor en condiciones similares: entrenando cuestas con una mochila mediana, similar a la mía. Pero él iba por el asfalto. En mi vereda tenía de todo: pozos, escalones, canto rodado, bloques de cemento sueltos. En ese momento pensé en cuánta gente desearía que la montaña estuviese asfaltada.

Es probable que en la naturaleza, agotados y con sueño, deseemos que a la vuelta de aquellos árboles haya una escalera mecánica que nos lleve hasta la cima. Hasta ahora, no pasó en ninguna carrera. Quizás aquel corredor al que yo subestimé ni siquiera haya estado preparándose para una carrera de aventura, y tampoco voy a decir que correr por la calle no sume (sin embargo, entrenar por donde pasan los autos está mal). Pero cuando participamos de una competencia es casi obligatorio que todo lo que tengamos que hacer sea mucho más incómodo que nuestros entrenamientos. Entonces, ¿por qué no prepararse intentando estar lo menos cómodo posible?

Nunca dejo pasar una subida, unos escalones, pasto. En el vial costero de Vicente López hay unos sectores con arena para hacer beach volley, y me obligo a cruzarlos corriendo. Si en mi entrenamiento la paso bien, cualquier dificultad en carrera me va a pesar mucho más.

Nos asusta pasarla mal, y va en contra de nuestro instinto de supervivencia. A mí, en lo personal, me ayudó mucho correr con dolores, ampollas, calor, frío, pozos, viento, lluvia, hambre y sed. Es información que se va grabando y que me sirvió en las carreras. Y habituarme a salir de la zona de confort, entrenando en al ciudad, ha hecho que pueda disfrutar un poquito más de enfrentarme a la montaña.

Errores que se les permiten a los corredores

errores-que-se-les-permiten-a-los-corredores

Nadie es perfecto, y no es la idea serlo. A veces subestimamos el poder de equivocarnos, una de las maneras más efectivas de aprender.

Algunos corredores somos quisquillosos, y odiamos equivocarnos. Después de todo, vivimos en una sociedad donde nos llevan a contar cada segundo que tenemos. Cruzar la meta en menos tiempo del que creíamos nos hace toda la diferencia del mundo, y no tomar toda el agua que habíamos cargado en la mochila hidratadora nos hace sentir unos tontos.

Pero no está mal equivocarse. A veces es necesario. Si me permiten, aquí les presento algunos errores que agradecí cometer:

  1. Llevar comida de más: ¿Qué es preferible? ¿Que un paquete de pasas de uva vaya intacto desde la largada hasta la meta, o sentir hambre en el recorrido? No contemos los gramos que cargamos, sino las oportunidades de comer que nos estamos otorgando.
  2. Llevar agua de más: No beber mientras corremos, en especial en una carrera, es un gran error. Muchos se lamentan de ver que la mochila hidratadora volvió con un litro de agua, y si bien es cierto que cargar con un kilo extra es energía gastada, peor es la deshidratación.
  3. Correr excesivamente abrigados: A menos que sea verano, siempre preferí pasar calor que frío. A veces fastidia tener esa campera que solo necesitamos en la cima del cerro, pero considero más peligroso transpirar bajo un grueso abrigo que tiritar de frío.
  4. Calcular mal el tiempo de llegada: Todos han vivido la situación de estimar una carrera de 4 horas y terminar haciendo 6. En las ultramaratones, la diferencia se agranda aún más. Pero todo es experiencia, y en mi barrio, correr más horas es más meritorio que ser el más veloz. Además, tampoco es que tardamos porque nos tiramos a dormir una siesta.
  5. Estrenar calzado o equipo en una carrera: Esto es bastante frecuente. El error radica en que al no estar acostumbrados nos exponemos a molestias o roces que se repiten en incontables kilómetros (y dejan una literal huella en nuestra piel). Pero, ¡al menos estamos corriendo! La experiencia tiene un precio, que a veces es muy caro, pero otras se puede afrontar.

En resumen, no está mal equivocarse. Es señal de que estamos haciendo algo. Los que no se animan, no se equivocan… Pero muchos confunden comodidad con felicidad. A los corredores nos gustan los desafíos, nos gusta intentar… y nos acostumbramos a equivocarnos.

Correr el Spartathlon en Argentina

correr-el-spartathlon-en-argentina

En el año 2014 tuve el inmenso placer de completar el Spartathlon, los 246 km que unen Atenas con Esparta. Hasta ahí todos están más o menos informados. Pero en esa edición también la completaba otro argentino llamado Leo Bugge. Él ya venía de tres intentos fallidos, así que se decidió a hacer una promesa: si completaba el Spartathlon de ese año, iba a realizar la misma distancia en su país, uniendo la Ciudad Autónoma de Buenos Aires con San Nicolás. Como llegó a la meta, puso en marcha su parte del trato.

