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Semana 50: Día 345: Los 21 km de la Media Maratón de la Ciudad de Buenos Aires

Otro año, otra media maratón que se corre en las calles porteñas. Este emblema deportivo y turístico atrae cada vez a más entusiastas del running, y en esta edición reunieron a más de 20 mil corredores. Solo podría lograrse si las cosas se hacen de manera prolija, y realmente este es el caso.

La Carrera: En el año 2009 se creó la Fundación Ñandú, quien se hizo cargo la Maratón en la Ciudad de Buenos Aires, que se venía disputando desde 1984. En aquella primera edición participaron 900 atletas, número que crece año a año. Me encantaría darles el dato de desde cuándo se realiza la Media Maratón, una distancia un poco más accesible (21 kilómetros, para los que no lo saben). Realmente esta carrera es opacada por los 42 km en cuanto a la importancia que le da la internet a este tipo de eventos, pero donde sí no tiene punto de comparación es en la convocatoria: para esta edición se inscribieron más de 20 mil corredores.

El circuito es bien turístico. Comenzó en Monroe y Figueroa Alcorta para recorrer las calles de Belgrano, Palermo, Retiro y el microcentro. El marco de la Ciudad es uno de los principales atractivos, y uno puede sentir el placer de correr sobre la Avenida del Libertador, junto al Obelisco, en Avenida de Mayo y entrando a la Autopista desde la 9 de julio.

Para esta edición decidí tomarme las cosas con calma y aprovechar para acompañar a dos amigas, Sol y Ceci, en sus primeros 21 km. Estaban muy nerviosas pero a la vez muy entusiasmadas por animarse a esta distancia. Cuando hicimos la acreditación les dije que eligieran la pulsera violeta que indica una llegada entre 2 y 2:25 hs. Me trataron de loco en ese momento y me aseguraron que llegaríamos en 3 horas… Les dejo picando ese dato.

Lo bueno: La organización es el punto fuerte en este evento. Seguro, a veces hay cosas que fallan, como los guardarropas el año pasado (lo que propició a que hoy decidiéramos dejar las cosas en un auto), o el caos que puede llegar a ser tomar agua durante el recorrido. Pero esto no tiene nada que ver con desprolijidades, sino con que ya somos tantos participantes que hay pocas chances de no estar a punto de chocarte con el que tenés adelante.

El otro pilar en el que se basa esta media maratón es la Ciudad misma. Muchos odian las carreras de calle y las comparan, injustamente, con las de aventura, que se podría llegar a correr en Pinamar o Tandil. Entiendo y comparto que el contacto con la naturaleza es algo fantástico, pero poder invadir las avenidas principales es una reivindicación para cualquier atleta. ¿Cómo dejar pasar la oportunidad de trotar por el centro de la 9 de julio? ¿O pasar el peaje de la autopista corriendo?

La hidratación está muy bien medida, con amplias mesas (pero la cantidad de público, inevitablemente, hace terribles embotellamientos en las primeras). Está tan estudiada la cantidad promedio que toma un atleta en estas carreras que desarrollaron una botellita más chica con el agua justa.

Lo malo: Quizá sería injusto hablar de los problemas de tener a una multitud de corredores y cómo organizarlos. Pero se supone que en la largada uno debía acomodarse según su pulsera para que saliéramos más ordenados, de acuerdo al tiempo que uno pensaba hacer. Esto no se controló, y es bastante ingenuo pretender que seamos los corredores los que nos acomodemos solos.

Este año me pareció notar que había menos shows en vivo que en ediciones anteriores. Y me cambiaron a los imitadores Los Beatles por una banda (bastante decente) que hacía covers de cualquier banda. ¡Media pila! Con la banda de Liverpool no se jode…

Si hay algo que podríamos criticar es el pobre kit del corredor. La supuesta “Expo maratón” es muy linda, cada año aumenta en tamaño y prestigio, pero la bolsa que te entregan cuando vas a buscar tu remera debería traer algo. Una bebida isotónica, una barrita de cereal, ALGO. El costo de inscripción me parece barato, pero si somos 20 mil personas y a los extranjeros le cobran más caro… ¿tanto cuesta? A la hora de ponernos en quisquillosos y buscar cosas por mejorar, esta sería una.

El veredicto: La media maratón es una carrera sobre la que le pesa una gran expectativa, y este año no decepcionó. Todo salió como tenía que salir, el recorrido se disfrutó mucho, la hidratación alcanzó. Esta es una competencia muy digna, ideal como objetivo de quien necesita una meta para esforzarse y progresar. La recomendaría a absolutamente cualquiera que tenga ganas de empezar.

Puntaje:
Organización: 9/10
Kit de corredor: 4/10
Terreno: 9/10
Hidratación: 10/10
Nivel de dificultad: Para corredores avanzados

Puntaje final: 8,00

Semana 45: Día 313: Los 27 km de la Terma Adventure Race Pinamar 2014

Corrimos esta carrera el domingo y debía la crónica. Ahí vamos.

La Carrera: Si tengo que hablar de historia, sin lugar a dudas la Adventure Race de Tandil es la más especial para mí. Esta fue mi primera carrera de aventura, y si no cuento las “maratones” del colegio a fin de año, directamente debería decir que fue mi primera carrera. Era parte de un equipo de postas y cuando terminé la que me correspondía, la última, mi entrenador Germán me abrazó y yo no entendí bien por qué. Subestimé mi esfuerzo y no supe ver, como él, que esto era solo el principio de algo más grande.

En mi debut estaba auspiciada por Merrell, hoy por Terma. El recorrido no varió mucho con el paso de los años, con un terreno casi exclusivamente en arena, con muy poco camino de tierra, calle y el maravilloso campo de golf que es un deleite para los pies. Es una prueba agotadora, no es para cualquiera, pero conquistarla es un placer enorme. Y si tenemos suerte, va a tocar un buen día que amerite pasar unos días en la playa antes o después de correr.

