Archivo de la categoría: Patagonia Run

Semana 30: Día 204: ¿Qué hay más allá del "no puedo más"?

Durante los 100 km de la Patagonia Run me encontré con una situación muy interesante… llegué a un punto de agotamiento físico en el que si venían con una moto y me decían “subí que te llevo al próximo puesto, sin que nadie se dé cuenta”… me lo pensaba. Las piernas me dolían, en forma bastante pareja porque los gemelos estaban agarrotados de las subidas y los cuádriceps de las bajadas. Soñaba con estar con los pies secos, en una cama mullida, calentito, comiendo cualquier cosa caliente que no fuera pasas, fainá o pretzels. Entonces, cuando no podía más… seguí corriendo.

El rival más difícil está en la cabeza, decía una publicidad del Tour de France dibujada por Liniers, y un ciclista tenía que soportar sobre su casco a un cerdo. Supongo que se aplica a casi cualquier deporte de resistencia. Es muy contradictorio que sea nuestra propia mente la que nos dice en voz bajita y repetitivamente “frená que no podés más”, a la vez que nos motiva a seguir esforzándonos. Sé que existe un límite físico, posiblemente bordeando una lesión, en la que es imposible seguir avanzando, pero también entiendo que hay un umbral que pasar, donde el cuerpo se pone en una modalidad “crucero”, y esa velocidad es mucho más cómoda que caminar y hasta que quedarse parado.

Frenar en los puestos es prácticamente inevitable. Hay que reabastecerse, ya sea con comida o con agua, y un tecito caliente para subir la temperatura interna. Arrancar, sobre todo con más de media carrera encima, parecía tan difícil como subir una montaña. Rodillas duras, piernas doloridas, frío… cualquiera podía abandonar a esa altura y no ser considerado otra cosa que un atleta con coraje. Yo me preguntaba hasta cuándo iba a poder seguir corriendo y en qué momento iba a necesitar caminar, pero aún en esos momentos de máximo agotamiento, cuando sentía que no me quedaban fuerzas, seguía un poco más. Las subidas las caminaba, mirando el reloj (antes de que se acabase la batería) para controlar mi ritmo cardíaco. Pero el llano y las bajadas las atacaba con un trote estable, más rápido de lo que me decía mi instinto.

Y esa era una sensación maravillosa. Ir a mayor velocidad de la que yo suponía que tenía que hacer. Tenía un poco de incertidumbre. ¿Lo iba a poder sostener por mucho tiempo? Y la respuesta era sí. Pasando el último puesto de control, cuando la meta era cuestión de minutos (y de kilómetros), apreté sin tener en cuenta que llevaba casi 100 km encima (y era distancia en montaña). Esto me da muchísimas esperanzas para la Espartatlón, donde voy a sentir muchas veces esa alarma corporal que me indica abandonar, y a pesar de eso poder seguir. Seguro que tendrá consecuencias, como ser dolor al día siguiente, pero mientras mantenga mis fuerzas durante la carrera, voy a estar bien.

Creo que no encontré mi límite todavía. Por supuesto que es un límite nuevo, distinto al que tenía hace un año, porque mi cuerpo se siguió adaptando, el entrenamiento se fue volviendo más centrado, al igual que mi alimentación. No queda tanto para ir a correr a Grecia, pero el fin de semana anterior, en la Patagonia, pude seguir contra mi propio instinto, y cuando crucé la meta, más rápido de lo que sentía que podía, me di cuenta que mi cuerpo hubiese podido seguir corriendo. ¿Cuánto? ¿5 km? ¿20? No lo sé, ojalá que mucho más. Probablemente tenga más resto, solo que nunca experimenté mayores distancias. Es la cuenta pendiente a resolver en las próximas semanas…

Semana 29: Día 200: Cuando el éxito es mala palabra

Durante un tiempo va a resonar en mi cabeza (y en este blog), la Patagonia Run. Nunca participé en una competencia tan dura, compleja, y a la vez tan bien organizada. Mi conclusión es que se trata de un carrerón, y como todo lo que me enriquece, intento contagiárselo a mis amigos.

“No me parece un carrerón”, me dijo Yayo. Lo que entendí que no logré gustaba de esta carrera es que la veía muy comercial. Poco importó que no la hubiese corrido nunca. Él prefería competencias hechas por otra gente, aunque fuesen de funcionalidad similar y hasta en el mismo terreno. ¿Por qué el hecho de que algo sea popular es “malo”? ¿Le quitan mérito los caminos marcados? ¿O hay algo más?

Hace poco me enteré de que Dean Karnazes, un ultramaratonista al que admiro muchísimo, podría correr la Espartatlón de este año. Apenas lo supe, me sentí una colegiala esperando el próximo recital de One Direction. Compartí en mi muro de Facebook mi alegría y un amigo, totalmente afuera del mundo del running, me preguntó si era el Messi de los corredores. Me pareció una buena analogía para que entendiese la popularidad de Karnazes y mi fanatismo por él, así que asentí.

Para qué. Abrimos una puerta difícil de cerrar.

Un par de amigos ultramaratonistas se sintieron en la obligación de disentir. Porque había otros atletas más dignos de mi admiración, también participantes de la Espartatlón. Incluso mencionaron a mi otro ídolo, Scott Jurek. El problema con Karnazes, al parecer, es que lo vemos hasta en la sopa. Incluso desee el maravilloso “Nacidos para correr”, McDougal lo critica por su condición de “comercial”. Y me pregunto, ¿es eso un pecado tan grande? ¿Invalida el hecho de que Karnazes tiene un físico increíble, ha logrado hazañas monumentales y que es un motivador nato?

Yo creo que no. Me parece que la condición de popularidad no es importante, ni siquiera es algo negativo. Y si fuere algo para que la Patagonia Run y Dean Karnazes debieran avergonzarse, déjenme admirarlos de todas formas. Yo sé rescatar lo bueno de la gente y de las organizaciones, y no por eso comprometo mis valores ni los de nadie.

Semana 29: Día 199: Lo que viene después de una ultra

Derribemos un mito. Correr no está bueno. O sea, yo la paso mal. Primero paso por un odioso estado de competitividad. Quiero estar bien adelante, ganar posiciones, y me angustio cuando me pasan. Me cuesta salir de ese estado, pero siempre empiezo por ahí.

Después viene el cansancio, los dolores, las dudas, la incertidumbre y la eterna pregunta sin respuesta: “¿Qué estoy haciendo acá?”. Eso si no le sumamos un golpe o lesión que nos llene de terror y arrepentimiento. Entonces… ¿qué tiene de bueno correr?

Llegar. Eso hace que todo valga la pena. Cualquier percance o sentimiento negativo disminuye a medida que nos acercamos a la meta. Alcanzamos la gloria, y todo cobra sentido. “¡Ah! ¡Ahora entiendo por qué sufrí como un desgraciado!”.

Pero después de alcanzar la gloria y saborear las mieles del éxito, llega la triste consecuencia de que hay que volver al mundo real.

Cuando llegué a la meta de la Patagonia Run, después de correr 102,5 km en 19 horas, cruzando dos montañas, ríos helados, barro, bajadas entre peligrosas piedras y trepado troncos, me sentí inmensamente feliz. Me comí un plato de pastas con salsa, acompañado por mi amigo Nico, con quien no podíamos dejar de hablar de la carrera.

Y de a poco, fuimos volviendo a la realidad. Nos empezaba a costar caminar. Bajar escaleras se volvió un desafío enorme. Fuimos al apart hotel a pie, temblando de frío. Me tiré en la cama y las piernas me dolían en cualquier posición. Dormité una hora y con mucho esfuerzo me levanté y me di una ducha caliente. Cenamos y me fui a dormir, esta vez toda la noche.

A la mañana me sentía un poco peor. Tenía tos, más cogestión que antes, y tenía menos agilidad que un playmobil. La combi nos vino a buscar a las 7 de la mañana para llevarnos al aeropuerto. El pie izquierdo me dolía mucho, así que fui descalzo todo el viaje. Repetí la técnica en el avión hasta Buenos Aires.

Después de buscar mi equipaje, me despedí de Nico y realicé mi máximo desafío desde que había escalado el Quilanlahue: caminar 200 metros hasta la parada del 45. Bajar del colectivo, a una cuadra de casa, fue todavía más arriesgado.

Me pasé el resto del domingo tirado en la cama, intentando reponer fuerzas. Hoy, lunes, me siento un poco mejor, aunque tengo los labios estropeados y la nariz lastimada de tanto moquear. Las piernas casi no me duelen, pero los brazos se sienten como si me hubiesen atacado a martillazos. Sin embargo, sé que lo peor ya pasó, y que cada día me voy a sentir mejor. Si comparo mi recuperación actual con la vez que corrí mi primera maratón, diría que ha sido milagrosa. A 48 horas de haber cruzado la meta, parezco un ser humano y no una marioneta.

De nuevo, vuelvo a la pregunta del principio. ¿Para qué todo esto? ¿Vale la pena? Y no puedo mentir, claro que lo vale. Cualquier consecuencia me remite a esa meta tan ansiada, y al instante en que la crucé. Mi dolor es un recuerdo de ese esfuerzo enorme. Hoy lo sigo sintiendo en mis huesos y en mi piel. Mañana estará únicamente en mi cabeza y será solo parte de mis memorias

Semana 29: Día 198: Los 102,5 km de la Pagonia Run 2014

¿Quién podría ser capaz de participar de una carrera donde la pasó asombrosamente mal, y querer volver a hacerla dos años después? Yo.

En el archivo del blog pueden leer mi experiencia en los 100 km de 2012, Pueden ser testigos de mis penurias y mis decepciones. Básicamente fui a correr y me encontré con una utra de montaña donde los ascensos te lo impiden, tuve un traumático encuentro con el Cerro Colorado, el que ascendimos con 4 grados bajo cero, viento y el suelo que estaba mezclado con hielo y piedras. Me torcí el tobillo y tardé una eternidad en completarla. Caminé muchísimo, hice cambios de ritmo para compensar mi paupérrimo desempeño, y llegué a la meta alas 18 horas. 
El año pasado hice 63 km para acompañar a mi ex. De los 100 km no me había gustado salir a las 2 de la mañana, y tener 6 horas de oscuridad en el que no se podía ver nada del paisaje. Bajar de distancia me permitía disfrutar un poco más y no sufrir por el frío. Pero mientras corríamos nos cruzamos con varias víctimas de los 100 km, y uno nos dijo “Nunca hagan los 100”. Me causó gracia que el año anterior le dije exactamente lo mismo a uno de lo voluntarios en los puestos de asistencia. No sé bien cómo, se gestó un deseo de volver a participar en esa demencial ultra.
Este año convencí a mi amigo Nico para que se anote. A él le tentaban los 42 km, así que lo obligué a anotarse en 63. Tuvimos mil problemas para llegar, desde el paro que nos canceló el vuelo hasta la distención de ligamento de Nico, una semana antes. Mi fantasía era, como estoy mejor entrenado, tengo experiencia y una motivación más fuerte, bajar mis tiempos, al menos en un par de horas, y no sufrir tanto… qué iluso que fui.

Como pueden atestiguar en mis posts de las semanas anteriores, el viaje no fue fácil. Además de la distención de Nico, tuvimos un paro nacional de transporte al que le encontramos la vuelta viajando dos días antes. Las inundaciones en el interior hicieron que parte del camino estuviese cortado, y temimos no llegar. El cambio brusco de clima nos pegó duro, y para el día previo a la largada yo tenía un poco de tos y una congestión de aquellas. Pero mientras algunos ven señales para rendirse y orientar los esfuerzos a otro lado, nosotros sentíamos que teníamos que luchar para conseguir nuestros objetivos.

Yo tenía dos metas para esta ultra. La primera era mejorar mi tiempo de 2012, ya que ahora estaba mejor preparado. Les tiro un spoiler: no lo conseguí. La segunda tenía que ver con armar una estrategia para demostrarle al mundo y a mí mismo que se podía hacer una ultramaratón sin recurrir al azúcar ni al jarabe de maíz de alta fructosa. Estos dos productos se encuentran alternativamente en geles y bebidas isotónicas, que obviamente son muy útiles para una carrera, pero… ¿son imprescindibles? Mi nutricionista quiso desviar mi atención de esa búsqueda. Por el nivel de calorías que se queman en una ultra de estas características (entre 6 mil y 10 mil), bien valía priorizar el desempeño. Pero yo sigo creyendo que no hace falta dejar la salud de lado. El azúcar da energía de asimilación rápida, pero no es lo único que lo hace. Por eso me preparé dos litros de pinole (harina de maíz tostada, agua, pasas de uva trituradas, jugo de limón y una pizca de sal) y lo distribuí en cuatro tomas cada 20 km. También cociné fainá con semillas de chía, me llevé un mix de frutas secas, pretzels y me compré unas sales rehidratantes. Sobre estas últimas, el paquete decía que no se debía mezclar con agua mineral, por la cantidad de sales. Entonces… ¿cómo reponía electrolitos sin caer en las bebidas isotónicas? Al final me terminó asesorando el Dr. Marcelo Parada, director técnico de la Patagonia Run, que en la meta andaba paseando por ahí, y me dio el visto bueno, pero con un cambio: con agua mineral, la cantidad de sales hidratantes es la mitad (o sea, medio sobre por litro).

Con eso resuelto, tenía todo mi alimento y bebida resuelto, a lo que le sumaría lo que pudiera comer en los puestos, y el agua que iría reponiendo en mi bolsa de hidratación. Los 102,5 km del recorrido tenía once puestos de asistencia, algunos solo con hidratación, otros con comida. La largada era a las 00 hs del sábado, así que el viernes 22:30 comenzaron a salir las combis que llevaban a los 400 corredores de 100 km al Regimiento de Caballería de Montaña 4 “Coraceros Gral. Lavalle”, donde los militares más atentos y respetuosos que conocí en mi vida atienden a los participantes. La organización permitía dejar, previamente, dos bolsas que iban hacia dos puestos de asistencia. Uno era para el Colorado, que como se pasaba dos veces, significaba doble oportunidad de dejar ropa de recambio o comida. El segundo, Quechuquina, solo estaba una vez en el recorrido, pero hacía que tuviésemos tres puntos en el recorrido para que nos esperase lo que quisiéramos, o para que dejásemos lo que no necesitáramos más. Esto quería decir que esas bolsas nos esperaban en el kilómetro 33, 56 y 87,5. Bastante bien.

Largamos en una medianoche bastante fría, pero con mucho entusiasmo. Tenía mi abrigo, muy similar al del 2012, mis bastones, y mi linterna frontal. A diferencia de mi experiencia anterior, como sufrí mucho frío en mis manos, me puse dos pares de guantes.

El principio de la Patagonia Run es en subida, para adelantarte lo que te espera. Antes me parecía más terrible y agotadora, esta vez la sentí más noble. Estaba muy embarrado, y era fácil patinarse. Los bastones me vinieron de maravilla. Empecé a pasar gente, y esa es otra constante en la carrera (y en las ultramaratones). Siempre vas a rebasar a otro competidor, pero a menos que seas de la elite, también te van a estar pasando todo el tiempo. Confieso que al principio eso me preocupaba, quería pasar y que no me pasen. Es un pensamiento muy negativo y costoso, porque desmoraliza y te desvía del verdadero foco, que es la autosuperación. Me costó convencerme de que lo que importaba era llegar y superarme a mí mismo. Igual, me fastidiaba estar en senderos angostos y correr a la velocidad del que tenía adelante, en lugar de la que sentía que podía hacer.

Ese primer tramo, de 5,5 km hasta el primer puesto de hidratación (Rosales), fue terrible. Seguramente por la falta de costumbre, el haber dormido una hora y media, el resfrío… no lo sé, pero se me hicieron eternos. Correr de noche tampoco me enloquece. O sea, si hablamos de 21 km o por ahí, lo entiendo y me engancho. Pero estar siete horas corriendo en la oscuridad… es duro, muy duro. Todo eso sumó a que arrancara fastidiado, sin poder ver más allá de lo que iluminaba mi linterna. No soy bueno para la montaña tampoco, las bajadas me cuestan porque piso inseguro. Además no tengo orientación… o sea, ¡soy el peor candidato para esta clase de carreras! Pero ahí estaba, intentándolo igual. Me salí del camino varias veces porque perdía las marcas, no las podía ver. Por suerte los corredores que tenía atrás me avisaban y volvía a la verdadera senda, pero es increíble la cantidad de veces que me dije “¿Dónde estoy?”. Para colmo hay un mal muy grande en las ultras que es seguir al que está adelante. Si ese se pierde, los que vienen detrás también. Así que hay que estar corriendo de noche, mirando el piso para no tropezarse, sin perder de vista las marcas por delante… muy difícil.

En el puesto Rosales intenté salir rápido. Me pedí un té caliente para subir la temperatura de las entraña, comí una banana que estuvo deliciosa, y retomé la marcha. Me di cuenta que estaba tomando poco, así que me fui forzando a beber. Corría todos los llanos y, como podía, las bajadas. Las subidas las caminaba, recordándome que no tenía sentido quemarme las piernas a esa altura.

El siguiente puesto de asistencia, Corfone, estaba a 9 km. Toda la primera parte se suponía que era “rápida”, así que intenté aprovechar y correr, correr y correr. En un momento perdí las marcas, solo veía la cinta atada a un poste y nada más. Era una especie de cerco, y del otro lado se veían los cuadraditos refractantes. Un corredor sugirió pasar por encima, algo habitual en este tipo de carrera. Empezamos a treparnos y cuando yo me apoyo en un tronco, siento que la madera cede… me estaba apoyando en la puerta de una tranquera. Toda esa destreza para el parkour era innecesaria, solo era cuestión de abrir y pasar.

Aunque este tramo fue más largo que el primero, se me hizo más ameno. Estaba ya acostumbrándome, quizás entrado en calor, o resignado a que esa noche iba a ser larga. Me pedí un té sin azúcar, que en ese momento se estaba convirtiendo en mi cábala, y seguí. A los 7,5 km estaba el puesto de hidratación Corfone, un gazebo en el medio de la nada. Estaba en 22 km de carrera, me había bajado mis primeros 500 cc de pinole y rezaba para que el amanecer llegara pronto. Estaba por empezar la parte más dura de toda la carrera para mí, que era el temido Cerro Colorado.

La cima está a 1785 metros sobre el nivel del mar. Hacía frío, mucho, pero en la cima, sin el reparo de la naturaleza, hay viento, y eso hace que baje la sensación térmica. Me animo a afirmar que hacían 10 grados bajo cero. El agua del camel se me congeló. A medida que subía, la nieve acumulada en el suelo crecía, hasta tapar mis zapatillas por completo. Hubiese sido un paseo maravilloso si no la hubiese estado pasando pésimo. Estaba convencido de que tenía mejor abrigo que en 2012 y quizá fuera cierto, pero igual sentía que se me congelaban los huesos. Los dos pares de guantes no servían, y los dedos los tenía entumecidos. Me puse una capa de lluvia que compré hace poco para que actuase como rompeviento, además de que iba a ayudarme a contener el calor corporal. Puse mis manos enguantadas, sosteniendo como podían los bastones, por adentro de la capa, para ver si así me protegía mejor del frío. Temblaba y sentía que esos 4 km de subida iban a ser eternos…

Ahí fue que empecé a hablar conmigo mismo.

Cuando corro en equipo, no puedo quedarme callado. Siempre estoy intentando motivar al otro, diciéndole palabras de aliento, arengando para que dé su mejor esfuerzo… y en ese momento estaba solo, bastante desamparado, sin nadie que me alentase a mí… Así que empecé a hablarme en voz alta. “Vamos, Casanova”, me dije. “Vos podés. La gloria te espera”, y ponía un pie adelante del otro, hundiéndolos en la nieve. “Te espera la gloria, vos podés hacerlo. Es solo una montaña, las montañas empiezan y terminan, vos vas a continuar”. Y aunque ahora suene trillado y cursi, quiero decir que funcionó. Me mantuve autoalentándome paso a paso, bajando la voz cuando alguien me pasaba (estaba sufriendo y congelándome, pero conservaba mi pudor). A más ascendía, peor era: más frío, más viento, más nieve. Pero la única forma de lograr que eso se terminara era cruzando al otro lado.

La bajada es terrible, hay una pérdida de 800 metros en 2 kilómetros. Encima entre el frío y la reciente lluvia, muchas rocas tenían una película de hielo que hacía que las zapatillas parecieran patines. Temí por mi vida, reafirmando mi pánico a las bajadas. Por supuesto que me patiné montones de veces, y los bastones me salvaron. No necesité de mi autoaliento porque, aunque tenía un cierto pánico a caerme, el frío no era tan terrible y al llegar al bosque todo se volvía mucho más tolerable.

En el kilómetro 33 estábamos en el puesto Colorado 1, donde me esperaba mi primera bolsa. Tenía un tercio de carrera adentro, algo para ponerme contento. Fui a buscar mis cosas y me empecé a cambiar por ropa seca. En ese interín, de 10 minutos, vi a 3 corredores anunciar que se bajaban de la carrera. En el puesto tenían una turbina de fuego que calentaba la carpa. Si te ponías adelante, te secaba un poco. Pero si te ponías a una distancia segura. Me saqué mis dos pares de guantes y puse los primera piel adelante de la turbina. En 3 minutos eran una mezcla de Freddie Krueger con La Persistencia de la Memoria, de Salvador Dalí. En un instante los había derretido. Menos mal que tenía dos pares, o la hubiese pasado realmente mal. Los tuve que tirar, era inevitable. Pero no me desanimé, me reabastecí y salí. Tiritaba, me había enfriado y aunque tenía algo de ropa seca, otras prendas seguían mojadas.

El cuerpo es una máquina increíble, y apenas entré en calor, ya no sufrí tanto el frío. Rogaba, imploraba por el sol, pero no tenía suerte. Las horas pasaban, al igual que los corredores que se me adelantaban o los que yo adelantaba. Más allá del frío, estaba bien. En el kilómetro 42 llegué al puesto Quilanlahue 1 (el número indica, al igual que en el Colorado, que lo íbamos a pasar dos veces). Este punto está preparado adentro de un establo. Ahí me encontré nuevamente con mi amigo Jorge, debutante en los 100 km y con quien entrené fondos varios domingos. Estaba ofuscado porque le había recomendado hacer toda la carrera con los bastones y había decidido dejarlos para la segunda mitad de la carrera. Iba con un palo que encontró en el bosque, al que apodamos “Gandalf”.

Salimos juntos, esperándonos cuando uno se detenía. Me imaginé cómo venía la mano, y le dije que no me esperase. “Hacé tu propia carrera”. Fue el mejor consejo que le pude dar (mejor que lo de los palos), porque terminó sacándome 1:40 hr de ventaja. Pero en ese momento íbamos pegados. Era apenas pasadas las 7 de la mañana, y el sol empezaba a asomar. Se podía ver la silueta de las montañas. Yo sabía que apenas amaneciera, la temperatura iba a desplomarse. Nunca entendí ese fenómeno meteorológico, pero es así, las primeras horas del día, en una ultra de montaña, son duras. No me equivoqué, lamentablemente. Me tenté, cuando ya había luz y pude guardar mi linterna, a filmar un poco el paso por los senderos en el bosque. Fueron siete horas de oscuridad, donde no se distinguía absolutamente nada, así que empezar a ver colores y formas era un espectáculo. Pero mientras preparaba mi cámara torpemente con mis manos enguantadas, vi cómo me pasaban los corredores que venían con su ritmo lento pero constante. Me di cuenta de que no iba a avanzar mucho si me detenía, así que abandoné la idea del registro visual (sepan disculpar).

En el kilómetro 56 estaba el puesto de asistencia Quechuquina, el segundo puesto donde poder levantar cosas personales y dejar las propias. Ya eran pasadas la 8 de la mañana, y todavía el frío se hacía sentir. El puesto estaba montado por fuera de una cabaña, que tenía un baño sin luz (quizá lo único criticable de toda la carrera). Me pedí mi té, comí bananas y me reaprovisioné de pinole. También cargué de agua la mochila hidratadora y le puse mis sales rehidratantes. Ya teníamos media carrera adentro, y ahí vi a Jorge por última vez. Dejó a Gandalf apoyado en una silla, se llevó sus bastones, y empezó una carrera diferente para él. Yo salí tranquilo, había pasado toda la noche y una montaña brutal, pero todavía me esperaba un desafío enorme.

Salí caminando mientras juntaba fuerzas para correr. En el kilómetro 63 estaba el puesto de hidratación Quechuquina (no confundir con el puesto de asistencia anterior), por el que pasé brevemente. Hay detalles que no voy a poder ubicar exactamente en el instante en el que ocurrió, pero vayan mechando en sus mentes toda esta crónica con subidas empinadas con mucho barro y cruces de arroyos con agua helada que cubría por encima de los tobillos. Esto era constante, más algunos troncos gigantes intermitentes que había que saltar o trepar. Así fue toda la carrera: trotar, tropezarse, patinarse, embarrarse, mojarse, trepar, tomar, comer y repetir el ciclo.

En el kilómetro 72 mi GPS empezó a dar alarma de que se quedaba sin batería. Estaba en el puesto Cohiue, parte del nuevo recorrido de este año. Era un gazebo chiquito, con bebida. Yo venía deseando comer banana, y cuando llegué se les había acabado. Me lamenté por mi mala suerte, pero cuando me estaba yendo, llegó un vehículo con provisiones, así que me pude llevar mi ansiada fruta. Acá empezaba la otra carrera. La organización decidió que el asenso al Quilanlahue, un cerro de 1672 metros sobre el nivel del mar, pasara al último cuarto de la carrera. ¿Para qué? Bueno, probablemente porque en ese punto íbamos a estar molidos físicamente, desmoralizados, y no hay nada que te levante más que una montaña empinada que te aniquila tus fuerzas. Eran casi 4 km en subida constante para después bajar abruptamente en poco más de 2 km. Como había salido el sol, eran las 2 de la tarde y habíamos alcanzado la máxima pronosticada para ese día de uno 13 grados, me saqué algo de abrigo. Con mis bastones y con más maña que técnica, empecé a trepar esa maldita montaña. Mi GPS decidió abandonarme después de 14 horas de uso continuado. Podría haberlo seteado en una modalidad que le da 50 horas de batería, pero nunca aprendí cómo hacerlo. En fin…

Como era de esperarse, a medida que ascendíamos, las temperaturas descendían. Otra vez me encontré trotando entre troncos cubiertos de nieve. Fue duro, pero casi nada comparado con la bajada. Esta vez el recorrido era distinto que en años anteriores, y salimos en la cima del Quilanlahue, pero en otro extremo. Sin embargo, el peligro era el mismo: bajadas entre arbustos bajitos que te enganchan los palos, por senderos muy angostos y una caída abrupta a la izquierda. O sea, mejor que te tropezaras y cayeras hacia tu lado derecho, o no la ibas a contar. Creo que nada me fastidia más que esta bajada, en especial cuando veo a otros corredores que se lanzan montaña abajo dando enormes zancadas, como si fuese lo más sencillo del mundo. Cada vez que me relajé, pisé mal y puse mi integridad física en riesgo.

Bajar el Quilanlahue es terrible para el ánimo. Uno empieza a ver pinos para darse cuenta que está viendo su copa, y que todavía faltan 150 metros para llegar al suelo. Uno baja, baja, baja, pero nunca termina de llegar. Como todo en la vida, con determinación y paciencia, se llega. Como no tenía mi GPS, los carteles de “2 km para el siguiente puesto” no tenían ningún sentido para mí, porque no tenía forma de mensurarlo. Llegué al nivel del suelo, frente al puesto de asistencia Quilanlahue 2, en el kilómetro 79. Recordé mi experiencia en 2012, en ese mismo punto, cuando me caí y rodé en el suelo.

Era el momento del último pinole del día, en medio de caminos rurales, esquivando charcos de barro. En ese establo todos empezábamos a hacer cuentas, calcular a qué hora estábamos en la meta. Sentado sobre unos fardos de paja tapados por una colcha, le dije una verdad a otros corredores exhaustos: podías seguir caminando y llegabas antes de la hora límite de 22:30 horas.

Ahora comenzaba un camino inverso hasta el puesto Colorado 2, en el kilómetro 87,5. Eran caminos de tierra que subían y bajaban. Se suponía que ya tenías la carrera en el bolsillo, era solo un trámite. Pero el cansancio se hacía sentir. Era 8,5 km entre esos dos puestos, y para mí lo mejor era hacerlo lo más rápido posible. El cuerpo se quejaba, no quería saber más nada. Las subidas eran muy exigentes en los cuádriceps, pero las bajadas pulverizaban las rodillas. Intenté tomarme toda la carrera con calma, pensar en que esto era solo un entrenamiento para la Espartaltón y nada más.

Después de interminables senderos, descampados y caminos serpenteantes (que había recorrido medio día atrás en el sentido contrario, en la noche más oscura), llegué trotando al Colorado 2. Me recibieron con aplausos, felicitándome por entrar corriendo. A esta altura el agotamiento era generalizado. Los punteros seguramente ya estaban en la meta, festejando su triunfo. Los más rezagados usábamos lo que nos quedaba de energía para llegar, como fuera. En mi caso me sentía bien, estaba cansado pero entero mentalmente. A pesar de que mi GPS estaba obsoleto, yo era consciente de que el tiempo no estaba de mi lado, y que con suerte iba a poder igualar mi marca de 18 horas. No quise pensar demasiado en eso. El objetivo principal, siempre, es llegar. Después uno puede analizar los cómo y los por qué de los resultados. Igual me golpeó saber que eran casi las 5 de la tarde, y que por norma teníamos que ponernos la linterna frontal. Si no podía mejorar mi tiempo anterior, al menos quería cruzar la meta de día. Era mi premio consuelo. Cada vez lo veía más difícil.

Troté lo más rápido que pude, sin llegar a quemarme, y alcancé el último puesto, el Bayos, ubicado en el kilómetro 95,5. Otra vez me recibieron con aplausos, como a todos los corredores. En esa instancia es una caricia muy necesaria. Por el esfuerzo y ese resfrío acechante, había perdido la voz. Me comunicaba por señas para pedir té y sin azúcar. Prendí mi linterna, pero me dijeron que hasta las 18:45 no hacía falta. Intenté comunicarme con mi amigo Nico, quien según mis cálculos ya debería haber llegado a la meta, pero no pude. Prender el celular fue una lluvia de mensajes de whastapp. “yyyyyyy?”. “estás vivo?”. Me faltaban 7 km para la meta.

Era el tramo final. Trotaba y cuando caía un mensaje frenaba a leerlo, para ver si era de Nico. Finalmente me comuniqué con él, y me esperaba para registrar mi llegada con su cámara. Yo no sabía cuánto faltaba para llegar por mi falta de reloj, pero algo recordaba de mis experiencias anteriores. Me alegró mucho meterme en el bosque de día, aquel que no quería cruzar de noche porque es una bajada furiosa llena de árboles. Las piernas se iban soltando. Llegué a una tranquera, que un militar me ayudó a cruzar por arriba. ¿Hacía falta que hicieran eso con casi 100 km encima? Otra constante de la carrera: no hay contemplaciones para los corredores. Elegiste ir a sufrir, así que sufrí.

Llegué a la calle de tierra, señal de que estábamos acercándonos a la ciudad. Guardé mi linterna, sabía que no la iba a necesitar. En un nuevo y cruel cambio del recorrido, en lugar de bajar por una calle serpenteante, la organización colocó un angosto paso por el bosque que subía y bajaba. Posiblemente estaba en 99 km de carrera, con casi 19 horas encima. Había sufrido un frío extremo, golpes, e incluso había derretido mis propios guantes. Ese nuevo trayecto era realmente cruel. Pero puse todo, hice las subidas corriendo como si nada. Todo lo que quería era llegar. En ese instante se me fijó una idea en la cabeza: quería un jugo exprimido de naranja (sin azúcar, obvio).

Las bajadas a toda velocidad dieron lugar al asfalto. Ya estaba, no faltaba nada. Como todos los años, un grupo de niños se acercó a que les regalara algo. Muy tiernos, pero no pensaba frenar mi marcha. La policía y los militares controlaban el tránsito para que los corredores tuviésemos prioridad. Cuando tomé la avenida San Martín, que estaba cortada y convertida en una pseudo-peatonal, los vecinos de la ciudad empezaban a ir apareciendo, con sus aplausos y sus gritos de aliento. Yo no tenía voz, quería agradecerles a todos, así que les sonreía, hacía la mueca de “gracias” con mi boca y seguía corriendo. Yo sentía que iba a 2 mil kilómetros por hora. Quizá desde afuera solo se viese a un corredor arrastrándose penosamente.

Vi el arco al fondo, era increíble que eso se terminase finalmente. Cuando estaba a 100 metros vi que había una cinta, preparada para cuando yo pasara. Era perfecto. Dijeron mi nombre en los altoparlantes, en medio de los aplausos de la gente. A casi 8 horas del primero, me hicieron sentir como un ganador. Con lo que me quedaba de voz hice mi grito de guerra, “¡ESPARTAAAA!” y crucé la cinta. No lo sabía, pero Nico estaba registrando todo con su celular. Le pasé a 20 centímetros y ni lo vi.

