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Semana 51: Día 352: Por qué odio volar

Se acerca el esperado viaje a Atenas para correr la ultramaratón más gloriosa del mundo. Y este viaje no viene ajeno a estrés y unas ganas terribles de que todo esto pase pronto.

En una primera impresión uno podría creer que le tengo miedo a volar. Nada más alejado de eso. Soy de los que se creen invencibles y que sobreviviría aferrado a una pelota Wilson a cualquier desastre aéreo. Probablemente no pase eso y mis restos desaparezcan en el fondo del mar, pero realmente nada de esto me preocupa. Los aviones no me resultan particularmente cómodos para dormir, aunque pienso hacerlo desde que salgamos de Ezeiza hasta que aterricemos en Fiumicino. De hecho disfruto mucho de ese tiempo para ver una película, leer o descansar de los preparativos previos al viaje. Y es eso lo que me desarticula: toda la previa.

Mi estrés viene particularmente de adelantar trabajo para los días que no esté. Cuando uno es autónomo, nadie hace tu trabajo en tu ausencia. Uno no es el engranaje de una máquina que anda sola, sino que es el técnico que solo puede repararla cuando deja de funcionar (y se rompe a cada rato). Así que todo lo que pude lo tercericé, y lo que no intenté adelantarlo. ¿Alguna vez les pasó que hicieron un backup de un terabyte con todo el trabajo de una editorial, y cuatro días antes de viajar se rompe el disco externo y es imposible que la máquina lo reconozca? Me acaba de pasar. ¿Qué hago ante una situación como esta? Llorar.

Todo ese ajetreo del trabajo me quita horas de sueño, aunque este año hice malabares para que no me quitara horas de entrenamiento. Todavía no sé cómo lo logré. Probablemente a costa de tener que dejar algunos asuntos pendientes, o de tercerizar trabajos con amigos. Esto, obviamente, también me impide armar la valija a tiempo. De hecho, no tengo valija. Nunca tuve, todavía no me han prestado, y mañana, lunes a la noche, 48 horas antes de salir, voy a ir a buscar una que me presta mi prima. Recién el martes podría empezar a guardar mis cosas… si es que me da el tiempo. No es que me angustie demasiado hacer las cosas a último momento, pero vivo con la sensación de que me voy a terminar olvidando de algo.

A esta altura no tengo idea de cómo voy a ir a Ezeiza, pero supongo que mis padres lo tienen resuelto. Quiero llevarme cosas veganas para el viaje, como harina de garbanzos, harina de maíz, maca, levadura… y voy fantaseando que voy a terminar preso como en Expreso de Medianoche porque van a confundir eso con sustancias ilegales. Y este es mi gran trauma: aduana y migraciones. Rara vez tuve algún problema, pero en cada viaje tengo la sensación de que me van a impedir volar. Viajando a una convención de cómics en Montevideo me impidieron viajar en el barco por no haber declarado la mercadería que llevaba (cómics de mi editorial), y volando de Londres a Madrid para enganchar mi vuelo a Buenos Aires, una arpía de Easy Jet no me dejó volar porque no tenía mi boleto de regreso a casa. O sea, ¿qué le importaba? De todo el vuelo fui al único que le pidió este requisito, supongo que por tener pasaporte argentino. Y cuando quería tomar este vuelo no estaba tan paranoico…

En definitiva, hasta no pisar territorio europeo, sepan que la voy a estar pasando muy mal. Y si en el avión se confunden con mi comida especial vegana y se la dan a otro pasajero (como me ha pasado), además de estresado voy a estar de mal humor.

Así que empezaré a disfrutar de este viaje cuando esté del otro lado, haya pasado migraciones, y finalmente sea otro turista más, y no un deportado en potencia…

Semana 47: Día 325: Descansando

Las circunstancias de mi viaje me obligan a no entrenar hoy, un día después de haber corrido 70 km. Pero no dejé pasar la oportunidad de descansar.

La falta de un sueño reparador ha sido siempre mi gran déficit en el entrenamiento. He intentado, en los últimos meses, dormir todo lo que el cuerpo me pida. La única forma natural en que se me ocurrió hacerlo es dejar de lado el despertador y que la cabeza se active sola. Obligarme a dormir es algo que no me sale.

