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Semana 52: Día 363: La acreditación en la Espartatlón

Con el ansiado día de la ultramaratón tan cerca, llegó el turno del papelerío. Ya no queda nada.

Hoy alquilamos el auto que será la base de operaciones del equipo de asistencia. Mis papás vinieron al departamento donde me estoy quedando con los chicos (después de haberlos abandonado a ellos) y preparé todo lo que necesitaba: certificado médico, pasaporte y algo de dinero por las dudas.

Antes de salir me hicieron un regalo maravilloso. Yo no sabía nada, pero conectaron la notebook al LCD gigante que hay en el depto y le dieron play a un video que me hicieron los Puma Runners, cantando “Grecia, decime qué se siente”, lo cual no solo hizo que el insoportable tema del Mundial tuviese relevancia para mí, sino que me llenó de emoción. Fue tan emocionante ver esa muestra de afecto de los chicos que me dejaron mudo. El día empezó de la mejor manera.

Con el auto, de 9 plazas, tuvimos montones de problemas, como por ejemplo que las puertas no trababan. Pero no los voy a aburrir con esos detalles. Llegamos a tiempo a la acreditación, completé todos los trámites y hasta me sacaron sangre y me pesaron para un estudio independiente que compara mi estado antes y después de la carrera. Eso va a ser interesante.

Después del almuerzo pude conocer en persona a Dean Karnazes, ultramaratonista y motivador, quien acuñara una de mis frases favoritas: “Las carreras son 15% entrenamiento, 15% alimentación y 70% cabeza”. Sin saberlo, me perdí la charla técnica en inglés y terminé en la que se daba en griego, por lo que no entendimos absolutamente nada, al menos resolví mi única duda que era en qué lugar de la Acrópolis se largaba.

Ya con todo preparado, los 32 ítems que dejé repartidos en los 75 puestos y una buena cantidad de nervios, solo resta llegar a la meta en horario y correr. Estoy muy agradecido por toda la gente que me permitió estar acá. Espero estar a la altura.

Semana 52: Día 358: Un fondo de 20 km en Italia

Hoy hice mi anteúltimo fondo antes de la gran carrera de mi vida. Fue una ocasión muy especial para mí, porque pude conectarme a través del running con la cuna de mis antepasados.

Correr es una de las mejores formas de conocer un lugar. Lo hice las últimas veces que estuve de viaje, ya sea en Río de Janeiro para la Maratona o el año pasado en Londres, París y Barcelona. Ya tenía programado correr 20 km, dos veces, antes del 26 de septiembre (no puedo creer que falte tan poco), y hoy me tocó hacerlo en Ortona, Italia.

Mi idea era levantarme temprano, pero todavía tengo cruzados los horarios, así que basta decir que salí de la casa de Rocco, primo segundo de mi papá, hacia la costa del pueblo, a un horario en el que en Argentina todos duermen (bueno, excepto los trasnochadores y los que salieron a bailar). Estaba nublado, así que no pude practicar en el calor similar que hará en Grecia. Espero que en mi próximo fondo, el lunes, sí lo pueda experimentar.

Salí con una de las remeras con las que voy a correr, así como las calzas y las zapatillas. Mi idea también era probar toda la ropa que voy a usar. De la casa de Rocco y Anna María hay que bajar unos cuantos metros hasta llegar al nivel del mar. Los sábados por la mañana varios ortonenses eligen este circuito de 2 km para entrenar, así que me sumé a esta movida.

Esta vereda está al costado de una vía, por lo que no hay cruces de calles. Todo termina en la subida de una autopista, que se cruza por debajo, y lleva hasta una larga escollera que desemboca en un pequeño faro colorado.

Mientras hacía este circuito varias veces me imaginaba a los Casanova de antaño, escapándose de los bombardeos durante la Segunda Guerra, y cómo mi bisabuelo había escapado muchos años antes y había echado raíces en Argentina. También pensé en la Espartatlón, en los dolores que voy a sufrir y en cómo los voy a aguantar. No tuve molestias en el metatarso, pero sí me tira un poco en los tobillos, sensación que tengo desde hace varias semanas y que, aunque me alarma, nunca me ha impedido correr.

