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Semana 47: Día 329: Cambiar un vicio por otro

Conozco mucha gente que tenía sus vicios y que los cambió por una vida sana. Y no fue que únicamente adquirieron hábitos saludables, sino que vivieron el entrenar con la misma pasión que aquello que los destruía.

“Yo me dedicaba a fumar”, escuché decir a mi amigo Juanca Bertram, quien hoy dejó el cigarrillo bien atrás y está intentando participar de todo el circuito de Salomon. Su historia resume la de muchos que nos dedicábamos a cosas destructivas y que ahora pusimos nuestra pulsión en correr. En mi caso yo vivía para comer, y durante varios años de mi vida lo único que realmente me apasionaba eran los cómics. Si no me hubiese vuelto vegetariano probablemente hubiese terminado rodando más que corriendo, pero haber abandonado McDonald’s fue un gran cambio en mi dieta.

Me faltaba la parte del deporte, algo que eventualmente llegó. Y mientras antes me preocupaba por estar al día leyendo cómics y haciendo crecer mi colección, de a poco iba cambiando mi cuerpo y mi cabeza con el running. Lo que me pasó ahora, de vender mis historietas y financiar con eso el viaje, es algo que jamás me hubiese imaginado. Pero el largo proceso de dejar de identificarme con los superhéroes y empezar a sentirme como un corredor me llevó a donde estoy ahora.

Probablemente haya algo más profundo y difícil de interpretar para mí, pero evidentemente tengo alguna energía que antes ponía en ser un coleccionista de libros y revistas y ahora ser un coleccionista de carreras y logros. He tenido tenido mis períodos de abstinencia, por supuesto, tanto en una actividad como en la otra. Ni siquiera podría decir que comer golosinas y leer cómics me hacía un daño visible, pero sí puedo afirmar que eso se llevaba muchísimo de mi atención, y que claramente llegó un punto en donde tuve que elegir una u otra.

Por suerte conozco a muchas personas que decidieron cambiar un vicio por otro, y ese reemplazo fue el deporte. Yo siempre la tuve mas fácil porque en lo mío no había un químico o substancia aferrándose a mi cerebro, sino que era simplemente yo aferrado a una colección interminable de revistas de Superman y compañía. Hoy pude soltarles la mano, como también dejé la mayonesa y los alfajores, y no lo viví como una obligación, sino como parte natural y fluida de un proceso mucho más sano.

Semana 46: Día 321: Próximo fondo largo de 70 km

Este sábado me toca nuevamente un fondo de 70 km. Es probablemente la distancia máxima que haga de acá a la Espartatlón. Es increíble cómo en otras épocas esta distancia me parecía imposible, y ahora es simplemente un entrenamiento.

Quizá la distancia varíe. Voy a correr hasta Tigre y volver al Hipódromo, como para estar a las 9 de la mañana en San Isidro y engancharme con el entrenamiento de los Puma Runners. Eso me va a dar 50 km y supongo que ellos harán 20 km, o quedaré como un mentiroso.

Toda esta joda me obliga a salir de casa a las 4 de la mañana. Si tengo todo preparado de la noche anterior (pinole, ropa, etc) me podría levantar 3:30, desayunar y salir. Pero siempre me atraso. Como sea, voy a salir de noche y estaré las siguientes 5 horas solo, la calle y yo. Y algunos que salen de bailar, también.

Estos fondos voy a hacerlos sin música. En parte porque se me volvieron a romper los auriculares que me compré (los hacen muy frágiles a propósito), pero también porque no me quiero desacostumbrar a estar únicamente en compañía de mis pensamientos, tal como va a ser en la Espartatlón donde está prohibido correr con reproductores de música. Creo que es necesario tomar noción del tiempo y apropiarse de esa sensación. Si no, la perspectiva de correr una ultramaratón de 246 km te destruye mentalmente.

Haré lo posible por descansar, pero ya siento la presión del viaje, de las cosas que tengo que dejar listas antes de salir… posiblemente el vuelo de ida a Roma, el 17 de septiembre, sea lo primero que descanse como se debe. Me encanta viajar, es algo que me motiva muchísimo, pero a la vez me estresa horriblemente, y siempre que me voy me siento en falta por algo que no pude resolver antes de viajar. ¿Será esta aventura en Grecia la excepción? Lo dudo.

El tobillo no me está molestando tanto como antes, así que tengo la esperanza de que en este fondo no va a ser un problema. Correr tranquilo nunca me molestó, pero superar las 5 horas de pavimento es exigente para cualquier cuerpo, dolorido o no. Me enteraré de todo el sábado a la madrugada.