A finales de noviembre de 2016, escoltado por un grupo de ultramaratonistas, realizó ese brutal fondo, dentro de las 36 horas que exige el Spartathlon original. Fue el único en hacerlo, ya que el resto acompañó solo en algunos tramos. Como no podía ser de otra manera, yo me enteré de que esto había ocurrido dos días después.

Por suerte, este homenaje al Spartathlon griego salió tan bien que Leo decidió hacerlo anual. Seguramente influyó la enorme respuesta de muchos ultramaratonistas, que fueron en masa a pedirle correr toda esa distancia si alguna vez lo volvía a hacer (me incluyo entre ellos).

Ayer se anunció la segunda edición de este desafío en el programa de radio “Locos x Correr”, que pueden escuchar justo debajo:

//radiocut.fm/audiocut/embed/mini/leo-bugge

Entonces, la idea es correr desde San Nicolás hasta el Obelisco, saliendo a las 0 horas del sábado 18 de noviembre. Por supuesto que rige el límite original de hacerlo en menos de un día y medio. Se decidió invertir el sentido que hizo Leo el año pasado para evitar tomar de noche algunos caminos complicados. De ese modo, hay unos 60 km difíciles entre Gobernador Castro y Lima que se van a hacer de día.

Aunque es un evento sin fines de lucro, lleva una logística muy grande. Por eso hay un cupo máximo y lista de espera. Actualmente hay cinco autos, lo que significa que se puede asistir a veinte corredores. Si se ofrecen voluntarios para contar con más coches, es probable que el número de participantes aumente también.

Me encantaría volver a correr en Grecia, pero requiere de una inversión que me va a resultar complicado afrontar, sobre todo ahora que tengo mis finanzas orientadas a mi inminente boda. Por eso esta prueba no competitiva me resulta perfecta, más cuando puedo correr codo a codo con colegas espartatletas y aspirantes a serlo.

Después de la Patagonia Run a principios de abril, todos mis entrenamientos se van a orientar a este desafío. Voy a intentar aplicar lo que me salió bien cuando me preparé para ir a Grecia. Y tengo un deseo que cuento por lo bajo: Ojalá algún día este desafío crezca y sirva para preclasificar para el Spartathlon original. Si la tradición se mantiene y nuevos corredores se suman… ¿por qué no podría lograrlo?

Nunca se corre el mismo camino dos veces

nunca-se-corre-el-mismo-camino-dos-veces

En septiembre de 2014 corrí el Spartathlon, quizá la carrera más fabulosa de toda mi vida. Es probable que jamás vuelva a vivir lo mismo, incluso si consigo acreditarme para una nueva edición. Es imposible que se repitan las mismas circunstancias, además de que yo no seré la misma persona.

Cuando fui a Atenas, al pie de la Acrópolis, tenía una mezcla de emoción y pánico. Iba a cumplir un sueño, en una madrugada lluviosa, con mis papás y amigos escoltándome. Si pudiera convencer a las mismas personas que me vuelvan a acompañar en 2018, algo no podría cambiar: yo ya hice esta carrera, y tener experiencia cambia totalmente toda la situación.

En primer lugar, estadísticamente es más difícil completar el segundo Spartathlon que el primero. Esto tiene que ver con que la confianza suele jugar una mala pasada. Al ser un inexperto, fui con mucha cautela, intentando guardar fuerzas, cuidando bien lo que hacía. Si volviese, estaría pendiente con volver a pasar por los mismos lugares, repetir lo que salió bien y evitar lo que falló.

En segundo lugar, reunir el dinero para el viaje sería mucho más difícil, ya que vendí una colección de comics que reuní durante 25 años y que ahora no tengo. Además, esa llovizna que marcó la previa de la carrera fue una rareza, ya que bajó la temperatura y es sabido que el Spartathlon suele tener un sol bastante implacable.

Todo esto sirve para confirmar eso que le escuché decir a Alejandro Dolina: “Uno nunca se baña en el mismo río dos veces”. Es probable que él estuviese citando a Borges, pero tengo algo de pereza y no lo voy a chequear en Google. No solo el agua fluye y no es la misma en la que volvemos a bañarnos; uno también cambió.

