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Semana 48: Día 336: ¿Por qué todavía no me lesioné?

El listado de atletas argentinos que participaban de la Espartatlón era de 13 corredores, un récord. Consideremos el dato de que en toda su historia, la cantidad de mis compatriotas que la habían terminado era de 11. Si le sumamos el bendito promedio de finalistas, que ronda el 30%, se supone que solo cuatro la íbamos a terminar este año… con suerte.

Tuve una sensación muy extraña al enterarme de que uno de los inscriptos, y quien ya la había terminado el año pasado, se bajaba. Después otro por haberse lesionado. Más tarde un segundo relataba haberse hecho una tendinitis (en un relato que me puso la piel de gallina, con él tirado en un banco, llorando, cuando comprendió que no iba a poder correr en Grecia). Y se le sumó otro experimentado atleta que no iba a viajar por problemas estomacales que le hacían imposible correr y alimentarse correctamente (en esta brutal ultramaratón es clave).

Todos estos experimentados atletas, algunos finalistas en varias oportunidades, decidieron que su cuerpo no los podía acompañar y a un mes de la carrera anunciaron que se bajaban. La primera impresión es la de la compasión. Uno está en igualdad de condiciones, intentando juntar dinero de donde sea (con la dificultad que es para nosotros con nuestra moneda, muy débil ante el euro). Si la Espartatlón significa tanto para mí, para ellos debería ser algo similar. Me acuerdo las veces en que decidí no correrla (o que me dijeron que no podía hacerla), y fue duro aunque estaba a muchísimos meses de la largada. Hacerlo tan cerca de la fecha… es fuerte.

La siguiente sensación pasa a ser un poco más egocéntrica. ¿Por qué esto no me pasó a mí? Tuve lesiones que me dejaron sin poder correr en el pasado, pero no fue durante mi entrenamiento para la Espartatlón. Tampoco estaba yo haciendo el volumen que hacían algunos de estos “pesos pesados” del ultramaratonismo. Nunca llegué a correr 500 km en un mes, por más que sentí que tenía que llegar a los 800 km mensuales. Germán, mi entrenador, encaró el trabajo por otro lado, diferente a lo que compartían otros espartatletas. Me siento listo, a pesar de que no cumplí los requisitos “obligatorios” que recomendaban muchos finalistas (uno decía que si no corrés 100 km en menos de 9 horas, ni te molestes en participar).

Repaso entonces mis dolores. El metatarso todavía me molesta, no al nivel de antes, y estoy convencido de que es porque necesito cambiar de zapatillas. Lo mismo el tobillo izquierdo, que cuando hago progresiones o arranco en forma explosiva me molesta (una técnica de carrera que no voy a necesitar aplicar en Grecia, para nada). Después de mi último fondo me molestó un par de días el hombro izquierdo, como una contractura. Al día siguiente me contracturé el derecho. Creo que tiene que ver con el descanso (o la falta de él), y la obvia tensión de acumular kilómetros con un calzado inapropiado. Y las ampollas en los dedos chiquitos de los pies.

Todas cosas que no me van a dejar afuera de los 246 km de Grecia, y que tengo la esperanza de que se acomoden apenas me llegue mi nuevo calzado. Quizá Germán me cuidó lo suficiente para que no me exija de más, aunque estoy tirando fondos largos (el domingo me tocan 50 km nuevamente).

Confieso que me preocupa un poco que otros compatriotas experimentados se lesionen ANTES de la carrera… ¿qué nos queda cuando lleguemos? Supongo que es preferible “romperse” allá. La frustración va a ser la misma, dudo que haya consuelo para el que esté abandonando lejos de casa.

Toco madera. Todavía nada me hizo sentir que mi participación peligraba, y con inteligencia y cuidado, nada me va a pasar. No puedo decir que necesite “suerte”, porque eso ya sabemos que es algo que no existe.

Semana 34: Día 234: Tatuaje espartano

No soy de los que se hacen tatuajes. ¿Por qué? ¿Miedo a las agujas? No, más bien es que en mi vida suelo aburrirme de las cosas. Que me apasione el running durante tantos años es una novedad, pero he sido fanático de bandas o artistas y después me he olvidado. Lo mismo con series o películas. ¿Qué piensa hoy el adolescente que se tatuó a los Guns n’ Roses en el brazo? ¿Qué hay del que se puso “VEGAN” gigante y ahora come panchos en eventos públicos?

Podría, claro está, hacerme algo atemporal, un tribal o un dibujo abstracto, pero sé que con los años me aburriría y me arrepentiría. Tanto me retocaría los tatuajes que terminaría siendo todo negro.