Si bien lloviznó durante quince segundos y el sol nunca salió, estaba pesado y un poco caluroso. No sé si será el clima que voy a encontrarme en Atenas, pero necesitaba correr y lo disfruté mucho.

Mañana partimos temprano al aeropuerto para volar a Atenas, última parada antes de correr la gran ultramaratón. Todo está en orden en mi vida, y mientras corría pensé que si no llego a destino, no tengo nada de lo que arrepentirme. Eso es lo más parecido a la felicidad que sentí en mi vida.

Semana 51:Día 357: Ciao, Ortona

He llegado a Ortona, en la provincia de Chieti, de donde son originarios los Casanova. O sea que el camino a Esparta me ha traído primero a conocer mis raíces, 
Fue mi idea entrar a Europa a través de Roma, porque no hay viajes directos desde Buenos Aires hasta Atenas, así que podíamos comprar un billete hasta Italia y después un vuelo low cost hasta Grecia. No lo hice pensando en que podíamos conocer a mis parientes lejanos y a la tierra de dónde es oriundo mi apellido. Pero mi papá sí la tiene clara, y observó que Ortona es relativamente cerca de Roma.
Así fue que la aventura europea iba a empezar en este pueblo donde Antonio Casanova vivió hasta sus 25 años y, sin saber leer ni escribir, se casó con su novia e inmediatamente se mudó a la Argentina en los últimos años del siglo XIX. Se estableció en el barrio de San Martín y tuvo 12 hijos, uno de los cuales era Domingo Casanova, mi abuelo. Antonio perdió todo contacto con su familia en Ortona porque a) no sabía escribir y b) no existía Facebook. Es por eso que aquí, en Italia, no tenían ni la más mínima idea de qué había sido su destino, ni que los Casanova habían abierto unas cuantas franquicias en Buenos Aires.
En pleno siglo XX, retomamos el contacto con nuestra rama europea. Mi hermano decidió mandar cartas a todos los Casanova que aparecían listados en Ortona con la historia de nuestra familia, fotos, etc. No tomábamos conciencia de que en este pueblo todos los que llevan nuestro apellido son parientes y que se conocen entre sí. Ellos se paraban por la calle y se preguntaban “¿Te llegó la carta de esos estafadores de Argentina?”. Pero los parecidos físicos eran innegables, así que Rocco, sobrino nieto de Antonio, y su esposa Anna María, respondieron y comenzó el contacto. Yo los conocí en 2006, y recuerdo que Rocco me dijo que no importaba cuándo viajara a Italia, donde sea que estuviese, que le avisara y no iba a tener que pagar por hospedaje.
Esa promesa la mantuvo ocho años después. En los días previos a nuestro viaje, mis padres se contactaron y arreglaron para que nos hospedaran y nos vinieran a buscar a la terminal de Pescara, donde nos iba a dejar el autobús desde el aeropuerto.
Yo les venía pidiendo a mis padres que les avisaran que soy vegano, más que nada porque es un fastidio el tema de la comida (soy un fastidio) y no quería que eso fuera un problema. Pero pasaban los días y no tenía confirmación de que estaba todo arreglado. “¿Hablaste con los Casanova de mi veganismo?”. “Todavía no”, me respondían. Así, varias veces.
En un momento me enojé. Mi mamá me había llamado para que me quedara tranquilo, que Rocco había confirmado que nos venía a buscar y que nos hospedaban. “¿Pero no estaba arreglado eso?”, pregunté. Después agregué: “¿les dijeron que soy vegano?”. La respuesta fue que no querían molestar, después de todo lo que hacían por nosotros. Me vi comiendo mal en el avión y nada en Ortona (llegábamos a la medianoche, imposible improvisar algo).
Como soy insistente, les pedí por favor que les avisaran. Teníamos que considerar que iba a ser una descortesía llegar a la noche, que nos esperen con comida, y yo rechazarla para irme a un rincón a comer un pan solo. En migraciones, en Ezeiza, me enteré de que no estaban al tanto y me volví a enojar con mis padres. La promesa fue que los iban a llamar desde el aeropuerto de Roma.
Catorce horas después llegábamos, hablaron por teléfono y no le dijeron nada a Rocco. Quise tirarme por la ventana del autobús. La excusa fue que no se entendían bien (ellos hablan en italiano, nosotros respondemos en español), y que era muy difícil explicarle a un señor de más de 70 años lo que era el veganismo. Cuando Rocco nos levantó en la terminal le pudimos explicar que yo no comía carne, ni leche, ni fromaggio, ni ovo, y él respondió “¡Ah, es vegano!”. Me quería morir.
Dejando de lado los quesos y embutidos, la dieta mediterránea tiene muchos vegetales. Además la pasta que se consume acá no es al huevo, así que opciones para mi hay muchas. Desde que llegué no dejan de alimentarme, y entendieron enseguida qué cosas como y qué no. Me traje un preparado para hacer milanesas de soja, algo que acá no se consigue, y estoy comiendo eso. Pero las comidas son abundantes. Hoy, por ejemplo, comí fideos de entrada y milanesas de soja y ensalada de segundo plato. Y sandía de postre. Pensé que iba a estallar.
También pude pasear por Ortona y ver toda la historia que tiene. Estuvo ocupada por los nazis hasta fines de 1943, cuando la liberaron los canadienses, verdaderos olvidados de las películas bélicas. La casa en donde nos alojan es una construcción pre medieval (por suerte, restaurada a lo largo de los siglos), y en las calles del pueblo se conjuga lo histórico con lo moderno.
Es muy fuerte estar en el pueblo donde surgió mi apellido, y creo que no caía en el hecho de que este viaje me llevó a conocerlo por primera vez. Es otra de las tantas cosas que me esta regalando esta aventura, camino a la Espartatlón.

