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Semana 42: Día 288: Un fondo de 70 km

Dormí pésimo. Me acosté unos minutos antes de las 22 y la alarma estaba puesta a las 3 de la mañana. Pero daba vueltas en la cama, preguntándome si me había quedado dormido, si había escuchado el reloj… tenía tos, dolor de garganta. En un momento no aguanté más, me levanté y miré a ver qué hora era: 2:59. Arriba.

Desayuné, me vestí, guardé las cosas en la mochila (fainá, pinole, algo de abrigo para después) y salí. Faltaban 10 minutos para las 4 de la mañana. Creo que nunca salí tan temprano. Los boliches todavía estaban a pleno, pocos autos en la calle y un clima ventoso. Harían unos 12 grados. No quería arriesgar nada, así que tenía puesta una remera térmica, un rompeviento y un pañuelo en el cuello.

Desde que me hice plantillas nuevas y le puse un realce al talón del pie derecho, vengo lidiando con un dolor en el metatarso izquierdo que no termina de irse. Como ya se lo saqué, esa molestia va cediendo, pero igual sigue ahí. Mi consuelo es que antes no podía hacer 7 km sin que aparezca, y estaba todo el fondo aguantando, intentando acostumbrarme. Puro huevo.

Seguí mi plan de ir hasta Tigre. Pasé por mis puntos intermedios, donde tomo agua en bebederos (kilómetro 8 y 15), además de ir tomando mi pinole. Cuando sentí algo de hambre, comí un poco de fainá, como hice al pie de una canilla (un bebedero no oficial) en el kilómetro 25. Como salí tan temprano, nunca amanecía. La vez pasada que corrí 70 km y llegué al monumento a los remeros el sol estaba saliendo. Ahora seguía la noche cerrada y todavía no estaba en la mitad.

Decidí seguir por la costa hasta donde se pudiese correr, llegar a la mitad de mi fondo y pegar la vuelta. No sé si fue una buena idea porque me metí por zonas muy oscuras en las que no se veía un alma. En todo mi trayecto hay mucha iluminación y algo de tráfico, como para no sentirse tan desamparado. Pero en ese momento, como buen porteño, me dio un poco de miedo estar en ese barrio bonaerense. Pueden ver mi recorrido en este link.

Emprendí la vuelta cuando llegué a los 35 km, justo después de tomar un poco de agua de mi botella. Me alegró regresar a zonas más iluminadas. Mis zapatillas V2 TR no son muy buenas en ciertas veredas húmedas. Si hay canto rodado o alguna superficie un poco patinosa, me siento a punto de caerme. Es algo que con las Nightfox no me pasaba, y tiene que ver con que esta suela es más dura. En asfalto voy fantástico, pero correr patinando es horrible. Fui tensionado, apretando los pies para no caerme.

Como siempre, cada 10 km tomaba pinole. No pude evitar sacar algunas fotos al amanecer en el Tigre. Los paisajes son un espectáculo que disfruto mucho, algo indivisible de los fondos largos. Llegué donde hacen base los Puma Runners, unos minutos antes de las 9 de la mañana, con 50 km encima. Era fantástico, porque solo me quedaban cuatro vueltas al Hipódromo para cerrar. Hice la primera solo mientras el resto iba llegando. Se me hizo especialmente larga, no sé por qué, pero al menos pude dejar la mochila y correr sin peso extra.

Para mi segunda vuelta el resto del grupo ya estaba entrenando progresiones y burpees, así que tampoco pude engancharlos para que me acompañen. Salí nuevamente solo. Acá pasó algo extraño, el reloj se detuvo (quizá lo había parado yo sin querer), así que me comió más de 1 km. Decidí forzarme a seguir hasta que marcara 70 km. Eso que midió de menos se lo sumaría cuando bajara la información a internet.

Ya en la tercera tuve escolta, y venía fantástico. Comparado con mi fondo anterior , donde el dolor estaba presente constantemente, me sentí espectacularmente bien. Pero claro, llegó la última vuelta. Ahí la compañía era mucho más numerosa. Todo el tiempo había sentido una ligera molestia en el metatarso, y en algún punto me pareció que el pie se agarrotaba y que estaba a punto de acalambrarme. Lo cotrarresté corriendo relajado, no intentando forzar nada. Y funcionó. Pero cuando iba 66 km el dolor pasó de una intensidad de 3 a 8. Apreté los dientes y seguí. Los chicos me hablaban y yo no respondía. Estaba muy concentrado. Me preguntaron si me dolía y asentí. La tensión que sentí en ese momento, el estrés, fue bastante importante. Me llevaba el deseo de terminar. Sabía que al instante en el que parara (aunque fuera un minuto), el dolor desaparecería. Fueron 4 kilómetros muy largos, muy tensionantes, pero faltando 400 metros aumenté la velocidad y terminé con todo lo que tenía.