Semana 40: Día 279: Terapia

Dicen que correr es la mejor terapia y la más económica. Igualmente, como a mí no me estaba alcanzando, volví a ver a mi psicóloga.

Mi relación con ella es de muchos años, cosa que algunos amigos me han dicho que no es bueno. Aparentemente eso perjudicaría la objetividad del profesional o generaría ciertos mecanismos que a la larga entorpecerían el análisis… o algo así. No sé. A lo largo de los años me han dicho que tenía que cambiar de psicóloga, de nutricionista, de entrenador… y realmente el que tiene la decisión soy yo. ¿Por qué dejar el asesoramiento de alguien que veo que me ayuda?

Empecé terapia por el año 2000, en una época en la que estaba bastante desorientado. En 2003 dejé porque mi pareja en aquel entonces, Mariana, me exigió que abandonara. Su “irrefutable” argumento era que no podía ser que le contara mis problemas a un extraño en lugar de a ella. Lejos de condenarla por este acto de egoísmo e inseguridad, creo que me espera un rincón especial en el Infierno por dejarme de lado y ceder ante esta clase de pedidos.

Lo primero que hice cuando corté con Mariana, dos años después, fue llamar a mi psicóloga (lo segundo fue llamar a esa chica de la que ella estaba terriblemente celosa e invitarla a tomar algo). Volví y continué con mi análisis hasta 2010, cuando este blog y todo lo que me esperaba me dieron la confianza para darme el alta. Estoy pasando por alto muchísimos cambios que se produjeron en esa década, entre los que podría destacar elegir una carrera y recibirme, empezar a trabajar, convertirme en un diseñador freelance y empezar a correr.

 En ese período sin terapia conocí a Vicky (en realidad la conocía, pero nos enamoramos y empezamos a salir). Las cosas iban bien al principio, pero después chocamos constantemente así que hicimos lo que cualquier pareja haría si se lleva mal: nos fuimos a vivir juntos. Al año de no soportarnos y ante mi insistencia, empezamos terapia de pareja. Como me terminé separando, evidentemente no nos ayudó. Estuvimos yendo más de un año. La terapeuta, una mujer que le ponía mucha onda para reconectar a nuestra pareja, nos recomendó hacer también análisis individual. Yo no tenía intención de hacerlo, pero accedí solo para presionar a Vicky de que también fuera por su lado. Cuando nuestra enemistad siguió creciendo hasta límites que ni siquiera me imaginaba, cortamos y me mandé a mudar. Fue el final de una etapa muy triste de mi vida que intento no recordar. Es curioso porque tengo toda esa época documentada en el blog, pero obviamente intenté dejar mi crisis de pareja, que era más pesada que todo mi entrenamiento, fuera de la vista pública.

Separarme significaba muchos cambios en mi vida, en especial porque estaba acostumbrado a todo eso que puede conseguirse combinando dos sueldos: cable, empleada, bidones de agua a domicilio, calefacción central, tres ambientes en Colegiales con seguridad las 24 horas, un perro, un gato y terapia individual y de pareja. Cosas de las que uno puede desprenderse y seguir vivo, pero grandes cambios al fin. Así que hace exactamente un año, ante la perspectiva de pagar un guardamuebles para todas mis cosas y todos los gastos que implicaría una inminente mudanza, decidí cortar terapia.

Doce meses después vivo en un monoambiente en el microcentro donde pago religiosamente el alquiler, sin atrasarme. No tengo cable, limpio yo, me compré un filtro para la canilla, no tengo calefacción, no hay seguridad ni tengo mascotas. Creo que incorporar terapia no era un gasto imposible. Y este momento es otro, donde nuevamente (como en el año 2000) siento que tengo que replantearme las cosas que hago y encontrar el rumbo. Hoy tuve mi primera sesión, y realmente salí peor que cuando entré. Un poco más focalizado, consciente de todas las presiones para ser perfecto a las que me someto, las trampas en las que me meto para entretener la cabeza y todos mis inmensos esfuerzos puestos en cosas que creo que me hacen feliz y que en realidad no me llenan.

Pero eso es la terapia para mí. Enfrentarme a todas esas cosas que elijo no pensar. La cabeza tiene sus mecanismos para escaparle al dolor. Sin ir más lejos, el fin de semana fue el cumpleaños de Vicky. Yo ni siquiera estaba enterado. De hecho hoy me cuentan anécdotas de ella en las que yo estaba presente y no las recuerdo. La tenía bloqueada mentalmente. Y el chiste entre mis amigos consistía en cantarle el feliz cumpleaños a Vicky en mi presencia. Ella que estaba totalmente ausente (en presencia y en mi mente). Tardé dos “Que los cumplas feliz” completos antes de darme cuenta que cantaban por ella. Y de algún modo todo ese chiste me destrozó. Esa noche soñé que volvía con ella, y no era una situación feliz. No nos mirábamos a los ojos, igual que en los últimos meses de agonía de nuestra pareja. Yo estaba más preocupado por lo que mis amigos iban a pensar cuando se enteraran. Estaba angustiado, y como en cualquier sueño, me preguntaba cómo había llegado a esa situación.

