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Semana 21: Día 142: Mi ultrafondo de 100 km

Antes de ponerme a escribir sobre el fondo de 100 km que corrí ayer, me viene a la mente un cómic llamado “Enigma”, escrito por James Robinson y dibujado por Duncan Fegredo. Era una de esas historietas “raras”, “para adultos”, con escenas que impactan en algún rincón del cerebro y se quedan ahí, escondidas. Allí, el personaje llamado Enigma, con poderes prodigiosos, recordaba el último día que había pasado. Y lo hacía con absolutamente todos sus detalles, tanto que le tomaba exactamente un día hacerlo. Algo así como un Funes, el memorioso.

Ayer volví absolutamente agotado, después de pasar una noche con un dolor de piernas que no me dejaba dormir (aunque estaba liquidado por el sueño), tiritando de frío por una incipiente fiebre. No era el momento de seguir esforzándome y estar frente a la computadora, intentando condensar esas 11 horas en un post que me tomara menos que ese tiempo para elaborarlo. Estoy más cerca de querer ser Enigma que de un personaje que tenga entre sus habilidades el poder de síntesis. Me gusta contarlo todo y no dejar nada afuera. Sin embargo, esto no va a ser así. Esta entrada va a ser una sombra, un vistazo borroso de una epopeya que me llevó gran parte del día y que, quizá por fortuna para ustedes, no podremos vivir en tiempo real.

El fondo más largo que hice este año fue de 50 km. Germán, mi entrenador, me venía marcando los entrenamientos, y si bien estaba latente la promesa de correr 100, me avisó que se venían una semana antes. Como siempre confié en él y vi reflejada esa confianza en logros, no lo cuesitoné. Si era lo que había que hacer, lo hacía. Me preparé lo mejor que pude, experimenté un poco con variantes de alimentación para poder abandonar los geles, y ayer sábado me levanté temprano para desayunar y salir.

El tema con un fondo tan largo es que ya es imposible que uno pueda hacerlo por su cuenta. Sé de algunos que entrenan en una pista donde pueden dejar a un costado comida y bebida para ir nutriéndose constantemente. No cuento con esa capacidad. Los fondos de 50 km los pude resolver llenando mi mochila de agua, Powerade y todo lo que se me iba ocurriendo de comida (pretzels, pasas de uva, y últimamente la maravillosa fainá). A duras penas me alcanzaba para esa distancia, y correr 5 horas con peso en los hombros es muy tedioso. Yo quería hacer los 100 sin mochila… y sin geles.

Unos días antes le había dejado a Germán una fainá entera que había hecho, esta vez con semillas de chía incorporadas. Además le di un paquete entero de pretzels y tres botellas de 750 cc de Powerade. Si lo hubiese planificado mejor, le hubiese dejado más cosas como ropa de recambio o más bebida, porque eso no me iba a alcanzar. Pero igual me resolvió muchísimo.

Salí unos minutos después de las 7 de la mañana, cargando dos botellas de 750 cc de Powerade, pretzels, pasas de uva y dos botellitas de pinole, la bebida tarahumara. Había inventado mi propia receta en base a prueba y error. Cada una, equivalente a un vaso, tenía una mezcla de agua, pasas trituradas y maíz molido. A la vista parecía espantoso, pero el sabor no estaba mal.

Afuera hacía buen tiempo pero estaba un poco ventoso. A los 2 km de salir me encontré con mi amigo George, al que todavía no pude convencer de que entrene con nuestro grupo de Puma Runners. En abril va a correr la Patagonia Run, así que cuando tengo algún fondo en domingo nos solemos juntar y compartir algunos kilómetros. Me acompañó desde Recoleta hasta San Isidro, y fuimos charlando, tirándonos bromas y mechándolo con consejos y experiencias de carrera. Él me enseñó un camino hacia la Zona Norte más entretenido que tomar la Avenida Libertador derecho, que es bordear la cancha de River y seguir por la costanera de Vicente López.

Cuando llegamos a la zona de Acassuso nos separamos, y él siguió su camino y yo el mío. Llegué a la base donde me esperaban algunos Puma Runners unos minutos después de las 9 de la mañana, con 23 kilómetros encima. Me saqué la maldita mochila, junté mi alimento con el que ya tenía Germán, y salí con Marcelo, mi eterno compañero de entrenamiento. Él tiene una velocidad muy similar a la mía, y es una persona muy serena llena de buenos consejos. Empezamos a darle la primera vuelta al Hipódromo, y él, como buen amigo, se ajustaba a mi ritmo. Siempre tenemos una muy sana competitividad, acelerando para forzar al otro. No buscamos ser mejor que el otro, simplemente nos apoyamos mutuamente para superarnos a nosotros mismos.

En la segunda vuelta me llevé unas porciones de mi fainá para comer en el camino. Cometí la tontería de hablar, correr y comer a la vez, que podría traducirse en “receta para el desastre”. No me di cuenta cómo, pero en un momento una porción de comida se fue por el camino equivocado y empecé a toser como un condenado. Para peor las abdominales inferiores me dolían muchísimo con cada espasmo, y me irritó la garganta. No podía hablar. El bebedero lo teníamos a 2 kilómetros de distancia, así que no quedó otra que apechugar y seguir. Pude controlar la tos y la lengua (o sea, quedar en silencio). Ya antes de poder tomar agua estaba recuperado, pero comprobé que si uno se serena, nada impide seguir corriendo.

Germán nos recomendó alternar el sentido de las vueltas, primero para un lado, luego para el otro. Así rompíamos un poco con la monotonía y no forzábamos siempre los mismos músculos y articulaciones. Quizás uno no se dé cuenta, pero girando en cada esquina hacia el mismo lado termina resintiendo un costado del cuerpo, sobre todo en distancias tan largas.

Muchos compañeros de grupo se fueron sumando. Sé que hacer un listado de nombres no le va a significar nada a los lectores de este blog, sobre todo si no los pueden asociar con una cara, pero cada uno que estuvo ahí fue crucial para que yo siga esforzándome y avanzando. Si bien cada uno tenía su propio objetivo (entre 15 y 40 km, dependiendo del nivel personal), todos prácticamente lo ajustaron para estar en algún momento a mi lado. Marcelo tenía compromisos familiares y tuvo que irse antes de la 1 de la tarde, pero me acompañó 30 km… los más “fáciles” porque estaban dentro de la distancia a la que me acostumbré este año. Pero se sumaron Nico, Javier, Juan Carlos, Gustavo, Gloria, Leandro, Paco, Fernanda, Sergio, Ceci, Paz, Vane, Ale, Sol… temo estar olvidándome de alguien. Alguno necesitó seguir con su largo camino a casa, o compromisos con la familia. Otros eligieron quedarse, esperar a que yo cerrara cada una de las vueltas de 5 km alrededor del Hipódromo. No sé si es el mejor plan quedarse todo un día sentado esperando, pero es tan valioso que no alcanzan las palabras para describirlo.

También corrió Germán, para mi grata sorpresa. No son muchas las oportunidades que tenemos de entrenar juntos, y él se puso encima el peso de coordinar los fondos de todos y de acompañar a los novatos. Cuando se me empezó a hacer más pesado correr, estuvo a mi lado charlando, aconsejándonos y distrayéndome.

Pasé la barrera de la maratón, 42 km con 195 metros, a las 4 horas con 12 minutos. En algún momento soñé con hacer un mejor tiempo que mis 10 horas 14 minutos de la Ultra Buenos Aires 100K, pero después me di cuenta que era una tontería. ¿Para qué? ¿A quién quería impresionar? ¿Para qué matarme, si el ritmo de la Espartatlón va a ser mucho más lento? Me costó muchísimo, pero decidí relajarme y no angustiarme si mi ritmo estaba por encima de los 6 minutos por kilómetro (un tiempazo para lo que es esa monstruosa ultramaratón griega). El objetivo era no agotar mis reservas de energía y llegar.

