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145 km de Patagonia Run

 

145 km de Patagonia Run

Era la primera persona que veía en 10 kilómetros. “Por favor”, le dije, “necesito que me vengan a buscar”.

Tenía mucho frío y no paraba de temblar. Sabía que tenía una manta de supervivencia en la mochila, pero no tenía fuerzas para sacármela y volvérmela a poner. Lo que me asustó, y me hizo definir que tenía que abandonar la Patagonia Run, era un dolor muy fuerte en el centro del pecho.

No estábamos muy lejos del Puesto de Asistencia Quilanlahue. Ya había pasado el cartel que decía que faltaban 2 km, pero hacía una hora que solo podía caminar, y cada vez más lento. Podía ver el establo y los vehículos estacionados, pero llegar hasta ahí por mis medios me parecía imposible.

El rescatista me hizo entrar a su carpa. Le pedí disculpas por embarrarla toda, y me aseguró que igual la tenía que lavar. Me dio un aislante para que me acostara encima, me tapó con su bolsa de dormir y una campera. Yo no paraba de temblar. Cuando me preguntaba si estaba mejor le respondía que un poco, disimulando que estaba llorando.

Cualquiera podría creer que el dolor en el pecho era angustia, pero cuando me desmayé en el hospital, volviendo del baño, la doctora confirmó que era por la hipotermia.

Supongo que debería contar esta reseña en modo cronológico, pero al momento de abandonar, todo pasó a segundo plano. Igual puedo hacer un resumen en el que repase lo que fue y lo que podría haber sido. Salimos puntuales, 18 hs del viernes, desde el Centro Cívico de San Martín de los Andes. Le tenía pánico al frío, así que salí muy bien abrigado. Con el correr de los kilómetros me fui sacando ropa, reservándome para los momentos de montaña.

La idea era correr con Fernando, mi compañero con quien habíamos estado entrenando en los últimos tiempos. Él se fracturó la mano hace un par de meses, pero llegó a recuperarse justo a tiempo para poder apoyar el peso de su cuerpo en sus bastones. Empezamos muy bien, animados y aprovechando que la salida era de día y se podía apreciar el paisaje. Corríamos todo lo que se podía y nos preservábamos en las subidas.

El principio éramos muy conscientes de la hidratación. Cada 20 minutos tomaba agua. No lo vi a Fer alimentarse como debía, y se lo mencioné algunas veces. Hacia el kilómetro 35 empecé a sentir dolor en la rodilla izquierda, en especial en las bajadas. ¿Iba a aguantar 120 kilómetros más?

Cuando subimos el Cerro Colorado, hizo todo el frío que me imaginaba. Fernando empezó a tener arcadas, y el fantasma de abandonar empezó a sobrevolar su cabeza. El ascenso fue muy lento. Nos pusimos detrás de una pareja que caminaba muy despacio. Le pedí a mi compañero pasarlos, pero él decía que no podía más. Comprobé que sí, que nuestra caminata era mucho más rápida que la de ellos, porque dos veces nos quedamos a un costado, esperando a ver si las arcadas pasaban a ser un vómito, y después de caminar unos minutos quedábamos de nuevo pegados atrás de la pareja.

Hicimos cumbre en el Cerro, en medio del hielo, y agradecí que bajásemos lentamente porque mi rodilla estaba muy dolorida. Cuando llegamos al Puesto de Asistencia Total Colorado 1, Fernando había decidido abandonar definitivamente. Era el kilómetro 70. Nos quedamos 45 minutos, comiendo, cambiándonos de ropa, y convenciéndolo de que siguiera. Mi mejor argumento fue que tenía que darle a su hijo, Nico, el ejemplo de que en la vida siempre había que intentar.

Salimos trotando, ya de día. Las cuentas no nos daban para llegar, pero preferíamos no pensarlo. Íbamos a darlo todo. Subimos el Cerro Quilanlahue, una proeza demoledora, y bajamos trotando, a un ritmo que me sorprendió. Para un corredor no hay nada más estresante que correr contra el reloj. Una cosa es combatir el sueño, el cansancio, el hambre… pero contra las horas que pasan, no hay mucho para hacer.

En este apuro por ganarle minutos a los cortes pueden haber estado los problemas. No tomar bebidas isotónicas, no cambiarse la ropa mojada, agarrar media banana y creer que eso es suficiente. Pero a cada puesto que llegábamos nos decían que si no nos apurábamos no llegábamos. Yo era el único optimista que creía que sí podíamos.

En el km 95, Fernando me convenció de seguir solo. Él no podía más y no quería que abandone por él. Le pregunté si estaba conforme con su esfuerzo, y me respondió que sí, así que seguí.

En mi guerra contra las matemáticas, si avanzaba a un promedio de 10 minutos el kilómetro (entre caminatas y trotes), tenía posibilidades de llegar. Tenía que alcanzar el Puesto de Asistencia Total Quechuquina antes de las 15:30 para demostrarlo, y llegué 10 minutos antes. Ese puesto cerraba a las 17 hs, así que tenía un margen holgado. ¿Por qué todo el mundo insistía con que si no me apuraba no iba a llegar?

Pero ahí se había terminado mi carrera. Salí intentando trotar, pero me esperaban 15 km hasta el siguiente puesto, Quilanlahue 2, que cerraba a las 19 hs. El problema, además de la distancia, es que empezaba en subida. Cuando terminaba mi caminata en pendiente, el corazón se me salía del pecho, y no podía trotar. Intentaba, pero no me salía. No es lo mismo hacer ese esfuerzo solo que acompañado. Además tenía mucha sed, y aunque tomaba y tomaba, no la podía saciar. Intenté meditar para calmarme y encontrar fuerzas adentro, pero me quedaba dormido. Me despertaba en medio de un sendero, preguntándome qué hacía en ese lugar.