Probablemente el mecanismo de protección de mi cabeza hizo que la bloqueara post separación y me preocupara exclusivamente por “subsistir”. Buscar departamento, acomodarme a una nueva rutina, reconectarme con mis amigos que tenía olvidados… No me detuve a pensar en todo el daño que había sufrido. Y quedó enterrado hasta que salió a la luz. Hoy me di cuenta que no había hecho el cierre definitivo con ella. No le tengo rencor, es muy extraño que una persona con la que soñaba casarme termine convirtiéndose en un completo extraño. En el apuro por escaparme del departamento que compartíamos me llevé algunos libros, DVDs y accesorios de carreras que le pertenecían. Se lo quise devolver porque el destino ubicó mi departamento a tres cuadras de su trabajo, pero ella se negó a que apareciera por ahí. Y guardé todo eso en un cajón, sabiendo que tarde o temprano se lo iba a tener que llevar.

Ayer hice el trámite para renovar mi DNI, dato que parecería descolgado salvo por el detalle de que hice el cambio de domicilio. Ya no tengo que volver a Colegiales a votar, ni tengo que ver en mi documento mi vieja dirección. Eso pertenece a otra vida. También le escribí a Vicky para asegurarme de que un año después ella sigue viviendo en ese departamento. Me respondió escueta y fríamente, pero era la confirmación que necesitaba para saber que mañana puedo mandarle una moto con sus cosas y que la seguridad en recepción lo va a recibir. La bloqueé del whatsapp y del Facebook, y borré su teléfono de la agenda. ¿Por qué no lo había hecho antes? No tengo idea.

Para mí esto es también un proceso terapéutico. Nunca me quedó nada pendiente por decirle, solo me unía esa promesa de devolverle sus cosas en algún momento. Y surgió hacerlo hoy, después de estar 40 minutos contándole a mi psicóloga todas las cosas que me están pasando internamente. Creo que ya había pasado la última página con Vicky y me faltaba cerrar el libro.

Por supuesto que todos mis mambos actuales no son ese (ojalá lo fueran porque ya tendría todo resuelto). Germán, mi entrenador, me pide constantemente que me focalice, que ponga la cabeza en la Espartatlón. Y realmente lo intento, todo el tiempo. En general no me han faltado ganas de entrenar o de correr. Faltan 12 semanas para la carrera, eso me da como 10 sesiones de terapia antes de viajar a Europa. Podrá ser poco (o mucho), pero espero que me ayude a acomodar las ideas, porque esta ultramaratón no la voy a correr con las piernas, sino con la cabeza.

Semana 39: Día 272: Coaching mental

Hoy decidí volver a terapia. Hice muchísimos años de análisis con la misma psicóloga, y siempre me criticaron no cambiar de profesional. Sinceramente he trabajado tanto con esta persona, que empezar de nuevo sería un retroceso para mí.

En los últimos tiempos estuve escribiendo sobre cuestiones mentales o de motivación. Siento que encontré un hilo conductor en varias repeticiones o compulsiones de mi vida. El running y el gimnasio se mantienen como las actividades que me hacen realmente bien, pero evidentemente me estoy desequilibrando con todo lo demás. No por nada estoy metiendo fondos de 50 km o más, y yendo cada vez más tiempo al gimnasio. Hoy conté 1 hora con 40 minutos desde que empecé la entrada en calor hasta que terminé de elongar después de todos los trabajos de musculación. ¿Es casualidad que paso cada vez más tiempo haciendo actividad física? Yo sospecho que no.

Me di el alta de análisis cuando empecé con Semana 52. Fue dar un salto al vacío, a ver qué pasaba. Sospechaba que este proyecto me iba a hacer bien, y así fue. Recuperé mi autoestima (o la desarrollé), cambié mi alimentación, y aprendí mucho sobre deporte y entrenamiento (cosas que pude aplicar en otros ámbitos de la vida). Cuando empezó mi crisis con mi ex, empezamos terapia de pareja. La terapeuta nos recomendó complementar con un análisis individual, así que llamé a mi antigua psicóloga, y retomamos hasta el día de mi separación. Como abandonaba mi departamento, eso de no tener lugar fijo donde vivir y no seguir compartiendo gastos me obligaba a hacer ajustes, así que dejé terapia.

