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Semana 7: Día 49: El mejor momento de tu vida

Hay gente que se obsesiona con el pasado. Todos cometemos errores, es casi el requisito para aprender. Algunos pueden ver más allá de eso, incorporar alguna lección, y seguir con su vida. Otros experimentan una cosa espantosa llamada resentimiento, y se aferran a lo que pasó. Invitan al rencor a vivir adentro de su cabeza.
Los norteamericanos tienen un muy buen dicho que dice que el pasto del vecino siempre es más verde. Esta afirmación sobre la perspectiva equivocada de cada uno se puede extrapolar a esa mitificación que se tiene del pasado, y podríamos decir que en nuestros recuerdos el pasto siempre fue más verde. Los programas de televisión eran mejores, los jóvenes no eran tan ridículos. Comparen lo que sea, al parecer el paso del tiempo hace que cualquier cosa mejore exponencialmente.
Cierta vez hablaba con un hombre que me doblaba la edad. Estábamos discutiendo sobre la escuela secundaria y me dijo que esa había sido la mejor época de su vida. Tenía un brillo en los ojos especial, como si fuese algo hermoso que ya pasó. Seguramente no era la intención de esta persona, pero su afirmación me dio una mezcla de pena y espanto. La adolescencia es una etapa a la que es imposible volver. No se puede. Vamos cambiando, no somos los mismos, y seguramente eso es lo que se añora: algo inalcanzable.
También hay gente que se obsesiona con el futuro. Todo es una promesa de que las cosas van a mejorar, de que la salvación está en la espera. Es típico de la ansiedad infantil, el esperar a que lleguen las 12 para abrir los regalos. Algunos dejan esto en la niñez, otros lo acarrean toda la vida.
De chico soñaba con el futuro. El año 2000 era algo mágico, me preguntaba cómo iba a ser. Según mis cuentas, cuando llegara yo iba a tener 23 años, que en ese momento me parecía un montón. Iba a ser un adulto. ¿Y cómo iba a llegar a eso? ¿Iba a ser como en “Quisiera ser grande”, que un día te despertás y te encontrás que estás en el cuerpo de un adulto? Quizá vivir en el mañana me resulte un poco más optimista que en el ayer.
Nada de lo que escribo es en tono peyorativo, simplemente que algunos tienen su cabeza en el pasado y otros en el mañana. Así como están los que tenían un pasto más verde en tiempos pasados, también existen los que creen que lo tendrán a futuro. A ambos los une el inconformismo con su jardín actual. Tampoco creo que seamos una cosa o la otra. Me puse de ejemplo porque en distintas etapas de mi vida sentí que todo tiempo pasado era mejor. Vivía de viejas glorias y me atormentaban viejos fracasos.
Pero también me enfrasqué en planificar, en la ansiedad y la promesa del cambio. Fueron dos etapas parecidas y a la vez opuestas. Quizá el gran punto en común que tienen es que ambas actitudes me impedían disfrutar del presente. Yo no podría decir exactamente cuándo hice el click. Empecé a correr ansiando tener nuevamente el físico delgado de mis años de juventud. No pasó, pero me había convencido de que mi mejor yo se encontraba en el pasado. Después me hice la idea de que para ser feliz tenía que realizarme laboralmente y tener una familia. Casarme y tener hijos se convirtió en la promesa de que mi vida iba a tener sentido. Y en todos los casos me olvidaba de vivir el hoy.
No encontré la felicidad, pero hoy siento que soy mi mejor versión. No añoro lo que pasó, de hecho no pienso demasiado en el pasado. No reniego de dónde vengo, pero tampoco tengo una fijación con eso. Tampoco creo que lo mejor está por venir. En algún momento del camino empecé a disfrutar del presente. Me tranquiliza mucho pensar en esto, y no en que mi adolescencia fue el momento más feliz de mi vida. Mi momento es ahora, todo está en orden, me siento en control de mi vida, y seguro que correr y hacer un cambio en mi rutina me ayudó a hacer un cambio de actitud. Sigo teniendo problemas, hay días en que las cosas no me cierran, y añoro el pasado o sueño con el futuro. Pero solo un ratito. Es muy probable que si me cruzan por la calle me estén viendo en el mejor momento de mi vida.

Semana 5: Día 31: El don del tiempo

Hoy tuve mi momento narcisista en el vestuario del gimnasio, que es cuando paso delante del espejo y me miro el físico: lo suficiente como para captar detalles, pero lo bastante rápido para que nadie se dé cuenta.
Me trasladé no mucho tiempo atrás, sino cuando retomé hace tres meses. Noté una diferencia respecto a aquel entonces y es que ahora se me marcan las abdominales sin que las esté trabando. Es un objetivo cumplido para mí y me pone contento, por más que la humildad me haga disimularlo.
Y me puse a pensar que tres meses es poco tiempo. Pasó relativamente rápido, y quizá ayudó haber ido al gimnasio con mucha frecuencia para tener esta sensación. A algunos 90 días les puede parecer mucho… y quizá lo sea. Pero se consigue mucho con un único secreto (ahí viene, y gratis): la paciencia.
Todos tenemos el don del tiempo. Pero pocos somos pacientes para planificar y esperar. Ahora, en primavera, las plazas y el gimnasio se llenan de gente, a quienes el almanaque les mete presión. Ok, una gran cantidad se acordó ahora de que se viene el verano, pero, ¿por qué no planificar hoy tener el cuerpo deseado para 2014/2015? Un año (o… ejem… 52 semanas) es muchísimo tiempo, pero es razonable para buscar resultados duraderos. Los cambios inmediatos no existen. No hay dietas mágicas, ni suplementos, ni ese “secreto” para tener un físico escultural que nos quieren vender en la Internet.
¿Por qué buscar todo para mañana? Tenemos el don del tiempo. Usémoslo y en unos meses (o en 52 semanas) todo eso que hayamos logrado dejará de ser un cambio instantáneo y pasará a ser parte permanente nuestra.

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