Archivo de la categoría: motivación

Semana 38: Día 260: Al mal tiempo… correr

Debería hacer un seguimiento al post catártico que escribí ayer. Sé que preocupó a más de uno, que me escribió y agradezco muchísimo el apoyo. No resolví absolutamente nada en las últimas 24 horas, pero sin dudas me ayudó escribirlo.

Lo que sí me doy cuenta es de que cualquier pensamiento negativo o sensación de vacío se resuelve corriendo. Incluso en las condiciones más adversas.

Hoy me levanté a las 5 de la mañana, algo que la mayoría odiaría. Afuera hacía frío, el pronóstico indicaba una mínima de 1 grado que sospecho no habíamos alcanzado. Me vestí, desayuné, preparé las cosas en la mochila, y ni a palos tenía lo que suelo tener para fondos largos. No había pinole ni fainá, solo agua, pasas de uva y ganas. A las 6:15, después de ir al baño varias veces (para reducir las ganas de buscar un arbolito por la calle), salí, puse el GPS y arranqué.

Como siempre, me abrigué por demás. Guardé los pañuelos que tenía en el cuello y la cabeza, pero me dejé los guantes puestos, por las dudas. Como cualquier madrugada de estos meses fríos, era una noche cerrada. El pie no me dolía, así que apreté. Corrí entre la gente que volvía a dormir y los que encaraban un compromiso temprano. En el kilómetro 8, mi primera posta, tomé agua del bebedero. El metatarso todavía no dolía, lo cual me pareció una buena señal. Seguí hasta la cancha de River, sin saber si encaraba Libertador o si cruzaba el puente para salir al otro lado. En el momento decidí ir al puente.

Pasaban los kilómetros y el pie no dolía. Pasé por debajo de la General Paz, el Carrefour de provincia y llegué a la costanera de Vicente López. Le saqué una foto al amanecer, un cielo que se iba iluminando de a poco. A medida que se iluminaba el día, la temperatura se desplomaba. Me tuve que poner el pañuelo para proteger las orejas. Con cada exhalación salía un vapor cada vez más blanco.

Por el kilómetro 15 me empezó a doler el metatarso. No en cada pisada, pero una irregularidad, o apoyar en una superficie blanda, me hacía ver las estrellas. La meta era en la Shell, donde tenía una reunión con Nico y Germán, nuestro entrenador. Era a las 8, y para no llegar tarde, en lugar de desviarme por el costado del Tren de la Costa, corté camino por Libertador. Debe ser una cuestión mental, porque a menos de diez cuadras, casi llegando, el dolor era terrible. Difícil creer que sea una casualidad. Pero aguanté, no bajé el ritmo, y llegué, pasado apenas un par de minutos.

La reunión, en la que hablamos del desarrollo de un sitio web, transcurrió en un lugar donde tenían calefacción… afortunadamente. Frenar me enfrió. No me cambié, y la térmica mojada empezó a bajarme mi propia temperatura interna. Me abrigué, y para las 9 estábamos en la base donde nos juntamos a entrenar con los Puma Runners. Pero el frío que tenía en ese momento era terrible. Llevaba 21,5 kilómetros corridos en 1 hora con 45 minutos.

Después llegó el ansiado entrenamiento con los chicos, con pasadas, muchísimas abdominales, muchísimos burpees, y fondo de regreso, por lo que terminé corriendo 34,4 km en toda la mañana. Mi humor era inmejorable. No me sentía cansado, ni tampoco que mi vida estaba fuera de eje. Opté por no pensar en trabajo por el resto del día, y lo cumplí. Ahora estoy en casa, con sueño y a punto de irme a dormir. Me ayuda planificar mi próximo fondo (mañana, domingo, unos 20 km) y planificar el megaentrenamiento del sábado que viene. Quizá corra una distancia superior a 100 km, en un mismo día. Y lo pongo en condicional, porque me cuesta pensar en hacer 150 km de corrido. ¿Cómo será? ¿A qué hora tendría que arrancar? ¿Cómo sería la estrategia? Digo que me cuesta porque no lo tengo definido, pero no me asusta, en absoluto. Al contrario, definirlo me va a ayudar a pasar esta semana. Tengo un nuevo objetivo. Corrí mucho y voy a correr mucho más. ¿Qué otra cosa podría pedir?