El kit del corredor, como en todas las Adventure Race previas, está compuesto principalmente por dos botellones de Terma que terminan cortando las correas de la bolsa. No me fijé si venía algo más, porque ya estar acarreando el kit por dos tiras colgando me resultó un poco fastidioso.

Lo bueno: Para variar la organización fue muy buena. Sería extraño que no sea así, con todos sus años de experiencia. La largada (sin Carna este año) es puntual, emocionante, y te lleva de lleno desde la calle central de la ciudad a la playa, para empezar una buena cantidad de kilómetros en la arena.

La dificultad de esta competencia es su terreno, ya que al ser un suelo blando come muchas piernas. Pero este año los participantes recibieron una mano de la madre naturaleza, y las copiosas lluvias de los días anteriores asentaron la arena, en especial en la parte de los médanos. Esto dio mucha más tracción, además de que generó un pequeño lago a esquivar en la mitad de la carrera. Quienes debutaron en esta edición quizá se lleven una sorpresa el año próximo, cuando sientan que están corriendo en el lugar en vez de avanzar.

Esa variedad en el terreno, que incluye asfalto (bastante poco), calle de tierra, bosque lleno de pinocha y ondulaciones, además de la playa y los interminables médanos, le dan mucha variedad a esta carrera. Quienes conocemos el recorrido sabemos lo que nos espera, y por eso seguimos volviendo. Me costó mucho dejar de padecer el bosque, probablemente la parte más dura de la Adventure Race. Muchos creen que lo difícil son los médanos, pero con un tranco corto en subidas y llanos y largo en las bajadas, se tolera mucho más.

Los puestos de hidratación están muy bien colocados, aunque hay quienes podrían quedarse corto en bebida y comida si no llevan algo extra entre puesto y puesto.

Detalle aparte, que suma: el reloj me dio exactamente 27 km, distancia prometida. El problema es que no anda bien y no lo pude detener, así que me dio que hice 135 km (se le acabaron las pilas en la ruta, volviendo a Buenos Aires).

Lo malo: Nuevamente, la mala costumbre del Club de Corredores de asociarse con una marca de cervezas, que regalaban en la llegada a cambio de la entrega del chip. No quiero seguir aburriendo con los efectos nocivos del alcohol en un organismo que se sometió a varias horas de ejercicio intenso. Es cierto que cada uno decide qué hacer de su salud, pero sigo esperando que una organización deportiva, con el prestigio que tiene el club, recapacite en lo que le está haciendo a los miles de corredores que confían en ellos. No estoy solo en este reclamo, sé de muchos atletas que se indignan ante esta situación, pero algunos cometen el error de aceptar la lata igual, aunque no la tomen. Supongo que somos minoría, y que la mayoría se tomó esa cerveza apenas terminó. Es una pena, realmente.

Lo mismo pasa con los puestos de hidratación, donde por un convenio comercial solo ofrecen agua con bajo contenido de sodio, mientras los que no somos hipertensos (imagino que la gran mayoría), necesitamos sales y minerales.

En uno de los puestos se ve que alguien tuvo la pésima idea de pelar las bananas, lo que terminó generando una fruta pegajosa, que daba la impresión de haber sido manoseada. Me dio un poco de asco. Me llamó la atención que esto no pasó en otros puntos.

El veredicto: A diferencia de Colón, esta edición de la Adventure Race es bastante exigente, y no es apta para debutantes en carreras de aventura. Hay que estar bien preparado, sobre todo en el trabajo de fortalecimiento de piernas. Es muy divertida, y la considero ideal para realizar acompañado. Este año tuve la suerte de hacer la mitad con dos amigos y la segunda parte con una debutante. Poder transmitir mi propia experiencia, alentar y ayudar a que cada uno saque lo mejor de sí es muy gratificante.

Puntaje:
Organización: 8/10
Kit de corredor: 7/10
Terreno: 9/10
Hidratación: 6/10
Nivel de dificultad: Para corredores experimentados o debutantes suicidas

Puntaje final: 7,50


Semana 14: Día 95: Los 8 km de la Corrida San Silvestre Buenos Aires 2013

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Otro año que se termina, otra San Silvestre adentro. La cuarta que se hace en la Ciudad de Buenos Aires, de hecho.
La tradición comenzó en 2010 aquí, aunque sé que se extendió a otras localidades. Aquel 31 de diciembre se realizó por primera vez en Argentina, aunque el formato de la carrera se viene realizando desde hace muchos años en todo el mundo para celebrar fin de año. Yo he tenido la suerte de participar en todas, y cada una con su particularidad.
En la primera, que largó a las 4 de la tarde, nos morimos de calor. Mal. Ahora nos estamos quejando de la ola sofocante, pero en aquel entonces largar con el sol allá arriba fue demencial. El agua de los puestos de hidratación estaba CALIENTE. Yo estaba recuperándome de una lesión en la costilla, así que corrí con una faja. Creo que fue la primera vez que volvía al atletismo, ya en vías de recuperación (dos semanas antes había sido mi cumpleaños y no me podía reír del dolor). El cupo fue reducido, considerando que era la primera edición: unos 2200 corredores. Mi tiempo fue de 34:55.
La segunda, en 2011, repitió ese absurdo horario de las 4 de la tarde, pero la suerte estuvo de nuestro lado y la temperatura bajó bastante. En la primera edición se había corrido el rumor de que le iban a agregar 1 km cada año, hasta llegar a la distancia de San Pablo (que si mal no recuerdo, actualmente es de 16 km). Pero no pasó, y volvimos a correr 8 km, aunque con un clima más benigno. Seguramente esto hizo una gran diferencia, porque sin lesión ni sol asesino, la terminé en 32:15.
La tercera edición, 31 de diciembre de 2012, fue la última que hicimos con aquel maravilloso recorrido. En aquel entonces no lo sabíamos, pero la llegada del Metrobús seguramente influyó en que ya no correríamos por la 9 de Julio, debajo del obelisco, con un trazado en cruz que unía el Congreso con la Casa Rosada. También sería la despedida del asesino horario de las 4 de la tarde… pero tampoco lo sabíamos en ese entonces. Me estaba recuperando de un dolor de rodilla, y terminé los 8 km en 33:15.
Y venía por fin la nueva edición, la de esta mañana. Estoy en una nueva etapa medio zen (o medio vaga) y no me levanté con muchas ganas de hacer marca. Creo que si me lo hubiese propuesto, lo hubiese logrado. Este año mejoré mis tiempos de casi todas las carreras, pero cuando me apuro no disfruto de correr. Creo que a casi todos nos pasa lo mismo. Y este ha sido un año especial, con muchísimos altibajos (a veces cosas muy malas, a veces muy buenas). Y lo que más me quedó fue la fortaleza de la amistad.
Como en esta entrega corría por primera vez mi amigo Nico, decidí acompañarlo. Al principio, cuando se lo dije en la largada, no me creía. Me decía que me iba a despegar de él y lo iba a dejar atrás. Pero cumplí. Me resultó más valioso acompañarlo y hacerle de sargento, obligándolo a que haga velocidad. O sea, que sufra él en lugar de mí.
Este año tuvieron el tino de que la largada fuese a las 8 de la mañana. No hizo el calor horroroso de días atrás, sino que estaba agradable. Además, a esa hora había bastante sombra entre los edificios. La salida era desde Diagonal Norte y Suipacha, encarando hacia el lado de la Casa Rosada. Nada de cruzar la 9 de Julio, ni correr en sus laterales, ni pasar bajo el Obelisco. Eso ha quedado en el pasado. El recorrido, si bien tiene edificios muy lindos, me resultó mucho menos interesante. Pero correr en tu ciudad, junto a 5 mil personas (los conté uno por uno) es una muy linda experiencia.
Nico empezó a correr este año, y mejoró a pasos agigantados. Recuerdo haberlo acompañado hace unos meses, en los 10 km de las Fiestas Mayas, y yo vi cómo creció desde entonces. Hoy no fue la excepción, arrancamos con él y un amigo suyo (que como nos dejó atrás, de castigo no mencionaremos) a una muy buena velocidad, por debajo de los 4 minutos el kilómetro. Era difícil que mantuviésemos ese ritmo (de haberlo hecho hubiese roto mi propia marca), pero lo importante era separarnos del malón. Las calles por las que nos íbamos a meter eran angostas, y lo que más quería era correr con comodidad, sin andar a los codazos.
Otra táctica que les obligué a aplicar es la de irnos lo más adelante posible. No es muy popular entre los que ya están ahí parados, desde hace media hora, pero bueno, es la ley de la jungla. Avanzamos con respeto, hasta que es físicamente imposible. Igual tuvimos que caminar hasta pasar por debajo del arco de largada.
La hidratación estuvo bien, aunque algunos cayeron en la trampa del vaso de Gatorade, cosa imposible de tomar mientras uno corre. A menos que te quieras volcar la mitad encima, o atragantarte y que te quede ese gustito picante en el paladar. Para 8 km el agua alcanzaba bastante bien, y con ese clima benévolo (que debía estar debajo de los 30 grados) más que nunca.
El nuevo recorrido es un poco más intrincado, de idas y vueltas. Yo creo que no colabora con que se rompa el récord histórico de esta carrera. El ganador estuvo a 2 minutos de romperlo, se comentaba en el after race. En el trayecto, Fede Motta (lector de este blog), vino a saludarme, y como corresponde, no me pasó. Otro lector, al que no le pregunté el nombre, sí me pasó. Tengo que poner reglas claras, todos los lectores de Semana 52 atrás mío…
Nos acomodamos con Nico a una velocidad de 4:40. Lo sentí exigido, sobre todo en la respiración. Me pidió un par de veces que vaya a mi ritmo, pero me había comprometido a acompañarlo. Mi presión, evidentemente, le hacía mal. Le dije la obviedad del año: “Ahora me vas a odiar, pero en la meta me vas a agradecer”. Lo fui arengando y tenía momentos en donde disparaba y otros (pocos) donde bajaba la velocidad. Sobre el km 7, en la Plaza de Mayo, me dijo “Andá, dale”. ¡A un kilómetro de la meta! Le dije que ni loco, esto lo terminamos con un sprint.
Y así fue. A pesar de mi presión, de estar siempre bordeando el límite, de ahogarlo con el aire, de jurarme que no podía, hicimos el bendito pique al final. Le pedí que gritásemos ESPARTAAAAAA al cruzar la meta, pero me dejó solo. Es más, creo que se fue a un costado, buscando que nadie pensara que íbamos juntos.
El tiempo fue de 36:39 según mi reloj, con una distancia de 8,30 km. Para mí estuvo más que bien. No fue la gran diferencia de años anteriores, pero no fue un tiempo personal, sino que fue compartido. Eso lo hizo más valioso para mí. En mi imaginario me hubiese encantado tener a otro corredor con un poquito más de experiencia que yo que me arengue. Creo que la única situación que viví similar fue cuando corría con mi papá, en mi adolescencia, y él me daba aliento y me iba aconsejando. Fue hace más de 20 años, y sus consejos sobre respiración se los iba repitiendo a Nico hoy…
Creo que lo más maravilloso que vi en esta carrera fue a un atleta descalzo. Tenía la planta de los pies negras (no es que las calles de Buenos Aires estén particularmente limpias) y un andar muy cómodo. Le pregunté hace cuánto que corría así y me dijo que dos años. La historia de siempre, una lesión lo llevó a abandonar las zapatillas. “Es más barato”, le dije. Le saqué algunas fotos, tenía unos gemelos tallados con cincel. Lo envidié, tengo pendiente, en algún futuro incierto, probar de abandonar el calzado para trotar…
Este ha sido un buen año, puesto todo en la balanza. Igual no me conformo, y espero que 2014 sea mucho mejor.

