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El Ultra Desafío 246 km

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“A veces se gana, siempre se aprende”. Esta es la frase que estuve diciendo con cierta insistencia durante las últimas 48 horas. Pero… ¿qué es ganar?

Uno podría asumir que el triunfo radica en, por ejemplo, proponerse estar en la largada de una ultramaratón y llegar a la meta. Creo que ahí nos quedaríamos cortos, porque ganar no es eso, sino superar los límites, resolver, aprender. Todo el que escuchó en su cabeza “No puedo más” y siguió, venció una batalla interna.

El viernes a la noche llegamos algunos corredores a San Nicolás, preparados para enfrentarnos a los 246 km que separan a esta ciudad del Obelisco. A pesar de que habíamos estado viendo el pronóstico del tiempo, nos sorprendió el frío, un clima inusual para Noviembre. La cena fue en una pizzería, un par de horas antes de la largada de medianoche, y yo no paraba de temblar. Me abrigué, sabiendo que cuando saliésemos a la ruta el frío se iba a sentir todavía más.

Corrí casi toda la carrera junto a Leo Bugge, el ideólogo del Ultra Desafío, y con quien compartimos ser finishers del Spartathlon en 2014. Resultó un compañero ideal, que escuchaba a todos y acompañaba. Yo soy pésimo para ubicarme, y me gustaba tener a alguien a mano que conociera la ruta y en quien poder apoyarme.

Es difícil narrar una carrera de 21 horas sin que le tome al lector la misma cantidad de timpo leerla, porque las palabras son limitadas para reflejar todo lo que se vive ahí. Hubo un compañerismo conmovedor, tanto entre los corredores como de parte de los voluntarios que nos daban comida, bebida, aliento y hasta algunos masajes. Hubo un perro, al que apodamos Ultra, que corrió 60 kilómetros con nosotros. Tuvimos que defenderlo constantemente de otros perros que salían a atacarlo. Recién cuando salió el sol y estuvo un par de horas en el cielo pudimos dejar el abrigo y correr en remera. El recorrido, por colectora, era muy cómodo de transitar, pero ciertos tramos cortos por banquina eran terroríficos. Algunos intentaban dormir cinco o diez minutos en los puestos, y cuando se escuchaba la amenaza de abandonar, el resto sacaba alguna frase de la galera para incentivar a seguir peleándola. Fuimos 11 corredores, con once historias que ninguna entrada en ningún blog les haría justicia.

En lo personal me sentí tan bien que me sorprendió. Quizás algunos no tengan presente que hace dos meses salió a la luz una lesión en mi banda iliotibial, algo que fui cultivando en base a malas decisiones: calzado inadecuado, mala hidratación y una alimentación poco nutritiva para un ultramaratonista. Decidí replantear todo, aunque fue muy sobre la fecha de la carrera. Me compré zapatillas para pronador, inicié una rutina de rehabilitación con el fisioretapeuta Edson Mendoça y un plan alimentario con su esposa, Ana Paula Santos. Como terminé entrenando la mitad de lo que quería, llegué al Ultra Desafío con el objetivo de alcanzar la mitad de la carrera: 123 kilómetros.

Aunque tenía mi rodillera y un analgésico en crema, no lo necesité. Debo confesar que me di una inyección de Oxa B12 por miedo a sentir dolores. Aunque tuve algunas molestias menores, lo atribuyo a la intensidad de la carrera. Hoy, 24 horas después, solo siento el entumecimiento y las contracturas típicas de cualquier ultramaratón.

Creo que el plan alimentario fue clave. Me sentí con energía todo el tiempo, sin molestias estomacales. No tuve necesidad de dormir, y reconozco que me convertí en el pesado que se quejaba de que estábamos descansando demasiado en los puestos y arengaba a salir. Caminé más por acompañar que por necesitarlo. Tan bien me sentí que pasé de tener el objetivo de llegar a la mitad a armar la estrategia para completar los 246 km en menos de 36 horas.

Pero eso no sucedió. Comenzamos siendo 11 corredores (el perro no cuenta) y con el paso de las horas fuimos sufriendo las bajas. Se armaron dos pelotones, uno adelante y otro atrás, con algunos ultramaratonistas que se alternaban entre uno y otro. Un grupo de autos se turnaba para asistirnos (era una bendición cada vez que los veíamos esperándonos), y a veces se convertían en los rescatistas de un atleta que había llegado a su límite. El frío fue sin dudas lo que frenó a la mayoría, en otros el sueño. Ninguno de los que estaba ahí era un improvisado en las ultras.