Semana 37: Día 259: Crisis

Esta historia la conté varias veces, pero todavía la estoy escribiendo, y ahora se viene un capítulo grosso. En julio de 2010 alcancé un punto de quiebre, y decidí que mi vida diera un vuelco. Estaba cansado de estar disconforme con mi cuerpo, y sospechaba que entrenar con compromiso, diariamente, siendo estricto con las comidas, iba a provocar un cambio profundo en mí. Se me ocurrió hacerlo durante un año, porque era una meta lejana pero a la vez alcanzable. El punto de partida fue el 1º de agosto, y desde entonces no he parado. He seguido progresando, exigiéndome cada vez más, y estoy a punto de participar en la carrera más importante de mi vida.

Pero de nuevo me siento en un punto de quiebre. Al igual que hace cuatro años, casi exactamente si no fuera por un mes de diferencia, siento que mi vida necesita dar un vuelco. La diferencia es que ahora no sé cómo. Faltan 103 días para la Spartathlon, y ya sé que llegue o no llegue va a ser una de las experiencias más trascendentes de mi vida. Eso no está en juego. Con lo que entré en crisis es con todo lo demás. Mi trabajo, mi vida. Desde la ropa hasta el orden del departamento. Mis relaciones con las personas (con las mujeres, en particular). Tengo toda la motivación puesta en entrenar, y nada en el resto.

Este blog, que alimenté constantemente todos estos años, a veces se me hace duro. Es un compromiso al que no me gusta faltar, pero cada vez me siento más forzado a cumplir. Hay días en que no tengo nada en la cabeza para escribir. Quizás era esquivarle a este post, a intentar procesar qué me pasa internamente. Por suerte Matías, mi jefe y uno de mis mejores amigos, no lee este blog, porque se enteraría de lo mucho que me cuesta trabajar. Tengo tiempo, pero termino levantándome a las 4 de la mañana para adelantar cosas que tendría que haber resuelto el día anterior. O dedicándole fines de semana.

Las fuerzas están en entrenar. Estoy yendo una hora y media al gimnasio, esta semana cuatro veces. Me voy a dormir pensando en eso y el despertador me levanta de un salto para desayunar y salir. No tengo música porque se me rompieron los auriculares, y eso, extrañamente, me hace estar más metido en el entrenamiento. En mi cabeza cuento las repeticiones, pienso qué sigue en la serie, y todo ese rato, desde que salgo de casa, me ejercito, me como el sándwich de tofu, me ducho y vuelvo, es lo mejor del día. Durará dos horas y media.

Cuando entreno fondos largos, de cinco horas, a los que le tengo que sumar la preparación previa y la elongación posterior, también son movilizadoras para mí. Pero a diferencia de otros años, al día siguiente quiero más. No quiero que se termine. ¿Me habré vuelto adicto a las endorfinas? Mi entrenador dice que es normal, tan cerca de la carrera y haciendo un volumen tan alto. No es vigorexia, porque estoy conforme con mi cuerpo. Sí, podría mejorarlo muchísimo, pero he estado tan mal que todo lo que logré me alcanza. Firmaría para quedar así por el resto de mi vida. Sin embargo… hay algo que me está faltando.

Murakami hablaba de la tristeza del corredor, cómo lo afectó después de terminar una ultramaratón de más de 100 kilómetros. No pudo correr durante meses, y le costó mucho volver. No pudo precisar exactamente qué era, más allá de un vacío difícil de llenar. Me siento parecido, pero no al punto de no querer hacer deporte. En mi caso es al revés… quiero hacer más. Como contaba, me paso hora y media en el gimnasio, así empieza mi día. Y llegan las 7 de la tarde y estoy en mi casa pensando en si podría volver o no. Como si tuviese mucha energía que necesito quemar. Nunca hice musculación dos veces el mismo día, más allá de cuando voy al gimnasio temprano y a la noche entreno con los Puma Runners.