Pero no siento que en primer lugar hubiese ido porque quería. Lo sentí como una obligación. Creo que podría haber vuelto antes porque me mudé a un departamento y recuperé mi estabilidad económica, pero no sentía la necesidad. Hasta recientemente, que me di cuenta que no estaba acompañando ciertos progresos físicos con lo mental. Me disperso mucho, busco patear las cosas para adelante, y en lo único que me puedo concentrar es en entrenar. Las facetas que tiene eso son infinitas, pero me gustaría explorarlas con un coach mental.

No sé si el psicoanálisis es la solución. Es un intento por hacer algo. He hablado muchas veces de motivación, probablemente sea hora de comprar lo que vendo y ser proactivo. Correr es terapéutico para mí, me sirve para reflexionar mucho, pero siento que necesito poder resolver ciertas cosas en las que me enrosco. Quizá sea una fase, o una forma de reaccionar ante la cercanía de la Espartatlón. No lo sé, pretendo averiguarlo…

Semana 35: Día 245: El DNF

A medida que pasan las semanas, me interiorizo más con la Espartatlón. He leído una decena de reseñas de corredores que la corrieron (algunos los compartí en este blog), y tanto en los que llegaron a la meta como los que tuvieron que abandonar, se puede leer en sus relatos el pavor que provocan tres letras: DNF.

Estas siglas sirven para identificar a los atletas que quedan afuera de una carrera, ya sea por voluntad propia o de la organización. Viene del inglés, “Did not finish” (no terminó), y hay quienes lo conjugan como un verbo (algo bastante complicado de replicar en el castellano, pero lo intentaré por ustedes: “tuve que dnfnear”. Sí, suena espantoso).

En la Espartatlón hay unos micros, llamados “death bus” (el autobús de la muerte) que va juntando a los atletas que quedaron afuera de la competencia. Dicen que la vista adentro del vehículo es dantesca: seres humanos muertos en vida, algunos vomitados, otros sin fuerzas para mantenerse despiertos. Están muy golpeados físicamente, pero peor anímicamente. El micro los lleva hasta Esparta, pero no puede hacerlo hasta que no esté completo, así que hay terroríficas leyendas de corredores DNF que golpean y secuestran a otros corredores para subirlos al autobús de la muerte cubrir el cupo y poder irse al hotel (bueno, lo acabo de inventar, pero podría pasar).

Abandonar es muy duro, en especial cuando uno estuvo meses preparándose y realizó tantos gastos para estar ahí. En un gran porcentaje los vence el miedo, pero hay otros que se deshidratan y se desvanecen. Es una carrera muy dura en la que la experiencia a veces juega a favor, y otras en contra. He leído casos de espartatletas que, después de terminar tres ediciones seguidas, se encuentran obligados a abandonar en su cuarto año consecutivo y les cuesta mucho poder explicar por qué.

Hoy faltan 118 días para la Espartaltón. Mis últimas ultramaratones y fondos me sirven de parámetro como para decir “Ok, yo puedo correr 20 horas como mínimo”. Más allá es todavía un misterio para mí, pero lo que me permite enfrentarme a lo desconocido, al agotamiento extremo, es una buena cabeza. Y para tenerla hace falta estar seguro de uno mismo y de haber planificado una buena estrategia. Porque alimentarse como corresponde y no quemarse impactan físicamente, pero no cometer errores también mantiene la moral lo más intacta posible. Repasar los errores y contrastarlo con lo que todavía falta para la meta puede ser un cóctel explosivo, que grabe en nuestra frente las letras DNF.

Yo intento tomármelo con calma. Me cuesta imaginarme la agonía de estar ahí, y ayer mi mamá me dijo, convencidísima de que era una buena idea, que ella tenía mucho miedo de lo que estaba haciendo. “Me dijeron que te lo tenía que decir”, se justificó. Le pedí que le dijera a esa persona que estaba muy equivocada. Esas son cosas que las quiero saber el día después de que cruce la meta, no cuatro meses antes. Pero no importa, intento mantener una actitud positiva, pongo toda mi confianza en Germán, mi entrenador, y hago lo que siempre hice: pensar en los peores escenarios. ¿Qué pasaría si termino siendo un DNF? No va a ser el fin del mundo, pero va a ser duro. Convertiré esa mala experiencia en la motivación para volver a intetnarlo al año siguiente.

Creo que lo que más me costaría es pensar en justificarme ante la gente que me va a acompañar, tanto personalmente en Grecia como desde este blog y las redes sociales. Quiero ser una inspiración de que todo es posible si uno tiene determinación y un buen plan. No sería la primera vez que no termino. Me pasó en mi único intento de La Misión, y también en 2012, cuando quise preclasificar para la Espartatlón y terminé vomitando al costado del camino. No me morí aquellas veces y hoy son recuerdos que quedaron opacados por todo lo bueno que vino después.

