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Semana 52: Día 364: El que se atreve, gana

Los griegos dicen “O tolmon nika”, que se traduce como “El que se atreve, gana”. Esto quiere decir, sencillamente, que quienes se animan a enfrentar un desafío automáticamente son ganadores, y no precisamente de una medalla o un podio.

Escribo estas líneas antes de correr la Espartatlón. Por supuesto que no pude dormir todas las horas que hubiese deseado, pero tener todas estas horas antes de ir a la Acrópolis me permite preparar las cosas con más calma, contestar los mensajes de todos mis amigos que están ansiosos por mi carrera, y escribir estas líneas.

Van a ser 36 horas de carrera para muchos. Mi largada va a ser a la 1 de la mañana en Argentina, y al mediodía del sábado será la llegada.

Me siento… Agradecido. Nervioso. Con ganas de correr y no parar por nada. Hice todo lo que pude. Algunas cosas no las pude preparar como hubiese querido. Me compliqué con la comida que voy a dejar en los puestos. No sé si salir con abrigo de lluvia o no, porque sabemos que va a llover pero no cuánto. No sé qué hacer todavía con mis pies, si encintármelos o ponerme vaselina. No me preparé el pañuelo en la gorra, para protegerme del sol en la nuca. Cosas que resolveré, claro, pero igual tengo esa incertidumbre dándome vueltas en la cabeza.

Imagino que este blog no volverá a tener actividad hasta el domingo. No pudimos resolver lo de tuitear en vivo, compramos un chip con datos y llamadas internacionales que nos duró quince minutos. La mejor opción será seguir la carrera desde la página web. Soy el corredor número 183.

O pueden esperar al lunes y averiguar qué pasó. Va a ser toda una aventura. Ahora no sé si vale la pena toda esta movida para no llegar. O sea, sí, conocí a Karnazes, tuve esas enormes muestras de afecto de mis amigos del Team Puma y de mis familia (en especial de mis padres). Viajé con el mejor equipo del mundo, recorrí, me relajé, descansé y me conecté con mis raíces. Pero no viajé 15 mil kilómetros para no llegar a la meta. No me jugué todas las cartas disponibles para abandonar.

Por más que ya salgo mucho más sabio de toda esta experiencia, necesito llegar. Creo que lo merezco, o al menos voy a hacer todo lo posible por ser merecedor de ese honor. Espero que en el próximo post pueda decir “Llegué”.

Semana 52: Día 363: La acreditación en la Espartatlón

Con el ansiado día de la ultramaratón tan cerca, llegó el turno del papelerío. Ya no queda nada.

Hoy alquilamos el auto que será la base de operaciones del equipo de asistencia. Mis papás vinieron al departamento donde me estoy quedando con los chicos (después de haberlos abandonado a ellos) y preparé todo lo que necesitaba: certificado médico, pasaporte y algo de dinero por las dudas.

Antes de salir me hicieron un regalo maravilloso. Yo no sabía nada, pero conectaron la notebook al LCD gigante que hay en el depto y le dieron play a un video que me hicieron los Puma Runners, cantando “Grecia, decime qué se siente”, lo cual no solo hizo que el insoportable tema del Mundial tuviese relevancia para mí, sino que me llenó de emoción. Fue tan emocionante ver esa muestra de afecto de los chicos que me dejaron mudo. El día empezó de la mejor manera.

Con el auto, de 9 plazas, tuvimos montones de problemas, como por ejemplo que las puertas no trababan. Pero no los voy a aburrir con esos detalles. Llegamos a tiempo a la acreditación, completé todos los trámites y hasta me sacaron sangre y me pesaron para un estudio independiente que compara mi estado antes y después de la carrera. Eso va a ser interesante.

Después del almuerzo pude conocer en persona a Dean Karnazes, ultramaratonista y motivador, quien acuñara una de mis frases favoritas: “Las carreras son 15% entrenamiento, 15% alimentación y 70% cabeza”. Sin saberlo, me perdí la charla técnica en inglés y terminé en la que se daba en griego, por lo que no entendimos absolutamente nada, al menos resolví mi única duda que era en qué lugar de la Acrópolis se largaba.