Semana 11: Día 72: Los 5 km de Felicidad en movimiento

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…que en realidad fueron 3,2 km. Pero no importa.
Mientras estaba de viaje en Europa intentaba estar al tanto de lo que hacía mi grupo, los Puma Runners, a través del whatsapp. Me enteré de un entrenamiento bajo una lluvia torrencial (pero con calor, mientras yo me congelaba en el viejo continente) y de cierta carrera a beneficio en la que podía estar bueno participar. Eso era todo lo que sabía, además del precio de la inscripción, así que pedí por favor que me anotasen. Yo me sumo a todo.
La cita era el sábado a las 16 hs, y el plan era entrenar por la mañana, quedarnos a almorzar, y salir para Vicente López. Una compañera se encargó de pagar y de buscar los kits, que incluía la remera y no tenía idea de qué más. Así que fui a entrenar, y el sol acompañó. Fue un día hermoso. Entonces, recién ahí, me enteré de cómo era la carrera. Te recomendaban llevar ropa no muy nueva, porque te iban a pintar. ¿¿¿Cómo???
Eso me pasa por hacerme el europeo. Me sumé a un evento llamado Felicidad en movimiento, no competitivo, donde nos iban a tirar polvos de colores. De hecho la remera era blanca para poder mancharla y que se note bien. Ya estaba jugado, pero me cambió bastante mis expectativas. Por miedo no llevé los anteojos, que me hubiesen protegido los ojos pero que podían pintarse todos y no salir más. Por similares motivos no llevé mi celular para sacar fotos ni mi reloj Suunto.
Fuimos en manada a la salida, creyendo que empezaba a las 3 de la tarde (y estábamos llegando con demora, deseando que no arrancaran en horario). En el camino nos confirmaron que era a las 16. “¿Y para qué estamos yendo tan temprano?”, dijimos. Pero por suerte ese tiempo “extra” fue uno de los más divertidos. Llegamos y en todo el predio había unos 2 metros cuadrados de sombra. Después era estar al rayo del sol. Nos mojamos un poco en las canillas de la costanera, cerca del Parque de los Niños y del Carrefour. Parte del kit, además de la remera, era una bolista con polvos de colores que teníamos que guardar para el final. Como el clima era festivo, se alentaba ir disfrazado. Germán, nuestro entrenador, abrió su paquetito azul y con un poquito de agua se empezó a pintar todo. El resto, malinfluenciado, empezó a hacer lo mismo. Yo era naranja.
De ahí, pintados casi de cuerpo entero, nos fuimos al precalentamiento, donde había música electrónica, y empezamos a bailar y a hacer payasadas. Faltaban 20 minutos para la largada (que finalmente fue muy puntual). Algún otro, quizá también influenciado por nosotros, abrió su paquetito de polvo de color y empezó a tirarlo al aire, manchándonos con otros tonos. Así estuvimos al rayo del sol, moviéndonos, transpirando y en Technicolor.
La idea no era salir a ganar, sino divertirnos. Por eso en la largada salimos todos juntos y no nos separaron. Alguna vez me pidieron que baje el ritmo porque me sale el instinto competitivo de adentro y empiezo a acelerar. Pero nos fuimos esperando. Cada kilómetro había un grupo de voluntarios con polvo de un color (primero el azul, después fucsia, etc). Nosotros estábamos sacados, así que íbamos a los tachos a robar polvo y tirárselo a los chicos de la organización (nota: estaba prohibido). En uno de esos motines me metieron un kilo de esa cosa asquerosa azul en la boca y me bajó por la garganta. Me secó todo y temí morir teñido de azul. Escupí ese color durante todo el trayecto.
Esos 5 kilómetros en realidad fueron 3,2, como decía al principio de este post. No era importante, lo que valía era divertirnos al aire libre. Igual nos mareó un poco, porque algunos cruzaron el arco de llegada creyendo que todavía faltaba un tramo más. Yo conseguí en el camino una peluca naranja que iba con mi color, aunque durante el trayecto me fueron pintando de todos los tonos.
Cuando pasó un rato de la llegada, nos juntamos junto al arco y ante la cuenta regresiva de la organización, los que conservaban sus bolsitas (o los que conseguimos alguna de las que revoleaban desde la tarima) las tiramos al aire. Estar ahí adentro de esa nube de colores que se mezclaban era un verdadero flash. El sol desaparecía, se oscurecía todo y de a poco se iba dispersando el polvo para ver los diferentes tonos de color. A eso lo combinabas con agua y pintabas cualquier cosa. Un evento que se suponía iba a ser corto terminó siendo una fiesta en la que nadie se quería ir.
Eso sí, la remera blanca jamás se lavó del todo, me saqué todos los colores de la piel, excepto el azul que insiste en quedarse (como una sombra tenue) y la espalda me quedó colorada. No por la pintura, sino por haber estado todo el día sin remera, al sol. Pero… ¿quién me quita lo bailado?