Hay algo en lo que sí puedo confiar, y es en que siempre será mejor un “no terminó” que un “no empezó”. Estar en la línea de largada es siempre un mérito inmenso, y espero que esa enseñanza quede, termine o no esta carrera.

Semana 35: Día 241: La euforia de correr

Últimamente me pasa algo que quizá me haya ocurrido siempre y recién ahora lo noto.

El sábado hice un esfuerzo considerable para completar el fondo de 70 km (con un fondo de 50 hecho el día anterior). No fue ni por asomo lo más duro de mi vida, pero estaba ansioso por terminar. Metí un ligero sprint en los últimos metros y cuando llegué a la marca grité” ¡ESPARTAAAAAA!” a viva voz.

Esto se convirtió en mi marca registrada cuando termino un desafío muy importante; la antesala de ese objetivo máximo que es la Espartatlón en septiembre. Pero me puse a pensar que en ningún otro contexto me animaría a gritar así. No podría salir de la meta con mi interpretación del rey Leónidas en 300, porque me moriría de vergüenza. ¿Y cuál sería la diferencia? Haría el ridículo de todos modos, pero algo cambia en mi interior.

Supongo que las carreras (o los fondos bestiales como los de este fin de semana) me dejan en un estado de euforia. Paso a sentirme en la gloria, un espartano invencible que acaba de recibir el favor de los dioses. Es difícil ponerlo en palabras, supongo que en todo el recorrido hay una tensión que necesita estallar en ese momento climático donde todo culmina.

El running es una conjunción de un esfuerzo físico con uno mental. Seguro hago esto por mi cabeza, que está nadando en endorfinas.

Todo esto casi que lo sabía, pero me puse a pensar en el contexto en el que me permitiría lanzar un alarido así y es el único. Debe tener que ver con lo otro que me pasa después de entrenar.

A veces llego a casa, con mi cuerpo todavía en estado de alerta y los gemelos latiendo (literalmente), con la convicción de ponerme a trabajar. Llego a sentarme en la silla, muchas veces con algo de esfuerzo porque los cuádriceps arden en llamas. Y no tengo fuerzas para retomar un proyecto y laburar. Me cuesta mucho más que correr una ultra. Supongo que no puedo hacer el pasaje del mega esfuerzo atlético para quedarme sentado, quietito, usando solo la cabeza y el mouse.

También podría ser que como la cabeza también hace un trabajo desgastante en el ejercicio (hasta el bushido de poner la mente en blanco requiere un esfuerzo), probablemente al momento de sentarme a trabajar ya no me quedé energías mentales.

Como sea, correr me pone en un estado de euforia del que me cuesta salir. No termino de recuperarme que ya estoy pensando en el próximo desafío, en crecer y seguir desarrollando mi cabeza y mi cuerpo. La conclusión que me llevo es que me conviene correr de noche, para que esa euforia sea lo último de mi día… y si le dedico el fin de semana, aceptar que después solo voy a querer relajarme y descansar.

Semana 23: Día 155: Correr sin música

“No me gusta que corran escuchando música”, nos dijo una vez Germán, nuestro entrenador en Puma Runners. ¿Por qué? “No quiero que eso les marque el ritmo. Y prefiero que escuchen a su cuerpo”.

Por supuesto que muchas veces tendemos a no hacerle caso y, en nuestros entrenamientos individuales, lejos del grupo, seguramente sintonizamos nuestra estación de radio favorita o nuestro tracklist en mp3. Pero dos hechos aparentemente inconexos me hicieron dejar de correr musicalizado.

Primero, por vez número cuarenta se me rompieron los auriculares. Siempre es algo diferente: una conexión floja, un auricular que se desarma, o cuando se me salieron de la oreja mientras andaba en bici y se trituraron cuando se engancharon con los rayos de la rueda. En esta oportunidad fue algo extrañísimo. Me activaban la búsqueda por voz del Google. Era insoportable, no podía escuchar más de 20 segundos sin que se activara esa obsoleta (y molesta) opción. Por supuesto que la música se paraba y una voz femenina me pedía que dijera lo que quería buscar.

Lo otro que ocurrió fue que, al estar confirmado en la Espartatlón, me puse a investigar sobre esta carrera, y me enteré de que está prohibido correr escuchando música. No tengo idea del por qué, no encontré una explicación. Supongo que lo que dijo Germán califica (hay que escuchar al cuerpo), pero también hay temas de seguridad: mucho del recorrido es al costado de rutas, y los griegos son manos conductores. Conviene estar atentos al entorno y no a Celine Dion (o lo que cada uno quiera escuchar).

Además hay cuestiones de practicidad. Seguramente en Atenas haga calor durante el día, y no hay nada más incómodo que la transpiración haciendo que los auriculares patinen. Además no hay batería que aguante 36 horas, y cualquier dispositivo para escuchar mp3 o radio, por pequeño que sea, es peso extra, y un adminículo que podría llegar a volverse incómodo para transportar.

Entonces, la Espartarlón no permite correr con liebre ni música. Se puede conversar con otros corredores, eso sí, pero es cierto que hay que estar atento al cuerpo y estar focalizado. Esta necesidad de practicar el silencio en carrera, además de esos auriculares que le daban vida propia al teléfono, me llevaron a empezar a entrenar fondos largos sin música. Y como todo cambio de hábito, al principio era molesto y después me acostumbré.

Correr es un momento de mucha conexión con mi propio cuerpo. No llego al nivel “bushido” que recomienda Scott Jurek, porque poner mi mente en blanco es un concepto tan abstracto que creo que nunca lo podré alcanzar. Pero me relajo (me sale instintivamente) y por mi mente pasan cosas agradables, próximos objetivos, ideas para hacer en los siguientes kilómetros… me concentro en cuánta agua estoy tomando, en qué momentos comer, subir o bajar la velocidad, controlar mi ritmo cardíaco… Pero no puedo escaparle del todo a la música. Muchas veces me encuentro repitiendo el estribillo de una canción, o cantándome para adentro algún tema que ando con ganas de escuchar. Desconozco si esta práctica estará avalada por la organización de la Espartatlón…

Semana 20: Día 137: ¿Estoy loco?

¿Qué sentirías si quisieras hacer algo y todo el mundo te dijera que estás loco? Probablemente algunos abandonarían la idea y otros encontrarían en esa observación una motivación para hacerlo. Correr es cosa de dementes, aparentemente.

“¡Locooooo!”, le gritaban a mi papá cuando entrenaba por su cuenta, solo, en las calles del barrio, entre los años ochenta y noventa (me refiero a las décadas, no a su edad). Y él corría porque le gustaba, en una época donde acá no estaba el boom del running que disfrutamos en la década del… um… ¿diez? ¿Cómo le decimos a la época post 2000? Ustedes me dirán.

Algo de él tengo en mi sangre. Además de que me llevaba a correr con él los fines de semana (cosa que me gustaba más por compartir un rato entre padre e hijo que por el deporte en sí), seguramente heredé en mis genes alguna cosa atlética. Aunque estaba fuera de estado, cuando empecé a entrenar mi cuerpo se fue amoldando y pareciéndose al de él en sus años de juventud. Y a mí ahora es al que llaman loco, aunque correr esté más de moda que nunca.

Pero mi salud mental no solo la cuestionan los que no hacen deporte, sino los que suelen correr a mi lado. Algunos me dijeron, con cierta razón, que yo solo busco ser “exclusivo”. Por eso soy el ultramaratonista vegano, porque hay pocos y yo quiero resaltar. Es muy probable que sea verdad. Eso explicaría el por qué de este blog… Pero bueno, me pongo a contar el objetivo de la Espartatlón, los 246 km en un máximo de 36 horas, y se les ponen los ojos como platos y me dicen, con un dejo de preocupación en la voz, “Podés parar para descansar, ¿no?”.

Ayer vino un amigo a casa, de esos adictos a la Coca Cola, cuya máxima aspiración deportiva es cuántos cómics se pueden leer en un mismo día. Y le comentaba de mis carreras, mis entrenamientos, y le dije “Ayer corrí 50 kilómetros”. Se incorporó hacia adelante y me miró fijo. “¿CINCUENTA KILÓMETROS?”. Le aclaré que el sábado corro el doble. “¿CIEN KILÓMETROS? ¡Vos estás loco!”. Ahí le hice otras dos aclaraciones, que era un entrenamiento y no una carrera, y que en verdad me estaba preparando para una de 246 km. A eso sumémosle la preocupación de mis amigos que dicen que me ven muy flaco y me sugieren comer (como si no lo hiciera).

