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La soledad del corredor de ultramaratones

La soledad del corredor de ultramaratones

Los lectores asiduos de este blog notarán que desde el regreso de Semana 52 le he dedicado poco tiempo a realizar entradas nuevas. Esto tiene una explicación y es que me estoy dedicando a cosas nuevas, pero relacionadas con el deporte y la motivación, que es mi norte en esta etapa de mi vida. Una de esas cosas es haber empezado un libro sobre running. No a leerlo, sino a escribirlo. Comenzó como una crónica detallada de mis 130 km en Patagonia Run y, si bien ese es el “esqueleto”, está evolucionando en algo muy personal, que describe qué pasa adentro de la cabeza de un corredor llevado al límite. Disfruté mucho leyendo “Correr, comer, vivir”, de Scott Jurek, y “Correr o morir”, de Killian Jornet, y dudo que ellos hayan sido los escritores (más bien juntaron sus anécdotas y un escritor calificado le dio un orden y una gramática decente. “De que hablo cuando hablo de correr”, de Haruki Murakami, seguro fue escrito por el autor.

Sí, he pensado en aprovechar mis largas ausencias en este blog e ir subiendo capítulos de a uno, pero como no estoy seguro de que sean versiones finales, y cada tanto se me ocurre intercalar algo en el medio, estoy indeciso. Por ahora puedo prometer crónicas de carreras, porque es material que después me va a servir para la página www.germandegregori.com, otro de los proyectos en los que estoy inmerso.

Pero bueno, dejando todo este preámbulo lleno de excusas de lado, lo cierto es que este último mes podría haber sido muy jugoso para este blog. Podría haber contado un proceso que estoy haciendo en el que me doy cuenta de que tengo una cierta tristeza adentro mío… Fue duro darme cuenta de esto, pero todo cobra sentido. Primero fue la comida, ese placer inmediato que desaparece cuando el plato está vacío o llegamos al fondo del paquete de galletitas. Comer porquerías no fue el camino a la felicidad perdurable. Después fueron las mujeres, en ese vano intento por creer que estar en pareja me iba a hacer feliz. Descubrí que estar de novio no es igual a estar acompañado, y que uno se puede sentir en soledad incluso viviendo con alguien. Luego llegó el turno a las carreras, en especial las ultramaratones. Esa felicidad que me daba cruzar la meta después de un esfuerzo descomunal… de nuevo se convirtió en algo efímero.

Murakami lo describía como al tristeza del corredor (runner’s blues). Después de correr 130 km en montaña, una de las experiencias más agotadoras de toda mi vida, me encontré con la horrorosa pregunta de “¿Y ahora qué?”. Descubrí que no puedo ir de ultramaratón en ultramaratón, intentando llenar un vacío. Peter Milligan decía que ni siquiera el océano podía llenar un balde agujereado.

Hoy salí a correr 50 km, porque ayer, en el entrenamiento, me di cuenta que ese objetivo mío de ir corriendo hasta Pinamar lo prometí para dentro de 4 meses. Pasa el tiempo y no estoy haciendo nada puntual para prepararme. Así que le dije a Germán que quería que me empezara a preparar, lo termine haciendo o no. Me dijo que con lo que estábamos haciendo en PUMA Running Team alcanzaba, que solo necesitaba agregar un fondo a la semana. Me dijo que corra 50 km, y menos de 24 horas después estaba despertándome, en una fría madrugada.

Me costó salir de la cama. Eran las 5 de la mañana. Hacía frío y el día anterior había corrido 24 km. Lo único que me entusiasmaba era probar en el entrenamiento un experimento culinario, unos rectángulos de harina de maíz con un poco de harina integral, salsa de soja, una pizca de sal y levadura de cerveza. Los bauticé “milanesas de maíz” porque parecen milanesas de soja, un poco menos duras, y con gusto a polenta. Me puse un par en cada bolsillo y me abrigué, mientras pensaba en que no quería salir. Llegué hasta el umbral de la puerta, con las llaves en la mano, y me detuve un momento. Me estaba mirando los pies, pensando en que solo tres personas sabían que yo iba a correr 50 km (cuatro conmigo). Nadie tenía por qué saber que me había quedado en casa. Podía prender la estufa, sentarme a adelantar trabajo, poner alguna serie en Netflix de fondo. Me puse a pensar, ¿qué es lo que realmente quiero hacer? Correr 5 horas sin parar no fue ninguna de las opciones que pasaron por mi cabeza. No me pregunten cómo, pero salí igual.

