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Semana 41: Día 282: Cadena maratonista

No tengo muy planificada mi vida post Espartatlón. No sé cómo me va a pegar a nivel emocional, tampoco tengo muy en claro si mis piernas van a ser utilizables después de estar un día y medio corriendo (o lo que me dé el físico). Solo sé que si viajo con amigos voy a querer escaparme a alguna isla por unos días. Y si solo sale viaje familiar con mis papás… probablemente también.

Esto de viajar a Europa hizo que me perdiese un par de ediciones de la Maratón de la Ciudad de Buenos Aires, sin lugar a dudas mi carrera favorita del calendario. ¿Por qué prefiero correr sobre el asfalto, entre el concreto, en lugar de en la montaña, en los médanos, en el bosque? No tengo ni idea. Será que siempre puse la maratón en un pedestal, y cuando la corrí por primera vez, no me decepcionó. Será que haciendo esos 42 km con 195 metros comprendí lo que era ser un corredor, el resultado del entrenamiento y la planificación de carrera. Será que soy una rata de ciudad y que transitar sus avenidas sin interrupción de los coches es lo más cercano a un triunfo que podré sentir. Por ahí es todo eso y por ahí nada que ver. Lo que sí puedo afirmar es que cada vez que participé lo disfruté enormemente.

La edición de 2014, para mí, estaba absolutamente fuera de discusión. Pero me enteré que Javier, compañero de Puma Runners, la va a correr por primera vez. Y me acordé de aquella maratón en la que debuté, en 2010, y cómo me incentivó otro compañero (que siguió su propio camino), llamado Walter. Yo valoré enormemente que él me acompañara, así que me la jugué, después de pensarlo varios días, y le ofrecí a Javier correrla con él. En algún punto es una subestimación hacia él o una sobreestimación hacia mí: creo que puedo correr 246 km y dos semanas después hacer 42 km al mismo ritmo que él, sin retrasarlo. Veremos.

Desde el año pasado estoy prefiriendo las carreras en las que acompaño a un amigo más que las que me mato por mejorar tiempos y posiciones. Creo que viví todo lo que tenía por vivir. Nunca soñé con el podio y aunque siempre estuve bastante lejos de él, mi principal preocupación era mi marca personal. Creo que uno puede superarse infinitas veces, y más allá de la autosatisfacción, queda ahí. Veo más enriquecedor estar ahí para un amigo, aconsejando, dando aliento. Es completar el círculo: yo disfruté mucho mi primera carrera, me gustaría que alguien a quien aprecio viva algo parecido. Seguramente, en unos años, él también pueda pasarle la antorcha a otro corredor que esté debutando en esa distancia. Como me pasó a mí, le pasará a él, y así, armando una cadena maratonista hasta el infinito, y más allá…

Semana 21: Día 143: Cuánto toma mejorar

Últimamente me preguntan mucho cuánto tardé en conseguir algún resultado. Por ejemplo, el tiempo que me tomó bajar de peso cuando me hice vegano, o cuánto pasó desde que hice mi primera carrera de 10 km hasta una maratón (o 42 km). Y ante preguntas tan generales solo tengo respuestas vagas e imprecisas. Porque mis tiempos no respondieron a un plan determinado, sino que la cosa se puso en marcha cuando yo me puse un objetivo.

“Las metas son sueños con fecha de vencimiento”, leí por ahí. Si me pongo a recordar y hacer cuentas, corrí por primera vez 10 km hará como diez años atrás. Quedé tan destruido que pensé que ese era el límite humanamente posible. Recién en 2010, hace tres años y medio, pasó lo de correr 42 km por mi cabeza. Estaba perdiendo peso, sumando entrenamientos, y un amigo me desafió. Él me pagaba la inscripción si prometía correrla y no abandonar. No sé si él lo sabía, pero hizo mucho por mí.

¿Y cuánto me tomó llegar a una maratón? No sé, pasaron dos meses desde el desafío a la carrera. Me costó pero llegué. Nunca voy a olvidar la satisfacción de cruzar la meta tras 4 horas de esfuerzo sostenido.

No podría decir que me tomó siete años, pero desde decidirlo hasta hacerlo pasaron dos meses. Por supuesto que tenía una base sólida o no podría haberlo logrado. Me tomó tres años sacarle una hora a mi tiempo y llegar en 3 horas, pero tampoco me lo había propuesto. Si ese hubiese sido un objetivo importante… quién sabe si no lo hubiese logrado antes. El tema es que en 2011 decidí que quería correr la Espartatlón, la carrera a pie más dura del mundo… y acá estoy. Lo decidí sin haber corrido 100 km, y la primera vez que lo intenté fracasé. Recién lo logré el año pasado, en los tiempos en que la International Spartathlon Association decidió que me daba pedigrí para inscribirme.