No voy a poder volver a correr mi primera maratón, ni voy a poder elegir mejor mi abrigo de Patagonia Run 2014. La experiencia me permite mirar hacia adelante desde otro lugar, y  puedo usarla para un nuevo intento, no para volver al pasado.

Nos pasamos la vida intentando repetir experiencias. Volver a enamorarnos como en la adolescencia, sentir el mismo placer al comprar la misma marca de galletitas, viajar a aquel destino remoto para reencontrarnos con el sentimiento de paz que está en nuestra memoria. A veces nos acercamos bastante al recuerdo, pero eso es todo.

Lejos de querer tener una reflexión pesimista, me parece que tenemos que mirar hacia adelante y buscar nuevas aventuras. Aceptar lo inesperado y no buscar generar las mismas condiciones con las que alguna vez fuimos feliz. Incorporar lo pasado en nuestra caja de herramientas para construir un mejor futuro, y ser conscientes de que tanto el río como nosotros somos diferentes.

Fracturarme el pie cambió mi vida

fracturarme-el-pie-cambio-mi-vida

Me resulta apasionante mirar hacia atrás en mi vida y revisar todas mis decisiones. A veces encuentro que las cosas podrían haber sido muy diferentes si una cosa muy pequeña no hubiese ocurrido. Pido disculpas de antemano por quienes ya conocen esta historia, que de algún modo ya la reflejé en este blog, pero algo cambió desde entonces, y es mi mirada.

Fui un adolescente hasta muy entrados mis 20s. No sabía qué estudiar ni había definido mi vocación. Lo único que hacía era juntarme una vez por semana con mis amigos y pasar toda la noche en vela (o al menos lo intentaba, porque muchas veces me quedaba dormido). Quizás alguno imagine que íbamos a bailar, o tomábamos cerveza y escapábamos de la policía, pero la verdad es que éramos muy inocentes. Jugábamos a la Play durante horas, veíamos videos en VHS, o nos juntábamos en alguna estación de servicio a tomar jugo y solo hablar. Fue, sin dudas, una época muy feliz de mi vida, la cual en ese entonces era incapaz de disfrutar.

Algo que hacíamos de vez en cuando era jugar al fútbol, siempre pasada la medianoche. En alguna oportunidad nos metimos por el agujero de una reja a la cancha del colegio Otto Krause. Otra vez tuvimos un partido memorable en la 9 de Julio con un grupo de operarios que estaban por entrar a trabajar (sus palas clavadas en el piso hacían de arco). Pero el recuerdo que toma relevancia fue el que hicimos con tres amigos en la Plaza San Martín.

Eran las horas previas al amanecer. Nunca fui habilidoso (esta historia lo demostrará) y jamás me gustó el fútbol, sin embargo disfrutaba mucho de esa cita semanal con mis amigos de Capital. La pelota con la que jugábamos era chica, así que usábamos los bancos de la plaza como arcos. El arquero era volante, yo hacía lo que podía con mi falta de habilidad. En una oportunidad, marcando a un contrincante, giré sobre mi pie, que quedó fijo en el suelo. Sentí un dolor espantoso, como un flash, y caí al piso gritando. Me revisaron, me movieron el pie, que no me dolía, y me pidieron amablemente que me haga a un lado para seguir jugando.

El sol empezaba a iluminar, y yo estaba tirado en el suelo. Me levanté y rengueé hasta la estación del subte C. Fue un largo camino hasta Banfield. Cuando salí al hall central para tomar el tren, caminaba tan lento que un caracol hubiese llegado antes. Cuando bajé en mi estación, en la zona sur del Gran Buenos Aires, mi paso era todavía más lento, proporcional con el dolor que sentía. Un pasajero se apiadó de mí y me dijo que esperara. Era dueño de una agencia de remises, recientemente recuperado de una operación de rodilla, así que entendía mi padecimiento.

En casa quise ir a dormir, pero al sacarme la media vi que mi tobillo se había hinchado hasta desaparecer, y estaba tomando un color violáceo. Desperté a mi papá y le pedí que me acompañase al hospital. Una vez ahí confirmaron una fractura del maléolo del peroné. La teoría fue que el ligamento cortó el hueso, separándolo por completo. Al parecer tuve suerte, porque si hubiese sido al revés y se hubiese cortado el ligamento, la recuperación habría sido mucho peor.

Al principio me pusieron un yeso por 30 días. No podía pisar por una semana, y después podía caminar con un taco. Al día siguiente entraba a trabajar a la Feria del Libro, y cuando le pregunté al traumatólogo si iba a poder ir, se limitó a reír.