Entendería que me lo diga gente que no corre, que se imagine que esto es tortuoso y nocivo para la salud. Pero me pasa también con colegas deportistas, a los que alguien convenció de que hay ciertas distancias que no se pueden hacer. Dentro de mi subjetividad pienso que esto no es nada, que yo empecé de cero, que odiaba correr de chico, que 15 kilómetros me parecía una distancia inhumana… y que con el tiempo y la constancia, todo cambió. Lo del próximo sábado me asusta un poco porque hace rato que no corro 100 kilómetros, pero lo que me da miedo también me representa un desafío. ¿Estoy loco por buscar mis límites, por querer ponerle el cuerpo a los desafíos? Quizá…

La experiencia es algo difícil de compartir. Yo puedo contarles a todos cómo empecé, qué cosas hice, qué me funcionó, qué no… el camino está ahí, yo ya lo recorrí y no es imposible ni tampoco creo que esté del tomate. Esto no fue de un día para el otro, todo lo contrario. Pero supongo que quien no lo vive o no lo ha experimentado, no le encuentra un razonamiento lógico a lo que hoy estoy haciendo. ¿Querés correr ultramaratones? ¿Quién dice que no podés hacerlo? (más allá de vos mismo…) ¿Estoy loco por pensar que cualquiera con paciencia podría hacerlo? Parece muy fácil estando ya de este lado. Me da la impresión de que no hay que estar loco para lograrlo, sin embargo cuando te embarques en este viaje, muchos van a cuestionar tu sanidad mental…

Semana 16: Día 106: Contra la depresión, correr

No me pidas datos científicos. Seguramente Wikipedia o Google sean una buena fuente de información. Quizá se trate de las endorfinas o algo más psicológico que químico u hormonal. Pero yo puedo afirmar, por experiencia propia, que la actividad física es el antidepresivo natural.
Soy una persona muy psicoanalizada. Estuve como 12 años haciendo análisis, y la conclusión a la que llegaba era siempre la misma: “Hay que ponerle el cuerpo a las situaciones”. Esto no necesariamente implica enfrentarlas, tiene más que ver con una actitud personal. No creo que sea casual que haya encontrado el final de mi terapia cuando empecé Semana 52.
Fui a analizarme en un momento de mi vida de mucha confusión. No sabía qué iba a ser de mi vida, ni siquiera tenía planeado el resto del año. Sin perspectivas, estaba muy triste. De a poco fui avanzando, encontrando mi vocación y aprendiendo más de mí. Pero siempre volvía a esa situación de parálisis, de saber qué cosas me disgustaban (de mí, de otros) y no hacer absolutamente nada.
Ya corría, muy esporádicamente, y el running, mientras hacía terapia, no era central en mi vida. Era algo que hacía, y punto. Pero en un momento empecé a notar que las preocupaciones (sobre todo laborales) quedaban en un segundo plano cuando entrenaba. Quizás el tema es que me subestimaba mucho: como había personas mejores que yo, no veía el sentido de esforzarme.
Este blog fue la oportunidad de reivindicarme conmigo mismo. No para compararme con otros, sino para mejorar. Con confianza renovada, me di de alta. Seguí teniendo preocupaciones y angustias, de hecho volví por un corto período a terapia, pero las cosas habían cambiado enormemente para mí.
Con el running como actividad central en mi vida, aprendí a valorar ese momento de paz mental que da correr. Los problemas de trabajo, sociales, de pareja, económicos, nunca se colaron en mi cabeza mientras hacía actividad física. Después de entrenar, me siento fantástico. Conmigo mismo, porque cada entrenamiento suma a mi bienestar general, y seguramente a nivel hormonal, con las endorfinas y todo eso (para más información, la Internet).
Sin embargo, es imposible escaparle a todo. Hace unos años me enteré de que una chica que me gustaba mucho estaba embarazada. Llega un monumento en la vida, para los mayores de 25, que esto es una situación cada vez más habitual. Viejos amores de la adolescencia siguen su vida y sin felices sin uno. Que una ex o un amor secreto sea feliz con otra persona, se case y tenga hijos es algo que les llega a casi todos, pero nuestra psiquis no está del todo preparada para aceptarlo. Así que con mi bronca y quizás algo de envidia, decidí salir a correr. Sin medir tiempos ni con una distancia definida. Solo… poniéndole el cuerpo a la situación.
¿Había algo que podía hacer? ¿Reclamarle? ¿Patalear? ¿Podía siquiera demostrar mi bronca? La respuesta a todas esas preguntas es no.
Correr permite poner la cabeza en blanco. Pensar en ese momento puede ser peligroso: uno se encierra en pensamientos que, conforme se acumulan los kilómetros, se instalan más y no permiten disfrutar de la carrera (por eso Scott Jurek dice que si en una ultramaratón se te pega una canción, más vale que sea una buena).
Ese fondo terapéutico me sirvió muchísimo. Me despejé de todos los pensamientos negativos y eso me ayudó a pensar después, mientras las pulsaciones volvían a su ritmo de reposo. Ahí me di cuenta de que mi actitud era inmadura y que de nada servía aferrarse al pasado. Correr, para mí, es conectarse con el cuerpo y la mente, pero también con el presente, el ahora. Y supongo que ahí radica el poder terapéutico de la actividad física.
Aunque sea duro y los músculos me duelan, entrenar o participar de carreras me da mucha satisfacción. Me tomó mucho tiempo alcanzar este estado, pero no me cabe duda de que lo logré cuando empecé a tomarme en serio esto de correr.
Entrenar tres veces por semana es sentirme bien tres veces por semana. Es por eso que la tristeza y la angustia que solía sentir tienen poco lugar en mi actualidad.