Ya con todo preparado, los 32 ítems que dejé repartidos en los 75 puestos y una buena cantidad de nervios, solo resta llegar a la meta en horario y correr. Estoy muy agradecido por toda la gente que me permitió estar acá. Espero estar a la altura.

Semana 52: Día 359: Xiérete, Atenas

He arribado a la capital helénica, último destino antes de la Espartatlón. Me espera un fondo de 20 km, el encuentro con mi equipo y la largada en la Acrópolis el próximo viernes.

La partida de Ortona no fue fácil. No tuvimos complicaciones, simplemente no pensé que me iba a conectar así con mi familia y con su pueblo, y de ir con desconfianza pasé a abandonar la casa de mis tíos segundos con ganas de haber pasado más tiempo ahí. Este fue otro regalo que me dio esta aventura, conocer gente maravillosa que me sorprendió con su simpleza, su generosidad y su sentido del humor.

Nos levantamos temprano, desayunamos y Anna María nos preparó una vianda para el viaje. Cuando llegamos a la ciudad de Pescara, donde íbamos a tomar el micro hacia el aeropuerto de Fiumicino, el servicio que habíamos elegido estaba completo. Quedaba otro que arribaba a destino a las 12 del mediodía, según el chofer, y nuestro avión salía 12:35. Imposible llegar. Después se disculpó y dijo que íbamos a estar en Fiumicino a las 11:15, pero nuestra desconfianza se había instalado. Fuimos y vinimos por diferentes micros, rogando que nos dejaran subir, calculando con cuál llegábamos mejor. Rocco era nuestro irreemplazable intérprete de italiano, y sabía cómo imponerse y discutir por nosotros. Finalmente tomamos el de las 11:15 porque no quedó mejor opción.

En el camino aproveché para escuchar unos podcasts que me baje al iPad. Lo puse en ese bolsillo que hay en el asiento delantero del micro, y esa fue la última vez que lo vi. Por supuesto que llegamos a nuestro vuelo con tiempo de sobra, nos dejaron despachar mi equipaje sin cargo (lo cual fue un alivio, pero no terminé de comprobar si entraba en la cabina como yo esperaba), y aunque tuvo un breve retraso, llegamos a Atenas bastante bien. Incluso estuve recorriendo la revista de la aerolínea, haciendo cuentas a ver si me convenía comprarle a mi tableta el teclado bluetooth o el parlante imantado que permite pararlo. Todo esto sin saber que mi iPad seguía en el micro de la empresa Prontobus, y que ahí se quedaría para siempre.

Cuando busqué el aparato para escuchar otro podcast, en pleno vuelo, me di cuenta que nunca lo había guardado. Fue un baldazo de agua fría. Me sentí un tonto, y mis padres intentaron consolarme con la promesa de ayudarme a comprar otro (como todo padre que consiente a sus hijos). No tenía nada de valor ahí, solo lo estaba usando para actualizar Semana 52 y ver el Facebook, además de entretenerme con los podcasts en los viajes largos y para irme a dormir.

Igualmente me di cuenta que no tenía sentido lamentarme por algo reemplazable. Sí, soy un idiota, pero agradezco no haber perdido cosas más importantes como mi pasaporte, el poco dinero que me permitieron cambiar, o mi reloj con GPS. Ya habrá tiempo para comprar un chiche nuevo, tengo cosas más importantes en las que preocuparme.

Lo primero que nos recibió en Atenas fue un calor sofocante. Nada que ver con Roma ni Ortona ni Pescara. Incluso ahora que escribo esto y es de noche, el ambiente está caldeado y solo pienso en una ducha fría. El dato pintoresco fue el personaje que nos tocó de taxista, Antonios. Era muy parlanchín, nos dijo que ni se nos ocurra ir a Mykonos o Santorini porque Grecia tiene “300 islas, 50 son mejores que esas dos”, y me dijo que yo era vegano porque era soltero y no tenía una esposa que me diga “comé esto”. En la conversación, en inglés, salió que yo iba a correr la Espartatlón. Antonios se dio vuelta en un semáforo, sacó su celular y me mostró su fondo de pantalla. “¿Sabes quién es él?”, me dijo. era Giannis Kouros, el eterno campeón de la Espartatlón en sus primeras cuatro ediciones, una verdadera leyenda entre los griegos y entre los ultramaratonistas de todo el mundo. En la foto estaba el magnánimo corredor junto con Antonios y su pequeño hijo.