No tuve el yeso 30 días, sino que terminaron siendo 60. El hueso no se había soldado. Había dejado de comer carne unos 6 meses antes, y el médico me confirmó que no tenía nada que ver. Cuando finalmente me sacaron el maldito yeso, la pierna estaba amarilla y la falta de el taco que tuve por 2 meses me hacía renguear, como si hubiese perdido 5 centímetros de un lado.

Hice mis sesiones de kinesiología, donde me hacían masajes y magnetoterapia. Me recomendaron hacer natación para empezar a moverme, después bicicleta, y por último… correr. Esa actividad que odiaba de chico.

Hoy, 17 años después de esta lesión, me doy cuenta de que ahí empezó mi carrera como corredor. Empecé a trotar por mi cuenta, en el mismo recorrido que hacía con mi papá los sábados cuando me preparaba para las carreras de la escuela. Así redescubrí esa actividad, necesaria para mi rehabilitación. Pude conectarme con el running para entender que me hacía bien a la cabeza.

Empecé y dejé de correr montones de veces, pero la semilla fue germinando de a poco. Después vino la recomendación de empezar a entrenar en un running team, luego las ganas de hacer mi primera maratón, más tarde la locura de hacer el Spartathlon, y ahora mi casamiento en un mes y medio.

¿Qué tiene que ver mi boda con esta historia? Bueno, muchísimo. Correr me cambió por completo. No solo mi cuerpo, con el tatuaje que me hice en el brazo (y que sedujo a mi futura esposa). Mi autoestima aumentó, lo que me dio mucha más confianza para abrirme a otras personas. Correr me hizo conocer otros lugares a los que nunca había imaginado ir, como Río de Janeiro, donde conocí a Luciane. Si bien mi carrera laboral se alineó con el diseño gráfico, la actividad física tuvo un impacto muy grande en mi vida. Esto es algo que, en el momento en que me saqué la media en casa y mi tobillo se hinchaba en vivo, no podía ver.

Somos el resultado de las decisiones que tomamos y las cosas que nos pasan. ¿Qué me definió para descubrir el running y las ultramaratones? ¿Fue mi atolondrada fractura? ¿Fue juntarme todas las semanas con mis amigos? ¿Fue el que tuvo la brillante idea de ir a jugar a la pelota en la Plaza San Martín a las 5 de la mañana? ¿Fue el consejo de la kinesióloga de que corra como último paso en mi rehabilitación? ¿Fueron los genes atléticos de mi padre, latentes en mí? Quizá fue todo eso y mucho más.

Todo lo bueno y lo malo de mi pasado me llevaron a ser el hombre que soy ahora, así que con mucha humildad agradezco todo lo que viví, y reconozco haber aprendido que las cosas hay que mirarlas hacia atrás y no sufrir por el presente. Lo mejor siempre está por venir.

Aumentar tu umbral de dolor

aumentar-tu-umbral-de-dolor

Los hombres no tenemos buena tolerancia al dolor. ¿Por qué? Supongo que tiene algo que ver con la bendita zona de confort, y nuestros padres que corrían detrás nuestro al grito de “¡Cuidado! ¡No te caigas”. Señora, señor, deje que su hijo se caiga. No le quite la oportunidad de hacerse más fuerte.

No tengo una carrera extremadamente larga como corredor. Odiaba la clase de Educación Física en todos mis años formativos (excepto cuando hice natación), y una tonta fractura de tobillo me llevó, tras una larga rehabilitación, a empezar a trotar. Después pasé a hacerlo en un grupo, y ya llevo casi 9 años entrenando, a veces muy poco, a veces un montón.

Hecha esa aclaración, igual considero que he visto a muchos corredores iniciarse. También he sido testigo de gente que recién se iniciaba y decía “Esto no es para mí”. Probablemente fuese cierto, pero me hubiese gustado ponerle una mano en el hombro a cada uno, mirarlos a los ojos y decirles: “Esto va a pasar”.

Entrenar duele, sobre todo al principio. Los músculos empiezan a hacer esfuerzos desconocidos, y uno o dos días después parece que nos hubiese pasado un camión con acoplado por encima. A veces ni siquiera hay que esperar, basta con hacer un esfuerzo aeróbico al que no estamos acostumbrados para sentir una puntada en el costado que nos obliga a frenar a cero.

El cuerpo es una máquina increíble. No, ¿qué estoy diciendo? ¡Es mejor que una máquina! Díganme qué objeto mecánico o electrónico creado por el hombre puede adaptarse como nosotros a los cambios de temperatura, a los esfuerzos, y que con el correr del tiempo sea más fuerte y eficiente. El dolor es parte de ese proceso, es una señal de que pasamos nuestro límite. Hay que superar ese umbral para que ayudemos a nuestra adaptación.