Pero… no dejo de coquetear con la idea de hacerme uno después de terminar la Espartatlón. Algo conmemorativo, porque aunque algún día deje de correr, será un recordatorio de un punto alto (quizás el máximo) en mi carrera atlética. La gente me preguntaría qué es eso que me hice, y tendría una historia interesante para contar.

Por supuesto que no me decido qué hacerme, y para ponerme a pesar en eso primero tengo que llegar a la meta. Así que por ahora es solo una fantasía, pero es la primera vez que lo considero seriamente. Mientras fantaseo, me crucé con este artículo de Mark Wooley, un atleta británico que compartió su historia en la Espartatlón y la marca permanente que se hizo en su gemelo. Sin más, la traduzco para la posteridad:

Déjame contarte sobre de mi tatuaje.

La mayoría de las personas lo ven y simplemente lo asocian con un corredor. Aquellos que saben lo asocian con Filípides y la Espartatlón. Claramente, llevar el tatuaje es haber terminado la Espartatlón, pero el significado es de hecho mucho más profundo.

Hace unos 20 años me caí mientras hacía escalada y me rompí la pierna justo sobre el tobillo derecho. La pierna literalmente se había partido a la mitad y el pie colgaba de unos pocos tendones. El equipo de rescate me llevó en helicóptero y entonces tuve una cirugía de emergencia en el hospital. Los doctores me dijeron que jamás volvería a correr.

En aquel entonces, en los 80s, la historia de Filípides corriendo de Atenas a Esparta en 36 horas era considerada imposible, nada más que una curiosa anécdota antigua, mezclada con mitología griega de hazañas imposibles, criaturas imposibles y dioses. Eso fue hasta que John Foden y su equipo decidieron probar que en verdad era posible, y que Filípides sí corrió entre Atenas y Esparta. El resto lo sabemos todos, que ahora es historia del ultra-running, con el nacimiento de la Espartatlón, la carrera más grandiosa del mundo. 

Así que el significado del tatuaje es que nada es imposible, ni la herida ni la hazaña. Los únicos límites son los que están en nuestra cabeza y solo están ahí para ser rotos. El tatuaje está en la pierna que me rompí,  aunque hoy tendrías que mirar detenidamente para ver las cicatrices. Yo solo tengo que mirar hacia abajo para recordarme que nada es imposible. Filípides será siempre el mito que debe ser roto.

Semana 26: Día 182: A mitad de camino

¿Qué día es hoy? Uno como cualquier otro, donde Fibertel me dejó sin internet todo el tiempo, los trabajos se acumulan, me cociné cous cous con soja texturizada y tomates desecados, corrí y me bañé. Pero podríamos decir que es un día especial.

Hoy es el día 182 de Semana 52, o sea que es exactamente la mitad del trayecto. Desde el Spartathlon 2013 a el Spartathlon 2014. Nunca pensé que iba a durar más allá del primer año, y después vino el segundo y ahora el tercero, buscando cumplir ese sueño tan lejano.

¿Cómo me encuentra estar exactamente parado en la mitad? Un poco ansioso, porque estoy lejos del dinero que necesito para viajar con mi equipo a Grecia. Sé que de mi bolsillo solo me puedo pagar todo, pero siento que con eso no va a ser suficiente para llegar a la meta. Como sea, también estoy contento por todo lo que logré. Esta semana tuve algo de preocupación por mi pie izquierdo, una molestia sobre el empeine, casi pegado al tobillo externo… dolía correr, incluso caminar. No me apareció pegado a Tandil, ni durante el último fondo de 50 km… sino el lunes, como quien no quiere la cosa. El miércoles seguía molestándome, y por eso me reservé y no volví corriendo a casa.

Pero hoy… me tomé un momento para salir a trotar, sin tener idea de cómo estaba. Lo único que le administré fue descanso. Salí y me fui a la Reserva Ecológica, que estaba desierta. Anoche llovió mucho, así que era un barrial. Yo creía que los días posteriores a una tormenta no abrían, pero como estaba tan estresado y tan necesitado de correr, me mandé sin pensar. Una vez adentro noté lo dificultoso que es hacer un fondo sobre barro… pero no me detuve. Hice 20 km, de los cuales casi 18 fueron adentro de la Reserva, pisando a veces el barro y otras esquivándolo. ¿El tobillo? No me molestó absolutamente NADA. Igual saqué turno con unos traumatólogos especialistas en atletas, porque quiero que me revisen de punta a punta. No está de más evaluar cómo estoy por dentro…

En la Reserva me pasó algo extraño, una de esas cosas que no podría ver como molestas y a la vez divertidas. Estaba corriendo e intentando identificar por el suelo si me iba a hundir o si la tierra era firme… y con el correr de los kilómetros empecé a acumular barro en la suela de la zapatilla. Se podía sentir alterando mi pisada, agregándole peso a mis pies… y al seguir avanzando, rápido y dando pisotones fuertes, empezaba a sentir cómo se desprendía el barro por cachos enormes… algunos me pegaban en los gemelos con cada zancada. Era una situación placentera, como esa sensación de sentir la estática cuando te sacás un pullover en invierno, o cuando te despegás la plasticola de la yema de los dedos. En fin, cosas que te pasan corriendo en el barro.

