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3899,24 km en un año

Ha llegado el final de Semana 52. No solo logré todos los objetivos que me había propuesto al comenzar, sino que fui superándolos y encontrando nuevos. Este es mi modo de darle un cierre a este proyecto, lo que no significa que no esté comenzando uno nuevo.

En estas 52 semanas corrí 3900 kilómetros. ¿Es mucho? ¿Poco? Saquen sus propias conclusiones. El primer año en que hice esto, 2011-2012, fueron 2272,09 km. El período 2012-2013 fueron 2598,59 km. En esta última temporada de Semana 52 sumé 1300 km a todo el año. Pero comparado con los entrenamientos que hicieron otros espartatletas, cualquiera podría considerar que me quedé corto. Si lo que valen son los resultados, llegué a la meta y eso es lo único que para mí cuenta.

Durante Septiembre, mes en que corrí el Spartathlon, sumé 415,33 km (por supuesto, más de la mitad fue esta ultramaratón). Al terminarla dije que no volvería a correrla. Hoy escribo esto 4 semanas después, y ya no estoy tan seguro. No siento que tenga una cuenta pendiente, pero hay algo que se abre paso desde el fondo de mi cabeza, una pregunta que dice… “¿Y si intentamos hacerla sin lesionarnos?”. Además dicen que las chances de finalizar el Spartathlon disminuyen cuando uno busca un segundo triunfo. La confianza de haber llegado suele jugar en contra. Pero bueno, estoy tranquilo, sin ansiedad. Esta carrera me dejó hecho una seda.

Me pareció importante escribir esta entrada para darle un broche final a Semana 52. Me emociona releer el primer post y recordar que mi meta máxima en julio de 2010 era llegar a correr 80 km. Me parecía una salvajada. En el Spartathlon llegué a esta distancia y empecé a sentir dolor. Entonces apreté los dientes y corrí 160 km más. En aquel entonces, mientras empezaba entusiasmado y con una actitud positiva desconocida en mí, jamás se me hubiese pasado por la cabeza correr esa distancia. Tampoco hubiese creído que me iba a volver vegano, y mucho menos que iba a aceptar la promesa de no afeitarme durante dos meses después de terminar este sueño (ya voy un mes y no la soporto, por más que me quieren convencer de que me queda bien).

¿Cómo sigue mi vida? Como saben mis más allegados (y adelanté bastante en la entrada en que hacía mi reseña de la carrera), sufrí un desgarro con inflamación que me dejó usando muletas durante casi tres semanas. No pisar con el pie derecho hizo que, al momento de empezar a caminar, me doliera tanto la planta del pie como la lesión, por la falta de costumbre. La recuperación fue lenta pero constante. Al principio lo único que me calmaba era mantener el pie elevado (y los analgésicos, que en Buenos Aires me suspendieron). Ir al baño, o sea poner el pie hacia abajo, era una tortura, porque la sangre bajaba al tibial y al tobillo y el dolor era espantoso. Así que me aguanté bastante esos días.

Caminar, las primeras dos semanas, estaba fuera de discusión. Todo era muletas, de acá para allá. Pero me las arreglé, hice caso, me puse hielo, y de a poco empecé a recuperar la movilidad del pie. Los dedos dejaron de estar adormecidos, y ya no me dolía al tacto. Empecé a levantarme, a pisar, a doblar a la altura del tobillo, y la hinchazón fue bajando. Ayer, sábado, exactamente 4 semanas después de haber terminado la carrera más gloriosa de mi vida, pude correr por primera vez. Fueron 5 minutos. Me sentí poco ágil, con una sensación de acortamiento en el tibial. Pero ahí estaba trotando, después de gritar de dolor por intentar pararme, luego de haber hecho los últimos puestos de asistencia llorando. Fue una sensación maravillosa.

De a poco estoy volviendo, sin que se me pasen todavía por la cabeza compromisos que quiero hacer ya. Me imagino que correré la San Silvestre, porque es una linda tradición. Seguramente haga la Demolition Race de Pinamar, en Diciembre, porque vamos a ir todos los Puma Runners. Pero qué haré en 2015 es un misterio para mí, y me gusta así.

Mi prioridad, desde que regresé de Atenas, fue recuperarme, y estoy a 7 sesiones de kinesiología de lograrlo. En el centro donde me estoy atendiendo me sugirieron empezar a correr de a poco, y los traumatólogos que me atienden se sorprendieron de lo rápido que desapareció la hinchazón y cómo está regresando mi movilidad. Insisto, todo esto es un pequeño precio por haber cumplido el sueño de mi vida, uno que empezó hace tres años.

