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Spartathlon 2014: Cómo la viví

La ambulancia llegó al departamento de la calle Agion Asomaton con sus luces celestes intermitentes. No creímos que vinieran a verme a mí. Llevaba varias horas intentando comunicarme con mi aseguradora de viaje para que viniera a examinarme un médico, pero nunca habían confirmado horario de visita (y mucho menos, que sería un espectáculo semejante). Mi papá decidió bajar, armado de su inglés súper básico, y preguntar.

Era de noche, a pocas cuadras estaba la Acrópolis, una maravilla del hombre que solo pude ver de cerca el viernes 26 de septiembre, día que largamos el Spartathlon. Pero esta visita médica es mucho posterior, del 2 de octubre, mientras yo tenía la pierna derecha con un dolor tan fuerte que me hizo llorar varias veces.

La ambulancia sí venía a verme a mí, para mi sorpresa, y la aseguradora me llamó por teléfono después de que se fue para “avisarme” que estaban en camino. El médico cortó con su tijera las vendas que separaban al mundo de la piel de mi pierna. No esperaba ver la hinchazón todavía ahí, ni el color rojo todavía presente. El doctor me preguntó cómo me había hecho eso, y le expliqué que corriendo una ultramaratón de Atenas a Esparta. El dolor y la hinchazón habían comenzado en el km 80, y decidido a terminarla, no quise parar y me aguanté.

Esperaba la pregunta que escuché varias veces en estos días: “¿En qué kilómetro abandonaste?”. Los que me veían sufriendo, con muletas, sin poder pisar, estaban convencidos de que me había visto forzado a renunciar. Pero no me conocían. Tenía el diploma, las medallas y una historia imborrable en mi cabeza que demostraban que yo había sido uno de los tantos que habían conquistado los 246 km del Spartathlon, quizá la proeza a pie más grandiosa del mundo.

El doctor me preguntó cuándo volvía a mi país. “Mañana viajo a Roma y pasado a Buenos Aires”. El médico miró a su enfermero, luego a mis angustiados padres, y dijo: “Usted así no puede volar. Esto no es un golpe ni una lesión. Esto es inflamación del tejido blando. Si vuela, la diferencia de presión podría provocarle un ataque vascular o un aneurisma”. Todo esto en inglés con un marcado acento griego.

Yo solo necesitaba que viniese para que llenarn un formulario de la aerolínea, que me habilitara para pedir asistencia especial (por ejemplo, que me pasaran a business para mantener la pierna levantada, lo único que me calmaba el dolor). Esto de que mi vida estuviese en riesgo era nuevo para mí. “Necesito radiografías y quizás una resonancia magnética”. Intentó darnos un turno para las 9 de la mañana, pero el vuelo de mis padres salía a las 10. Por eso nos metimos en un taxi con mi papá y salimos disparados a la clínica.

Seis días antes, el Spartathlon empezaba a despertar. Llegamos con el equipo a la Acrópolis, todavía de noche, todos entusiasmo y optimismo. A llegar había diez personas. Esto es importante, porque por algún motivo siempre llegamos tarde a las careras, demasiado sobre la hora para mi gusto. Pero como estábamos alojados en Atenas, llegamos caminando y casi todo el resto de los corredores vino en un gigante contingente de varios micros, ya que todos se alojaban en Glyfada, un barrio muy cercano.

Ya los pronósticos lo adelantaban, pero comenzó a llover con intensidad y nos refugiamos debajo de un árbol. De a poco se empezaba a llenar el predio, y así me encontré con los otros nueve corredores de Argentina. Había, por supuesto, gente de todo el mundo. Los japoneses tenían un cupo máximo de 70 atletas, por lo que en 350 participantes destacaban mucho. Nos cubrimos con unas bolsas de residuo que improvisamos como camisetas. Fue una imagen muy triste, que no combinaba con las hermosas Faas 1000 que Puma me había regalado para esta carrera.

Esa llovizna y un cielo nublado auguraban una carrera más sencilla que otros años. No tuve tiempo de pensar, de ponerme nervioso… Había entrenado, había dejado en los dropbags toda la comida que se me ocurría que iba a necesitar, y los chicos, junto a mis padres, me iban a asistir y a filmar. Estaba todo en marcha. Pero pasó tan rápido que seis días después no sé si soñé lo que pasó o si las expectativas hicieron que la carrera fuera muy fugaz para mí.

Salí solo, porque aunque había argentinos, no conocía a nadie. No sabía qué ritmo mantener, solo tenía mi reloj por el que no me quería guiar. Había puesto el GPS en modalidad ahorro de batería pero porque quería grabar el recorrido. En este estado el ritmo que se informa tampoco es exacto, y la única opción que tenía era aprender sobre la marcha.

Los primeros kilómetros, casi el primer tercio de carrera, los hice con Martin Córdoba, un espartatleta que tenía una llegada a la meta de tres intentos, y venía este año a confirmar que podría “defender” el título. En algún lado estaba Dean Karnazes, Piotr Qurylo (el polaco que llegó caminando a Atenas, empujando un carrito y durmiendo en el camino), y muchas otras leyendas del running, algunos campeones de esta misma carrera.

Correr con Martín me ayudó a despejar muchas dudas. Aprendí, por ejemplo, que otros años la largada era mucho más calurosa. El clima iba a jugar a nuestro favor. Los puestos no estaban separados en más de 5 km, algunos mucho menos, pero en un principio los horarios de corte eran muy ajustados. Casi obligaban a mantener un ritmo de 7 minutos el kilómetro como máximo. Parece muy holgado, pero cuando uno frena para comer, a ir al baño,  hacerse unos masajes o charlar con su equipo en los puestos autorizados, ese tiempo muerto sale de lo que uno le gane a ese implacable reloj.

Cualquiera podría creer que el paisaje de la ciudad no es muy lindo para una ultramaratón, pero estar en ese lugar, donde se hizo tanta historia, es mágico. Los corredores contagian, la gente aplaudiendo y alentando, los autos tocando bocina… Magia pura. Hay que ponerse en sintonía.

Disfruté mucho todo ese primer tercio. Comía, tomaba, me sentía invencible. Cuando hicimos 24 km dije mi típico chiste: “Vamos, que es solo diez veces esto que acabamos de correr”. Los puestos se acumulaban, los kilómetros también, y todo era charlar, reír, soñar. El objetivo era llegar al km 80, donde estaba la primera estación de asistencia importante. El resto eran mesas con comida y bebida.

Estuve todo el año perfeccionando la receta de pinole, la bebida energizante que beben los tarahumara y que se popularizó con el libro “Nacidos para correr”. Consiste en harina de maíz y agua, más algún agregado como por ejemplo quinoa o chía. Yo lo perfeccioné (a mi gusto) con una pizca de sal, limón y pasas de uva trituradas. Llegar a esa fórmula obedecía a una decisión mía de no consumir azúcar ni jarabe de maíz, verdaderos venenos que abundan en las carreras. Fue mi base en fondos de 100 km e iba a ser la vedette de mi plan nutricional en el Spartathlon. Hice 9 litros, una barbaridad. Lo dejé afuera toda la noche, las pasas de uva fermentaron y le quedó un espantoso sabor a vino de mala calidad. Así que en los puestos no me esperaba el pinole que tanto me había acompañado en casa. Pero las ultramaratones no son solo planificación, en la gran mayoría de las horas que toma completarlas hay que improvisar y resolver imprevistos. Podemos adelantarnos todo lo posible, pero las cosas casi nunca salen como esperamos, y la diferencia entre llegar a la meta y abandonar es poder reaccionar.

La primera vez que mi equipo me podía asistir y que podía hablarme sin riesgo de descalificación era en Nemea, km 42. Realmente tenía ganas de ver a mi mamá y darle un beso, porque en la Acrópolis no había visto a mis padres y eso me preocupaba un poco. En ese punto llovía torrencialmente, pero como no hacía frío me resultaba divertido. Las risas terminaron cuando no vi a la camioneta ni a nadie de mi equipo en Nemea. Dudé unos instantes. ¿Los esperaba? ¿Seguía? ¿Les habría pasado algo?

Decidí correr y aguantarme la angustia. Imaginé muchos escenarios, como que se hayan perdido en el camino (lo más probable), o que hubiesen tenido un accidente (lo menos probable). La mente siempre se queda con el peor escenario posible. Fue horroroso.

El sol asomó en el km 45 y a partir de ahí empezó a picar fuerte. Las vacaciones habían terminado. Ahora empezaba el típico Spartathlon. Adelante mío escuché unas bocinas y al levantar la mirada me volvió el alma al cuerpo: era mi equipo completo. Estaban todos bien. Los insulté por haberme hecho preocupar, y por ese beso que le quería dar a mi mamá y que no sabía hasta cuándo lo iba a tener que aguantar. Pero decidieron frenar en el siguiente puesto de hidratación, y contra todas las reglas, me crucé de vereda y le estampé un beso a mi mamma en el cachete. ¿Me retaron? Sí, mi entrenador. Pero para mí era necesario.

Por suerte llegamos a Corinto, km 80, y en el puesto especial permitían que uno reciba asistencia del equipo. Esto fue una noticia excelente para mí, porque en lugar de en nueve instancias, ahora podía interactuar con ellos en quince. Y los extrañaba. Me mojaron las piernas, comí, me tiré a que me hagan masajes. Dos chicas me frotaban las piernas y no pude evitar decirles que estaban cumpliendo una de mis fantasías. Por suerte compartieron la humorada.

En este punto me dolía un poco el tibial derecho. Nada para alarmarse, pero yo ya había decidido que no existía situación que me sacara de esta carrera. La iba a terminar como sea. Me cambié las medias y largué solo.

Era inevitable pasar y que después te pasaran los mismos corredores, una y otra vez. Ganabas posiciones y después las perdías. De algún modo esa cotidianidad te daba cierta seguridad. Por eso me encontré con Martín Córdoba y otros argentinos varias veces.

En el km 101 nuevamente había un puesto donde me podían asistir, y otra vez mi equipo no estaba. Ahora no me quedaba otra que esperar porque ellos tenían mi abrigo y la linterna. Probablemente me iba a agarrar la noche minutos más tarde y ya tenía que salir preparado. Por suerte aparecieron a los quince minutos. Les pasó lo mismo que en Nemea: se habían perdido. No es muy difícil perderse en una ciudad europea que no habla tu idioma ni tampoco escribe sus carteles con tus mismos caracteres.

Salí con mi rompeviento Puma y mi linterna frontal en el bolsillo. Todavía se veía bien, y pude disfrutar de cruzar un puente, uno de los tantos paisajes que disfruté en esta carrera. Ese recorrido podía ser mágico por el simple hecho de su historia, pero correr al lado del mar, junto a un acantilado que baja a las aguas turquesas… es algo que solo se podría apreciar estando ahí.

Tenía 101 km adentro, me quedaba hacer esa distancia nuevamente, más un maratón, y estaba en la meta. Parecía tan fácil que casi se sentía hacer trampa. Pero la parte sencilla se había terminado. Me di cuenta de que me estaba costando mucho comer. Había decidido rotar mis fuentes de hidratos de carbono, y con algunas cosas de los puestos tenía bastante variedad, pero en un punto empecé a repetirme y hartarme. Esto es un peligro muy grande en una ultramaratón que se paga muy caro. No pude obligarme a seguir con el mismo nivel de ingesta, pero me forzaba a masticar algo en cada uno de los puestos, aunque fuese mínimo. “Comer sin hambre, beber sin sed”. Ese lema me salvó.

Pasado el kilómetro 120 ocurrió algo maravilloso: estaba pasando la distancia máxima que había corrido sin parar en toda mi vida. Esa carrera ya era un rompe récords para mí. Si entrábamos a una ciudad, las luces de la calle nos iluminaban, pero en el camino todo se volvía oscuro y no se veía más allá de tu propia luz.

Llegué al segundo tercio de la carrera, algo difícil de dimensionar. Hacer más de 150 km, casi sin parar… Ni siquiera yo me lo imaginé el día en que decidí empezar a correr. Las subidas se me hacían muy complicadas por mi dolor de tibial. Frenaba para comer, a veces para charlar un minuto con el equipo, y luego arrancar era doloroso. Cada vez más. Yo le tenía miedo a “la montaña”, un ascenso de 1200 metros que te consagra por el solo hecho de cruzarla. Aquí la organización pone una marca honoraria, que permite a quien la cruce volver a inscribirse en el Spartathlon sin tener que acreditar otra ultramaratón ni marcas de tiempo.

Pero mi gran “miedo” a esa montaña no me dejó prever lo que la precedía. Los dos puestos anteriores estaban en una subida en zigzag  que parecía interminable. En ese punto estaba fresco pero agradable. El dolor del tibial y el miedo de cansarme por demás me llevaron a caminar. No sabía cuánto duraba esa subida, y solo se veían algunas lucecitas estáticas a lo lejos. Mientras caminaba, en esa situación de comodidad, empecé a ver cosas y a escuchar voces. Estaba soñando despierto.

Me pegué un cachetazo de cada lado. No, demasiado suave. Otra vez, más fuerte. Seguí caminando y noté que estaba caminando en forma errática, tambaleándome. Tuve miedo de caer por el acantilado, así que me pegué al lado de la montaña. Pero ahí estaba del lado de los autos, y tenía bastante miedo de zigzaguear y terminar atropellado. Las opciones eran esas, caer al vacío o ser arrollado. En ese momento sentí un gran desamparo. En la noche, sin referencias de corredores atrás ni adelante, sin saber dónde me encontraba ni cuánto faltaba, me sentí más solo que nunca. Fue el momento más duro del Spartathlon para mí. Solo tenía una alternativa: seguir avanzando.

Contrario a mí, un carro con pedales aprovechaba la bajada y venía a toda velocidad. Sus pasajeros gritaban, eufóricos. En el asiento de adelante, pedaleando y manejando el volante, estaba yo. Germán a mi derecha. Leandro y Nico atrás. Fueron dos segundos, y me bastó uno para darme cuenta de que no era real. Cuando uno tiene miedo de dormirse porque puede a) caer por un acantilado, o b) morir atropellado, tener visiones como esa no ayudan en absoluto.

No pude correr en ningún momento, solo en los últimos metros antes de llegar al puesto. Pensaba que ahí habría masajes y me decepcionó mucho ver que no era así. Un voluntario, al que Nico apodó indiscretamente “Leslie Nielsen”, escuchó mis lamentos, me sentó en una silla y me empezó a masajear los hombros. Me repuso y me hizo olvidar todo lo que había sufrido. Me cambié para tener ropa seca y más abrigo, y salí. No pierdan la noción de que en toda la carrera estaba luchando contra dos monstruos: el dolor en el tibial y la inapetencia.

Ahora sí, venía la montaña tan temida. Pasarla era un triunfo intermedio. Germán me acompañó los primeros metros para darme aliento. El suelo era de piedras sueltas. Aunque estaba todo muy bien señalizado, había cierto riesgo. El cansancio y la confusión hacia que algunos pasaran por encima de las cintas de peligro, siguiendo un camino imaginario hacia la nada misma. Germán intentó asegurarse de que estuviera tranquilo y motivado. Me dio el mejor consejo de todos: “Pensá en tus pasos como tambores. Toc, toc, toc, toc”. Me dejó ir porque ya se empezaba a ver ada vez menos y tenía que volver a oscuras, solo, y a mí todavía me quedaba mucho ascenso.

Recordé a Scott Jurek y su consejo de aplicar el bushido. La mente en blanco. No pensar. Solo visualizar ese tambor. Toc, toc, toc, toc. Maravillosamente, funcionaba. Fue duro, sí. Me caí una vez, patiné en las piedras sueltas otras tantas, pero avancé a un ritmo constante y llegué a la cima. Me acompañó Leo Bugge, quien iba por su cuarto intento de terminar el Spartathlon, y terminaría llegando primero de todo el contingente argentino.

En la cima había un puesto donde me pedí un té caliente y me lo dieron apenas tibio. No me quise entretener mucho, por lo que salí junto a Leo. La bajada ea mucho más fría que la subida, por el viento, y más peligrosa, por las malditas piedras sueltas. Algunos corredores nos pasaban corriendo y en las curvas cerradas se veían obligados a frenar y repensar la estrategia. Fue una bajada larga y un tanto tediosa, pero como todo la conquistamos con paciencia y constancia.

Como estas zona eran bastante impenetrables, el auto que me acompañaba recién me iba a cruzar dos o tres puestos más adelante. Esa incertidumbre de no saber cuándo los vería me mataba. En cada puesto donde me encontraba a los chicos o mis padres, el solo hecho de verlos me devolvía la energía al cuerpo.

Llegué a un puesto, todavía de noche, donde pedí masajes en mis piernas. Fe jugado, porque no tenía tanto margen de tiempo a mi favor. Me masajeó una de las chicas que me había atendido en el puesto del km 80. Le pedí casamiento, me dijo que no sabía. Le dije que “eso no es un no, es un quizás”. Salí caminando, dolorido, cansado.

Mi objetivo era volver a ver el sol. De a poco se fue asomando, hasta que pude apagar mi linterna frontal. Saliendo de un puesto, masticaba una galleta de arroz. Quise beber de mi caramañola para ablandar un poco la comida y que bajara más fácil, pero cuando eché la cabeza para atrás vino una arcada. Inmediatamente escupí lo que tenía en la boca. Me doblé y quedé unos segundos mirando al piso, esperando un vómito que no llegó. Me lloraban los ojos y llegué a sentir el estómago revuelto, pero todo quedó ahí. Una vez más, comer (y sin hambre) se volvía un desafío inmenso.

Estaba tan dolorido que empecé a aplicar cambios de ritmo: corría doscientos pasos, caminaba cien. Con eso mantenía una constancia y hacía más rápido que solo caminar. Pero resultó no ser suficiente. Llegué a un puesto con unos diez minutos de margen. Tomé, llené mi caramañola, comí algo y salí con solo tres minutos a mi favor. Germán fue duro conmigo: “Mirá que tienen uno o dos minutos de tolerancia. Si te pasás, te sacan”. Tenía como 190 km encima. Había llegado la hora de volver a correr.

Mi tibial estaba rojo y parecía que tenía un chichón. Dolía, sí, pero más cuando frenaba. Decidí correr sin detenerme. Mente en blanco. Bushido. Toc, toc, toc, toc.

No sé de dónde salió esa fuerza. Nunca se me había cruzado la posibilidad de no llegar a la meta, pero quedar afuera por no cumplir los horarios de corte empezaba a ser muy plausible. Hacía más de un día que estaba corriendo, tenía dolor en el tibial, dificultades para tomar y comer todo lo que había planificado, y sin embargo podía avanzar sin detenerme. Al primer puesto desde que retomé la marcha le gané cinco minutos. Al siguiente mi margen se había ampliado al doble. De a poco iba eliminando el fantasma de la descalificación.

A pesar de mi determinación y de intentar mantener un buen margen, las subidas las tenía que hacer caminando. Me sentía muy bien de energía, pero igual necesitaba tomarme esas cuestas con calma. Este segundo día tenía más sol que el anterior, y el calor se sentía cuando el cielo no estaba dominado pos las nubes.

Pero mi gran problema era que las caminatas me daban sueño. Cada tanto me daba una bofetada de cada lado e intentaba mantener un camino recto. Si miraba a mis pies, a las piedritas y ramitas que iba dejando atrás, ese movimiento empezaba a transformarse en otra cosa. Una máquina tragamonedas. Carteles de publicidad. El paisaje a través de la ventana de un tren. Sueños despierto. Sentía que si cerraba los ojos, mi carrera se terminaba ahí mismo.

Frenar en los puestos era imperativo. Para obligarme a comer y tomar. Para intercambiar dos palabras con alguien y no sufrir tanto el desamparo. Yo era consciente de que cada vez me volvía más lento. En cada puesto la historia se repetía: intentar comer algo, tomar un vasito de agua, llenar la caramañola y preguntar cuánto faltaba para el siguiente puesto y cuántos minutos tenía para hacerlo.

Las cuestas se volvieron mi gran frustración. Estaba harto de subir, y el dolor del tibial derecho crecía más y más. De a poco la distancia a Esparta se iba achicando, pero esta etapa fue sin dudas la más exigente. Mis padres y el equipo me daban aliento y me motivaban para que corriese, pero era muy difícil salir de cada puesto trotando. Caminaba intentando acostumbrarme al dolor y así poder volver a correr.

Además del dolor, seguía luchando contra la inapetencia. Faltando menos de 20 km, mi entrenador le pidió a todos que dejaran de insistirme con que comiese. Ya tenía toda la energía que iba a necesitar. Eso me quitó un pequeño peso de encima, algo menos por lo que preocuparme. Me restaba solo seguir corriendo y bebiendo.

Lo estaba haciendo. Lo sabía, nunca había dudado de mí. El margen de los horarios de corte me permitía tomarme las cosas con calma. En uno de los últimos puestos volví a quejarme del dolor. Prácticamente me mandaron a la calle a los empujones y me instaron a que corra. Intenté trotar, pero no pude. Caminaba y cuando creía que el dolor se volvía tolerable, intentaba un trote, pero ya mi cuerpo no respondía. Me largué a llorar, desconsolado. Cuando pasaba un auto en el sentido contrario, me tapa a la cara con mi pañuelo. Otros corredores lograban pasarme, y también intentaba ocultarles mis lágrimas.

Ver la cercanía de los puestos me ayudaba a correr aunque fuera los últimos metros. Era muy frustrante, porque tenía la energía para trotar, no me sentía fatigado ni dolorido por el esfuerzo. Era solo ese maldito tibial que dolía más y más desde el km 80.

Ya arrimándonos a Esparta se veía cada vez más gente, que aplaudía y alentaba. El sol calentaba desde arriba, prometiendo que todo iba a estar bien. Llegué al anteúltimo puesto, el que precedía a la meta. Quedaban 2,4 km hasta la meta y mucho margen para hacerlo. Mis padres nos tomaron una foto al equipo junto al cartel que indicaba las distancias. Me saqué el abrigo y el gorro, porque ya pensaba en la meta y quería que la cámara capturara sin problemas que era yo el que estaba completando esta gigantesca ultramaratón. Me dieron la bandera de Argentina y me la puse de capa.

Germán y Leandro me acompañaron, uno de cada lado, mientras mis papás y Nico iban en el auto a la meta. Me dijeron de correr, pero no podía. Me largué a llorar nuevamente, una mezcla absurda de frustración por mi lesión y felicidad por estar terminando esa carrera. Mientras caminábamos, la gente en los balcones se asomaba y aplaudía al grito de “¡Bravo! ¡Bravo!”. Yo saludaba a todos, mientras las lágrimas me empapaban la cara.

Mi sensación en ese momento, aunque parezca paradójica, es que todo había pasado demasiado rápido. A pesar del dolor, había disfrutado enormemente de todo. Estaba cumpliendo ese sueño monstruoso, que me asustaba y a la vez me entusiasmaba. Me sentía orgulloso de estar terminando aunque fuese caminando, porque había sufrido muchísimo para llegar hasta ahí.

Algunos espartanos reconocían la bandera y me gritaban “¡Argentina! ¡Messi!”. ¿Sabían ellos que este era mi sueño, que me había preparado años para lograrlo, y que había sacrificado muchísimo por lograrlo?

A medida que nos acercábamos a la llegada, la gente se amontonaba más y más. Los “¡Bravo!” se hacían constantes, junto con los aplausos. Doblamos una esquina y a lo lejos se veían las banderas de varios países, que además eran el marco de la estatua del rey Leónidas. Decidí correr. Tenía que llegar hasta ahí corriendo.

Desaté la bandera y la levanté con ambas manos. Germán y Lean empezaron a correr conmigo. Nico apareció con la cámara a inmortalizar el momento. Mi papá nos sacaba fotos, y capturó una hermosa instantánea de los cuatro corriendo lado a lado, con la bandera de Argentina flameando sobre mi cabeza.

Llegué a las 35:43:44 horas. Era un tumulto de gente, estábamos llegando todos juntos, así que tuve que hacer fila, pero finalmente tuve mi momento besando los pies de la estatua de Leónidas. Estaba fría y tenía gusto a monedas. Me pusieron una corona de laureles, me dieron un medallón dorado y muy pesado y una remera amarilla de finisher. Una de las vírgenes que esperan en la llegada me dio el dichoso cuenco con agua del río Éufrates. Sabía fresca y deliciosa. Me abracé con mi mamá y después con mi papá, y compartimos el llanto juntos. A ambos les dije que lo habíamos logrado. Ese triunfo les pertenecía. También me fundí en un abrazo con Ger, Nico y Lean. Ellos me habían ayudado a llegar hasta ahí.

Me sentía en la gloria. Ni siquiera recordaba todo el dolor que venían sintiendo. Un niño me regaló un dibujo, y mientras le agradecía en griego, alguien me tomó fuertemente del brazo. Me llevó a la carpa médica donde me revisaron y me tomaron sangre. No era obligatorio, pero pedí que me pesaran. Había perdido cuatro kilos, todo deshidratación, y quizás algo de pérdida de masa muscular.

La sensación de euforia y adrenalina no duró mucho. Me sorprendía ver a tantos corredores en camilla, algunos con suero, mientras yo estaba fantástico. Me puse a charlar con la mujer de Martín Córdoba, a quien le pisé los talones toda la carrera, y de pronto me mareé. Una doctora me dijo que me sentara y tomase agua. Al principio eso me hizo sentir mejor, pero de nuevo me mareé. Me llevaron a una camilla donde me pusieron suero. Entonces vinieron los escalofríos. No podía parar de temblar. Como su fuera poco, el tibial empezó a dolerme mucho, y los cuádriceps ardían en llamas.

Me masajearon mientras estaba cubierto por una gruesa manta. El dolor era tan fuerte que lloraba mientras todo mi cuerpo temblaba. Me costó recuperarme como para que me puedan subir a una silla de ruedas y meterme en un auto.

Luego de una noche de sueño, todo mejoró… excepto el tibial. Caminar se había vuelto algo imposible. El dolor era inmenso. Decidí quedarme una noche extra en Esparta, no tenía ganas de viajar. Todo el domingo estuve con dolor, manteniendo la pierna elevada. Cuando no pude más, pedí que me llevaran al hospital. Allí me hicieron placas y me recetaron antibióticos y un analgésico antiinflamatorio. El diagnóstico era una tendinitis con inflamación.

La historia del tibial no terminó ahí. De hecho, estoy terminando esta crónica días después del Spartathlon y todavía tengo un dolor infernal. En Atenas, el lunes, fue cuando peor me sentí. No podía caminar pero quería ir a la cena donde entregaban los diplomas y la medalla de finisher. No conseguimos muletas, así que fui saltando en un pie. Nos tocó una mesa al fondo del salón porque llegamos tarde. La pasé realmente muy mal. Creo que eso se notó cuando subí al escenario, ayudado por Germán. Mi pierna vendada y mi falta de movilidad me ganaron dos o tres aplausos extra, más un “¡bravo!”.

Volvimos al departamento en taxi, e hice casi todo el camino con lágrimas de dolor. Pedí un médico a domicilio para que completara un formulario de la aerolínea, a ver si tenían una atención especial conmigo. El doctor me dijo que probablemente iba a tener que quedarme unos días más en Grecia, porque volar podía poner mi vida en riesgo.

Fuimos a una clínica privada, donde me hicieron otra placa. El especialista que me atendió consideró que tenía un absceso. Me autorizó a volar, pero bajo la promesa de que no iba a ir desde el aeropuerto a mi casa, sino directamente a un hospital. Si fuera por él, me internaba y me abría a ver qué tenía.

Por fortuna el vuelo de regreso fue tranquilo. La jefa de azafatas se apiadó de mí y me trajo un cajón de aluminio para mantener el pie elevado las doce horas del viaje. Ya en Buenos Aires fui a la guardia, me cortaron la hinchazón del tibial, y por suerte encontraron que era solo una hematoma, sin infección. Me hicieron una ecografía que confirmó un pequeño desgarro sin rotura de fibra.

Una segunda consulta reveló que el tendón que pasa sobre el tibial derecho no responde como debería. No puedo girar el pie hacia arriba. No me hace caso, y cuando logro moverlo, duele increíblemente. Yo sentía una gran mejoría, pero cuando me sacaron los analgésicos me di cuenta de que eso era lo que me estaba ayudando. Ahora estoy con dolor, fastidioso. Extraño algo tan sencillo como caminar.

Pero… No quiero que piensen que estoy mal. Soy el hombre más feliz del mundo. O sea… ¡Terminé el Spartathlon! Era mi sueño, y a pesar de TODO, pude estar ahí y conquistarlo. Yo siempre digo que lo bueno nunca es gratis en la vida, y este es un precio bajo para mí. Seguro estaré retirado un tiempo de las carreras, y me espera una rehabilitación de quién sabe cuánto tiempo, pero no me preocupa. Valió la pena. Esta carrera me ha cambiado, y siento que esto es solo el principio.

Después de tanto esfuerzo, quizá me merezca este descanso. Mi cuerpo me llevó más allá de mis límites. Es momento de escucharlo, de hacerle caso y de ayudarlo a que se recupere. Quién sabe a dónde me llevará la próxima vez…

Semana 50: Día 345: Los 21 km de la Media Maratón de la Ciudad de Buenos Aires

Otro año, otra media maratón que se corre en las calles porteñas. Este emblema deportivo y turístico atrae cada vez a más entusiastas del running, y en esta edición reunieron a más de 20 mil corredores. Solo podría lograrse si las cosas se hacen de manera prolija, y realmente este es el caso.

La Carrera: En el año 2009 se creó la Fundación Ñandú, quien se hizo cargo la Maratón en la Ciudad de Buenos Aires, que se venía disputando desde 1984. En aquella primera edición participaron 900 atletas, número que crece año a año. Me encantaría darles el dato de desde cuándo se realiza la Media Maratón, una distancia un poco más accesible (21 kilómetros, para los que no lo saben). Realmente esta carrera es opacada por los 42 km en cuanto a la importancia que le da la internet a este tipo de eventos, pero donde sí no tiene punto de comparación es en la convocatoria: para esta edición se inscribieron más de 20 mil corredores.

El circuito es bien turístico. Comenzó en Monroe y Figueroa Alcorta para recorrer las calles de Belgrano, Palermo, Retiro y el microcentro. El marco de la Ciudad es uno de los principales atractivos, y uno puede sentir el placer de correr sobre la Avenida del Libertador, junto al Obelisco, en Avenida de Mayo y entrando a la Autopista desde la 9 de julio.

Para esta edición decidí tomarme las cosas con calma y aprovechar para acompañar a dos amigas, Sol y Ceci, en sus primeros 21 km. Estaban muy nerviosas pero a la vez muy entusiasmadas por animarse a esta distancia. Cuando hicimos la acreditación les dije que eligieran la pulsera violeta que indica una llegada entre 2 y 2:25 hs. Me trataron de loco en ese momento y me aseguraron que llegaríamos en 3 horas… Les dejo picando ese dato.

Lo bueno: La organización es el punto fuerte en este evento. Seguro, a veces hay cosas que fallan, como los guardarropas el año pasado (lo que propició a que hoy decidiéramos dejar las cosas en un auto), o el caos que puede llegar a ser tomar agua durante el recorrido. Pero esto no tiene nada que ver con desprolijidades, sino con que ya somos tantos participantes que hay pocas chances de no estar a punto de chocarte con el que tenés adelante.

El otro pilar en el que se basa esta media maratón es la Ciudad misma. Muchos odian las carreras de calle y las comparan, injustamente, con las de aventura, que se podría llegar a correr en Pinamar o Tandil. Entiendo y comparto que el contacto con la naturaleza es algo fantástico, pero poder invadir las avenidas principales es una reivindicación para cualquier atleta. ¿Cómo dejar pasar la oportunidad de trotar por el centro de la 9 de julio? ¿O pasar el peaje de la autopista corriendo?

La hidratación está muy bien medida, con amplias mesas (pero la cantidad de público, inevitablemente, hace terribles embotellamientos en las primeras). Está tan estudiada la cantidad promedio que toma un atleta en estas carreras que desarrollaron una botellita más chica con el agua justa.

Lo malo: Quizá sería injusto hablar de los problemas de tener a una multitud de corredores y cómo organizarlos. Pero se supone que en la largada uno debía acomodarse según su pulsera para que saliéramos más ordenados, de acuerdo al tiempo que uno pensaba hacer. Esto no se controló, y es bastante ingenuo pretender que seamos los corredores los que nos acomodemos solos.

Este año me pareció notar que había menos shows en vivo que en ediciones anteriores. Y me cambiaron a los imitadores Los Beatles por una banda (bastante decente) que hacía covers de cualquier banda. ¡Media pila! Con la banda de Liverpool no se jode…

Si hay algo que podríamos criticar es el pobre kit del corredor. La supuesta “Expo maratón” es muy linda, cada año aumenta en tamaño y prestigio, pero la bolsa que te entregan cuando vas a buscar tu remera debería traer algo. Una bebida isotónica, una barrita de cereal, ALGO. El costo de inscripción me parece barato, pero si somos 20 mil personas y a los extranjeros le cobran más caro… ¿tanto cuesta? A la hora de ponernos en quisquillosos y buscar cosas por mejorar, esta sería una.

El veredicto: La media maratón es una carrera sobre la que le pesa una gran expectativa, y este año no decepcionó. Todo salió como tenía que salir, el recorrido se disfrutó mucho, la hidratación alcanzó. Esta es una competencia muy digna, ideal como objetivo de quien necesita una meta para esforzarse y progresar. La recomendaría a absolutamente cualquiera que tenga ganas de empezar.

Puntaje:
Organización: 9/10
Kit de corredor: 4/10
Terreno: 9/10
Hidratación: 10/10
Nivel de dificultad: Para corredores avanzados

Puntaje final: 8,00

Semana 40: Día 276: Los 25 km de la Terma Adventure Race El Palmar

Finalmente encuentro un hueco en mi día para reseñar esta carrera que forma parte del circuito Adventure Race que organiza el Club de Corredores. Ahí vamos.

La Carrera: Históricamente, para nuestro grupo estas carreras eran llamadas “las Merrel”, porque esta marca de ropa las auspiciaba. De hecho, como me inicié en el mundo del atletismo con toda esta movida ya bastante empezada, primero pensé que ese era su nombre y después me enteré de que se trataba de un auspiciante, como es el caso de la Copa Libertadores, que depende de quién ponga el dinero es la marca que lleva adelante. Esto no es algo dicho en tono despectivo, me parece absolutamente inteligente asociarse con una marca que abarate costos o le sume valor al evento. Terma es una bebida que en lo personal no me gusta (difícil sacarme del agua mineral en esta etapa de mi vida), pero lo prefiero mil veces que la cerveza o la Coca-Cola… y sobre eso hablaré en el desarrollo de la reseña.

Esta Adventure Race, parte del circuito que empieza con Tandil en Marzo y ahora sigue en Agosto con Pinamar, tuvo una diferencia respecto a las versiones en otras ciudades y es que la distancia promocionada era de 25 km. Esto vino acompañado con una reducción de los equipos de postas: en lugar de cuatro participantes se redujo a tres. El recorrido era un misterio para mí, lo imaginaba metiendo las patas en el agua, en un terreno muy técnico y dificultoso. Pero esto fue porque no me dediqué a investigarlo y me quedé con la idea en la cabeza de los circuitos de Salomon. La Adventure Race de El Palmar, comparada con Tandil o Pinamar, es mucho más sencilla en cuanto al nivel de dificultad, más noble con las articulaciones y una buena opción para hacerla la primera carrera de aventura de tu vida.

El kit del corredor no fue la gran cosa: dos botella de Terma de un litro (obviamente), una barrita de cereal, unos cereales Mix Tropical (con demasiada azúcar para mi gusto, pero veganas) y una edición de la revista Ochentamundos del año pasado. Regalé todo, pero entiendo que hay gente que apreció mucho su contenido.

No quiero ponerlo como algo malo porque no sé bien por qué pasó, pero la distancia de mi reloj fue de 23 km en lugar de 25. Al principio coincidía bastante bien y en un momento nos empezamos a distanciar, para terminar en una diferencia de 2 km. Me llamó mucho la atención. Cruzamos la meta a las 2 horas con 22 minutos, y se cumplió mi intención de correrla relajado, acompañado de amigos, y no enloquecido por el tiempo y poniendo en riesgo mis tobillos. 

Lo bueno: La organización de la carrera fue muy buena, algo que muchas veces es criticado. El horario de salida, pautado para las 10 de la mañana, se retrasó a las 10:30. Esto, que podría ser parte de “Lo malo”, para nosotros fue excelente, porque en el camino nos perdimos y llegamos tardísimo. Supongo que hicieron esto no por problemas organizativos, sino porque al correrse dentro de La Aurora del Palmar, que es un predio alejado de ciudades como Colón, cualquier citadino como nosotros se podía retrasar y perderse la salida.

Los puestos estaban bien ubicados, por lo que tranquilamente se podía correr sin hidratación propia (aunque nunca está de más). También había mucha fruta, algo que uno espera en una zona conocida por sus naranjas. Y este posiblemente haya sido el punto principal de esta carrera, ya que sobre el final corríamos por una plantación de naranjos que además de pintoresco era irresistible. Corrí en un equipo improvisado de cuatro corredores: Germán, mi entrenador, Nico, Lean y yo. Mientras yo hacía una parada técnica, ellos sacaban una naranja cada uno, la pelaban con sus manos y la saboreaban mientras caminaban. Corrí hasta ellos y me ofrecieron tomar una fruta de uno de los naranjos. Desconfiado, me negué, pensando que iba a ser muy ácida y me iba a caer mal. Ante la insistencia y las acusaciones de que me cortaba solo ante el equipo, tomé una naranja, la pelé y la comí. Creo que fue la fruta más sabrosa y jugosa que probé en mi vida. Y eso solo lo viví en esta carrera.

Otro tramo del recorrido destacable fue un sendero angosto dentro de un bosque, donde uno tenía que agacharse de vez en cuando o estar atento a las raíces y troncos en el suelo. Si bien el sol y la entrada en calor nos hizo olvidar de que estábamos en invierno (y de que la mañana estuvo muy áspera), al estar en un entorno a la sombra, muy cerrado, obligado a bajar la velocidad por la fila india que se había armado, me volví a enfriar. Salir a la luz del sol, en medio del palmar, fue una bendición. 

Lo malo: Sin dudas, otro desacierto del Club de Corredores, que es asociarse con productos que no son buenos para el deporte. En lo menos malo está dar como hidratación agua con bajo contenido de sodio, lo que propaga la idea errónea de que esto es más saludable. Esto sí puede ser ideal para personas con hipertensión, ¡pero los corredores necesitamos sodio! Me sorprende el riesgo al que nos someten en tantas carreras, y lo que más bronca me da es que estoy seguro de que es algo que ni siquiera se lo plantean. Luego, en los puestos también había ese jarabe con agua carbonatada que se usa para aflojar tuercas oxidadas, llamado Coca-Cola. Sé de ultramaratonistas que recurren a este líquido negro y espantoso por su alto nivel de azúcar, como para darse un shock de glucosa y tirar unos kilómetros más. Para mí es un horror que incentiven a los deportistas a tomar esto, en lugar de adoptar un criterio de salud y nutrición. La cereza del postre es la lata de cerveza Quilmes que regalaban en la llegada, en el mismo instante en que uno retiraba su medalla de finisher. ¿En serio? ¿Recibo mi reconocimiento de haber terminado una carrera, algo difícil de alcanzar, y en el mismo acto me dan alcohol para terminar de saturar a mi vapuleado hígado? Creo que una organización deportiva debería velar por la salud de los competidores y no descuidar estos detalles. Porque se supone que ellos saben más que quienes se inscriben en sus carreras. Y tranquilamente podrían imponer un estilo de vida más sano, que acompañe al esfuerzo físico que hacen los deportistas. Por suerte descubrí que no soy el único extremista con este tema, a nivel general a todos en el grupo les sorprendió que regalaran cerveza como si fuese una recompensa por terminar.

Otro punto criticable, que lo vi al día siguiente de esta edición, fue el tema de las fotografías de la carrera. Uno debe buscarlas de acuerdo a su número de corredor, y un sistema automatizado publica la galería en Facebook. El tema es que hay muchas fotos que las suben giradas a 90 grados. Yo me considero lo suficientemente apto para acomodarlas al derecho, pero la marca de agua de la Terma Adventure Race queda girada. Siendo algo automático, es frustrante ver cómo elige las fotos, y muchísimas otras no aparecen (las terminé tomando de galerías que le generó a amigos míos). Además tengo una sola foto de la carrera (espantosa, porque soy cero fotogénico) y me hubiese gustado tener más del recorrido. Me parece mejor cuando arman álbumes de fotos y uno se busca una por una, que esto donde está totalmente cerrado y uno apela al buen criterio de un algoritmo matemático.

El veredicto: Una muy buena carrera sin mucha dificultad, ideal para quienes quieren debutar en una carrera de aventura y tienen miedo de destrozarse en el proceso. El terreno no es muy técnico, pero algún que otro cambio de paisaje la hacen interesante, y si bien los puestos de asistencia tienen alimentos que para mí son una pésima decisión, también tienen opciones sanas como las frutas. Difícilmente se replanteen este aspecto, así que le recomiendo a quien pueda darse ese lujo, que corra con su propia hidratación.

Puntaje:
Organización: 7/10
Kit de corredor: 7/10
Terreno: 8/10
Hidratación: 5/10
Nivel de dificultad: Para corredores novatos

Puntaje final: 6,75

Semana 32: Día 219: Los 6 km de la Star Wars Run

La Carrera: Con motivo del 4 de Mayo, día de Star Wars, algún genio del marketing se le ocurrió sumar este onomástico que cada vez se está imponiendo más con otra actividad que está logrando más adeptos, como es el running. Así fue que nació la Star Wars Run, que se corrió en varias ciudades del mundo a la vez. Al menos en la de Buenos Aires, la cita era a las 23 hs, como para estirarse un poquito y estar a las 00 hs para celebrar un día bien jedi.

Tengo entendido que la organización no corría por cuenta exclusivamente del Club de Corredores. Probablemente ellos aportaron su aparato de difusión, inscripciones y cronometraje. El resto (animación, por ejemplo), corría por cuenta de Unlimited S.A., que han estado involucrados en otros eventos similares, como la Enegrizer Night Race. Esta también era una carrera nocturna, aunque al momento de inscribirse o retirar el kit a mí no me aclararon si había que llevar iluminación propia o no. Evidentemente lo mismo le pasó a muchísima gente porque muy pocos tenían luz frontal.

Lo que me fastidió un poco de la acreditación es que cuando pagué tuve que llenar una ficha de deslinde, con mi DNI, firma y aclaración, a la vez que me preguntaron mi talle de remera. Incluso me la pude probar para medirlo. Pedí XS, pero cuando fui dos días después a retirar el kit, no quedaban talles, y me volvieron a pedir que firme el deslinde. Me pareció algo poco importante, pero a la vez desprolijo.

La remera tenía la cara de Yoda dibujada con palabras fluo. Este personaje no es mi favorito, digamos que me parece el peor detrás de los Ewoks y los Yawas (eso da a entender que no me gustan los petisos de esta franquicia, pero en mi defensa digo que lo banco mucho a R2D2).

El día de la largada, sábado, lloviznó muy poco. Esto pareció amenazar el evento, que de todos modos no se suspendía, pero no pasó a mayores.

Yo no tenía intenciones de participar, pero cuando me enteré de que la quería hacer mi amigo Seba, a quien ayudé en sus primeros kilómetros dentro del running, no pude no estar. La distancia, 6 km, no me interesaba, tampoco la modalidad nocturna en la Villa Hípica de San Isidro, pero quería decir presente en la primera carrera de su vida. La amistad me pudo más que el frikismo.

Así que ahí estábamos, por suerte Seba es conocido así que tuvimos acceso al VIP, cosa que yo nunca había vivido en una carrera. Había muchísima comida de mucha categoría, que no era vegana, y no la recomendaría antes de correr. Afortunadamente también había un stand de frutas al que ataqué vorazmente. En el VIP vi a Eugenia Tobal, que no corría, y les confirmo que en persona es hermosa.

La cantidad de gente era impresionante. No sé calcular, así que mi pronóstico podría ser una burrada, pero éramos muchísimos. Había por supuesto gente disfrazada y corredores con sables de luz (de juguete), máscaras y algún demente con casco. La multitudinaria largada, con música de la película (que un poco te ponía la piel de gallina), fue bastante puntual. Lamentablemente el recorrido era en pasto que deberían haber cortado, sobre un terreno irregular, así que las piernas se cansaban más rápido. Yo no puedo decir que a mí me resultara particularmente agotador, pero vi a muchísima gente caminar a partir de los 500 metros. Igual creo que para todos llegar a la pista de tierra fue un alivio.

Recién cuando estábamos inmersos en la competencia, codo a codo con Seba, me di cuenta que los kilómetros estaban marcados con números romanos por los episodios. Podríamos decir que pasábamos de la Amenaza Fantasma al Ataque de los Clones, para después pasar por La Venganza de los Sith, Una Nueva Esperanza, El Imperio Contraataca y terminar en El Regreso del Jedi.

En cada uno de esos puntos habían prometido “sorpresas”, pero era gente caracterizada. Me sorprendió la cantidad de gente que hizo el recorrido caminando, y los otros tantos que se paraban en cada kilómetro a sacarse fotos con los Stormtroopers, los Jedi o los Sith. Con Seba estábamos mentalizados en disfrutar pero también en correr. Su marca máxima eran 4 km, y queríamos hacer el recorrido completo sin frenar ni caminar.

La carrera formaba una suerte de espiral, y siendo la pista tan ancha, había mucho espacio para correr. El tema fueron ciertos sectores donde había que doblar en un ángulo agudo, que eran más angostos y se formaban algunos embudos molestos.

No nos hizo falta iluminación, aunque me costaba mucho ver el cronómetro del reloj. Igual la luz de la calle llegaba, la noche no estaba tan oscura y complementado con algunas luces de otros participantes, se veía el piso con facilidad.

Había un puesto de hidratación, donde daban agua sin sodio, pero por la distancia no creo que fuese significativo. No hubo comida ni Gatorade en el recorrido, solo en la meta. Seba se bancó todo el recorrido en forma titánica, y fue muy emocionante cruzar la línea de llegada con él. La medalla, huelga decirlo, era hermosa, quizá la más linda que alguna vez tuve.

Como había un escenario muy luminoso, con un animador que me dicen era de Disney Channel, los corredores se iban agolpando después de dejar el chip. Me parece que estábamos DEMASIADO cerca de la meta. Nosotros fuimos mitad de tabla y todavía faltaban llegar corredores. Creo que no estuvo bien calculado, la convocatoria fue muy grande y el espacio les quedó chico. Mi impresión es que esta carrera necesita hacerse en otro lugar, organizada de otro modo, para poder disfrutarse más. Y el evento de cierre, con cuenta regresiva para las 12 de la noche, prometía mucho (parecía que iba a salir Mark Hammil o Harrison Ford), pero terminó saliendo un muchacho con una bata jedi haciendo un baile con luces. Me pareció muy pobre.

Y cierro con esto. ¿Alguien es fanático de Yoda? ¿No saben que los fans de Star Wars hinchamos por los malos? Queremos una remera de Bobba Fett, Darth Vader o un Stormtrooper. Queremos que ganen los buenos, pero en el pecho preferimos vestir a los personajes con onda…

Lo bueno: Este es un evento colorido, con el plus de una franquicia espectacular como es la de la Guerra de las Galaxias. La medalla, sin ninguna duda, pone la vara muy alta para este tipo de carreras. El peso de esta carrera es el show y no el desafío deportivo en sí.

Lo malo: La organización tuvo muchas fallas. Organizar un evento de esta magnitud no es fácil, y si lo tuviese que hacer yo seguramente cometería muchos más errores (y peores). No quiero pecar de subestimación. Pero si tanto el Club de Corredores como Unlimited han hecho carreras en el pasado, cuesta creer que fallen en cuestiones como la acreditación. No fui a los baños, pero leí comentarios de que estaban mal iluminados (si son químicos, obviamente no tienen electricidad adentro).

El veredicto: Star Wars Run es un evento ideal para fanáticos de la saga, incluso aquellos que no estén acostumbrados a correr. La distancia es accesible, aunque sea caminando. También se la recomendaría a quien esté iniciándose en el mundo del running, incluso si mantienen el terreno con ese pasto y ese terreno irregular. Los 6 km no son una distancia para subestimar, y es una excelente meta para empezar. Todavía hay muchas cosas para mejorar, y es claro que tienen capacidad para hacerlo.

Puntaje:
Organización: 5/10
Kit de corredor: 7/10
Terreno: 6/10
Hidratación: 8/10
Nivel de dificultad: Para todo tipo de corredor, especialmente iniciales

Puntaje final: 6,50

Semana 31: Día 212: Los 21 km de la Serie Salomon K21 San Pedro

Hoy quisiera probar un nuevo estilo de reseña de carreras, que he visto en otros ámbitos y me gusta mucho. No voy a dejar de hacer mis apreciaciones netamente subjetivas, pero quiero hacer el intento de rescatar lo bueno y lo malo, para después dar lugar a un veredicto y a un puntaje. Y lo hago con una carrera que me sorprendió mucho.

La Carrera: En nuestro grupo, Puma Runners, la llamábamos “los 21 km de San Pedro”, y aunque sabíamos que el sponsor era Salomon (o “Salomón”, para los amigos), no conocíamos al organizador, Al Límite Aventuras. La descripción oficial de la competencia era:

San Pedro tiene su estreno en la Serie Salomon K21 – Copa Optitech, con un circuito caracterizado por el gran entorno que brindan las barrancas del Río Paraná. Atravesando montes con mucha vegetación, el recorrido combina senderos por bordes de arroyo con lomas y picadas que aportan variantes al trayecto. Enmarcado en un entorno perfecto para la aventura, San Pedro es una carrera ideal para los amantes de la naturaleza.

Sabíamos realmente poco, pero después de correr la Adventure Race de Tandil, estábamos todos muy motivados y necesitábamos un nuevo objetivo. Esta media maratón de aventura en San Pedro, una localidad a la que podíamos ir y volver en el día, parecía ideal. Organizamos todo via mail, hicimos el depósito de las inscripciones el viernes, y hoy, domingo, partimos tan temprano para San Pedro que hicimos gran parte del camino de noche. Hacía bastante frío, incluso cuando llegamos a la estancia donde estaba la largada. Ahí empezaron nuestros problemas: no estábamos anotados. Esperamos, nos quejamos y los organizadores, extrañamente, nos trataron con mucho respeto. Resultó que no llenamos las fichas desde la web, sino que mandamos todos nuestros datos por mail, asumiendo que con eso alcanzaba. Nos merecíamos una trompada, pero a pesar de eso nos resolvieron todo y nos inscribieron en el último minuto. Aunque nos quejamos, eso hizo que la confianza en esa organización que desconocíamos subiera mil puntos.

Con bastante puntualidad largamos, ya sin frío gracias a que había mucho sol y pocas nubes. No entendimos por la descripción oficial cómo era el recorrido. Lo imaginábamos cross country, sin demasiada dificultad, quizá pasando por encima de algún alambrado y chapoteando en uno o dos charcos. En verdad el trayecto fue súper técnico, con agua por encima de la cintura, muchísimo barro que hacía sopapa y se robaba zapatillas, trepadas muy técnicas (en una había que ayudarse con una soga) y un terreno constantemente irregular. Yo lo viví como si hubiese ido al cine. De hecho me acordé de cuando vi Pulp Fiction por primera vez, en el año 1995. Estaba en la sala, viendo una película sin actores que me resultaran demasiado consagrados, dirigida por alguien que desconocía, y me encontré absolutamente maravillado. Iba por la mitad y pensaba “Estoy viendo una película excelente”. Veinte años después, sigo sintiendo que viví algo épico. Con esta carrera me pasó algo muy parecido. Estaba lejos de la meta, con barro secándose en mis piernas hasta las rodillas, con arañazos, el número de corredor que se me salía, subiendo y bajando por lomadas con tierra suelta. Y me divertí un montón, mientras pensaba “Esta carrera es excelente”.

Lo bueno: Sin dudas la organización dejó poco librado al azar. Los puestos de hidratación, cada 5 km y uno a menos de un kilómetro de la meta, eran todo lo que uno necesitaba. Se puede correr sin mochila, y de hecho es recomendable por la irregularidad del terreno. El lugar ayuda muchísimo, por la geografía típica de la vera del Paraná. Sé que hay muchas Salomon K21 en todo el mundo, pero esos piletones de barro, esas barrancas, esos bosques donde había que correr agachado, son de San Pedro y no creo que se repitan. Este es el tipo de carrera que quería hacer, sin pensar en el reloj, solo en relajarme, disfrutar del paisaje, y divertirme.

Lo malo: Un punto en contra es que el GPS nos dio a todos 18 km. O sea que hicimos 3 km menos de lo que se suponía. Algunos la sufrieron mucho, y estarán agradecidos por esta concesión. Yo no, me divertí, y hubiese querido un poco más. Otro aspecto negativo que podría no serlo, es la propia dificultad que ofrece el terreno. Cualquier persona que arrastrase una lesión de rodilla o tobillo tendría que mantenerse totalmente alejado de esta carrera. Quizá es algo que desde la página o cuando uno se inscribe deberían haberlo advertido. Porque con barro y un terreno tan irregular, los pies bailaban adentro de la zapatilla. Yo me tomé la competencia con calma y llegado un punto prioricé avanzar a paso firme que con velocidad, pero tengo un compañero que empeoró una lesión de su tobillo. Posiblemente si le hubiesen hecho una advertencia la hubiese corrido igual. Nuestra falta de expectativa por la poca información nos favoreció a algunos y los perjudicó a otros. El último punto a revisar es la hidratación: si bien para mí fue absolutamente óptima, cuando pasé por el puesto de 15 km se les estaba acabando el agua, y faltaban pasar por ahí muchos corredores. Quedaba muchísimo Gatorade, pero es un aspecto para no descuidar. Además, aunque nos hicieron una atención especial para inscribirnos media hora antes de la largada y nos trataron muy bien, no figuramos en la clasificación, aún cuando corrimos con chip. Supongo que somos en parte responsables de esto, pero me cuesta entender, si teníamos el chip, por qué no estamos en el sistema…

El veredicto: ¡La mejor carrera del año! Obviamente, sin mezclarla con las ultramaratones, que serían una categoría aparte. Sin lugar a dudas quiero volver, me encantaría que el año que viene no nos escatimen esos 3 km que faltaron, y voy a recomendar los 21 km de San Pedro hasta el cansancio. No hay carrera que sea más de aventura que esta.

Puntaje:
Organización: 8/10
Kit de corredor: 9/10
Terreno: 10/10
Hidratación: 8/10
Nivel de dificultad: Para corredores avanzados

Puntaje final: 8,75

Para ver más fotos de la carrera, visiten el blog de Juanca Bertram. ¡Gracias por el registro fotográfico!

Semana 19: Día 131: El primer espartatleta argentino

Adalberto Maidana es el primer argentino en haber terminado la Espartatlón (puesto 28, 35:08:03), además de ser el primer corredor de sudamérica en hacerlo. Su carrera fue en 1990… ¡hace 24 años! Cuesta pensar que mientras yo deliraba con Batman, de Tim Burton, y los dibujitos animados de Las Tortugas Ninja, había un compatriota que estaba debutando en la prueba que me obsesionaría dos décadas más tarde.

Para preservar mi salud mental, intenté averiguar poco de la Espartatlón. Sabía sus requisitos, su historia, su dificultad, pero no quería ver reseñas ni cómo era el recorrido. Me lo reservaba para cuando estuviese preparado para correrla. Ahora que decidí (y el destino acompañó) que 2014 iba a ser el año en que participara, me puse a investigar… ¡y hay muy poca información! Creo que me voy a volver un especialista en habla hispana de la Spartathlon… solo me falta el pequeño detalle de correrla.

Las experiencias son para mí muy valiosas. Puedo adelantarme en lo que son las buenas decisiones y los errores comunes. Estoy aprendiendo mucho y espero que todo esto me sirva para cuando esté compitiendo, dentro de 232 días, 3 horas, 22 minutos.

Seguramente le eche mano a las experiencias que vaya capturando de la Espartatlón. La carrera de Adalberto, obviamente, es muy valiosa, principalmente porque la corrió en una época muy diferente a la nuestra. Grecia no estaba inmersa en su crisis actual, y la ultra era mucho menos popular que ahora. Por un atleta no llegaron a 100 participantes, mientras que hoy confirmaron que en pocos días cierran la inscripción (claro, tienen a más de 800 inscriptos).

La reseña de Adalberto es emocionante, y me sirve para confirmar cuál es la parte más dura: la noche, en la montaña, un terreno similar en el que Filípides habló con Pan, mientras que al atleta argentino le tocó hablar con Dios. Los dejo con su reseña:

• LA LLEGADA A GRECIA
Eran las 17.30 horas del 23 de Septiembre, el avión de BRITISH AIRWAYS, procedente de LONDRES, se posaba lentamente en la pista y comenzó a recorrerla hasta detenerse totalmente.
Cuando se abrieron las puertas y bajé por las escalerillas del avión, sentí una emoción muy grande; había llegado a la tan soñada GRECIA, estaba en ATENAS, un lugar del que conocía sus bellezas solamente por comentarios, postales o fotos, y ahora tenia la oportunidad de conocerla personalmente, nadie me lo iba a contar.
Pero a la vez mi emoción era doble, porque además llegaba como deportista representando a mi país, ARGENTINA, a participar en la prueba del SPARTATHLON, la competencia atlética de Ultramaratón más importante del mundo, porque recuerda la gesta de FILIPIDES y además forma parte de la Historia Universal.
Esta prueba se realiza todos los años y en la misma participan los mejores atletas del mundo, partiendo desde ATENAS y finalizando en ESPARTA, al pie de la estatua de LEONIDAS, al final de la Avenida PALEOLOGOU, en esa localidad, recorriendo 250 kilómetros por rutas y caminos de la legendaria GRECIA.
Al salir del Aeropuerto, luego de cumplir con los requisitos de Aduana, fui ubicado por los organizadores del evento, que me estaban esperando (como lo hacían con todos los atletas extranjeros) en la VILLA OLIMPICA del Estadio que lleva el mismo nombre y que se encuentra ubicado en la zona de KALOGREZA, camino a KIFISSIA.
Allí empecé a sentir el cariño y el respeto con que se me iba a tratar de ahí en más, por la Señora MARIANNA VEREMIS, quien tenía a su cargo recibir a los participantes de la prueba, y que desde el primer momento me hizo sentir como en casa, pero en la medida que pasó el tiempo, sentí que todas y cada una de las personas con las que iba a tratar, eran de la misma forma: respetuosos, sencillos, simples y siempre dispuestos a solucionar cualquier problema que se presentara; actitud que no me sorprendió ni extrañó, ya que en BUENOS AIRES, sentí el mismo afecto y buena predisposición, cada vez que solicitaba alguna información a mi amigo ELEFTHERIOS KOUVARITAKIS, quien era el Vice – Cónsul de GRECIA en ARGENTINA y además era un corredor de Maratón.
Los días previos a la competencia, realmente no me fue posible visitar ni recorrer totalmente la ciudad de ATENAS (si lo hice después de finalizada la prueba) pero de lo que pude ver y sentir, además de la belleza del paisaje y sus monumentos históricos, rescato el cariño de la gente del pueblo griego.