El taxista era maratonista aficionado, había recibido montones de consejos de Kouros y me los trasladó a mí. Algunos los incorporé, otros los olvidé al instante por impracticables. Me prometió salir a correr mañana conmigo el fondo de 20 km que me toca (o parte de él). No sé si cumplirá su promesa, pero ya la anécdota de que nuestro parlanchín taxista fuera corredor y amigo de Kouros fue más que suficiente.

Lamentablemente en domingo no hay supermercados abiertos en Atenas, ni siquiera las cadenas grandes. Con mi papá recorrimos grandes distancias bajo un implacable sol… ¡que se estaba ocultando! Finalmente dimos con una tienda mediana donde compramos lo que había y lo que entendimos de las etiquetas. Pude haber comprado jamón ahumado creyendo que eran cereales de maíz. Mañana en el desayuno lo confirmaré.

Semana 52: Día 358: Un fondo de 20 km en Italia

Hoy hice mi anteúltimo fondo antes de la gran carrera de mi vida. Fue una ocasión muy especial para mí, porque pude conectarme a través del running con la cuna de mis antepasados.

Correr es una de las mejores formas de conocer un lugar. Lo hice las últimas veces que estuve de viaje, ya sea en Río de Janeiro para la Maratona o el año pasado en Londres, París y Barcelona. Ya tenía programado correr 20 km, dos veces, antes del 26 de septiembre (no puedo creer que falte tan poco), y hoy me tocó hacerlo en Ortona, Italia.

Mi idea era levantarme temprano, pero todavía tengo cruzados los horarios, así que basta decir que salí de la casa de Rocco, primo segundo de mi papá, hacia la costa del pueblo, a un horario en el que en Argentina todos duermen (bueno, excepto los trasnochadores y los que salieron a bailar). Estaba nublado, así que no pude practicar en el calor similar que hará en Grecia. Espero que en mi próximo fondo, el lunes, sí lo pueda experimentar.

Salí con una de las remeras con las que voy a correr, así como las calzas y las zapatillas. Mi idea también era probar toda la ropa que voy a usar. De la casa de Rocco y Anna María hay que bajar unos cuantos metros hasta llegar al nivel del mar. Los sábados por la mañana varios ortonenses eligen este circuito de 2 km para entrenar, así que me sumé a esta movida.

Esta vereda está al costado de una vía, por lo que no hay cruces de calles. Todo termina en la subida de una autopista, que se cruza por debajo, y lleva hasta una larga escollera que desemboca en un pequeño faro colorado.

Mientras hacía este circuito varias veces me imaginaba a los Casanova de antaño, escapándose de los bombardeos durante la Segunda Guerra, y cómo mi bisabuelo había escapado muchos años antes y había echado raíces en Argentina. También pensé en la Espartatlón, en los dolores que voy a sufrir y en cómo los voy a aguantar. No tuve molestias en el metatarso, pero sí me tira un poco en los tobillos, sensación que tengo desde hace varias semanas y que, aunque me alarma, nunca me ha impedido correr.

Si bien lloviznó durante quince segundos y el sol nunca salió, estaba pesado y un poco caluroso. No sé si será el clima que voy a encontrarme en Atenas, pero necesitaba correr y lo disfruté mucho.

Mañana partimos temprano al aeropuerto para volar a Atenas, última parada antes de correr la gran ultramaratón. Todo está en orden en mi vida, y mientras corría pensé que si no llego a destino, no tengo nada de lo que arrepentirme. Eso es lo más parecido a la felicidad que sentí en mi vida.