Fue muy placentero pasar los 50 km y decirle a los chicos “Acabo de pasar la mitad”.  No tuve prácticamente ningún inconveniente muscular ni nada durante el trayecto. Sí sentí las señales del cuerpo de que tenía que ir al baño (difícil en todo ese tiempo, y comiendo, no sufrir las “ganas”). Estuve en duda de si era solo la sensación, porque correr tanto tiempo afloja todo y uno se puede confundir… pero no, eran ganas verdaderas. Lo bueno de entrenar alrededor del Hipódromo es que cuento con un par de opciones de baños para… bueno, ustedes se lo imaginan. Si no hubiese contado con la escolta (y la discreción) de Nico… no sé qué hubiese hecho. Por suerte, estuve en buenas manos.

El cansancio se hacía sentir. Tenía molestias en los cuádriceps, pero nada fuera de lo común. Me mojaba en los bebederos cada vez que podía la cabeza. Estaba un poco nublado, de a ratos salía el sol… la temperatura nunca superó los 27 grados, así que era bastante agradable. Subestimé los rayos solares que tapaban las nubes y no me puse protector ni nada. Terminé con los labios paspados y ardiendo, además de la cara colorada. Hay cosas que van siendo hora que las aprenda…

La hidratación era casi exclusivamente bebidas isotónicas. De vez en cuando un poquito de agua, pero intenté que fuese lo mínimo, por la mala experiencia que tuve el año pasado, en la Ultra Buenos Aires, cuando sufrí de hiponatremia. Creo que todas las experiencias que tuve, en especial las que estuvieron llenas de errores, me ayudaron muchísimo ayer. Si bien no me puse protector solar, ese fue el más caro de los errores que no terminé de corregir (y en verdad fue muy barato). Me intrigaba cómo me iba a caer la fainá, y más allá de inevitables gases (que entre compañeros hombres no se disimulaban) me funcionaron muy bien. Quizá los geles duren más tiempo y en el caso de mi experimento culinario ya necesitaba una porción por vuelta de 5 km, pero me resultaba más agradable comer eso que beber químicos.

La hora de la verdad llegó al kilómetro 60, cuando tomé la primera botellita de pinole. A pesar de que se veía desagradable, todo el mundo quería probarlo. Tuve que recurrir a algunos gritos y tomas de karate para que no se la tomaran. Las pasas le daban un dejo dulce y el maíz no se disolvía, así que bajaba en forma arenosa por la garganta. El sabor era el de las tutucas, con énfasis en lo tostado. Es la mejor forma en que podría describirlo. En esa parada técnica no comí fainá. No sé si fue un efecto placebo, pero la siguiente vuelta me sentí fantástico. Renovado. Estaba en duda de si era algo mental o la pura casualidad… me quedaba otra dosis para confirmarlo.

Decidí frenar en cada una de las vueltas a tomar y comer. La base representaba un puesto de control cada 5 km, muy similar a la Espartatlón. Intenté no detenerme demasiado, lo suficiente para reponer combustible y, de vez en cuando (y ante los retos de mi entrenador), tuitear mi progreso. Pero a medida que se acumulaban las vueltas, arrancar se hacía más arduo. Las piernas se quejaban, también las abdominales. La planta de los pies me dolían, y todo el cuerpo parecía decir “¿No habíamos terminado? ¿OTRA VUELTA MÁS?”. Pero somos máquinas realmente asombrosas, bastaba con avanzar al timo que fuese posible por 100 metros para encontrar un paso cómodo y dejar a todos los dolores atrás.

Por las dudas, en el kilómetro 70, me cambié de medias y me puse vaselina en los dedos. No me quería ampollar. Fui muy ingenuo, porque si bien tenía los pies muy transpirados, me saqué un par de medias que era muy bueno y me puse uno de inferior calidad. Envaselinarse ayuda… pero tampoco hace magia.

Alguna vez sentí una molestia en una rodilla, y no me preocupó demasiado porque enseguida desaparecía, y se alternaba con la de la otra pierna. Los dolores aparecen y desaparecen constantemente, así que los fui bloqueando hasta que desaparecían. En un momento me empezaron a molestar los brazos, en la parte que se une el bíceps con el hombro. Tenía ganas de arrancármelos a mordiscos, pero como todo era cuestión de no darle importancia. “No todos los dolores son significativos”.

Las horas iban acumulándose, y de algún modo maravilloso se pasaban volando. Por supuesto que tuvo que ver con estar acompañado todo el tiempo. Cuando vi que iban más de 8 horas simplemente no lo podía creer. Pensar que a veces me hago problema porque tengo una fila larga en el supermercado, y ahí estaba haciendo un ejercicio extremo de paciencia, intentando completar 100 km a pie en el tiempo que fuese.

No me quejé, no flaqueé, aunque sobre el final veía a los chicos sentados en una mesa de camping, tan relajados y llenos de comida y bebida, que deseé más que nada sentarme con ellos. Pero cuando todos habían terminado sus respectivos fondos, yo era el que quedaba corriendo. Germán le dijo a Nico “La próxima vuelta quedate descansando”, y tuve ganas de decirle “yo también me quedo”. Pero el que marcaba las vueltas era yo…

Volví a tomar la última dosis de pinole en el kilómetro 81. Esta marca era muy significativa para mí porque es donde va a estar el primer puesto en el que mi equipo me puede asistir durante la Espartatlón. Hasta ese momento es uno solo, con los otros corredores y los eventuales puestos. A partir de esa marca tu equipo te puede dar comida y bebida y ayudarte en lo que necesites.

Nuevamente el pinole me llenó de energía. ¡Realmente funciona! Mientras antes a duras penas podía mantener un ritmo de 6 minutos, terminé una vuelta en 5 el kilómetro, codo a codo con Gloria. Obviamente es algo que cada uno tiene que comprobar, pero para mí tener una alternativa natural, sin aditivos ni conservantes, y que funcione, es maravilloso. Ahora quiero probar de hacer mucho más, ir tomando cada 10 o 15 km.

Me enfrenté al único dilema del día. Me quedaban 8 kilómetros para terminar y si daba dos vueltas eran más de 10. Realmente no tenía ganas de correr un metro de más… ¡estaba cansado y quería terminar! Lo que se le terminó ocurriendo a Germán fue la solución más simple: correr 4 kilómetros, dar medie vuelta y volver. Así que hice eso. ¡Estaba muy motivado! Salí con un grupo de chicos pero estaban todos bastante cansados de sus propios fondos. Quedamos solo Lean y yo, y él subiendo la velocidad conmigo y alentándome. En el kilómetro 94,5… un dolor terrible en un dedo del pie. ¡Ampolla! Es increíble porque aparece de golpe, un fogonazo que recorre el cuerpo hasta la cabeza. Pero más asombroso es el cuerpo, porque si bien grité del dolor, me lo aguanté y no bajé el ritmo. “¿Qué es una ampolla en 100 kilómetros?”, me dijo Lean. Y seguimos apretando. Por suerte esa ida me permitió pasar por el bebedero, y tomamos agua y nos refrescamos por última vez.

Pegamos la vuelta y ya no importaba nada más que terminar. Las piernas se iban solas, no dolía nada, ni siquiera la ampolla del pie izquierdo. Era una progresión de un tipo que hacía 11 horas que estaba corriendo. Era mágico. Exactamente en el kilómetro 99… ¡otra ampolla! Esta vez en el pie derecho. Lean intentaba consolarme: “¡Es un último desafío!”. ¡Le contesté que ya había tenido suficientes desafíos en ese día!

Los últimos metros fueron a toda velocidad. El reloj indicaba 4:38 minutos por kilómetro. Detuve el reloj en los 100. ¡Había terminado! Era un alivio y una felicidad tan grande… No pude evitar gritar “¡ESPARTAAAAAA!” cuando caí en que todo había acabado. Si me pidiesen hacerlo en cualquier momento me moriría de vergüenza… pero después de tamaño esfuerzo, es casi un grito de alivio. Y cada carrera (y entrenamiento monstruoso como este) me acerca un poquito más a esta histórica ciudad.

Quise abrazarme con mis compañeros, llorar un poco quizá, pero Germán nos mandó a caminar unos metros y a elongar. Los saludos y abrazos quedaron para más tarde. Pude finalmente sentarme después de 11 horas y 5 minutos que estaba corriendo. Me senté para cambiarme las medias, pero no sé si cuenta. Estaba agotado, la bebida casi se había acabado (a pesar de que mi equipo, que estaba cuidándome, fue a comprar un refuerzo). Tampoco había comida. Solo una manzana, un fondo de una bolsa de pretzels y una bolsa hidratadora con agua… que me mandé para mis adentros con voracidad.

Si bien había viento, mi temperatura corporal bajó en picada. Empecé a sufrir muchísimo frío. Me cambié y me puse ropa seca, más de la mitad prestada. Me dieron una remera de manga larga, una campera, medias… Estaba hecho una piltrafa. Después de haber hecho ese sprint final, apenas podía caminar. Las ampollas, que había anulado por completo, me estaban matando. Había pasado a modalidad zombie.

Nos despedimos, temiendo que los nubarrones se convirtieran en lluvia. Nico me alcanzó hasta la estación de tren, porque ni siquiera sentía que pudiese caminar esas cinco cuadras. El vagón venía llenísimo, pero alguien velaba por mí y apenas entré me topé con un asiento vacío. En la terminal de Retiro me bajé, disimulando que me costaba caminar. Llegué a casa después de esas eternas seis cuadras y al entrar empecé a tomar líquido (agua, Gatorade) y a comer. Tenía una necesidad imperiosa de hidratos así que comí pan integral, y me calenté una milanesa de soja y la devoré en un sándwich.

Actualicé como pude el blog, con las pocas fuerzas que me quedaban, y a las 11 de la noche estaba en la cama. El dolor de piernas me incomodaba muchísimo para conciliar el sueño, y tiritaba de frío. Me tapé con la frazada, sentía que me llegaba la fiebre. Estaba completamente abatido.

A la mañana siguiente me sentía infinitamente mejor. Un poco de dolor de garganta, pero si me bajaron las defensas y eso fue lo que me pesqué, la saqué barata. De hecho las piernas no me duelen en este momento. Si no fuese por las ampollas, que pinché y sequé, estaría fenómeno. Pero pude salir de casa y caminar hasta el supermercado. Me sentí bien, aunque la planta de los pies quedó un poco sensibilizada. Hice carreras que me tomaron un tercio del tiempo y quedé en condiciones mucho peores. Todavía estoy lejos de la Espartatlón (debo haber hecho 2/5 partes, en un terreno netamente plano), pero me siento muy bien encaminado. Las cosas que funcionaron ayer y las que no me sirven muchísimo para seguir puliendo la estrategia de carrera.

Ayer fue un día espectacular para mí, rodeado de amigos que me están ayudando a intentar cumplir un sueño. El pie de la estatua del Rey Leonidas todavía está lejos, pero estoy convencido de que estamos en el camino correcto.

Y me sigue impresionando que me haya tomado una hora escribir un post sobre algo que me tomó más de once horas completar. Espero que a vos te haya tomado mucho menos tiempo leerlo…

Semana 20: Día 140: Nueva receta de pinole, la superbebida

No me pregunten por qué, no podría respondérselos, pero soñé con perros que me lamían la cara. Cachorritos, tiernos. Me gustan los animales (no tanto como para comérmelos), así que yo estaba extasiado con estos perritos que se me tiraban encima, me olfateaban… era un sueño pacífico.

Entonces abrí los ojos. Afuera era de día. ¿QUÉ HORA ES? ¡LAS SIETE! ¡¡¡¡YA ES DE DÍA Y NO ESTOY PREPARADO PARA CORRER MI FONDO DE 100 KM!!!!