Originalmente iba a correr hasta la Reserva Ecológica, en Capital, y volver. Se me ocurrió que mejor iba a ser quedarme corriendo por el Hipódromo de San Isidro, porque ahí tenía bebederos y no iba a tener que preocuparme por la hidratación. Después me di cuenta que en realidad este razonamiento había sido una trampa de mi cerebro: muchas veces, por la cercanía a mi casa, pensé en desviarme, abandonar, y volver a mi cálido hogar. No lo hice.

Salí a las 6 de la mañana, lo que significa que me tomó una hora vestirme, desayunar y juntar fuerzas para salir. Estaba muy bien abrigado, así que no padecí el frío. Las veredas estaban absolutamente desiertas, así que corrí a mis anchas. Solo tuve que esquivar a algunos jóvenes que salían de bailar, todavía eufóricos.

Decidí recorrer todo el Hipódromo en forma de “S” y volver sobre mis pasos. Eso me daba unos 12,5 km, así que repetir el circuito ocho veces (cuatro idas y vueltas) me iba a ayudar a cerrar en 50. Terminando el primer cuarto de la distancia prometida, empecé a sentir un dolor en la rodilla derecha. “Sigo derecho hasta casa y cierro por hoy”, pensé. No me hice caso. Comí mi primera milanesa de maíz, tomé agua y salí.

A medida que amanecía se empezaban a ver celestes mezclados con naranjas en el cielo. A esa altura fue el pico de frío, pero estaba entrado en calor. Tuve que hacer una parada en el baño de la YPF (no entraremos en detalles). Venía mirando el reloj. Si terminaba, quería hacerlo en menos de 5 horas.

Pensé mucho en conformarme con lo que había hecho hasta ese momento. Cuando estaba cerca de la mitad de mi objetivo, entendí que con los 24 km del día anterior ya me podía dar por satisfecho. Conforme pasaban los kilómetros, reducía la velocidad. Los pies me dolían, las lumbares también. Urgente cambiar de zapatillas.

Me distraía con las canciones que sonaban en mi cabeza. Cuando se me pegaba algo insoportable, pensaba en “I Want It All”, de Queen, que es la mejor canción de rock de la historia y me sirvió cuando se me pegó “Bailando en la sociedad rural”, de Alfredo Casero, en mis 130 km de principios de abril (en aquella oportunidad, le cambié la letra a “Corriendo en la Patagonia Run”, que repetí en mi cerebro ad nauseum).

Con el sol y un ligero aumento de la temperatura, empezaron a aparecer otros corredores. Mi paso se hacía tedioso y, si me concentraba, podía acelerar un poco y lograr que mi reloj marcara un ritmo más rápido que 6 minutos el kilómetro. De nuevo sentí ganas de ir al baño y pensé en venir a casa, donde iba a estar en un entorno amigable y más cómodo que la YPF. De nuevo, trampas de mi cerebro.

Pasé los 30 km y dije “qué bueno no sentir el muro”. Al km 32 me arrastraba. Pero no me detuve más que para tomar agua. Incluso comía mis milanesas de maíz caminando o iniciando un trote. Para no aburrirme cambié el plan y empecé a darle vueltas al Hipódromo, cada una de poco más de 5 km. Cada vez se aparecía más gente, incluso familias con niños aprendiendo a andar en bicicleta, quienes ocupaban todo el ancho del camino. Un fastidio para los corredores.

Pasé los 42 km y recién un kilómetro después me di cuenta de que acababa de pasar la barrera que define una ultramaratón. Increíble pensar que 24 horas atrás ni siquiera sabía que iba a estar haciendo eso.

Los últimos 6 km fueron eternos. Pero aceleré, porque sabía que así iba a terminar más rápido. Pasé de 6:05 minutos el kilómetro a 5:30. Me dolía la espalda, la nuca, y los pies. Caminando en la tierra me clavé una rama que atravesó el costado de mi zapatilla, cual iceberg contra el Titanic.

Y pensé mucho por qué no quería correr. Si es algo que en los últimos años fue sinónimo de felicidad. Saqué algunas conclusiones, mientras corría. Al igual que con la comida, funcionamos en sistema. No existe un alimento milagroso que nos va a hacer bajar de peso o nos va a dar todos los nutrientes que necesitamos. Siempre hay que hacer combinaciones y no apegarnos a una sola cosa. Lo mismo, sospecho, pasa con la felicidad. No puede haber una sola cosa que nos haga bien, tiene que haber varias, todas empujando para el mismo lado. Por eso, estando triste o insatisfecho con mi vida, es obvio que correr no va a ser suficiente. Necesito más cosas que me hagan bien.

