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Semana 45: Día 314: Parado

Hace un tiempo que mi muela de porcelana se fugó y me dejó un incómodo hueco. Esto es una herencia de mi muela cariada, que con muchos años de azúcar y golosinas fui alimentando hasta que dejó una profunda marca en mí. Ese diente se agujereó, me hicieron un tratamiento de conducto, me pusieron una prótesis malísima y a los 15 años se salió. Aparentemente no suelen durar tanto, así que debería considerarme afortunado.

El tema con esta nueva muela es que hoy me calza en un momento donde estoy entrenando mucho, tanto en el gimnasio como en largos fondos. Y ya tuve una intervención donde sacaron todo lo que quedaba de raíz, que me dejó unos días sin actividad física, y ahora me pusieron un perno, que también me deja sentado en el banco.

Como siempre en estas situaciones igual fui a ver el entrenamiento de los Puma Runners, y sentí un poco de nostalgia al verlos tirarse al piso a hacer burpees, técnica de carrera y progresiones. Estaba en jean y zapatillas no aptas para correr, pero igual tenía ganas de largar todo y unirme a ellos. Es duro cuando la motivación está pero uno se tiene que guardar. Al menos esto coincide con el momento en el que empiezo a cuidarme y a bajar el ritmo de los entrenamientos. A poco más de un mes de viajar a Europa ya no queda mucho más por mejorar, es solo mantener y seguir avanzando con la estrategia de carrera.

Es curioso que un tratamiento para algo tan pequeñito como una muela tenga tanta secuela. Me cosieron y todo. El médico me dijo que tomara calmantes solo si dolía, cosa que por ahora no pasó. Sí tuve la leve sensación de tener dolor de cabeza, tan en esa zona que no pude evitar relacionarlo. Esta es la segunda intervención que me hacen, todavía falta que me saquen los puntos el martes y que me coloquen la prótesis… quién sabe cuándo. Pero ya pagué todo el tratamiento, así que espero que esto acabe pronto.

El sábado ya se levanta la veda y pienso ir a entrenar corriendo. Van a ser 22 km extra, además de lo que hagamos ese día con el resto del grupo. Me va a venir bien para calmar las ansias y recuperar el tiempo parado.

Semana 33: Día 231: Extraño correr

He pasado muchos días sin correr, o directamente sin hacer actividad física. Pero era porque no podía, seguramente por compromisos laborales, o por estar de viaje. Ahora podría hacerme el tiempo, pero tengo que dejar que cicatrice la muela. Así que solo me queda extrañar calzarme las zapatillas y atacar la calle.

Quiero hacer las cosas bien, porque un problema con la muela y adiós correr por más tiempo todavía. Escuché de jugadores de fútbol que se acalambraban todo el tiempo y descubrieron que la causa de su problema era una caries. Así que me porto bien, hago caso a lo que dice el médico y no hago actividad física. Hasta me estoy tomando la Amoxicilina. El analgésico voy a dejarlo porque de lo contrario no tengo idea de si tengo dolor o no.

Pero ahí estoy yo, caminando tranquilamente por la ciudad, fracasando en no pasar la lengua por el agujero, cuando veo un semáforo peatonal que empieza a titilar. Entonces salgo corriendo para llegar a salvo al otro lado, y en ese ínfimo instante, siento alivio. Porque pude correr, aunque sea ocho metros. Lo hago y pienso que no me duele, que no estoy empeorando nada. Por eso hoy tomé el último calmante, para corroborar si ya puedo volver a la actividad física.

Creo que en el running nos malacostumbramos a enmascarar el dolor con ibuprofeno, y así nos perdemos de información vital para poder recuperarnos. “No todo dolor es significativo”, dice Scott Jurek, y bajo ese lema quiero vivir.

Se supone que la veda de actividad física termina mañana, así que ya estoy en condiciones de volver a las andadas. Mañana les cuento cómo es sacarse esa gana de hacer algo prohibido…

Semana 33: Día 230: Sin muela

Hace un par de meses, estaba desayunando y sentí algo con punta adentro de mi boca. Inmediatamente imaginé el juicio a Kellog’s por meter un objeto extraño adentro de su avena, pero no, era mi muela de porcelana y su sistema anticuado de pegarlo adentro de la cavidad de mi diente cariado.

En la guardia lo pegaron y me advirtieron que no iba a durar mucho. Era muy cierto, creo que aguantó dos meses (como mucho) y almorzando con amigos después de correr los 21 km de San Pedro, masticando mis ñoquis de papa, se volvió a salir. Ahí quedó, suelto, a la espera de turno con el dentista.

La tecnología odontológica ha avanzado, y ahora ponen unos tornillos que, sinceramente, me dan bastante pánico. Ver el video con animación 3D no me tranquilizó. Después de pagar una FORTUNA por algo tan chiquitito, el dentista se decidió a deshacerse de todo lo que quedara de mi vieja muela. Me sacó las raíces, pero primero las partió en dos (si alguien se empieza a sentir mal con este relato, me avisa). Por suerte estaba anestesiado, pero podía oler el hueso hecho polvo que volaba por los aires. Luego siguieron tironeos, raspados, un tubito que aspira la saliva y quién sabe cuántas cosas más. Yo estaba aislado mentalmente, en mi mundo feliz, uno en el que los dentistas y los pacientes son amigos.