Salí de la cama pegando un salto. Todavía no veía bien, las cosas eran brillantes y borrosas. Repacé mentalmente TODO lo que me faltaba… ¿y la ropa? Me iba a poner lo primero que encontrara. ¿Qué iba a llevar para el camino? Me separaban 21 kilómetros con mi grupo, punto en el que (si eran puntuales) me iban a estar esperando para darme una mano con el agua y la bebida. Si llegaba antes que ellos, tenía que darle una vuelta al Hipódromo (o sea que tendría una nueva oportunidad de asistencia a los 26 km).

Empecé a agarrar las cosas del desayuno, a velocidades supersónicas. Quería comprar bebidas isotónicas, algunas pasas… Podía buscar alguna estación de servicio, de pasada, para comprar algo… ¿cómo había dejado todo para último momento? Porque era sábado… ¿no? O sea, ayer había sido viernes.

No me podía dar cuenta de qué día era. Quería que fuera viernes para relajarme y hacer todo lo que me faltaba. Tuve que acercarme al celular y ver la fecha para caer en que era 14 de febrero, San Valentín, y que el fondo era recién al día siguiente.

Me quedé un poco aturdido, con algunas lagañas todavía en mis ojos. Ese momento en que el cerebro se reinicia después de dormir casi me mata de un infarto.

Desayuné más relajado, y fui temprano al supermercado, donde compré unas botellas de Gatorade. Tenía un poco de efectivo en el bolsillo, así que fui a Retiro a una despensa donde compré pasas de uva jumbo, sin semillas, muy baratas ($40 el kilo, en el super me hubiesen asesinado).

Aprovechando que tenía todo un día para prepararme para el ultra fondo de mañana, decidí seguir experimentando con el pinole. Me pareció que me estaba quedando un poco pesado porque le ponía muchísimo maíz triturado. Decidí probar con un poco menos, un cuarto de vaso. La minipimmer que me compré se hizo pelota, porque la ensamblaron en algún país asiático con materiales muy baratos. Pero todavía tritura, aunque no sé cuántos pinoles más me va a durar.

Esta vez mezclé el maíz con semillas de chía, agua fresca, stevia y limón. Quedó aceptable, sobre todo cuando uno se acostumbra a que queda arenoso y, a menos que se agite bien antes de beber, le queda mucho sedimento abajo.

Como todavía no me convence (quiero hidratos de asimilación lenta pero también algo que me levante si me caigo), decidí improvisar una nueva receta, a la que le tengo mucha más fe (y que mañana probaré en los 100 km).

Trituré más maíz y no le puse stevia, porque no tiene calorías y no me aporta nada más que sabor dulce. En su lugar recordé cuando me hacía leche de almendras y la endulzaba con pasas de uva. Como tenía bastantes, metí algunas en una jarra, le puse agua y las trituré. Quedó una mezcla son mucho sedimento, con gusto a pasas (obvio) y un dejo dulce. Está lejos de empalagar, pero para bebida está bien. No concibo tomar algo durante una carrera o un entrenamiento porque sea rico, generalmente es porque es funcional.

Como atestigua la foto, mezclé esta agua con pasas y el maíz en una botellita de 200 cc. Equivale a un vaso, medida con la que venía experimentando, con esa dosis de harina ajustada. Compré estas botellas en el Barrio Chino, venía un jugo bastante feo, pero me interesaba porque quiero dejar el plástico, y no vi nunca caramañolas de vidrio. Tienen tapita giratoria, así que quedan cerradas herméticamente. Al tenerlas ahí puedo agitarlas para que el sedimento se mezcle con el agua antes de tomar. Visualmente no parece ser una bebida demasiado atractiva, pero voy a dejar que mercadotecnia se preocupe por eso.

No creo que este experimento vaya a ser mágico, pero confío en que combinado con las otras cosas que voy a comer (pretzels, fainá con semillas de chía) y beber (Powerade, Gatorade y agua) me va a alcanzar perfecto para las 10 horas (mínimo) que estaré corriendo. Va a ser una prueba muy interesante la de mañana… para la que ahora sí sé que estoy preparado.

Semana 20: Día 139: Pinole, la bebida de los superatletas

Los tarahumara son una tribu que vive en México, apartada de la sociedad (aunque la modernidad los está empezando a contaminar), que tienen la particularidad de ser asombrosos corredores. Pueden hacer distancias de 160 km con mucha comodidad, y lo hacen llevando unas sandalias que hacen con cubierta de autos y unas sogas.

Entre sus secretos, que seguramente habrá combinaciones de genética y costumbres milenarias, está el pinole, una bebida que algunos encuentran súper energizante y otros un pastiche espantoso. Como leí testimonios de que le había devuelvo la fuerza a alguien agotado, decidí probar de hacerla. Sigo experimentando con cosas que me nutran en las ultramaratones, y como el sábado tengo un entrenamiento de 100 km, decidí hacer el intento a ver qué pasaba (realmente NO QUIERO experimentar en medio de un fondo tan largo y que me genere algún problema).

Entonces, ¿cuál es la receta del pinole? Aparentemente hay muchas variantes, pero el ingrediente principal es el mismo: maíz tostado molido. La cantidad y con qué acompañarlo varía. De hecho, la mayoría de las recetas que encontré en la web no eran para hacer una bebida, sino un postre. En la que me basé yo mezclaba media taza de maíz con una cucharada sopera de semillas de chía (que dejé hidratándose mientras estuve media hora con la minipimmer) y un poco de stevia para endulzar. Algunos recomiendan agregarle canela, y dependiendo de la cantidad de agua se forma una pasta que se puede cocinar o una bebida.

La consistencia es extraña, porque el maíz, por más triturado que esté, no se disuelve. No es lo mismo que la harina. Entonces hay que estar constantemente revolviendo para que la preparación quede homogénea. Las semillas de chía le dan una onda especial, porque al hidratarse generan una pequeña película, tipo gel, que hace que bajen fácilmente por la garganta. Como me han dicho que la chía absorbe agua y que puede deshidratar en una carrera, más tarde repetí el experimento pero reemplazándolas con un poco de jugo de limón. El gusto en ambos casos es aceptable, parecido al maíz inflado, sin los kilos de azúcar, colorantes y químicos. O sea, es como beber Tutucas.

Sin embargo, como reemplazo de los geles o las bebidas isotónicas va a necesitar de muchísimo marketing. Pero si algo tengo reconocer fue lo que me llenó. Después de un vaso entero sentía que no podía más. Cometí quizás el error de probarlo un día donde no salí de mi casa. ¿Esa sensación de saciedad es en verdad energía? ¿Cómo saberlo? Quizás experimente el sábado, dejando la chía de lado. Calculo que hay que beber pequeños tragos, pero agitando previamente con mucho ímpetu la botella. En la garganta raspa un poco el polvo cuando baja, sin llegar a ser desagradable. A menos que esto me dé una energía inusitada, difícilmente lo tome por su sabor… pero he tomado cada gel espantoso que me destapaba la garganta, que al lado de eso el pinole es el néctar de los dioses.

Debo estar lejos del pinole tarahumara. Ellos se lo pasan de generación en generación, yo me apoyo en confusas recetas en Internet, pero en la variedad está el gusto, y creo que estoy encontrando un nuevo elemento en mi menú de ultramaratones.

1/2 cup cornmeal, ground as fine as possible 1/2 tsp ground cinnamon 1 Tbsp brown sugar, honey, or agave nectar chia seeds (optional) – See more at: http://www.nomeatathlete.com/tarahumara-pinole-chia-recipes/#sthash.MJSZVvyI.dpuf

1/2 cup cornmeal, ground as fine as possible 1/2 tsp ground cinnamon 1 Tbsp brown sugar, honey, or agave nectar chia seeds (optional) – See more at: http://www.nomeatathlete.com/tarahumara-pinole-chia-recipes/#sthash.MJSZVvyI.dpu
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