Estaba tan eufórico, tan contento. El reloj indicaba 19 horas 11 minutos 39 segundos, muchísimo más que mi pronóstico menos optimista. Pero ese objetivo era un capricho, la carrera había cambiado, se había vuelto más técnica y difícil. De hecho Trecaman, el ganador de este año, llegó más de media hora después de su marca de 2012. Si para él resultó más difícil, obviamente que para el resto de los mortales también. Nico me hizo notar que estaba ahí, al lado mío. Había completado sus 63 km con su distención de ligamento y no se había roto. Entero pero con frío, aceptó mi insistencia de ir a pedir nuestro plato de pastas de cortesía en lugar de rajar para el apart hotel para cambiarnos y darnos una ducha caliente. En ese momento necesitaba comida caliente. En otra cruel jugada del destino, el pasta party era en el primer piso. Subir no era tanto esfuerzo, el tema era bajar… por supuesto que aproveché y me pedí ese jugo de naranja exprimido… necesitaba sentir ese dulzor de la fruta. Quizá mi cuerpo tenía el recuerdo del azúcar, ese elemento del que pude prescindir para correr casi un día entero. Para mí era otra clase de triunfo. Correr con alimentos y bebidas hechas por mí y no por una fábrica, sin conservantes ni aditivos… ¡realmente se puede!

Nos retiramos al departamento, temblando de frío. Realmente, tenía una botella de agua en la mano y parecía que la estaba agitando para hacer un cocktail. Mi mandíbula parecía una castañuela, y después de llenar la panza con algo caliente, solo podía pensar en una estufa, ducha y dormir. En el apart hotel me desvestí, subí la calefacción y me metí en la cama. Estaba congelándome, a pesar de que ahí adentro no hacía frío. Era algo de mi temperatura interna, lo mismo que me había dejado sin voz. Me quedaba poca energía, estaba en modo ahorro. Me hice una bolita y me quedé dormido. Me despertó el dolor de piernas, era lo suficientemente fuerte como para que ninguna posición lo calmase. Cuando estás cansado y no podés dormir… ¿qué hacés? Me di esa ducha que me debía y me senté a escribir esta crónica. Pero me dormía, y Nico registró en una foto esa instancia patética (la subí en el post de ayer porque me causó mucha gracia).

¿Por qué hacemos las cosas? ¿Qué me llevó a pasarla mal en una carrera y volver a intentarlo este año? No lo sé. Quizá para demostrarme algo. Quería hacerla estando mejor entrenado. Y así fue. Sin dudas que en esta edición llegué con otro físico, otra cabeza y una estrategia más afilada. En ese sentido comprobé que hice una diferencia. El clima, los cambios en el recorrido y mi reciente pavor a las bajadas me impidieron bajar el tiempo, pero me anoté un poroto para la alimentación natural, sin azúcar ni conservantes, en una ultramaratón agotadora. Esta fue la carrera más difícil que hice en mi vida. Tan dura que tuve que hablarme a mí mismo para darme ánimo y seguir avanzando. Entonces, ¿por qué hacemos las cosas? ¿Por qué estas ultramaratones? Porque son muy difíciles. Y si fueran fáciles… ¿para qué hacerlas?

No puedo prometer que voy a volver a hacer la Patagonia Run, pero sí sé que me estoy preparando para estar agotado, al límite que todo mi cuerpo me pide parar, y que pude seguir. Esta fue la carrera más dura de mi vida, pero sin dudas la Espartatlón va a ser peor. Así que en el día de ayer siento que di un paso más hacia el gran objetivo de mi vida, que me espera a fin de Septiembre en Esparta…

Semana 28: Día 196: El miedo mismo

Estoy a horas de salir para la meta de la Patagonia Run. Y, como toda carrera importante en la que participo, no me siento preparado. El miedo se apodera de mí y pienso en todas las cosas que me faltan y en todas las que me podrían salir mal.

Algunos dirán que es tonto tener miedo y que esos sentimientos negativos me van a jugar en contra. Yo creo que son parte de un mecanismo de autopreservación, que es pensar en los peores escenarios posibles para mantenerlos alejados.

Siempre está el miedo de lesionarme, en el año en que finalmente voy a correr la Espartatlón. Todavía llueve, aunque Windguru promete que para mañana va a estar despejado. Eso hace que el camino esté lleno de barro y en algunas bajadas esté peligrosamente patinoso. Iré con extremo cuidado, no me interesa romperme en esta carrera (sino en la de Grecia). Bastones, paso firme, paciencia, pero sigo proyectando películas de mi cabeza de caídas espectaculares en las rocas, donde caigo rodando y golpeo contra filos y piedras que me parten una pierna (pero, ya que estoy, fantaseo que con eso me pueden operar y dejarme las dos piernas del mismo largo).

En mi cruzada anti proteínas animales y anti azúcares y jarabe de maíz de alta fructosa, decidí correr esta ultra sin geles ni bebidas isotónicas comerciales. Muchos dirán que es una locura, yo entre ellos. Pero es hora de demostrar que se puede. No sé si me copa ser el conejillo de indias, pero mucho menos me entusiasma consumir alimentos procesados o preparados por una fábrica con químicos, si puedo lograr el mismo efecto con cosas más naturales o simplificando los ingredientes y dejando de lado lo que no me sirve. Estos “experimentos” ya los probé en entrenamientos, pero claro, ahora es el momento de una carrera, donde un error me podría dejar afuera, solo, llorando en medio de la montaña, arrastrándome entre sollozos y arrepentimiento. Esperemos que eso no pase. Me hice dos litros de pinole, que gracias a que puedo dejar cosas en tres puntos de la carrera, fui acomodando. También compré sales hidratantes para convertir el agua común en una bebida isotónica, aunque me dicen que no use agua mineral, y el no saber qué marca van a usar en los puestos me genera mucha incertidumbre. Yo creo que será Eco de los Andes, marca de Coca Cola, ya que en los puestos habrá Powerade. Es la primera vez que ruego porque tengan agua con bajo contenido de sodio…

Otro de mis mayores temores para esta carrera es pasar frío. Estuve a punto de comprarme un cubrepantalón, hasta que me enteré de que costaba 800 pesos (en el Decathlon los había pagado 15 euros, un monto bastante razonable para lo frágiles que son). Por suerte me di cuenta que era solo miedo, así que desistí y decidí confiar en las mismas calzas que me acompañaron en otras dos ediciones de la Patagonia Run. Pero como este año parece que va a hacer mucho frío (aclaración que no recuerdo de otros años), me preocupa bastante el tema. Me puse abrigo en los puestos, tengo repuesto en mi mochila, y mi capa de lluvia, que no parece pero retiene el calor corporal y sirve como rompeviento. Como ven, intento tomar precauciones con cada cosa que me da miedo (si nada me aterrara, seguramente encararía esta carrera en forma mucho más irresponsable).

¿Me va a alcanzar la comida? Espero que sí. Además del pinole y de las sales hidratantes me llevo un mix de frutas secas, pretzels y me hice fainá con semillas de chía. También hay pasas de uva en todos los puestos, y fruta en alguno que otro. Hay un gran abanico de alimentos que ofrece la organización que no consumo, como empanadas de jamón y queso, tartas, papas fritas, galletitas, etc. Creo que tengo suficiente, pero aunque tengo la gran sospecha de que uno puede prepararse sus alimentos u optar por alternativas menos nocivas, sigo con incertidumbre. Hago esto para demostrar que se puede, pero también para demostrármelo a mí mismo.

Tengo pánico de quedarme dormido y perderme la combi a la meta, así que acá estoy, dos horas antes de salir, sin poder pegar un ojo (dormí una hora y me desperté transpirado… podríamos apagar alguna estufa, creo). Entre todas mis fantasías de las cosas que podrían salir mal está la de imaginarme llegando a la meta varias horas más tarde, y ver si me dejan salir igual. No sé cuánto voy a tardar, mi anterior experiencia, la de 2012, me tomó 18 horas con un tobillo bastante dolorido. Creo que podría sacarle 2 horas tranquilamente, si es que todo sale bien. No me gusta pensar en que al salir a las 00 hs voy a perderme media carrera porque la voy a hacer a oscuras. Lejos está de entusiasmarme el pensar en ver hasta donde llega mi linterna frontal, pero es parte del desafío, y la Espartatlón no va a ser muy diferente.

Pero no todas son pálidas. Despegar y Lan nos prometieron el reintegro de nuestros pasajes, los que no pudimos usar por el paro. Eso fue un alivio, porque esa aventura no es barata. También escuché que Dean Karnazes, ultramaratonista y gran motivador, podría correr la Esparatlón. Me encantaría conocerlo en Grecia y sacarme una foto bien cholula con él. Es otro incentivo para no matarme en esta carrera ni romperme todos los huesos. Tengo que llegar entero a Septiembre… creo que puedo.

Nos leemos mañana, con la carrera en el bolsillo…

Semana 28:Día 195: Comer en San Martín de los Andes

No es ninguna novedad para el lector asiduo de este blog que el tema de la comida es un trastorno para mí. En cada viaje necesito una planificación especial. Y no es por la carrera en sí, ni por ser vegetariano, vegano o frugano. Soy una nueva categoría, “complicadorano”, porque no consumo productos animales, ni alimentos refinados, ni azúcar o jarabe de maíz de alta fructosa… así que esto me afecta todo, la vida y las competencias.

En el viaje de ida de micro, que se extendió a 23 horas, fui con una bolsa de compras llena de comida. Había de todo, desde pasas hasta latas de conservas, pasando por pan integral con semillas, arroz integral, galletitas veganas (para emergencias), manzanas, bananas, etc. La cena, milagrosamente, era 100% vegana, con ensalada de zanaoria y pepino, unas verduras hervidas (calabaza, lentejas, etc) y uvas de postre. La cena fue un rotundo fracaso: arroz blanco con mayonesa, unas rodajas de pepinos y zanahorias que descansaban sobre fetas de queso y una tortilla de verduras. La intención es lo que vale. Por suerte, me sobraba comida.

El haber venido a un apart hotel me vino al pelo porque tengo cocina en la que cocinar, valga la redundancia. Pudimos comprar arroz integral, polenta, papas y frutas. Nico, que no es complicadorano, se hizo con una lata de atún, pan blanco y fideos comunes. Excepto los cadáveres de peces enlatados, del resto comí o comeré. Soy bastante estricto pero a excepción de los animales, puedo comer fuera de mi dieta porque es eso o morir de hambre.

Para la carrera me armé una estrategia que ya probé otras veces. Tengo sales hidratantes para no tener que recurrir al Powerade. Un sobre por litro de agua y listo. También me traje para preparar pinole (hasta me vine con la minipimmer, o lo que queda de ella), un mix de frutas secas, pasas, pretzels y vamos a preparar fainá (sin aceite) para el recorrido. Creo que con eso voy a estar bien. Y ante una emergencia, puedo permitirme tomar bebidas isotónicas industriales. Mi convicción más fuerte es llegar a la meta. Creo que puedo lograrlo con una dieta más sana y natural, y eso es lo que voy a intentar. Pero en caso de que no me alcance lo que estoy llevando, dejaré que esta vez entre el azúcar a mi organismo, y volveré a intentarlo en la próxima carrera.

Semana 28: Día 194: Moyano, no podrás contra nosotros

Moyano es un sindicalista que no quería que viajemos a participar de la Patagonia Run. Hizo todo lo posible, como declarar un paro total de transportes el día jueves, cuando con Nico salíamos en avión hacia San Martín de los Andes. Nosotros, que no nos dejamos amedrentar, empezamos a pensar en nuestras alternativas.

¿Esperábamos a que la aerolínea anunciara la cancelación de los vuelos y nos cambiara la fecha? Eso tenía el riesgo de volar el viernes, mismo día en que yo salía para la meta… eso si es que quedaba lugar.

¿Sacábamos un pasaje nuevo en avión? Eso nos podía costar muy caro.

Comprábamos una ida en micro, especulando con poder recurrir a a vuelta. Otro riesgo grande, en caso de que, como nos prometía Lan, el vuelo sí se hiciese.

Terminamos eligiendo la última opción, porque era la más económica. El problema es que como el paro es el 10 y el viaje en micro tomaba más de 20 horas, no podíamos salir el miércoles 9, teníamos que adelantarnos y viajar el 8.

Cuando finalmente definimos este entuerto, que no nos hizo ninguna gracia, Nico se torció el tobillo: distensión de ligamento. Guardia traumatológica, resonancia magnética y la gran pregunta. “¿Corro o no corro?”. Yo sentía que le tenía que recomendar que se quedara en su casa, pero en su lugar, ¿qué hubiese buscado que me digan? Los corredores somos cabeza dura, en especial cuando nos estuvimos preparando tanto tiempo para una carrera. Mientras algunos podrían interpretar que el destino le decía a Nico que no participara de la Patagonia Run, yo creo que somos nosotros los que definimos nuestro porvenir. Si se venda, se cuida, podía jugársela… y lo hizo.

Así que, contra la adversidad, mirando cada media hora el estado del vuelo que no íbamos a tomar, nos dirigimos a Retiro a tomar nuestro micro. Salimos en horario, pero en el camino empezamos a tardar y a dar vueltas. La cena era vegana (debe ser la primera vez en mi vida que la pegan) y no sé qué película pusieron porque me quedé muy dormido.

Al día siguiente, después del almuerzo (donde no la pegaron ni a palos), empezaron los rumores de que estaba el camino cortado. ¿Piquete? Los lugareños se bajaban en paradas intermedias donde sus parientes los iban a buscar. Nos empezamos a preocupar. Preguntamos a uno de los empleados de la empresa de transporte si llegábamos hasta San Martín de los Andes “Por ahora sí”, dijo, lo que no nos tranquilizó en absoluto.