Semana 51:Día 357: Ciao, Ortona

He llegado a Ortona, en la provincia de Chieti, de donde son originarios los Casanova. O sea que el camino a Esparta me ha traído primero a conocer mis raíces, 
Fue mi idea entrar a Europa a través de Roma, porque no hay viajes directos desde Buenos Aires hasta Atenas, así que podíamos comprar un billete hasta Italia y después un vuelo low cost hasta Grecia. No lo hice pensando en que podíamos conocer a mis parientes lejanos y a la tierra de dónde es oriundo mi apellido. Pero mi papá sí la tiene clara, y observó que Ortona es relativamente cerca de Roma.
Así fue que la aventura europea iba a empezar en este pueblo donde Antonio Casanova vivió hasta sus 25 años y, sin saber leer ni escribir, se casó con su novia e inmediatamente se mudó a la Argentina en los últimos años del siglo XIX. Se estableció en el barrio de San Martín y tuvo 12 hijos, uno de los cuales era Domingo Casanova, mi abuelo. Antonio perdió todo contacto con su familia en Ortona porque a) no sabía escribir y b) no existía Facebook. Es por eso que aquí, en Italia, no tenían ni la más mínima idea de qué había sido su destino, ni que los Casanova habían abierto unas cuantas franquicias en Buenos Aires.
En pleno siglo XX, retomamos el contacto con nuestra rama europea. Mi hermano decidió mandar cartas a todos los Casanova que aparecían listados en Ortona con la historia de nuestra familia, fotos, etc. No tomábamos conciencia de que en este pueblo todos los que llevan nuestro apellido son parientes y que se conocen entre sí. Ellos se paraban por la calle y se preguntaban “¿Te llegó la carta de esos estafadores de Argentina?”. Pero los parecidos físicos eran innegables, así que Rocco, sobrino nieto de Antonio, y su esposa Anna María, respondieron y comenzó el contacto. Yo los conocí en 2006, y recuerdo que Rocco me dijo que no importaba cuándo viajara a Italia, donde sea que estuviese, que le avisara y no iba a tener que pagar por hospedaje.
Esa promesa la mantuvo ocho años después. En los días previos a nuestro viaje, mis padres se contactaron y arreglaron para que nos hospedaran y nos vinieran a buscar a la terminal de Pescara, donde nos iba a dejar el autobús desde el aeropuerto.
Yo les venía pidiendo a mis padres que les avisaran que soy vegano, más que nada porque es un fastidio el tema de la comida (soy un fastidio) y no quería que eso fuera un problema. Pero pasaban los días y no tenía confirmación de que estaba todo arreglado. “¿Hablaste con los Casanova de mi veganismo?”. “Todavía no”, me respondían. Así, varias veces.
En un momento me enojé. Mi mamá me había llamado para que me quedara tranquilo, que Rocco había confirmado que nos venía a buscar y que nos hospedaban. “¿Pero no estaba arreglado eso?”, pregunté. Después agregué: “¿les dijeron que soy vegano?”. La respuesta fue que no querían molestar, después de todo lo que hacían por nosotros. Me vi comiendo mal en el avión y nada en Ortona (llegábamos a la medianoche, imposible improvisar algo).
Como soy insistente, les pedí por favor que les avisaran. Teníamos que considerar que iba a ser una descortesía llegar a la noche, que nos esperen con comida, y yo rechazarla para irme a un rincón a comer un pan solo. En migraciones, en Ezeiza, me enteré de que no estaban al tanto y me volví a enojar con mis padres. La promesa fue que los iban a llamar desde el aeropuerto de Roma.
Catorce horas después llegábamos, hablaron por teléfono y no le dijeron nada a Rocco. Quise tirarme por la ventana del autobús. La excusa fue que no se entendían bien (ellos hablan en italiano, nosotros respondemos en español), y que era muy difícil explicarle a un señor de más de 70 años lo que era el veganismo. Cuando Rocco nos levantó en la terminal le pudimos explicar que yo no comía carne, ni leche, ni fromaggio, ni ovo, y él respondió “¡Ah, es vegano!”. Me quería morir.
Dejando de lado los quesos y embutidos, la dieta mediterránea tiene muchos vegetales. Además la pasta que se consume acá no es al huevo, así que opciones para mi hay muchas. Desde que llegué no dejan de alimentarme, y entendieron enseguida qué cosas como y qué no. Me traje un preparado para hacer milanesas de soja, algo que acá no se consigue, y estoy comiendo eso. Pero las comidas son abundantes. Hoy, por ejemplo, comí fideos de entrada y milanesas de soja y ensalada de segundo plato. Y sandía de postre. Pensé que iba a estallar.
También pude pasear por Ortona y ver toda la historia que tiene. Estuvo ocupada por los nazis hasta fines de 1943, cuando la liberaron los canadienses, verdaderos olvidados de las películas bélicas. La casa en donde nos alojan es una construcción pre medieval (por suerte, restaurada a lo largo de los siglos), y en las calles del pueblo se conjuga lo histórico con lo moderno.
Es muy fuerte estar en el pueblo donde surgió mi apellido, y creo que no caía en el hecho de que este viaje me llevó a conocerlo por primera vez. Es otra de las tantas cosas que me esta regalando esta aventura, camino a la Espartatlón.