Intenté ser el tipo optimista que alienta, pero en un momento tuve que decir lo que realmente estaba pensando. Mientras corríamos con Leo, instantes antes de la segunda noche, le dije mi mal presagio: “Creo que esto se está convirtiendo en una competencia a ver quién llega más lejos”. La mitad ya había abandonado, y abrigados con lo que teníamos (la ropa de la noche anterior estaba toda mojada) llegamos al puesto del kilómetro 145 solo tres corredores, con un cuarto que había abandonado dos kilómetros antes. Pero solo estábamos Leo y yo en condiciones de seguir. Por primera vez en casi 40 horas me tiré a dormir, tapado con una frazada. Al despertarme cinco minutos después, el Ultra Desafío se había suspendido oficialmente.

Los motivos eran tan válidos que nadie podría haberlos cuestionado. Quedaban 100 kilómetros, al menos 9 horas de oscuridad, frío, viento, y no teníamos ropa de abrigo seca para encarar ese tramo. Podíamos haber seguido, si eso de terminar internados en el hospital con hipotermia no hubiese sido un problema para nuestras esposas.

Sentí un poco de alivio. Más que nada porque me conmovió el dolor de muchos corredores que habían abandonado, y sentí que eso les iba a reafirmar que esta prueba fue extenuante para todos, muy difícil, y que no fueron los únicos en llegar a su límite. Creo que la organización también aprendió mucho de la experiencia. La intención de correr durante dos noches para que el calor no fuese un problema, terminó convirtiendo a la carrera en una misión imposible. Sí, con abrigo adecuado quizás alguno hubiese alcanzado el objetivo de alcanzar la meta. Pero, ¿quién se abriga a mediados de Noviembre? Fue una suerte haber llevado una remera térmica y un chaleco de polar, que estaba seguro de que no iba a necesitar.

La asistencia fue impecable. Si bien llevé mi propio alimento que repartí en dos coches, había comida suficiente para sostener a cualquier corredor vegano. Dejé de lado mis convicciones antiazúcar y consumí bebidas isotónicas auto de por medio, clave para mantenerme hidratado. No tengo nada que reprocharle a la carrera ni a mí mismo. Es la primera competencia que no completo donde siento que jugué bien todas las cartas que tenía en la mano.

Mi mudanza a Brasil hizo que no pudiese involucrarme en el proceso de creación de este  Ultra Desafío. A casi todos los participantes (atletas y asistentes) los conocí ahí mismo, en San Nicolás, pero nos unió la experiencia de correr juntos. En pocas circunstancias me he sentido tan bienvenido. Aunque ahora estoy un poco cansado y con ganas de volver a mi casa en Rio de Janeiro, ya estoy fantaseando con volver en Noviembre del año que viene y participar de una nueva edición. Ojalá se haga, porque todos ganamos y aprendimos algo. Nos merecemos hacer uso de la experiencia y las nuevas amistades para seguir superándonos.

Estrategia de ultramaratón

Estrategia de ultramaratón

No se puede completar una carrera, mucho menos una ultramaratón, sin una estrategia. A menos que tengamos la intención de ser Filípides y morir corriendo, claro está.

Voy a soltar algo así, casualmente, para que ustedes lo analicen en sus casas: a veces tenemos una estrategia, y no lo sabemos. No siempre vamos a competir rememorando lo que vamos a hacer en cada puesto o en cada situación inesperada. Sin embargo, la experiencia nos da esa ventaja de, por default, estar preparados. Si ya llevamos una botella con agua, un puñado de comida de marcha que nos gusta y un objetivo intermedio antes de la meta, entonces tenemos una estrategia que ya se escribió en algún lugar de nuestro cerebro.

Algo recurrente en las carreras es no saber qué hacer y sumarse al plan de otro. Generalmente es un desconocido al que vemos más entero y creemos que tiene la respuesta para sacarnos de nuestra penosa situación. Algunas veces puede salirnos bien, pero copiar el pan de un tercero no garantiza que funcione para nosotros.