Semana 51: Día 351: Último fondo de 50 km

Hoy corrí el que se va a convertir en el último fondo largo antes de viajar a Atenas y correr hasta Esparta. Curiosamente lo hice en un ritmo muy alto y no terminé cansado.

Varias veces mi nutricionista, Romina, me había recomendado la maca, producto que nunca podía encontrar en las dietéticas. Ayer, finalmente, compré una bolsa de medio kilo, jugada que podríamos considerar arriesgada, porque si no me gustaba me iba a sobrar demasiado. Pero me di cuenta que este energizante no tiene gusto, así que no pasó nada.

Me preparé una nueva receta de pinole, con la harina de maíz, agua, maca y miel. Es más rápido que procesar las pasas de uva y aparentemente tenía muchos más carbohidratos, algo que preocupaba a Romina. Como la idea era terminar antes de que empezara el entrenamiento con el Puma Running Team, no me quedó otra que acostarme lo más temprano posible (terminó siendo a las 10 de la noche), levantarme a las 3 de la mañana y salir a las 4.

Todavía estaba oscuro, pero para nada fresca. Salí con mi mochila, pasas, algo de pan, pinole y la FM Blue en los auriculares. Pasé junto a un boliche con gente esperando para entrar… lo que quiere decir que la noche estaba en pañales. Alcancé el primer bebedero al km 8, crucé el puente que está junto a la cancha de River Plate, y cuando estaba promediando los 10 kilómetros, tomé el primer pinole. Estaba muy pero muy empalagoso. Me quedó el recuerdo de que tenía que ponerle mucha miel para endulzar el té, así que a una botellita de medio litro le puse dos cucharadas soperas, y quizá fue demasiado. Me costó pasarlo, no soy muy amigo de lo dulce, pero lo hice porque era una de mis pocas fuentes de energía.

Llegué a provincia, pasé por la costanera de Vicente López, volví a tomar agua en un bebedero que estaba por el km 14, tomé Libertador, crucé por el frente de la Quinta de Olivos, doblé al pasar junto a la terminal del Tren de la Costa, llegué a Acassuso y ahí trepé la cuesta de Perú hasta llegar al Hipódromo de San Isidro, donde me esperaba Marcelo. Llevaba poco más de 22 kilómetros, y me tomé otro pinole. Hice un gran esfuerzo, porque me resultó intragable (y eso que mi fórmula anterior no es precisamente exquisita).