¿Cuánto pasó entonces desde que decidí pasar de las maratones a las ultramaratones? No podría medirlo en tiempo, pero me tomó desde que soñé con eso hasta que me decidí a buscarlo. Lo del medio fue aprendizaje… y ese lapso es el que asusta, pero es lo más valioso de todo.

Semana 5: Día 29: La primera maratón

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Hace muchos años, Pierre de Coubertín, principal impulsor de la Educación Física en Francia, decidió crear los Juegos Olímpicos Modernos y así recuperar los ideales deportivos de la Grecia Clásica. Entre el 6 y el 15 de abril de 1896 en Atenas. Coubertín, además de presidir el Comité Olímpico Internacional y crear esta tradición cada cuatro años, fue el que acuñó una famosa frase que decimos con frecuencia: “Lo importante no es ganar, sino competir”.

A pesar de muchas dificultades, los primeros Juegos Olímpicos fueron un éxito. A la fecha, fue el evento deportivo de mayor participación internacional. El Estadio Panathinaikó, el primer gran estadio del mundo moderno, vio rebasada su capacidad.
Cuando se acercaban los primeros juegos, el francés Michel Bréal le sugirió a Coubertín hacer una gran prueba de fondo con el nombre de la legendaria batalla de Maratón. Debatieron qué distancia hacer, si la que unía Atenas con Esparta, de 240 km (hoy la mítica Espartatlón) o la de los 39 km que unen la capital con la ciudad de Maratón. Optaron por la segunda, y esta prueba se convirtió en la favorita y la más esperada por el público.
Recién a cuatro kilómetros del final, el local Spyridon Louis tomó la delantera y le sacó siete minutos de ventaja al segundo. Cruzó la meta a las 2 hs 58 minutos y 50 segundos, aunque solo había corrido esa distancia una vez anteriormente, para la preselección. Había llegado en quinto lugar, con 3 horas 18 minutos. Este humilde pastor griego sorprendió a todos al llegar en primer lugar. Más de 100 mil espectadores hicieron temblar el Panatheinakó cuando se alzó con la gloria. La carrera se inició el 10 de abril a las 14:00 con un disparo de pistola del Coronel Papadiamantopoulos. Compitieron 17 corredores de los cuales 12 eran griegos. El segundo fue Kharilaos Vasilakos y el tercero Spiridon Belokas, quien fuera descalificado cuando se descubrió que hizo parte del recorrido subido en un carro (el broncepasó al húngaro Gyula Kellner). Muchos tuvieron que abandonar en el camino, exhaustos.
Cuenta la leyenda que Spyridon Louis, todavía más rezagado, llegó a Pikermi, se detuvo en una taberna, tomó un vaso de vino y aseguró a los presentes que no se preocuparan, que iba a ganar la carrera. Obviamente que el griego se convirtió en un héroe nacional. El rey de Grecia le propuso aceptar cualquier regalo que se le ocurriera, y el campeón pidió un carruaje con asno para su negocio de transporte de agua. Los regalos le llovieron por todas partes, como por ejemplo el afeitado y corte de pelo durante un año en una barbería. Curiosamente, Spyridon no volvió a competir nunca más. Falleció siendo un hombre acaudalado, el día 24 de marzo de 1940, a la edad de 66 años.
Como podemos ver en la foto que ilustra esta entrada, los primeros maratonistas no corrían con musculosa, ni las últimas zapatillas Asics. Ni siquiera tenían pantalón corto. Parece difícil imaginarse esa época, en la que mensajeros en bicicleta y a caballo iban desde la delantera hasta el palco real en el estadio para informar cómo venía la maratón. Mientras nosotros nos preparamos durante meses, ellos solo corrieron una vez para preclasificar. Las mujeres tenían vedadas las competencias, los caminos eran de tierra, y no necesitaban geles ni vaselina para llegar a la meta. Pero una cosa se mantiene, inmutable: el coraje de los atletas y la determinación para avanzar hasta alcanzar los propios límites.

Semana 3: Día 20: La recuperación de la maratón

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Cuatro días. Es lo que mi experiencia me indica que me toma recuperarme del todo de una carrera. O sea, hoy es el día en que los músculos me han dejado de doler.
Mi desinteligencia usando las medias con dedos (tipo guante) hizo que el lunes no pudiese correr. A duras penas podía caminar. La ampolla en el arco de mi pie no estaba llena de agua, no sobresalía… pero la apoyaba todo el tiempo al pisar. Por eso me dediqué solo a hacer musculación y a armarme de paciencia para volver a trotar.
Ayer, en el gimnasio, hice el equivalente a 2 km en cinta. Me costó, me di cuenta que el dolor (que iba en retroceso) me forzaba a cambiar la pisada. Intenté no hacerlo, pero ya cuando algo natural como es correr se vuelve una actividad de tanta concentración… deja de ser un disfrute. Se tensionan músculos que tendrían que relajarse… no tiene sentido. Hice ese tramo porque extrañaba hacer un trote. Tengan en cuenta que después de la adrenalina de una maratón, ¡lo que más quiero es volver a hacerlo! Así que ya estoy soñando con mis próximos 42 km, en la ciudad que sea.
Hoy puedo decir que no me duele nada, pero por distintos motivos no pude entrenar, así que recién volveré a correr como se debe este sábado. Lo ideal para recuperarse de cualquier actividad física es estar en movimiento. No pude trotar pero sí caminé mucho, el mismo día de la maratón y los posteriores, además de que fui al gimnasio y de que en el entrenamiento descarté la parte aeróbica pero me puse a colgarme de la barra.
Al final no cerré mi viaje para la fecha de la Maratón Clásica de Atenas, así que voy a hacer mis vacaciones en Europa y solo haré algunos fondos por la mañana, para recorrer Londres, París y Barcelona. Yo creo que parte de la recuperación es poner la cabeza en el futuro, aprovechar los días de descanso para contemplar los logros obtenidos pero también para soñar con nuevos objetivos. De momento tenemos la Demolition Race y la San Silvestre en diciembre… y nada más. Va siendo hora de empezar a planificar los fondos largos, de cara a la Espartatlón. Sería ideal acostumbrarme a estas distancias, y que mis recuperaciones sean un poco más rápidas que las actuales…

Semana 3: Día 18: Cómo mejoré mi tiempo

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Pasado mi estupor inicial por haber roto mi marca en 21 minutos (un 11,5% menos que mi mejor tiempo), me restó ponerme a pensar cómo lo logré. Ni yo estoy muy seguro, pero tengo algunas teorías que me gustaría compartir.
Primero que nada, descartar la suerte o el azar. Sí, pudo influir que haya estado nublado, pero no podría saber cuánto. No creo que el desempeño de uno varíe fortuitamente. No depende de los astros, de las cábalas o del karma. Uno se prepara, independientemente de los designios del destino. No hay nada escrito.
Supongo que lo que sí influye es la experiencia. Esta es mi quinta maratón, y esta distancia ya dejó de ser un misterio. Más o menos sé qué esperarme, dónde me voy a cansar, y en qué kilómetro me espera una cuesta o un show. Habrá que ver cómo me va haciendo 42 km en una ciudad que no conozca, pero lo que sí conozco es mi cuerpo y cómo voy a reaccionar. Aprendí qué necesitaba, cómo superar los momentos más difíciles y cómo sostener el ritmo estando muy cansado. Esto se logra, simplemente, corriendo varias veces la maratón.

El descanso es clave. En mi segunda maratón, en Atenas, apenas había dormido cuatro horas. En Río fue similar. Evidentemente correr en el exterior hace que duerma menos… Pero bueno, el sábado anterior hice una siesta (esa de la que me desperté creyendo que se me había pasado el día de la carrera) y a la noche dormí seis horas. No es lo ideal, pero me quedé tirado en la cama toda la tarde, viendo tele y descansando, así que no necesité más. Estaba muy relajado.

La alimentación también fue fundamental. Esa dieta de muchos hidratos y poca fibra asegura tener reservas de energía al máximo y molestias gástricas al mínimo. También, sumado a la experiencia, yo ya sabía qué iba a necesitar durante la maratón. Con mis tres geles (uno cada 10 km) y mis pasas de uva de emergencia, iba a tener más que suficiente. Además, arranqué con un desayuno bien completo de avena, leche de soja y pasas de uva. ¡No me faltó nada!

La hidratación es otra clave de una maratón. Pero esta vez hice un pequeñísimo cambio. Yo siempre tomo mucha agua los días previos y en la mañana de la carrera. Lo que me terminaba pasando era que siempre andaba con ganas de hacer pis, incluso en la competencia. Amparado en los árboles y en que los hombres hacemos donde y cuando queremos, lo fui resolviendo, ¡pero eso quema segundos vitales! Esta vez, en lugar de tomar 750 cc de agua al levantarme, tomé un vaso menos. Eso mantuvo el equilibrio. Después, durante la maratón, me agarré una botellita en cada puesto, sin excepción, y fui tomando de a sorbos. El Gatorade en vaso casi me ahoga, así que lo dejé de lado.

El entrenamiento también fue primordial. Esto quizá se pise con la experiencia, pero desde hace rato que vengo corriendo y entrenando con constancia. Llegué bien al día de la carrera, sin venir parado de una lesión ni tirándome a chanta.

Y probablemente el factor más aleatorio de todos fue la motivación. Estos últimos tiempos han sido muy buenos para mí, anímicamente. Me siento centrado en mi vida, estoy contento con lo que tengo y no sufro por lo que me falta. De hecho, creo que me falta muy poco, si no es nada. Y eso seguramente influye en el desempeño, porque los patitos están todos en fila, y la cabeza se dedica solo a una cosa: disfrutar.

No hay una fórmula mágica. Soy la misma persona que corrió los 42 km en julio, con 3 hs 27 minutos, y el que lo hizo el domingo, con 3 hs 3 minutos. En aquel entonces fallaron muchos de los ítems (descanso, alimentación, etc), y ahora todos jugaron a mi favor. Puntualmente a quien quiera mejorar su marca le diría que la clave es una sola: correr muchas maratones, aprender sobre uno mismo, y aplicarlo. Eso nunca podría fallar.

Semana 3: Día 17: Imágenes de la maratón

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Mientras espero las fotos oficiales, estuve rastreando mis apariciones en la Maratón de la Ciudad de Buenos Aires… Creo que ir bien adelante y haberme pegado a la décima mujer en la categoría femenina (Yanina Forgia) hizo que saliera en muchas fotos. Por supuesto que en casi todas me tapa alguien, estoy fuera de foco o de costado, pero bueno, me pude encontrar fácilmente.
Mi papá hizo su experiencia periodística y además de filmarme a mí, capturó a los keniatas haciendo historia… así que los dejo con las imágenes, mientras me sigo recuperando. Tengo una ampolla dolorosa en el arco del pie derecho, que hoy ya no me impide caminar, y estoy empezando a sentir molestias en la espalda, cuello y cuádriceps. Pero, como decía esa famosa publicidad sobre el día después de la maratón, hay una sola parte de mi cuerpo que no me odia en este instante: mi corazón.

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Semana 3: Día 16: Los 42 km de la Maratón de la Ciudad de Buenos Aires

INTRODUCCIÓN
Me quedé dormido. Así, lisa y llanamente. Abrí un ojo, vi que de entre la persiana entraba luz del día. Afuera se escuchaban algunos autos. ¿Qué hora era? ¡Me había quedado dormido! ¡LA CARRERA!
Pegué un salto, agarré el reloj y me horroricé al ver que eran las 18:30. ¡Me había perdido la maratón! ¡Y por muchísimas horas! Solté un agónico “¡NOOOOOOOOOOO!”. ¿Cómo había podido dormir tanto?
El corazón me latía con fuerza. Me sentía un imbécil. Me tomó varios segundos darme cuenta de que todavía era sábado, y que la maratón era al día siguiente.

LA MARATÓN
Después de semejante julepe, no quise dejar nada librado al azar. Me puse el despertador a las 5 de la mañana y me fui a dormir bien temprano, con toda la ropa preparada. Hasta había enganchado el número al pantalón con los alfileres de gancho. No le puse el chip a la zapatilla porque era demasiado.
Todo salió bien. TODO. Bueno, soñé con zombies. Que querían entrar a donde estaba yo, y los mantenía a raya con un revólver y, sin balas, recurría a clavarles una lapicera en el cerebro. Hasta que una cebra zombie mordía al resto de los animales del zoológico y se desataba el pandemonium. En fin, un poco de manifestación de la angustia. El despertador sonó cuando tenía que sona, me desperté, desayuné, tomé agua y desde mi aplicación en el celular confirmé que el tren que va a Tigre estaba funcionando (¡el resto de las líneas y los subtes no funcionan hasta después de las 8 de la mañana!).
A las 6:05 estaba arriba del Mitre, camino a la estación Belgrano, desde donde caminé hacia la largada, en Figueroa Alcorta y Monroe. Me crucé con un debutante y fuimos charlando durante la caminata. Un grupo de exaltados borrachines me insultó desde un auto y no pude evitar reírme. Ellos terminando su gira de excesos y nosotros a punto de empezar la nuestra.
Me encontré con Marcelo, mi co-equiper en Puma Runners. Esta vez los guardarropas sí funcionaban ordenadamente, así que dejamos nuestras cosas y nos dirigimos a la salida. La largada era 7:30, así que quince minutos antes estábamos acomodados bien adelante. No tuvimos que abrirnos paso a los codazos (aunque recibimos algunos) y no sufrimos el embudo cuando arrancó la maratón, con una puntualidad asombrosa.
Mi carrera junto a Marce no duró mucho. Nos separamos enseguida, porque yo quería abrirme del pelotón y correr cómodo. Miré para atrás un par de veces y no lo vi. Ya habíamos dejado en claro algo que nunca hicimos en una carrera de calle, que es “nadie espera a nadie”. El clima de una maratón, para quien nunca lo vivió, es difícil de describir. Todos están muy concentrados, pero a la vez se respira un entusiasmo increíble. Yo venía casi volando. A 4 minutos el kilómetro, a veces menos. Me sorprendió una gran falencia de la carrera, y fue que no había liebres (o pacers) más rápidos que 5 minutos el kilómetro. Me hubiese gustado para ayudarme en mi meta hacer marca (mi mejor maratón fue en 2010, con 3:24:16, y este año en Río de Janeiro llegué 3 minutos después que eso). Me conformaba con llegar en 3 horas 23 minutos. Pero para eso iba a tener que apretar, y no me sentía muy seguro (¿por qué? Cagazo, nada más).
Identifiqué a un grupo que venía con un buen ritmo. Iban entre 4:10 y 4:15. Decidí usarlos de referencia, así que contínuamente nos íbamos pasando. Recorrimos la ciudad con sus shows, gente aplaudiendo, y automovilistas que nos querían matar a todos. Este ritmo para un fondo tan largo era desconocido para mí. El único referente previo que tenía era el de la Media Maratón que se corrió hace un mes, donde hice los 21 km en 01:26:45. Según la página de la organización, matemáticamente tenía que terminar los 42 en 3:05. ¡Imposible! ¿Cómo podían asumir que iba a sostener ese ritmo tanto tiempo? Pero ahí estaba, apretando como si no faltasen 35 km para terminar. Pasamos por mi show en vivo favorito, que siempre está a la altura del Museo de Bellas Artes, y son los imitadores de Los Beatles. Les festejé y juro que Paul me sonrió.
Corrí con mi baticinturón nuevo, con una caramañola con tres geles diluídos (para tomar cada 10 km) y otra con agua. En el bolsillo frontal tenía el celular y una bolsita con pasas de uva, dos cosas que no toqué durante toda la carrera. El cielo estaba nublado, y la temperatura era la propicia para correr. Cometí mi primer error al querer tomar Gatorade en los puestos. ¿Cómo pueden estos sádicos entregar esto en vasos? Quise tomar sin parar y me volqué todo. En el segundo intento, tragué mucho aire y empecé a toser desaforadamente. Después de dibujarme los bigotes de bebida energizante, decidí confiar en el agua que daban y mis geles para tirar toda la carrera.
La hidratación estuvo bien ubicada. Yo pedía por favor que me dieran botellas con tapita, porque en lugar de mojarme y hacer buches para tirarla, me la guardaba para tomar sorbitos hasta el siguiente puesto, separados cada uno por 5 km. Si al llegar me quedaba agua, me la tiraba encima y pedía otra botellita. Con eso fui tirando y pasamos por Recoleta, Retiro, el Colón, el Obelisco, Diagonal Sur, Plaza de Mayo. Ahí me esperaba mi papá, que intercambiaba el partido de Del Potro con venir a verme. Lo agarré distraído, pero por suerte hacíamos un ida y vuelta y volvíamos hacia la Casa Rosada. Me filmó, y quizá lo suba mañana. “Te sigo”, me dijo.
Nos dirigimos a Barracas, yo siempre siguiendo secretamente al pelotón de 4:10 el kilómetro. Sabía que, como mínimo, hasta la mitad los iba a poder seguir. Empecé a hacer las cuentas en mi cabeza de qué pasaría si a partir de ahí bajaba a 5 minutos. ¿Hacía marca? Pasamos de ahí al puerto, y fue muy extraño porque generalmente subimos por una rampa y corremos al costado del río, pero aunque el cartel de 18 km estaba ahí, a nosotros nos hicieron transitar por la calle del costado.
Por supuesto, yo tenía ganas de ir al baño. Pero no muchas, así que dije o me hago encima o me aguanto. Por suerte no pasé por ninguna de las dos cosas. No me hice y la urgencia fue desapareciendo. En el km 25, junto a la Reserva Ecológica, había baños químicos. Pero pensé que ni a ganchos frenaba. No iba a dejar ir a mi pelotón.
Llegué al kilómetro 27, donde en 2011 hice mi gran diferencia, sumándome a la liebre de 4:30, y todavía no puedo entender cómo no había en esta carrera (mi récord de 3 hs 24 minutos fue en ese año). Pasamos junto a los lujosos edificios de Puerto Madero, y yo rogaba por no perder a esos corredores que me ayudaban a sostener el ritmo (aunque empecé a sospechar que ellos me seguían a mí). Ahí me pasó un corredor que leyó “SEMANA52” en mi remera y se confesó lector del blog. Tenía un ritmo espectacular y lo perdí de vista. En el 28 pasé exactamente a las 2 horas de carrera. Apareció el bendito kilómetro 30, donde podía aparecer el muro. No quise pensar mucho en eso, pero era imposible. Mi papá me volvió a interceptar, y me dijo “Te veo en la meta”.
Mi ritmo estaba en 4:10, 4:15… ¡lo estaba manteniendo! Sabía que si llegaba al 32, podía bajar a 5 y hacer marca. Todo el tiempo estaba haciendo cuentas en mi cabeza, cuando no cantaba la Serenata Mariachi de Les Luthiers para mis adentros (siempre se me pega una canción distinta). “Diez días y diez noches, a mi porto prendido… desde Guadalajara este charro ha venidooooooo”. Cruzamos el paso bajo nivel y del otro lado me encontré con Germán, otro lector del blog con el que alguna vez compartí un fondo en la Reserva Ecológica. Su choque de palmas me dio más energía que los geles.
Nadie estaba más asombrado que yo de estar sosteniendo esa velocidad. Me dio calor y me saqué la remera, para así poder encontrarme mejor en las fotos. Pasamor por el Planetario… ¡y todavía aguantaba! ¿Muro? ¿Qué muro? En el kilómetro 37 entrábamos a los lagos de Palermo, y yo seguía haciendo cuentas… me daba que tenía que estar llegando en menos de  3 horas 10 minutos… ¡una locura! Pero ahí empecé a sentir el cansancio. ¡Apareció el límite! Veía cómo mi ritmo iba bajando. El pelotón de 4:10 se había dispersado, uno salió disparado y el resto quedó atrás mío. No tenía a nadie a quien seguir, y tampoco podía subir demasiado. Tenía que salir de esos lagos y volver a Figueroa Alcorta, para terminar.
Los últimos kilómetros fueron eternos y tediosos. Quería que se terminara de una vez. Me fastidiaba el asfalto, quería llegar, gritar, y sobre todo COMER. Hice mi mayor esfuerzo por subir la velocidad, cosa que me costaba muchísimo. Pero era todo una cuestión mental, era la cabeza la que me fallaba, porque seguía corriendo. Era cuestión de tener paciencia. Sostener. Pasamos el kilómetro 40. Yo ya sabía que hacía marca, así que intenté relajarme y dejar el sprint para el final. En el kilómetro 41 ya veía a la gente y se vislumbraba el arco de llegada. En ese momento, la mini-catástrofe: obviamente sentí el dolor de una ampolla, casi instantáneamente, pero la sensación era que me clavaban una aguja hasta el fondo del arco del pie… y tuve que seguir corriendo con eso, clavándose en cada pisada. Grité, pero no de dolor, sino de bronca. Decidí correr con las medias con dedos, que para evitar ampollas en los dedos son fantásticas, pero nada más. El resto del pie queda desprotegido, y es algo que tenía que haber previsto.
Cerca de la llegada estaba lleno de gente que aplaudía y arengaba. Empecé a abrir la zancada. Era todo lo que tenía. Pasé corredores y me centré en el arco de más adelante. Llegué con un ritmo frenético… ¡y no era el final! Ok, no pasaba nada, unos 50 o 100 metros más adelante estaba el de adidas… ese era el final… ¡pero no! Todavía faltaba el último, donde estaba el lector del chip. Sostuve ese sprint desquiciado y grité a todo pulmón “¡ESPARTAAAAAAAAA!”. Yo quiero que entiendan, soy una persona de perfil bajo. Puedo contar muchas cosas personales en el blog, pero me ayuda que es escritura y que no me están viendo a la cara. El único momento de mi vida donde no me importa el ridículo, o llamar la atención, o que todos se den vuelta es ahí, en la meta, donde lo largo todo. Yo sé que es eso o la terapia, y me gusta descargarme por este lado.
Detuve mi reloj y no podía creer mi tiempo. 3:03:20. Es una hora menos que mi primera maratón, en 2010, 20 minutos menos que mi mejor tiempo, 27 minutos abajo que mi experiencia en Río, mis últimos 42 km, el 7 de julio. Los primeros metros que caminé me sentía aturdido, casi mareado. No me quedaba NADA MÁS. Me hidraté con un abotella fría de Gatorade que bebí en tres enormes sorbos. Me tuve que pedir otra. Me pusieron la medalla saliendo del corralito de llegada, y sentí una felicidad inmensa. Algo que hizo la organización que me pareció GENIAL fue que entregaban unas lonas de nylon con la marca de adidas para abrigarte. Espero que lo hagan siempre, porque con la energía depletada y el día nublado, se mantenía perfecto el calor corporal.
Aproveché que había poca gente y fui a hacerme masajes y estiramientos. Espectacular. Ahí me encontré con mi papá, que por pocos minutos no llegó a verme cruzando la meta. Lo quise esperar, pero no pude. Poco después nos encontramos con Marcelo, que llegó en 3 horas 28 y también hizo marca. Fue un día perfecto.

EPÍLOGO
De ahí nos fuimos con mi papá a almorzar a su casa, donde nos esperaba mi mamá. Me cocinaron unos fideos con salsa y me prestaron plata, conmovidos (o consternados) por mi post de ayer. No había sido mi intención darles lástima, y me avergonzaba muchísimo toda la situación, pero me convencieron con el débil argumento de que si la aceptaba los dejaba tranquilos. Hablamos de la carrera, de mis tiempos anteriores. En una conversación telefónica con mi hermano Matías, me tuvo que reconocer que mi desempeño desterraba sus creencias de que un deportista necesitaba carne para progresar. No creo que sea casualidad que mis mejores tiempos hayan sido a un año de ser vegano. No hay ningún secreto, solo entrenar constantemente y comer sano. Nada más.
Ahora estoy en mi departamento, en patas, muy contento… y todavía sorprendido. Es una sensación que en pocos días va a desaparecer, cuando me ponga el siguiente objetivo y empiece a trabajar para conquistarlo.

ALGUNAS FOTOS

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Semana 2: Día 14: La Expo Maratón 2013

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Pasa con estas carreras multitudinarias… hay que hacer una logística monstruosa para que todos los corredores tengan su número, su chip y los miles de folletos de publicidad. Si esto fuese en formato virtual, nos quejaríamos de que nos llenaron la casilla de spam… pero como son propagandas en papel ilustración a cuatro colores, los agarramos sin filtro.
En el caso de la Maratón de la Ciudad de Buenos Aires, al igual que con la Media Maratón, los organizadores arman cada año la Expo Maratón, donde retirar el kit y hacer algunas compras. Yo, muy iluso, fui sin mucho efectivo y con la esperanza de poder pagar con tarjeta de crédito. Estoy con ganas de comprarme un cinto hidratador ya que el que tenía lo perdí y el que compré en Brasil no me sirve para usarlo en una carrera (se me sube y siento que estoy bailando el hula hula).
Yo tenía la pésima experiencia de la Media Maratón, en la que perdí todo el día ahí adentro, haciendo cola y corrigiendo mi remera mal estampada. Así que, después del gimnasio, me fui derecho al Centro Municipal de Exposiciones. Cuando llegué, a quince minutos de que abrieran las puertas, había una cola de 150 personas para ingresar. Me coloqué en el puesto 151, mientras los voluntarios iban ofreciendo deslindes impresos, lapiceras y remeras para probar el talle. Nuevamente soy un “S”, lo que significa que este año las prendas vinieron más grandes que de costumbre, o soy yo el que se está encogiendo. Si bien terminaron abriendo en horario, la tensión por entrar se palpaba.
Mientras la fila avanzaba, no faltó el vivo que se mandó sin hacer la cola. Ante el reclamo de “andá al final”… ¡se hizo el ofendido! Y, por supuesto, siguió como si nada. Nadie obligaba a ponernos en fila, es un convencionalismo social que tiene que ver con el respeto del perejil que se quedó parado esperando… Una vez adentro, nuevos voluntarios se acercaban para ofrecer deslindes, talles de remera y ayudar en algo, pero todos veníamos acelerados, buscando dónde hacer otra fila para obtener el kit. Esos pobres jóvenes se jugaban la vida, porque uno podría haberles pasado por encima, luego de unos golpes certeros de tawkwon do.
Como llegué temprano y tengo un paso largo, me ubiqué rápidamente en la fila que me correspondía. Estaban separadas por rangos de números, y yo soy el 3638, que era más o menos por la mitad. Con unas diez personas adelante mío, en 15 minutos tenía mi bolsita con el spam impreso, la remera, mi número y el chip. Huelga aclarar que esta vez no son descartables, como en la media, algo que fue enormemente criticado. Evidentemente no quieren repetir sus errores. No me pidieron el apto médico, solo mi DNI y el deslinde.
Me decepcionó que este año no dieran pulseras de goma para personalizar. Estoy 100% convencido de que en la radio dijeron que iba a haber, y me ilusionaba que me graben mi tiempo de llegada (cosa que disfruté en la edición de 2011… esa pulsera desapareció en el limbo, quizá se haya fugado junto con mi cinturón hidratador).
De ahí, obviamente, fui al sector donde le estampan tu nombre. Encontré un error muy tonto de parte de la organización, y era que habían ploteado en las paredes del stand remeras de ejemplo, con textos largos, en dos líneas. En realidad solo estampan una línea, pero es increíble que confundan a la gente en lugar de ejemplificar concretamente con las cosas que se pueden estampar. Yo pedí “SEMANA52” (sin espacio) y mientras esperaba 20 minutos a que me la entreguen, me fui a pasear. Me saqué una foto, que pueden ver encabezando este post, donde aventuré que mi tiempo iba a ser 3 horas 23 minutos (o sea, buscando marca). Es un deseo más que un pronóstico. Veremos el domingo.
Tenía ganas de comprarme ese bendito cinturón. Primero me hice de unos geles, y después me puse a buscar los puestos que tenían posnet. El que encontré (eran poquísimos) tenía un cinto exactamente como el que yo quería, con espacio para dos caramañolas, un compartimiento para el celular, las llaves o unas pasas de uva, y se sujetaba con abrojo. El precio no era caro, $280, que me parecían razonables. Pero (siempre hay un pero) no tenían Mastercard. Probamos con la American Express, que jamás en mi vida la usé, y pasó. Puso el precio, y cuando me iba a preguntar si lo quería en cuotas, la vendedora se dio cuenta de que tenía recargo. Desilusionado pregunté de cuánto era, sacó la calculadora, negó con la cabeza y me dijo “No, son como 100 pesos más”. Después de decirle que era un disparate, me fui, cabizbajo y en un mar de llantos, buscando meterme en el barril de la vecindad.
Por suerte terminé todo el trámite muy rápidamente. Todavía no sé cómo me voy a llevar toda la maratón mi caramañola con los geles diluídos… podría ser en la mano, o en un pantalón con bolsillos… podría reconciliarme con el cinto que me compré en Brasil y que solo llevé puesto unos 5 km hasta que me lo saqué. Veremos, estoy evaluando mis opciones. Lo que sí sé es que esta, mi tercera Maratón en la Ciudad, la quiero hacer sin mochila, tal como hice en Atenas y en Río de Janeiro. ¡Este año quiero disfrutar de Buenos Aires y no morir de calor con eso en la espalda!