Ahora que estoy recuperado espero aprovechar los últimos días de marzo para aumentar mi kilometraje y ver en qué número cierro. Falta mucho para Grecia pero también muy poco. Son solo 182 días hasta llegar a la largada…

Semana 26: Día 180: Volviendo

Hoy va a ser mi regreso a entrenar con normalidad. Pero sigo con algunas molestias en la pierna izquierda, así que es todavía una incógnita para mí cómo me va a ir.

El dolor no es exactamente en el tobillo, al menos no a nivel óseo. Tengo la impresión de que es algún tendón, como si fuese otra vez una osteocondritis (prefiero que me agarre ahora y no en Septiembre). Tomármelo con calma el lunes me ayudó, hoy es la prueba de fuego, aunque todavía siento una ligera molestia.

Tanta fe me tengo que vine preparado para volver corriendo a casa. Si no me molesta cuando entrene, quizá haga los 21 km desde San Isidro a Retiro trotando. Si no, será con sentimiento de derrota y en tren.

Por si todo sale bien, mi estrategia es no correr con mochila, así que me traje un Powerade en una bolsa, junto a un sándwich de tofu. En este preciso instante estoy viajando a Acassuso en un atestado tren. Vistiendo una remera de manga larga sobre la musculosa y calzas largas. No es que tenga frío (aunque afuera caen algunas gotas de lluvia), sino que mi entrenador me aconsejó vestir calzas para ayudar a que las piernas entren en calor más rápido.

Y si me sigue doliendo, no podré seguir evitando ir a una consulta con un traumatólogo…

Semana 26: Día 179: Recuperando los tobillos

Si tuviese que recomendar un modo de tratar una lesión, sería descanso y entrenamiento.

Aunque eso suene una paradoja, es lo que siempre me funcionó. No sobrecargar la zona pero tampoco quedarse quieto indefinidamente. Veo a las lesiones o los dolores como una señal de que esa parte del cuerpo necesita más entrenamiento (me refiero a las consecuencias de la fatiga, no si te cae una piedra en el antebrazo). Siguiendo esta política, en los últimos meses decidí no tomar analgésicos. Entiendo si alguien necesita tomarlos ante una situación absolutamente intolerable, pero creo que jugamos demasiado con nuestra salud y le metemos demasiados químicos a nuestro cuerpo. Sin ir más lejos, muchos calmantes tienen contraindicaciones a las que no les damos mucha importancia, la más común siendo la de hacer pelota nuestro aparato digestivo.

No me queda muy en claro qué me pasó, pero supongo que el esfuerzo por correr la Adventure Race de Tandil me dejó especialmente sensible, y ayer, un día después de correr un fondo de 50 km, empecé a notar un dolor en el tobillo izquierdo. Cuando a la noche quise entrenar, habiendo dormido muy poco en los últimos dos días, me sentía duro como una piedra y con bastante molestia. Decidí no esforzarme y correr muy poco. Después de dormir unas reglamentarias 8 horas me siento mejor, calculo que mañana será la hora de la verdad.

Si pongo la carrera en perspectiva, la montaña no es lo mío. Me cuesta mucho bajar y no piso con seguridad. Me tropecé dos veces y me torcí el tobillo todo el tiempo, pero lo raro es que era el derecho. ¿Podría ser que la molestia en el izquierdo haya sido por compensación? Todo es probable…

En 20 días es la Patagonia Run, que en comparación hace que la Adventure Race de Tandil sea una caminata al chino de la vuelta. Decididamente no me voy a enloquecer y voy a tomarme con mucha calma cualquier terreno que no sea asfalto o tierra plana. Estoy necesitando hacer una ultramaratón como entrenamiento, exigirme y salir de mi zona de confort (en la montaña no voy a poder ir a una estación de servicio a comprarme algo para tomar), pero tampoco quiero lesionarme y poner en riesgo mi entrenamiento para la Espartatlón.

Mi conclusión es que, aunque le puse mi mejor esfuerzo y me fue mejor que nunca, no estoy preparado para correr entre las rocas y mucho menos en las bajadas. Entonces, ¿para qué me meto en esa clase de carreras? Supongo que si fuera fácil para mí, no me representarían un desafío…

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