Semana 51: Día 356: Un vegano atrapado en un avión

Tomar una decisión consciente de abandonar la proteína animal y privilegiar una alimentación sana y nutritiva no te prepara para el gran desafío de estar atrapado en un pájaro de metal a miles de metros de altura.

Yo ya ni me enojo. Simplemente me resigno ante el desconocimiento de la gente de qué es ser vegano. Muchos me han acusado de que lo mío es un capricho, y no descarto que tengan razón. Pero bueno, las aerolíneas y empresas de transporte de pasajeros habilitan la opción de comida vegana en viajes largos. Eso no quita que todo pueda fallar…
Cuando llamė a Aerolíneas Argentinas les pedí si podía optar por un menú vegano. El telefonista me preguntó “¿vegetariano?”. Le aclaré que no. Me retrucó “¿vegetariano sin lácteos?”. Ahí me gustó más. Le dije “sin huevos también”. No lo dije por él.
El viaje hasta Ezeiza fue muy tenso. A pesar de que teníamos los asientos asignados, mi mamá quería llegar tres horas antes, porque había que despachar valijas y aparentemente eso toma horas. El taxista nos dejó en otra terminal, y eso sumó a la tensión (igual llegamos demasiado temprano para mi gusto). 
Ya fuera de casa y sin supermercados a la vista (ni siquiera te digo dietéticas), comprar comida vegana es una complicación. Como era la tarde y necesitaba una colación, quise buscar en la terminal algo para comer. Pero solo se podía tomar café y quizá pedir facturas o un sándwich. Decidí probar suerte en el freeshop. Qué iluso. Algo tan abundante en la naturaleza como manzanas o fruta no se venden en ningún lado. Sí hay paquetes de cigarrillos, chocolates y alcohol para todos, con precios en dólares. Qué bien que habla eso de nosotros, relajados ante un viaje. Terminé comprando dos barras de quinoa y una botellita de agua por 84 pesos.
En el avión tocaban dos comidas para las doce horas de vuelo. Si ser vegano en un avión tiene algo bueno es que te puede tocar la comida a vos primero. Generalmente pasa eso, se sacan a los raros de encima y después le sirven al resto. A veces uno tiene la mala suerte de que lo dejen al último, o que directamente le den su comida especial a otro pasajero y que él no diga nada (esto me pasó). Esta vez la fortuna estuvo de mi lado, me despertaron para darme mi bandeja (porque yo me duermo antes de que el avión despegue) y todo estaba en orden. Un pancito negro (seguramente no era integral), fideos tirabuzón, zanahorias, brócoli y una manzana verde de postre.
Unas cuantas horas después, cuando pensé que tenían todo en orden, vino el desayuno. También me llegó primero, pero esta vez vino un sándwich de quién sabe qué con manteca, dulce de leche y queso crema. Cero vegano. Le dije a la azafata que había pedido comida vegana y me dijo que eso era vegetariano. Le expliqué que no comía lácteos (amén de que no me estaban dando absolutamente nada sobre qué untar todo eso). Lo tenso de la situación es que como yo era el primero, mientras me resolvían mi problema, nadie en el avión estaba pudiendo desayunar. 
Me ofrecieron yogurt light como reemplazo, y le dije que eso también era lácteo. La azafata me decía que no tenían nada más que eso y amagaba con dejarme la bandeja sobre mis piernas. Le pedí, siempre con amabilidad, que no me la dejara porque no la iba a comer. Me preguntó qué podía comer y le dije fruta. “¡Ah, fruta!”. Me trajo dos manzanas. Supuse que no me iba a llenar y le pedí un poco de pan. Se sorprendió de que pudiera comer eso.
Entiendo que no se sepa qué es ser vegano, y estoy tan acostumbrado a estas situaciones que ya no me enojo. Pero será un largo camino a recorrer hasta que no tenga que explicar cuáles son los alimentos que no tienen leche ni huevo. Y si no fuera vegano, no tendría tanto para contar de mis viajes…