Las estrategias de carrera son personales. Tienen que ver con la formación atlética de cada uno, sus gustos personales y cómo se encuentran en ese momento emocional y deportivamente. Hay algo común en todas las planificaciones y es que hay que alimentarse e hidratarse. Es imposible completar una ultramaratón si no se está muy pendiente de lo que entra en el cuerpo.

Después, cada uno escribirá su guion e intentará seguirlo al pie de la letra. En el caso del Ultra Desafío 246 km, como salimos a la medianoche, mi primer objetivo va a ser llegar al amanecer. No lo veo como algo difícil, porque vamos a estar frescos. Calculo que a unos 70 km de carrera ya vamos a estar disfrutando de la claridad. Mi segundo objetivo va a ser llegar al almuerzo, donde vamos a descansar un poco (objetivo bonus: poder seguir corriendo después de frenar y sentarme). El tercer objetivo, la cena, el cuarto volver a ver el amanecer, y el quinto llegar al Obelisco, como sea. No parece un objetivo demasiado diferente al que podría tener cualquiera de los otros corredores. En mi caso, lo más importante es que pase la noche, donde abundan los fantasmas mentales. Luego es cuestión de sostener y no aflojar.

Voy a intentar beber 600 cc de agua cada hora, comer todo lo que me indicó Ana, mi nutricionista, y no olvidar los consejos de postura y elongación de mi fisioterapeuta Edson Mendoça. Esa es mi estrategia, a grandes rasgos, y la iré puliendo durante la semana previa a la ultra.

Una pequeña ayuda en las carreras

Una pequeña ayuda en las carreras

El running es una de las pocas actividades que me vienen a la mente donde los que participan no les importa si llegan primero. Claro, hay tres o cinco que van adelante de todo donde eso sí les resulta imprescindible, pero viven una realidad paralela en la que no nos vamos a adentrar en este día.

El tema de la superación, y ser mejor de lo que fuimos ayer, es lo que cuenta. Y en las carreras te permiten alcanzar ese objetivo con ayuda. Si uno se tuerce el tobillo y no puede seguir por sus medios, otro corredor puede llevarnos andando, sin ningún riesgo de descalificación. Diferente es si alguien externo, que no está corriendo, es el que nos da esa ayudita. De nuevo, no se me ocurre otra actividad donde la colaboración con un tercero se permita y se incentive.

Siempre intento dar una mano en las carreras, ya sea compartiendo agua, alentando, sosteniendo un alambrado. Lo han hecho por mí alguna vez y me siento en la obligación a hacerlo. También he visto cómo algunos familiares y amigos ayudan a un competidor (algo que está en contra del reglamento), con actitudes que van desde alcanzarle una banana a subirlo a un cuatriciclo.

A veces esa ayuda que nos acerca a la meta es espiritual. ¿Quién no rezó en un momento de desesperación? Me recuerdo en varias competencias muy exigentes pidiéndole fuerzas a Dios, y de algún modo sentí que no me podía dar resistencia o fuerzas, porque esas eran cosas que ya estaban adentro mío.

Sin embargo, la ayuda externa que más impacta en nosotros, no llega durante la prueba, sino antes. Quienes nos apoyan en nuestros largos entrenamientos, los que acompañan desde el aliento o lo económico, ese profesional que nos ayudó en nuestra planificación nutricional, el fisioterapeuta que lideró nuestra recuperación… y todos los que aportaron consejos y motivación. Uno puede estar corriendo solo, pero llegar al día de la carrera implica el trabajo de muchas personas.

A dos semanas de los 246 km

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¿Sigue funcionando este blog? Aunque llevo más de un mes sin pasar por aquí sí, está activo y en mi cabeza constantemente.

Entonces, lo último que escribí fue sobre mi lesión, el 30 de septiembre. Desde entonces tuve que darme un baño helado de humildad y dejar de subir todas esas fotos en mi Instagram con los resultados de mis fondos. Venía bárbaro, metiendo más de 100 km por semana. Cometí el error imperdonable (para mí) de correr con zapatillas que me hacían pronar más de la cuenta, y de reemplazarlas por unas viejas y muy desgastadas. Tampoco me dediqué a fortalecer mi zona media ni me hidraté como debía, cosas que van colaborando con este tipo de lesiones en la banda iliotibial.