En mi cabeza todavía hacía cuentas, pensando que quizá podía caminar todo lo que faltaba y así llegar. Pero al dejar de correr me enfrié, y empecé a sentir las manos y los pies congelados. A eso le siguió el dolor punzante en el pecho.

Habré caminado unos 10 km sin cruzarme con ningún rescatista. Utilicé mis últimas fuerzas para hacer sonar mi silbato, con la esperanza de que apareciera alguien de atrás de un árbol para socorrerme. Soñé con cuatriciclos de bolsillo, un motociclista al que sobornar, una tirolesa… pero solo podía salir de ahí avanzando.

Finalmente vi al rescatista a las 18:15, antes de llegar al Quilanlahue 2, y casi de inmediato consiguió que una camioneta viniera a buscarme. Pusieron la calefacción y me llevaron a reparo. Me cubrieron con mantas, me dieron té (y el café más espantoso que tomé en mi vida), botellas calientes para meterme adentro de la ropa, y me ayudaron a ponerme abrigo seco. Me frotaban los hombros y los brazos, mientras me caían las lágrimas. Nunca me había sentido tan abatido.

En una combi nos llevaron a un grupo de zombies (yo era el menos vivo de todos) hasta el Centro Cívico. Me prestaron camperas, guantes, y me cubrieron los pies descalzos con un buzo (mis zapatillas estaban mojadas y era preferible estar así). Me conmovió tanta dedicación. De hecho, por mi pésima condición me dejaron en mi cabaña, donde mi maravillosa esposa me esperaba con una campera y zapatillas secas.

Me quedé un rato junto a la estufa y después de un baño caliente me fui a acostar. No podía quitarme la sed, sin importar lo que tomara, y después comencé a tener fiebre. Mucha.

A la medianoche una ambulancia vino a buscarme. Mis recuerdos son un poco difusos, como si todo lo que siguiese a continuación haya sido un sueño. Me llevaron en silla de ruedas hasta una camilla donde me pusieron un suero, el primero de un total de cinco. Tenía 38.2 de temperatura. La doctora dijo que había sufrido una deshidratación extrema. ¿Por qué? ¿Habrá sido el apuro por no perder tiempo? ¿O haber tomado pocas bebidas isotónicas? Solo podemos conjeturar.

En medio de la noche pedí permiso para ir al baño. Llevé mi suero, hice lo mío, y cuando me levanté para ir hasta la puerta, empecé a marearme. Alcancé a pedirle ayuda al enfermero, y según Luciane caí de boca al piso. Tres personas me levantaron y me llevaron a la camilla.

El análisis de sangre arrojó niveles interesantes. Por ejemplo, el CPK mide la cantidad de músculo destruido tras una sesión de ejercicio intenso. En valores normales está por debajo de 200, y se estima que luego de un entrenamiento normal se duplica. En mi caso me dio por encima de 2200.

Luego de la quinta bolsa de suero, me dieron el alta. Pero no porque estuviese recuperado, sino porque a las 14 hs venían a buscarnos por la cabaña para llevarnos al aeropuerto, y de ahí volar a Buenos Aires. En el hospital me querían dejar un día en observación. Igual me sentí muy bien cuidado, y me sorprendió levantarme de la camilla sin sentir dolores musculares. Ahí entendí la función del suero de purificar la sangre. Por eso, querido lector ultramaratonista, te recomiendo una internación hospitalaria en la noche posterior a la carrera. Vas a levantarte como nuevo.

Aunque dormí un poco al volver a la cabaña, me sentí muy cansado el resto del domingo. Recién hoy, que dormí en mi cama, puedo decir que soy un ser humano semi normal. Y que lo intentamos. Fernando fue del km 70 al 104, después de haberse prometido abandonar. Yo corrí contra el reloj, aún sabiendo que los números no estaban de mi lado.

Si hubiese llegado a la meta, esto que sigue a continuación jamás lo hubiese dicho, pero ahora que abandoné, tengo que hacerlo. El tiempo límite para 145 km está mal. Nos daban 29 horas para completar el recorrido, lo que implica tener una velocidad promedio de 5 km por hora, o 12 minutos por kilómetro. Para la distancia de 100 km, el límite eran 26 horas, para lo cual tenían que avanzar a 3,9 km por hora o 15 minutos por kilómetro. Es un esfuerzo muy desfasado. Tres horas para una diferencia de 45 km. Quizá, con menos presión del tiempo, hubiese podido atenerme a mi estrategia. Que hayan llegado 57 corredores de 107 es una señal de que fue una prueba brutal.

Después de un día entero de correr en el frío, de extrañar a mi mujer, de una dieta líquida de bebidas azucaradas, lo que menos puedo pensar es en la revancha. Hay algo de amargura por no haber alcanzado la meta, pero también mucha paz interna porque frené cuando el cuerpo no pudo más.

El secreto para terminar todas las ultramaratones


Comida. Y bebida. Bueno, ¿dos secretos?

 La máxima para todas las ultras, que ya he dicho en más de una ocasión, “Beber sin sed, comer sin hambre”, la leí justamente en un puesto de la Patagonia Run. Resume concretamente la estrategia para tener la energía suficiente que nos lleve hasta la meta.

Tengo la convicción de que una persona muy bien preparada físicamente y que no tenga una buena estrategia de nutrición, jamás va a cruzar la línea de llegada. Por el contrario, coloco por encima a quienes saben cuándo tomar y qué comer, aún cuando no hayan entrenado cuestas ni escaleras. Por supuesto que todo suma, en especial para obtener seguridad y alcanzar un estado de serenidad mental que nos haga superar nuestros límites.