Semana 3: Día 18: Cómo mejoré mi tiempo

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Pasado mi estupor inicial por haber roto mi marca en 21 minutos (un 11,5% menos que mi mejor tiempo), me restó ponerme a pensar cómo lo logré. Ni yo estoy muy seguro, pero tengo algunas teorías que me gustaría compartir.
Primero que nada, descartar la suerte o el azar. Sí, pudo influir que haya estado nublado, pero no podría saber cuánto. No creo que el desempeño de uno varíe fortuitamente. No depende de los astros, de las cábalas o del karma. Uno se prepara, independientemente de los designios del destino. No hay nada escrito.
Supongo que lo que sí influye es la experiencia. Esta es mi quinta maratón, y esta distancia ya dejó de ser un misterio. Más o menos sé qué esperarme, dónde me voy a cansar, y en qué kilómetro me espera una cuesta o un show. Habrá que ver cómo me va haciendo 42 km en una ciudad que no conozca, pero lo que sí conozco es mi cuerpo y cómo voy a reaccionar. Aprendí qué necesitaba, cómo superar los momentos más difíciles y cómo sostener el ritmo estando muy cansado. Esto se logra, simplemente, corriendo varias veces la maratón.

El descanso es clave. En mi segunda maratón, en Atenas, apenas había dormido cuatro horas. En Río fue similar. Evidentemente correr en el exterior hace que duerma menos… Pero bueno, el sábado anterior hice una siesta (esa de la que me desperté creyendo que se me había pasado el día de la carrera) y a la noche dormí seis horas. No es lo ideal, pero me quedé tirado en la cama toda la tarde, viendo tele y descansando, así que no necesité más. Estaba muy relajado.

La alimentación también fue fundamental. Esa dieta de muchos hidratos y poca fibra asegura tener reservas de energía al máximo y molestias gástricas al mínimo. También, sumado a la experiencia, yo ya sabía qué iba a necesitar durante la maratón. Con mis tres geles (uno cada 10 km) y mis pasas de uva de emergencia, iba a tener más que suficiente. Además, arranqué con un desayuno bien completo de avena, leche de soja y pasas de uva. ¡No me faltó nada!

La hidratación es otra clave de una maratón. Pero esta vez hice un pequeñísimo cambio. Yo siempre tomo mucha agua los días previos y en la mañana de la carrera. Lo que me terminaba pasando era que siempre andaba con ganas de hacer pis, incluso en la competencia. Amparado en los árboles y en que los hombres hacemos donde y cuando queremos, lo fui resolviendo, ¡pero eso quema segundos vitales! Esta vez, en lugar de tomar 750 cc de agua al levantarme, tomé un vaso menos. Eso mantuvo el equilibrio. Después, durante la maratón, me agarré una botellita en cada puesto, sin excepción, y fui tomando de a sorbos. El Gatorade en vaso casi me ahoga, así que lo dejé de lado.

El entrenamiento también fue primordial. Esto quizá se pise con la experiencia, pero desde hace rato que vengo corriendo y entrenando con constancia. Llegué bien al día de la carrera, sin venir parado de una lesión ni tirándome a chanta.

Y probablemente el factor más aleatorio de todos fue la motivación. Estos últimos tiempos han sido muy buenos para mí, anímicamente. Me siento centrado en mi vida, estoy contento con lo que tengo y no sufro por lo que me falta. De hecho, creo que me falta muy poco, si no es nada. Y eso seguramente influye en el desempeño, porque los patitos están todos en fila, y la cabeza se dedica solo a una cosa: disfrutar.

No hay una fórmula mágica. Soy la misma persona que corrió los 42 km en julio, con 3 hs 27 minutos, y el que lo hizo el domingo, con 3 hs 3 minutos. En aquel entonces fallaron muchos de los ítems (descanso, alimentación, etc), y ahora todos jugaron a mi favor. Puntualmente a quien quiera mejorar su marca le diría que la clave es una sola: correr muchas maratones, aprender sobre uno mismo, y aplicarlo. Eso nunca podría fallar.

Semana 3: Día 17: Imágenes de la maratón

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Mientras espero las fotos oficiales, estuve rastreando mis apariciones en la Maratón de la Ciudad de Buenos Aires… Creo que ir bien adelante y haberme pegado a la décima mujer en la categoría femenina (Yanina Forgia) hizo que saliera en muchas fotos. Por supuesto que en casi todas me tapa alguien, estoy fuera de foco o de costado, pero bueno, me pude encontrar fácilmente.
Mi papá hizo su experiencia periodística y además de filmarme a mí, capturó a los keniatas haciendo historia… así que los dejo con las imágenes, mientras me sigo recuperando. Tengo una ampolla dolorosa en el arco del pie derecho, que hoy ya no me impide caminar, y estoy empezando a sentir molestias en la espalda, cuello y cuádriceps. Pero, como decía esa famosa publicidad sobre el día después de la maratón, hay una sola parte de mi cuerpo que no me odia en este instante: mi corazón.

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Semana 3: Día 16: Los 42 km de la Maratón de la Ciudad de Buenos Aires

INTRODUCCIÓN
Me quedé dormido. Así, lisa y llanamente. Abrí un ojo, vi que de entre la persiana entraba luz del día. Afuera se escuchaban algunos autos. ¿Qué hora era? ¡Me había quedado dormido! ¡LA CARRERA!
Pegué un salto, agarré el reloj y me horroricé al ver que eran las 18:30. ¡Me había perdido la maratón! ¡Y por muchísimas horas! Solté un agónico “¡NOOOOOOOOOOO!”. ¿Cómo había podido dormir tanto?
El corazón me latía con fuerza. Me sentía un imbécil. Me tomó varios segundos darme cuenta de que todavía era sábado, y que la maratón era al día siguiente.