Así fue que tiré al diablo mi Excel con todos mis entrenamientos programados y empecé de nuevo, caminando. Compré un nuevo par de zapatillas, mucho más estables, una rodillera, y me armé de paciencia. No me bajé de los 246 km que voy a correr el 18 de noviembre, aunque lo empecé a sentir más lejano que nunca.

Edson Mendoça, mi terapeuta, me dijo que podía comenzar a trotar hasta 8 km, día por medio, porque esa era la distancia en la que me había empezado a doler. Después pasamos a trotar hasta una hora (entre 10 y 11 km). Me interioricé más en cómo recuperarse de una inflamación en la banda iliotibial, y recomiendan trotar si el dolor es de 1 a 3 en una escala donde 1 es una leve molestia y 10 es llanto desconsolado. A partir de ahí se podía aumentar entre 10 y 20% la distancia semanalmente, sin abusar de la rodillera para no atrofiar los músculos que buscamos fortalecer.

Con metas más humildes y ganas de mejorar, llegué a correr 20 km casi sin dolor, luego 30 km y el domingo pasado hice 41 km con nivel 0 de molestia. Hasta ahí todo bien, hasta que levanté una cama poniendo el peso en mis piernas, mientras el costado de la rodilla se apoyaba en una de las patas, y creo que esa combinación de esfuerzo y presión sobre la zona otrora lesionada me hizo doler (diría que nivel 4), y desde entonces (ya van 6 días), me duele cuando me toco (por lo que decidí no tocarme). No volví a correr desde entonces más que 20 km, sin molestia, pero con bastante miedo.

Claramente esto está teniendo un impacto anímico más grande que el que me permití admitir. No por nada mi poca actualización del blog pasó a ser una nula actualización, y hasta dejé de lado mi Instagram, que venía lleno de posteos en la semana.

Mañana, domingo, haría mi último fondo largo, porque no tiene sentido matarme a pocos días de correr, y para la ultra decidí que me voy a bajar cuando sienta un dolor nivel 5. No estoy para hacer la heroica, y prefiero pasar a asistir a mis compañeros que inmolarme. Dicho de otro modo, aunque vengo esperando este desafío desde hace un año, no estoy para empeorar mi lesión y no poder correr (ni caminar) en los próximos meses.

A pesar de que este posteo puede parecer un poco pesimista, ¿qué expectativas tengo? Qué bueno que lo pregunten. Quiero correr y quiero llegar. Hay un cuenco estilo griego de obsequio para quienes terminen, y lo necesito. Extraño muchísimo correr horas y horas. En mi entrenamiento no pude experimentar esto, pero confío en mi experiencia previa. Lesionarme y dar algunos pasos hacia atrás me hizo sentir más enfocado y comprometido con la carrera (a diferencia de cuando parecía un objetivo lejano en el tiempo). Se supone que algunos amigos van a acompañarme en el tramo final (no sé cuánto, ni si realmente lo harán), y solo esa posibilidad me dan ganas de llegar, al menos, hasta Escobar para verlos. Y voy a estar entre otros 11 ultramaratonistas, algunos finishers del Spartathlon, y me entusiasma mucho correr codo a codo con ellos y aprender de su experiencia.

En 14 días, a esta hora, estaré corriendo o me habré bajado para luchar otras batallas.

Lesionado

Lesionado

De algún modo los 30 de septiembre se la han arreglado para encontrarme afuera de Buenos Aires. Madrid, Río de Janeiro, Atenas…

Uno de esos días, en el año 2014, yo estaba justamente en Grecia, disfrutando de una merecida lesión en el Spartathlon, luego de haber corrido durante 36 horas (24 de ellas con un microdesgarro en el tibial derecho).

Hoy fue la llegada del Spartathlon 2017. Seguí a mis compatriotas en vivo, a través de las lentísimas actualizaciones de la página, y tuve el inmenso deseo de estar otra vez ahí. Lo curioso es que, al igual que hace tres años, ahora también estoy lesionado. No por correr 246 km, sino por hacer mucha menos distancia sin seguir los propios consejos que alguna vez escribí en este blog.