No está mal que duela. Entrenar va a seguir doliendo. Como dije, llevo casi 9 años de entrenamiento constante y todavía hay ejercicios que me lanzan dardos envenenados al cerebro. Descubrí que tengo que resistir, porque a la larga todo pasa. El dolor es una señal de superación y tenemos que sentirnos orgullosos de no estar cómodos.

Hay que buscar nuestras barreras y superarlas. Y el día que tengamos hijos, dejemos que le pierdan el miedo a jugar, tropezar y caerse. Con un umbral de dolor chico, es normal crecer con miedo a todo.

El truco para mejorar mi rendimiento

el-truco-para-mejorar-mi-rendimiento

Salir de la zona de confort no es fácil. Me gustaría compartir cómo aprendí a superarme y cómo lo sigo haciendo.

Cuando empecé a entrenar en un grupo, tenía miedo. En parte porque había mucha gente mejor que yo, y eso me causaba inseguridad. No me interesaba ser el mejor, pero a la gran mayoría nos pasa eso de sentir que no estamos calificados. En las comparaciones nos ponemos en el extremo opuesto de los habilidosos, y en parte tiene que ver con autoestima y subestimación (tema que podremos hilvanar en otra oportunidad).

Así que ahí estaba yo, en los lagos de Palermo, teniendo que dar una vuelta de 2 km. Di mi mejor esfuerzo, o el que yo creía que podía dar en ese momento. Podía ver a montones de personas, del grupo o no, teniendo un desempeño excelente. Sentí, como lo volví a hacer muchas veces, que ellos estaban a un nivel que yo nunca iba a alcanzar.

No fue una decisión consciente, pero un día decidí seguir a esos “inalcanzables”. Quizá me pudiese servir para aprender sus secretos. Los primeros intentos fueron iguales, correr a una velocidad que no era la mía, para tener que frenar por esos horribles dolores en el costado, señal del sobreesfuerzo.

Nunca noté que lo seguí haciendo. Buscaba al más rápido e intentaba no perderlo de vista. Cuando hacíamos fondos largos, no me quejaba e intentaba superar mis propias expectativas. Y ahí empieza a pasar algo maravilloso con nuestro cuerpo: la adaptación. Si nos quedamos en nuestra zona de confort, el único desenlace posible es quedarnos en el mismo lugar. Pero como me estaba esforzando más allá de mis límites conocidos, empecé a llegar más lejos y a adquirir velocidad. No pasó de la noche a la mañana, pero nunca dejé de seguir a los más rápidos ni perdí de vista a quienes corrían más lejos.

Todo esto lo empecé a intentar antes de crear este blog. Desde el día 1 pudieron leer cómo cambié mi paradigma y empecé a dar mi mayor esfuerzo con una alimentación más consciente. Pero yo ya venía buscando a los punteros y tratando de no soltarlos. Un día corrí mi primera ultramaratón, y después cumplí ese objetivo personal de cruzar la meta de los 42 km en menos de 3 horas y media.

Y de pronto me di cuenta de que en mi grupo estaba adelante. Empecé a escuchar que yo era de elite (cosa que NO es cierta), que un fondo de 10 km era como un paseo para mí (tampoco es verdad) y que venía de otro planeta (el del barrilete cósmico, quizá). Cualquiera que vea las clasificaciones de las carreras en las que participo verá que adelante mío siempre hay muchísima gente. En la mejor ultramaratón que corrí, Yaboty 2013, el ganador me sacó 2 horas de ventaja… ¡pero corrí codo a codo con él los primeros 30 km!

También noté otra cosa. Aparecieron compañeros de grupo que me seguían, y que intentaban correr a la par mía. Esto me ayudó a seguir esforzándome. No porque quisiera ser el primero, sino porque me daban la excusa para no conformarme. Muchísimas veces terminé disimulando que estaba poniendo todo y aguantando dejar mi lengua colgando. Quizá mi experiencia no sea aplicable a todo el mundo, pero seguro hay en todo esto un consejo universal: nunca te duermas en tus laureles, porque después de que alcances tu cima te espera otra más alta.

Siempre vas a encontrar a millones de personas mejores que vos. Seguilas y dejá que te inspiren. Si algún día inspirás a otros, no te conformes. Buscá a los que te desafíen e intentá no perderlos de vista. Es obvio que al principio no va a ser fácil, pero correr no es conformarse. Siempre se puede mejorar.

A %d blogueros les gusta esto: