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Semana 52: Día 364: La Espartatlón 2013

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Ayer escribí un post, mientras se largaba la carrera de calle más soñada por mí: La Espartatlón. Hoy estoy escribiendo esta nueva entrada… ¡y la carrera todavía no termina! Acá no hay gente que para a descansar, se duerme una siesta… no, estos verdaderos guerreros del running no se detienen, o al menos dan todo de sí mismos para encontrar su límite o la gloria.

Comenzaron 323 corredores. Con unos 75 puestos de control en los 246 km del maravilloso recorrido, las informaciones se van conociendo cuando los atletas los van pasando. Lantik el holandés va a la cabeza, y al principio era seguido por Mike Norton… cien metros de diferencia, a veces se pasaban mutuamente. Pero en Corinto, a las 14 horas de carrera, por el puesto 26, Lantik iba cómodo y le había sacado un puesto de ventaja a Norton, quien comenzó a perder fuerzas por un dolor en la cadera. En el primer tercio de carrera abandonó el 18% de los corredores, que se enfrenta a temperaturas de 30º al sol y 10º en la noche. Oliveira, de Portugal, permanece segundo mientras escribo estas líneas, acercándose cada vez más a Lantik. La cabecera va por el puesto 57, y todavía queda mucho camino por recorrer.

Y, aunque usted no lo crea, este blog se termina hoy. Bueno, más o menos. Termina este tercer año, que fue el segundo intento en que quise correr esta fantástica carrera. La primera vez, en 2012, no pude porque no cumplí el requisito de correr 100 km en 10:30 hs (llegué a 70, vomité y pedí clemencia). Este año lo logré (lo hice en 10:14), pero cerraron las inscripciones porque no había cupos y la lista de espera llegaba a 194 corredores. Siendo que no arrancaron los 350 atletas del límite máximo de participantes, podría haber ido… pero necesito estas 52 semanas que quedan por delante para entrenar mucho.

He decidido que esta, la cuarta temporada de Semana 52, sea mi mejor momento. Física y mentalmente así lo siento. El desafío será mantenerlo y seguir mejorando durante 2014. Sé que lo voy a lograr, tengo la motivación y gente idonea que me asesora. Me gustaría estar ahora allá, sí, pero me siento sospechosamente conforme con cómo se fueron dando las cosas.

Mañana el contador vuelve a empezar. Ahí voy a resetear el cuentakilómetros y veremos con cuánto llego a septiembre de 2014. Ojalá que sea desde el otoño griego, bajo su sol radiante y caminando por esas calles llenas de historia. ¿Caminando? Debería decir corriendo…

Semana 52: Día 362: Cómo explicar la pasión

Varias veces me dijeron que tenía que tener cuidado con los títulos de los posts, porque a veces no se entendía bien de qué iba a hablar. Siendo que nuestra capacidad de atención es limitada, probablemente debería optar por frases contundentes, que atrapen al curioso de entrada. Bueno, este post no es el mejor ejemplo de título contundente, y lo lamento por los que se lo pasen de largo.
Cuando Tim Burton decidió estrenar Batman en el cine (año 1989) decidí que me gustaban los cómics. Me parecían geniales, y mi primera revista me la compró mi abuela en la estación de Banfield. Era de Batman, por supuesto. Pronto descubrí que salían cada 21 días, así que empecé a coleccionar. Cuando tuve nada menos que TRES REVISTAS se las mostré a mi primo. Yo estaba orgulloso. Después de todo… ¡era Batman! Mi primo quitó su atención de la tele, posó su mirada en mi escueta confección por un segundo y regresó a lo que estaba viendo por TV.
¿Cómo podía no interesarle? ¡Era Batman! Pero ahí entendí que full hecho de que yo estuviese entusiasmado era un fenómeno aislado que no era inmediatamente universal.
Pararon los años y empecé a correr. Mejoré mis tiempos, coleccioné medallas, acumulé remeras, fotos, videos… pero me fui dando cuenta que esa pasión que sentía solo la podía compartir con los que les pasaba lo mismo que a mí. Como cuando me junto con los fans de Batman y debatimos si hubiésemos podido ser el hombre murciélago de haber entrenado cuerpo y mente desde los ocho años.
Le he contado experiencias de carrera a mucha gente que ni hace deporte, pero bien podría hablar de 8 kilómetros como de 42, y muchos no verían la diferencia. ¿Cuánto es un buen tiempo de maratón? Para el que desconoce, si le decimos que full récord mundial son 4 horas, ¿por qué dudaría de nuestra palabra? (El récord está en dos horas y moneditas)
Por eso es que entrenamos en grupo, nos metemos en foros, le damos like a páginas. Nos sentimos a gusto al rodearnos de gente que se apasione por lo mismo que nosotros. Nos ahorra explicaciones y sabemos de qué estamos hablando. Obviamente que yo encuentro una satisfacción muy grande cuando veo a alguien que desconoce del running y quiere consejos. Cuesta mucho explicar la pasión, por eso es tan lindo contagiarla.

Listo, ya está. Se terminó el post de hoy. ¿Por qué seguís acá?
Dijiste que ibas a explicar cómo contagiar la pasión… y más o menos te hiciste el gil con eso.
Y bueno, justamente es muy difícil explicar la pasión. Ronda lo imposible.
– Pero el título del post dice justamente lo contrario. Bah, da a entender que vas a explicar cómo contagiar la pasión…
– Sí… pero también aclaré que había que buscar atraer al curioso… y después, por las dudas, dije que este título no era muy bueno…

Semana 52: Día 361: Cosas que me delatan como corredor

No me cansaré de decirlo: nadie que me conociera hace diez años pensaría que eventualmente me convertiría en un corredor de fondo. Menos que escribiría un blog sobre eso y todavía mucho menos que estaría tres años haciéndolo (y contando). Pero pasó, por más que insista en contar, cada tanto, cómo fue que empecé a hacerlo.

Hoy miraba el medallero que mi amigo Juanca me regaló cuando estuvo de visita para la Media Maratón de la Ciudad de Buenos Aires. Solo me tomó tres semanas ponerlo en la pared (esos que me conocían hace diez años sabían que yo era un poco vago). Una gran amiga me prestó su agujereadora y después de luchar contra la dureza de mi departamento, logré instalar el colgante. Me tiré en la cama a contemplarlo, con mucha satisfacción (en un monoambiente, todo se puede ver desde la cama). Ahí me puse a pensar en que por más que el medallero diga que amo correr, se me nota.

Por una cuestión de comodidad, estoy todo el día con ropa deportiva. Pantalones de joggin, musculosas, remeras de carreras y buzos fluo que por poco brillan en la oscuridad. Siendo que voy al gimnasio casi todas las mañanas y que corro por lo menos día por medio, me quedo con esas prendas cómodas porque en breve las voy a tener que usar (o sea, transpirar). Por supuesto que si tengo que salir me pongo un jean y alguna remera de vestir, pero casi siempre estoy ablandando un par de zapatillas nuevas, así que de los tobillos para abajo, jamás combino.

Hay toda una organización en mi departamento producto de que corro. Primero, tengo un cajón bastante grande (metro y medio de ancho por 60 cm de profundidad) lleno de las remeras que me regalan en las carreras, y las poquitas que la vida me dio sin que compita. También tengo otro cajón exclusivo para medias, ya que vivo cambiándomelas (y destruyéndolas). Antes todo formaba parte de una pila homogénea en la que no se encontraba nada. Ahora todo necesita tener su lugar para que lo pueda encontrar más rápidamente.

La barra de dominadas que atraviesa el marco de la puerta del baño también me delata como deportista. Porque la uso. De vez en cuando voy o vuelvo del baño y me cuelgo a hacer una serie. Hago seis sin ningún problema, en las que dejo el peso de mi cuerpo muerto, me levanto con los brazos y al llegar arriba levanto las rodillas al pecho… así además de bíceps y espalda hago abdominales. Tengo una ventana fuera del baño que da al edificio de enfrente, donde siempre hay oficinistas trabajando o charlando. Me pregunto qué pensarán si ven a mis pies elevándose cada dos por tres…

Otra cosa que me delata constantemente es mi material de lectura. Si bien alterno de tanto en tanto con un libro de nutrición, casi siempre estoy leyendo algo relacionado con el deporte. Nacidos para correr, Tras las huellas de los héroes, Eat and Run, Nutrición y peso óptimo, Correr o morir, De qué hablamos cuando hablamos de correr… creo que queda claro que tengo un temita con el running.

Y probablemente lo que más me delate sea el resumen de la tarjeta… Si bien en Brasil me las ingenié para pagar con débito, siempre que viajo me compro cosas relacionadas con el deporte. Sueño con volver a ir a Europa y pasar por el Decathlon, así vuelvo a arrasar. Los precios son muy baratos, incluso convirtiéndolos a la moneda nacional y agregándoles el 20%. Todo el tiempo estoy comprando pasas de uva, avena, agua mineral, bebidas isotónicas y bananas, productos que buscaría muchísimo menos en el súper o ni siquiera compraría. Pero soy un fondista, y necesito mis hidratos de carbono…

Semana 52: Día 360: Se aproxima la Espartatlón

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La llaman Spartathlon. Yo la castellanicé como Espartatlón, y sinceramente no sé si quedaré como un bruto, pero sigue siendo mi sueño. Soy un niño que en enero está esperando con ansias el 24 de diciembre. Ya va a llegar… sigo soñando, pero tengo que esperar.

Supongo que, como cualquier carrera, esta es una que se gana con la cabeza, con motivación. Yo no me permito todavía imaginarme a mí cruzando la meta en Esparta. No puedo, significaría asumir que estoy inscripto, que pude pagar los costos, que entrené como para hacer más de 100 km, mi actual límite. La ansiedad me mataría más que ahora. Así que intento vivir el día a día, pensando en las próximas carreras, en los entrenamientos, en estar físicamente a la altura. A veces me comparten videos con testimonios de esta ultra y yo tomo el camino cobarde y no lo veo. Marco mails como no leídos y quedan en la bandeja de entrada por meses.

Le di “Like” a una página de la Espartatlón y últimamente comenzaron a subir pequeñas biografías de los participantes de este año, hombres y mujeres de todo el mundo que repiten la hazaña. Enumeraban la cantidad de veces que fueron finishers, y mientras a mí me toma tanto tiempo llegar hasta ahí, ellos ya llevan 3, 5, 9 participaciones, o más… Y por supuesto que me encantaría ser uno más entre ellos… “Martín Casanova, argentinean amateur athlete, has been blogging about Spartathlon for three years and now has the chance to run it for the first time”. Y mi foto, con lentes de sol, una musculosa, corriendo, tres cuartos perfil. Medio borrosa. Hasta ahí llega mi imaginación, y no quiero dejarla volar todavía.

La página de la Espartatlón, que se corre el próximo viernes, tiene hoy una entrada donde reflexiona sobre estos “corredores anónimos”. A pesar de que presentan solo una pequeña muestra, reconoce que hay muchos que no llegaron a presentar, héroes que podrían ser tu vecino, que entrenan bajo condiciones muy adversas: criando a una familia, trabajando duro para ganarse la vida, y así. Hay mucha gente que sueña con terminar esta carrera, que llegan desde muy lejos cada año para volverlo a intentar (yo podría integrar a este grupo). Y termina con un mensaje que me pone la piel de gallina: “Lo que sea que estés buscando en la Espartatlón 2013, ¡espero que lo encuentres!” (si me ponés 2014, me largo a llorar).

Supongo que muchos se habrán dado cuenta que las 52 semanas que contabiliza el título de cada post se resetean el día que se corre esta ultramaratón. Porque cada año, desde 2011, mi meta es estar ahí, corriéndola. Es un desafío INMENSO y lo sé, pero empecé con un sueño y en el camino por alcanzarlo, encontré otras cosas y me fui enriqueciendo. Es un más o menos una buena forma de vivir la vida: soñando con una meta que otros creerían imposible, pero sin perder de vista lo que se puede aprender en el trayecto. Retomé el gimnasio, algo que me hace muy bien; me hice vegano; organicé un prototipo de carrera; exploré mis límites y aprendí qué tengo que hacer y qué no en una ultra… Nada es en vano, y como bien me dijo un lector de este blog cuando no pude alcanzar los 100 km para preclasificar: los sueños no se cancelan, se posponen.

En cuatro días, 350 corredores de todo el mundo van a largar desde la Acrópolis y van a intentar llegar a pie a Esparta, 246 kilómetros en menos de 36 horas. Muchos llegarán, otros quedarán en el camino. Todos se verán transformados. Espero que de acá a 52 semanas esté escribiéndoles desde Atenas, concentrándome para hacer la carrera de mi vida. Cien mil mariposas revolotean en mi estómago mientras me imagino esa escena…

Semana 52: Día 359: No corras por la calle

Somos corredores. Nos encanta, lo vivimos con pasión, y las endorfinas más un estado aeróbico óptimo nos hace sentir indestructibles. Pero no lo somos.

Nunca hablamos de “carreras de vereda”. Siempre es la calle versus la aventura, la naturaleza. Pero las vías asfaltadas, por más que nos pese reconocerlo, son para los automóviles, que vienen a ser algo así como los enemigos de los atletas. No nos dejan cruzar en las esquinas, se cruzan en el camino cuando están estacionados, nos intoxican con sus caños de escape. Queremos, en algún punto, ganarles espacio. Las maratones nos reivindican, con sus recorridos por avenidas y autopistas, donde nos sería imposible trotar.

Aunque los automóviles (y sus conductores) sean nuestros enemigos naturales, la sociedad ha decidido que ellos deben transitar por las calles, y nosotros pasar el menor tiempo posible por su zona asignada, solo para cruzar con precaución. Pero la reivindicación es más fuerte, queremos sentir esa sensación de libertad… entonces cuando entrenamos vamos por la calle, en paralelo a los vehículos, con el tránsito o contra él. Creemos que como vamos a una velocidad que un auto consideraría despacio, estamos seguros.

Somos muy malos conductores. Los números asustan. Cada 46 segundos hay un choque, y mueren 21 personas por día en estas tragedias. La sociedad, que suele elegir muy mal las palabras para describir sus errores, habla de “accidentes” y no de “imprudencias”, y dice cosas como “el camión perdió el control”, como si el vehículo hubiese cobrado vida propia y no hubiese habido negligencia del conductor. Se usan estas palabras porque nos cuesta reconocer que fallamos constantemente. Y ahí, como corredores, estamos colaborando al correr en la calle, porque no es nuestro lugar. Probablemente no provoquemos un accidente, al menos no en la gran mayoría de los casos, pero en una sociedad donde hay tantos malos conductores, el riesgo al que nos exponemos es demasiado alto.

Es difícil volver de un choque. Contra un auto, a la velocidad que sea, no tenemos protección más que nuestros músculos y huesos. La fuerza de un vehículo es imparable, y aunque seamos fuertes, un impacto a baja velocidad nos deja afuera del atletismo. Por mucho tiempo o de por vida. No es cuestión de ser fatalista, ni siquiera de relajarse porque no conocemos a alguien que le haya pasado. El riesgo existe, y se minimiza enormemente trotando por la vereda.

Pongo un caso donde la suerte jugó un papel importantísimo. Noche de llovizna. Un corredor, que vendría a ser quien les escribe, entrena por la vereda. Cruza una esquina al mismo instante en que un automóvil dobla. El conductor no detiene la marcha, no ve al atleta, para él en ese espacio solo hay aire. El sorprendido peatón pone la mano, como si con eso pudiese detener al mastodonte de metal. La marcha es lenta, llega a rodar sobre el capó, patina por el agua y termina en el suelo. Recién ahí el auto frena. Podría haber pasado cualquier cosa, haber quedado bajo una rueda, haber tocado una rodilla y haberla partido. El costo es muy bajo, un dolor de piernas y de cadera que dura una semana, más raspones y moretones en la cara por el golpe contra el asfalto. El conductor se disculpa: “perdoname, no te vi”. Y acá el corredor estaba entrenando en la vereda y cruzando la esquina con luz verde. Yendo por la calle lo hubiesen tenido menos en cuenta todavía.

El asfalto es más regular que las veredas, es cierto. Pero, ¿cuál es el sentido de entrenar “cómodamente”? Las carreras de aventura no son asfaltadas, y los deportistas de ciudad deberíamos incorporar un trayecto “incómodo” para emular los terrenos irregulares al aire libre. Aunque la maratón sea en la calle, siempre hay algún tramo en el que levantar los pies para atravesar un cordón, una loma de burro, una botella vacía… correr no es, justamente, estar cómodos. Entrenar es emular cualquier circunstancia, pero más que nada es preservar la salud y fortalecernos. No tenemos lugar en la calle, más que arriba de un auto. Y ahí nos toca, por supuesto, ser precavidos… con los imprudentes corredores que decidan exponerse al entrenar al lado de los autos…

Semana 52: Día 358: Conociendo a Quino

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Llega la tercera parte en mi día favorito de 2013. Esto ocurrió hace dos días, y por esas cosas de la vida recién a las 2:35 AM del domingo estoy escribiendo la entrada del sábado. Es la primera vez en mi vida que me doy cuenta que no actualicé el blog. Siempre encuentro el momento, a veces un poco pasado de la medianoche… ¡pero no tanto! Día de la primavera, almuerzo con amigos, cumpleaños… simplemente no me dio el tiempo. Mientras volvía del karaoke (donde hice una espantosa interpretación de “Something stupid”) pensaba si valía la pena subir un post antes de irme a dormir o directamente saltearme un día. Pero en esta temporada de Semana 52 no tuve ni un mes entero actualizando absolutamente todos los días, así que decidí hacer el esfuerzo, aunque este post quede perdido entre el anterior y el del domingo.

Como decía, la crónica del jueves para mí mereció separarlo en tres partes. Empezó por la mañana con la confirmación por parte de mi nutricionista de que el reordenamiento de mi dieta (con jugos incluidos) más mi regreso con todo al gimnasio había dado muy buenos frutos. Después, al mediodía, hice un fondo de 24 km que me resultó muy agradable, con un sol espectacular después de tantos días fríos y lluviosos. A las 14 estaba bañado y almorzado, listo para encontrarme con mi amigo e ir juntos a Tecnópolis. Diego Jourdan es un dibujante nacido en Uruguay pero radicado en Chile. La vida nos cruzó y nos hicimos amigos a la distancia, así que aunque hablamos seguido por Facebook, son pocas las veces que nos podemos ver cara a cara. A Diego le habían prometido que se iba a sacar una foto con Quino, prócer indiscutido de la historieta mundial. El día anterior me había comprado el Todo Mafalda, un bodoque de papel que asegura contener absolutamente cada tira de esta queridísima heroína intelectual del cómic nacional. Ya me leí todas las apariciones de este personaje, pero nunca tuve una firma de Quino… nunca hablé con él. Esa idea me entusiasmaba.

Llegamos al predio, donde tenía lugar Comicópolis, y di unas cuantas vueltas. Me separé de Diego, que hizo la suya, y me quedé charlando con Ignacio, otro fan de Quino que había faltado a su trabajo para conseguir su firma. Fuimos temprano a hacer la cola, una hora antes, y éramos los primeros. Como en ese momento todavía había una charla del maestro, el resto de los fanáticos estaba en otro lado en lugar de haciando una fila. Apenas terminó la presentación, se llenó de gente queriendo su momento cara a cara con Quino. A esos se les sumó el personal de Tecnópolis, que querían a toda costa estar primeros en la cola (lógico, querían hacer el trámite rápidamente para después ir a su puesto de trabajo). De pronto los ánimos se caldearon, porque con Ignacio fuimos muy gentiles de dejar primera a una chica (pero solo porque era muy hermosa). Ella dejó que se le sume una compañera, y así empezaron a caer más empleados de Tecnópolis, y decí que la fila estaba llena de fans, porque cualquiera se hubiese desprendido del “Todo Mafalda” y lo hubiese utilizado como objeto contundente para arrojar.

Negociamos a las dos chicas primeras y al resto los mandamos al fondo de la cola. A medida que pasaban los minutos, los nervios de Ignacio y de todo el resto de las personas que esperaban a Quino se me fueron contagiando. Tenía ganas de hablar con él, decirle que Mafalda fue parte de mi formación, como de tanta otra gente… pero eso me cohibía… ¡todo el mundo le debía decir lo mismo! Diego se acordó del tema de la foto y quiso ponerse en la cola… ¡pero ya era larguísima!

La fila entera estaba muy ansiosa, y de pronto Quino apareció en un carrito (como los que se suelen ver en los partidos de golf), escoltado por una comitiva de esos que se tiran para atajar las balas. Yo ya había escuchado que estaba delicado (después de todo tiene 81 años) y me causó mucha congoja verlo bajarse con dificultad apoyado en su bastón. Es la fragilidad que uno no soporta ver en los padres. Pero aunque tenía movimientos lentos y un pulso delicado, estaba tremendamente lúcido. Mi turno llegó rápidamente, y yo estaba con el corazón latiéndome a mil. Me acerqué con el libro abierto y le dije lo primero que se me ocurrió. La escena fue así:

– Hola… estoy muy nervioso…
– No… ¿por qué?
– Imagino que te habrán dicho esto muchas veces, pero yo leía a Mafalda antes de saber leer… la volví a leer cuando era chico, y después de grande otra vez… y siempre me pareció diferente.
– Sí… (soltó una risita casi inaudible). Suele pasar eso (empezó a firmar).
– No sé si te acordás de la entrevista que te hizo Adolfo Castello…
– Sí, claro.
– …ahí le comentabas de la Capilla Sixtina. Que Miguel Ángel lo pintó a Dios de frente y de atrás, y se le ve el culo al aire… Yo fui el año pasado y me acordaba de eso, así que lo busqué…
– ¿Y lo viste?
– Sí… le vi el culo a Dios.

Levantó la vista, me miró y sonrió. “Gracias”, le dije, y estreché su mano.

Voy a fracasar rotundamente intentando dar una idea de lo importante que fue esta escena para mí. Quizá porque no existe otro personaje como Quino, un valor cultural enorme al que esperé toda mi vida para conocer. Una de las pocas personas que no conozco (solo a través de su obra) pero que quiero mucho. Un profesional admirado por todos, lectores y colegas.

Atrás mío venía Ignacio, a quien le firmó mientras yo le sacaba un par de fotos. La gente de la organización me empezó a echar. “¿Ya te firmó? Vamos, saliendo…”. De la nada apareció Diego con su cámara, y me pidió que le sacara. Fue por detrás de Quino y le dijo unas palabras, mientras estrechaba su mano. Yo sacando fotos, mientras los de Tecnópolis se me acercaban para echarme. Detrás mío se empezaban a escuchar insultos, y aunque temí por mi integridad física, no nos tiraron con nada por respeto al maestro.

Salí de la zona de peligro con mi ejemplar que voy a atesorar toda mi vida. Yo también tengo mi foto que inmortaliza esa breve pero impactante escena, en a que conocí a un ídolo de toda mi vida. Me fui de la feria con Diego, ambos contentos por haber cumplido ese deseo. Hablamos de Quino, de los rumores de que es millonario, que tiene casas en las capitales más importantes del mundo y que como a él y a su esposa les gusta mucho la música, siguen a las filarmónicas por el país de su antojo… total, tienen el hospedaje asegurado. Son esos mitos que nadie nadie podría comprobar sin preguntárselo a él, pero yo pensaba que ojalá cosas así fuesen ciertas. Quino marcó nuestra cultura para siempre, y se merece todos los lujos que la vida pueda haberle devuelto.

Semana 51: Día 356: Cita con la nutricionista

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¡Qué día que tuve hoy! Lejos, uno de los mejores de este año. Tantas cosas buenas me pasaron que voy a separarlas en tres entradas, ¿o cómo creen que se puede llenar un blog de running a lo largo de 3 años? No es quemando todos los cartuchos de una.

Voy a empezar por orden cronológico, y fue para mi cita con la nutricionista. Me levanté temprano para trabajar un ratito porque sabía que el resto del día lo iba a tener ocupado. Tomé agua (como todas las mañanas), desayuné avena con pasas y leche de soja, preparé la mochila, los libros que le prometí a Romina que le iba a prestar (le devolví Born to Run y le llevé Nutrición y Peso Óptimo, además del de los jugos), y partí rumbo a la terminal de trenes de Retiro.

Milagrosamente la línea en la que viajaba yo funcionó de maravilla, mientras que otras dos estaban de paro. No me preocupaba la vuelta, solo necesitaba llegar. Un hecho inédito fue que arribé a la oficina de la nutricionista perfecto, casi en punto. Cuando me atendió hablamos de mis carreras (no nos veíamos desde julio), básicamente Yaboty y la media maratón. Me pasó un video GENIAL que voy a compartir al final de este post, en el que compara el estado físico de los gurúes que arman dietas basadas en bajos carbohidratos contra los que promueven la alimentación vegetariana y de alimentos enteros (¿cuáles creen que se ven más delgados y saludables?).

La gran duda que tenía Romina era por mis jugos, que vienen siendo mis colaciones de todos los días. Lo que le preocupaba era la cantidad de azúcares, más allá de que fuesen sanos. Aproveché para contarle que estuve yendo al gimnasio con mucha frecuencia y que estaba intentando comer porciones de vegetales con todas las comidas. Supuse que las mediciones me iban a dar muy bien.

Me preparé para la medición antropométrica, que básicamente es quedar en medias y en calzoncillos (tiene unos pantaloncitos para que se pongan los pudorosos, pero no es mi caso). Empezó a medir mis longitudes, luego los perímetros, y con un calibre los pliegues cutáneos. Mientras ingresaba los datos en la computadora me fue adelantando que estaban muy bien. Cuando llegamos a la balanza, me dijo que de peso estaba prácticamente igual que el 11 de julio, día de mi última medición. “Hay que ver cuánto es de grasa y cuánto de músculo”, le dije, cancherísimo. Y mientras me vestía ella leía los resultados en la pantalla. “¡Te tengo que felicitar!”, me dijo. “Bueno, felicitame”.

Mi peso al día de hoy es de 68,5 kg, solo 200 gramos menos que la vez anterior. Pero mi composición dice que tengo 1,8 kg menos de masa adiposa, y 1,5 más de músculo. Todos mis diámetros bajaron, excepto a la altura del pecho que creció 2 cm. Los perímetros del tren superior aumentaron y los del tren inferior bajaron (o sea, gané músculo de la cintura para arriba, en especial en los bíceps, y perdí en las piernas). Los pliegues bajaron bastante, en especial en el abdomen y en los muslos.

En mi evolución corporal, ¡tengo la tasa de masa muscular más alta de mi vida! Cuando empecé el 31 de agosto de 2010 tenía 31,2 kg de músculo y con el enternamiento lo fui bajando. La idea era que estuviese siempre arriba de 30, pero lo andaba rondando y casi siempre por debajo. Hoy los números me dan 31,4 kg. En cuanto a grasa, tengo 16,3 kg, que no es mi récord histórico de 15,8 kg (4 de mayo de 2011) pero está muy cerca, y apostaría que voy a acercarme en los próximos meses.  Yo sabía que las mediciones me iban a dar bien. Mis amigos me cargan porque vieron mis fotos sin remera de la media maratón y me decían “Parecés re grosso”. ¡No parezco! ¡Ni que fuera una ilusión óptica!

Las conclusiones fueron seguir haciendo lo que sea que esté haciendo. O sea, los jugos evidentemente tienen buen resultado en mí (después de todo, si hay un exceso de azúcar, aunque sea buena, con mi nivel de actividad física lo estoy utilizando). Además, en “Nutrición y peso óptimo” recomendaban hacer ejercicios de musculación, ya que el músculo y la grasa tienen una suerte de relación, y cuando aumenta uno el otro índice baja. Quedamos en que la próxima cita sea en diciembre, y la agenda quiso que sea el 17, día de mi cumpleaños.

Me fui muy contento. En la puerta del consultorio me comí unas galletas de arroz y una banana. Guardé el pantalón largo y el rompeviento en la mochila, puse la botella de agua a mano, y encendí el GPS del reloj. Mi entrenamiento del día iba a ser unir San Isidro con Retiro, corriendo. Pero eso quedará para el post de mañana…

Este es el video que me mostró Romina. Está en inglés, pero se entiende: “Fat” es gordo, “Lean” es delgado, y marca las diferencias físicas de los gurúes que recomiendan dietas bajas en carbohidratos contra los que pregonan por la alimentación vegetal. Deberíamos suponer que estos especialistas siguen las mismas dietas que recomiendan, ¿no?