Actualmente estoy hidratando mal (por no decir que no estoy tomando agua) y elongando poco, además de que elegí mal mis zapatillas nuevas. Como me hacían pronar (doblar los pies para adentro), decidí volví a mi viejo calzado, que ya tiene un par de años y muchísimos kilómetros recorridos. Una mala hidratación y poca amortiguación al impacto es un cóctel explosivo que deviene, como es mi caso, en el síndrome del cintillo iliotibial, un dolor en una de esas partes del cuerpo que desconocemos hasta que nos la lesionamos.

En mi último fondo de 50 km, hace dos semanas, corrí con una cierta molestia en el costado externo de la rodilla izquierda. En ese momento rogué que fuese algo de ese momento, pero dos días después ya empezaba un fondo de 30 km con molestias (terminaron siendo 17 km). Ahora mi entrenamiento se convirtió en rehabilitación: caminatas, ejercicios isométricos, toda la elongación que no venía haciendo y la llamada de atención de Edson Mendoça, mi fisioterapeuta, por no tener una alimentación ordenada.

El 18 de noviembre se corre un desafío de 245 km entre San Nicolás y el Obelisco, un homenaje al Spartathlon, la maravillosa carrera a la que muero por volver. Todavía no me bajé, pero esto me obliga a replantearme todo lo que venía haciendo. Una vez más, la vida me da una lección de humildad. Y otra vez, es un 30 de septiembre.

Semana52 en YouTube

Semana52 en YouTube

Un día soñé que hacía este video… y se me quedó dando vueltas en la cabeza hasta que finalmente lo hice. La calidad del audio es bastante mediocre, pero me sirvió para aprender a editar video. Fue divertido.

Actualizando mi plan de carrera

Actualizando mi plan de carrera

Hace dos meses estaba regresando de correr en Entre Ríos, en el auto de mi amigo Juan. Me tocó el asiento trasero, donde siempre me echo unas espectaculares siestas. Muchos envidian mi capacidad de dormirme en cualquier lado, pero… ¿realmente creen que uno termina descansado después de estar con la cabeza colgando, con un hilo de baba cayendo por el costado de la boca?

Este largo viaje por la ruta precisaba sacarle algún provecho que no fuera dormir. Saqué mi celular y empecé a imaginar un plan de carrera para los 245 km que voy a correr en Noviembre. Y a eso le tenía que sumar que en pocos días me mudaba a Brasil.

Empecé armando un plan de tres días conservador. No estaba corriendo mucho y no me sentía seguro. Tenía miedo de empezar con todo y romperme a los pocos días. Decidí no esperar a instalarme en Río de Janeiro y diagramé un entrenamiento de 22 semanas progresivo, con objetivos a alcanzar todos los meses.

Y ocho semanas después… me sorprende encontrar que lo estoy cumpliendo. No solo eso, sino que en un momento me sentí tan cómodo que empecé a juguetear con las distancias, subiendo un poco los objetivos semanales.

Me resulta muy fácil armarle un entrenamiento a otra persona, pero no pensé que pudiese hacerlo para mí. Mi miedo estaba infundado, porque después de llevar recorridos más de 642 km en dos meses, reduje mucho mi cintura, y desaparecieron algunos dolores que tenía como el de mi cadera o mis rodillas. Entiendo que, simplemente, me había desacostumbrado a las distancias, y que gracias a haber empezado de a poco, me fortalecí como para seguir en carrera.

Gracias a que soy flexible con correr mi techo, encontré que puedo hacer fondos de 30 km cada dos días, en lugar de los 20 km que pensaba que era mi máximo de esta etapa.

El único día donde no pude entrenar fue cuando nos enteramos del fallecimiento de Kaius, mi sobrino brasileño. Mi mujer me dijo que entrenase, pero no me sentí cómodo con esa idea. Mi familia me necesitaba, así que me quedé. Estoy entendiendo que mi entrenamiento es muy prioritario en mi vida (me levanto temprano y salgo a correr entre 2:30 y 5:00 horas, dependiendo el objetivo del día), incluso por encima de actualizar este blog. Sin embargo, creo que la familia siempre está primero.

Estos fueron mis rendimientos de cada semana:

Los “Extra” de las semanas 01 y 02 fueron justamente entrenando con mi grupo Actitud Deportiva, con mi alumno o con amigos. A partir de ahora quisiera empezar a correr día por medio, con lo cual tendría semanas de tres salidas alternadas con semanas de cuatro, que entrarán en la categoría “Extra”.