Semana 51: Día 355: Adiós, Buenos Aires

Abandono mi país con trabajos por la mitad, amigos y familia a quienes extrañar y un sueño por delante que merece ser cumplido.

Ningún viaje es ajeno al estrés y el cansancio. Aunque lo intente, siempre se resume en eso. De hecho, termino ansiando llegar al avión solo para dormir y estar obligadamente desconectado de internet y el teléfono por un día entero.

Hubo no uno, ni dos, sino tres libros que debía terminar antes de irme y que no pude. Pero hice mi mejor esfuerzo y creo que todos lo saben. Decidí priorizar otra cosa y la mañana en que vuelo me puse a hacer la valija y fijarme qué cosas me faltaban. Utilicé mi experiencia y esta vez me aseguré de que no dejaba basura sin sacar,  ni alimentos perecederos en la heladera.

Cuando hice mi valija intenté repasar mentalmente todas las listas que había armado en mi cabeza los días previos. El protector labial, por el sol. Toda la ropa que me dio Puma. Regalos que quiero llevar. El pasaporte. Cosas así. En el último día me empezó a dar tos. Sin mocos, ni fiebre, ni dolor de garganta o de pecho. Pero tos.

Creo que no me olvido de nada, pero me daré cuenta cuando lo necesite. Compré un adaptador universal para enchufar todos mis aparatos, vaselina sólida para la carrera, Qura por si me enfermo (mi pánico actual) y no se me ocurre nada más. Solo verme con mis padres y partir rumbo a lo desconocido (bueno, exagero, rumbo al aeropuerto).

Semana 51: Día 354: Cómo seguir la Espartatlón en vivo

Me está dando la impresión de que esta ultramaratón pone más nerviosa a la gente que me rodea que a mí mismo. Para ellos les quiero dejar un instructivo de cómo seguir el desarrollo de esta carrera.

Es muy seguro que vamos a estar tuiteando constantemente con el hashtag #PumaEnEsparta. Depende que resolvamos cuestiones técnicas (el roaming sale una fortuna y media), pero la intención es que las actualizaciones de la Espartatlón sean en vivo, tanto en la previa como durante las 36 horas que dure. También lo posterior, como para que sepan qué se siente correr 246 km (por ejemplo, averiguar si uno puede seguir de pie después de eso).

Pero más allá de las redes sociales, que creo que las vamos a hacer de goma, la organización tiene una página web bastante aceitada en la que se puede seguir a todos los corredores. La dirección es http://www.spartathlon.gr.

Una vez que uno ingresa, a menos que sea un especialista en lengua griega, debería pasar los textos a inglés a través de un simple click en una bandera británica. Además de toda la información muy interesante, está la sección “Live Data“, que es la que nos interesa.

Hasta que no comience la carrera no vamos a poder ver los datos, pero ahí se puede seguir a los corredores por su número de dorsal. El mío es el 183. Se puede consultar el desarrollo por corredor o por puesto (son 74 más el de la meta). El horario de inicio de la carrera es a las 7 de la mañana del viernes 26, hora local. La diferencia horaria es de seis horas, así que para mis familiares y amigos en Buenos Aires, la aventura comienza a la 1, en plena medianoche. La llegada límite es a las 19, hora local, o las 13 en Argentina.

En nueve puestos la información del chip es en vivo. Esto corresponde al inicio, el 4º (km 19,5), el 11º (km 42,2, que es el primero en el que me permiten recibir asistencia de mi equipo), el 22º (km 80), el 35º (km 123,3), el 47º (km 159,5, en la base de la montaña, que da comienzo a la parte más dura de toda la carrera), el 52º (km 171,5, y llegar hasta aquí, Nestani, me preclasifica para volver a correr la Espartatlón los próximos 3 años), el 60º (km 195,3), el 69º (km 226,7) y el 75º (km 246,8, la meta).

El resto de los puestos se actualiza a mano, y desconozco si se podrán ver en tiempo real. Pero con estos indicios ya se puede seguir en vivo esta carrera gloriosa. Ojalá llegue.

Semana 51: Día 353: En las profundidades de mi subconsciente

Ayer tuve una sesión en mi asesoramiento terapéutico dedicada a la relajación previa al viaje a Grecia. Hicimos un trabajo de armonización, en el que dejé fluir mi subconsciente y vi imágenes muy reveladoras.

Si me tuviese que poner una camiseta, sería la de los escépticos. El tema de las Flores de Bach, los chakras, el aura, son cosas en las que nunca creí. Siempre me consideré un hombre de ciencia. Con fe, pero del lado del conocimiento empírico.

Por eso, cuando empecé mis sesiones de asesoramiento terapéutico (que no es psicoanálisis), fui con paso cauteloso. Quería resultados diferentes, así que quise hacer algo diferente. Entonces le di una oportunidad. Hasta ahora he tenido resultados increíbles, y no dudo en que mi década de análisis me ayuda muchísimo a resolver conflictos más rápido.

Entre estas actividades que normalmente nunca hubiese hecho está la armonización, que lo pueden googlear porque de eso no sé nada. Por lo que lo hice es que es un momento de relajación, en donde cierro los ojos, me relajo, y dejo que los mantras que suenan en los parlantes me vayan disparando cosas. Hay que respirar por la nariz, hinchando el estómago y no el pecho, y dejar que la terapeuta haga lo suyo.

No hay una guía o indicación de en qué hay que pensar en esos momentos, pero sí alejar cualquiera de los malos pensamientos que se pudieran presentar. No reprimirlos, porque ignorarlos es fijarlos, sino decirles “después estoy con vos”. Esos mantras y mi predisposición a relajarme me permitieron ahondar en mí mismo. Sin quererlo armé una película que refleja este instante de mi vida, mis deseos, mis miedos, todo junto. Cualquiera diría que le saqué el jugo a esa sesión.

La imagen de mi momento feliz es al aire libre, con mucho sol, muy iluminado. En la armonización anterior me imaginé corriendo en descampados infinitos, sin sentir cansancio ni dolor. En esta ocasión me vi como un guerrero espartano, bajo la guía de Germán, mi entrenador. Él me llevaba hasta la costa, frente al mar, ante un vasto océano azul.

Cuando me metía al agua, lo hacía solo. Creo que es una imagen muy concreta y significativa que Germán me llevara hasta la orilla y no se metiera conmigo. Es lo que hace un buen líder, mostrarte el camino para que después lo recorras solo. Ese mar era azul oscuro, inmenso y pacífico. Yo nadaba con mucha facilidad y me sentía a gusto, pero por debajo todo se oscurecía. Lo que estaba oculto me inquietaba. Ahí no llegaba el calor del sol ni su luz, y esa inmensidad que me traía paz, cuando era oscuridad me daba miedo. Decidí que lo mejor que podía hacer era enfrentarlo, así que me zambullí y nadé hacia abajo.

La imagen que vi cuando llegué al fondo fue muy extraña. Me encontré conmigo mismo, encadenado al lecho del mar, rogándome escapar. Enfrentar a los miedos es también quitarles poder, así que ya no me inquietaba tanto nadar ahí. Supongo que el modo de liberarme es ese, no dejar que las inseguridades me dominen, no reprimirme.

En la siguiente escena estaba flotando, de nuevo bañado por los rayos del sol. Estaba en compañía de una mujer sin identificar (llamémosla “X”), lo cual podríamos interpretarlo como un momento de paz y equilibrio. Lentamente aparecía mi familia, también flotando a mi lado en colchones inflables, en una instantánea de una despreocupada vacación familiar.

¿De dónde salen todas estas imágenes? Nadie me decía qué tenía que pensar, simplemente se iban apareciendo. Cuando terminamos la armonización, que me dejó muy relajado (tanto que me sentía muy pesado y me costó levantarme), analizamos con la coach todas esas escenas que transcurrían alrededor de un mar que bien podría ser el Egeo.