Semana 7: Día 49: El mejor momento de tu vida

Hay gente que se obsesiona con el pasado. Todos cometemos errores, es casi el requisito para aprender. Algunos pueden ver más allá de eso, incorporar alguna lección, y seguir con su vida. Otros experimentan una cosa espantosa llamada resentimiento, y se aferran a lo que pasó. Invitan al rencor a vivir adentro de su cabeza.
Los norteamericanos tienen un muy buen dicho que dice que el pasto del vecino siempre es más verde. Esta afirmación sobre la perspectiva equivocada de cada uno se puede extrapolar a esa mitificación que se tiene del pasado, y podríamos decir que en nuestros recuerdos el pasto siempre fue más verde. Los programas de televisión eran mejores, los jóvenes no eran tan ridículos. Comparen lo que sea, al parecer el paso del tiempo hace que cualquier cosa mejore exponencialmente.
Cierta vez hablaba con un hombre que me doblaba la edad. Estábamos discutiendo sobre la escuela secundaria y me dijo que esa había sido la mejor época de su vida. Tenía un brillo en los ojos especial, como si fuese algo hermoso que ya pasó. Seguramente no era la intención de esta persona, pero su afirmación me dio una mezcla de pena y espanto. La adolescencia es una etapa a la que es imposible volver. No se puede. Vamos cambiando, no somos los mismos, y seguramente eso es lo que se añora: algo inalcanzable.
También hay gente que se obsesiona con el futuro. Todo es una promesa de que las cosas van a mejorar, de que la salvación está en la espera. Es típico de la ansiedad infantil, el esperar a que lleguen las 12 para abrir los regalos. Algunos dejan esto en la niñez, otros lo acarrean toda la vida.
De chico soñaba con el futuro. El año 2000 era algo mágico, me preguntaba cómo iba a ser. Según mis cuentas, cuando llegara yo iba a tener 23 años, que en ese momento me parecía un montón. Iba a ser un adulto. ¿Y cómo iba a llegar a eso? ¿Iba a ser como en “Quisiera ser grande”, que un día te despertás y te encontrás que estás en el cuerpo de un adulto? Quizá vivir en el mañana me resulte un poco más optimista que en el ayer.
Nada de lo que escribo es en tono peyorativo, simplemente que algunos tienen su cabeza en el pasado y otros en el mañana. Así como están los que tenían un pasto más verde en tiempos pasados, también existen los que creen que lo tendrán a futuro. A ambos los une el inconformismo con su jardín actual. Tampoco creo que seamos una cosa o la otra. Me puse de ejemplo porque en distintas etapas de mi vida sentí que todo tiempo pasado era mejor. Vivía de viejas glorias y me atormentaban viejos fracasos.
Pero también me enfrasqué en planificar, en la ansiedad y la promesa del cambio. Fueron dos etapas parecidas y a la vez opuestas. Quizá el gran punto en común que tienen es que ambas actitudes me impedían disfrutar del presente. Yo no podría decir exactamente cuándo hice el click. Empecé a correr ansiando tener nuevamente el físico delgado de mis años de juventud. No pasó, pero me había convencido de que mi mejor yo se encontraba en el pasado. Después me hice la idea de que para ser feliz tenía que realizarme laboralmente y tener una familia. Casarme y tener hijos se convirtió en la promesa de que mi vida iba a tener sentido. Y en todos los casos me olvidaba de vivir el hoy.
No encontré la felicidad, pero hoy siento que soy mi mejor versión. No añoro lo que pasó, de hecho no pienso demasiado en el pasado. No reniego de dónde vengo, pero tampoco tengo una fijación con eso. Tampoco creo que lo mejor está por venir. En algún momento del camino empecé a disfrutar del presente. Me tranquiliza mucho pensar en esto, y no en que mi adolescencia fue el momento más feliz de mi vida. Mi momento es ahora, todo está en orden, me siento en control de mi vida, y seguro que correr y hacer un cambio en mi rutina me ayudó a hacer un cambio de actitud. Sigo teniendo problemas, hay días en que las cosas no me cierran, y añoro el pasado o sueño con el futuro. Pero solo un ratito. Es muy probable que si me cruzan por la calle me estén viendo en el mejor momento de mi vida.

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