Y este es mi progreso mensual, a la fecha (incluyendo el primer fondo de 33 km que hice hoy, que corresponde a la SEMANA 09):

Desafio_Spartathlon_Argentino_actualizado

Nótese los objetivos en la columna “Kilómetros”, lo que efectivamente corrí en “Resultado” y la “Diferencia” al final, con los números en rojo cuando da negativo. Veremos cómo siguen las 14 semanas que quedan.

Lo que extraño de correr en Buenos Aires

Lo que extraño de correr en Buenos Aires

Uno suele apreciar las cosas cuando ya no las tiene. También es cierto que uno distorsiona los recuerdos, y todo tiempo pasado parece mejor. Sin embargo, hay algunas cosas que extraño de cuando entrenaba en Buenos Aires.

Lo primero que debería reconocer, ya que es la ciudad en la que elegí vivir, es remarcar las ventajas de Río de Janeiro. El hecho de que amanezca más temprano es algo que me encanta. Quienes me conocen saben que mi cerebro se desconecta unos 15 minutos después de cenar. Soy una persona diurna, y en Buenos Aires no podía evitar despertarme cuando todavía era de noche. En Río, durante el pleno invierno, a las 6:30 ya hay claridad como para salir a entrenar.

Otra cosa que me gusta es la cercanía que tiene la ciudad con el mar. Uno puede ir a correr junto a la playa, pero… la novedad se agota pronto. Y hay mucho tráfico que pasa haciendo mucho barullo junto a la ciclovía, lo que hace que la experiencia de entrenar en Copacabana o Ipanema sea un poco estres– ah, perdón. Dije que iba a hablar de las ventajas. Sí, playas. Es un punto a favor.

Río tiene muchos, muchos corredores. Le da la bienvenida a los atletas con sendas para hacer bici o correr, estaciones para entrenar, e incluso pesas hechas con caños y cemento. Da un look medio presidiario, pero ahí están para que las use quien quiera.

Aquí también hay mucha seguridad. Quienes teman andar por la calle pueden ir contabilizando la cantidad de policías o agentes de tránsito. Tampoco imaginen un estado paramilitar. Hablamos de cariocas con camisa de manga corta, gorrita, paseando o andando en bici.

Buenos Aires, por otro lado, tenía algo esencial que aquí perdí: baños públicos y bebederos. Como todos los problemas, se resuelve con plata. Río de Janeiro tiene estaciones donde uno puede hacer sus necesidades, pero son pagas. También hay montones de vendedores ambulantes que te venden un agua sin gas de medio litro por R$ 2,50 ($14), que es lo que te cobran en promedio por usar un baño público.

Supongo que, como hombre, me sentí culturalmente avalado para hacer pis donde quisiera. En el baño de una estación de servicio, en un McDonald’s, en un frondoso arbusto o tras el tronco de un árbol. Los hombres solo necesitamos dar la espalda, como si con esa simple acción nos volviésemos invisibles.

Los bebederos son algo que realmente extraño. Se venía dando, en los últimos años, la proliferación de esta agua de cortesía en muchos puntos de Zona Norte del Gran Buenos Aires y Capital. Era clave para mis fondos largos, donde solo tenía que preocuparme por tener algo de comer. Ahora, cada vez que corro una distancia mayor a 30 km, tengo que ponerme la mochila hidratadora si quiero tener autonomía, con el consiguiente dolor de espalda. Esa molestia uno lo tolera después de cruzar la meta, porque después de terminar una carrera de aventura o de montaña, todo va a doler igual. En cambio, cuando es un entrenamiento frecuente, no es tan simpático.

Otra cosa que extraño de entrenar en Buenos Aires es la facilidad de encontrar un camino sin mucha gente y con poco tráfico. Al vivir en una ciudad nueva, no conozco tanto como para poder alejarme de los puntos turísticos (difícil). Es cierto que correr bien temprano, como me gusta a mí, me da una cierta privacidad, pero casi siempre empalmo con el horario de entrada al trabajo, y más de una vez tengo que esquivar oficinistas y señoras que hacen las compras. Con el volumen del tráfico, correr en la ciudad también es un poco riesgoso. Me acostumbré a correr con música, básicamente para tapar el ruido de los coches y los colectivos.