Mi nutricionista, Romina Garavaglia, me recomendó para mi primera ultramaratón beber cada 20 minutos y comer cada 40. Las raciones tienen que ver con las características físicas de cada corredor, pero estimo que esto se aplica a todo el mundo. Ya no me sigo atendiendo con Romina, pero tengo muy grabadas todas sus eseñanzas (y la sigo recomendando a quienes me piden consejos profesionales de nutrición). Algo que alguna vez debatimos fue cuáles eran las fuentes de hidratos mas cómodas para transportar en montaña.

Lo que hice todos los años en esta carrera fue traer pretzels. No solo tienen muchos carbohidratos, sino que son salados y eso fomenta las ganas de beber agua, algo que a veces dejamos de lado. Este año, por el apuro por salir de luna de miel, no hice a tiempo de comprar, así que lo reemlpacé por dos latitas de papa Pringles (que repartiré en el recorrido). También llevo un mix de frutos secos, pasas de uva sin semillas, y galletitas Cachafaz de chocolate como incentivo para alcanzar puestos clave. A más de uno le puede sorprender que algunos de estos alimentos no entren en la categoría de “saludables”, pero buscamos cubrir la enorme necesidad de ingesta calórica que tiene una ultra de montaña.

Párrafo aparte merecen mis empanadas de papa y seitán. El año pasado las probé y funcionaron muy bien, salvo que les puse demasiada sal (marina). Esta vez voy a repetir la experiencia, buscando no salar de más. Ya perfeccioné mi técnica para la masa integral y mi carne vegetal. Voy a dejarlas en pequeños tuppers durante el recorrido, y como son muy ricas también van a servir de incentivo para llegar hasta ellas y seguir avanzando. Pero no será esto lo único que coma. En los puestos a veces me tiento con un mate cocido caliente o con frutas. De hecho también voy a llevar manzanas y dejar algunas en el recorrido. La fructosa puede hacer milagros en un cuerpo agotado.

Sobre la hidratación, voy a llevar mi mochila con 2 litros de agua y después complementaré con los puestos. Alguna vez quise no beber Powerade por su alto contenido de químicos y azúcares, por lo que intenté tomar agua con sales de hidratación. Incluso llegué a prepararme pinole para compensar (lo pueden googlear). Los años en que probé esta estrategia tuve un desempeño bastante malo, porque me asqueaba del agua con sales y del pinole. Encontré que combinar agua con bebidas isotónicas da un mejor resultado. Y después de todo, puedo cuidar mi alimentación durante todo el año y darme algunas concesiones cuando tengo que correr más de 100 kilómetros. Creo que mi sistema va a procesar y quemar lo que sea.  

Una nutricionista dijo una vez que las ultramaratones son concursos de comer y beber, donde se ven lindos paisajes y además se corre. Es un buen modo de resumir este post y de poner el foco en que será siempre el combustible lo que nos ayude a cumplir nuestros objetivos. Sea la locura que sea.

Corriendo en la fría Patagonia

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Hace frío en San Martín de los Andes. Lo cual no es extraño en este inicio de otoño. Pero cuando uno viene a encarar una carrera de varias horas, muchas de ellas en la noche, conviene tener algunas precauciones.

En mi experiencia siempre preferí tener calor a tener frío. En igualdad de condiciones (mismo terreno, alimentación e hidratación responsable) para mí es mejor exponer mi cuerpo a una temperatura elevada que a una baja. Todo afecta al rendimiento, pero el frío lo sufro como una tortura, algo que duele en el cuerpo y no te deja pensar. La única alternativa es seguir avanzando y no dejar que el cuerpo se enfríe. Admito que me da más miedo, me da la impresión de que corriendo a bajas temperaturas arriesgo más.

Patagonia Run me hizo sentir lo que es correr con frío, y fue una experiencia que juré no volver a repetir. Esta va a ser la quinta vez que falto a mi promesa. Lo que aprendí fue que no importa que me esté congelando, mi cuerpo igual necesita agua (por eso hay que evitar que se congele). También encontré necesario frenar lo menos posible en los puestos de hidratación. Entrar en calor cuando hace mucho frío es más difícil, y tuve situaciones donde me quedaba al lado de una fogata o una caldera y al volver al camino temblaba incontrolablemente. Una sensación espantosa.

Para este año, Windugu no ofrece un pronóstico esperanzador. Al parecer la largada, el viernes a las 18, va a ser con lluvia y temperaturas de un dígito. Aunque el sol salga a las 7:30 de la mañana, y suponiendo que no esté muy densamente nublado, el sol recién empieza a calentar cuando pasa las montañas, recién a las 9. Por eso tendremos muchas horas de oscuridad y sombra.

¿Es este el momento de sucumbir ante el pánico? Yo diría que sí.

Pero usemos el miedo de nuestro lado. He sufrido mucho mucho frío en esta carrera y cada año volví decidido a aprender de mis errores. La lección más importante es que hay que abrigarse de más y no de menos. Por ejemplo, dos pares de guantes: uno primera piel, que nunca me saco, y unos de esquí, para los momentos más complicados (como el ascenso al Cerro Colorado). También aprendí a llevar un cubrepantalón, que como su nombre sugiere agrega una segunda capa aislante a las piernas. En cercanías de una cumbre, cuando no hay vegetación que bloquee el viento, son un aliado muy importante.

Cambiarse la ropa en los puestos también debería ser parte de la estrategia. En esta carrera hay tres puestos donde los corredores pueden dejar lo que deseen. Son el Colorado 1 (que lamentablemente está después del complicado ascenso al Cerro), el Quechuquina (donde frenar mucho tiempo hace que arrancar sea una agonía) y el Colorado 2, que es el mismo que el primero, solo que se encara volviendo a la meta. Dejar una muda para cada puesto puede significar no sucumbir ante el frío que se potencia por nuestra transpiración. Y pobre de quien se queda descansando media hora al lado del fuego.