Por no acostarme en horario es que el sábado me quedé dormido y me perdí de hacer el fondo ese día. Por eso reintenté el domingo, con éxito (y más descansado). Llegado el lunes, por supuesto, me dolía la espalda y tenía los pies ampollados y un poquito doloridos (nada grave). Además tengo pilas y pilas de cómics para catalogar, ya que no los puedo vender sin saber su estado ni si las colecciones están incompletas, por no mencionar que hay cosas que tengo que no me acuerdo. Aunque recibí algo de ayuda durante el fin de semana para empezar a ordenarlo, no me quedó otra que tener que hacerlo yo, y me resultó algo menos cansador que ir a entrenar.

Normalmente hubiese ido igual, aunque sea para ver a mis compañeros de Puma Runners, pero me urge organizarme porque me he cruzado con dementes que quieren comprar colecciones completas, así que es mejor saber qué ofrecerles.

Así terminé descansando… mientras por mis manos pasaban miles y miles de revistas. Hubo, sí, dos momentos dolorosos: el primero fue ver que a pesar de ciertos cuidados que tuve, algunas portadas tienen manchas de humedad (otras tienen su olor). Va a ser difícil vender eso, creo que hasta me va a costar regalarlo. El segundo, notar que me faltan cosas. Series que, si las menciono, solo las conocerán los lectores experimentados, pero por ejemplo no apareció la Doom Patrol, escrita por Morrison, material que estoy seguro le hubiese interesado a mucha gente. Como no tengo tan buena memoria, me cuesta darme cuenta si es lo único faltante, porque podría ser que lo haya prestado y me haya olvidado, o que nos haya quedado una caja en la casa de Banfield que no vimos.

Pero, ¿la buena noticia? Nada de esto me quitó el sueño. Cuando me cansé de ordenar, me fui a la cama y dormí como un bebé, soñando con todo lo que vamos a poder hacer en Atenas gracias a esta megaventa…

Semana 46: Día 317: Hay equipo

Anoche tuve un sueño, y en él iba al entrenamiento corriendo. Nada fuera de lo común, son 22 kilómetros, aproximadamente. Ahí me esperaba mi grupo de entrenamiento, los Puma Runners. El tema es que, apenas llegaba después de ese fondo, empezaba a correr la Espartaltón. Para mis adentros pensaba que no había sido una buena idea lo de los 22 kilómetros, pero no importa, igual hago 246 más. El camino era de pasto, incómodo, y lo que me tranquilizaba era que me escoltaban algunos de mis compañeros.

Hace tiempo que el sueño de correr la Espartatlón se volvió grupal y no individual. Si bien la corro solo, ellos estaban ahí, en cada instancia. El algún momento me imaginé viajando a Grecia con todos ellos, porque en mis fantasías conseguíamos un gran sponsor que ayudaba con todos los costos. Eso no ocurrió, pero Germán, mi entrenador, siempre dijo que me iba a acompañar. Hoy lo sumamos a Nico al viaje, y después a Lean. Además de mis papás (los únicos sponsors de Semana 52 a la fecha), este es actualmente el equipo que estará en Atenas apoyando, haciendo logística, y viviendo el día a día.

Yo siento que tengo la parte fácil, que es correr. Ellos se movilizarán de puesto a puesto, y estoy seguro de que al principio va a ser muy vertiginoso y entrentenido, y a las seis horas se van a querer matar. Pero bueno, yo los necesito, porque lo que me preocupa es que el cansancio me haga distraerme en lo que respecta a comida e hidratación, sobre todo pasada la mitad de la carrera. Será su tarea que yo mantenga la estrategia y que siga motivado.

Esto es muy tranquilizador para mí. Por eso hice mi aporte vendiendo cómics para cubrir una parte enorme de los pasajes. Como funcionó tan bien, y vendí una quinta parte de mi colección, me quedé pensando en si podría sumar más gente vendiendo lo que me falta, o sumar comodidades al viaje. Transformar esos cómics guardados desde hace una década en un equipo de asistencia en la Espartatlón… se entiende que estoy haciendo negocio, ¿no?

Todavía queda un mes y medio para la carrera, pero ya siento que tengo todo lo que necesito. Si la termino o no será algo a definir, pero sé que hice todo lo que estaba a mi alcance, y que voy a correr la carrera más gloriosa de todo exactamente en las circunstancias que siempre deseé…

Semana 44: Día 304: El sueño completo

Estos últimos meses escribí muchas veces mi historia. De cómo pasé de ser un “gordo come chizitos” (como le gusta decir a mi entrenador Germán) a ser un tipo que está a 60 días de correr los 240 km de la Espartatlón. Un sueño que está ahí nomás de realizarse.

Y la conté tantas veces porque armé una presentación con mi historia, la carrera, y por qué necesito un sponsor. Verán, estadísticamente quienes llegan a la meta en Atenas son quienes cuentan con un equipo de apoyo propio. Será por motivación o porque te ayudan a no salirte de la estrategia, pero los que van solos la tienen más difícil y los que van acompañados llegan. Tiene sentido.