Cuando preguntamos más, nos enteramos de qué estaba pasando. En los últimos días una lluvia torrencial inundó a varias localidades de Río Negro, exactamente por el camino donde debíamos pasar. Llegamos hasta un punto donde no pudimos avanzar y dimos una vuelta en U. En un punto se armó una caravana de micros buscando un claro donde poder pasar. ¿Estaba Moyano también detrás de todo esto? ¿Hasta dónde quería llegar?

Nuestro arribo a San Martín de los Andes fue con tres horas de retraso. Casi un día entero arriba de ese micro, con la incertidumbre de si estábamos en lo correcto o no. Cuando finalmente llegamos al apart hotel y nos conectamos a internet, vimos que Lan había cancelado nuestro vuelo.

No pudiste contra nosotros, Moyano. Acá estamos, dispuestos a desmitificar eso de que el destino de cada persona lo decide la (mala) suerte.

Semana 18: Día 193: Los rituales pre carrera

Hay una situación a la que no le puedo escapar, y es ese período de casos y angustia previo a un viaje. Soy autónomo y trabajo en casa, pero eso no quiere decir que no tenga compromisos que cumplir y gente que cuenta conmigo.

Casi como una cábala, antes de una de estas carreras en destinos lejanos y fantásticos, me paso varios días sin dormir, compensando todo ese tiempo que voy a estar lejos de la compu. Anoche, sin ir más lejos, prácticamente no dormí. Me desmayaba sobre el teclado e intentaba por todos los medios resistir y seguir avanzando. Lo peor es que a medianoche dije “en un par de horas termino y me voy a dormir”, y en un momento amaneció y empezaron a caer los mensajes de “Buenos días” al celular.

No puedo evitar que me pasen estas cosas, pero al menos puedo hacer mi ritual, que me relaja y me hace sentir más preparado. Consiste en afeitarme. Pero no solo la barba, sino también la cabeza. Lo podríamos interpretar como un guerrero preparándose para la batalla. Para mí es un momento muy personal en donde hago algo que me toma mucho tiempo. Cuando vivís con los minutos contados, empezás a priorizar qué cosas dejás de lado, como es enchularte.

El proceso es lento y complicado, pero también lo es correr una ultra, así que debe haber alguna relación. Empiezo por pasarme la máquina eléctrica a cero, después ducha y bajo el agua la maquinita de afeitar. Me tomará una hora, pero es mi ritual, el pasaje desde el estrés a la carrera. Porque la competencia puede empezar el viernes, pero para mí el viaje ya empezó.

Patagonia espera…

Semana 28: Día 192: Cosas que no hice antes de salir a la Patagonia Run

Cosas que no hice antes de salir a la Patagonia Run:

  • Dormir.
  • Ir al gimnasio.
  • Hacer el bolso.
  • Avisarle a mis papás que me voy de viaje.
  • Pedirle al plomero que no venga por unos días.
  • Reclamar la devolución de mi pasaje de avión por el paro.
  • Cargar la batería del celular.
  • Cargar el reloj.
  • Elegir algo para leer en el viaje.
  • Actualizar el blog.
  • Comprar frutas para el viaje.
  • Relajarme.

Semana 28: Día 191: La trama de la Patagonia Run se complica…

A medida que pasan los días, el rumor del paro deja de ser paranoia y pasa a ser una realidad. No sé cuánto tiene que ver el pánico al que vamos cayendo, pero Aerolíneas Argentinas confirmó que no vende más pasajes para el 10 y le permite a sus clientes cambiar la fecha de sus vuelos sin costo alguno. Lan, por otro lado, mantiene un respetuoso silencio que me juego mantendrá hasta el mismo jueves…

Decididos a no quedarnos afuera de esta magnífica carrera, con mi amigo Nico evaluamos muchas posibilidades, que incluían desde cambiar el pasaje aéreo a cargo nuestro hasta ir en auto (yo no sé manejar, y por mencionar esto seguramente fue que anoche tuve una pesadilla en la que estaba atrás de un volante). La ecuación ideal era encontrar el punto medio entre el dinero extra que íbamos a tener que poner, la comodidad y los días perdidos. Finalmente optamos por comprar pasajes de micro. El tema, claro, era que no nos agarre el 10 viajando, así que no quedó otra que comprar para el martes… ¡dentro de muy poco!

Resolver este entuerto fue una mezcla de alivio con desesperación. No tengo el bolso hecho ni estoy cerca de hacerlo, además de que estoy sacrificando muchísimo tiempo de trabajo, que no puedo recuperar allá. Nos esperan 20 horas de viaje en ruta contra las dos horas de avión. Pienso en eso y me dan ganas de llorar (pero me voy a aguantar).

No perdemos la esperanza de que Lan tenga un buen gesto con sus pasajeros y abra el tema del cambio de pasajes. A nosotros nos obliga a resolverlo con la empresa a la que se los compramos, Despegar.com, quienes nos cobran más caro por el cambio que si los comprásemos de nuevo. Con Nico estamos dispuestos a perder lo que pusimos por el nuevo pasaje de micro si es que finalmente podemos volar un día antes, el miércoles, si volver el lunes, como estaba pactado. Para colmo, por política de Lan, si no estamos en el vuelo del jueves, automáticamente se cae nuestra reserva para el regreso. Como valientes que somos, no sabemos en qué medio va a ser el regreso. Lo resolveremos sobre la marcha.

Para seguir poniendo las cosas interesantes, el pronóstico del tiempo anuncia que en la Patagonia va a hacer bastante frío. Para las 9 de la mañana del sábado, justo en la mitad de la carrera, anuncian un grado bajo cero, marca que deberíamos potenciar hacia abajo en la montaña. Además el miércoles habrá lluvias, además de viento y un cielo nuboso. Ideal para los que vamos por la aventura. Habrá que llevar abrigo y olvidarse del protector solar.

Cuando parecía que todos nuestros problemas habían terminado, Nico, que va por su primera ultramaratón, decidió realizar un patético intento de llamar la atención del grupo y en el entrenamiento de ayer -¡el último antes de la carrera!-, decidió torcerse el tobillo y caer de boca al piso. Hay quienes amortizan su caída, mientras que él pareció tirarse de cabeza. Quedó con mucho dolor, sin poder pisar, y rengueaba en forma lastimosa. Todo esto a unos 100 metros de terminar con el trabajo de ese día. Ahora Nico se encuentra en su casa descansando, con el pie en alto, preguntándose si hacía falta que esta carrera se volviese más difícil, con esto del paro de transporte y el clima poco favorable. Ya era suficiente, ¿no? Esto demuestra que no importa cuán controlado tenga uno las cosas, muchas veces la vida nos depara algunas sorpresas…

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