¿Es mejor correr en Buenos Aires que en Río? No lo sé todavía. Llevo un mes y medio acá, así que entiendo que todavía me falta conocer. Estoy armándome mis rutas, y casi llevo perfeccionado mi camino para hacer 30 km, que es la distancia que más voy a repetir estos meses. La idea es seguir encontrándole la vuelta, seguir pagando los baños públicos, y encontrar una canilla en la que poder rellenar mi botellita.

Corriendo en las favelas de Río (sin querer)

Corriendo en las favelas de Río

Hay algo que me resultó curioso de Río, que aplica a todas las grandes ciudades del mundo, y es cómo se nota la desigualdad de clases que conviven. Si uno mira por la ventana del lujoso Sheraton va a ver una enorme favela enfrenta, instalada en la ladera del morro Dois Irmãos. En la puerta de esos inmensos edificios de departamentos con expensas altísimas (porque tienen piscina, sauna, gimnasio, servicio de limpieza por departamento, etc), puede verse gente durmiendo en la calle.

Es un escenario triste, pero entiendo que Río no puede esconder su pobreza debido a su geografía. En Buenos Aires aprendimos a mirar a otro lado, a levantar paredones, y nunca veríamos a un vagabundo en Puerto Madero (quizá lo echen apenas se instale). La verdad es que la gente más pobre se arma su casa en los morros, unas elevaciones de muy complicado acceso (hay que subir escalinatas eternas). Todos los cariocas recomiendan evitar las favelas, aunque hay mucha presencia policial y militar.

En este contexto me encuentro yo, un expatriado intentando entrenar para una ultramaratón de 245 kilómetros. Me armé mi plan con los objetivos diarios, semanales y mensuales, y llegué a Río queriendo repetir todo lo que me funcionó en Buenos Aires. No me resultó tan sencillo como esperaba.

Correr por la playa es pintoresco, pero me encontré con algunos problemas. En primer lugar, no hay baños público gratuitos. O sea, un McDonald’s, una estación de servicio. Al ser un destino turístico, tampoco es fácil encontrar un árbol o algo de vegetación donde un hombre pueda hacer pis y seguir su marcha. Tampoco hay bebederos, ni canillas. Si uno quiere ir al baño o tomar agua, tiene que pagar.

Sin embargo, lo que me resultó más frustrante es el tráfico. En Río manejan casi tan mal como en Buenos Aires. La gente tampoco cruza bien la calle, pero entiendo el problema: las avenidas tienen semáforos muy largos. Si uno va en el sentido del tráfico puede correr sin detenerse, pero cruzar puede tomar un par de minutos de espera. Cuando uno está midiendo distancia y tiempo con el reloj, esto resulta muy molesto.

Estas son las cosas que fui aprendiendo en este mes que he estado en Río de Janeiro. Volviendo al tema de las favelas, empecé a recibir advertencias de no correr por ciertos lugares. El tema es que, con el tráfico que hay y mi necesidad de correr ciertas distancias, la playa empezó a quedarme muy chica. Desde Leblon hasta Leme hay unos 10 km. La Lagoa Rodrigo de Freitas es ideal para entrenar, pero tiene una circunferencia de solo 7,5 km. Así que intenté explorar un poco la ciudad para hallar nuevas rutas.

La ciclovía que recorre las playas de Río me fue llevando a superar la playa de Leblon y cruzar el Sheraton mencionado al inicio. Es el camino que hacemos en la Maratona y que une Barra de Tijuca con el Aterro do Flamengo. Así terminé frente a la favela de Vidigal. Con tantas advertencias empecé a tener un poco de aprehensión, pero decidí seguir, hasta que un enorme bloque de cemento en el camino cortaba el paso. Di media vuelta y me volví, frustrado de no poder ir a Barra de Tijuca.

Cuando le dije a mi esposa que había ido a la favela de Vidigal, casi le da un ataque. De hecho, si no me pega una bala perdida, ella va a ser la que me mate. Después nos dimos cuenta que ella creía que había entrado a la favela, cosa que no estaba en mis planes.