Alguno hará una observación interesante. Hoy no tengo un sueño de vida. Y para tranquilidad de todos, digo que está bien. Tampoco lo tenía antes de empezar a correr. Creo que mucha gente no lo tiene, o lo que es peor, lo tiene y no hace nada para conseguirlo. Yo aprendí que no importa lo imposible que parezca ese sueño, está en uno salir a buscarlo. Si lo logramos o no podría no ser lo más importante, porque lo que vale es lo que uno incorpora en el camino a conseguirlo. Me animo a decir que salí muy cambiado de todo esto. Estoy relajado, tomándome las cosas con mucha calma, y sobre todo muy feliz conmigo mismo.

Ya llegará, eventualmente, un nuevo sueño. Lamentablemente no habrá blog donde comentarlo, porque de momento Semana 52 es parte de un sueño cumplido, y siento que debería dejarlo atrás y ver qué otras cosas puedo hacer. Voy a seguir teniendo mi twitter, @Semana52.

Nunca imaginé escribir como algo que pudiera despertar emociones en otras personas. Siempre lo tomé como una forma de comprometerme, de estar obligado a mantener la constancia porque iba a tener la mirada de alguien puesta sobre mí. Es algo que todavía me asombra, y es una de las tantas cosas que descubrí haciendo esto. Si inspiré a alguien, fue sin querer, y por eso estoy muy agradecido. Ojalá mi Spartathlon, y estos cuatro años de blog, sean la prueba de que todos somos capaces de lograr lo que soñamos.

Semana 27: Día 187: Técnicas para no dormirme

Descansar, para lo que es mi entrenamiento de fondo, es algo tan crucial como hacer actividad física y comer sano. Sin embargo, es lo que más descuido. Este año me propuse modificarlo y que pase a tener tanta importancia como el resto. Pero esta etapa de transición todavía me resulta difícil.

Los diseñadores gráficos, sobre todos los freelance, solemos hacer sesiones maratónicas, recuperando tiempo perdido, aunque no lo hayamos perdido nosotros. No pasa solamente con los autónomos. Recuerdo trabajar en un estudio de comunicación y que tuviese que ir un sábado para llegar con un cierre, o quedarme hasta las 8 de la noche cuando el horario era hasta las 6. En una editorial, para cumplir con las entregas de unos manuales escolares, trabajé muchos días seguidos hasta las 11 de la noche, con la promesa de que me pagarían un extra que jamás lo hicieron (AZ Editora, hablo de vos).

En este contexto de tantas horas frente a la máquina, entrenar fondos largos parece un oxímoron. Pero se puede. El problema se da con el sacrificio del sueño. Yo funciono mejor de madrugada, por lo que siempre preferí acostarme cuando tenía mucho sueño y levantarme muy temprano, antes del amanecer. Pero también se dan situaciones donde sigo derecho, como me pasó el martes, que para terminar un libro que venía con dos semanas de atraso, me senté a las 8 de la mañana en la compu y me levanté a las 9… del día siguiente.

No sé si es comparable el esfuerzo de estar trabajando 25 horas que el de estar corriendo. Calculo que si estuviese haciendo actividad física, ni notaría el sueño. Pero estar sentado, con el mundo exterior en silencio, no me sube los niveles de adrenalina (todo lo contrario). He intentado muchas cosas, como poner música electrónica al palo, tener las luces prendidas, parar de tanto en tanto para jugar a un jueguito en el iPad, hacerme un té… También es importante comer, porque el organismo sigue trabajando, y es preferible que reciba alimento cada tres horas a hacer un ayuno despierto.

Anoche intenté muchas cosas nuevas para no caer redondo. Por ejemplo, levantarme de la silla cada tanto, hacer algo (cualquier cosa) y volver. También opté por arrodillarme frente al teclado, ya cerca de terminar. Es una de las posiciones más incómodas del mundo para trabajar, pero también lo es para dormirse. Lo peor es que cuando había terminado, con todos los PDFs en baja enviados para su aprobación, me acosté finalmente en la cama y no me podía dormir… Suele pasar.

Siendo una persona que se desnuca en una silla cuando tiene sueño, que se ha quedado dormido en los lugares más insólitos, a quien sus parejas han sabido odiar con todo su ser por desmayarse en reuniones familiares y con amigos, me intriga muchísimo eso de correr mientras debería estar durmiendo. A veces pienso que tengo que salir a entrenar algún día a la medianoche, como para ver qué me pasa. En una semana estaré viajando para San Martín de los Andes a correr la Patagonia Run. El micro que nos lleva a la largada sale a las 22:30 hs. Largamos a las 00 hs del sábado y tenemos hasta las 22:30 para cruzar la meta. No va a ser lo mismo, pero bien podría ser una experiencia similar a reemplazar el sueño por la vigilia. De lo que estoy seguro es que corriendo en la montaña no me va a dar sueño. No voy a necesitar ponerme de rodillas en el suelo o poner música electrónica al palo para no dormirme (eso creo).