Sospecho que esta crisis va a derivar en algo. ¿En qué? Me encantaría saberlo. No puedo entrenar más, no creo que el cuerpo lo soportase. Es más mental. ¿Me convierto en un obsesivo compulsivo y empiezo a ordenar la casa? ¿Descubro un deporte mejor que el running? ¿Renuncio a mi trabajo y me voy a recorrer el mundo como Kwan Chang Kein (niños, googleen)? ¿Será solo una necesidad de desarrollar una tolerancia a la ansiedad? No lo sé. Por ahora, lo único que se me ocurre, es ejercitar. Mañana voy a ir corriendo al entrenamiento, lo que me va a dar unos 20 km extra a lo que sea que nos toque.

Lo que me preocupa es que mis esfuerzos están concentrados en el Spartathlon. Sé que voy a llegar, ni siquiera lo dudo, por más que planifico dividir la carrera en etapas y sacarme la presión de si tengo que abandonar. El problema es qué va a pasar después. Tener ese objetivo es como jugar un mundial. ¿Y luego? ¿Quiero averiguar lo que sigue? Como verán, tengo más dudas que certezas…

Semana 37: Día 255: Correr me hace feliz

No sé si alguna vez puse el “running” y la felicidad en la misma frase. Pero no tengo dudas de que correr me hace muy feliz. El que entrene podrá entender un poco este concepto, el que no posiblemente crea que no solo son dos cosas que no se relacionan, sino que además están en veredas opuestas.

De chicos, en el colegio, nos enseñan que correr es un castigo. Si no hacemos caso en la clase de Educación Física nos mandan a dar 10 vueltas. Ya nos programan que hacer deporte es un tedio (excepto para el grupo de cinco atletas innatos con los que el profesor tiene un trato especial, que solo sirve para frustrar a todo el resto). Así lo entendía yo y lo sostuve por años.

Quizá la genética sí haya jugado un papel importante en que esto cambiara para mí. Mi papá y su hermano corrían en su juventud, cuando tener un par de Adidas era símbolo de buena clase social o de tener la suerte de que alguien te las trajera del extranjero. Entrenar más de una vez por semana era para atletas campeones, y las ultramaratones eran absolutamente impensadas. Pero quizá había algo en los genes Casanova que hizo que cuando realmente quise empezar a correr (no todos esos años en los que me obligaban) me diera cuenta de que era algo bastante natural.

Me tomó varios años superar muchas barreras mentales (que yo creía físicas) y encontrar la felicidad que encuentro hoy. Quizá le tendría que sumar esos 12 años de análisis, en los que me reconcilié (un poco) conmigo mismo y aprendí a valorar las cosas que me hacían bien, sin culpas. No recuerdo qué día dije “esto es lo mío”, como tampoco recuerdo cuándo decidí que me gustaba el cine ni la manzana verde. Un día, de pronto, correr me hacía bien. Empecé a darme cuenta de que podía salir a trotar si estaba bajoneado, enojado, frustrado, ansioso, estresado. Nunca, pero nunca, me arrepentí de salir a la calle y hacer un poco de actividad física.

Cuando Germán me dijo que lo que seguía en nuestro entrenamiento era correr 50 km viernes, sábado y domingo, encontré un desafío, algo que me intriga mucho, pero no sabía si lo iba a disfrutar. Me estoy acostumbrando a las plantillas nuevas y al realce en el talón derecho, lo que me hace doler bastante el metatarso izquierdo. Disfruto mucho del running, pero no del dolor. Lamentablemente, en las ultramaratones casi que van de la mano.

Así que hice todos mis rituales previos a hacer una distancia tan larga y lo hice. Como comenté en sus respectivos posts, sufrí, tuve segundos de duda, y logré superar cada obstáculo. A mí me cuesta, en este momento, sentado y en patas, pensar en cómo hice para pasar esas 5 horas que me tomó cada fondo. Si fuerzo un poco la memoria me encuentro en ese instante, en la noche, con una Buenos Aires que se iba despertando de a poco, buscando superar distintas etapas que me ponía en la cabeza. Primero era llegar al bebedero en el kilómetro 8. Después doblar en el Carrefour hasta la costanera de Vicente López, donde había más bebederos y baños químicos. Lo que seguía era llegar hasta las vías del Tren de la Costa, y por último el kilómetro 25, donde pegaba la vuelta y hacía el camino inverso. Esto no tenía que ver con las pausas que me imponía para hidratarme y comer, que yo consideraría algo más “funcional”. Estas pequeñas metas me daban aliento y un poco de paz mental. Cada objetivo superado me ponía un poco más cerca de llegar.

Y mientras avanzaba iba acomodando los patitos en mi cabeza, pensando en Grecia, en mi vida, en las cosas que quiero lograr a corto y a largo plazo. Y era un momento muy personal y profundo, tanto que en un momento terminé sacándome los audífonos porque la música (y las publicidades) me impedían pensar con claridad. Lo mejor fue cuando directamente se me rompieron en el tercer fondo y solo me quedó el ruido del viento, interrumpido por algún auto ocasional.

Releo lo que describo y pareciera que correr un fondo así es una experiencia melancólica, pero si bien no me voy matando de la risa con cada zancada, lo disfruto enormemente. Tomar consciencia de lo que se está haciendo, de lo que se avanzó, es maravilloso. Y no es una experiencia solitaria, como parece a simple vista. El domingo me encontré con una multitud de corredores, algo que me pasó otras veces. Y creo que es una metáfora (un poco forzada) de la vida. Porque uno nunca termina de saber qué va a surgir. Así como a Tom Hanks la marea le trajo una vela en “Náufrago”, a mí me trajo un mar de atletas que me impulsaron a seguir, a olvidar mi cansancio y mis dolores, y encontrar fuerzas que no pensaba que tenía. En ese constante rozar los límites para dar más de lo que uno se imaginaba y salir victorioso… ¿cómo no encontrar la felicidad?

Si correr fuese un sufrimiento para mí, no podría padecer 5 horas. Soy una persona ansiosa, a veces no soporto hacer la cola en el supermercado. En el colegio, cuando me obligaban a correr 20 vueltas a la manzana, nunca me hubiese imaginado que de grande iba a entrenar horas y horas, y que lo iba a disfrutar tanto. Pero es real, y será por eso que después de sumar 150 km en tres días seguidos, todavía quiero más.

Semana 36: Día 249: Nunca te des por vencido…

Hoy tengo muy poco tiempo para actualizar el blog… al trabajo se le sumó ir a ver a mi hermano al hospital, internado por un sobreentrenamiento… es curioso que mi propio hermano esté recuperándose por ser terco y darle muy duro a ejercicios de musculación (después de mucho tiempo de no hacerlo). Me cuesta un poco asimilarlo porque en sus mismas condiciones yo hubiese hecho exactamente lo mismo, de hecho jamás me hubiese imaginado que un agotamiento muscular general aumentaría tanto una enzima que podría complicar los riñones…

Sin embargo, me gustaría que no se rindiera, que se recuperara hasta quedar en el punto donde intentó volver a hacer actividad física. Y desde ahí, con su nueva experiencia, aprendiera qué tiene que hacer y cómo hacerlo. O sea, levantarse y no darse por vencido.

A él le dedico este video, que es un ejemplo de perseverar, aún cuando las condiciones parecieran ser las peores.

Semana 35: Día 245: El DNF

A medida que pasan las semanas, me interiorizo más con la Espartatlón. He leído una decena de reseñas de corredores que la corrieron (algunos los compartí en este blog), y tanto en los que llegaron a la meta como los que tuvieron que abandonar, se puede leer en sus relatos el pavor que provocan tres letras: DNF.

Estas siglas sirven para identificar a los atletas que quedan afuera de una carrera, ya sea por voluntad propia o de la organización. Viene del inglés, “Did not finish” (no terminó), y hay quienes lo conjugan como un verbo (algo bastante complicado de replicar en el castellano, pero lo intentaré por ustedes: “tuve que dnfnear”. Sí, suena espantoso).

En la Espartatlón hay unos micros, llamados “death bus” (el autobús de la muerte) que va juntando a los atletas que quedaron afuera de la competencia. Dicen que la vista adentro del vehículo es dantesca: seres humanos muertos en vida, algunos vomitados, otros sin fuerzas para mantenerse despiertos. Están muy golpeados físicamente, pero peor anímicamente. El micro los lleva hasta Esparta, pero no puede hacerlo hasta que no esté completo, así que hay terroríficas leyendas de corredores DNF que golpean y secuestran a otros corredores para subirlos al autobús de la muerte cubrir el cupo y poder irse al hotel (bueno, lo acabo de inventar, pero podría pasar).

Abandonar es muy duro, en especial cuando uno estuvo meses preparándose y realizó tantos gastos para estar ahí. En un gran porcentaje los vence el miedo, pero hay otros que se deshidratan y se desvanecen. Es una carrera muy dura en la que la experiencia a veces juega a favor, y otras en contra. He leído casos de espartatletas que, después de terminar tres ediciones seguidas, se encuentran obligados a abandonar en su cuarto año consecutivo y les cuesta mucho poder explicar por qué.

Hoy faltan 118 días para la Espartaltón. Mis últimas ultramaratones y fondos me sirven de parámetro como para decir “Ok, yo puedo correr 20 horas como mínimo”. Más allá es todavía un misterio para mí, pero lo que me permite enfrentarme a lo desconocido, al agotamiento extremo, es una buena cabeza. Y para tenerla hace falta estar seguro de uno mismo y de haber planificado una buena estrategia. Porque alimentarse como corresponde y no quemarse impactan físicamente, pero no cometer errores también mantiene la moral lo más intacta posible. Repasar los errores y contrastarlo con lo que todavía falta para la meta puede ser un cóctel explosivo, que grabe en nuestra frente las letras DNF.

Yo intento tomármelo con calma. Me cuesta imaginarme la agonía de estar ahí, y ayer mi mamá me dijo, convencidísima de que era una buena idea, que ella tenía mucho miedo de lo que estaba haciendo. “Me dijeron que te lo tenía que decir”, se justificó. Le pedí que le dijera a esa persona que estaba muy equivocada. Esas son cosas que las quiero saber el día después de que cruce la meta, no cuatro meses antes. Pero no importa, intento mantener una actitud positiva, pongo toda mi confianza en Germán, mi entrenador, y hago lo que siempre hice: pensar en los peores escenarios. ¿Qué pasaría si termino siendo un DNF? No va a ser el fin del mundo, pero va a ser duro. Convertiré esa mala experiencia en la motivación para volver a intetnarlo al año siguiente.

Creo que lo que más me costaría es pensar en justificarme ante la gente que me va a acompañar, tanto personalmente en Grecia como desde este blog y las redes sociales. Quiero ser una inspiración de que todo es posible si uno tiene determinación y un buen plan. No sería la primera vez que no termino. Me pasó en mi único intento de La Misión, y también en 2012, cuando quise preclasificar para la Espartatlón y terminé vomitando al costado del camino. No me morí aquellas veces y hoy son recuerdos que quedaron opacados por todo lo bueno que vino después.

Hay algo en lo que sí puedo confiar, y es en que siempre será mejor un “no terminó” que un “no empezó”. Estar en la línea de largada es siempre un mérito inmenso, y espero que esa enseñanza quede, termine o no esta carrera.

Semana 35: Día 243: El hombre que corrió todos los días… durante 45 años

El martes estuve todo el día sentado, trabajando. Prácticamente no salí, pensando en adelantar todo lo posible. Fue una de mis jornadas más sedentarias de la semana, que por suerte compensé hoy con gimnasio, y en unos minutos un fondo de 21 kilómetros.

Pero mientras yo me la pasaba haciendo nada (a nivel físico), en Los Ángeles un ignoto corredor, Jon Sutherland, rompió el récord norteamericano de días consecutivos corriendo. Ese fondito de 5 kilómetros marcó los 45 años y dos días seguidos en que entrenó, en los que sumó 307 mil kilómetros (unas ocho vueltas alrededor del mundo).

Hoy con 63 años, este aficionado al running realizó un promedio de 18 km diarios, algo realmente destacable. Y lo hizo a pesar de tener una vida muy pintoresca y varias lesiones serias. Sutherland es un periodista que durante 20 años se especializó en música, además de ser productor discográfico. Pero entendió, como todos los que corremos, que entrenar requiere sacrificios. Iba a los conciertos de heavy metal y hacía de todo menos irse a las fiestas, porque le gustaba levantarse y salir a correr. Tiene una colección de más de 3 mil CDs, pero a pesar de su vocación, no lleva música en sus fondos. Prefiere pensar.

Sufrió 10 fracturas en esos 45 años, así como dos cirugías de tobillo. En sus intervenciones corría por la mañana, y lo hacía el día después de la operación. Su peor lesión fue en febrero de 1988, en la cadera, cuando en una media maratón patinó en el hielo, cayó, y un tendón cortó parte del hueso. No hizo falta una intervención quirúrgica, y no quiso cortar la racha por lo que siguió entrenando todos los días. Esto, lejos de ser recomendable, hizo que se lesionara dos veces en un lapso de los nueve meses que le tomó recuperarse. Hacía distancias cortas, que eran tan dolorosas psicológicamente como lo que sentía en su cadera. Rengueaba y después se odiaba a sí mismo.

Comenzó con su tradición el 26 de mayo de 1969, unos meses antes de que el hombre llegara a la luna. Mark Covert, un compañero de atletismo de Los Ángeles Valley College, le dijo que había corrido cada día durante el año anterior. Sutherland decidió imitarlo, a pesar de que no consideraba que tuviera el físico para ser un corredor. Se sentía pesado, pero trabajó duro, y esa promesa de un año se multiplicó por 45 (y sigue en curso). De las 615 carreras en las que participó, la mayoría competiciones locales, ganó 325. Documentó cada una de sus carreras, sea competencia o entrenamiento, en lo que a la fecha suma 46 carpetas.

En sus cuadernos puede repasar qué hacía en cada día de los últimos 45 años. El 9 de febrero de 1971 estaba en la habitación del campus universitario cuando lo sorprendió un movimiento tectónico de escala 6.6. “Me despertó un terremoto a las 5:55 AM. Situación caótica. El cuarto es un desastre… corrí 6,5 km en el pasto del campus”. El 11 de septiembre de 2001 registró: “Me desperté y las Torres Gemelas estaban en llamas. Resultó ser el peor día en la historia norteamericana. Es una tragedia impensada… Corrí 8 km”. Sin dudas, su entrada más difícil es la que escribió el 19 de octubre de 2010, cuando Conor Lynch, uno de los corredores de Crosscountry que Sutherland entrebana en la Universidad de Notre Dame, fue atropellado por un conductor que se dio a la fuga, cerca de la institución educativa. “Teníamos que contarle a los chicos, cosa que hice, y perdí la compostura. Fue el día más triste de mi vida”, escribió.

A pesar de todo, el running fue la constante a la que se pudo aferrar. Con su perro Puck hace la mayoría de sus fondos, generalmente en contacto con la naturaleza. “Mientras esté saludable, seguiré haciéndolo”, reconoció. “Soy adicto a correr. Es todo lo que hago”.

El récord anterior lo tenía Covert, aquel compañero que lo inspiró en su juventud. Él se retiró hace exactamente un año y un día por un problema en el pie que lo obligó a subirse a una bicicleta para seguir activo. Sutherland sigue siendo un amigo muy cercano, y considera que Mark fue alguien esencial para que siga motivado y sin abandonar su rutina diaria. En la entrevista del Washington Post que inspiró esta entrada del blog, el periodista le hace la pregunta que todos tenemos en mente. “¿Cuándo va a cortar con la recha?”. Sutherland citó al vocalista de Metallica, James Hetfield, a quien le preguntaron algo similar. “No veo ningún maldito cartel de alto”.

Semana 34: Día 233: ¿Qué es más difícil, empezar o continuar?

Hoy se armó un interesante debate cuando Germán, nuestro coach, compartió una frase con los Puma Runners: “Ver un nuevo día es saber que tenemos una oportunidad de volver a empezar”. La frase es interesante, sobre todo porque uno crea sus propias oportunidades, o sea que nunca es tarde para buscar un cambio.
Pero… ¿y si el proceso de cambio ya había empezado en nuestra vida? Alguien aportó: “¡Volver a empezar o elegir continuar con lo ya comenzado!”. Yo estaba de acuerdo con esto. Después de todo, continuar con algo recientemente incorporado es también una decisión. Pero después agregaron: “Creo que elegir continuar es un poco menos importante que empezar pero muy importante de todas maneras”. No me considero una eminencia en sostener las elecciones, pero me pareció importante hacer una salvedad: “Tomar la decisión de empezar es difícil, pero es la mitad del camino.Sostenerlo y no desviarte… eso es algo para no subestimar”.
Una elección de cambio es importante porque nos estamos valorando tanto como para hacer borrón y cuenta nueva. En mi caso fue despedirme de la comida chatarra, incorporar frutas y verduras a la dieta, hábitos más saludables… pero esa decisión hubiese tenido poco impacto si a los dos meses hubiese vuelto a mi vida anterior.
¿Es más difícil sostener el compromiso tomado que decidir tomarlo? ¿O es parte del mismo proceso? Porque para terminar una carrera tenés que llegar a la meta, pero también tenés que haber salido desde la largada. Dar el primer paso es muy importante, como también lo es dar el segundo, el tercero, el cuarto, y así… aunque el camino sea largo, hasta los pasos tienen un comienzo y un fin. Todos los días se elige volver a tomar el compromiso de avanzar.