Como en cualquier actividad física, estar en movimiento nos ayuda a mantener el calor, estemos mojados o no. Lo que no debemos descuidar es qué hacemos cuando estamos quietos, sea en los puestos o en la llegada. Para la meta hay que ponerse un abrigo seco, sin creer que por eso vamos a arruinar nuestras fotos con la medalla de finisher.

El frío puede darnos tal paliza que necesitemos abandonar, pero en una carrera de montaña como esta puede no se algo tan fácil.  El protocolo indica que hay que seguir hasta el siguiente puesto y por nuestros propios medios. O sea que si antes de subir al Cerro Colorado nos damos cuenta de que las calzas cortas no fueron una buena idea y que es conveniente guardarse para el próximo año, la única opción va a ser cruzarlo y llegar hasta el siguiente puesto. Por eso un clima helado nos obliga a considerar todas las posibilidades de antemano, sin dejar nada librado al azar. Ante el calor siempre podemos desabrigarnos. Ante el frío, solo podemos depender de lo que llevemos encima.

Cómo organizar el equipaje antes de la carrera


Se acerca le ansiado viaje para esa aventura que vamos a vivir. ¿Por dónde empiezo a organizar mis cosas? Aplica a maleta y equipaje de mano: lo importante es ser metódico.
Siempre usando de referencia la Patagonia Run, podemos asumir que nos queda una semana. Algunos obsesivos con el orden ya empezarán a hacer la valija, y me saco mi inexistente sombrero ante ellos. Para quienes, como yo, la empezamos después de llamar al taxi que nos va a llevar al aeropuerto, tengo un único consejo infalible. Seguramente en estos días que quedan van a viajar en transporte público, ir al baño con el celular, esperar en el laboratorio a que llamen nuestro numerito, y tantas situaciones donde podemos pensar durante 5 minutos seguidos. Es la oportunidad para empezar la listita.

En una hoja de papel o en el bloc de notas del teléfono, empecemos por las cosas que nos da pánico olvidar. Yo empiezo por anotar que no me puedo olvidar el certificado médico. Inmediatamente paso a mi vestimenta. El camino es de los pies a la cabeza: zapatillas, medias (en mi caso aclaro “todas las que tenga”), polainas, tibialeras, calzas, remera térmica (x3, para recambio), buzos (también x3), chaleco de polar, rompeviento, campera de abrigo/lluvia, pañuelo tipo buff (x3), cuello polar, gorro de abrigo, lentes, reloj con GPS, guantes primera piel, guantes de ski. Ahí paso al accesorio más importante de todos: los bastones.

En este intermedio explico, ¿para qué anotar lo obvio? En esos diez minutos que le vamos a dedicar a guardar todo en la valija, vamos a contar con una guía de lo que hay que ir a buscar al placard, y va a haber sido escrita en un momento de tranquilidad y cierta lucidez. Es importante tomarse la molestia de aclarar si vamos a requerir variedad de una misma prenda, en el caso de que nuestra estrategia de carrera incluya recambio de ropa en los puestos en asistencia.

Sigue otro elemento imprescindible: la mochila. Después aclaremos no olvidar la bolsa hidratadora, porque damos por sentado que una cosa va adentro de la otra, cuando lo cierto es que solemos guardarlas por separado. Es el momento de pensar qué vamos a guardar adentro: comida de marcha (puede ser específico, como pasas de uva, galletitas), linterna frontal, manta térmica, pilas de repuesto, protector de labios, vaselina, cinta hipoalergénica. 

Acto seguido, anotar lo que no afecta directamente a la carrera, sino al viaje: ropa (jeans, remeras, abrigo), cargador de celular, cámara. Y por último, todo eso que es necesario tener a mano en el aeropuerto: impresiones del itinerario del viaje, hospedaje, reservas, y billetera (mágica fuente de dinero y de documentos de identidad).

Como extra, y no menos importante, es dejar la casa en condiciones. Por eso anoto sacar la basura (odiarás volver después de haberla dejado una semana en el tacho), lavar la cocina, dejarle mucha agua y comida al gato, y dejarle las llaves al vecino para que se asegure de que el gato no se quedó ni sin agua y sin comida.

Y ahora viene la parte divertida: hacerle caso a la lista. Yo la sigo la pie de la letra, confiando en que al escribirla contaba con todas mis facultades mentales. Como suele estar hecha en el teléfono o en el iPad, voy borrando las cosas a medida que las voy separando.

Siempre hay ropa que vuelve a casa sin haber sido usada, pero soy de los que creen que es mejor llevar de más que de menos. Y tengo un último consejo que me van a agradecer para una carrera como Patagonia Run: llevar bolsas plásticas para meter la ropa sucia. La carrera termina un sábado a la noche y generalmente estamos volviendo el domingo al mediodía. No da nada de tiempo para lavar, y toda la ropa de la carrera, en especial las zapatillas, vuelven con algunos kilos de barro de más.

Cómo sobrevivimos a nuestra boda

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Ahora que pasaron un par de días de nuestro casamiento, puedo decir que todo valió la pena. Yo hice una única promesa en todo este tema de la organización: poner mi mayor esfuerzo. Aunque parezca increíble, absolutamente todo salió bien.

Vayamos por el principio. Luciane tiene dos padres encantadores que viven en Mina Gerais. Como corresponde, le pedí a su padre su mano, en el mismo día en que él me veía por primera vez. Había mucho nervio porque se trata de un hombre muy respetado y tradicionalista. Incluso recibí la sugerencia de no mostrar el tatuaje de mi brazo (¿quizá cuando nazca nuestro segundo hijo?). Pero fue un momento muy emotivo, donde recibí toda la confianza que un padre puede poner en un yerno.

Después vino la convivencia. En noviembre fui a buscar a Luciane a Rio de Janeiro, donde ayudé en la mudanza. Había un clima de ansiedad pero también de cierta tristeza. Ella abandonaba su país, sus amigos, su familia. El contacto con su tierra y sus seres queridos jamás se va a romper, pero es distinto saber que están a un viaje en ómnibus de distancia que a un tramo en avión. La primera vez que llegamos a mi departamento nos recibió una infestación de pulgas. Esos bichos malditos desaparecen en invierno, momento en que uno cree que las ha erradicado, pero en verdad están escondidas hasta los primeros calores. No es culpa de Santi, mi gato. Yo recibí este departamento con pulgas y en mi inocencia creí que las había vencido.

Este fue un momento muy difícil. ¿Cómo le podía prometer que todo iba a estar mejor a Luciane, que había abandonado una ciudad hermosa con playas increíbles, cuando las pulgas se subían por sus piernas? Después de varios tratamientos en el piso de madera, y de ventilar la casa, la situación se controló. Además el departamento empezó a tener el toque femenino que conmigo nunca tuvo, y empezó a convertirse en un lugar al que valía la pena regresar después del trabajo.

Entonces llegó el momento de planificar el casamiento. A toda la burocracia que requiere realizar un contrato entre dos personas, hay que sumarle el hecho de que uno de nosotros era extranjero. Y tuvimos suerte de que nuestros países integren el Mercosur, por lo que se facilitan mucho las cosas. No pudimos reservar turno en forma online, hubo que ir en persona, y Luciane tuvo que hacer una entrevista en español para demostrar que iba a entender lo que estaba firmando.

Y toda esta aventura tuvo muchos caprichos míos. Lo de casarnos en el Registro Civil Central, de Capital, fue una decisión personal. Me gustaba el edificio y no me molesté en hacer el cambio de domicilio para resolverlo cerca de mi casa. También lo de la iglesia fue idea mía (soy un poco tradicionalista, quizá por eso me llevo tan bien con mi suegro), así como el temita de hacer una fiesta para 90 personas. Y cada cosa requirió preguntar, buscar información en internet, buscar precios y hacer presupuestos. Mis papás bancaron el 90% de los gastos con un préstamo, que me tomará un tiempo devolver (pero ahora que soy un hombre casado tengo que afrontar esas responsabilidades).

En este proceso descubrí una cosa que me puso muy contento: Luciane tiene mucha suerte. Y de algún modo me la contagió a mí. Conseguí alquilar un traje digno de la entrega de los Oscars por muy bajo precio. Aunque fue insistencia mía, los dos nos pusimos de acuerdo en el estilo de fiesta que queríamos: decoración rústica y al aire libre. Buscamos muchísimos presupuestos (como cincuenta) y terminamos dando, no sé cómo, con un salón en San Isidro que era increíble. El precio resultó ser razonable (mientras que en algunos el costo era igual que comprar un cero kilómetro) y la dueña fue encantadora. Después se nos ocurrió preguntar en mi restaurante vegano favorito, Coconaranja, si hacían catering de boda. Resultó que nunca lo habían hecho y estaban dispuestos a intentarlo con nuestro casamiento. El presupuesto también fue muy razonable y la elección del menú fue inmejorable. Estuve tan agradecido con ellos que cuando en la boda hablé al micrónofo y les agradecí, muchos invitados pensaban que tenía un canje con ellos y me hacían un descuento cada vez que mencionaba el nombre del restaurante. Ojalá.

La ceremonia en la iglesia fue muy emotiva y distendida. Aunque veníamos sufriendo viento y lloviznas, el sábado hizo un sol espectacular y pudimos estar afuera todo el tiempo (cuando no estábamos en la pista, bailando). La madrina de Luciane, Bel, se encargó de los souvenirs (Havaianas para las chicas), el carnaval carioca, las bolsitas de arroz… muchas cosas que siguieron la temática rústica de la decoración. Yo imprimí fotitos nuestras en papel madera y estuve toda la noche previa recortando… Todo terminó confluyendo en una fiesta donde todo, absolutamente todo, salió bien. Lu estaba feliz con su familia y amigos que habían volado especialmente. Los tres oradores que elegí (dos para la iglesia y uno para el brindis) hicieron gala de una creatividad que superó mis mayores expectativas. Todos gustaron de la comida y la bebida, la cual no incluyó el sacrificio de ningún animal. La suerte estuvo de nuestro lado. Hasta se cortó la luz en un sector donde no afectó el funcionamiento, y volvió para cuando necesitamos la batidora para los daikiris y la consola para el DJ.

Ahora que todos los invitados de Brasil regresaron a su hogar y le damos los últimos toques a la luna de miel, me queda una sensación extraña. La última vez que me sentí así fue al día siguiente de correr el Spartathlon. Casarme con Luciane y tener una fiesta como la que tuvimos era un sueño que terminé cumpliendo. Al igual que en Grecia, di mi mayor esfuerzo y lo conseguí. Hablo por mí, porque aunque pasamos por la experiencia juntos, sé que los dos lo vivimos desde lugares diferentes. Siento mucha paz, además de un sentimiento de inmensa gratitud. Me siento transformado.

¿Qué queda ahora? Seguir en este camino de cambios, que nos atraviesa durante nuestra luna de miel, pasar por nuestra primera ultramaratón como matrimonio (yo corriendo y ella en la meta), y continuar trabajando en equipo.

Casarse abre puertas

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En lugar de hablar de lo que pasó, que todos lo van a imaginar, me gustaría decir qué me imaginé yo que iba a pasar. Cuando decidí volver a escribir con cierta regularidad en el blog ya estaba planeando casarme con Luciane, la bellísima carioca que conocí en la Maratona do Rio. Supuse que iba a ir contando cómo era organizar tu propio casamiento, adornándolo con anécdotas y datos que los solteros no imaginábamos.

Debo admitir que muchas veces escribía los posts en mi cabeza. Estaba ese del catering, en el que entendía cómo los novios tenían reservas en sumar gente a la boda porque cobran por invitado (no lo sabía), o aquel en el que explicaba lo burocrático (y complicado) que es la ceremonia civil cuando el casamiento involucra a un extranjero. También el tema de si se priorizan los gustos alimenticios de los novios o si se le da importancia a lo que pueden llegar a querer los invitados, y cómo se organiza la playlist de la fiesta. Todas cosas que no me preocuparon hasta los últimos seis meses.

Pero claramente nada de eso pasó, porque hay otra cosa de la que vale la pena hablar, y es de las prioridades. Organizar una boda es demandante, y lo que terminó siendo importante fue trabajar para poder pagarla. Tuve que dejar de pensar en mí y empezar a pensar en dos personas. Así fue que escribir empezó a postergarse. Lo curioso es que recién encontré unos minutos en la mañana del día de la boda.

Casarse abre puertas. A la vida de otra persona, claro, pero sobre todo al corazón y la empatía de las personas. Conseguí fácilmente un sobreturno con el dentista porque le dije que me casaba. Disfrutamos, tanto Luciane como yo, de la generosidad de nuestros amigos y familiares, e incluso de desconocidos. Conseguimos el salón con el que soñábamos y la mejor comida que nos podíamos imaginar solo porque hay gente que pensó, al igual que nosotros, que en este día nos merecíamos lo mejor del mundo.

Mi mamá me dijo el jueves, después de la ceremonia del civil, que algo que nunca te dicen cuando te casan es que ya nunca más vas a volver a ser soltero. Podrás ser separado, viudo, divorciado, pero la etapa de la soltería es algo a lo que jamás vas a volver. Es un poco fuerte plantearlo así pero a la vez te hace dar cuenta de que tomaste un paso importante. Después de todo, uno no se casa para que su vida siga exactamente igual, sino todo lo contrario. Y, al igual que las carreras en las que me gusta participar, el proceso es agotador, hasta que se llega a la meta y todo valió la pena.

Así que no me siento mal de que esta boda se haya robado tantas horas de nuestra vida porque esa es la importancia que se merece. A partir de la semana que viene quizá vuelva a la normalidad, o a una normalidad donde las decisiones se toman de a dos. En cuanto a lo deportivo, con mi bella esposa ya decidimos que nuestra luna de miel va a ser en el sur, coincidiendo con Patagonia Run. Ahí volveré a mis desafíos personales, pero con el maravilloso incentivo de saber que ahora somos un equipo, y que la otra mitad me va a estar esperando en la llegada.

El miedo es el mejor incentivo

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Hubo una sola vez en toda mi vida que no sentí miedo antes de correr Patagonia Run y fue en mi primera edición, en 2012, cuando intenté los 100 km. Mi sueño era correr el Spartathlon, los 246 km que unen la Atenas griega con Esparta, y como nunca había corrido un ultramaratón, me pareció que esta era una buena oportunidad.

No hace falta aclarar que la montaña me comió crudo. Me torcí el tobillo y me frustré mucho por no poder correr. A pesar de mi dolor, el terreno no me daba muchas opciones: incontables subidas, un suelo muy técnico, y la inexperiencia corriendo más de 5 horas (tardé 18). Mientras avanzaba y trepaba, recuerdo una promesa que nunca cumplí: “Nunca más voy a volver a correr esta carrera”. No es esta la edición en la que no sentí miedo. No, no. Estaba aterrado. Empecé confiado, creyendo que se podía correr 100 km en menos de 10 horas (algo imposible en montaña). El frío del Cerro Colorado me dejó muy consternado, y aunque daba mi mayor esfuerzo, estaba convencido de que venía último en la carrera. Ahí desarrollé mi miedo de volver a pasar por lo mismo.

En 2013 volví, pero para correr 63 km. Ya tenía más experiencia, y esta vez acompañaba a mi novia, que en el año anterior había intentado esta distancia y no había llegado al último corte. La presión estaba en alcanzar los puestos antes del horario límite, pero me relajé. Confié en la estrategia, sabía en qué sectores acelerar y en cuáles relajarse, y cruzamos la meta antes de lo que había imaginado. Fue la única vez en que no sentí que Patagonia Run era demasiado para mí.

Al año siguiente la vida me encontró soltero nuevamente, y necesitaba algo que me desafiara. El año 2014 fue además en el que iba a correr el Spartathlon, en septiembre, así que Patagonia Run parecía un buen entrenamiento de resistencia. Por algún motivo, el miedo de volver a correr 100 km era la excusa para intentarlo. Ya había probado hacer una distancia que me resultara cómoda, y aunque los paisajes de la Patagonia son maravillosos, ¿para qué volver si no era para sentirme desafiado? Aunque estaba mejor preparado, con experiencia y sin haberme lesionado, tardé una hora más que en mi primera edición. En el Cerro Colorado el frío era tan terrible que congeló el agua de mi mochila hidratadora. Me acordé de Dios y le supliqué para que ese ascenso terminara pronto. Bajé por rocas con hielo, con pavor de patinarme y romperme la cabeza. Pero el miedo no me paralizó, sino todo lo contrario. Me hizo ir con cuidado, preservándome. Fue un gran alivio cruzar la meta.

Para la edición de 2015, la distancia máxima pasaba a ser 120 km. Lo primero que pensé, cuando anunciaron esta nueva categoría con bombos y platillos, fue que era una locura. ¿Quién podía prestarse a semejante absurdo? Respuesta: yo. Y si se preguntan por qué terminé inscribiéndome en una distancia que era un 20% mayor a mis dos palizas anteriores, seguro sospechan la respuesta: me daba mucho miedo enfrentarme a eso. A esa altura de mi vida, ya con el Spartathlon conquistado (246 km en 35 horas con 44 minutos, de los cuales 180 km fueron con un desgarro en el tibial) necesitaba algo que me desafiara. Ya había aprendido que el miedo es el mejor incentivo, porque es nuestro indicador de que salimos de nuestra zona de confort. Y aunque en esta edición no hizo el frío de otros años, me costó mucho. Me tomó 24 horas y media llegar a la meta. En el camino me encontré con un amigo corredor al que le presté un bastón y no lo solté hasta asegurarme de que íbamos a terminar.

Mi última incursión en Patagonia Run fue en 2016, cuando la distancia máxima pasó a ser 130 km. Alguno creerá que después de mis intentos anteriores, el miedo era cosa del pasado. Aunque la experiencia ayuda mucho, es imposible no sentir mariposas en la panza. Hay tantas cosas que preparar antes de salir, una estrategia de la que vamos a intentar no despegarnos mucho (pero es inevitable terminar improvisando) y la incertidumbre de cómo va a afectarnos el clima. En esta edición hizo frío, pero el miedo a volver a sufrirlo en mis huesos y terminar teniendo charlas con Dios para que me sacara de ahí hizo que subiera el Cerro Colorado con abrigo de más. De hecho, terminé regalándole un gorro rompeviento a una chica corredora a la que vi poco preparada. El ascenso al Quilanlahue fue especialmente complicado, porque la lluvia del otro lado de la cumbre obligaba a que hagamos ida y vuelta por el mismo sendero empinado. Nuevamente el miedo hizo que redoblara mis esfuerzos por cuidarme, no caerme, y no tirar al que venía en sentido contrario. También levanté a un amigo corredor en el camino, a quien exceptuando cargarlo a caballito, hice todo lo posible por que cruzara la meta. Fue muy arduo, bajé muchísimo mi ritmo, y mis pies quedaron destrozados, pero nada es tan grave si al final de cuentas alcanzamos la línea de llegada. Tardé 26 horas y media, y sentí que fue mi ultra más exigente, muy lejos del Spartathlon.

Todo esto nos lleva a 2017, cuando estoy por correr 145 km, una distancia impensada para el inexperto corredor que era en 2012. Por supuesto que tengo miedo y esta no es una sensación irracional. Sé lo que es tener que avanzar con el frío calándote los huesos, trepar una cuesta interminable con el último sorbo de agua en tu botella (y el próximo puesto a dos horas), trotar con un potente dolor unificado de la cintura para abajo, volver sobre tus pasos porque se te cayó un guante, obligarte a comer a pesar de estar inapetente, estar demasiado cerca de los horarios de corte, y tantas cosas inesperadas que pueden surgir sin previo aviso. Pero cuando aparece el miedo también surge la necesidad de conquistarlo, de aprender. Es muy fácil realizar un esfuerzo físico descomunal y saber que vas a terminar. Yo no corro Patagonia Run porque sé que voy a llegar a la meta. Lo hago porque no lo sé. Ese miedo y esa incertidumbre es lo que me obliga a volver cada año.

Últimas semanas de soltería

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Cuando empecé este blog lo hice con algo puntual en mente: no iba a volverme más joven. Eventualmente me iba a casar, tener hijos, y las responsabilidades de la vida adulta me iban a impedir entrenar y desarrollar el físico de Tobey Maguire en Spider-Man.

Eso fue a mediados de 2010. Había muchas cosas que no imaginaba en ese entonces. Por ejemplo, que no iba a tener el físico de Tobey Maguire en Spider-Man. Lo más importante, huelga decir, es que encontré que podía superar mis límites en formas que no me entraban en la cabeza, y así pasé de correr medias distancias a hacer maratones, ultra maratones, y la frutilla del postre que fue el Spartathlon en 2014.

Pero mi vida continuó, más allá de que mi presencia en el blog disminuyó bastante. Seguí creciendo, y esta actividad me llevó a conocer a Luciane en la Maratona do Rio, en Brasil. En 14 días nos casamos por civil, y 48 horas después daremos “el sí” en la iglesia.

A las expectativas de cómo sería mi vida post 30 años le tengo que sumar, ahora que estoy pisando los 40, la de un hombre casado que comparte su tiempo con una (hermosa) compañera. Por ahora todo parece indicar que voy a seguir haciendo ultramaratones. Mi prometida es tan maravillosa que aceptó hacer coincidir el final de nuestra luna de miel con los 145 km de la Patagonia Run. Mientras nos debatimos si pasaremos los próximos años en Brasil o en Argentina, también accedió a estar en Buenos Aires a mediados de Noviembre, para que pueda correr el Desafío Obelisco, el homenaje al Spartathlon donde vamos a correr desde San Nicolás hasta la Capital Federal (unos 245 km).

Lejos de querer una despedida de soltero, estoy imaginando cuál va a ser mi último fondo largo antes de mi casamiento. Es increíble lo desgastante que es planificar una boda, y cuando puedo sentarme unos minutos a escribir, estoy realmente agotado. Así que aprovecho esta noche para poner por escrito cómo sigue mi vida, y qué planeo hacer en mis últimas semanas de soltería. Probablemente el fin de semana del 11 de marzo corra 60 km. Luego, ya casado, haré lo que hace la mayoría de los hombres, que es dejar crecer mi panza en forma directamente proporcional al paso de los años (quizá no, pero es mejor abrir el paraguas).

Y en mi corazón siempre va a estar el deseo de encontrar el espacio para seguir escribiendo sobre mi vida y el running. Estoy muy feliz de haber encontrado a una persona que quiere compartir sus días conmigo y que se quiere sumar a esta locura de viajes y kilómetros. Patagonia Run va a ser la primera vez que una pareja mía vaya a esperarme en la meta, con el agregado de que también va a ser mi esposa.

En 2010, cuando empecé a escribir Semana 52, no me vi corriendo 145 km en montaña ni tampoco estando casado con una chica brasileña. Pero a veces la realidad supera a nuestra más ferviente imaginación.

Hay que pasarla mal

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Voy a explicar mi máxima para los entrenamientos, con la que muchos van a estar en desacuerdo, pero es una forma de decir que es necesario salir de la zona de confort. Y te estoy mirando a vos, que entrenás cuestas corriendo por el asfalto y esquivás los pocitos y las irregularidades de las veredas.

Un sábado decidí salir a correr por el barrio. Se me había hecho tarde para ir hasta Parque Sarmiento, donde entrena mi grupo, así que aproveché la gran cantidad de calles en subida que hay por San Isidro. Fui con mi mochila hidratadora, más para acostumbrarme a llevarla a cuestas que porque necesitara agua. La idea era emular lo máximo posible aquello que voy a vivir en la Patagonia Run de abril.

Aquel día hacía calor, con lo cual llevar una mochila resultaba un poco molesto. Transpiraba más que lo habitual. Recordé las palabras de Dean Karnazes, que dijo, palabras más, palabras menos: “En algún momento de nuestras vidas empezamos a confundir la felicidad con la comodidad”. Algunas de mis cuestas favoritas tienen las veredas rotas, algo que al 99% le resultará indignante pero yo me veo un pasito más cerca de las imperfecciones de una montaña.

Ahí estaba, subiendo y bajando, cuando en una calle vi a un corredor en condiciones similares: entrenando cuestas con una mochila mediana, similar a la mía. Pero él iba por el asfalto. En mi vereda tenía de todo: pozos, escalones, canto rodado, bloques de cemento sueltos. En ese momento pensé en cuánta gente desearía que la montaña estuviese asfaltada.

Es probable que en la naturaleza, agotados y con sueño, deseemos que a la vuelta de aquellos árboles haya una escalera mecánica que nos lleve hasta la cima. Hasta ahora, no pasó en ninguna carrera. Quizás aquel corredor al que yo subestimé ni siquiera haya estado preparándose para una carrera de aventura, y tampoco voy a decir que correr por la calle no sume (sin embargo, entrenar por donde pasan los autos está mal). Pero cuando participamos de una competencia es casi obligatorio que todo lo que tengamos que hacer sea mucho más incómodo que nuestros entrenamientos. Entonces, ¿por qué no prepararse intentando estar lo menos cómodo posible?

Nunca dejo pasar una subida, unos escalones, pasto. En el vial costero de Vicente López hay unos sectores con arena para hacer beach volley, y me obligo a cruzarlos corriendo. Si en mi entrenamiento la paso bien, cualquier dificultad en carrera me va a pesar mucho más.

Nos asusta pasarla mal, y va en contra de nuestro instinto de supervivencia. A mí, en lo personal, me ayudó mucho correr con dolores, ampollas, calor, frío, pozos, viento, lluvia, hambre y sed. Es información que se va grabando y que me sirvió en las carreras. Y habituarme a salir de la zona de confort, entrenando en al ciudad, ha hecho que pueda disfrutar un poquito más de enfrentarme a la montaña.

Errores que se les permiten a los corredores

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Nadie es perfecto, y no es la idea serlo. A veces subestimamos el poder de equivocarnos, una de las maneras más efectivas de aprender.

Algunos corredores somos quisquillosos, y odiamos equivocarnos. Después de todo, vivimos en una sociedad donde nos llevan a contar cada segundo que tenemos. Cruzar la meta en menos tiempo del que creíamos nos hace toda la diferencia del mundo, y no tomar toda el agua que habíamos cargado en la mochila hidratadora nos hace sentir unos tontos.

Pero no está mal equivocarse. A veces es necesario. Si me permiten, aquí les presento algunos errores que agradecí cometer:

  1. Llevar comida de más: ¿Qué es preferible? ¿Que un paquete de pasas de uva vaya intacto desde la largada hasta la meta, o sentir hambre en el recorrido? No contemos los gramos que cargamos, sino las oportunidades de comer que nos estamos otorgando.
  2. Llevar agua de más: No beber mientras corremos, en especial en una carrera, es un gran error. Muchos se lamentan de ver que la mochila hidratadora volvió con un litro de agua, y si bien es cierto que cargar con un kilo extra es energía gastada, peor es la deshidratación.
  3. Correr excesivamente abrigados: A menos que sea verano, siempre preferí pasar calor que frío. A veces fastidia tener esa campera que solo necesitamos en la cima del cerro, pero considero más peligroso transpirar bajo un grueso abrigo que tiritar de frío.
  4. Calcular mal el tiempo de llegada: Todos han vivido la situación de estimar una carrera de 4 horas y terminar haciendo 6. En las ultramaratones, la diferencia se agranda aún más. Pero todo es experiencia, y en mi barrio, correr más horas es más meritorio que ser el más veloz. Además, tampoco es que tardamos porque nos tiramos a dormir una siesta.
  5. Estrenar calzado o equipo en una carrera: Esto es bastante frecuente. El error radica en que al no estar acostumbrados nos exponemos a molestias o roces que se repiten en incontables kilómetros (y dejan una literal huella en nuestra piel). Pero, ¡al menos estamos corriendo! La experiencia tiene un precio, que a veces es muy caro, pero otras se puede afrontar.

En resumen, no está mal equivocarse. Es señal de que estamos haciendo algo. Los que no se animan, no se equivocan… Pero muchos confunden comodidad con felicidad. A los corredores nos gustan los desafíos, nos gusta intentar… y nos acostumbramos a equivocarnos.

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