Sin embargo… en otro entrenamiento llegué a Leme, donde está el asentamiento del mismo nombre, y encontré que la playa terminaba. Buscando el paso al Aterro do Flamengo, rodeé la manzana y tomé una calle en subida. Que subía, y subía, y subía. Y subía. Con mis glúteos y cruádriceps en llamas, lo único que se me ocurrió era poner cara de que estaba corriendo ahí porque quería y no porque estaba perdido. Había gente paseando perros y señoras con bolsas de compras, así que no veía motivos para preocuparme.

Así y todo, aprendí que a medida que uno sube en la favela, las construcciones empiezan a ser cada vez más precarias, al punto que desafían todas las normas arquitectónicas (y las leyes de la física). De pronto, enormes tablones sostenían construcciones imposibles. Yo seguía subiendo, y el camino al Aterro no aparecía. Cuando me encontré en una calle muy angosta (pero que igual era doble mano), me di cuenta de que estaba haciendo una tontería, así que di media vuelta y volví sobre mis pasos. Mi mujer tampoco se puso muy contenta con esta anécdota, y me prohibió correr por encima del nivel del mar.

No puedo decir que haya vivido algún intento de robo, ni tampoco vi nada que me asustara. Río me parece una ciudad pacífica, pero tiene esa constante presencia policial, con militares y tanques de guerra, que si no fueran necesarios no estarían ahí. De momento fui aprendiendo cuáles son los límites para armar mis recorridos, y dónde está el bendito túnel para pasar por debajo del morro y llegar al Aterro do Flamengo.

Llegar a los 40

Llegar a los 40

Cumplir 40 años es algo que ocurre una sola vez en la vida. Correr 40 kilómetros entra en otra categoría, pero no dejo de pensar que algo que puede convertirse en una cosa habitual sería impensada para otros.

Nunca planeé cumplir 40, algo que inevitablemente va a ocurrir en 5 meses. Si continúo contrastándolo con el entrenamiento, sí planifiqué correr 40 km el día de ayer, distancia que no hacía desde la Patagonia Run en abril. Fue difícil, aunque prefiero ahondar en eso después.

Hoy Natalia, una de mis mejores amigas en toda la vida, festeja sus 40 años, y yo me encuentro viviendo en otro país, sin poder asistir. Eso me hizo pensar dónde me voy a encontrar cuando cumpla mis cuatro décadas. También me llevó a recordar mis cumpleaños terminados en cero.

Me acuerdo la emoción que tenía cuando pasé a tener dos dígitos de edad. Cuando uno es chico, solo quiere ser grande. Tener 20 era una señal de madurez (algo que a algunos les da pánico), pero nunca me sentí de la edad que tenía. Me resulta imposible no compararme con mis padres, que a los 23 ya estaban casados. Los 30 los festejé en un pelotero para adultos. En ese entonces me vestía peor que ahora y estaba intentando correr un poco por mi cuenta, a meses de empezar con un grupo de entrenamiento.

En ninguno de esos cumpleaños se me ocurrió que algún día iba a estar 4 horas corriendo sin parar, y mucho menos mudado en Brasil. Eso habla de lo mucho que se puede cambiar con los años. Sin embargo, haber corrido 40 km está muy lejos de mi objetivo para noviembre de correr 245 km. De a poco estoy intentando volver a mi estado de hace 3 o 4 años, donde corría 40 km todos los fines de semana. Sí puedo decir que lo hice a un ritmo tranquilo, no el que usaría en una maratón, por lo que hoy no estoy convaleciente. Tengo un poco de cansancio en los cuádriceps y un poco de tensión en los hombros por la mochila hidratadora, pero nada que pueda usar de excusa para quedarme en la cama.

Además hoy es otro cumpleaños, pero de mi esposa (todavía está lejos de llegar a sus 40). Generalmente correría esa distancia un sábado como hoy, pero lo adelanté a viernes para no desaparecer cuatro horas, justo este día.

Llegar a los 40 (kilómetros) no me resultó fácil, como otros años, pero si no me cuesta siento que no me sirve. Cada número redondo, de esos que asustan, me pone un piso mental para seguir creciendo. Ese paralelismo debería trasladarlo a la edad, lo sé, pero el progreso deportivo es una elección mientras que la maduración mental es una obligación. Las dos llegan con esfuerzo y algo de inconformismo.

Seguiremos progresando.

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