El plan era darle vueltas a ese gran circuito del Hipódromo hasta completar mi fondo de 50 y el de 30 de Marce. Además pude dejar la mochila en su auto y correr sin peso sobre la espalda. Aproveché el bebedero que están en Márquez y me acoplé al ritmo de mi compañero, que estaba más fresco que una lechuga. Yo llevaba bastantes kilómetros encima, pero me sentía bien.

Mi impresión es que esa fórmula de miel+maca es muy efectiva. Corrí a menos de 5 minutos el kilómetro, después de haber estado trotando más de dos horas, y me sentía fantástico. Cada dos vueltas, que dan unos metros más que 10 kilómetros, íbamos al auto, tomábamos o comíamos algo, y seguíamos. Pero después de mi tercer pinole dije basta. No podía seguir tomándolo, me revolvía el estómago. Como lo tomaba cada 10 kilómetros, para el 40 lo dejé de lado y me comí medio sándwich de tofu con el pan integral que hago yo mismo (lleva harina integral, semillas y pasas de uva).

Si bien tenía energía de sobra y si daba seis vueltas terminaba en 54 km, decidí cortar en 50 para no arriesgar nada y no exigirme más de lo que me había dicho Germán, mi entrenador. Terminé contento, con energía y la confirmación de que me quedaba mucho resto para seguir. Pero preferí guardarme para la carrera, en nada más que 13 días.

Cuando terminé empezaron a llegar los chicos del Puma Running Team, y yo oficié de fotógrafo. Seguramente las fotos salgan en el Facebook del grupo. Y mi única secuela de estos 50 km ha sido una ampolla en un dedo del pie… ¿por qué es SIEMPRE en el izquierdo?

Este fue mi último fondo, y por suerte terminé bien, muy entero y tranquilo. Me da mucha confianza para la Espartatlón, el último viernes de este mes…

Semana 50: Día 350: Cita con la nutricionista

Hoy visité nuevamente a mi nutricionista, con quien me vengo asesorando desde que comencé el proyecto de Semana 52. Esta fue nuestra cita número 24, y por supuesto nos dedicamos a hablar del viaje a Grecia y todo lo que voy a necesitar para correr 246 km.

Con el tema de mi partida y la cantidad de cosas que tenía que adelantar para las tres semanas que no esté en el país, era bastante probable que mi entrenamiento se viese resentido. La última vez que vi a Ronima, mi nutricionista, fue en julio, y desde aquella vez casi que no puse un pie en el gimnasio. Me concentré en trabajar y entrenar en mis fondos y las tres veces a la semana que veo al Puma Running Team. Me había pagado tres meses en un gimnasio, sospechando que a más carca del viaje, menos posibilidades tenía de ir.

En esto pensaba mientras iba a la cita con Romina, ya que asumí que debía haber perdido masa muscular y ganado grasa. Quizá sea por nervios, pero últimamente estoy alimentándome principalmente a carbohidratos, quizás a un nivel donde no llego a quemarlo todo y tengo un excedente. Me siento y me veo bien, pero no en mi nivel más magro. Esto no es algo que me preocupe, pero ya me venía adelantando a la medición antropométrica.

Mis sospechas se confirmaron cuando el estudio dio como resultado que subí 500 gramos de grasa (no demasiado), y la sorpresa llegó con la confirmación de que subí 800 gramos de músculo, principalmente en las piernas. Me dediqué a correr y a hacer los ejercicios que indicaba Germán, nuestro entrenador: sentadillas, estocadas, burpees. No deja de sorprenderme que ese tipo de rutinas otorguen tantos cambios al cuerpo.

Pero lo jugoso de la entrevista con la nutricionista fue imaginar cómo iba a ser la carrera, ver cuántos puestos de asistencia iba a tener y qué convenía comer en todo ese trayecto. Hicimos un estimativo de 35 horas y arrojó que tenía que consumir más de 2100 gramos de hidratos de carbono… puesto así no parece tanto, pero si te cuento que una zanahoria tiene 5 gramos de carbohidratos, te empezás a dar una idea de que hay que comer mucho.