Semana 12: Día 84: Soñar con zombis

Ayer a la noche estaba realmente dispuesto a actualizar el blog. ¿Sobre qué escribir? Quién sabe, algo iba a surgir.
Pero me tiré cinco minutos en la cama. Para descansar la vista. Y me quedé dormidísimo.
Entregado a los brazos de Morfeo, soñé…
Estaba en un mundo infestado de zombis. No los veía, pero la amenaza estaba ahí, latente. Uhía en una camioneta por el campo, iluminado solo por los faroles. Hacía frío, la idea era no frenar por nada. Los haces de luz se marcaban por la niebla.
Me vi obligado a bajar y caminar. Un grupo de vecinos encapuchados montaban guardia. ¿Me tomarían por un muerto vivo? Vestían túnicas que les tapaban todo el cuerpo, con su cabeza gacha, escondida. Alguno rompía esa escena monótona iluminando su rostro con el chat del teléfono.
Logré que me dejen ingresar con ellos. Estaban en un shopping mall, y adentro habían armado como una pequeña ciudad, donde todos convivían normalmente. Me tocó compartir un colchón matrimonial en el piso con otro hombre. No había problema, el otro joven, francés, se tiró en un extremo y cerró los ojos. Quedé en boxers y me tiré. Entonces el joven se acercó y empezó a abrazarme, con sus ojos cerrados, como si fuese un sonámbulo. Le quité las manos pero seguía tanteándome. Me destapé, furioso, y lo insulté. Me fui a otro colchón, en una habitación contigua, solo. Tenía un televisor LCD gigante, e hice un poco de zapping hasta quedar dormido.
Desperté al día siguiente y fui al patio de comidas donde un gran tumulto de gente comía. Necesitaba ropa, tenía solo la prenda que llevaba puesta y estaba ya sucia. Mi entrenador, Germán, se acercó y me ofreció los pantalones que llevaba puestos. Le dije que no hacía falta y me respondió que no había problema. Simplemente tenía que elegir una tienda cualquiera, romper la vidriera y llevarme lo que quisiera. Me apenó estar llegando a esa situación.
Por supuesto que no había comida vegana ni vegetariana. Fui a la cocina y todo el alimento estaba protegido en una caja fuerte, cuya puerta la custodiaba una persona… que solo hablaba en francés. Quise hacerme entender, solo quería buscar unas milanesas de soja para mí… pero no me entendía, y me obligaba a retroceder. Obviamente apareció el muchacho francés que había intentado avanzar conmigo la noche anterior y se puso a hablar fluidamente con el guardia de la comida. Me di cuenta que no iba a tener otra opción más que hacerme el que no había pasado nada… o no iba a poder alimentarme.
Salí al patio, donde había una pileta vacía y algunas construcciones de material sobre las que era fácil caminar y trepar a las paredes. De hecho, los muros no eran demasiado altos ni parecían muy resistentes… ¿soportarían un embate zombi? Claramente no, más si sufríamos una horda… esa situación me angustiaba mucho, estábamos comiendo y repartiéndonos la ropa de las tiendas, sin saber que nuestra seguridad pendía de un hilo. Unas hienas cachorras que merodeaban el patio intentaron entrar a la cocina, y me tocó a mí retenerlas. Las levanté en mis brazos, mientras alguien me recomendaba darles un caracol para distraerlas, como si se tratase de darles un caramelo. Yo tenía pánico que me arrancaran un trozo de la cara. Las retuve todo lo que pude, preocupado porque no entren ni que me devoren.
Y me desperté. Eran las 4 de la mañana, demasiado tarde para actualizar el blog.
¿Por qué soñé con zombis? Me da la impresión de que no es la primera vez. Para colmo ni siquiera veía a estas criaturas, eran como una amenaza latente. No estaban, pero estaban.
Si me permiten un análisis barato, me resuenan a los saqueos que se hicieron costumbre a fin de año, y a esa paranoia en la que vivimos. El pánico por aquello que no se ve. Pero siempre en ese contexto de los muertos vivos, donde las reglas de la sociedad empiezan a desmoronarse. Lo que me pasaba por la cabeza mientras veía esa bóveda que guardaba todo el alimento, era que eventualmente se iba a acabar… ¡era un tesoro finito!
Supongo que se le pueden dar 80 vueltas más al sueño. La pregunta es… ¿debería volver a terapia?

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