 
• EL INICIO DE LA PRUEBA

De la prueba en sí, podría escribir mucho y estoy seguro que me faltaría espacio para poder contar todo en detalle. Si debo decir que fue algo extraordinario, muy emocionante, por todo el entorno previo, por la competencia misma y por la alegría del final.
Trataré de resumir estas emociones que comenzaron el día 28 de Septiembre cuando partimos del PANATHINAIKOS STADIUM, en ATENAS, a las 7 de la mañana con destino final SPARTA, éramos 99 atletas de distintos países del mundo, de los cuales solo 35 arribamos a la meta.
Todos y cada uno de nosotros estaba con sensaciones y motivaciones distintas, en mi caso sentía el orgullo de ser el primer argentino y además el primer sudamericano que participaba en la prueba del SPARTATHLON, pero también tenía la motivación de estar corriendo por lugares donde se cimentó la historia del mundo.
Como mencioné, partimos desde ATENAS, atravesamos la ciudad, bordeamos el puerto del PIREO y luego salimos a la Autopista, para llegar al primer puesto de control de la prueba en CORINTOS, a 82 kilómetros de ATENAS, durante el trayecto comenzó a llover en forma intensa lo que hizo aún más dificultosa la carrera.
Desde CORINTOS, seguimos corriendo hasta NEMEA, pasando por ASSOS, ya era de noche y el frío además de la lluvia se hacía sentir.
De NEMEA, la ruta nos llevaba hasta LYRKEIA, donde llegué aproximadamente a las 2 de la mañana del 29 de Septiembre, llevaba recorridos 154 kilómetros y hacía ya 19 horas que estaba corriendo.
Hasta allí, había sido una prueba muy dura, sobretodo por las constantes subidas y bajadas del camino montañoso. Las luces de las linternas que llevaba cada corredor para iluminar el camino y que fueron provistas por los organizadores, parecían ojos de gatos en la oscuridad, haciendo ver un paisaje nocturno diferente.
• MI ENCUENTRO CON DIOS
Mientras observaba lo anteriormente descrito y escuchaba y disfrutaba el silencio de la noche, pensaba también que ya había pasado más de la mitad de la carrera y que las subidas que iba dejando atrás eran lo más duro y difícil, pero todavía me aguardaba una sorpresa: me faltaba escalar el BEY´S LADDER, una cuesta empinada, muy riesgosa, con camino de cabras y guiado solamente por las cintas fosforescentes que indicaban el mismo y el haz de luz de mi linterna.
 Me sentía exhausto, cansado y realmente creía que no podía más.
Comencé a ascender lenta y trabajosamente, delante de mí iban un atleta japonés y un francés; en algún momento el japonés se sentó y no quiso seguir más, traté de ayudarlo pero al mirar sus ojos me di cuenta que estaba llorando y no podía seguir más; lo dejé y seguí, mientras subía esa interminable pendiente le pedía a Dios que no me abandonara.
Comencé a pensar en Dios…, a pedirle que me ayude…, a sentirlo en forma intensa…, a rezar.
En algún instante, tuve la impresión de que mi oración había pasado por si sola, por decirlo de alguna forma, de los labios a mi corazón.
Quiero decir que sentía, que mi corazón en sus pulsaciones, había comenzado a decir las palabras de mi oración en cada latido.
Dejé de rezar mis oraciones en voz alta.
Simplemente presté atención a lo que mi corazón decía.
Luego sentí algo así como una sensación de dulce dolor en mi corazón y una fuerza intensa de amor en mis pensamientos hacia Él.
Era como si lo estuviera viendo, me imaginaba a mí mismo, abrazado a Él, besándole las manos tiernamente, agradeciéndole con lágrimas de alegría, que hubiera permitido con su amor y su gracia hacia mí, lograr lo que me había propuesto.
Sentí luego que llegó a mi corazón un calor misericordioso que me invadió todo el pecho, y una sensación de paz me cubrió totalmente.
Así fue mi encuentro con Dios…
En Grecia, entre Nestaní y Tegea, en la cima del Monte Beys Lader, en una noche estrellada del mes de Septiembre, mientras corría el Sparthatlon uniendo Atenas con Sparta, cubriendo 250 kilómetros, y cuando pensaba que no podía seguir más y había pasado ya el límite de lo humano.
Cuando por fin llegué a la cima sentí una extraña sensación, como una paz interior, difícil de explicar; mi respiración se hizo cada vez más acompasada y había logrado mantenerme tranquilo, en mi mente con más fuerza, estaba la seguridad de que una vez finalizado el descenso de esa ladera y luego llegar a NESTANI, que estaba muy cerca, ya nada podría detenerme y lograría finalizar la competencia.
• EL FINAL DE LA PRUEBA
Eran aproximadamente las 6 de la mañana cuando llegué a NESTANI, llevaba recorridos 175 kilómetros y hacía ya 23 horas que estaba corriendo y de allí continúe rumbo a TEGEA, donde llegué cerca de las 10 de la mañana, en esa aldea, sentí una vez más el cariño emocionado de la gente del lugar que estaba en las calles alentándome a cada momento; también vi el llanto doloroso de otro corredor japonés que no pudo continuar y tuvo que abandonar la prueba, era el kilómetro 193.
Me cambié, comí algo y continué rumbo a SPARTA, pasando por MAGASAKI, y KLADA. Mi equipo de médicos, el Dr. Murano y el Dr. Cabrera me acompañaba y alentaba permanentemente, dándome las indicaciones y los cuidados necesarios para finalizar la prueba con éxito. 
• LA LLEGADA A ESPARTA
Estoy en la entrada a la ciudad de ESPARTA, son las 16,30 horas de la tarde del día sábado 29 de Septiembre.
Voy corriendo por la Avenida que pasa muy cerca del Templo de ARTEMISA rodeado de niños que me acompañan en bicicleta, estoy emocionado, a punto de lágrimas, siento en esos niños que va a mi lado, el cariño y el amor de mis hijos Adrián, Mariela, Fernando y Daniela que me acompañan permanentemente en mi corazón y mi mente durante todas las competencias en las cuales participo.
Sigo corriendo, totalmente distendido y feliz, trato de no desconcentrarme, sé que falta poco, doblo en la Avenida PALEOLOGOU, y veo la estatua de LEONIDAS que marca el final de la prueba, y ya no puedo contener las lágrimas, pues mi alegría es incontrolable.
La gente a mí alrededor aplaude, me saluda, se emociona y me alienta una vez más al grito de ARGENTINA…, ARGENTINA…, ya que me identifican porque voy corriendo con la bandera Argentina en mis manos.
Sigo llorando emocionado, como un niño, la estatua de LEONIDAS, está allí, esperándome, las sensaciones que siento son incontables, pienso que en este instante, estoy culminando una prueba que comenzó hace mucho tiempo y que todo el esfuerzo que me llevó la preparación, bien valía la pena de hacerla…, estoy casi al pie de la estatua…, voy subiendo los escalones que me separan de ella, para tocar su base y dar por finalizada la prueba…, la gente a mi alrededor es increíble como alientan, aplauden, se emociona ( no solo conmigo, sino todos los corredores)…, pero que mas les puedo decir, si por mas que escriba y escriba, siempre me faltarían palabras para poder explicar todo lo que me está rodeando.
Llego al pie de la estatua y veo un grupo de tres niñas que están vestidas con la indumentaria tradicional de la época (vestido blanco largo), me apoyo en la base de la misma y de esa forma se certifica que llegué al final de la prueba, sigo llorando emocionado, mientras el Mayor de SPARTA, Mr. Matalás, coloca sobre mi cabeza una corona de laureles y olivos, y me saluda con un efusivo abrazo, me entrega una hermosa medalla por haber finalizado y una niña me da de beber agua en un recipiente en forma de plato, siguiendo la tradición histórica, al igual que lo hacían con los antiguos guerreros, que llegaban cansados de la batalla.
Sigo saludando y muy contento, me abrazo con todo el mundo, mientras viene a mi memoria, la partida de ATENAS, 35 horas atrás (ese fue el tiempo que demoré en recorrer los 250 kilómetros), y los rostros desconocidos pero bondadosos y llenos de amor que fui cruzando en el amino, como el de aquella señora, en una aldea entre NESTANI Y TEGEA, que se acercó a mí en un momento que me detuve a beber agua, me dio un beso y me regaló una flor; o como aquel grupo de niños y niñas que me esperaba a la salida de TEGEA y me regalaron una pequeña corona de laureles y algunos caramelos; o como la gente de la organización de la carrera que en cada puesto de abastecimiento que paraba me atendían y se preocupaban por mí como si fuera un amigo de años.
Muchos recuerdos más se atropellan en mi mente, mientras continúo disfrutando con mi equipo de médicos el sabor de la gloria por haber finalizado esta exigente y dura prueba del SPARTATHLON.
Estaba contento, mi mente retrocedió algunos años atrás, al hermoso recuerdo de un momento en que leía una nota en el periódico, un domingo después de entrenar, mientras estábamos desayunando junto a mí esposa Adriana, y que decía…
“EXIGENTE PRUEBA EN GRECIA…”

…Lo había logrado… me sentía feliz.
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