Por supuesto que la hidratación es fundamental, sobre todo porque se espera calor (una característica habitual de la Espartatlón). Resolvimos que tenía que tomar un litro y medio por hora, asegurándome de ponerle sales en caso de que sea baja en sodio. Sacando un promedio, los puestos están a una distancia de media hora entre sí, por lo que tendría que tomar algo cada vez que paro y vaciar mi caramañola de 500 cc en el camino.

En cuanto a la alimentación, lo ideal es variar las fuentes de hidratos de carbono para estimular a todos los receptores. Eso optimiza la absorción y utilización de energía. Me compadezco por ese norteamericano que dijo que iba a correr los 246 km tomando solo Coca Cola…

Para que se hagan una idea de la cantidad de comida que tengo que ingerir ese día y medio que dura esta ultramaratón, usaré de ejemplo un pan, tipo mignón. Una hogaza tiene 20 hidratos de carbono, por lo que si me alimentara solo con eso debería consumir 108 panes. Pero vamos a variar la ingesta con pasas, fruta, pinole, fainá, pretzels y quizás algunas pastas o nachos o lo que terminemos preparando una vez que estemos en Atenas.

Un consejo que me dio Romina, que no había pensado, era el de conseguir una heladerita térmica para mantener ciertas cosas perecederas, como puede ser el pinole (o al menos no tomarlo a la temperatura de un té) y alcohol en gel, porque no puede haber nada peor que tener que salirse de la carrera por una intoxicación alimenticia.

La cita duró casi una hora, y en el cierre planteamos el desafío de comparar mi peso antes de correr y al finalizar. Voy a intentar hacerlo, puede arrojar datos interesantes para saber el nivel de deshidratación y el de pérdida de masa muscular. En octubre, antes de la Maratón de la Ciudad de Buenos Aires (ya me dijo que estaba loco por querer correrla tres semanas después), vamos a hacer una nueva medición, para ver cómo responde mi cuerpo ante semejante paliza.

Mañana fondo de 50 kilómetros, último largo antes de la carrera, y primera oportunidad para experimentar con la maca. Veremos qué resulta.

Semana 50: Día 349: Cuenta regresiva a Grecia

Faltan 7 días para que viaje a Europa. ¿Qué cosas tengo pendiente antes de poner un pie en Atenas?

Primero, compromisos laborales. MUCHOS. Los voy resolviendo como puedo, intentando vencer al sueño, el tedio y los nervios. Tengo dos cómics de Los Simpsons por plantar, uno de ellos lo tengo que traducir, más un libro de 190 páginas de Hulk y revisar otras publicaciones diseñadas por otros. Son cosas que hace un año me enloquecían de felicidad y hoy las hago con cierto fastidio.

Pero esa es la parte aburrida de mi vida. El viernes voy a ver a Romina, mi nutricionista, con quien vamos a cerrar el plan alimentario para la carrera. Ella me asesora desde que empecé con Semana 52 y hasta ha colaborado económicamente con el viaje, como tantas otras personas. Mi idea es verla ahora y lo más pronto posible a mi regreso, para medir los cambios que se produzcan en mi cuerpo después de correr la ultramaratón más gloriosa del planeta.

En cuanto a running, este sábado tengo un fondo de 50 kilómetros, el último largo antes de la carrera. Me siento confiado que llego bien, y me entusiasma mucho seguir probando la ropa que me donó Puma para la carrera (nunca hay que estrenar prendas el día de una competencia). Tengo dos pares de zapatillas por ablandar, así que las voy a ir alternando para poder disponer de ambos en la Espartatlón. El lunes será mi último entrenamiento con el Puma Running Team, porque el miércoles ya estoy volando desde el Aeropuerto de Ezeiza hacia Roma.