Hace casi un año, Germán le dijo al grupo que el sueño de correr la Espartatlón no era más mío, sino que era de todos. Claro, ellos me acompañaron en los fondos más largos y difíciles, corriendo a mi lado o asistiéndome con agua, comida y aliento. Además, yo me hice ahí, entre ellos. No empecé siendo ultramaratonista: era el tipo que iba al fondo, que faltaba cuando llovía y que creía que la recompensa era un alfajor triple y no un cuerpo sano. Ellos me ayudaron y confiaron, yo cambié, y terminé ayudándolos a ellos al mostrarles que el compromiso y la constancia rinden sus frutos más rápido de lo que uno creería.

La Espartatlón es de todos y con ayuda de al menos dos de ellos tendría a mi equipo de asistentes y el sueño estaría completo. Pero es algo que sale caro, así que armé la presentación para conseguir sponsors o pasajes (no para mí, eso ya está pagado y estoy feliz de que salga de mi bolsillo). En la primera versión hablaba de mí en tercera persona, y los chicos me la bocharon. Decían que le faltaba emoción, que tenía que contar las veces que había intentado cumplir los requisitos de la Espartatlón y fallé. Lo importante que era para mí todo este proyecto. Cómo pasé de odiar correr de chico a vivirlo con tanta pasión. Los cambios que logré en los últimos años. Les hice caso y surgió una nueva versión que te podía hacer llorar.

Pero tiempo después obtuve consejo de vendedores, gente más cerca de los gerentes, que me dijeron que era demasiado largo. Que no tenían ni 5 minutos para dedicarme y que me iba a perder la poca atención que me podían dar. Una página, sintética, y si los enganchaba ahí les trataba de sacar una lágrima. Así que nació la segunda versión, más técnica y fría, pero con un bello mapa del recorrido y sus 75 puestos de control.

Resultó que esa no sería la versión final. Otra persona experta en ventas me dijo que la primera página estaba fantástica, pero le faltaba una segunda en la que contara qué ofrecía yo a las empresas y cuáles eran mis objetivos. Lo de la experiencia personal estaba bien, pero como complemento. De hecho, se convirtió en un anexo de “historia de vida” llamado “El corredor que odiaba correr”.

Con estos híbridos más una carta preforma, llegué a Aerolíneas Argentinas, rogándoles por dos pasajes de avión como mínimo (aunque el número mágico es 4). Me respondieron un mes después con una oferta muy buena, descontándome un 40% el precio de los pasajes como forma de apoyo. No tenían por qué hacerlo ni pedían nada a cambio, pero no es suficiente. Eso sigue siendo muchísima plata. Así que sigo buscando.

Me parece que 15 días es un plazo razonable para decir “muchachos, hasta acá lo intentamos”. Me estoy jugando las últimas armas, tocando los últimos contactos. A través de mi amigo Seba De Caro llegué a la Rock n’ Pop (FM 95.9), y mañana, en Gente Sexy, a eso de las 10:45 de la mañana, voy a estar en la sección “Gente que hace” hablando de la Espartaltón, cómo correr se convirtió en mi vida, y en mi necesidad de conseguir un sponsor para que el sueño esté completo. Quizá sea mi última arma. No dejo de soñar. Tengo fe de que algo puede surgir a último momento.

La carrera… la correré como sea. Pero una ayudita del destino no me vendría nada mal.

Semana 30: Día 208: Reivindicando a los griegos

Ayer me volví a quejar de la “desorganización” de la Espartatlón y de los griegos en general. En verdad yo veo estas cosas como puntos de giro en el guión de una película que termina con la carrera (llegar o no la meta es lo que se resuelve en el final).

Como un colega corredor me dio su punto de vista (si fuese legal, probablemente se casaría con la International Spartathlon Association), me pareció justo mostrar otra cara.

Los griegos son, ni más ni menos, nuestros padres a la hora de hablar de la civilización occidental. Sus aportes en la filosofía, ciencia y política nos han definido como sociedad al día de hoy.

Visitar Atenas puede ser un golpe para muchos turistas. Yo me sentí en casa. El modo en que actúa la gente, parecieran todos argentinos. Lamentablemente, manejan tan mal como nosotros (lo sé, se supone que iba a compensar…). Honestamente en Atenas fue donde mejor me trataron como turista. Hay que manejarse en inglés, pero siempre supieron darme indicaciones precisas y se interesaron por mi historia (es muy raro explicarle a un griego lo que es la Espartatlón).