Semana 34: Día 232: Excusas para no correr

Frío. Lluvia. Cansancio. Algo bueno en la tele. Muchas veces enumeré excusas para no entrenar, en tono de burla. Pero motivos para no hacer nada sobran, lo que parece escasear es el empuje para ponerse en movimiento.

Yo fui un experto en excusas. La principal, difícil de retrucar, fue siempre la falta de dinero. Pasé muchos meses sin ir al grupo de running porque no podía pagarlo. Y realmente era una excusa porque podría haber salido solo, por mi casa, con el único fin de mantenerme activo.

Hoy veo tantos motivos para no correr… y me siento muy extraterrestre cuando los leo, una sensación difícil de explicar (la experimento también cuando paso por un kiosco o un supermercado y veo que venden 99% basura). A poca gente parece gustarle la lluvia, pero a menos que tengamos neumonía (o seamos un Gremlin) no nos va a pasar nada si salimos. ¡Cuando el cuerpo entra en calor hasta es agradable! En mis tiempos de excusas, unas gotitas era todo lo que necesitaba para quedarme en casa. A veces era una lluvia pasajera, y me quedaba mirando por la ventana, rogando que se largue más fuerte para sentirme justificado.

Otra excusa es tirarse abajo. “Yo no corro ni al colectivo”, o “No corro ni tres cuadras”. Podría decir que todos pasamos por eso. Yo odiaba correr. Educación Física era una tortura para mí. He dejado pasar incontables colectivos. También me he considerado incapaz, aferrándome a un límite cuando lo alcanzaba, convencido de que nunca iba a poder superarlo.

Encuentro un poco más justificado estar enfermo o lesionado. Pero con los años encontré que incluso en estas situaciones podía correr. “No todo dolor es significativo”, dice Scott Jurek, y se convirtió en mi lema ahora que me volví un ultramaratonista. Los fondos largos vienen acompañados de mucho esfuerzo, y hay que convivir con cierto sufrimiento físico. Obviamente que hay un límite para todo, pero he encontrado que entrenar en muchos casos me ayudó a recuperarme. Ahora entiendo que no todos los dolores requieren que me quede quieto.

Los límites están en la cabeza, y somos nosotros los que decidimos entrenar o no, y acompañamos esa decisión con la excusa que mejor nos calce. He corrido con los pies llenos de dolorosas ampollas, y me acostumbré. También bajo una lluvia torrencial, y no pasé frío. Corrí con sueño, cansancio, habiendo donado sangre esa mañana, con zapatillas rotas, a toda hora del día (mi favorita es antes de que amanezca). Y creo que todo eso, lejos de arruinarme, me fortaleció mental y físicamente. Y esa es la excusa para entrenar que contrarresta a cualquiera para quedarse en casa.

Semana 33: Día 228: La mala suerte no existe (tampoco la buena)

Hoy es martes 13. Se supone que es un día de mala suerte, y quizás el origen venga del dicho de “en día martes no te cases ni te embarques” (viene de la época en la que la gente embarcaba en barcos, no es aeropuertos). Casualmente hoy tuve lo que podríamos considerar mala suerte: me cambié de obra social y me enteré de que todavía tengo en débito automático las cuotas de ambas. También me enteré de que falleció una queridísima amiga que me crió y alimentó por años, viviendo la infame época en que decidí dejar de comer carne. O sea, tuve un día bastante de mierda, porque sigo siendo pobre y ahora estoy lleno de remordimientos por una persona a la que no veía desde hacía una década y por quien nunca cumplí mi auto promesa de ir a visitarla.