Italia va a ser mi entrada a Europa. Cuando lleguemos con mis papás al Aeropuerto de Fiumicino nos tomaremos un micro hasta Pescara, donde se encuentran los Casanova que no abandonaron el viejo continente. Van a ser dos días en este pueblo, algo alejado de Roma, en el que seguro meteré un fondo de 20 km. El 21 de septiembre, día de la primavera en Buenos Aires pero del otoño en Grecia, estaré llegando a Atenas. Supongo que al día siguiente voy a hacer otro fondo de 20 km, el último antes de la Espartatlón. El 23 recibo a mi equipo en el Aeropuerto Venizelos y a partir de ahí puliremos la estrategia, iremos a buscar el kit de corredor, e intentaré dar rienda suelta a mi cholulismo y charlar dos palabras con Dean Karnazes. Este inmenso atleta y motivador ha sido infinitamente citado por mí, y sería un honor para mí poder hablar con él y sacarme una foto. El día de la carrera, obviamente, pienso seguirlo aunque sea un kilómetro.

En el medio, por supuesto, tendré distintos pequeños desafíos, como encontrar opciones veganas en Roma y en Atenas, descansar, actualizar el blog, monitorear el sitio de 300runners.com, y descansar. Sé que ya lo había dicho, pero tengo que hacerlo el doble de lo que vengo haciéndolo en casa…

Faltan 7 días para viajar, 15 para correr. No. Puedo. Más.

Semana 50: Día 348: Vestido de pies a cabeza

 A dos semanas de correr en Grecia, llegó una excelente noticia: la marca deportiva Puma decidió auspiciar nuestra aventura y vestirme a mí y a mi equipo.

Hace poco le habíamos acercado esta propuesta. Como saben, Puma auspicia a nuestro running team, y gracias al descuento especial que tenemos, siempre comprábamos ropa de ellos. Buena calidad, buen precio. No hay más vueltas que esa.

Cuando empezamos a planificar cómo iba a ser nuestra Espartatlón intentamos conseguir sponsoreo. No es tarea fácil, sobre todo cuando involucra a un atleta desconocido, que no va a buscar el podio, y ante la prohibición expresa de la organización de que la vestimenta no lleve leyendas ni promocione productos. Germán, mi entrenador, tuvo la idea de aprovechar su contacto con Puma y proponerles que nos vistan como forma de apoyarnos. Ayer el sueño se cumplió.

A uno de sus locales llegó una pila de ropa y zapatillas, y uno de esos pares será el de recambio durante la carrera. También elegimos medias, unas calzas increíbles, pantalones cortos, remeras (tanto para salir como para la competencia) y un rompevientos. También sacamos una mochila donde guardar la cámara y todo lo referente a la carrera, y Germán me dio un cinto con bolsillo, donde va una caramañola grande. Lo probé anoche y me resultó muy cómodo, así que eso va de una a la Espartatlón.

Pero la vedette de todo este combo es la remera con la que voy a correr. Por supuesto saqué dos para poder cambiármela. Al principio me había imaginado corriendo con una musculosa, pero me enamoré de la  evoPOWER. Esta casaca, inspirada en el modelo de zapatillas del mismo nombre, está pensada para que los futbolistas se mantengan frescos y cómodos, peor creo que para mí me va a venir bien también. Está hecha de un tejido Jacquard sin costuras, muy ajustada al cuerpo. La probé ayer en un fondo de 17 km y me encantó. Me faltaría probarla cuando haga mucho calor, aunque le tengo mucha fe.

Así que puede que vean muchos pumitas en las fotos de la carrera. Este es un espaldarazo que me emociona mucho, y renueva mi confianza en Puma (los que me leen de hace tiempo saben que les hago publicidad desde hace cuatro años, sin obtener nada a cambio). Solo queda llegar a Europa. Al menos voy bien vestido.

Semana 50: Día 347: ¿Por qué Grecia?

No siempre que hacemos algo nos planteamos nuestros motivos. ¿Para qué hacemos las cosas? Todo tiene un sentido, aunque no sepamos cuál es. Como una tarea terapéutica, me puse a pensar qué me está llevando a viajar a Grecia y dejarlo todo por una carrera.

Buscarle el sentido a la Espartatlón tiene dos niveles. El superficial, donde está lo más “obvio”, y uno más interno, que cuesta ver o aceptar.

Por un lado es una meta, un objetivo. Lo que me enriquece es el camino y no la llegada.

La experiencia me va a hacer bien, voy a salir más sabio. Ese aprendizaje es independiente de si finalizo o no.