Fueron 7 horas con 5 minutos para esos 71,80 km (aunque mi reloj marcó 6:56 y 70,17 km). Físicamente terminé muy bien, solo que se me hizo una ampolla con sangre en el dedo chiquito del pie izquierdo, y me corté con una uña del derecho. Un cortecito muy chiquito, y parecía un efecto especial de una película clase B. Obviamente que el metatarso no me dolió más desde el instante en que dejé de correr. Me toco, me aprieto, y no siento absolutamente nada. Al menos ese dolor que tenía que tragarme a partir del kilómetro 7 ahora me castigó en el 66. A ese ritmo, quizá desaparezca para la Espartatlón. Y si no… será cuestión de aguatarme. Es hacer esto mismo pero 2 veces y media más. Quizá peque de optimista, pero me parece que es algo que voy a poder hacer…

Semana 39: Día 268: Lo que aprendí corriendo con dolor

No me puedo olvidar de la anécdota de Scott Jurek, quien unos días antes de correr su segunda Spartathlon, le dio una patada a un mueble estando descalzo y se rompió el dedo chiquito del pie. Como no está de acuerdo con enmascarar el dolor ni con los corredores que toman ibuprofeno de a puñados, no le quedó otra que aguantarse. Se entablilló, se untó remedios caseros, pero a la larga tuvo que correr los 256 km con un dedito quebrado. Y, por supuesto, ganó.

Siempre pienso en eso cuando yo siento un dolor. Probablemente el correr ultramaratones signifique, inevitablemente, que partes de tu cuerpo te duelan y que tengas que seguir. No queda otra. Habiéndome fracturado tres veces (las clavículas y la tibia, por suerte en ocasiones distintas) siento que he conocido un amplio espectro de dolores. También he sufrido cálculos en el riñón (mi paso previo a abandonar las gaseosas y, más tarde, volverme vegetariano), me he golpeado con picaportes, marcos, patas de camas y recientemente le di con todo al borde de la puerta de un auto. Pero empezar a correr fondos largos me abrió la puerta a un universo de dolor que desconocía.

Recuerdo la primera carrera en la que una lesión en la rodilla me impedía seguir. Ahí aprendí a sobreponerme a la frustración y avanzar. Al principio caminando y después trotando cuando descubrí EL paso que aliviaba el esfuerzo sobre la lesión. Esta jugada es la más peligrosa del running, porque generalmente la compensación hace que duela en la pierna contraria. Y esto es un poco lo que me está pasando ahora. El realce en la plantilla del pie derecho, para compensar mi asimetría, me genera un dolor muy agudo en el metatarso izquierdo. A casi un mes, sigue firme como el primer día. Hasta ahora lo resolví como Scott Jurek: sin enmascararlo, aguantándolo y recordándome: “No todo dolor es significativo”.

En mi fondo anterior, de 27,5 km, un poco harto de esa molestia, le saqué el realce a la plantilla. No hubo ningún cambio. En los 70 km de ayer, me unté Voltaren y tomé Keterolac sublingual, mandando a Scott Jurek a la puta madre que lo parió. Hubo un período de calma, pero el dolor volvió, más fuerte que nunca. También sufrí una importante ampolla, de esas que tienen sangre adentro. No era la primera vez que corría con dolor, pero me doy cuenta ahora que aprendí mucho de estas experiencias.

Nada te educa en humildad como enfrentarte a tus propias limitaciones. Nada te fortalece tanto como vencer a la adversidad. Es imposible que estas cosas no te cambien. Ser consciente del dolor y seguir adelante hace que, a la larga, uno pase un umbral. No sé por qué, pero eso que duele en un momento cede, y todo lo que queda es la zancada. ¿Por qué pasa? ¿Hay algo en la irrigación sanguínea, como aventuraba ayer mi amigo Nico? ¿Entumecimiento de las terminales nerviosas? ¿Un cambio a nivel psíquico? Hoy no lo sé, pero lo que sí sé es que no hubiese soportado 7 horas continuas de dolor. Ni siquiera cinco o tres. Cuando los dolores aparecían eran fuertes, intensos, pero cada tanto se iban. Esto me obligaba a disfrutar y ser consciente de esos períodos de “bienestar”, en los que el acto de correr una ultradistancia se convertía en algo absolutamente placentero.

Otra cosa que me enseñó el soportar el dolor es que la mente se detiene en tonterías. ¿Estás cansado? ¿Bajaste el ritmo? ¿Te duelen los cuádriceps? ¿La mochila te pesa? ¿El buzo te da calor? Correr con el metatarso en llamas hace que todo eso pase a un segundo plano. Ya ni me daba cuenta de las secuelas de estar corriendo distancias de ultramaratón. En todo lo que pensaba era en mi zancada y qué podía hacer para mitigar el dolor. Decidí no recurrir más a analgésicos. Si el bienestar que me daban duraba un par de horas, de poco me van a servir. No pienso destrozarme los riñones o el hígado por tomar medicamentos. Lo que ayer descubrí que me servía era frenar. Ni caminar ni bajar el ritmo: detenerme. Aproveché cada instante en que tenía que tomar agua o pinole para ese descanso de unos segundos. Contrario a detenerse por miedo o falta de confianza, para mí eran pequeños objetivos y pequeñas recompensas. ¿No aguantaba más y necesitaba frenar? Okey, cuando llegara al kilómetro 55. Así fui tirando hasta el final.

Estoy convencido de que correr sin dolor es preferible a estar sufriendo. Lo que no te mata te fortalece, de acuerdo, pero a mí también me gusta disfrutar del running. Ayer tuve que ponerle mucha garra y sobreponerme a una frustración inmensa. Haberlo logrado le dio al entrenamiento un sabor a triunfo inexplicable, pero ahora mi objetivo es volver a correr sin molestias. Por eso voy a abandonar la talonera y darme un par de semanas más, a ver si el metatarso deja de molestar. Quizá esto eche por tierra mi plan de pasar a un calzado más liviano (pero con menos estabilidad). Es algo que tengo que sopesar.

Con la Espartatlón a tres meses, no tengo tanto tiempo para adaptarme a una nueva forma de correr. Es un riesgo que tengo que asumir: zapatillas pesadas para no perder estabilidad, o calzado liviano para gastar menos energía (a riesgo de torcerme más fácilmente los tobillos). Siendo que mi objetivo está en una carrera que es casi exclusivamente asfalto, no me tendría que preocupar tanto por las torceduras. Es hora de tomar esa decisión, y ver qué pasa en los próximos días.

Semana 38: Día 263: Ajustando el objetivo II

¿Se acuerdan de lo que hablaba ayer? ¿Cómo pasamos de ver la mejor manera de hacer un fondo de 150 km el sábado (mismo día que juega la selección) a tres días con 50, 70 y 50 km consecutivos? Bueno, eso no va a pasar.

Ayer a la noche entrené con los Puma Runners. No hice un fondo demasiado largo, 5,6 km, pero trabajamos muchísimo fuerza de piernas con ejercicios de musculación. Y en esas progresiones, Germán (mi Maestro Yoda) me vio trotando “raro”. Cenamos juntos y charlamos de cuáles eran las mejores opciones para el fin de semana, hasta que llegamos a la conclusión de volver a subir el listón con los tres días que me iban a sumar 170 km.

Hoy estaba camino al Club de Corredores, para inscribir al grupo en la Adventure Race de El Palmar. Mientras caminaba, el metatarso izquierdo me dolía, algo que solo me pasaba cuando corría. No deja de preocuparme, pero mientras esté dentro de un umbral que me permita correr, no me desespero. Ya habíamos hablado en la cena de la posibilidad de tomar analgésicos (algo que estaba intentando evitar), porque es mejor experimentar ahora que en la carrera, para la que faltan exactamente 100 días. Y venía pensando en ese dolor y en si iba a desaparecer en algún momento de estos tres meses, cuando sonó mi teléfono. Germán.

Cuando lo atendí me planteó su preocupación por el acortamiento que notó. Es una consecuencia lógica de correr tantos fondos, pero estoy intentando compensar con elongación todos los días. Siento que tengo mayor flexibilidad, aunque quizá no sea la suficiente. Lo que me propuso era bajar el plan del fin de semana y concentrarnos en solo un fondo de 70 km el sábado.

Puede sonar raro que diga “solo un fondo de 70 km”, como si fuese algo livianito. No es joda, aunque apenas sea el 28% de la Espartatlón. Igual para mí suma mucho y sigue siendo un desafío. Mantenemos el plan de hacer un fondo mucho más largo para después de El Palmar, que corremos a fin de mes.

El objetivo es correr toda la noche, experimentar pasar todas esas horas en la oscuridad. Algo de eso viví (o “padecí”) en Patagonia Run, pero me sigue pareciendo un desafío y quiero hacerlo. De por sí el fondo de 70 km lo voy a arrancar a las 4 de la mañana, para que a las 9, cuando comienzan a entrenar los chicos de Puma Runners, me queden 20 km por delante y los pueda compartir con ellos.

Hoy mi única traba es el metatarso. No sé si fue tan buena idea cambiar de plantillas, pero el hecho de haberme sacado la talonera no resolvió nada en lo inmediato, así que no veo más opción que bancármela. Me tranquiliza que mi problema no sea la fatiga muscular o el agotamiento físico. Creo que podría estar corriendo por siempre. El dolor del metatarso al menos me obliga a ir con calma, razonar, y concentrar cualquier molestia o dolor en ese punto único, y no en el resto del cuerpo. Algo es algo.

Semana 35: Día 244: Ese maldito metatarso

Tengo que sumar el metatarso izquierdo a la lista de cosas que me duelen o me han dolido gracias al running. ¿El motivo? El uso de las plantillas nuevas, obviamente.

Ayer decidí ir a entrenar corriendo la distancia que hay desde mi casa hasta el Hipódromo de San Isidro. Lo hice muchas veces, ya perdí la cuenta, y me pareció que esos 21 km eran un buen testeo de las plantillas que ahora tienen un realce de 3 mm en el talón derecho. Giroldi, el especialista que me las preparó, me dijo que si llegaba a sentir dolor podía quitarle esa talonera y volver a lo que estaba usando antes. Siempre recomiendan no estrenar zapatillas en una carrera y nunca lo había entendido… hasta anoche.

No sé qué tenía adentro mío que salí disparado de mi casa. Venía corriendo a 4 minutos el kilómetro. En la angosta vereda que hay en Figueroa Alcorta, un gracioso me vio venir y abrió sus piernas y sus brazos para tapar todo el camino. Nunca me había pasado de cruzarme con un tarado así. Lo empujé y seguí con mi tranco furioso.

Venía bien hasta que empecé a sentir dolor en el metatarso izquierdo. Intenté ignorarlo y seguí. A los 10 km paré a tomar un poco de pinole. La molestia era intensa, aguda. Me empecé a preocupar. ¿Eran las plantillas? ¿Era fatiga por los fondos del fin de semana anterior? Retomé el fondo, intentando apoyar siempre con el talón. El dolor bajó bastante en intensidad, así que decidí seguir. En la resolución de los problemas está la evaluación de la situación, y la instancia en que uno verifica si hay algo que se pueda hacer. Esto parecía algo para aplicar y que me podía permitir terminar de correr.

Pero en el km 13 vino de nuevo el dolor, y no me quise sobreexigir. Justo estaba frente a la estación de tren de Vicente López. Como entrenamiento me parecía más que razonable, así que me tomé el siguiente servicio.

En el entreno me cuidé y evité ejercicios de impacto como saltar. El dolor casi que desapareció. Hoy decidí ir caminando hasta el supermercado con las plantillas puestas, y después de caminar un buen rato, volví a sentir molestias. Hablé con el kinesiólogo que me había atendido hace un mes, y claro, me retó por haber salido quemando llantas sin acostumbrar a los pies ni al material. Lo ideal era no hacer más de media hora de fondo durante la primer semana.

Ahora me voy a cuidar hasta el sábado, para ver qué pasa. Es obvio que esa corrección en el talón derecho me impacta en el metatarso izquierdo, porque la mecánica de mi pisada se vio afectada. Que un poco era la idea. Así que a armarme de paciencia y darle un par de semanas a este experimento, para ver si sigo o si mantengo lo que venía haciendo hasta ahora…

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