Y eso fue todo, me vaciaron el diente y quedó un agujero (cosa que me angustia de una manera que no sé si podría explicar). Al principio me dieron una gasa enrollada que tuve que morder por una hora. La anestesia se quedó conmigo toda la tarde, durmiéndome hasta la nariz. El dentista me dio una lista de las cosas que tengo y que no tengo que hacer, ahora que estoy agujereado. En 45 días me revisan, si el hueso se soldó, pasan a la fase 2, que es la de poner la corona y el diente, con ese sistema de tornillos que preferiría no haber conocido.

Lo que más me perturba, además de concentrarme en masticar con el otro lado, es que no puedo hacer actividad física. Ni gimnasio ni running. Por eso aproveché y ese mismo día corrí 30 km, pero por la mañana… como para estar a punto y volver el sábado. Cuando el efecto de la anestesia se iba yendo, sentía como si me hubiesen pegado una trompada con una manopla, así que entiendo lo de quedarse quietito y dejar que todo cicatrice.

Mañana por la mañana podría probar ir al gimnasio a ver qué pasa… pero tengo que esperar a Fibertel a que me arreglen internet. Reconozco que mis desgracias son bastante poco importantes. Al menos tengo 3G en el celular y otros 33 dientes en su lugar…

…ah, los humanos tienen 32 dientes, yo tengo dos más, lo que me convierte en un mutante.

Semana 11: Día 75: La muela

Soy un tipo incompleto. Las cosas ocupan un cierto espacio de mi cerebro y cuando algo nuevo entra es porque algo viejo se fue para hacer lugar. Digo esto porque me preocupo por muchos aspectos de mi salud, excepto la bucal.
Esto quizá sea una de las pocas constantes en mi vida. No soy de cepillarme, casi que lo hago solo cuando voy a salir. A veces me decido hacerlo un hábito y lavarme varias veces, todos los días, pero a la tercera ya me olvidé.
Esta mala costumbre, sumada a una pésima alimentación, hizo que me saliera una caries. Cuándo exactamente, no lo sé. Tendría unos 20 años y aunque me aseguraron que tenía que usar aparatos, maté a la idea con la indiferencia. En uno de estos chequeos, un odontólogo encontró un hueco tapado por comida. Como no me lavaba, nunca me enteré. No era demasiado grande, pero estaba y acumulaba cosas.
Me negué a hacer algo al respecto por varios meses hasta quién sabe cuándo que me hice un tratamiento de conducto. Después venía el tema de la corona y lo dejé asentar como un año hasta que la muela se partió durante un almuerzo.
El odontólogo que me atendió me llamaba Eduardo (por respeto no lo corregí) y me hizo una corona y una muela de porcelana. “No tenés los dientes muy amarillos”, observó, mientras buscaba colores en un catálogo.
Las obras sociales no cubren las prótesis dentales, y mi papá pagó 270 pesos que en esa época me sonaban a una fortuna. Me durmieron la mandíbula con anestesia y me dejaron el diente biónico en su lugar.
No aprendí a cepillarme más seguido con esta experiencia, pero nunca volví a tener caries. Fui nuevamente a otras consultas odontológicas (dos o tres) y nunca volvieron a encontrar nada.
Quince años después (ponele) estaba desayunando mi avena con pasas de uva, espirulina y leche de soja, y de pronto mordí algo duro. Tenía punta, como una tachuela. La quité de mi boca con dos dedos, intrigado. Primero vi la punta, que parecía un clavo oxidado. En ese instante imaginé la demanda a la cerealera, pero en la otra punta del clavo había algo blanco. O mejor dicho, color hueso. Mi muela. Que se quiso escapar.
Tanteé la fila de dientes con la lengua, algo irresistible. Sentí el hueco, algo que desde que se cayó mi último diente de leche que no sentía. Fui al espejo del baño a ver la boca. Estaba ese agujero negro en el que quise poder de nuevo la muela, pero no encontré cómo calzar la punta de ese clavo.
Le temo a la degradación. Mis pesadillas recurrentes son, obviamente, que se me caen los dientes. También que pierdo el pelo por mechones. Ambas cosas realmente me pasan, pero a ritmos más lentos.
Como no soy de ver muchos odontólogos, no sabía qué hacer. Mi fantasía era que pedía turno y me lo daban para febrero. Y que me iban a matar con los honorarios. Pero no me dejé estar y averigüé. Resulta que existen guardias odontológicas, que hay una a 8 cuadras de mi departamento y que como está de camino al gimnasio pasé por la puerta no menos de doscientas veces.
Por un bono de 7 pesos y después de esperar cinco minutos, me volvieron a pegar la muela. El pronóstico no fue alentador. Es poco probable que me vuelva a durar quince años. No voy a zafar de hacerme un nuevo tratamiento, porque aunque sacaron la caries en aquel entonces, se siguió filtrando, algo que no sé qué significa ni quiero saberlo.
Cuando me pusieron la prótesis a fines de los 90s, me sentí raro. Como que ya no era un humano, sino que tenía algo artificial. Aunque representase un 0.02% de mi cuerpo. Ahora, bien de antiayuda, estoy con la incertidumbre de cuándo ese diente de mentira se volverá a caer. Porque ya no es una cuestión de si pasa o no… ¡sino de cuándo!
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