Reafirma mi autoconfianza, porque correr 246 km (en 36 horas) es algo que la mayoría de la gente cree que es imposible de hacer.

También hay una cuestión de ego, porque busco demostrar que puedo conquistar lo imposible (si usted cree que esto también tiene que ver con cómo me relaciono con las mujeres, quizás esté en lo cierto).

Sirve para cerrar un círculo de sinergia con Germán, mi entrenador. Desde que empecé con Semana 52 y le dije que quería entrenar en forma comprometida, él siempre me apoyó. De hecho estuvo ahí desde mucho antes, cuando hice mi primera carrera y corrí 7 km (distancia que yo subestimaba). Hoy estoy yendo al otro extremo, el pico máximo, y es una metáfora de lo que creció nuestra amistad.

Siento que merezco hacer esta carrera y terminarla. Hay una cierta presión (autoimpuesta, aclaro) de llegar a la meta, por toda la gente que me apoyó, desde mi familia hasta mis amigos, incluyéndote a vos, quien estás leyendo estas líneas.

Además me gusta correr, y este es el cierre del año (y quizá de una etapa en mi vida).

Es la lección definitiva, el examen final en coraje y compromiso.

La Espartatlón no tiene premios en metálico (aunque para aspirar a algo así habría que tener un nivel como para hacer podio). Hay un cuenco lleno de agua, una corona de laureles y una medalla en la meta. Pero claro, es MUCHO más que eso. Es un objetivo de vida, una anécdota para contarle a los nietos, una lección para cualquiera que crea que no es un incapaz.

Hace muchos años yo viajaba en el tren camino a Constitución. Bajo una lluvia torrencial, en el Velódromo de Escalada, un corredor entrenaba absolutamente solo. A esa distancia y bajo ese diluvio era imposible verle los rasgos de la cara, pero yo imaginé que esa persona, en ese instante, era realmente feliz. En ese momento yo creí que era imposible tener ese nivel de compromiso, y hasta me lamenté no poder ser como él.

A lo que voy es que también corro la Espartatlón por la persona que era en aquel entonces y las que hoy piensan que las proezas físicas solo las logran los que vienen de otro planeta. En verdad esa persona que fui pensaba que comer sano y correr ultramaratones era algo absolutamente imposible. Quizá vos también creas lo mismo. Y corriendo esta carrera podría demostrarme (y demostrarte) que no importa cuán lejanas parezcan las cosas. Si uno de verdad siente la necesidad de hacerlo, nada es inalcanzable.

Todo esto lo aprendí antes de viajar a Grecia. Sería muy lindo viajar y llegar a la meta. Sería el broche de oro a este este aprendizaje: más allá de lo inseguro que te sientas, qué tan sedentario seas o lo mal que te alimentes, nunca es tarde para incorporar el hábito del esfuerzo, la determinación y la paciencia.

Semana 50: Día 346: ¡Zapatillas nuevas!

¿Serán estas zapatillas las que use para correr en Grecia? No hay mucho margen para experimentar con otro calzado… creo que me tendré que hacer amigo de este nuevo par…

Hace tiempo que vengo pensando con qué voy a correr la Espartatlón. ¿Zapatillas de aventura, que me dan estabilidad? ¿De calle, que son livianas y optimizan la energía? Estuve probando diferentes pares en los últimos meses con resultados dispares. Nunca salí de la marca Puma porque son buenas y dentro de las marcas de mejor calidad no son las más caras. Siempre anduve bien con Asics, pero su precio hoy en día es prohibitivo.

Las últimas zapatillas con las que entrené, las Faas 500, anduvieron bien. No fueron una cosa espectacular, pero yo venía de entrenar con las 600 y me vivía torciendo los tobillos. Por eso pasé a las Nightfox, que si entendí bien no las hacen más. Esas sí son especialmente pensadas para aventura. Con estas tenía estabilidad, pero eran pesadas, y en 246 km cada gramo cuenta.

Como decía, las Faas 500 anduvieron bien. No puedo decir que me cabiaron la forma de correr, pero hay una simple razón: no debe existir un calzado que se aguante este volumen de entrenamiento. Recuerdo cuando cambiaba mis zapatillas una vez al año, y ahora como máximo cada tres meses. A 17 días de correr la ultramaratón más gloriosa del planeta, era hora de cambiar los neumáticos. Ya venía sintiendo dolores en los pies, en especial en los tobillos. El calzado que tengo ahora, las Faas 1000, no me van a dar tanta estabilidad, pero tienen muy buena amortiguación. Las probé ayer y volví a sentir algo que hacía mucho no sentía: comodidad.

No corrí demasiado con ellas, apenas 6,3 km. En Grecia voy a tener que correr 39 veces más que esa distancia, pero el hecho de que sean livianas y cómodas me parece un buen combo. Creo que lo más importante es que absorban el impacto del asfalto para que no repercuta en mis articulaciones ni en mi espalda. En una primera impresión anduvieron bien. Vamos a ver cómo siguen estos próximos días. Quizá este nuevo par sea el que me lleve hasta la meta. Más les vale.

Semana 49: Día 342: Fiesta de despedida

Ayer nos hicieron la fiesta de despedida a quienes viajamos a Grecia para participar de la Espartatlón. ¿Por qué dos semanas antes de partir? Porque todavía el estrés no nos aniquiló.

Creo que anticiparse dos semanas a la partida para despedirnos fue una brillante idea. Los viajes realmente me alteran y cada día que pasa voy notando lo poco que estoy adelantando el trabajo. Posiblemente me queden cosas pendientes, pero estoy intentando quedarme trasnochando o pasarme un día sin dormir, cosa que he hecho previo a otros viajes. Ojalá no me toque repetirlo.

Esta fiesta fue luego del entrenamiento. Había muchas cosas veganas, hasta cupcakes (no por eso sanos… pero los probé), y me hicieron una simpática torta que además hacía de medalla de la Espartatlón. Tuve que decir unas palabras, aunque nunca me siento cómodo hablando en público. Lo que dije fue lo que me salió. Conté cómo, hace exactamente tres años, estaba disfrutando de las playas griegas cuando decidí participar de esta carrera bestial. En ese entonces no tenía idea de lo que estaba invocando, y con el correr de los meses lo fui aprendiendo. Ese camino de aprendizaje no lo hice solo, sino que estuve acompañado por Germán, mi entrenador, que se encargó de convertir mi sueño en algo compartido por todo el grupo. Si yo estaba a punto de viajar a Europa para correr el Espartatlón era en gran medida por la ayuda que recibí de mucha gente. Contado así carece de toda emoción, pero en ese momento me pareció muy sincero y profundo.

El equipo espartano también estuvo ahí, hablando y diciendo qué significaba este viaje para ellos. Me hicieron responsable de ser la inspiración de los cambios de algunos compañeros, y eso es la cosa que más orgullo me da en mi vida. Ojalá esté a la altura de semejante honor. Uno transmite todo esto con el ejemplo. Ponerlo en palabras… es bastante difícil.

Quizá el momento más emotivo de la noche fue el préstamo que me hizo Germán de su medalla de una Ecochallenge de 2001 (época en la que yo ni siquiera me planteaba correr como estilo de vida). En ese entonces su papá estaba vivo, y pudo ver a su hijo completando una dura carrera. Ahora esta medalla es un amuleto, que tengo que llevar a Grecia y devolvérsela al regreso. Ojalá no salga solo a pasear, sino que vuelva en mi poder mientras yo traigo un triunfo bajo el brazo.

La fiesta también tuvo la presencia de mucha gente a la que hace rato que no veo pero que me sigue apoyando en este objetivo complejo. Fue muy emocionante verlos, y me hace tomar consciencia no solo del paso del tiempo, de cuánto fue cambiando el grupo y la gente que me rodea desde que empecé con Semana 52 hasta hoy, sino que mi proyecto es significativo para otros. Lo hago por mí, pero hay quienes hacen fuerza para que lo cumpla. A todos ellos les agradezco el apoyo constante y espero, de corazón, seguir inspirando cambios.

Y hablando de cambios… viendo las fotos siento que va siendo hora de que me corte el pelo…

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