LA MARATÓN
Después de semejante julepe, no quise dejar nada librado al azar. Me puse el despertador a las 5 de la mañana y me fui a dormir bien temprano, con toda la ropa preparada. Hasta había enganchado el número al pantalón con los alfileres de gancho. No le puse el chip a la zapatilla porque era demasiado.
Todo salió bien. TODO. Bueno, soñé con zombies. Que querían entrar a donde estaba yo, y los mantenía a raya con un revólver y, sin balas, recurría a clavarles una lapicera en el cerebro. Hasta que una cebra zombie mordía al resto de los animales del zoológico y se desataba el pandemonium. En fin, un poco de manifestación de la angustia. El despertador sonó cuando tenía que sona, me desperté, desayuné, tomé agua y desde mi aplicación en el celular confirmé que el tren que va a Tigre estaba funcionando (¡el resto de las líneas y los subtes no funcionan hasta después de las 8 de la mañana!).
A las 6:05 estaba arriba del Mitre, camino a la estación Belgrano, desde donde caminé hacia la largada, en Figueroa Alcorta y Monroe. Me crucé con un debutante y fuimos charlando durante la caminata. Un grupo de exaltados borrachines me insultó desde un auto y no pude evitar reírme. Ellos terminando su gira de excesos y nosotros a punto de empezar la nuestra.
Me encontré con Marcelo, mi co-equiper en Puma Runners. Esta vez los guardarropas sí funcionaban ordenadamente, así que dejamos nuestras cosas y nos dirigimos a la salida. La largada era 7:30, así que quince minutos antes estábamos acomodados bien adelante. No tuvimos que abrirnos paso a los codazos (aunque recibimos algunos) y no sufrimos el embudo cuando arrancó la maratón, con una puntualidad asombrosa.
Mi carrera junto a Marce no duró mucho. Nos separamos enseguida, porque yo quería abrirme del pelotón y correr cómodo. Miré para atrás un par de veces y no lo vi. Ya habíamos dejado en claro algo que nunca hicimos en una carrera de calle, que es “nadie espera a nadie”. El clima de una maratón, para quien nunca lo vivió, es difícil de describir. Todos están muy concentrados, pero a la vez se respira un entusiasmo increíble. Yo venía casi volando. A 4 minutos el kilómetro, a veces menos. Me sorprendió una gran falencia de la carrera, y fue que no había liebres (o pacers) más rápidos que 5 minutos el kilómetro. Me hubiese gustado para ayudarme en mi meta hacer marca (mi mejor maratón fue en 2010, con 3:24:16, y este año en Río de Janeiro llegué 3 minutos después que eso). Me conformaba con llegar en 3 horas 23 minutos. Pero para eso iba a tener que apretar, y no me sentía muy seguro (¿por qué? Cagazo, nada más).
Identifiqué a un grupo que venía con un buen ritmo. Iban entre 4:10 y 4:15. Decidí usarlos de referencia, así que contínuamente nos íbamos pasando. Recorrimos la ciudad con sus shows, gente aplaudiendo, y automovilistas que nos querían matar a todos. Este ritmo para un fondo tan largo era desconocido para mí. El único referente previo que tenía era el de la Media Maratón que se corrió hace un mes, donde hice los 21 km en 01:26:45. Según la página de la organización, matemáticamente tenía que terminar los 42 en 3:05. ¡Imposible! ¿Cómo podían asumir que iba a sostener ese ritmo tanto tiempo? Pero ahí estaba, apretando como si no faltasen 35 km para terminar. Pasamos por mi show en vivo favorito, que siempre está a la altura del Museo de Bellas Artes, y son los imitadores de Los Beatles. Les festejé y juro que Paul me sonrió.
Corrí con mi baticinturón nuevo, con una caramañola con tres geles diluídos (para tomar cada 10 km) y otra con agua. En el bolsillo frontal tenía el celular y una bolsita con pasas de uva, dos cosas que no toqué durante toda la carrera. El cielo estaba nublado, y la temperatura era la propicia para correr. Cometí mi primer error al querer tomar Gatorade en los puestos. ¿Cómo pueden estos sádicos entregar esto en vasos? Quise tomar sin parar y me volqué todo. En el segundo intento, tragué mucho aire y empecé a toser desaforadamente. Después de dibujarme los bigotes de bebida energizante, decidí confiar en el agua que daban y mis geles para tirar toda la carrera.
La hidratación estuvo bien ubicada. Yo pedía por favor que me dieran botellas con tapita, porque en lugar de mojarme y hacer buches para tirarla, me la guardaba para tomar sorbitos hasta el siguiente puesto, separados cada uno por 5 km. Si al llegar me quedaba agua, me la tiraba encima y pedía otra botellita. Con eso fui tirando y pasamos por Recoleta, Retiro, el Colón, el Obelisco, Diagonal Sur, Plaza de Mayo. Ahí me esperaba mi papá, que intercambiaba el partido de Del Potro con venir a verme. Lo agarré distraído, pero por suerte hacíamos un ida y vuelta y volvíamos hacia la Casa Rosada. Me filmó, y quizá lo suba mañana. “Te sigo”, me dijo.
Nos dirigimos a Barracas, yo siempre siguiendo secretamente al pelotón de 4:10 el kilómetro. Sabía que, como mínimo, hasta la mitad los iba a poder seguir. Empecé a hacer las cuentas en mi cabeza de qué pasaría si a partir de ahí bajaba a 5 minutos. ¿Hacía marca? Pasamos de ahí al puerto, y fue muy extraño porque generalmente subimos por una rampa y corremos al costado del río, pero aunque el cartel de 18 km estaba ahí, a nosotros nos hicieron transitar por la calle del costado.