Pero no creo en la mala suerte. Tampoco en la buena. O sea, no siento que haya cosas predestinadas. Tampoco creo en el karma, aunque me encantaría que existiese. Creo que en el universo pasan millones de cosas e inevitablemente algunas se superponen. A esas coincidencias algunos le llaman suerte.

Yo podría elegir ponerme mal por este maldito martes 13, y la verdad es que es difícil no encararlo de otro modo (una importante pérdida emocional y una reemplazable pérdida material). No creo que la suerte exista, es casualidad que Ceferina haya fallecido justo hoy. Tenía problemas de salud, y le llegó su hora. No es mala suerte que no la haya visto en los últimos años, es puro egoísmo mío. Tampoco puedo acusar a la mala fortuna de estar pagando dos obras sociales, cuando me cambié porque la anterior no la podía seguir afrontando. Puse la responsabilidad en un tercero para hacer la baja, en lugar de encargarme yo (veo una constantes en mí, la de no hacerme cargo).

En el pasado escribí sobre esto, y decía que en una carrera o entrenamiento no se le pueden achacar los resultados a la buena o mala suerte. Uno es lo que hizo y lo que hace, es imposible que en un evento deportivo haya cosas libradas al azar. ¿Hace frío? Hay que abrigarse. ¿Llueve? Depende de si tengamos calor o no, habrá que ajustar la vestimenta. ¿Nos lesionamos en medio de la competencia? Algo malo habremos hecho, como forzarnos de más o estar distraídos.

En lo que sí creo es en las oportunidades. En saber verlas y no dejarlas escapar. Si dos amigos van caminando por la calle y encuentran 100 pesos, no los va a levantar el que tenga más suerte, sino el que haya estado más atento. Los contratiempos tampoco son mala suerte, simplemente son cosas que pasan y que uno debe resolver. Es parte de hacerse cargo. Si uno enfrenta un problema y lo resuelve, cualquier victoria va a resultar más sabrosa.

Ni Dios, ni el destino, ni el karma decide si nos van a pasar cosas buenas o malas. Sería mucho más fácil que la responsabilidad estuviese afuera de nosotros, pero no es así. Hay oportunidades, y nos tenemos que hacer cargo de si las dejamos pasar o no.

Semana 33: Día 227: Ser feliz durante 100 días

Cuando escribís un blog que directamente cuenta los días, pueden surgir cosas interesantes. Por ejemplo, objetivos en X cantidad de tiempo, los cuales uno puede seguir de cerca, o metas al alcance del calendario.

Hoy tuve la suerte de cruzarme con uno que parecía hecho para este proyecto que he dado en llamar Semana 52. Con el hashtag #100HappyDays, esta movida que se inició en 2013 consta de tomar fotografías de las cosas que te hacen feliz, y sostenerlo durante cien días. Es poco más de tres meses, y no lo veo como un concurso de fotografía, sino como un modo de encontrar diariamente esas cosas que nos hacen bien y que quizá damos por sentado.

Enumerar durante todo este tiempo y guardar un registro no pareciera tan difícil. Los que abandonaron (más del 70% en la primera vez que se hizo), alegaron falta de tiempo. ¿Será que el reloj dicta si somos o no felices? ¿O no tenemos tiempo de verlo porque vivimos con los minutos contados?

Ya que me hice una cuenta de Instagram casi exclusivamente para sacarle fotos a mis jugos y comidas, decidí darle un nuevo uso y empecé hoy con mi primer registro de cosas que me hacen feliz. Estoy muy atrasado con trabajo, realmente mal, y me tomé unos minutos para amasar pan integral. Es algo que me hace feliz, no solo por la pausa en la vorágine laboral, sino porque me reconforta demostrarme que puedo cocinar, ensuciándome las manos y sin estar leyendo las instrucciones de un paquete.

Si les interesa, estoy empezando en mi cuenta de Instagram y lo replico en Twitter con el hashtag 100HappyDays. No sé hasta dónde llegaré, pero me va a ayudar a que pasen los días hasta mi viaje a Atenas, y me va a ayudar no solo a reconocer lo que me hace feliz, sino a no olvidarme de hacer algo que me gusta una vez al día.

A %d blogueros les gusta esto: