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Semana 52: Día 360: Densos nubarrones sobre Atenas

Uno de los grandes desafíos de la Espartatlón es enfrentar al clima. Temperaturas que algunos años han superado los 35 grados, mucho frío en la noche y la posibilidad de enfrentarse a tormentas, ya que septiembre es temporada de lluvias en Grecia. Ya el pronóstico ha confirmado que este viernes vamos a quedar pasados por agua…

El hecho de que llueva puede ser tanto una bendición como lo contrario. Sin dudas la temperatura va a bajar y el sol no va a ser tan abrasador. Pero siendo que se esperan tormentas por la noche, esto podría convertirse en un problema. La perspectiva de enfrentar las once horas promedio de oscuridad con la ropa mojada no es muy alentadora.

Se debatió mucho si el clima iba a hacer que esta ultramaratón será más sencilla o más difícil que otros años. En 2012 hubo una ola de calor que dejó afuera a muchos competidores, en una carrera que de por sí ya no era sencilla. Yo he corrido mojado y sinceramente no me entusiasma, en especial por los pies que se llevan la peor parte. Creo que tengo abrigo ligero y un rompe viento como para protegerme la parte superior del cuerpo. Posiblemente necesite una cantidad importante de medias secas para hacer recambios…

El hecho de que llueva y que las temperaturas estén por debajo de los 30 grados me daría un poco más de confianza (igual ya venía bastante confiado). Al parecer, cada Espartatlón es única, y este año no será la excepción.

Semana 50: Día 344: Un fondo bajo el diluvio

Se acerca la Espartatlón. Faltan poquísimos días y el entrenamiento entra en su etapa final. Poco me imaginaba que en el fondo de esta mañana me iba a enfrentar a un verdadero diluvio.

Dicen que la suerte no existe. Coincido en gran parte con este precepto: uno elige su propio destino. Pero no me quiero meter en el karma ni en si Dios juega a los dados con el universo. Hay una sola faceta en la vida diaria del corredor en donde influyen agentes externos que podríamos definir como suerte, y se trata del clima. El pronóstico del tiempo nos adelanta con bastante certeza lo que va a pasar en las próximas horas, pero uno igual se la juega sin tener el porvenir definido.

Yo ya sabía que iba a llover durante el viernes y el sábado, pero no tenía forma de saber a qué hora ni por cuánto tiempo. Cuando ayer fuimos a la acreditación de la media maratón parecía que se iba a caer el cielo, pero cuando salí de mi departamento casi que sale el sol, y no cayó una gota en todo el camino.

Estos últimos días del invierno del hemisferio sur no han sido muy fríos. Tuvimos alguna semana complicada, pero nada que ver a los 16 grados que hacía hoy. Me desperté a las 5 de la mañana para prepararme el desayuno y salir a entrenar. Me tocaba hacer un fondo antes de entrenar con los Puma Runners, y la distancia que separa mi casa de la base son unos 22 kilómetros, que puedo hacer en 1:45 hr, a veces en 2:00. Me pareció que podía hacer un poco más, así que calculé como para meter 30 kilómetros, y que después el entrenador decidiera.

No sentía frío, así que solo me puse unas calzas cortas, un pantalón, medias zapatillas (con las plantillas nuevas) y una remera. Era todo con lo que iba a salir, más algo de comida en los bolsillos. Pero empecé a dudar de si me iba a arreglar, después de todo quería llevarme un sándwich de tofu para después, más algo de ropa de recambio… así que después de dudar un poco, me calcé la mochila y ahí sí, salí.

No por mucho tiempo. Afuera empezaba a lloviznar. Apenitas. Subí nuevamente a mi departamento y me puse un rompevientos que es un poco impermeable. Dudé en llevarlo porque su impermeabilidad hace que también sea caluroso. Terminé saliendo poquitos minutos pasados de las 6 de la mañana. Aguanté el rompevientos unos 900 metros hasta que me lo saqué y lo guardé en la mochila. Cinco minutos después empezaba a llover. Y la lluvia se convirtió en aguacero. Y después en diluvio. Y después en baldazos de agua. Era como correr abajo de la ducha.

Por suerte (acá es donde entra este factor ajeno a nuestra influencia) no hacía calor, así que toda esa agua no me preocupaba. Fue inevitable volver unos años atrás, cuando ni siquiera me imaginaba que me iba a convertir en un corredor, y ver por la ventana del tren cómo un hombre entrenaba, solo, dando vueltas al Velódromo de Escalada bajo una lluvia torrencial. Hoy me convertí en ese hombre, el que enfrentaba a las fuerzas de la naturaleza en pos de entrenar. Dos automovilistas, en momentos diferentes, me tocaron bocina. Uno levantó su puño, en señal de apoyo. Me sentí, por un instante, un buen ejemplo.

Hice mi camino de siempre. Cuando corrí por debajo de la autopista, sentí un alivio especial porque salí por unos segundos de esa ducha incesante. Comí mi pan con semillas, mis pasas de uva, y en los bebederos tomaba agua, aunque casi que podía levantar la vista, abrir la boca y dejar que toda esa lluvia me hidratara.

En muchas partes tuve que hundir mis pies en el agua. Si no veía el suelo, bajaba la velocidad y caminaba dando zancadas largas. Por el bajo de Olivos, junto al tren de la costa, el camino estaba todo inundado. Sentí que juntaba información valiosa para darle al entrenador. Era obvio que no nos iba a convenir venir para ese lado.

Cuando finalmente uní Retiro con San Isidro llevaba esos 22 kilómetros que me imaginaba. Le di dos vueltas al Hipódromo y me detuve finalmente con esos 30 kilómetros que buscaba. Eran las 8:45 de la mañana, temprano todavía, ya que los Puma Runners se juntan a las 9. Aproveché esos minutos extra para elongar y comer otro poco de pan integral.

Ahí fue cuando miré el celular y vi que desde las 7:30 se había suspendido el entrenamiento (porque, claro, diluviaba). No hubiese tenido forma de verlo a tiempo, el mensaje cayó mientras yo llevaba como 15 kilómetros. Además, de haberlo visto, no hubiese hecho ese fondo, que me dejó bastante conforme. Así que vi el lado positivo de las cosas (otro fondo adentro), me abrigué y me fui a tomar el tren a casa. Toda mi ropa de recambio estaba empapada, pero al menos era manga larga (y no hacía frío).

Las seis cuadras que separan la terminal de tren de Retiro y mi departamento se me hicieron largas. Fue el único momento en que sentí frío, y temblaba como una hoja. Pero al llegar a casa y sacarme toda la ropa mojada pude sentir el placer de ponerme unas medias secas, además del orgullo de haber enfrentado yo a las fuerzas de la naturaleza… y no haberme arrepentido.

Semana 34: Día 236: El miedo a la lluvia

Hoy es un día de valientes. Porque la lluvia en primavera o verano ahuyenta a muchos deportistas que eligen el deporte al aire libre, pero cuando hace frío… quedan unos pocos.

Cuando estamos con el cuerpo caliente por haber corrido quizá ni nos demos cuenta. Probablemente sea más tolerable correr con calor, uno hasta puede desabrigarse hasta quedar en cuero (los hombres, al menos). El problema está cuando hace frío… solo contamos con el abrigo que tenemos encima. Ese es el motivo por el que conviene dejar poco margen al error y tener ropa de más. De última, ese buzo puede terminar atado a la cintura…

Nunca deja de sorprenderme el miedo que le tiene la gente a la lluvia. Me refiero puntualmente a los corredores, no a Doña Rosa… si disfrutamos del aire libre y la naturaleza… ¿acaso la lluvia no es parte de eso? La pregunta de si se entrena con lluvia debería desterrarse de quienes participan de carreras de aventura, las cuales no se suspenden a menos que venga Godzilla…