Fue una buena sesión pre-Espartatlón. Sé que en lo que me embarco es vasto e inabarcable como un océano, que llegué ahí con una guía, que me meto solo y todo depende de mí, que en ese enfrentarme a lo desconocido, a mis miedos, voy a encontrarme conmigo mismo, que después de todo esto voy a encontrar un equilibrio, y que aunque uno tenga que enfrentar los conflictos solo, a la larga nunca estamos solos.

Semana 51: Día 352: Por qué odio volar

Se acerca el esperado viaje a Atenas para correr la ultramaratón más gloriosa del mundo. Y este viaje no viene ajeno a estrés y unas ganas terribles de que todo esto pase pronto.

En una primera impresión uno podría creer que le tengo miedo a volar. Nada más alejado de eso. Soy de los que se creen invencibles y que sobreviviría aferrado a una pelota Wilson a cualquier desastre aéreo. Probablemente no pase eso y mis restos desaparezcan en el fondo del mar, pero realmente nada de esto me preocupa. Los aviones no me resultan particularmente cómodos para dormir, aunque pienso hacerlo desde que salgamos de Ezeiza hasta que aterricemos en Fiumicino. De hecho disfruto mucho de ese tiempo para ver una película, leer o descansar de los preparativos previos al viaje. Y es eso lo que me desarticula: toda la previa.

Mi estrés viene particularmente de adelantar trabajo para los días que no esté. Cuando uno es autónomo, nadie hace tu trabajo en tu ausencia. Uno no es el engranaje de una máquina que anda sola, sino que es el técnico que solo puede repararla cuando deja de funcionar (y se rompe a cada rato). Así que todo lo que pude lo tercericé, y lo que no intenté adelantarlo. ¿Alguna vez les pasó que hicieron un backup de un terabyte con todo el trabajo de una editorial, y cuatro días antes de viajar se rompe el disco externo y es imposible que la máquina lo reconozca? Me acaba de pasar. ¿Qué hago ante una situación como esta? Llorar.

Todo ese ajetreo del trabajo me quita horas de sueño, aunque este año hice malabares para que no me quitara horas de entrenamiento. Todavía no sé cómo lo logré. Probablemente a costa de tener que dejar algunos asuntos pendientes, o de tercerizar trabajos con amigos. Esto, obviamente, también me impide armar la valija a tiempo. De hecho, no tengo valija. Nunca tuve, todavía no me han prestado, y mañana, lunes a la noche, 48 horas antes de salir, voy a ir a buscar una que me presta mi prima. Recién el martes podría empezar a guardar mis cosas… si es que me da el tiempo. No es que me angustie demasiado hacer las cosas a último momento, pero vivo con la sensación de que me voy a terminar olvidando de algo.

A esta altura no tengo idea de cómo voy a ir a Ezeiza, pero supongo que mis padres lo tienen resuelto. Quiero llevarme cosas veganas para el viaje, como harina de garbanzos, harina de maíz, maca, levadura… y voy fantaseando que voy a terminar preso como en Expreso de Medianoche porque van a confundir eso con sustancias ilegales. Y este es mi gran trauma: aduana y migraciones. Rara vez tuve algún problema, pero en cada viaje tengo la sensación de que me van a impedir volar. Viajando a una convención de cómics en Montevideo me impidieron viajar en el barco por no haber declarado la mercadería que llevaba (cómics de mi editorial), y volando de Londres a Madrid para enganchar mi vuelo a Buenos Aires, una arpía de Easy Jet no me dejó volar porque no tenía mi boleto de regreso a casa. O sea, ¿qué le importaba? De todo el vuelo fui al único que le pidió este requisito, supongo que por tener pasaporte argentino. Y cuando quería tomar este vuelo no estaba tan paranoico…

En definitiva, hasta no pisar territorio europeo, sepan que la voy a estar pasando muy mal. Y si en el avión se confunden con mi comida especial vegana y se la dan a otro pasajero (como me ha pasado), además de estresado voy a estar de mal humor.

Así que empezaré a disfrutar de este viaje cuando esté del otro lado, haya pasado migraciones, y finalmente sea otro turista más, y no un deportado en potencia…

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