Por supuesto, yo tenía ganas de ir al baño. Pero no muchas, así que dije o me hago encima o me aguanto. Por suerte no pasé por ninguna de las dos cosas. No me hice y la urgencia fue desapareciendo. En el km 25, junto a la Reserva Ecológica, había baños químicos. Pero pensé que ni a ganchos frenaba. No iba a dejar ir a mi pelotón.
Llegué al kilómetro 27, donde en 2011 hice mi gran diferencia, sumándome a la liebre de 4:30, y todavía no puedo entender cómo no había en esta carrera (mi récord de 3 hs 24 minutos fue en ese año). Pasamos junto a los lujosos edificios de Puerto Madero, y yo rogaba por no perder a esos corredores que me ayudaban a sostener el ritmo (aunque empecé a sospechar que ellos me seguían a mí). Ahí me pasó un corredor que leyó “SEMANA52” en mi remera y se confesó lector del blog. Tenía un ritmo espectacular y lo perdí de vista. En el 28 pasé exactamente a las 2 horas de carrera. Apareció el bendito kilómetro 30, donde podía aparecer el muro. No quise pensar mucho en eso, pero era imposible. Mi papá me volvió a interceptar, y me dijo “Te veo en la meta”.
Mi ritmo estaba en 4:10, 4:15… ¡lo estaba manteniendo! Sabía que si llegaba al 32, podía bajar a 5 y hacer marca. Todo el tiempo estaba haciendo cuentas en mi cabeza, cuando no cantaba la Serenata Mariachi de Les Luthiers para mis adentros (siempre se me pega una canción distinta). “Diez días y diez noches, a mi porto prendido… desde Guadalajara este charro ha venidooooooo”. Cruzamos el paso bajo nivel y del otro lado me encontré con Germán, otro lector del blog con el que alguna vez compartí un fondo en la Reserva Ecológica. Su choque de palmas me dio más energía que los geles.
Nadie estaba más asombrado que yo de estar sosteniendo esa velocidad. Me dio calor y me saqué la remera, para así poder encontrarme mejor en las fotos. Pasamor por el Planetario… ¡y todavía aguantaba! ¿Muro? ¿Qué muro? En el kilómetro 37 entrábamos a los lagos de Palermo, y yo seguía haciendo cuentas… me daba que tenía que estar llegando en menos de  3 horas 10 minutos… ¡una locura! Pero ahí empecé a sentir el cansancio. ¡Apareció el límite! Veía cómo mi ritmo iba bajando. El pelotón de 4:10 se había dispersado, uno salió disparado y el resto quedó atrás mío. No tenía a nadie a quien seguir, y tampoco podía subir demasiado. Tenía que salir de esos lagos y volver a Figueroa Alcorta, para terminar.
Los últimos kilómetros fueron eternos y tediosos. Quería que se terminara de una vez. Me fastidiaba el asfalto, quería llegar, gritar, y sobre todo COMER. Hice mi mayor esfuerzo por subir la velocidad, cosa que me costaba muchísimo. Pero era todo una cuestión mental, era la cabeza la que me fallaba, porque seguía corriendo. Era cuestión de tener paciencia. Sostener. Pasamos el kilómetro 40. Yo ya sabía que hacía marca, así que intenté relajarme y dejar el sprint para el final. En el kilómetro 41 ya veía a la gente y se vislumbraba el arco de llegada. En ese momento, la mini-catástrofe: obviamente sentí el dolor de una ampolla, casi instantáneamente, pero la sensación era que me clavaban una aguja hasta el fondo del arco del pie… y tuve que seguir corriendo con eso, clavándose en cada pisada. Grité, pero no de dolor, sino de bronca. Decidí correr con las medias con dedos, que para evitar ampollas en los dedos son fantásticas, pero nada más. El resto del pie queda desprotegido, y es algo que tenía que haber previsto.
Cerca de la llegada estaba lleno de gente que aplaudía y arengaba. Empecé a abrir la zancada. Era todo lo que tenía. Pasé corredores y me centré en el arco de más adelante. Llegué con un ritmo frenético… ¡y no era el final! Ok, no pasaba nada, unos 50 o 100 metros más adelante estaba el de adidas… ese era el final… ¡pero no! Todavía faltaba el último, donde estaba el lector del chip. Sostuve ese sprint desquiciado y grité a todo pulmón “¡ESPARTAAAAAAAAA!”. Yo quiero que entiendan, soy una persona de perfil bajo. Puedo contar muchas cosas personales en el blog, pero me ayuda que es escritura y que no me están viendo a la cara. El único momento de mi vida donde no me importa el ridículo, o llamar la atención, o que todos se den vuelta es ahí, en la meta, donde lo largo todo. Yo sé que es eso o la terapia, y me gusta descargarme por este lado.
Detuve mi reloj y no podía creer mi tiempo. 3:03:20. Es una hora menos que mi primera maratón, en 2010, 20 minutos menos que mi mejor tiempo, 27 minutos abajo que mi experiencia en Río, mis últimos 42 km, el 7 de julio. Los primeros metros que caminé me sentía aturdido, casi mareado. No me quedaba NADA MÁS. Me hidraté con un abotella fría de Gatorade que bebí en tres enormes sorbos. Me tuve que pedir otra. Me pusieron la medalla saliendo del corralito de llegada, y sentí una felicidad inmensa. Algo que hizo la organización que me pareció GENIAL fue que entregaban unas lonas de nylon con la marca de adidas para abrigarte. Espero que lo hagan siempre, porque con la energía depletada y el día nublado, se mantenía perfecto el calor corporal.
Aproveché que había poca gente y fui a hacerme masajes y estiramientos. Espectacular. Ahí me encontré con mi papá, que por pocos minutos no llegó a verme cruzando la meta. Lo quise esperar, pero no pude. Poco después nos encontramos con Marcelo, que llegó en 3 horas 28 y también hizo marca. Fue un día perfecto.