Semana 2: Día 9: Preparándose para la maratón

Falta una semana para la Maratón de la Ciudad de Buenos Aires. Obviamente que ahora solo resta esperar, porque lo que no hicimos hasta acá, no lo podremos hacer en estos siete días. ¿Zapatillas nuevas? Tarde para ablandarlas. ¿Plantillas nuevas? Ídem. ¿Fondos largos? Para la próxima. Es hora de descansar, elongar y cuidar que no nos lesionemos.
Mentalmente, esta semana es la más dura. Tenemos ansiedad y mucho entusiasmo, pero nos lo tenemos que reservar para el día de la largada. La paciencia es una virtud, hay que guardarse para los 42 kilómetros e ir dosificándose para no quemarse de entrada. Partidos de fútbol, entrenamientos de fondo… ¿para qué? No nos conviene exponernos y vamos a lograr prácticamente nada.
Lo que sí podemos hacer es cuidarnos con las comidas. Ya sabemos que el cuerpo acumula hasta 2 mil calorías, y que ese glucógeno estará disponible para que lo quememos durante la carrera. Pero una alimentación descuidada o deficiente nos puede influenciar y tirar para abajo. Yo soy de los que creen que la determinación es lo más importante, y que si desayuno con un kilo de manzanas, por más que tenga dolorosos gases durante la competencia, voy a poder llegar a la meta. Sin embargo, no es la idea. Hay que optimizarlo todo al máximo para poder disfrutar de una de las experiencias deportivas más espectaculares a las que se puede someter un ser humano. Por eso, en estos siete días conviene huirle a las grasas, al alcohol y, de a poco, a las fibras (para eliminarlas por completo a partir del jueves). La idea es prevenir molestias intestinales y tener las reservas de energía hasta el tope. Arroz, papa, pastas, cous cous… las fuentes de hidratos de carbono con bajos niveles de grasa son muy abundantes. Además, cuidarnos con las comidas y tomar mucha agua compensan esa meseta en el entrenamiento, dándonos algo en lo que ocupar la cabeza. Aquí sí hay algo que se puede hacer para lograr una diferencia.
La parte más difícil, para mí, es la de descansar lo suficiente. Viviendo a las corridas, con los segundos contados, se complica llegar a dormir las idealizadas 8 horas. También el destino y mi imprevisión me han llevado a hacer largas caminatas o a estar mucho tiempo parado el día anterior a la maratón. ¿Afecta esto negativamente en mi desempeño? Es difícil saberlo, yo diría que no, que hay que disfrutar y tenerse confianza. Pero, ¿podría haberme ido mejor si me cuidaba más? No existe forma de saberlo. Lo mejor que se puede hacer, a mi juicio, es no descuidar nada. Prefiero llegar a la línea de largada sintiendo que hice todo lo que estaba a mi alcance, para que cuando cruce a la meta sienta que di todo lo que tenía y no me quede con la duda de que pude rendir más.

Semana 2: Día 8: Mi primera maratón en Grecia

Hace dos años, cuando terminó la primera temporada de Semana 52, me copié de Murakami y me fui a correr a Grecia. Fue una experiencia alucinante, que capturé en video imaginando un eventual documental… que nunca ocurrió. Hoy estoy coqueteando con la idea de inscribirme en la Maratón clásica, que se corre el 10 de noviembre. Falta muy poco, lo tendría que cerrar ya… Pero mientras lo pienso, decidí revivir esa maratón furtiva que me mandé.
Esta es una selección de videos, algunos duran pocos segundos, pero son algunas piezas del rompecabezas del viaje. El más emocionante de todos es la llegada, donde caí a los pies de la estatua en homenaje al dios Hermes (y a los 2500 años de la batalla de Maratón). Por un lado no fue hace tanto, por otro parece una eternidad. Fue dos mudanzas atrás, en otra situación sentimental, con otro entrenamiento y otra cabeza. Empieza en mi departamento en Palermo, donde actualizo el blog… fuera de escena me afeito. De ahí pasamos directamente a la madrugada de Atenas, donde largo escoltado por mi amigo Gerjo… va saliendo el sol, y con él la llegada a la meta en Maratón. En el último tengo una emotiva conversación telefónica con mi papá…
Odio mi voz, pero si los ven igual me hacen un favor…

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