Estoy muy contento de haber hecho este fondo. No quería hacerlo porque no quería pensar. Me espantaba la idea de estar a solas con mi cerebro durante tanto tiempo. Completé los 50 km en 4:56:01, así que alcancé mi meta caprichosa de estar por debajo de las 5 horas. La rodilla no me molestó más que aquella vez, las ganas de volver a ir al baño a sentarme un rato desaparecieron, y ningún dolor fue lo suficientemente grande como para hacerme parar. Me costó imaginarme terminando esos 50 km, así que tuve que salir a comprobar que podía hacerlo. Pude pensar en qué cosas iba a hacer apenas terminara y que me hicieran bien a mi ánimo. Planifiqué una ducha caliente y unos cereales con leche de soja y banana. Después me di cuenta de que por hoy quería cambiar de fruta y le puse manzana cortada en cubos. Pensé en escribir esta reseña, y todas esas pequeñas cosas me entusiasmaban. Las hice y sentí mucha satisfacción.

Ahora estoy terminando esta entrada con mi gato sentado en mi regazo. No estoy del todo seguro de qué enseñanza queda cuando la cabeza dice que no a algo y uno lo hace de todos modos, pero sospecho que en el fondo de la semana próxima voy a tardar menos en esa batalla antes de salir a la calle. Algo que me abrumaba me terminó resultando más rápido de lo que me imaginé. Quizás por eso de que mejor que correr es haber corrido.

Así que, de a poco, volverán las sesiones de fondos donde tendré que abrazar esa soledad de la madrugada (mejor que el amontonamiento de padres y abuelos enseñando a niños a andar en bicicleta), en la que buscaré una canción que me guste para repetirla hasta el hartazgo, y en la que probaré nuevas recetas. Pensaba que la próxima milanesa de maíz podía ser dulce, con ralladura de limón y un poco de miel. Suena asqueroso, es verdad, pero hoy me di cuenta que hay que seguir el instinto cuando algo te entusiasma. Eso puede hacer que el resto de las cosas empiecen a acomodarse.

Lo que no funcione, resolverlo

suunto_antes_y_despues

Hace varios años empecé a correr con reloj. No porque me interesara la hora ni el tiempo que le dedicaba a la actividad física, sino porque me interesaba la función extra del GPS. Poder medir distancia… eso sí que me gusta.

Con los años pasé de la marca Garmin (quizá la más conocida de todos los medidores por geolocalización) a Suunto. ¿La razón? Mientras que el anterior me duraba entre 6 y 8 horas de batería con el GPS activado, el segundo llega a 15, y con una modalidad donde la señal con el satélite se actualizaba a intervalos mucho más extendidos, podía durar hasta 50 horas. Garmin significó poder medir mis entrenamientos y mi tiempo del maratón. Suunto fue pasar a ultramaratones y poder usarlo, entre otras carreras, para los 246 km del Spartathlon (una anécdota para otra ocasión es cómo después de 35 hs 44 minutos, olvidé de apagarlo y después pude descargar el recorrido de toda la carrera, la llegada a la meta, mi ingreso a la carpa médica, mi traslado en silla de ruedas hasta un automóvil, el trayecto hasta el hotel, y mis saltos lastimosos hasta la cama, momento en que la batería del Suunto decidió morir).

Hay un tema cuando uno se habitúa a algo y es cuando ese elemento deja de funcionar. Algo que podríamos considerar una “falla” es mi memoria, y las veces en que salí a entrenar y dejé el reloj en casa. Es lo más parecido a la sensación de salir de tu casa desnudo, sin el agregado de que en cualquier momento la Policía te lleva preso. Como llevé adelante ese capricho de medir todo lo que corría cada mes, aquellas veces tuve que pedir que alguien me cantara el entrenamiento, o calcularlo con el Google Maps.

Pero todo lo material se degrada, y luego de tanto uso, un día la tira que sujeta la malla del reloj se partió. Probablemente tuvo que ver con que me metí al río en Zárate, y la mezcla de goma vieja con agua y un fuerte sol, fueron demasiado para el material. Se me ocurrió que no era tan grave, hasta que directamente la malla se cortó en otro punto del reloj (unas 2 horas más tarde).

Entonces, las opciones eran dos: dejar de usar el Suunto o seguir usándolo… como sea. Opté por la segunda opción e hice lo más cercano a “atarlo con alambre”: lo resolví usando precintos de seguridad. Tengo montones que una vez compré para usar en las carreras de montaña (son realmente muy útiles), y me sentí como Tony Stark cuando construyó su primer Iron Man adentro de una cueva: había logrado algo funcional y estéticamente espantoso.

Dicen que la mejor forma de acallar las burlas es burlarnos de nosotros mismos, así que me encargué de mostrarle a todo el mundo cómo había emparchado mi reloj y lo feo que se veía. Pero seguía midiendo distancias y velocidad.

Un mes después de estar así, el cargador empezó a desarmarse (este adminiculo sí que no lo mojé en el río). Resulta que el broche que engancha con el Suunto tiene unos piquitos de metal muy pequeñitos que hacen contacto y probablemente transfieran la electricidad hasta la batería. Bueno, uno de estos piquitos decidió salir disparado del cargador. Para darse una idea, deben ser la cuarta parte de un grano de arroz. Encontrarlo sobre la mesa significó que estoy muy bien de la vista. Pude cargar el reloj cuatro o cinco veces más, hasta que volvió a saltar y ahí sí, desapareció para siempre.

Sabiendo que aquella carga era la última hasta conseguir un cargador nuevo, quise hacerla durar todo lo posible, pero al igual que en el Spartathlon, volví a casa y me olvidé de apagar el GPS, por lo que se consumió la batería entera.

Nuevamente, dos opciones: arreglarlo o comprar un cargador nuevo. La primera era imposible sin conocimientos de electrónica (no tengo). La segunda abría otras dos posibilidades: comprarlo en el país o en el exterior. Los precios en MercadoLibre para un cable con un broche que engancha en el Suunto eran desorbitantes: unos $1800.

Resolví hacer lo que todos hacemos ante una encrucijada: lamentarme en las redes sociales. Resultó que mi prima estaba en Estados Unidos y que regresaba en 10 días. Compré el cargador original por eBay (28 dólares) y ya que estaba una malla nueva y genérica (12 dólares). Dos semanas más tarde era como tener un reloj nuevo (el Suunto Ambit Black 2 tiene un costo base de 280 dólares).

La satisfacción de haber resuelto algo que estaba roto es impresionante. Fue como pasar del Iron Man de la cueva al rojo y dorado que ya podía volar y no se congelaba en la estratósfera. Y decidí resucitar mi proyecto del Cuentakilómetros… arrancándolo de cero en Febrero.

Cosas a resolver en mi vida a continuación, empujado por este triunfo por sobre los objetos materiales:
• Cómo hacer capturas de pantalla con mi celular Samsung.
• Colocar apliques a todas las luces de la casa.
• Cambiar la lamparita que no funciona en la entrada del departamento.
• Arreglar la pérdida de agua del lavarropas.
• Estirar mi sueldo hasta fin de mes.

Cosas que ABSOLUTAMENTE le pasan a los corredores 02

Cosas que ABSOLUTAMENTE le pasan a los corredores - tira 02Esta tira me hace inmensamente feliz.

Gracias, Diego Greco, por ponerle dibujos tan majestuosos a mis ideas.

Buen año para todos.

Cosas que ABSOLUTAMENTE le pasan a los corredores 01

Cosas que ABSOLUTAMENTE le pasan a los corredores - tira 01

Hace unos días, el señor historietista Ricardo Siri, más conocido como “Liniers”, propuso abrir la convocatoria para que cualquiera pueda publicar en su tira Macanudo mientras él está de vacaciones. En el pasado lo hizo con historietistas amigos, y ahora amplió ese privilegio a cualquiera con ganas de hacerlo.

Cuando lo leí, inmediatamente empecé a pensar en una tira con el mismo estilo de Macanudo, pero ambientada exclusivamente al running. Por suerte mi amigo Diego Greco, el mejor dibujante del universo, se entusiasmó con mi idea y le puso imágenes a mis ideas. Escribí 3 tiras en 10 minutos, nunca pensé que se iba a concretar tan rápido y que iba a tener en mis manos una obra guionada por mí y tan bien dibujada. Me desborda la emoción.

Ojalá que Liniers sienta, como sentimos Diego y yo, que “Cosas que ABSOLUTAMENTE le pasan a los corredores” está a la altura de Macanudo.

Semana 51: Día 351: Último fondo de 50 km

Hoy corrí el que se va a convertir en el último fondo largo antes de viajar a Atenas y correr hasta Esparta. Curiosamente lo hice en un ritmo muy alto y no terminé cansado.

Varias veces mi nutricionista, Romina, me había recomendado la maca, producto que nunca podía encontrar en las dietéticas. Ayer, finalmente, compré una bolsa de medio kilo, jugada que podríamos considerar arriesgada, porque si no me gustaba me iba a sobrar demasiado. Pero me di cuenta que este energizante no tiene gusto, así que no pasó nada.

Me preparé una nueva receta de pinole, con la harina de maíz, agua, maca y miel. Es más rápido que procesar las pasas de uva y aparentemente tenía muchos más carbohidratos, algo que preocupaba a Romina. Como la idea era terminar antes de que empezara el entrenamiento con el Puma Running Team, no me quedó otra que acostarme lo más temprano posible (terminó siendo a las 10 de la noche), levantarme a las 3 de la mañana y salir a las 4.