EPÍLOGO
De ahí nos fuimos con mi papá a almorzar a su casa, donde nos esperaba mi mamá. Me cocinaron unos fideos con salsa y me prestaron plata, conmovidos (o consternados) por mi post de ayer. No había sido mi intención darles lástima, y me avergonzaba muchísimo toda la situación, pero me convencieron con el débil argumento de que si la aceptaba los dejaba tranquilos. Hablamos de la carrera, de mis tiempos anteriores. En una conversación telefónica con mi hermano Matías, me tuvo que reconocer que mi desempeño desterraba sus creencias de que un deportista necesitaba carne para progresar. No creo que sea casualidad que mis mejores tiempos hayan sido a un año de ser vegano. No hay ningún secreto, solo entrenar constantemente y comer sano. Nada más.
Ahora estoy en mi departamento, en patas, muy contento… y todavía sorprendido. Es una sensación que en pocos días va a desaparecer, cuando me ponga el siguiente objetivo y empiece a trabajar para conquistarlo.

ALGUNAS FOTOS

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Semana 2: Día 14: La Expo Maratón 2013

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Pasa con estas carreras multitudinarias… hay que hacer una logística monstruosa para que todos los corredores tengan su número, su chip y los miles de folletos de publicidad. Si esto fuese en formato virtual, nos quejaríamos de que nos llenaron la casilla de spam… pero como son propagandas en papel ilustración a cuatro colores, los agarramos sin filtro.
En el caso de la Maratón de la Ciudad de Buenos Aires, al igual que con la Media Maratón, los organizadores arman cada año la Expo Maratón, donde retirar el kit y hacer algunas compras. Yo, muy iluso, fui sin mucho efectivo y con la esperanza de poder pagar con tarjeta de crédito. Estoy con ganas de comprarme un cinto hidratador ya que el que tenía lo perdí y el que compré en Brasil no me sirve para usarlo en una carrera (se me sube y siento que estoy bailando el hula hula).
Yo tenía la pésima experiencia de la Media Maratón, en la que perdí todo el día ahí adentro, haciendo cola y corrigiendo mi remera mal estampada. Así que, después del gimnasio, me fui derecho al Centro Municipal de Exposiciones. Cuando llegué, a quince minutos de que abrieran las puertas, había una cola de 150 personas para ingresar. Me coloqué en el puesto 151, mientras los voluntarios iban ofreciendo deslindes impresos, lapiceras y remeras para probar el talle. Nuevamente soy un “S”, lo que significa que este año las prendas vinieron más grandes que de costumbre, o soy yo el que se está encogiendo. Si bien terminaron abriendo en horario, la tensión por entrar se palpaba.
Mientras la fila avanzaba, no faltó el vivo que se mandó sin hacer la cola. Ante el reclamo de “andá al final”… ¡se hizo el ofendido! Y, por supuesto, siguió como si nada. Nadie obligaba a ponernos en fila, es un convencionalismo social que tiene que ver con el respeto del perejil que se quedó parado esperando… Una vez adentro, nuevos voluntarios se acercaban para ofrecer deslindes, talles de remera y ayudar en algo, pero todos veníamos acelerados, buscando dónde hacer otra fila para obtener el kit. Esos pobres jóvenes se jugaban la vida, porque uno podría haberles pasado por encima, luego de unos golpes certeros de tawkwon do.
Como llegué temprano y tengo un paso largo, me ubiqué rápidamente en la fila que me correspondía. Estaban separadas por rangos de números, y yo soy el 3638, que era más o menos por la mitad. Con unas diez personas adelante mío, en 15 minutos tenía mi bolsita con el spam impreso, la remera, mi número y el chip. Huelga aclarar que esta vez no son descartables, como en la media, algo que fue enormemente criticado. Evidentemente no quieren repetir sus errores. No me pidieron el apto médico, solo mi DNI y el deslinde.
Me decepcionó que este año no dieran pulseras de goma para personalizar. Estoy 100% convencido de que en la radio dijeron que iba a haber, y me ilusionaba que me graben mi tiempo de llegada (cosa que disfruté en la edición de 2011… esa pulsera desapareció en el limbo, quizá se haya fugado junto con mi cinturón hidratador).
De ahí, obviamente, fui al sector donde le estampan tu nombre. Encontré un error muy tonto de parte de la organización, y era que habían ploteado en las paredes del stand remeras de ejemplo, con textos largos, en dos líneas. En realidad solo estampan una línea, pero es increíble que confundan a la gente en lugar de ejemplificar concretamente con las cosas que se pueden estampar. Yo pedí “SEMANA52” (sin espacio) y mientras esperaba 20 minutos a que me la entreguen, me fui a pasear. Me saqué una foto, que pueden ver encabezando este post, donde aventuré que mi tiempo iba a ser 3 horas 23 minutos (o sea, buscando marca). Es un deseo más que un pronóstico. Veremos el domingo.
Tenía ganas de comprarme ese bendito cinturón. Primero me hice de unos geles, y después me puse a buscar los puestos que tenían posnet. El que encontré (eran poquísimos) tenía un cinto exactamente como el que yo quería, con espacio para dos caramañolas, un compartimiento para el celular, las llaves o unas pasas de uva, y se sujetaba con abrojo. El precio no era caro, $280, que me parecían razonables. Pero (siempre hay un pero) no tenían Mastercard. Probamos con la American Express, que jamás en mi vida la usé, y pasó. Puso el precio, y cuando me iba a preguntar si lo quería en cuotas, la vendedora se dio cuenta de que tenía recargo. Desilusionado pregunté de cuánto era, sacó la calculadora, negó con la cabeza y me dijo “No, son como 100 pesos más”. Después de decirle que era un disparate, me fui, cabizbajo y en un mar de llantos, buscando meterme en el barril de la vecindad.
Por suerte terminé todo el trámite muy rápidamente. Todavía no sé cómo me voy a llevar toda la maratón mi caramañola con los geles diluídos… podría ser en la mano, o en un pantalón con bolsillos… podría reconciliarme con el cinto que me compré en Brasil y que solo llevé puesto unos 5 km hasta que me lo saqué. Veremos, estoy evaluando mis opciones. Lo que sí sé es que esta, mi tercera Maratón en la Ciudad, la quiero hacer sin mochila, tal como hice en Atenas y en Río de Janeiro. ¡Este año quiero disfrutar de Buenos Aires y no morir de calor con eso en la espalda!

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