Si algo nos hermana con los atenienses es que ellos también se subestiman. Se quejan de su gobierno, de los servicios públicos, y de sus propias playas. Pero cuando un griego te dice que un balneario es feo, para un argentino puede ser el paisaje más alucinante de su vida. Y lo mejor es que algo de razón tenían: aunque uno vea una playa hermosa, más lejos se esconden lugares infinitamente mejores.

No tuve suerte con mis primeros intentos de anotarme en la carrera, pero siempre encontré gente que me ayudó desinteresadamente. De hecho, todos los problemas que tuve me los resolvió un griego…

Hoy solo soy un atleta intentando correr su primera Espartatlón. Siento que estoy juntando anécdotas, y que seguramente termine muy agradecido con la organización una vez que cruce la meta (si la cruzo, si no, no).

Semana 5: Día 29: La primera maratón

primera_maratón
Hace muchos años, Pierre de Coubertín, principal impulsor de la Educación Física en Francia, decidió crear los Juegos Olímpicos Modernos y así recuperar los ideales deportivos de la Grecia Clásica. Entre el 6 y el 15 de abril de 1896 en Atenas. Coubertín, además de presidir el Comité Olímpico Internacional y crear esta tradición cada cuatro años, fue el que acuñó una famosa frase que decimos con frecuencia: “Lo importante no es ganar, sino competir”.

A pesar de muchas dificultades, los primeros Juegos Olímpicos fueron un éxito. A la fecha, fue el evento deportivo de mayor participación internacional. El Estadio Panathinaikó, el primer gran estadio del mundo moderno, vio rebasada su capacidad.
Cuando se acercaban los primeros juegos, el francés Michel Bréal le sugirió a Coubertín hacer una gran prueba de fondo con el nombre de la legendaria batalla de Maratón. Debatieron qué distancia hacer, si la que unía Atenas con Esparta, de 240 km (hoy la mítica Espartatlón) o la de los 39 km que unen la capital con la ciudad de Maratón. Optaron por la segunda, y esta prueba se convirtió en la favorita y la más esperada por el público.
Recién a cuatro kilómetros del final, el local Spyridon Louis tomó la delantera y le sacó siete minutos de ventaja al segundo. Cruzó la meta a las 2 hs 58 minutos y 50 segundos, aunque solo había corrido esa distancia una vez anteriormente, para la preselección. Había llegado en quinto lugar, con 3 horas 18 minutos. Este humilde pastor griego sorprendió a todos al llegar en primer lugar. Más de 100 mil espectadores hicieron temblar el Panatheinakó cuando se alzó con la gloria. La carrera se inició el 10 de abril a las 14:00 con un disparo de pistola del Coronel Papadiamantopoulos. Compitieron 17 corredores de los cuales 12 eran griegos. El segundo fue Kharilaos Vasilakos y el tercero Spiridon Belokas, quien fuera descalificado cuando se descubrió que hizo parte del recorrido subido en un carro (el broncepasó al húngaro Gyula Kellner). Muchos tuvieron que abandonar en el camino, exhaustos.
Cuenta la leyenda que Spyridon Louis, todavía más rezagado, llegó a Pikermi, se detuvo en una taberna, tomó un vaso de vino y aseguró a los presentes que no se preocuparan, que iba a ganar la carrera. Obviamente que el griego se convirtió en un héroe nacional. El rey de Grecia le propuso aceptar cualquier regalo que se le ocurriera, y el campeón pidió un carruaje con asno para su negocio de transporte de agua. Los regalos le llovieron por todas partes, como por ejemplo el afeitado y corte de pelo durante un año en una barbería. Curiosamente, Spyridon no volvió a competir nunca más. Falleció siendo un hombre acaudalado, el día 24 de marzo de 1940, a la edad de 66 años.
Como podemos ver en la foto que ilustra esta entrada, los primeros maratonistas no corrían con musculosa, ni las últimas zapatillas Asics. Ni siquiera tenían pantalón corto. Parece difícil imaginarse esa época, en la que mensajeros en bicicleta y a caballo iban desde la delantera hasta el palco real en el estadio para informar cómo venía la maratón. Mientras nosotros nos preparamos durante meses, ellos solo corrieron una vez para preclasificar. Las mujeres tenían vedadas las competencias, los caminos eran de tierra, y no necesitaban geles ni vaselina para llegar a la meta. Pero una cosa se mantiene, inmutable: el coraje de los atletas y la determinación para avanzar hasta alcanzar los propios límites.
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