Todavía estaba oscuro, pero para nada fresca. Salí con mi mochila, pasas, algo de pan, pinole y la FM Blue en los auriculares. Pasé junto a un boliche con gente esperando para entrar… lo que quiere decir que la noche estaba en pañales. Alcancé el primer bebedero al km 8, crucé el puente que está junto a la cancha de River Plate, y cuando estaba promediando los 10 kilómetros, tomé el primer pinole. Estaba muy pero muy empalagoso. Me quedó el recuerdo de que tenía que ponerle mucha miel para endulzar el té, así que a una botellita de medio litro le puse dos cucharadas soperas, y quizá fue demasiado. Me costó pasarlo, no soy muy amigo de lo dulce, pero lo hice porque era una de mis pocas fuentes de energía.

Llegué a provincia, pasé por la costanera de Vicente López, volví a tomar agua en un bebedero que estaba por el km 14, tomé Libertador, crucé por el frente de la Quinta de Olivos, doblé al pasar junto a la terminal del Tren de la Costa, llegué a Acassuso y ahí trepé la cuesta de Perú hasta llegar al Hipódromo de San Isidro, donde me esperaba Marcelo. Llevaba poco más de 22 kilómetros, y me tomé otro pinole. Hice un gran esfuerzo, porque me resultó intragable (y eso que mi fórmula anterior no es precisamente exquisita).

El plan era darle vueltas a ese gran circuito del Hipódromo hasta completar mi fondo de 50 y el de 30 de Marce. Además pude dejar la mochila en su auto y correr sin peso sobre la espalda. Aproveché el bebedero que están en Márquez y me acoplé al ritmo de mi compañero, que estaba más fresco que una lechuga. Yo llevaba bastantes kilómetros encima, pero me sentía bien.

Mi impresión es que esa fórmula de miel+maca es muy efectiva. Corrí a menos de 5 minutos el kilómetro, después de haber estado trotando más de dos horas, y me sentía fantástico. Cada dos vueltas, que dan unos metros más que 10 kilómetros, íbamos al auto, tomábamos o comíamos algo, y seguíamos. Pero después de mi tercer pinole dije basta. No podía seguir tomándolo, me revolvía el estómago. Como lo tomaba cada 10 kilómetros, para el 40 lo dejé de lado y me comí medio sándwich de tofu con el pan integral que hago yo mismo (lleva harina integral, semillas y pasas de uva).

Si bien tenía energía de sobra y si daba seis vueltas terminaba en 54 km, decidí cortar en 50 para no arriesgar nada y no exigirme más de lo que me había dicho Germán, mi entrenador. Terminé contento, con energía y la confirmación de que me quedaba mucho resto para seguir. Pero preferí guardarme para la carrera, en nada más que 13 días.

Cuando terminé empezaron a llegar los chicos del Puma Running Team, y yo oficié de fotógrafo. Seguramente las fotos salgan en el Facebook del grupo. Y mi única secuela de estos 50 km ha sido una ampolla en un dedo del pie… ¿por qué es SIEMPRE en el izquierdo?

Este fue mi último fondo, y por suerte terminé bien, muy entero y tranquilo. Me da mucha confianza para la Espartatlón, el último viernes de este mes…

Semana 50: Día 349: Cuenta regresiva a Grecia

Faltan 7 días para que viaje a Europa. ¿Qué cosas tengo pendiente antes de poner un pie en Atenas?

Primero, compromisos laborales. MUCHOS. Los voy resolviendo como puedo, intentando vencer al sueño, el tedio y los nervios. Tengo dos cómics de Los Simpsons por plantar, uno de ellos lo tengo que traducir, más un libro de 190 páginas de Hulk y revisar otras publicaciones diseñadas por otros. Son cosas que hace un año me enloquecían de felicidad y hoy las hago con cierto fastidio.

Pero esa es la parte aburrida de mi vida. El viernes voy a ver a Romina, mi nutricionista, con quien vamos a cerrar el plan alimentario para la carrera. Ella me asesora desde que empecé con Semana 52 y hasta ha colaborado económicamente con el viaje, como tantas otras personas. Mi idea es verla ahora y lo más pronto posible a mi regreso, para medir los cambios que se produzcan en mi cuerpo después de correr la ultramaratón más gloriosa del planeta.

En cuanto a running, este sábado tengo un fondo de 50 kilómetros, el último largo antes de la carrera. Me siento confiado que llego bien, y me entusiasma mucho seguir probando la ropa que me donó Puma para la carrera (nunca hay que estrenar prendas el día de una competencia). Tengo dos pares de zapatillas por ablandar, así que las voy a ir alternando para poder disponer de ambos en la Espartatlón. El lunes será mi último entrenamiento con el Puma Running Team, porque el miércoles ya estoy volando desde el Aeropuerto de Ezeiza hacia Roma.

Italia va a ser mi entrada a Europa. Cuando lleguemos con mis papás al Aeropuerto de Fiumicino nos tomaremos un micro hasta Pescara, donde se encuentran los Casanova que no abandonaron el viejo continente. Van a ser dos días en este pueblo, algo alejado de Roma, en el que seguro meteré un fondo de 20 km. El 21 de septiembre, día de la primavera en Buenos Aires pero del otoño en Grecia, estaré llegando a Atenas. Supongo que al día siguiente voy a hacer otro fondo de 20 km, el último antes de la Espartatlón. El 23 recibo a mi equipo en el Aeropuerto Venizelos y a partir de ahí puliremos la estrategia, iremos a buscar el kit de corredor, e intentaré dar rienda suelta a mi cholulismo y charlar dos palabras con Dean Karnazes. Este inmenso atleta y motivador ha sido infinitamente citado por mí, y sería un honor para mí poder hablar con él y sacarme una foto. El día de la carrera, obviamente, pienso seguirlo aunque sea un kilómetro.

En el medio, por supuesto, tendré distintos pequeños desafíos, como encontrar opciones veganas en Roma y en Atenas, descansar, actualizar el blog, monitorear el sitio de 300runners.com, y descansar. Sé que ya lo había dicho, pero tengo que hacerlo el doble de lo que vengo haciéndolo en casa…

Faltan 7 días para viajar, 15 para correr. No. Puedo. Más.

Semana 50: Día 346: ¡Zapatillas nuevas!

¿Serán estas zapatillas las que use para correr en Grecia? No hay mucho margen para experimentar con otro calzado… creo que me tendré que hacer amigo de este nuevo par…

Hace tiempo que vengo pensando con qué voy a correr la Espartatlón. ¿Zapatillas de aventura, que me dan estabilidad? ¿De calle, que son livianas y optimizan la energía? Estuve probando diferentes pares en los últimos meses con resultados dispares. Nunca salí de la marca Puma porque son buenas y dentro de las marcas de mejor calidad no son las más caras. Siempre anduve bien con Asics, pero su precio hoy en día es prohibitivo.

Las últimas zapatillas con las que entrené, las Faas 500, anduvieron bien. No fueron una cosa espectacular, pero yo venía de entrenar con las 600 y me vivía torciendo los tobillos. Por eso pasé a las Nightfox, que si entendí bien no las hacen más. Esas sí son especialmente pensadas para aventura. Con estas tenía estabilidad, pero eran pesadas, y en 246 km cada gramo cuenta.

Como decía, las Faas 500 anduvieron bien. No puedo decir que me cabiaron la forma de correr, pero hay una simple razón: no debe existir un calzado que se aguante este volumen de entrenamiento. Recuerdo cuando cambiaba mis zapatillas una vez al año, y ahora como máximo cada tres meses. A 17 días de correr la ultramaratón más gloriosa del planeta, era hora de cambiar los neumáticos. Ya venía sintiendo dolores en los pies, en especial en los tobillos. El calzado que tengo ahora, las Faas 1000, no me van a dar tanta estabilidad, pero tienen muy buena amortiguación. Las probé ayer y volví a sentir algo que hacía mucho no sentía: comodidad.

No corrí demasiado con ellas, apenas 6,3 km. En Grecia voy a tener que correr 39 veces más que esa distancia, pero el hecho de que sean livianas y cómodas me parece un buen combo. Creo que lo más importante es que absorban el impacto del asfalto para que no repercuta en mis articulaciones ni en mi espalda. En una primera impresión anduvieron bien. Vamos a ver cómo siguen estos próximos días. Quizá este nuevo par sea el que me lleve hasta la meta. Más les vale.

Semana 50: Día 344: Un fondo bajo el diluvio

Se acerca la Espartatlón. Faltan poquísimos días y el entrenamiento entra en su etapa final. Poco me imaginaba que en el fondo de esta mañana me iba a enfrentar a un verdadero diluvio.

Dicen que la suerte no existe. Coincido en gran parte con este precepto: uno elige su propio destino. Pero no me quiero meter en el karma ni en si Dios juega a los dados con el universo. Hay una sola faceta en la vida diaria del corredor en donde influyen agentes externos que podríamos definir como suerte, y se trata del clima. El pronóstico del tiempo nos adelanta con bastante certeza lo que va a pasar en las próximas horas, pero uno igual se la juega sin tener el porvenir definido.

Yo ya sabía que iba a llover durante el viernes y el sábado, pero no tenía forma de saber a qué hora ni por cuánto tiempo. Cuando ayer fuimos a la acreditación de la media maratón parecía que se iba a caer el cielo, pero cuando salí de mi departamento casi que sale el sol, y no cayó una gota en todo el camino.

Estos últimos días del invierno del hemisferio sur no han sido muy fríos. Tuvimos alguna semana complicada, pero nada que ver a los 16 grados que hacía hoy. Me desperté a las 5 de la mañana para prepararme el desayuno y salir a entrenar. Me tocaba hacer un fondo antes de entrenar con los Puma Runners, y la distancia que separa mi casa de la base son unos 22 kilómetros, que puedo hacer en 1:45 hr, a veces en 2:00. Me pareció que podía hacer un poco más, así que calculé como para meter 30 kilómetros, y que después el entrenador decidiera.

No sentía frío, así que solo me puse unas calzas cortas, un pantalón, medias zapatillas (con las plantillas nuevas) y una remera. Era todo con lo que iba a salir, más algo de comida en los bolsillos. Pero empecé a dudar de si me iba a arreglar, después de todo quería llevarme un sándwich de tofu para después, más algo de ropa de recambio… así que después de dudar un poco, me calcé la mochila y ahí sí, salí.

No por mucho tiempo. Afuera empezaba a lloviznar. Apenitas. Subí nuevamente a mi departamento y me puse un rompevientos que es un poco impermeable. Dudé en llevarlo porque su impermeabilidad hace que también sea caluroso. Terminé saliendo poquitos minutos pasados de las 6 de la mañana. Aguanté el rompevientos unos 900 metros hasta que me lo saqué y lo guardé en la mochila. Cinco minutos después empezaba a llover. Y la lluvia se convirtió en aguacero. Y después en diluvio. Y después en baldazos de agua. Era como correr abajo de la ducha.

Por suerte (acá es donde entra este factor ajeno a nuestra influencia) no hacía calor, así que toda esa agua no me preocupaba. Fue inevitable volver unos años atrás, cuando ni siquiera me imaginaba que me iba a convertir en un corredor, y ver por la ventana del tren cómo un hombre entrenaba, solo, dando vueltas al Velódromo de Escalada bajo una lluvia torrencial. Hoy me convertí en ese hombre, el que enfrentaba a las fuerzas de la naturaleza en pos de entrenar. Dos automovilistas, en momentos diferentes, me tocaron bocina. Uno levantó su puño, en señal de apoyo. Me sentí, por un instante, un buen ejemplo.

Hice mi camino de siempre. Cuando corrí por debajo de la autopista, sentí un alivio especial porque salí por unos segundos de esa ducha incesante. Comí mi pan con semillas, mis pasas de uva, y en los bebederos tomaba agua, aunque casi que podía levantar la vista, abrir la boca y dejar que toda esa lluvia me hidratara.

En muchas partes tuve que hundir mis pies en el agua. Si no veía el suelo, bajaba la velocidad y caminaba dando zancadas largas. Por el bajo de Olivos, junto al tren de la costa, el camino estaba todo inundado. Sentí que juntaba información valiosa para darle al entrenador. Era obvio que no nos iba a convenir venir para ese lado.

Cuando finalmente uní Retiro con San Isidro llevaba esos 22 kilómetros que me imaginaba. Le di dos vueltas al Hipódromo y me detuve finalmente con esos 30 kilómetros que buscaba. Eran las 8:45 de la mañana, temprano todavía, ya que los Puma Runners se juntan a las 9. Aproveché esos minutos extra para elongar y comer otro poco de pan integral.

Ahí fue cuando miré el celular y vi que desde las 7:30 se había suspendido el entrenamiento (porque, claro, diluviaba). No hubiese tenido forma de verlo a tiempo, el mensaje cayó mientras yo llevaba como 15 kilómetros. Además, de haberlo visto, no hubiese hecho ese fondo, que me dejó bastante conforme. Así que vi el lado positivo de las cosas (otro fondo adentro), me abrigué y me fui a tomar el tren a casa. Toda mi ropa de recambio estaba empapada, pero al menos era manga larga (y no hacía frío).

Las seis cuadras que separan la terminal de tren de Retiro y mi departamento se me hicieron largas. Fue el único momento en que sentí frío, y temblaba como una hoja. Pero al llegar a casa y sacarme toda la ropa mojada pude sentir el placer de ponerme unas medias secas, además del orgullo de haber enfrentado yo a las fuerzas de la naturaleza… y no haberme arrepentido.

Semana 49: Día 341: Plantillas nuevas

Finalmente pude coordinar para que me hagan plantillas nuevas y estrenarlas en el entrenamiento. Quizá sea psicosomático, peor sentí que me hicieron muy bien…

Quienes corremos con mucha frecuencia empezamos a necesitar este tipo de artilugios. Todavía recuerdo, y muy vívidamente, cómo me dolían las rodillas y los tobillos cuando empecé a entrenar. Esa sensación puede ser desmoralizante para muchos. Cuando mi entrenador finalmente me convenció para que me haga unas plantillas, me hice el estudio en un día muy caluroso del verano y a la semana tenía este maravilloso soporte de goma que me resolvió todos los dolores.

El tema, claro, es que como cualquier material se degrada con el uso. Ciertamente no tuve en cuenta que con el correr de los kilómetros (y los meses) las iba a tener que cambiar. Creo que las conservé dos años, si no más. Después de dolores de espalda, lesiones y un fuerte dolor en los tibiales, entendí que tenía que cambiarlas con frecuencia. El especialista que me las hizo, Marcelo Giroldi, me recomendó hacerlo cada 800 km. Yo decidí redondearlo y llevarlo a 1000.

Para no perderme voy contabilizando cuántos kilómetros corro por mes, y voy haciendo en paralelo una cuenta regresiva para saber cuándo cambiar mis plantillas. Hasta ayer iba en -50 km, y ya con molestias en la base de la espalda y en el metatarso. No corrí como para asegurar que todos mis problemas están resueltos, pero si comparan la foto de mi plantilla nueva (la azul) con la vieja (la que solía ser amarilla), se puede notar que la oliva es más pronunciada. Además, en la saliente, se observa que el pie ya dejó su huella bien marcada, producto de la paliza que le di los últimos 1050 kilómetros.

Estas plantillas, así como las ven, van a viajar conmigo a Grecia. Van a tener que amortiguar mis miles de pasos en el asfalto helénico. Casi diría que las cambié justo. Ojalá me acompañen desde Atenas hasta Esparta.

Semana 49: Día 340: El equipo espartano

Cuando me puse a investigar sobre la Espartatlón, en seguida llegué a dos conclusiones: es una paliza para las piernas, y correr sin equipo de asistencia es sinónimo de abandonar.
Para lo primero solo podía especular con entrenar mucho sobre asfalto y fortalecerme todo lo posible. Para lo segundo necesitaba ese elemento que resuelve todos los problemas del hombre moderno: dinero.
El sueño de correr los 246 km de Grecia era mío, y se lo contagié a mi grupo de entrenamiento, Puma Runners. No al punto de que ellos la quieran correr, sino ayudarme a lograrlo. Pero un viaje de esta magnitud, en temporada alta, es costoso, y por más que yo me pago todo con mucha felicidad, sin un sponsor iba a ser imposible que me acompañara un equipo.
Cuando me inscribí en la Espartatlón estaba obligado a completar los datos de mis dos asistentes. En un rapto de fe anoté a Germán, mi entrenador, y a Nico, compañero de aventuras y converso al mundo del running gracias a Semana 52. Ambos padres con responsabilidades laborales, era imposible que pagaran el viaje de su bolsillo.
La búsqueda de sponsor no dio sus frutos, pero reuní el dinero vendiendo mis comics y muñecos. Aclaré de entrada que no era un préstamo o favor a ellos. Yo necesito que estén para asegurar mi llegada a la meta.
Finalmente el equipo se conformó, y después de que cada uno hizo sus malabares con el trabajo, se convirtieron en el equipo espartatleta. Lean terminó sumándose, sospecho que porque imagina que el viaje va a ser pura joda. Pobrecito.
Estos son, entonces, mi equipo de asistencia. En ellos confío y de ellos dependerá en gran parte que no me desvíe de mi estrategia.
Germán De Gregori: Mi LifeCoach. Quien se encargó de mi entrenamiento. Durante la carrera se va a hacer cargo de mi salud. Sabe cómo corro, hasta dónde puedo esforzarme y está al tanto de mis aptitudes y debilidades física. También va a filmar y sacar fotos.
Nicolás Pardo: Conductor y encargado de la logística. Responsable de dónde voy a comer y tomar, y qué cosas. Responsable de los recambios de ropa y calzado.
Leandro Aciar: El comodín. Puede turnarse con cualquiera y dejar que el otro descanse. Puede conducir y creemos que filmar también. 
Ellos son mis ases en la manga, y en quienes confío la carrera más grande de mi vida.
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