Los seres humanos somos impermeables, y se ha desarrollado toda una industria que se apoya en ofrecer ropa de abrigo y que repela el agua. Me juego a que el 90% que se queda en sus casas, jamás entrenó bajo la lluvia…

La ventaja de hacerlo, además de que fortalece el carácter (como todo lo que nos saca de nuestra zona de confort), es que hay unos pocos que se animan a entrenar bajo la lluvia de los meses fríos… eso es más vereda para correr… más barro también, pero eso es opcional…

Semana 19: Día 132: Entrenando bajo el diluvio

Estoy inscripto en la Espartatlón (o Spartathlon, otro día explico el por qué del nombre). Como esta ultra carrera, la más difícil del mundo, requiere tener un entrenamiento para hacer distancias bestiales, estoy intentando correr 100 km semanales como mínimo, para acomodarme en algún momento en 200 km. Por ahora vengo superando mis expectativas, con un promedio de 130 km por semana. El gemelo me molestó después de hacer dos fondos de 50 en la misma semana, pero ya anoche estaba casi recuperado.

Me junté a entrenar con los Puma Runners, y apenas estábamos por largar, empezó a llovar y bastante fuerte. No le tuvimos miedo a un poco de agua, y aprovechamos la vereda para hacer una vuelta al Hipódromo. Junto con algunas progresiones, cerramos una noche tranquila. Me vino bien que el entrenamiento fuese light, porque ya había acordado con Germán, mi entrenador, que al día siguiente iba a correr 50 km. Me motivaba que el gemelo casi no molestaba, pero mi principal motor sigue siendo acostumbrarme a las grandes distancias para cuando vayamos en septiembre a Grecia.

Mi plan original era levantarme a las 4 de la mañana, desayunar y salir. No me gusta estar 5 horas corriendo con el celular sonando por laburo, así que cuanto más temprano, más relajado puedo correr. Además iba a tener poco tráfico, y salía de mi zona de confort. En Grecia, a las 4 de la mañana, voy a tener 21 horas de carrera, y seguramente esté lejos todavía de la meta. Pero bueno, ese era mi plan original, que se desmoronó. Esa noche cené polenta (por los hidratos y para no demorarme demasiado cocinando) y me fui a acostar como a las 11 de la noche.

El reloj despertador sonó a las 4, como correspondía. Siempre lo pongo lejos, para obligarme a levantarme. Cuando me incorporé, obviamente era una noche cerrada, con algo así como un diluvio. Pensé que si llovía así las potenciales 5 horas de entrenamiento me podía llegar a enfermar. Además a nadie le gusta mojarme. Salir en esas condiciones era una locura. Consulté el pronóstico del tiempo en mi celular y aseguraba que la lluvia iba a parar a las 6, para después estar nublado pero sin un aguacero por el resto del día.

Decidí aprovechar ese tiempo para trabajar, y adelantar esas cosas que había prometido para “antes del mediodía” (si salía a las 4:30 de la mañana, podía estar frente a la compu a las 9:30). Las horas pasaban, el trabajo se iba finalizando, pero la lluvia seguía constante. No amainó ni un segundo. Ya con todo cerrado y enviado por correo, vi los primeros rayos de luz por la ventana, el agua cayendo, y me recordé a mí mismo que la idea era salir de la zona de confort. Okey, la lluvia se estaba quedando más de lo que mi celular (maldito mentiroso) había prometido. Podía salir, mojarme un poco, y después iba a parar.

Preparé mis cosas, como agua, Powerade, pasas, pretzels, dos geles diluidos en una botellita, me embadurné con vaselina sólida y salí. A las 7:10 estaba empezando el entrenamiento, bajo una constante lluvia. Pasé por la puerta de un edificio, y el portero me vio y murmuró “Este está loco”.

Mi mayor preocupación era el gemelo izquierdo, que me había dolido por más de una semana. Ahora percibía una molestia muy mínima, de 0 a 10 era un 1, pero me preocupaba que después se agudizara. Me di cuenta de una cosa: con lluvia y una temperatura fresca, tenía menos sed. Me encanta confirmar ciertas obviedades.

Creo que lo que más me asusta de correr con lluvia no es enfermarme, sino los autos. O, mejor dicho, los conductores, esos autómatas que se aislan del entorno y manejan como si estuviesen solos en el mundo. Ya me chocó una vez un auto un día de diluvio, y aunque no me pasó nada quedé un poco trastornado. Así que aunque los conductores tienen que extremar cuidados cuando llueve, yo también lo hago. Espero a tener paso en el semáforo, freno en todas las esquinas, y presto atención a los que van a doblar. Pero siempre hay uno whatsappeando mientras maneja, o el que está apurado y acelera cuando el semáforo se pone en amarillo. Los únicos dóciles son los taxistas sin pasajero, que andan a 15 km por hora y frenan incluso cuando tienen luz verde (costumbre que es insoportable).

El camino que hice es bastante conocido. Libertador derecho hasta llegar a 25 km, dar media vuelva y volver. En esta ocasión no tomé Figueroa Alcorta porque recordaba que había muchas zonas sin vereda, que seguramente iban a ser un barrial.

Como decía al principio, no sufrí sed, pero me obligué a tomar cada tanto. La lluvia me refrescaba mucho, y no tenía necesidad de mojarme. De hecho, tampoco tenía opción. Soy de los que transpiran mucho, y al final del entrenamiento parece que se tiraron a una pileta. Ahora estaba empapado, posiblemente por una combinación del clima más mi propia sudoración (que, seguro, estuvo agradablemente disminuida).

El entrenamiento fue muy agradable, pero no paraba de llover. Yo me acordaba de mi celular, y pensaba en que es mejor no creerle al aparatito. La lluvia hacía que las veredas estuviesen desiertas, sin peatones ni otros corredores. Es más, si hoy vieron a alguien corriendo a la mañana, era yo.

A la altura de Beccar las veredas estaban inundadas, y tuve que hundir los pies en el agua. No tuve tiempo de pensar, pero mientras daba pasos con los pies hundidos hasta los tobillos, dije en voz alta “Esto es un peligro”. Y sí que lo era. A la vuelta, opté por ir por la vereda de enfrente.

El gemelo no me molestó en ningún momento. De hecho, hice el mejor tiempo hasta ahora para un fondo de 50 km: 4 horas 36 minutos. Me sentí entero, muy bien, sin sed, ni calor, y muy poco cansado.

Muchas veces me preguntan qué pienso mientras corro. Los que hagan fondos largos ya lo habrán vivido, pero imagínense las cosas que pasan por la cabeza en tantas horas. Scott Jurek recurría al bushido para poner su mente en blanco, y decía que era necesario para superar el cansancio y el dolor. A mí no me sale lo de no pensar, y voy hilando cosas en mi cabeza. Intento ponerme ciertas reglas, como no detenerme en cuánto me falta para terminar sino en lo que ya recorrí. Presto atención a mi cuerpo, a si algo duele o molesta. Y me proyecto a futuro y me imagino llegando a la meta de la Espartatlón, con mi familia y mis amigos alentándome. Lo que todavía no me puedo imaginar es cómo correr esos 246 km, pero bueno, ya va a llegar.

Terminé mi entrenamiento con un optimismo renovado. El haberme recuperado por completo del gemelo es un alivio, porque confirmé que no tengo una lesión y que solo es cuestión de fortalecer los músculos. Los fondos largos también sirven para eso, para medir qué cosas necesito mejorar.

El próximo fondo de 50 km es el domingo. Probablemente lo haga a un ritmo más tranquilo, pero siento que ya me estoy acostumbrando a la distancia, y que en cualquier momento empiezo a sumarle kilómetros. Esto me trae aparejado un nuevo problema: yo corro con mochila, que me incomoda bastante pero es la única opción que tengo de cargar comida y bebida suficiente… cuando haga 70 o 100 km… ¿con qué corro? ¿Dos mochilas? ¿Empujando un carrito? ¿Con un sidecar? Cosas que iré resolviendo en breve…

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