Semana 51: Día 355: El maratonista de 125 kg

Parte de mi trabajo es diseñar revistas que no necesariamente tengan que ver con lo que me gusta. Cuando me acercaron la propuesta de una publicación nueva, orientada a la espiritualidad y la motivación, no estaba del todo seguro si me iba a sentir en sintonía. Pero lo que pague el alquiler y las expensas es bienvenido, así que me metí de lleno.

Armar una revista, dicen los expertos, es el arte de diseñar detrás de los avisos. O sea que la parte comercial es muy importante porque eso va a definir la extensión de las notas. Aunque este era un primer número, la venta publicitaria fue excelente. Sin embargo, quedaron dos páginas colgadas a las que había que plantarles algo. Como el tema motivacional sí tiene mucho que ver con este blog, un amigo que fue quien me recomendó para este proyecto me empezó a insistir que proponga material del blog para armar una nota. Y en lo único que pude pensar fue en el post que escribí el 8 de enero del año pasado, en el que contaba la historia de Roger Wright, el banquero de 125 kg que el 7 de junio de 2008 decidió empezar a entrenarse para la Maratón de Boston, que se iba a correr en 10 meses. Lo hacía por él mismo, porque su peso no era precisamente de músculo. También por el legado de su padre, que la corrió en 1968, cuando Roger tenía 7 años. Y también por el amor que sentía por su sobrina Julia, una chiquita que luchaba contra la Fibrosis Cística.

Ese primer día hizo 30 metros y se quedó sin aire. Su plan original era correr 5 kilómetros. ¿Qué lo hizo seguir? Pensar que a Julia también le costaba respirar. Así que tomó fuerzas y continuó. Fue constante. Empezó caminando. No se rindió, porque estaba seguro que con su ejemplo iba a poder llamar la atención y obtener donaciones para la investigación de la Fibrosis Cística.

Registró sus progresos en un blog y a través de filmaciones, que después compiló en un video que compartió en un grupo cerrado, llamado “Running for my existence” (corriendo por mi existencia). Un amigo lo reposteó con un título nuevo, The most inspiring video you will ever watch! (¡El video más inspirador que verás jamás!) y la respuesta fue abrumadora. Roger reconoce que el marketing no era lo suyo. Al día de hoy, esa copia tiene 5 millones 450 mil visitas, muchas de las cuales son mías. La edición de 5 minutos muestra cómo pasó de ser un obeso que apenas podía caminar a un ágil y estilizado atleta. Es realmente impactante, y la música de “Fix you”, interpretada por Coldplay, termina de ponerle el broche de oro. Realmente pone la piel de gallina. Hoy lo veía y casi tuve que contener las lágrimas.

Roger considera clave el apoyo de su mujer. Jamás lo cuestionó, y cuando él le contó su “loca” idea le dijo “Me parece una buena idea. Si lo hacés, consigo una persona cada milla (1,6 km) para que te asista”. Lo siguiente fue llamar a una organización que junta dinero para investigar esa enfermedad y decirles que quería correr en su nombre la maratón del año siguiente (ellos se encargarían de inscribirlo). Por último, se contactó con un amigo triatleta para que lo ayude a entrenar. “No quiero que me des nada de dinero”, le respondió, “solo que me des tu 100%”.

Realmente se comprometió. Dejó de buscar excusas y realizó todos los ejercicios. Empezó a llevar un registro de su frecuencia cardíaca y cada cosa que comía. Y funcionó. Su sobrina Julia fue siempre lo que la motivó. “Era pesado y gordo, debería haber tenido un ataque al corazón o una aplopejía, porque no me cuidaba a mí mismo. Era puramente voluntario. Podría haber hecho esto en cualquier momento de mi vida”, explica él en su segundo video. “Pero Julia no hizo nada malo, ella es solo una niñita”, dice, con la voz quebrada y al borde del llanto.

“Si decides una meta, si te mentalizas en ese objetivo, es sorprendentemente sencillo”, dijo, 50 kilos menos después.

Generalmente se difunde la vida y las proezas de los atletas de elite. Dean Karnazes es un excelente motivador y podemos seguir todos sus triunfos. Ni hablar de Scott Jurek o Killian Jornet. Pero al menos en mi caso no pienso que voy a ser como ellos. Siguen estando en un nivel elevado, inalcanzable. Son atletas tocados por la varita mágica, se ganaron la lotería genética, o se dieron cuenta de que vivían al lado de una montaña y podían entrenar ahí desde chiquitos. Pero cualquiera puede ser Roger Wright. Todos tenemos esa capacidad, de definir un objetivo, motivarnos y darlo todo por lograrlo. Si ves el video donde compara sus primeros pasos hasta que se vuelve un veloz corredor, lo que tenemos que pensar es “Si él pudo dar vuelta su vida a los cuarenta y pico, ¿por qué yo no voy a poder?”. La historia de Roger es la que me inspira, y la que intento difundir para que todos vean que el cambio es posible, que está en uno, y que, como bien dijo en su segundo video, es sorprendentemente sencillo.

 

Semana 51: Día 354: Entrenando bajo la lluvia invernal

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Estos días han sido duros para los que entrenamos al aire libre. Después de varios días de un calor inusual, el invierno no se quizo despedir sin calarnos el frío en los huesos, y después de interminables días de lluvia, ayer decidimos correr igual.

En principio el entrenamiento se había cancelado. Corremos por Acassuso, y además de que seguía lloviendo y estaba muy pero muy fresco, se había acumulado agua y había unos enormes charcos (donde no estaba todo embarrado). Encima, el Hipódromo de San Isidro está junto a una calle que los automóviles confunden con una pista de carreras, y si hay un mínimo charquito, cuando te pasan por al lado te empapan de arriba a abajo. En verano es más divertido de lo que era anoche.

Pero yo me quejé. Porque quería correr. Independientemente de lo que decida el clima, yo necesito salir de casa. Estoy todo el día encerrado, frente a la computadora. Me duele la espalda de estar tanto tiempo sentado, y mi cabeza necesita desconectarse del trabajo. Entrenar es mi momento, estoy todo el día esperando para salir. Mi plan B era ir a hacer cinta al gimnasio, pero no es lo mismo. También está el contacto con mis pares, con esos loquitos que, como yo, necesitan de esto. Por suerte no fui el único. Un par de “valientes” (véase el post de ayer) también se animaban a venir. Confirmamos presencia cuatro, mientras el resto de los Puma Runners decidió, en todo su derecho, quedarse sequitos en casa.

Ya expuse los motivos por los que creía que quienes salían a correr así eran unos valientes. Otros estuvieron en desacuerdo, considerando que no valía la pena enfermarse. A mí me pareció una excelente oportunidad para probar mi ropa de abrigo y cómo funcionaban mis guantes de neoprene en la lluvia. No les tenía mucha fe, pero anduvieron muy bien, y mientras corría me calentaron mucho las manos. Hicimos dos vueltas al Hipódromo, que equivale a un poquito más de 10 kilómetros. El frío dejó de sentirse enseguida, y después estar bajo esa garúa fue un placer. Además, esa inmensa manzana (que da un recorrido de 5 km) estaba absolutamente desierta. Con los primeros calores va a estar atestada de bicicletas, chicas paseando a sus diminutos perros, señoras caminando, y hasta grupos de entrenamiento que se mandan en bloque, ocupando todo el ancho de la vereda. Ahora era absolutamente de los loquitos que, a pesar del clima, salieron a correr.

Me sentí muy bien, lo necesitaba. Podría haberlo hecho solo, pero no iba a ser lo mismo. Tenía que estar nuestro entrenador orientándonos, la charla durante la vuelta y el post entrenamiento. Durante el fondito me tuve que sacar la campera de lluvia porque me daba mucho calor, y al final me la volví a poner para no enfriarme. En el restaurante donde cenamos me cambié y me puse una remera, un buzo, medias y un pantalón secos. Porque la idea era sobrevivir para contarlo.

A mí me sirvió entrenar bajo esa lluvia invernal. Pude probar mi campera y mis guantes. Y salir un poco de mi zona de comfort, en mi seco y calentito hogar. Sumé un poco para el cuentakilómetros, que está a punto de volver a cero, y pasé un buen rato con amigos. No quería perdérmelo, y me alegro mucho de haber estado ahí.

Semana 51: Día 353: Tiempo de valientes

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Frío y lluvia. Aquí es donde se dividen los corredores amateurs de los espartanos. Es tiempo de valientes, es hora de demostrar cuánto nos dejamos llevar por nimiedades y hasta dónde estamos dispuestos a sacrificar.
Hoy es un verdadero día invernal. Hace rato que llueve y todos pensamos “¿entreno o me quedo en casa?”. Y la comodidad tira, pero correr no es cómodo. Si no duele, si no cuesta, si no nos hace transpirar… ¿para qué hacerlo?
No corremos para tomar atajos, lo hacemos para superarnos. Para, justamente, salir de nuestra zona de confort.
Hoy llueve mucho y hace bastante frío. La lógica de la comodidad podría indicarnos que nos quedemos secos y bajo techo. Pero, si me preguntan a mí, prefiero abrigarme, ponerme algo impermeable y averiguar hasta dónde puedo llegar. Porque puede llover y refrescar en cualquier carrera. Ya sea en una competencia de calle como en Patagonia Run, La Misión o la Adventure Race Pinamar, el frío y la lluvia nos puede sorprender. Y yo quisiera estar ahí algo preparado. Una carrera es el último lugar para improvisar (no por nada entrenamos). Y si nos vamos de viaje al sur, en un día como hoy, no nos vamos a quedar en el hotel.
Aplaudo a los valientes que no le temen a las inclemencias del clima. Hoy elijo unirme a ellos y averiguar qué me depara el destino.

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